El sueño del interfecto
La risa fuerte y cantarina de Minato Namikaze recorrió a todos los presentes con una poderosa sacudida de indignación.
—¿Cómo es que puedes reírte ante esta situación?— reprendió rudamente la mujer mayor que presidia la junta, frunciendo el ceño de una manera casi exagerada.
Los otros tres hombres que estaban distribuidos en la mesa, a ambos costados de aquél que había osado reírse al tener en su conocimiento la situación actual del país, imitaron el gesto, cada uno a su peculiar manera, pero no por ello menos dramatizado.
—¿Están cuando menos escuchando lo que dicen?— dijo en un tono burlón el mismo hombre que había proferido la carcajada momentos antes.
—¡El que debería preguntarse eso eres tú, insensato!— insistió la mujer, esta vez consiguiendo que su labio inferior temblara.
El hombre, considerablemente más joven que el resto de los presentes, recargó un codo sobre la mesa y el mentón sobre en el dorso de la mano.
—¿Comprenden lo absurdo que es, el hecho de que me pidan mi aprobación para algo que habían planeado hacer de cualquier forma, desde cinco años antes de que yo siquiera figurara como candidato a ministro?
Uno de los viejos carraspeo.
—No lo hagas sonar tan simple— reprendió la mujer serenándose un momento.
—Simple, fue pensar que se podía repartir el País de los Cuellos como un pastel— dijo apenas conteniendo la dureza de sus palabras—. Y puntualizo eso, porque fue el detonante de nuestra situación actual.
—¡¿Y qué debíamos pretender?! ¡¿Qué no teníamos una población considerable en ese territorio?!
—Qué debían entender, no pretender, no era un pedazo de tierra, era un pueblo de carne y hueso con un proyecto nacionalista propio.
En ese momento fue la vieja quien rió, pero a falta de experiencia para ello solo fue como un gruñido bajo.
—¡La Gran Kubizaki! ¡Vaya broma! ¡Un proyecto imaginario, nada más!— estalló ella. Después de eso suspiró con cansancio volviendo a aflojar su cuerpo sobre la cómoda silla de piel que ocupaba—. El País del Rayo se está movimiento, contaba con que el mayor territorio se anexara a ellos para su proyecto con Uzushio, hay que tomar decisiones— agregó.
—Lo sé.
—Pues no parece.
—No voy a dar aprobación. No podemos juzgar a un estado en su totalidad, la desaparición de un País acusándolo de terrorismo no va a mejorar nada, solo iniciará otra guerra.
—No es otra guerra, es la misma que ha tenido una pausa.
—Han ofrecido entregar a la Armada Kinkaku, los reconocen como los responsables de asesinato de Tobirama Senju.
—El País del Rayo dio la orden.
—Podemos tener un acuerdo…
—¡El país del Rayo debe pagar ese golpe de Estado! Una incursión corta y eficaz ¡Cómo las batallas de Amegakure!
La vieja golpeó la mesa, pero el joven se puso de pie imitando el gesto.
—¡Estos ya no son los tiempos de las batallas de Amegakure! ¡No hay tal cosa como una batalla definitiva donde todo mundo será derrotado mientras que salimos victoriosos y coronados con laureles! ¡No es un asunto de media hora! ¡Un, dos, tres por mi, extermino el País del Rayo y regreso a cenar! ¡Así no son las guerras! ¡Si empieza una guerra no hay manera de que sepamos cómo demonios la vamos a terminar! ¡¿Se están escuchando?! ¡¿Están entendiendo que me piden permitir exterminar a 50 millones de personas?! ¡No voy a hacerlo! ¡No voy a convertir las tropas leales a este país en una parda de salvajes sanguinarios que condenarán a un país en su conjunto, pasando a arrasar a otros dos cuyo único crimen es estar geográficamente al lado del País del Rayo!— estalló.
Los otros se vieron realmente afectados por la dureza del tajante comentario, pero ninguno dijo absolutamente nada, como no lo habían hecho en toda la reunión dejando toda palabra en manos de la mujer.
