NECESITO UN ROMANCE

CAPÍTULO 30

I

Kagome cerró la puerta tras de si y se recostó sobre la madera fría. Su respiración se detuvo por un momento. Su habitación no era la misma, ella no era la misma. Había conocido un tipo de amor maravilloso, que no le era indiferente, pero al final todo había sido como una pausa, un break increíble antes de volver a su vida normal.

Kagura, en tanto, empacó sus cosas al ver a Kagome regresar. No había cabida en esa casa para dos mujeres, y con un pesar tremendo y una sensación de derrota, dio un paso al costado y se marchó. Después de todo, lo único que el peliplata necesitaba era a esa mujer, y ya estaba cansada de perder una y otra vez.

Sesshomaru, en tanto, ni se enteró hasta el día siguiente, porque una fiebre de 40 grados celcius le impidió reconocer a la mujer que ponía compresas frías en su cabeza cada cinco minutos. Kagome no dijo nada al respecto, simplemente se limitó a llevarle una sopa caliente y tomarle la temperatura en silencio. Así, hasta que se atrevió a preguntar:

—¿Qué haces aquí?

—He vuelto —señaló la chica.

—¿Qué significa?

—Que he vuelto.

—Okay.

—Okay.

No había ni felicidad ni tristeza en sus palabras, tampoco ira o compasión en sus acciones. Ella estaba ahí, como si nada, absolutamente nada hubiera sucedido entre ellos. Ni siquiera parecía que se hubiese ido nunca, ni siquiera parecía que eran exnovios. Simplemente, eran dos personas que se conocían de algo en una habitación.

—¿Pasó algo con Inuyasha? —Volvió a preguntar.

—Sí —respondió ella.

—¿Te dejó?

—No

—¿Lo dejaste?

Silencio.

—¿Por qué estás aquí?

—¡Solo estoy de vuelta, deja de preguntar! —golpeó la voz—. ¡Me vuelves loca! Tómate la medicina y cállate.

—Okay.

De vuelta en su habitación, Kagome intentó frenar ese sentimiento de angustia que la carcomía por dentro. Ese sentimiento de incertidumbre, de no saber si se está haciendo lo correcto, ganas de estar en otro lado… tal vez en casa de Inuyasha, fingiendo que nada había pasado.

Pero lo logró, le puso fin.

Le puso fin con tantas ganas que tomó el retrato de Inuyasha a los doce años y lo puso en una bolsa negra de basura. Tomó las últimas flores que él le había dado y también las botó. Botó todo, todo, todo, y dejó de pensar en eso.

Acto seguido, se recordó por qué estaba ahí, por qué había tomado esa difícil decisión. Sesshomaru Taisho necesitaba un último chance, él necesitaba un amor que ella nunca le había dado: un amor que no pide nada a cambio.

Se había pasado toda la vida exigiendo, rogando y criticando a Sesshomaru por no decir te amo, por no casarse, por no demostrar su amor de la misma forma en que ella lo hacía, y sencillamente, la idea de darle a él la oportunidad de conocer un amor sin exigencias le parecía justa, incluso romántica.

Tal vez funcionaba, tal vez no, pero Sesshomaru lo merecía. Un amor sin etiqueta, un amor sin exigencias, un amor sincero que no demanda, que solamente da… y que es suficiente. Después de todo, todavía lo quería… y eso era un gran comienzo.

Kagome jamás había dejado de amarlo, porque además de su expareja, él era su familia, su apoyo, su compañero, su persona favorita. Solo había pasado de él para conseguir más, para cumplir con aspiraciones que ahora le parecían insensatas e infantiles.

¿Matrimonio? ¿Hijos? ¿Por qué los deseaba, en primer lugar? ¿Por qué Sesshomaru nunca había sido suficiente si en sus actos, demostraba su amor? No lo decía, pero ella nunca lo había dejado de sentir. Y en la cama… cuando la besaba, cuando la abrazaba, cuando la miraba.

¿Por qué no se había dado cuenta?

