Gracias por la paciencia, ¡son los mejores!
Y recuerden que las actualizaciones ahora no son los lunes, puede ser cualquier día de la semana. Seguirá siendo todas las semanas, pero puede ser cualquier día.
Este capítulo es crucial para que comprendan para dónde va el final de la historia. Es muy emocionante porque se van desenredando poco a poco los cabos sueltos.
¡Gracias por el apoyo!
¡Disfrútenlo!
…
XXVIII
MAXON
America estaba desvariando. Desde que la había sacado del salón balbuceaba cosas. Algunas me inquietaron. No tenía cómo saber si eran ciertas o no.
Principalmente por lo que me había dicho antes de desmayarse en mis brazos.
Ella me quería. Me lo había dicho, me había besado. Pero no tenía cómo asegurar si estaba bajo los efectos de su desvarío.
Cuando la dejé sobre la cama dijo que tenía frío y que se iba a caer. Le toqué la frente pero no tenía fiebre, al contrario, estaba helada.
Comencé a preocuparme. Tal vez el estrés de lo acontecido durante el día sumando a eso el recuerdo del aniversario de fallecimiento de su padre le había pasado la cuenta.
La cubrí con una manta hasta la cintura y le di un beso en la frente antes de marcharme a buscar a Meridia.
Imaginé que las cocinas celebraban su propia navidad y no quería molestar, pero America no quería que Asher la revisara.
Poco antes de abandonar la habitación America liberó un lamento entre sueños y lo que dijo me heló la sangre:
"Tus hermanas… tus hermanas"
Cuando cerré la puerta y me asomé al pasillo el corazón aún me latía con fuerza. Me llevé una mano a la frente. ¿Acaso ella sabía que…? ¿La existencia de…?
No, no podía ser. ¿Cómo podría saberlo? Agatha* fue sentenciada como visita no grata hacía cinco años por mi propio padre cuando descubrió que colocaba veneno en las tiaras de mamá. No podía haberle contado a America, ni siquiera sabía que existía, y Brice seguía viviendo en Bonita.
Seguramente la fiebre la estaba haciendo imaginar cosas. Era la única explicación razonable para que America saliera con algo así.
De todos los secretos que existían en mi familia aquel era el único que no le había contado. No aún. Necesitaba tiempo y volver a ganarme su confianza. Era algo demasiado peligroso, especialmente para…para mi hermana.
Me alejé por el pasillo esperando que mi corazón se tranquilizara y bajé las escaleras en dirección a la cocina. La música del salón llegaba lejana, pronto sería media noche y todos se entregarían sus regalos.
A pesar de la decoración y el ambiente festivo no recordaba haber vivido una navidad muy animada, con excepción de cuando era muy niño y Santa Claus visitaba el palacio con una gran bolsa roja repleta de regalos.
Lamentablemente al crecer el juego terminó y la fantasía dio paso a una velada aburrida frente a un grupo de personas que solo asistían para ganarse el beneplácito de mi padre.
Me había jurado a mí mismo que cuando fuera rey la fiesta navideña sería la más alegre y colorida del año, tuviera hijos pequeños o mayores.
Si es que los tenía algún día.
Cuando iba a mitad de camino me detuvo una voz gruesa. Al voltearme erguí la espalda e incliné la cabeza.
—Ministro Cheng.
—Alteza —saludó. Me recorrió un escalofrío que intenté camuflar. Su voz, su postura, su… torso enorme como el de un camión me hizo dudar de mi integridad física. Cualquier paso en falso y con una sola mano sería aplastado como una mosca.
—¿En qué puedo ayudarlo? —pregunté amablemente. Él me sonrió. No podía saber si me lo había imaginado, pero a la luz tenue del pasillo sus ojos se veían amarillos. Como dos linternas a las que les quedaba poca batería.
—Me alegra que pregunte, ¿me acompaña?
Extendió uno de sus brazos del grosor de un poste de luz señalándome el pasillo, pero en mi cabeza solo tenía a America desvariando.
—No quisiera ser descortés, pero necesito atender un asunto urgente primero.
Cheng alzó una ceja.
—¿Más importante que el futuro de su país?
Mi espalda se tensó.