—Veré a Orochimaru-sama esta tarde, pero les advierto que sin importar esa reunión, no voy a autorizar esto.
Salió de la oficina deseándoles un buen día y sin detenerse a atender los pendientes que su secretaria tenía para él, le pidió que le acompañara el camino hasta su auto para resolver lo más posible antes de que se marchase a almorzar con su esposa, una tradición que ninguna carga de trabajo podría quebrantar.
—Regresaré en una hora, lo prometo— dijo sonriendo con franqueza, después de todo, ella no tenía la culpa de lo que pasaba ni de las situaciones que estaba obligado a afrontar. Además, preparaba el mejor café de toda la ciudad.
Ella sonrió de medio lado, agradecida por las consideraciones que le tenía sin importar cuán molesto estuviera. En los siete meses de trabajo que habían pasado, nunca le había levantado la voz o había sido cortante.
—Esperaré entonces— resolvió mansamente pegando su cuaderno contra el pecho y dejándole partir.
El estacionamiento donde él dejaba el auto se encontraba bastante cerca del edificio principal y prácticamente de frente a la cámara de vigilancia a la que dedicó un saludo sin estar completamente seguro de quién estaba de turno frente al monitor, aunque no le importaba, nada perdía saludando a quien fuera.
Tras unos minutos finalmente vio el portón conocido de su casa. El sistema automatizado reaccionó al control permitiéndole entrar al camino principal bordeado por jardines. La casa estaba algunos metros al frente y como si el ruido del motor de su auto fuera un algún tipo de invocador, por la puerta salió su esposa, con su enorme vestido de maternidad color verde, extendiéndose cual tienda de acampar.
Sonrió nervioso.
—Cómo odio ese vestido— murmuró entre dientes mientras terminaba de subir los cristales y se alistaba para lo que vendría.
—¡Llegas tarde, ttebane! ¡Tengo horas esperándote!— gritó desde el portal agitando los brazos por encima de su cabeza.
—Lo siento, no era mi intención, traté de huir rápido— dijo riendo y acercándose para abrazarla, evitando así que se lanzara sobre él a darle pequeños golpes sobre el pecho, pero eso no fue necesario, ella misma se contuvo sosteniendo su muy abultado vientre unos momentos.
—Estás desesperado por salir ¿Eh? ¡Te tengo noticias jovencito! ¡Falta todavía un mes, ttebane!
Besó a su esposa en la frente con toda la dulzura que realmente sentía, y al hacerlo, regresó a su mente el tema que le había amargado buena parte de la mañana.
—Vamos adentro— susurró acariciando su mejilla.
—Jiraiya-ojisan está en la sala— respondió ella poniéndose seria de repente—. Quiere hablar contigo.
Un momento de rigidez lo asaltó, en primera instancia ¿Cuándo había regresado al país?
Entraron a la casa.
Jiraiya se encontraba junto a una ventana abierta a cuya cortina había hecho un nudo al no poder correrla y liberar el paso para el humo de su cigarrillo.
—¡Al fin llegas, muchacho!— exclamó al verle. Apresurándose a apagar el cigarro antes de que la mujer se acercara más—. Pensé que iba a morir de viejo antes de que llegaras.
—No digas tonterías, aún no conoces a mi hijo, no puedes morirte.
—Los dejo, voy a preparar la mesa y almorzamos todos juntos— dijo Kushina saliendo de la sala para irse a la cocina.
—¿Ya está por nacer?
—Falta un mes aún.
Hubo un momento de silencio mientras Jiraiya desataba el nudo que había hecho a la cortina. Cerró la ventana y condujo al otro hasta la zona más privada de aquella amplia sala, donde ocuparon los dos sillones frente a la chimenea, de altos y mullidos respaldos.
—¿Ya te lo han contado? ¿Lo de Kyūbi?
—Justamente esta mañana, en una muy privada y ultra secreta junta— respondió con sarcasmo.
