NARUTO NO ME PERTENECE ES DE MASASHI KISHIMOTO
Y EL LIBRO TAMPOCO ES DE JOHN AJVIDE
DEJAME ENTRAR
El sol alcanzó a Hinata a la entrada del patio, una tenaza al rojo que agarró su oreja lacerada. De forma instintiva se echó hacia atrás para permanecer dentro de la sombra del arco, abrazando las tres botellas de alcohol de quemar contra el pecho, como para protegerlas también a ellas del sol.
Diez pasos más allá estaba su portal. A veinte, el de Sasuke, y a treinta, el de
Suiguetsu.
Imposible.
No. Si hubiera estado fuerte y sana posiblemente se hubiera atrevido a intentar
entrar por el portal de Sasuke atravesando el chorro de luz que aumentaba su
potencia a cada segundo que esperaba. Pero por el de Suiguetsu no. Y menos ahora.
Diez pasos. Después estaré en el portal. La ventana grande de la escalera. Y si tropiezo... Si el sol...
Hinata echó a correr.
El sol se lanzó sobre él como un león hambriento, mordiéndole la espalda. A
punto estuvo de perder el equilibrio empujado por la fuerza física, ensordecedora del sol. La naturaleza escupía su aversión hacia su transgresión. No exponerse a la luz del sol ni siquiera por un instante
Quemaba. La espalda de Hinata borboteaba como el aceite caliente cuando alcanzó el portal y abrió. El dolor casi le hizo desmayarse y subió las escaleras a ciegas, como drogado; no se atrevía a abrir los ojos por miedo a que se le derritieran.
Se le cayó una de las botellas, la oyó rodar por el suelo. Nada que hacer. Con la
cabeza agachada, una mano abrazando las dos que quedaban, la otra en el
pasamanos, subió las escaleras cojeando. Llegó al rellano. Quedaba un tramo.
A través de la ventana el sol le dio un último zarpazo en la nuca; trató de
morderlo, lo mordió después en las piernas, las pantorrillas, los talones mientras subía los peldaños. Estaba ardiendo. Lo único que faltaba eran las llamas. Consiguió abrir su puerta, cayó en la agradable, fresca oscuridad que había dentro. Cerró de golpe. Pero no estaba del todo oscuro
La puerta de la cocina estaba abierta y allí no había mantas en la ventana. Esta luz era, a pesar de todo, más débil y más gris que aquella otra a la que acababa de exponerse y, sin dudarlo, tiró las botellas al suelo y siguió. La luz le arañaba la espalda de una forma relativamente cariñosa mientras se arrastraba a lo largo del pasillo hacia el cuarto de baño y el hedor a carne quemada le llenaba la nariz.
Nunca volveré a estar entero.
Estiró el brazo, abrió la puerta del cuarto de baño y se deslizó dentro de la
compacta oscuridad. Apartó unos bidones de plástico, cerró y echó el pestillo.
Antes de meterse en la bañera alcanzó a pensar:
No he cerrado la puerta de fuera.
Pero era demasiado tarde. El sueño la desconectó en el mismo instante en que se sumergió en la húmeda oscuridad. De todos modos, no habría tenido fuerzas.
A Sasuke lo había despertado su madre a las siete y diez, como de costumbre. Se había levantado y había tomado el desayuno, como de costumbre. Se había vestido y había dado a su madre un abrazo de despedida a las siete y media, como de costumbre.
Se sentía como de costumbre.
Lleno de inquietud, de malos presentimientos, claro. Pero eso tampoco era
especialmente raro cuando iba a ir a la escuela el primer día después del fin de
semana. Metió el libro de geografía, el atlas y la copia que no había hecho en la cartera, estuvo listo a las ocho menos veinticinco. No tenía que salir hasta dentro de un cuarto de hora. ¿Y si hacía esa copia de todos modos? No. No tenía ganas. Se sentó en su escritorio y se quedó mirando la pared.
¿Eso tenía que significar que no estaba contagiado? ¿O tendría un periodo de
incubación? No. Ese viejo... había pasado en sólo unas horas.
No estoy contagiado.
Debería de estar contento, aliviado. Pero no lo estaba. Sonó el teléfono.
¡Hinata. Ha pasado algo con...!
Salió disparado de la mesa, al pasillo, levantó el auricular del teléfono:
—¡HolasoySasuke!
—Sí... Hola. Papá. Sólo papá.
—Hola.
—Bueno, ¿así que estás... en casa?
—Me iba a ir ahora a la escuela.
—Bueno, entonces no te voy a... ¿está mamá en casa?
—No, se ha ido al trabajo.
—Sí, eso pensaba.
Sasuke comprendió. Por eso llamaba a esa hora tan rara, porque sabía que su madre no estaría. Su padre tosió.
—Sí, he estado pensando... lo que pasó el sábado. Fue un poco... lamentable.
—Sí.
—Sí. ¿Le has contado a tu madre... lo que pasó?
—¿Tú qué crees?
