La directora de Hogwarts, Sybilla Trelawney, se acercó a un Morthred de pie, más tranquilo, frente al cuerpo del profesor Snape, cubierto por el manto color verde y el grupo que continuaba ahí.

―Debemos llevarnos el cuerpo mortal del profesor -anunció Sybilla-. El profesorado debe rendirle ceremonias hasta la noche de mañana. ¿El Aprendiz del profesor Snape está de acuerdo?

―Sí, directora Trelawney, gracias. Los alumnos del profesor lo conduciremos hasta la entrada del recinto.

Lo cubrieron completamente con el manto verde y cargaron el cuerpo colocado en el diván, hasta el interior, desde los cirios y entre humo que traían algunas ráfagas de viento. Cargando los restos mortales del profesor Snape, con Morthred a la cabeza, avanzando a paso fúnebre, los alumnos portaban antorchas encendidas, a los costados.

Más adelante entregaron el cuerpo a los profesores. Al mismo tiempo, la escuadrilla aérea patrullaba y los alumnos y civiles cargaban a heridos y vigilaban los alrededores.

Dankworth lanzó una mirada a Hermione, que entre las enredaderas le sonreía, entristecida. Ella iba a ver cómo seguía Harry. Con los ojos se dijeron: "te veo después".

Morthred bajó a la Sala Común, donde encontró a los lugartenientes, que lo esperaban. Abrieron el hechizo de comunicación y él les habló de dónde había estado, así como del Hechizo Negro Hades. Escuchándolo en silencio, ellos le dieron los pormenores. Aeryn dijo que le devolvía el mando, pero Morthred respondió que se lo cedía para el manejo de la crisis donde, como los demás, había mostrado una capacidad extraordinaria. Mirándose, recordando y sabiendo lo que cada cual había pasado, los chicos se abrazaron.

Morthred les anunció a dónde iría, y haciendo el pase, el Salón se oscureció y a continuación el Slytherin apareció, por arte de magia, en una habitación silenciosa, llena de libros, en la que por el cristal de una ventana se admiraba la brillante luna tras una nube alargada.

Estaba en la silenciosa Cokeworth.

No se había combatido en ella, y nadie tomó como punto de interés bélico, la casa del profesor Snape.

Silencioso, Morthred encendió la lámpara, que iluminó la mesa con los papeles, como los había dejado el profesor. Al lado, la silla vacía, el hogar apagado.

Al encender la lámpara notó que, sobre la mesa, encima de los papeles, descansaba un libro sobre el que una hoja con letras de Snape sencillamente decía: Para el Sr. Dankworth.

Era un libro, sin mayor explicación. Una lectura que Snape había apartado para él. Lo sucedido no le permitió dárselo. Probablemente se lo entregaría para aquella ocasión que acordaron verse al mediodía, la última que se vieron.

Lo abrió para ver el tema, pero en la página del título encontró un papiro doblado, también con la letra del profesor y firmado por él. Al desdoblarlo, leyó:

Yo, Severus Snape, hijo de Eileen Prince y Tobías Snape, heredo mi casa y pertenencias a mi Aprendiz, el Sr. Morthred Dankworth, para que haga con ello lo que considere conveniente.

Dankworth se sorprendió. El profesor debió preparar eso, a sabiendas de que algo le ocurriría. Muy a su estilo, no tenía algún añadido personal. Mas Morthred sabía que aquella decisión se debía a la plena confianzaque Snape le tenía.

Morthred se sentó en la silla, abrazando el libro, recargándose de costado en el respaldo.

Su tristeza silenciosa brotaba, sin más sonido que el de una respiración cansada. Había estado ahí con el profesor en innumerables tardes, compartieron tardes de saber y de silencio. Ahora no había nadie. No había modo de que él volviera. No usaría un giratiempo para irlo a buscar. Lo peor de la muerte es que se lleva la palabra, y no había combinación de conjuros que lo pudieran traer de regreso desde aquel sitio a donde se había marchado. No habría más palabras, ni magias que pudieran reemplazar nada. El silencio había llenado su presencia.

El respirar desconsolado del Aprendiz de Snape se escuchó en la soledad, interrumpida por el siseo de la lámpara. Luz de luna entraba por la ventana, despertando en brillos al silencio. Los libros mostraban sus títulos. Sus escritos seguían en sus libretas. Cada objeto como él lo dejó. Hablando un lenguaje callado, ahora que el profesor se había ido. Ahora ni siquiera el recuerdo de Lilly Evans decía algo a Morthred. Todos habían callado. Snape se había ido con su valentía y sus dolores, con sus secretos y pesares.