—¿Tienes algo para beber aquí?
—¿Jugo de arándano?
—¡No me jodas!
—Creo que aún tengo una botella de whisky que me regalaron hace unas semanas, no sé porqué. La busco— dijo mirando de reojo el muy abandonado bar, que, aunque perfectamente limpio y pulido, no había visto servirse un trago de alcohol desde que habían hecho la pequeña fiesta por la compra de la casa hacía casi año y medio.
Tras un rato de indecisión, o rememorando en dónde la había puesto, su puso de pie tomando dos vasos y abriendo una puerta de donde efectivamente salió una botella aún con el moño amarillo de seda.
—Ya recordé porqué me la dieron. Por la inauguración del paso a desnivel.
Sirvió los dos tragos, uno considerablemente más pequeño que el otro, pero no quería dejarle beber solo.
—¿Quieren ejecutarlo?
—Sí. Todo el País del Rayo debe pagar por el más vil y cobarde acto de terrorismo— continuó hablando con el mismo acento mordaz.
—Tiene potencial para hacerlo.
—Lo sé. Y no lo he visto, quedé con Orochimaru-sama para esta tarde.
—Yo no encontré nada de utilidad, al menos nada que el consejo vaya a escuchar.
—No mientas, sabes algo, o no habrías venido sin avisar.
Jiraiya aceptó el vaso y apresuró la mitad de su contenido de un solo trago.
—Es bueno ¿Eh?
—¿Qué sabes?
—Tonbogakure ya no existe.
— ¿Disculpa…?
—Explosión hasta sus cimientos. Siete millones de personas, completamente exterminados.
—¡Es absurdo! ¡¿Cómo es que no tengo noticia de ello?!
—Es el precio de no tener peso geopolítico. No tendrá más reseña que dos líneas en los libros de historia, y eso, dependerá de cómo vayan las cosas ahora, si no tienen más peso las decisiones del País del Fuego y el País del Rayo.
El joven se dejó caer de nuevo en el sillón con el vaso vacío que Jiraiya le quitó para servirle otro.
— ¿Sabes… quién?
—El País de la Cascada.
—No tiene sentido…
—¿Alguna vez tienen sentido las guerras?
—Se suponía que el País de la Cascada no pelearía.
Jiraiya soltó una poderosa carcajada.
—¡Se suponía! ¡Se suponía! ¡Muchacho, nunca hagas suposiciones! Pero dime, si no quieres jugar con el zorro ¿qué vas a hacer?
—Yo… ¿Puedo pedirte algo?
—Claro, eres el Primer Ministro, después de todo.
—Necesito que contactes con unos chicos. Todavía son cadetes.
Jiraiya soltó un bufido mientras arqueaba una ceja.
—¿Y para qué quieres tres mocosos?
—Sus nombres son Iwashi Tatami, Raidō Namiashi y Genma Shiranui, quiero verlos después de mi junta con Orochimaru-sama, pero nadie enterarse que les he llamado.
—Vale, no me digas, te llamo cuando tenga todo arreglado.
—¡El almuerzo está listo, ttebane!— gritó desde la cocina la enérgica mujer.
—Alguien debería decirle a Kushina-chan que lo que tiene es un bebé a punto de nacer, no una pelota— observó Jiraiya viendo a la joven pelirroja acercándose a saltitos.
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—Me honra con su visita, algo inesperada, debo decir— dijo Orochimaru recibiéndolo en la puerta de un discreto edificio bien resguardado.
—Era cuestión de tiempo— respondió Minato haciendo caso omiso del sentimiento de rabia que le embargaba al escuchar a este hombre que le recibía como si le fuese a mostrar la cura para el cáncer.
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Genma emitió un sonido suave, como un gemido que había intentado hacerse pasar por gruñido pero sin terminar de serlo. Tenía el impulso casi incontrolable de llevarse algo a la boca, pero prefirió reservarse sus manías para un momento en que no estuviera con el alma pendiendo de un hilo al estar sentado en el piso, solo, en medio de una bodega de almacenamiento de poliestireno expandido desde hacía unos veinte minutos.