Hubo un silencio al otro lado. El zumbido estático de cien kilómetros de cable
telefónico. Los grajos posados en él, tiritando, mientras las conversaciones de la gente corrían bajo sus pies. Su padre volvió a toser.
—Bueno, he preguntado lo de esos patines, y va bien. Puedes tenerlos.
—Tengo que irme ya.
—Sí, claro. Que te... vaya bien en la escuela entonces.
—Vale. Adiós.
Sasuke colgó el auricular, cogió la cartera y se fue a la escuela. No sentía nada.
Faltaban cinco minutos hasta que empezaran las clases y algunos alumnos estaban en el pasillo, fuera del aula. Sasuke dudó un momento, luego se echó la cartera a la espalda y se dirigió hacia la clase. Todas las miradas se volvieron hacia él.
Linchamiento. Abucheo colectivo.
Sí, se había temido lo peor. Evidentemente, todos sabían lo que le había pasado a Gaara el jueves, aunque no vio la cara de Gaara entre los reunidos, pero claro, la que oyeron el viernes fue la versión de Shikamaru.
En vez de aminorar la marcha, prepararse de alguna manera para escapar, aceleró el paso, fue rápidamente hacia el aula. Se sentía vacío por dentro. Ya no se preocupaba por lo que sucedía. No tenía importancia.
Y lógicamente ocurrió el milagro: el mar se abrió.
El grupo que estaba fuera se dispersó, abriendo camino a Sasuke hasta la puerta. Él, en realidad, no se había esperado otra cosa. Tanto si era porque irradiaba fuerza o porque era un paria maloliente al que había que evitar, eso era lo de menos.
Él ahora era de otra especie. Los otros lo notaban y se apartaban.
Sasuke entró en la clase sin mirar a los lados, se sentó en su pupitre. Oyó el
murmullo de fuera, del pasillo, y después de un par de minutos los demás entraron en tromba. Naruto levantó el pulgar al pasar al lado del pupitre de Sasuke.
Luego llegó la maestra, y cinco minutos después de que hubiera empezado la clase apareció Gaara, había creído que tendría algún tipo de vendaje en la oreja,
pero no. La oreja sin embargo estaba amoratada, hinchada y parecía como si no
perteneciera al cuerpo. Gaara se sentó en su sitio. No miró a Sasuke, ni a nadie.
Está avergonzado.
Sí, así era. Sasuke volvió la cabeza para mirar a Gaara, que estaba sacando un
álbum de fotos de la cartera y metiéndolo en su pupitre. Y vio que Gaara tenía las mejillas muy rojas, a juego con la oreja. A Sasuke le dieron ganas de sacarle la lengua, pero se contuvo.
Demasiado infantil.
Nadie lo empujaba ni se tapaba la nariz cuando él se acercaba. Incluso Shikamaru sonreía, asentía animándole, como si Sasuke le acabara de contar un chiste, cuando se cruzaron en el pasillo fuera del comedor.
Como si todos hubieran estado esperando que hiciera exactamente lo que hizo, y ahora, cuando lo había llevado a cabo, fuera uno de ellos.
Bueno, que al darle un regalo pudiera parecer que de alguna manera aceptaba que Hinata se fuera. Un regalo de despedida: bien mientras duró y nada más. Adiós, adiós.
Así no era la cosa. Él no quería de ninguna manera que...
Recorrió la estación con la mirada, deteniéndose en el kiosco. En los periódicos. En el Expressen. Toda la portada aparecía ocupada por una gran foto del hombre que había vivido con Hinata.
Sasuke se acercó y hojeó el diario. Cinco páginas dedicadas a la búsqueda en el
bosque de Judarn... asesino ritual... antecedentes y, luego, otra página más con la foto. Ibiki... paradero desconocido durante ocho meses... la
policía solicita de los ciudadanos... si alguien ha observado...
La angustia volcó sus dardos en el pecho de Sasuke.
Alguien más que le haya visto, que sepa dónde vivía...
La mujer del kiosco sacó la cabeza por la ventanilla.
—¿Lo vas a comprar o qué?
Sasuke negó con la cabeza y tiró el periódico. Luego echó a correr. Cuando llegó al andén se dio cuenta de que no había enseñado la tarjeta al vigilante. Dio una patada en el suelo, se chupó los nudillos, los ojos se le llenaron de lágrimas. Ven ya, por favor, metro, ven
El metro paró en Råcksta y Sasuke se mordía los labios de impaciencia, pánico; le parecía que las puertas permanecían abiertas demasiado tiempo. Cuando sonó el altavoz creyó que el conductor iba a decir algo acerca de que el tren estaría parado allí un momento, pero
ATENCIÓN A LAS PUERTAS. CIERRE DE PUERTAS.
Y el metro salió de la estación.
No tenía ningún plan aparte de avisar a Hinata de que cualquiera, en cualquier
momento, podía llamar a la policía y decir que había visto a ese viejo. En Blackeberg. En ese patio. En ese portal. En ese piso.