—Tenemos varios días para discutir el futuro de Illea señor Ministro —mi lengua se secó, los ojos de Cheng se achicaron—. Hoy es Navidad y quiero disfrutar de la velada. No creo que sea un buen momento para tratar temas políticos, de hecho, necesito solucionar un pequeño problema para volver a la cena, si no le molesta.
Irguió el mentón y se acercó caminando lentamente. Su cuerpo me hizo sombra. Pero no me amedrenté. Cuadré los hombros y lo miré fijamente.
Sus ojos me escudriñaron de pies a cabeza como si fuera un insecto y luego sonrió de costado como si se burlara.
—Sí, me molesta —dijo con una sonrisa sínica, fruncí el ceño y luego lanzó una risotada. Miró el reloj de oro que llevaba en su mano derecha y luego al techo, como si esperara por algo—. Pero tiene razón, es Navidad. No pretendo importunarlo.
—Gracias —dije apretando los dientes. Cheng hizo una sutil inclinación de cabeza y dio media vuelta alejándose por el pasillo.
¿Qué había sido eso? ¿Y por qué andaba solo? ¿No debía estar protegido por los guardias que papá le había asignado?
Decidí creer que no era algo que me importase. Había algo de mayor urgencia y era que America estaba delirando dos niveles por encima de mi cabeza.
Continué bajando las escaleras hasta que sentí el delicioso aroma de la cena que los cocineros estaban preparando. Mis tripas rugieron, no había comido nada desde el almuerzo, pero decidí que aquello podía esperar.
Cuando traspasé el sector de las cocinas me detuve de golpe. Frente a mí las instalaciones que utilizaba la servidumbre estaban totalmente decoradas.
Había un colorido y luminoso árbol de navidad un poco más pequeño que el que decoraba el salón, pero sin dudas mucho más bonito.
Del techo de madera colgaban guirnaldas de colores y enredaderas de luces pequeñas. Sobre las mesas había platillos de cartón con diferentes tipos de alimentos, salados y dulces, y en una radio vieja se escuchaban villancicos.
Era perfecto.
—¿Maxon? ¿Qué haces aquí? —Marlee se acercó con una sonrisa. Iba vestida de verde. Se podía notar que la barriguita escondida bajo la falda poco a poco iba haciendo aparición.
—¡Feliz Navidad! —la saludé, ella me sonrió—. Busco a Meridia.
—¡Feliz Navidad!—dijo contenta—. Claro, por aquí.
Marlee me guió por entre las doncellas y los soldados que tenían turnos libres o eran infiltrados. Ahí abajo todo parecía muchísimo más animado que arriba. Todos reían, jugaban, bebían… se veían felices. Normales.
Sacudí la cabeza para enfocarme. Me estaba demorando más de lo que creía y America debía sentirse realmente mal, a no ser que ya se hubiera quedado dormida.
Divisé a Meridia sentada en una de las mesas charlando con un grupo de doncellas. Cuando me vio su semblante se puso serio y se levantó.
—Alteza —saludó. Todas las doncellas hicieron lo mismo, y de hecho, toda la cocina lo hizo. Al parecer nadie se había percatado de mi presencia. Me sentí realmente incómodo. Estaba rodeado de gente de mi edad y todos me trataban con un respeto ridículo.
Es decir, entendía que era el príncipe pero llegaba un punto en el que me hubiera gustado que fueran menos… formales conmigo. Yo no era mi padre. A veces sentía que los súbditos confundían el respeto con el temor. Y deseaba que al menos a quienes consideraba mis amigos no me trataran con tanta… formalidad.
—¿Tienes un segundo? —le pregunté. Asintió y nos dirigimos hacia uno de los rincones. Me miró con extrañeza—. Disculpa, por favor. No quiero arruinar su fiesta.
—De ningún modo —dijo ella agitando la cabeza con una sonrisa—. ¿Qué ocurre?
—Es America —le dije, ella frunció el ceño—. No se sintió bien. Estábamos en el salón y de repente perdió fuerzas. La llevé hasta su habitación mientras balbuceaba cosas, como si estuviera embriagada. Pero no bebió nada desmedido, fue de un segundo a otro. ¿Crees que puedas ir a verla? Pidió expresamente que fueras tú y no Asher.
Me miró achicando los ojos y luego desvió la vista hacia un costado como si pensara.
—¿Te dijo algo más? —preguntó—. ¿Le dolía algo? ¿Le molestaba algo?