Recogió las piernas para recargar la barbilla sobre las rodillas y se preguntó por enésima vez cuál podía ser el motivo por el que le habían llamado en calidad de alta seguridad y confidencialidad.
Escuchó la puerta abrirse con un rechinido sofocado, pero no se asomó, solamente esperó para saber si era la persona con la que tenía que reunirse.
—¿Genma-san?
—¿Raidō-senpai?
Se miraron unos instantes, pero no tuvieron tiempo de decir más nada porque la puerta volvió a abrirse.
—Tatami-san— refirió Raidō mostrándose reservado respecto a la presencia de los tres en aquel lugar, por invitación del propio Jiraiya, uno de los más afamados héroes de guerra.
—Muy bien, los tres mocosos están aquí— dijo precisamente el hombre en el que el mayor de los tres chicos pensaba.
—Buenas noches, lamento haberlos citado a estas horas y en este lugar.
—¡Minato-sama!— exclamaron los tres al mismo tiempo sintiéndose abrumados y reverenciando con exageración pero sinceridad.
—Por favor, no hagamos tanto protocolo. Los he llamado para que respondan a su compromiso con el País del Fuego. Dicen que los jóvenes son el futuro de las naciones, yo creo eso, pero no creo que su deber sea en las trincheras. Hemos construido tantas lápidas y monumentos por los chicos que se perdieron en las guerras, sangrado a tantos inocentes para construir esta frágil paz… quiero una oportunidad de verdad.
Genma tragó saliva y sintió cada fibra de su cuerpo estremecerse con cada palabra que pronunciaba el hombre al que más admiraba en todo el mundo, y por el que había dejado la granja de sus padres para enlistarse en la academia de la ciudad.
—Quiero que ustedes tengan en su poder un plan de contención, si yo fallo en mis propósitos, ustedes tendrán el poder de proteger este país. Es un trabajo muy duro, pero sé que lo lograrán ¿Lo toman?
Ninguno de los tres tardó en responder afirmativamente haciendo promesa de disposición total.
—Voy a confiarle a ustedes, el resguardo del Dios del trueno volador.
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—Kushina-chan— llamó Minato sonriendo nerviosamente desde la puerta mientras miraba a su esposa darse los últimos arreglos en el pelo.
—Le prometiste a Naru-chan que llegaríamos a tiempo para su fiesta de cumpleaños, ttebane— dijo a modo de reproche mientras jalaba un fleco al frente de su rostro.
—Lo sé… pero…
Ella le dedicó una mirada severa.
—La rueda de prensa, hay mucha expectación, realmente no creen que se haya firmado un tratado de paz con las cinco potencias mundiales y, además, tengo que hacer otra declaración.
—¿La de Kyūbi?
Minato respingó, la palabra empezaba a ponerle los nervios en punta aguda, tantas veces había leído y releído los detalles que, además de ya tenerlo de memoria, había imaginado mil y un veces las consecuencias de usarlo. Cerró la puerta a su espalda y se acercó sigilosamente a su esposa que había decidido mejor recoger el flequillo. Se acercó por detrás y la abrazó hundiendo el rostro en su cabello rojo que tanto le gustaba.
—Ibiki Morino me lo ha confirmado. El incendio fue inducido, no fue un accidente— susurró.
Kushina se quedó quieta. Cuando hacía eso era porque temía que le estuvieran vigilando y usaba su cabello para ocultar la gesticulación de sus labios, además de que podía hablar demasiado bajo y ella le podría escuchar.
—Están recogiendo propaganda, volantes y carteles, dicen que he cometido un acto de traición al ceder el territorio del norte como parte del acuerdo de paz, incitan a un levantamiento para mi deposición.
—Opino que es una tontería— dijo ella más o menos en susurro, pero sucedía que, para ella, era imposible hablar en voz baja, así que había optado por responder sin detalles.
