Capitulo XXIX El frío silencio de la noche
En esta ocasión, durante su paseo usual por la noche, Candy buscó el refugio del gigantesco árbol donde una noche ella y su príncipe habían compartido momentos juntos. Fue la noche que se sintió más cerca de él que cualquier otra vez. Añoraba revivir esa experiencia…pero ahora Albert estaba muy alejado de ella.
Al llegar a su habitación, lo primero que Albert buscó fue la mesita de noche, esperaba encontrar otra nota, y así fue:
Albert,
No puedo soportar la distancia entre nosotros. No seas tan cruel conmigo, no es como tú piensas. Perdóname si te he lastimado. Te quiero y te necesito junto a mí.
Candy
- Yo también te necesito, ¡no sabes cuanto!... Dime que me amas Candy, ayúdame a volver a confiar en ti…- pensó.
De nuevo la rubia durmió en la casita del árbol.
Al dia siguiente, se despertó contenta porque pensó que talvez, después de leer su nota Albert la perdonaría y le regalaría una sonrisa. Abrió la ventana y vio los árboles del bosque y escuchó los pájaros cantando alegres.
Fue a la cocina donde Ophelia había preparado los alimentos de la tía y se sintió más confiada en ella, luego llevó el desayuno a la anciana.
Mientras tanto, en la sala del comedor, se servía el desayuno junto con un pastel de chocolate.
Casi todos en la mesa se sorprendieron porque no era usual servir pastel en el desayuno. Albert entendió muy bien de quien venía el mensaje, sonrió tiernamente y tomó un trozo de pastel. ¡Elisa pidió una porción grande para ella! En realidad todos se complacieron por el delicioso pastel.
Minutos más tarde, alguien llamó a la puerta de la habitación de la abuela. El corazón de la rubia latía fuertemente en anticipación a la llegada de su amado príncipe.
- Adelante - dijo Candy nerviosa junto a la tía.
- ¡Buenos días! Veo que ya estás casi recuperada tía - dijo Albert entrando.
- Sí, me siento muy bien William. En un par de días estaré de nuevo al frente de la casa –dijo sonriendo sentada en la cama.
Candy no vio ningún cambio en él… seguía distante de ella y no la veia.
Se sintió muy triste porque su príncipe no regresaba a ella, también sabía que pronto tendría que irse de la casa y no quería dejar a Albert disgustado con ella por lo que se sintió llorar.
- Candy, ¿por qué estas triste?- preguntó la abuela tiernamente- siempre serás bienvenida en nuestra casa- dijo tomando la mano de la enfermera - En verdad Candy, a mi me complacería si volvieras a ser una Ardley. Perdóname por haber sido tan cruel contigo, tú me has ayudado mucho.
Candy se conmovió por esas palabras y sintió lagrimas rodar por sus mejillas, eran demasiadas emociones juntas y reprimidas en su pecho. Albert la veía con tristeza pero no se acercó ni dijo nada. Era demasiado doloroso para ella sentir a su príncipe distante.
- Abuela discúlpeme por favor –fue lo único que pudo decir antes de salir corriendo por la habitación llorando.
La abuela vio los ojos celestes muy tristes y entendió que algo malo había pasado entre ellos.
- Hijo, sabes que no me entrometo en tus cosas, pero he notado tu cambio con Candy, la estás haciendo sufrir mucho. Ella aparenta ser fuerte, pero es sensible, no la trates así. Es muy buena, es una gran mujer – dijo la anciana solemne con leve sonrisa viéndolo fijamente.
Albert no dijo nada, le dio un beso en la frente y se marchó.
Ese día Albert estuvo de mal carácter en la oficina y por lo tanto retrazó el trabajo porque leía una pagina hasta tres veces y no avanzaba. George y Archie tomaron la delantera ese día y dejaron que el joven se hundiera en sus pensamientos.
Esa noche al llegar a su habitación, Albert no encontró ninguna nota y sintió un deseo enorme de buscarla pero decidido, reprimió sus impulsos. Candy, de nuevo durmió en la casa del árbol.
Durante los próximos días, la rutina siguió, Annie y Candy caminaban con la tía por el jardín durante las tardes. Parecía que el ejercicio y la comida balanceada hacían bien a la anciana porque el color había regresado a su rostro y cada día se recuperaba más. Algunas veces, Neal y Elisa se unían a sus paseos por el jardín por corto tiempo, después perdían interés y regresaban a lo suyo.