Qué ocurriría si la policía... si forzaran la puerta... el cuarto de baño...
El metro traqueteaba sobre el puente y Sasuke miró por la ventana. Había dos
hombres junto al kiosco del Amante y, medio tapadas por uno de ellos, Sasuke pudo entrever las odiosas portadas amarillas. Uno de los hombres se alejó deprisa del kiosco.
Cualquiera. Cualquiera puede saberlo. Él puede saberlo.
Cuando el metro empezó a frenar, Sasuke ya estaba delante de las puertas
presionando con los dedos los labios de goma, como si de esa manera se fueran a abrir más deprisa. Apretó la frente contra el cristal, un poco de fresco sobre su frente caliente. Los frenos chirriaron y el conductor debió de haberse olvidado, porque hasta entonces no se oyó:
PRÓXIMA ESTACIÓN, BLACKEBERG.
Gaara estaba en el andén. Y Kiba.
No. Nonono hazlos desaparecer.
Cuando el metro, vibrando, se paró, los ojos de Sasuke se encontraron con los de Gaara. Se dilataron y, al abrirse las puertas, Sasuke vio que Gaara le decía algo a Kiba.
Sasuke se puso alerta, se lanzó fuera y empezó a correr.
Kiba sacó su larga pierna, chocó con la de Sasuke y éste cayó todo lo largo que
era en el andén, raspándose las palmas de las manos al intentar frenar el golpe. Gaara se puso encima de él.
—¿Tienes prisa o qué?
—¡Suéltame! ¡Suéltame!
—Y eso, ¿por qué?
Sasuke cerró los ojos, apretó los puños. Respiró profundamente un par de veces,
tan profundo como pudo con el peso de Gaara encima, y dijo contra el cemento:
—Hacedme lo que queráis. Y soltadme.
—De acuerdo.
Lo agarraron de los brazos y lo pusieron de pie. Sasuke alcanzó a ver el reloj de la estación. Las dos y diez. El segundero avanzaba a saltos sobre la esfera del reloj. Tensó los músculos de la cara, los del estómago, tratando de convertirse en una piedra, insensible a los golpes.
Sólo que vaya rápido.
Pero cuando vio lo que pensaban hacer, empezó a resistirse. Los otros dos, como a través de un pacto silencioso, le habían retorcido los brazos de manera que con cada movimiento parecía como si se le fueran a romper. Lo arrastraron hasta el borde del andén.
No se atreven. No pueden...
Pero Kiba estaba loco, y Gaara...
Intentó hacer cuña con los pies. Se agitaban sobre el andén mientras Kiba y
Gaara lo llevaban hasta la línea blanca de seguridad antes del foso de las vías.
El pelo de la sien derecha de Sasuke le rozaba la oreja, disparándosele con el golpe de aire que salió del túnel cuando el metro que venía del centro se acercaba. El raíl sonaba y Gaara le susurró:
—Ahora vas a morir, ¿lo sabes?
Kiba se reía, agarrándolo aún más fuerte del brazo. La cabeza de Sasuke se nubló: piensan hacerlo. Lo pusieron hacia fuera de manera que la parte superior de su cuerpo sobresalía en el vacío.
Los faros del metro que se acercaba dispararon una ráfaga de luz fría sobre los
raíles. Sasuke volvió la cabeza hacia la izquierda y vio el metro saliendo
precipitadamente del túnel.
¡BOOOOOOOO!
La bocina del tren bramó y el corazón de Sasuke reventó en una sacudida mortal al mismo tiempo que se orinaba y su último pensamiento era
¡Hinata! antes de que lo echaran hacia atrás y de que su vista se llenara del verde cuando el metro pasó de largo, a un decímetro de sus ojos.
Estaba tendido boca arriba sobre el andén, jadeando. La humedad de la
entrepierna se volvió más fría. Gaara se sentó en cuclillas a su lado.
—Sólo para que te enteres de cómo son las cosas. ¿Te enteras?
Sasuke asintió instintivamente. Acabad cuanto antes. Los viejos impulsos. Gaara se tocó con cuidado su oreja herida, sonrió. Después puso la mano en la boca de Sasuke, le apretó las mejillas.
—Chilla como un cerdo si has entendido.
Sasuke chilló. Como un cerdo. Se echaron a reír, los dos. Kiba dijo:
—Antes lo hacía mejor. Gaara asintió.
—Tendremos que empezar a entrenarlo de nuevo. Llegó el metro por el otro lado.
Lo dejaron.
Sasuke se quedó un rato en el suelo, vacío. Después apareció una cara por encima de él. Una anciana. Le tendió una mano.
—Pequeño, lo he visto. Tienes que denunciarlos a la policía, esto ha sido...
Policía.
—... intento de asesinato. Ven, que te...
Sin hacer caso de la mano, Sasuke se puso en pie. Todavía dando tropezones hacia las puertas, escaleras arriba, seguía oyendo la voz de la señora detrás de él:
—¿Cómo te encuentras...?