¿Por qué ahora todo era tan claro ante sus ojos? Podía verlo huyendo de ese amor y poniendo barreras, una tras otra, para alejarse de ella. Y ella detrás, derribándolas una a una, persiguiéndolo, insistiendo…

Pero había sido Inuyasha la barrera más poderosa, porque precisamente no la había puesto él, sino ella. Y eso lo destrozó por completo, tanto como para declarar su amor en el parque, considerar el matrimonio y los hijos, todo… con tal de que ella regresara.

Pero había dicho que no.

No a Sesshomaru.

No a la soledad.

El amor es como el nado sincronizado, ambos deben estar en completa sincronía para convertir la rutina en arte, y para poder sincronizarse con Sesshomaru, Kagome debía enlentecer su ritmo, dejar de correr y comenzar a caminar a su lado, sin acelerar a cada segundo.

Era sumamente mala haciéndolo, pero lo lograría.

El día siguiente fue mejor, y el siguiente mejor aún. Cada mañana se sentía más cómoda y feliz de despertar en su propia cama. De volver a la normalidad. Pronto volvió a sonreír y a hablar con él de forma natural, a conversar de banalidades y reírse de cosas que no lo ameritaban.

Volvió a trabajar en el estudio del segundo piso, a componer música y a enamorarse de cada rincón de la casa. Cocinó para Sesshomaru y para ella, hizo cenas deliciosas que terminaron en largas conversaciones hasta el amanecer. No hubo sexo, ni siquiera una mirada extraña o una caricia.

Kagome solo estaba de regreso, con él, sin exigir absolutamente nada a cambio, y aunque a Sesshomaru le gustaba, también le parecía sumamente extraño.

Cuando ella volvió a sonreír y a correr por la casa, Sesshomaru pudo respirar en paz. No sabía qué había pasado entre ella e Inuyasha, pero lo que fuese, ella parecía tomarlo con calma y madurez. Le gustaba verla revoloteando por ahí, tranquila, en calma. Si lo pensaba bien, las veces en que más la había amado, era cuando no eran novios, porque ella no estaba preocupada de llevar la relación al siguiente nivel y eso la liberaba. Kagome era divertida cuando era libre, soltera, y cuando no estaba con él. Y, aunque la curiosidad lo carcomía por dentro, simplemente disfrutó de su presencia y esperó a que ella decidiera hablar.

Mientras tanto, hablaron de dramaturgia y música, cenaron en la terraza, pasearon a los perros en el parque, hicieron una barbacoa, paqueques, subieron un cerro trotando y terminaron casi muertos, fueron al cine, hicieron una pijamada con Sango y Rin, fueron al Centro Comercial a comer un helado, compraron un pez que falleció al día siguiente, jugaron ajedrez de madrugada y bebieron doce latas de cerveza.

Con Kagura, finalmente terminaron el guion. Fue un poco difícil con ella trabajando de forma remota, sobretodo en la parte final del proyecto, pero finalmente lo lograron y lo enviaron a la agencia. Al recibirlo, le concedieron tres semanas de vacaciones (mientras la producción lo revisaba) así que tuvo más tiempo para compartir con ella.

Le gustaba esa nueva Kagome, le gustaba tanto tanto.

El día esperado finalmente llegó. Pero no fue Kagome quien propició el momento, sino el camión de la basura, que devolvió algunas cosas por no estar bien calificadas para el reciclaje. Específicamente, una bolsa negra con un vinilo, un retrato, una foto y unas flores marchitas.

Kagome, sabiendo perfectamente qué bolsa de basura era, se la arrebató de las manos para que él no la viera, pero fue demasiado tarde. Ya la había visto, y su reacción solo demostraba que aunque ella parecía feliz, había un fantasma en sus vidas, un elefante en la habitación del que nadie, nadie quería hablar: Inuyasha.

En su cuarto, Kagome sacó las cosas de la bolsa y las puso sobre la cama. Las observó largo rato e Inuyasha volvió a doler en su corazón. No fue capaz de tirar su fotografía, tampoco el disco, los escondió en la bodega y prometió tirarlos a la basura luego, cuando estuviera lista.

Sesshomaru la observó largamente durante el almuerzo ese día, así que finalmente decidió contarle lo que había decidido.