El joven Leagan acostumbraba a levantarse tarde y casi todas las noches se perdía en la ciudad. Elisa ocupaba sus mañanas en hacer compras y por las tardes se quedaba en casa de amigas, así que casi no se veían por la mansión.
El fin de semana pasó sin que Albert y Candy hablaran porque el joven pasó la mayor parte del tiempo fuera de casa. Candy tenía destrozado el corazón y se preguntaba ¿Qué hacía? ¿Dónde? y ¿con quién? Sabía que él la evitaba y no podía soportarlo más, por eso planeaba irse de la mansión en un par de días cuando la tía estuviera completamente recuperada.
La enfermera estuvo la mayor parte del fin de semana cuidando a la abuela, la llevaba al jardín y leían poemas. Annie y Archie vivían en su propio mundo de felicidad.
En la intimidad de su cuarto, Candy leyó un poema de amor que le dedicó a su príncipe de la colina:
No sabes como necesito tu voz;
necesito tus miradas
aquellas palabras que siempre me llenaban,
necesito tu paz interior;
necesito la luz de tus labios
! Ya no puedo... seguir así !
...Ya... No puedo
mi mente no quiere pensar
no puede pensar nada más que en ti.
Necesito la flor de tus manos
aquella paciencia de todos tus actos
con aquella justicia que me inspiras
para lo que siempre fue mi espina
mi fuente de vida se ha secado
con la fuerza del olvido...
me estoy quemando;
aquello que necesito ya lo he encontrado
pero aun!Te sigo extrañando! *
En poco más de una semana, la tía abuela se había recuperado respondiendo muy bien a los medicamentos.
Ophelia sabía como preparar los alimentos de la tía y Annie se encargaría de caminar con la tía por las tardes para que ejercitara. Adele volvería a su trabajo antes de lo previsto, así que el trabajo de Candy estaba hecho y pensaba dejar la mansión antes de las dos semanas de permiso.
No podía soportar la distancia entre ellos y verlo ausente de su casa, prefería mejor marcharse. Había hecho lo que pudo para contentarlo y sintió que ya no tenía más que hacer en la mansión. Estaba más que deprimida porque Albert se le iba como agua entre los dedos y se sentía aterrada al pensar que talvez lo había perdido para siempre.
A pesar de su tristeza, el día lunes fue de alegría para la rubia porque la tía se incorporó a sus quehaceres de la casa. Candy le dio gracias a Dios por su recuperación y se sintió satisfecha con su trabajo.
Esa noche nuevamente Albert llegó tarde a la casa y no encontró nota en su mesa de noche, y de nuevo, Candy durmió en la casa del árbol.
Martes por la noche la rubia fue al árbol gigantesco tan especial para ella, subió y se relajó por largo tiempo en una de sus frondosas ramas.
El viento comenzó a soplar con ráfagas fuertes y frías y sintió su cuerpo temblar. Se acostó con su espalda contra el tronco del árbol y encogió sus piernas para protegerse del frío. Pensaba en Albert y la distancia que los separaba y lloró…decidió dejar la mansión al día siguiente.
Sintió otra ráfaga fuerte de viento frío que hizo que el árbol se moviera con un fuerte vaivén. Se agarró de la rama y después que el viento se calmó bajó del árbol. Caminó hacia la casita del árbol un poco temblorosa y al llegar se dejó caer en la cama, luego se arropó y se quedó profundamente dormida.
Entrada la noche, un ruido la despertó. Era ya muy tarde para hacer algo, los pasos estaban a la puerta de la entrada. La puerta se abrió. Aunque todo estaba oscuro, pudo reconocer la silueta alta y esbelta del rubio y exclamó:
- Albert – dijo soñolienta
- ¡Candy! ¿qué haces aquí? –respondió entrando.
- Me gusta estar aquí, la casita es acogedora, aquí duermo desde hace varias noches – dijo débil mientras tosía- ¿Qué haces aquí Albert?
- No sé, de repente sentí el impulso de venir. Nunca pensé que te encontraría aquí. – dijo el joven extrañado y sorprendido a la vez.