Nubes blancas flotaban contra el cielo azul marino, acompañando a la Luna, como haría con el paso de las siguientes horas, y de los siguientes años. Tiempo tras tiempo, sumado. El mismo limbo de cielo azul y de hermosa Luna, sobre los tejados y el molino silencioso de la Cokeworth gris.

―Maestro Severus… -susurró, apretándose al respaldo, con el libro abrazado, como cuando iba a visitarlo- Maestro Severus… Donde estés, acuérdate de mí…

Fatigado, quedó dormido unos minutos.

Despertó de golpe, pero sin sobresaltos, y no por el frío que hacía, sino por el calor. A su espalda, venía el rumor de la chimenea.

Giró hacia ella. Y con sorpresa vio que el hogar estaba encendido. Las llamas ardían en los maderos.

¿Cómo?, se preguntó Morthred, en el claroscuro de la habitación. El profesor Snape no tenía hechizada la leña para que encendiera a alguna hora. Y sólo ardía con su voz. Pero, ¿cómo se había encendido el hogar? Aunque se dijera que algunos habían hablado con otros magos después que éstos dejaran el mundo, nada era claro. Los espectros del colegio no probaban la existencia de un mundo más allá de éste. Y, sin embargo, los leños ardían, el fuego se removía como si Snape mismo los hubiera encendido para su Aprendiz, en esa noche fría.

Dankworth estuvo mucho rato en silencio, cavilando, contemplando aquellos fuegos apacibles. ¿Era una señal de que la vida seguía más allá de ésta? Conocía casos de quienes lo aseguraban. Él mismo, una vez que transcribía como le ordenara Snape, al seguir con el índice los párrafos del libro y escribir con la otra mano en una gran libreta, una vez repentinamente tuvo una sensación que llegó a él, desde el fondo de su ser, dibujándose con la fuerza de una convicción tranquila, que se tradujo en la frase: Yo ya he hecho esto. Y le pareció que lo había realizado en un tiempo tan remoto que rebasaba al de sus recuerdos de vida. Y pese a que la sensación se borró, fue tan vívida que por unos segundos no tuvo duda de haber eso hecho antes, en otra vida, en una vida lejana. Pero él mismo no sabía nada, ni de dónde, ni siendo qué.

Tenía el libro en una mano, y levantándose, frente a la chimenea y con magia escribió en un papiro sobre la mesilla, donde aparecieron las palabras a medida que él hablaba:

Yo, Morthred Dankworth, hijo de Valdemar Dankworth y de Alba Minardi, heredero del Maestro Severus Snape, declaro que su casa de la calle de La Hilandera, conocida como casa de los Snape, ubicada en la ciudad de Cokeworth, se constituye en santuario del Maestro Severus Snape, para su eterna memoria.

En ese instante envió el papiro firmado al registro de Cokeworth, con copia al Ministerio.Pensó: Los magos viven mientras sean recordados.

Todavía estuvo unos minutos más. Experimentó cierta alegría al ver el lugar, pensando con alivio que el sitio permanecería.

Al levantarse, distribuyó hechizos de protección y pondría otro en la entrada y en la puerta. Miró la chimenea, con sus maderos ardiendo, y dijo:

―Siempre, Maestro Snape -y regresó a Hogwarts.

Morthred entró al pabellón hospitalario, rápido y eficaz, llevando frascos con pócimas que preparó en el despacho de su Maestro.Pidiendo a los lugartenientes que continuaran en lo que necesitaban resolver -entregar los prisioneros peligrosos a los aurores, devolver a los padres el dinero del rescate de los niños, regresar las propiedades confiscadas, etc.-. Morthred ayudó a curar a los heridos, y dio la receta de la pócima para los que se encontraban internados en San Mungo y en las poblaciones. Era una fórmula del profesor Snape para el pronto restablecimiento, la misma que le dio en el hospital.

En lechos traídos de lo que quedó de Hogsmeade, improvisaron otros pabellones. En un atestado corredor del primer piso, donde medimagos y enfermeras junto con civiles atendían a los heridos, Morthred se encontró con un conocido, vendado de la cabeza, acompañado por una estudiante.

―Gretto -saludó Morthred.

―Señor Dankworth -devolvió el saludó con una leve sonrisa.

Chloë quiso levantarse, pero Morthred le hizo un gesto de que siguiera sentada. Verla tomando de la mano a Ludapolamérica le fue un cuadro que sería infame romper.