Intenté hacer memoria. Me llevé una mano al mentón.
—En algún momento mientras la subía por las escaleras dijo que le pesaban los brazos—me encogí de hombros—. Hoy no fue un buen día para ella. La reunión con Cheng fue terrible y se cumple un año de la muerte de su padre.
Asintió, pero sus ojos se veían preocupados.
—¿No notaste nada más?
Achiqué los ojos, recordando.
—Cuando estábamos en el salón la noté cansada. Como si le doliera la cabeza.
Se mordió el labio y de repente abrió los ojos como si se le hubiera ocurrido algo.
—¿La dejaste en su habitación dices? —asentí, me agarró un brazo mirando por encima de mi hombro—. ¿Qué guardia la vigila?
Fruncí el ceño sin entender. Cuando la dejé y me retiré no había ningún guardia apostado en la puerta. Valiant se había ido de vacaciones con su hermana y America le pidió a Roger que pasara la navidad con su familia.
—Nadie, están todos en el salón. Pensaba pedir reemplazos para cuando se retirara a dormir…
—Maxon…—Meridia me miró asustada. Entonces las cosas se pusieron aún peor.
—¡Mera! ¡Mera!
Me volteé. Cruzando por entre la gente venía Paige corriendo desesperada. Cuando me vio su expresión se alivió.
—Oh, gracias a Dios que está aquí Alteza —se acercó hasta nosotros totalmente asustada, Meridia pasó por mi lado—. America necesita ayuda —dijo bajito.
—¿Qué? —exclamé—. ¿Qué le ocurrió? ¿Se puso mal?
Paige se llevó las manos a la cabeza, desesperada.
—¡No sé, no sé! Llegó una llamada de auxilio a la línea de Lucy justo cuando estaba ordenando unos papeles, provenía de su habitación así que fui a ver —me miro asustada—. Es horrible, no sé qué le sucedió.
Comencé a entrar en pánico, el aire comenzó a escasear, la agarré por los brazos.
—¿Y la dejaste sola? ¿Qué le ocurrió? ¿Cómo puede ser? ¡Hace menos de diez minutos estaba con ella!
Por mi cabeza pasaron las peores ideas, incluso que en su estado medio dormido se hubiera autoflajelado.
—¡Por supuesto que no la dejé sola! Llamé a Aspen y a Lucy para que cuidaran de ella porque no sabía dónde estaba usted alteza, ellos me enviaron a buscar a Mera—dijo angustiada.
Con Meridia intercambiamos una mirada, sus ojos estaban oscuros.
—Paige, dile a Aspen que la traiga a mi habitación —ordenó sin titubear—. Entren por la puerta del jardín, para no llamar la atención aquí en las cocinas.
Ella asintió y corrió por donde vino. No entendía nada. ¿Qué podría haberle ocurrido? ¿Tan mal se había puesto en tan poco rato?
Meridia se dirigió hacia la mesa donde había estado sentada. Marlee estaba sobre las piernas de Carter y ambos reían de algo. Cuando ella les anuncio el aviso de Paige, Merlee se puso de pie de golpe. Me miró y yo agité la cabeza. Estaba seguro que ambos teníamos la misma expresión de miedo y preocupación.
—Ve a mi refugio, espera ahí —me ordenó Meridia cuando volvió a pasar por mi lado.
—¡No! Quiero ir con America.
Ella me quedó viendo fijamente y colocó una mano en mi pecho. Luego elevó la mirada observando a su alrededor.
—Solo hazlo, por favor…—pidió—. Esperemos que no sea nada malo.
Pero su voz y sus pupilas temblaron. Por supuesto que algo malo había sucedido. Me llevé una mano a la cara y luego a la boca, desesperado. Odiaba quedarme sin nada que hacer. Odiaba que me pidieran estar apartado.
Sin embargo lo hice. Solo porque tal vez era necesario mantener cierto orden debido al barullo que había en las cocinas.
Asentí a regañadientes y junto con Marlee y Carter nos perdimos dentro de las cocinas hasta hallar el hogar de Meridia.
…
La habitación era pequeña y solo tenía dos puertas. La de salida y la de la habitación de Mera. Pero saliendo al pasillo, justo doblando a la derecha, había otra más que conectaba con los jardines. Se suponía que entrarían por ahí. Meridia estaba esperando afuera, yo me movía como gato enjaulado y Marlee con Carter se mantenían en silencio.