- Sí, ya lo sé, si lo hubieras sabido, no hubieras venido, ¿verdad? –dijo tristemente mientras tosía.
- No quise decir eso.
Albert se sentó en el piso, cerca de ella pero no podía verla porque todo estaba oscuro.
- ¿Estás bien?, tu voz esta distinta –preguntó el.
- Tengo sueño y frío, - respondió tosiendo.
- No deberías estar aquí, deberías estar en tu cuarto.
- La casa es demasiado grande y fría cuando tú no estás en ella...-habló débil y melancólica causando que el corazón del joven se apretara de ternura - tengo mucho sueño…Albert… ¿por…qué?..... dijo y se quedó dormida.
El joven la cubrió bien con las sábanas y decidió quedarse con ella para cuidarla. Tubo el impulso de acostarse junto a ella, pero no quería lastimarse más a si mismo y buscó un rincón donde dormir.
Al día siguiente, los rayos de las primeras luces de la madrugada despertaban a Albert, se puso de pie y vio a Candy dormida, contempló su rostro y pensaba:
- Eres tan bella,…- Luego tristemente salió de la casita.
Poco más tarde, Candy se despertó, se incorporó, salió de su cama lentamente y se sintió mareada, luego recordó haber soñado con Albert.
- El ya debe estar en su trabajo, yo también tengo que irme - pensó.
Entró por la cocina, saludó y se dirigió a su cuarto. Empacó sus pocas pertenencias y se cambió de ropa con un vestido rosado y botas blancas. Dejó notas a Annie y la tía abuela, luego con dolor en su alma emprendió su viaje de regreso a su apartamento.
Al llegar a su apartamento vio al señor Thomas barriendo la entrada del edificio.
- Hola Candy, que bueno verte pero no te esperaba todavía según tu mensaje - dijo sorprendido deteniendo su quehacer.
- Sí, la tía Elroy se puso mejor y decidí regresar a mi casa – habló desganada y tosía.
- ¿Te pasa algo Candy?, te noto pálida. –añadió preocupado.
- No, será el cansancio, estaré bien. ¿Tomamos el té más tarde?
- ¡Me encantaría!, te veo entonces.
- Me voy porque tengo que hacer algunas compras. ¡Hasta luego!.
Dentro de su casa, Candy puso su maleta en su cuarto y se fue a la calle. Regresó con dos bolsas de comida, colocó todo en su sitio y comió algunas galletas y un refresco.
Después se sintió cansada, se dio un baño, y se puso ropa más cómoda, se acostó y se quedó dormida por el resto de la tarde y toda la noche.
El señor Thomas regresó esa tarde a la hora del té como habían acordado, tocó a la puerta pero Candy no abrió. Recordó que ella había dicho que estaba cansada y decidió dejarla dormir y no molestarla.
En la mansión Ardley, esa noche Albert llegó muy tarde como de costumbre. Archie le dejó una nota en su cuarto avisándole que Candy ya no estaba más en la casa.
- Es mejor así… - pensó.
El día miércoles cerca de la hora del almuerzo, el señor Thomas se dió cuenta que no había visto a Candy y tampoco la había visto salir del edificio lo cual le pareció raro porque ella era una chica muy activa.
- Candy, Candy, soy el señor Thomas. –dijo tocando varias veces la puerta.
- ¡Que raro! No la oí salir y eso que ella es muy ruidosa, ¿y si le pasó algo? – pensó el señor.
El señor Thomas fue por una copia de la llave y abrió la puerta.
- Candy, Candy, soy yo –dijo entrando a la sala- toqué y no me escuchaste. Candy, ¿dónde estás? ¿Puedo pasar?
Entró al cuarto de ella y la encontró todavía en su cama. Se acercó y al hacerlo la vio demasiado pálida y con mucho sudor, le tocó la frente y se alarmó por lo caliente de su cuerpo.
- ¡Candy estás hirviendo en fiebre! –exclamó alarmado.
La cargó en sus brazos, bajó las escaleras con ella, la puso en su automóvil y se fue al hospital Santa Juana, el cual era el más cercano. Al llegar, de nuevo la tomó en sus brazos y la llevó dentro donde fue admitida de inmediato.
Continuará
* Lo que Necesito de ti, Mario Benedetti, todos los derechos de autor
Capitulo editado por Calemoon, gracias linda!