―Lamento tu pérdida -comentó Gretto.

―Gracias -asintió Morthred-. Y es un gigantesco alivio saber que te repones. También me alegra tener la oportunidad de decirte esto: muchísimas gracias. La información que nos confiaste fue crucial. Sin lo que hiciste, y sin los datos que obtuviste en los interrogatorios que dirigiste, habría sido muy difícil o imposible atacar a los enemigos con esa precisión. Nunca lo olvidaremos. Estamos en deuda contigo, Ludapolamérica, veremos cómo pagarla.

―Ha sido un placer -le sonrió.

Morthred le dio la mano y al marcharse, con la cabeza saludó a Norbert, que le sonrió.

Al quedar solos de nuevo, Chloë discretamente acarició la barba de Gretto, quien le oprimió la otra mano.

Dankworth visitó a los heridos Slytherin, agradeciéndoles y dando la mano a todos. También saludó a un herido de brazo, pero sonriente Longbottom, que le caía bien desde antes. No quiso poner en predicamento a los demás heridos del Batallón Cedric con darles la mano, pues ellos, si bien habían encontrado un camino bajo la acción Slytherin, habían luchado solamente por Hogwarts.

Recordó que Harry había ido a verlo cuando estuvieron internados en San Mungo, pero al ir a visitarlo a su lecho de convaleciente, lo encontró vacío.

Así que se dirigió al Cuadrado, cruzándose con alumnos que iban o venían de la limpieza del castillo o se reponían de sus heridas, pasando entre inmóviles escorpiones de madera, algunos quemados y rotos por el uso.

Cuando salió al Cuadrado, donde todavía se levantaban dos grandes catapultas en direcciones opuestas, la luz del sol lo sorprendió: era una mañana clara, de firmamento azul límpido. El patio interior de arcos góticos con nervaduras, bajo las largas ventanas rectangulares cerradas, deslumbraba. Muchos estudiantes descansaban en la hierba, sanos y heridos. Igual que a muchas otras áreas del castillo, a ésta los mortífagos habían intentado prenderle fuego, pero la lluvia de disparos con que se les recibió usando catapultas, escorpiones y hechizos, no les permitió siquiera quemar la hierba

Morthred saltó el pretil hacia el pasto, recibiendo de lleno, la luz del astro rey. Había rechazado toda guardia que lo siguiera. Los estudiantes de otras casas o lo ignoraban, o fingían no verlo, o lo veían de soslayo. Morthred tenía un aura inquietante para muchos, pero la verdad es que no se metía con nadie por motivos personales. Y la impresión de los alumnos de otras casas, por haber luchado dentro del castillo contra los Slytherin y haber caído prisioneros de ellos, estaba quedando atrás en sus ánimos ante el regocijo por la superación del peligro. A muchos otros les pesaba y guardaban rencor, aunque había de reconocerse que los slyhterins no se hacían los amos, ni estaban imponiendo medidas inquisitoriales, y muchos otros alumnos estaban de su parte a raíz de participar en el Batallón Cedric, pues aunque no lucharan por la Casa de Slytherin, habían encontrado un punto en común.

De pie en la hierba, Morthred cerró los ojos, alzando la cara, y recibió la luz del sol, relajándose, como uno más entre los veinte o treinta que había ahí, algunos en silla de ruedas.

Pasado un rato, se cruzó de brazos y se recargó en una columna, pensativo, sin ver a nadie, adusto, embargado por el luto, oyendo el paso de un piquete Slyhterin en fila, perdiéndose por el corredor.

No escuchó a un grupo de cuatro alumnas que hablaban de él, con aire de crítica. El tema le habría sorprendido por pensar que si se hacía referencia a él, sería por el asunto de la guerra, que ese mediodía había callado en todas partes, noticia reproducida en edición súper-especial de The Daily Prophet.

RENDICIÓN DE LOS ÚLTIMOS MORTÍFAGOS

Al conocer la impresionante muerte de Quien no Debía Ser Nombrado, los restos de las fuerzas mortífagas se rindieron al tratar de escapar o se entregaron a la Casa de Slyhterin en caminos y poblaciones donde ofrecían resistencia final destinada al fracaso…

Las alumnas, al margen del tema, se decían:

―… para él es lo máximo -criticaba una.

―… uh, sí -otra alzaba los brazos-, si se trata de Granger, la tiene así….

Hablaron de ella porque la vieron cruzar los arcos. Subió al pretil inmediato a Morthred y se dejó caer, de pie, a su lado.