—Puedo contarte qué pasó si realmente quieres saberlo, pero creo que no es necesario —comenzó diciendo—. Realmente no es necesario.

—Escucharé si quieres contarme…

—Te contaré si escuchas sin hacer suposiciones.

—Bien.

—Bien —suspiró la chica—. Volví porque volviste a gustarme.

Sesshomaru rio con tristeza:

—Te conozco demasiado para creer que volviste por eso. Tú no eres una persona que da la espalda a alguien que ama sin ninguna razón, y lo hiciste. Sacaste a Inuyasha de tu vida de un día para otro… ¿por qué se separaron?

—Porque te extrañé…

—No lo creo.

—Siempre me has gustado, Sesshomaru, no puedo evitarlo. Me gustas incluso cuando te odio y cuando no debes gustarme, me gustas aún cuando estoy con otros hombres. Me gustas siempre y lo detesto. Estoy cansada de pelear contra eso, no hay lugar para nadie mientras me sigas gustando…

—¿Volviste por eso, pero no has intentado persuadirme para que volvamos o nos casemos?

Kagome lo observó a los ojos:

—Me di cuenta que todavía soy joven, no quiero apresurar las cosas, me gusta estar así… pareciera que nunca nos hubiéramos separado. Yo lo disfruto, me la estoy pasando bien, ¿tú no?

—¿E Inuyasha?

—¿Qué con él?

—Estabas enamorada, ¿te gustaba antes y ahora no?

La chica miró la alfombra sin saber qué responder. Finalmente, decidió ser sincera:

—También me gusta.

Silencio.

—¿Te das cuenta de que lo que estás diciendo no tiene sentido, verdad?

—Sí, pero no porque no tenga sentido significa que está mal.

Sesshomaru se levantó de la mesa, cabreado, y se llevó las manos a la cabeza.

—¿Por qué demonios estás aquí? Dime por qué regresaste, no lo entiendo. ¿Le dijiste lo mismo a Inuyasha?

—No se lo dije, pero estoy segura de que lo sabe.

—¿Y crees que está bien?

—No lo está, por eso estoy aquí.

—Pero tampoco está bien para mí, ni para ti. No te entiendo…

—No es necesario que me entiendas… estoy aquí y no te estoy pidiendo nada. ¿No es suficiente con eso?

—No lo sé —admitió Sesshomaru—. No logro entenderte…

—Bienvenido a mi vida —pensó Kagome, comiendo frituras.

II

Entretanto, la vida de Sango se desmoronaba con cada una de sus acciones. Lo de Naraku fue el comienzo de la avalancha, y cuando Miroku la vio en la TV visitando a su ex exposo en la cárcel, decidió dejarla. La compañía de zapatos sufrió casi tanto como ella, porque él era una parte fundamental de la empresa. Al parecer, la crisis se asomaba por la vida de todos, menos por la de Rin, que ya estaba haciendo planes de matrimonio.

La cafetería era un desastre también, Inuyasha no le estaba haciendo las cosas fáciles a su asistente, ya que se había convertido en un manojo de sentimientos humanos. Se quedaba mirando el vacío con los ojos hundidos en la tristeza, aparecía en las mañanas con ojeras y el pelo enmarañado. Huía del contacto de la gente y no se presentaba a sus clases de café de especialidad. No parecía importanterle mucho la vida, ni la gente, ni el negocio, en su cabeza solo había una persona:

Kagome Higurashi.

Y, como si de tanto pensarla ella se hiciera realidad, la vio esa tarde en el parque. De la mano de su amado y paseando a uno de sus Golden Retriever. El encuentro duró menos de un segundo, porque apenas ella lo notó, se soltó del agarre de Sesshomaru y se dio la vuelta, sin saber qué hacer.

Inuyasha no pudo ver las lágrimas que brotaban de sus ojos, porque ella le dio la espalda y huyó, dejándolos a ambos, parados como idiotas, pero Sesshomaru sí las vio. Las vio y se sintió triste, por él, por ella, porque sabía que ella lo amaba y que él le correspondía. Triste porque no sabía qué los había separado. Lo observó a él, añorándola hasta el infinito y se percibió a sí mismo como un ser impotente tratando de hacerse un lugar en donde solo sobraba.