—No puedo detenerme ahora, después de tanto esfuerzo, tengo que dar ese discurso en la plaza.
—Tonto.
—Regresa a casa con Naruto. Kakashi-kun los llevará a una casa de seguridad hasta que las cosas se tranquilicen.
—¡Obviamente no haré eso, ttebane!
—Estás levantando mucho la voz.
—¡No voy a soltarme el pelo! ¡El clima está horrible, ttebane!— se apresuró a decir.
Llamaron a la puerta con dos golpes suaves.
—Está todo listo— dijeron del otro lado. Kushina saltó del banco donde estaba y se apresuró a abrir a puerta, una vez en el auto, no habría poder que la bajara y Minato comprendiendo que no tenía sentido insistir, hizo algo que venía repitiendo con cierta regularidad en los últimos días: rezó. Por su esposa, por su hijo, y porque de verdad, finalmente todo terminara con la proclamación de la reestructuración.
Escuchaba los gritos y vítores desde el estacionamiento mientras cada guardia ocupaba su lugar.
El portón se abrió intensificando el ruido de la banda universitaria que llevaba casi una hora tocando los temas más festivos. Las banderas ondearon con los símbolos de la hoja y el fuego junto con pompones rojos y amarillos.
—¿Por qué el auto no tiene techo?— preguntó Kushina frunciendo el ceño.
—No podría saludar a nadie de otra forma— resolvió Minato con simpleza.
—¡Eso es estúpido! ¡Vayamos en un auto cubierto!
—No hay mas autos disponibles, Kushina-chan, usa el pelo suelto.
Ella no dijo nada comprendiendo de qué iba.
—Hoy, es el día donde nos abrimos paso a una sociedad verdaderamente libre e independiente, sin secretos.
El auto empezó a avanzar después de que las patrullas empezaran a abrir el paso.
Los carteles se alzaron en cuanto estuvo a la vista.
"Minato Namikaze, estamos contigo"
"Paz para todos nuestros hijos"
"Gracias por la luz"
"El rayo amarillo hace milagros"
"Te amo"
—Pues no parece que nadie por aquí te considere traidor— dijo la pelirroja mientras respondía algunos saludos que iban dirigidos hacia ella.
El recorrido iba lento. Era sorprendente la cantidad de personas que se habían reunido para recibir al ministro que finalmente zanjaba la guerra que se había estado presentando de manera intermitente desde hacía más de treinta años. Sonaba casi ilusorio, pero tras veinte días que estuvieron encerrados en un palacio neutral, finalmente se había llegado a un convenio con el compromiso del desarme.
Minato sonreía con toda naturalidad, su esposa lo miraba embelesada como lo hacían todos los demás. Era carismático por naturaleza: verle, escucharle, sentir su presencia era reconfortante y aunando eso a un gran talento, no había manera de que la gente no confiara en él.
Un grupo de niñas subidas en el toldo de una camioneta familiar la llamaron a gritos y ella estiró el brazo saludándolas, una de ellas llevaba en brazos una enorme rana de peluche con largos brazos y piernas que tenían forma de resorte.
—¡Tendremos que comprarle una de esas a Naru-chan, ttebane!— dijo sonriendo y regresando la vista a su esposo, en el momento justo en que se inclinaba hacia delante sosteniéndose del asiento del piloto.
—¡Minato!— gritó con tantas fuerzas que la banda universitaria que los seguía, calló de golpe la música.
Un disparo rugió en el aire y Kushina jaló por la chaqueta a Minato atrayéndolo hacia ella.
—Eres tan necia— susurró él antes de desvanecerse.
El auto aceleró con brusquedad y la gente ya se había dispersado entre gritos de terror. Los guardaespaldas se habían también movilizado, tratando de encontrar el ángulo de tiro. El rechinido de las llantas hizo que estas quedaran marcadas sobre el asfalto.
Hubo un tercer disparo…
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