―Hola -saludó ella.

Sin moverse ni descruzar los brazos, él la miró.

―Hola -pero después giró hacia la castaña, bajando los brazos.

―Mírenlos -dijo otra alumna, cuchicheando-, cómo se paran uno cerca del otro, no se acercan mucho, pero se les nota que algo hubo, ¿me entienden? Se les ve la intención de acercarse más, de que "se conocen", tienen "ese" aire…

No iba desencaminada. Frente a frente, la Gryffindor y el Slytherin, pese a estar a unos pasos de distancia entre sí, parecían a punto de acercarse más, de hablarse sin palabras, recordando, en un intento de hallar de nuevo una intimidad conocida, cómplice. Y pese al gesto adusto de Morthred, la seriedad con que veía a Hermione era significativa.

―¿Cómo estás? -le preguntó ella.

―A veces pienso en él, a veces no, otras creo que voy mejor, después me siento mal, luego un poco mejor.

―He pensado si no el tiempo que estuvimos fuera, tuvo la culpa de que no llegaras…

―¡Oh, no, no pienses eso! -susurró él- Aquello fue fortuito y para bien. No fue culpa de nadie, incluso nos permitió trabajar el Hechizo. Prométeme que no habrá una sombra sobre esos días maravillosos.

―Maravillosos -asintió ella, mirándolo.

―¿Me lo prometes?

―Te lo prometo -le sonrió.

―¿Cómo sigue Potter? -quiso saber él.

―Harry fue trasladado a San Mungo hace veinte minutos -le comentó ella-. Cuando el Hechizo pasó hacia Voldemort, tocó a Harry, afectándolo por llevar una parte del alma de aquel. Dumbledore se lo confesó antes de morir, por eso también yo lo sabía. Y me parece que Dumledore también le hizo una revelación muy importante sobre el profesor Snape. Tal vez nos la diga cuando se recupere. Vi a Dumbledore luego de que hablamos con Lupin, antes de volver a Hogwarts... Fue una muerte penosa la de Dumbledore, a causa de una maldición. Al final tenía un aspecto terrible, pero dueño de sí mismo. Harry estaba desecho.

―Lamento saberlo. ¿Sabes qué dicen los medimagos sobre Potter?

Harry nunca sería del agrado del Slyhterin (no era así al revés, el Gryffindor era más noble); pero no se trataba de hacerlo personal. Por ejemplo, las actitudes de Pansy Parkinson siempre le parecieron tontas y aquellos botones de "Potter apesta" no pasaron de ser un plan, dado que la comparecencia de Morthred en el Winzengamot fue el inicio de todo. La castaña suspiró:

―Por fortuna no corre peligro, pero piensan que debe recuperarse durante un buen tiempo. Harry salió a enfrentar a Voldemort pensando en sacrificarse. Cuando Snape mató a Nagini todavía dio más oportunidad a Harry, pero la situación iba por otro rumbo ya, decidida por la guerra iniciada en Hogwarts. Saber si finalmente Harry vencería era completamente un albur. Era mucho confiar en la suerte, en algún milagroso e increíble descuido de Voldemort, por ejemplo. Hemos hablado con Harry sobre este final, se siente… alegre, aliviado…. dice que nunca quiso ser el elegido, ni nada como eso.

―Espero que se recupere pronto. ¿Estarás con él?

La pregunta de él manifestaba una inquietud. Con la respuesta de ella, parecieron hablarse ente líneas, en el deseo oculto de darse una certeza:

―Lo visitaré, claro, y estaré totalmente al pendiente. Mas son Ginny, Ron y Luna quienes estarán con él de tiempo completo.

―Me preocupa saber cómo estás, y tu familia. D'Uberville dio órdenes de que llevaran a tus padres y a los de Weasley, junto con los familiares de Potter, a Londres, con escoltas.

Una de las ideas que asaltó a los lugartenientes en esos días, era que aunque prácticamente eran enemigos de los Gryffindor, les era inaudito que ni en Hogwarts, ni la facción del Ministerio a su favor, se hubieran interesado decisivamente en la seguridad de sus familias. Cuando la guerra se puso peor, D'Uberville en persona los había conducido al West End con un destacamento de los Merlín. Fue más difícil convencer a la señora Weasley (su esposo permaneció en el Ministerio), pues ella rechazaba a los Slytherin desde lo de Ottery. La idea de la tranquilidad de sus hijos sabiéndola segura, y los ruegos de su marido, la convencieron.