Entonces, decidió ser egoísta.

Esa noche, volvió a preguntarle a Kagome por qué estaba de regreso en casa, por qué había dejado a Inuyasha, por qué le tomaba de la mano como si fueran una pareja.

—Porque me gustas —respondió ella.

—¿Quieres que seamos novios otra vez?

Kagome sonrió con tristeza.

—La verdad es que no…

Sesshomaru acarició su cabello.

—¿Quieres que estemos juntos… solo así?

Ella asintió.

—Bien.

—Bien —sonrió ella, por primera vez desde el encuentro de ese día, y se dejó abrazar. Un abrazo fraterno, lleno de cariño, de amor, de añoranza y tristeza.

Un abrazo que duró varias horas.

Esa noche, Kagome devolvió lo último que le quedaba de Inuyasha: la bicicleta. Desde el ventanal frontal de la cafetería, la vio aparecer a hurtadillas en la penumbra de la noche y por un momento pensó que estaba regresando a él, pero no. Solo dejó la bicicleta y se marchó. Ese gesto le dijo a Inuyasha que ella no volvería. Solo entonces, pudo conciliar el sueño otra vez.

III

Solo dos palabras

Destrozaron hoy tu corazón

Quizás podamos encontrarnos otra vez

Con sonrisas en el rostro

¿No lo crees?

Escuchando música

Y leyendo libros

Viendo películas

Y conociendo gente

Las cosas que pudimos hacer…

No puedo dejar de pensarlas

No soy una persona que hiera sentimientos…

Kagome se dio cuenta de que estaba mintiendo en su nueva canción: sí era una persona que dañaba los sentimientos de otros, porque lo que le había hecho a Inuyasha era una bajeza. Y se sintió peor cuando salió del estudio de música y descubrió que él la esperaba.

Finalmente, estaban frente a frente.

Y había que hablar.

Él comenzó:

—Vine porque te extrañé.

Kagome no respondió.

—¿Tú me extrañas? Yo te extraño cada día, no puedo dejar de hacerlo. Quiero olvidarte, pero no puedo…

Kagome se negó a responder.

—¿Estás bien? ¿Eres feliz?

¿Qué responder? No lo sabía, solo sabía que se sentía terriblemente mal al verlo así, sufriendo. Odiaba verlo lastimado...

—¿Puedo volver? Quiero verte, saber cómo estás…

—No vuelvas, solo te lastimas… y lo haces más difícil para mí. —Y aunque Kagome intentó no llorar, de todas formas se le quebró la voz y terminó sollozando en silencio—. Perdóname por estar bien y por no pensar en ti, perdóname por ser mala y cruel, nunca quise romperte el corazón, solo pasó…

—No…

—Inuyasha —Alzó la voz—. No vuelvas, ¿está bien? Si vuelves, conocerás una parte de mí que es más horrible aún, puedo ser más mala de lo que fui, y no quiero que lo veas… no quiero ser mala contigo. Así que, por favor, no vengas…

Dicho esto, pasó a su lado y se marchó, dejándolo solo.

No pudo dejar de llorar en todo el camino, y tampoco pudo volver a casa así, con el corazón doliendo tanto… ni siquiera un paseo por la playa le quitó la tristeza. Ni la brisa nocturna ni el aroma de los abetos le quitó el pesar de encima. Sufría por Inuyasha, lo extrañaba. ¿Por qué lo negaba? Podía botar sus cosas, devolver la bicicleta, romper su foto, pero nunca lo olvidaría, nunca, nunca, nunca. Lloró por eso todo el camino y toda la noche en su habitación. Parecía como si ese llanto jamás fuese a terminar.

A las tres de la mañana, Sesshomaru entró en su habitación y la abrazó, porque su llanto se oía en toda la casa. Y porque no soportaba verla triste, tan triste...

—Está bien… ya pasará.

—No sé qué… no sé qué le pasa a mi corazón… —murmuró en sus brazos, desesperada—. Duele, duele mucho… ¿por qué no me deja de doler?

CONTINUARÁ…