―Es verdad -afirmó la castaña-, ya le he agradecido. Anoche hablé con mis padres, están bien dentro de lo que cabe. De no habérselos llevado, no sé qué habría hecho yo, ¿borrarles la memoria? Nunca lo sabré. Como fuera, podrían haber sido lastimados para arruinarme. Y mis padres volverán a casa para el festejo de Año Nuevo -la expresión de duda de Morthred la llevó a recordarle cuál era esa fecha, en el calendario mágico-. La Víspera.

―Ah, sí, ya lo tengo, gracias.

―Ha ocurrido muchísimo en muy poco tiempo, creo que nadie lo ha asimilado como debe ser, aunque me alivia ver atisbos de normalidad, como en ese grupo de Ravenclaw, no las mires…que llevan escrito en la cara cómo hablan de nosotros… qué graciosas… ¿Cómo estoy? Bien, todavía conmocionada, lo que logramos con el Hechizo Negro Hades fue más que extraordinario y…. Morthred…. esta noche….cremarán…. mh, al profesor, yo… Lo siento, es muy pronto para hablar de otros temas, pero… -lo miró a los ojos- entre lo que sucede también debo darme un lugar… necesito que en cuanto puedas, pienses y me respondas qué puedo esperar.

Ron y Luna saltaron el pretil varios arcos más a la derecha de Morthred, quien los miró. Obviamente venían con Hermione. El pelirrojo fingió ver las ventanas de arriba, arrugando el ceño por el sol, y Luna les dirigió su rara sonrisa de augur.

Luego de colaborar toda la noche en el ajetreado hospital y de ponerse al corriente de los sucesos, habían salido al cráter que se formó donde el Hechizo reventó, logrando que Tú Sabes Quién se convirtiera en Tú Sabes Qué.

―Vas a pasar a la historia por ese hechizo, Hermione -dictaminó Ron.

―No fui yo sola.

―Pero sin ti, Dankworth no habría podido.

―Es verdad, pero he aprendido que, mejor que competir, es colaborar.

Luna, sonriendo, se paró a la orilla del cráter.

―¿Qué ves? -le preguntó Ron.

―Nunca volverá. Ha dejado de existir.

Hizo una serie de pasos de ballet, a la orilla del cráter que pronto sería rellenado para que no quedara memoria de Voldemort. Luna dijo, mientras hacía arabesques y fouettés.

―Esta ha sido una historia de amor. Del amor de un hombre por una mujer y por sus semejantes, del amor de dos jóvenes de casas enemigas y de muchas pequeñas historias de amor.

En el Cuadrado, Morthred miraba el brillo del sol en el cabello de Lovegood. Linda, pero nunca le habían gustado las rubias.

―¿Lo que puedes esperar de mí? -preguntó él.

―Sí.

―Lo que puedes esperar de mí,es lo que quiero esperar de ti -respondió él, suavemente, saltando el pretil al otro lado.

―¿O sea….?

En la relativa sombra del corredor cubierto, Morthred giró hacia ella, hablando de corazón pese a la pena que sentía, o quizá por esa pena, o quizá pensando en el compositor:

―O sea que, si tú quieres, de mí puedes tener lo que nos hemos dicho de tantas maneras -aseveró-. O sea que yo también quiero saber de ti, eso que me preguntas. O sea que mi deseo es que no te vayas nunca.

La castaña se apartó los cabellos de la frente, intrigada.

―¿Me hablas por compromiso? ¿O estás seguro que es por amor?

―Sospecho que no es por amor. Es porque me gusta cuando dices: "cómo hablan de nosotros."

Nada casualmente, el mismo grupo de alumnas saltó unos pretiles más allá y caminaron hacia Morthred, para pasar a su espalda, quien dio unos pasos atrás en el corredor.

La castaña, asomando por el arco hacia Dankworth, formó con los labios, lenta, la frase: "te amo".

―Yo te amo, Hermione Granger, de la Casa de Gryffindor -le respondió el Slytherin en voz alta, entre los estudiantes-. Eres el amor de mi vida.

Los otros que pasaban caminando no supieron quiénes tuvieron más gesto de sorpresa: si las chicas que se ruborizaron y siguieron su camino por saber que lo dijo para que ellas lo oyeran, o si Hermione, a quien el color le subió a las mejillas, pero le sonrió. Morthred se confesó en público, pero nadie de quienes pasó en ese tramo le vio el rostro, pues, serio, guiñó un ojo a la castaña, y se alejó a paso vivo por el corredor.