¿Qué había ocurrido? ¿Cuál era el misterio? Dios… America, ¿qué podría haberle ocurrido? ¿Por qué Paige decía que algo le había sucedido?
Me llevé las manos a la cabeza con desesperación después de dar otra vuelta alrededor de la mesa. Carter suspiró.
—¿Quieres parar? Sé que estás nervioso pero solo nos alteras más —pidió y luego miró a Marlee preocupado—. Cariño, ¿por qué no vas a descansar?
Ella levantó la mirada, yo me detuvo de golpe.
—Algo le pasó a mi amiga, no puedo dormir así…—dijo angustiada.
—No puede ser, ella solo se sintió mareada…—me senté a un lado de Carter, los nervios me estaban consumiendo—. Si algo malo le sucedió jamás me lo perdonaré… no debí dejarla sola.
—No te culpes por nada, aún no sabemos qué fue lo que le pasó —dijo Marlee con dulzura, asentí.
—Estaba rara, actuaba extraño —dije agobiado llevándome las manos a la cabeza. Apoyé los codos sobre la mesa—. De un momento a otro desvarió, decía cosas sin sentido, su cuerpo no reaccionaba… ¿Cómo pude ser tan tonto y no ver las señales? ¡Debí quedarme con ella!
—¿Bebió algo? —preguntó Carter—. Tal vez se pasó de copas…
—No, no parecía. Estuvo muy lúcida en un momento. Todo sucedió muy rápido —expliqué.
Fue en ese momento cuando la voz de Meridia se escuchó desde el jardín "rápido, rápido". En un abrir y cerrar de ojos Aspen entró a la salita cargando un bulto envuelto en sábanas. Su gesto de desesperación fue suficiente para aterrarme. Me puse de pie de golpe y vi con horror como la sábana se empapaba de sangre.
—¡NO! ¡America! —corrí hacia Aspen pero Meridia gritó desde atrás.
—¡Déjalo pasar, hazte a un lado! ¡Aspen, llévala a mi habitación! —exclamó. Aspen atravesó la sala y corrió hasta el cuarto del fondo sin siquiera darme tiempo de poder mirarla.
—¿Qué le ocurrió? ¿Por qué está sangrando? —gemí desesperado siguiéndolos hasta la puerta. Meridia se cruzó delante de mí para no estorbar el camino.
—Paige la encontró desmayada en el suelo —explicó Lucy que venía tras ellos—. Tiene magulladuras por todos lados y la pierna herida —dijo angustiada—. Alguien la atacó.
—¿Atacar? ¿Quién? ¿Cómo sucedió esto? ¿Nadie vio nada? —estaba agitado, desesperado, intenté entrar a la habitación de Meridia pero ella me detuvo.
—Quédate aquí, la habitación es pequeña —me pidió. Marlee llegó corriendo a mi espalda.
—¿Qué hacemos? ¿Necesitas algo?
Meridia miró hacia todos lados.
—Hay una caja de cobre en la alacena —dijo quitándose la llave del cuello—. Tráela con cuidado —ordenó. Luego me miró—. Estará bien, solo tengo que curarla.
Y sin decir nada más entró a su habitación dejándome afuera. Me quedé de pie mirando la madera desgastada de la puerta mientras Marlee corría a buscar la caja. Le hizo entrega de ella a Meridia apenas Aspen salió del cuarto.
—America… —susurré. Entonces la rabia, el miedo y la desesperación comenzaron a emerger poco a poco—. ¿QUÉ ESTÁ SUCEDIENDO? — Me lancé contra la puerta para abrirla pero Carter y Aspen me agarraron por los brazos—. —¡Déjenme! ¡Suéltenme! ¡Tengo que verla! ¡Tengo qué saber qué ocurrió con ella! ¡America! ¡AMERICA!
—¡No ayudarás en nada si entras en desesperación, Maxon! —exclamo Aspen reteniéndome—. ¡Cálmate!
—¿Qué me calme? —gruñí—. ¿Qué me calme? ¡Hace un instante estaba con ella y estaba ilesa! ¡Suéltenme! ¡Soy su príncipe, se los ordeno!
Ambos me soltaron y con la fuerza de mis propios brazos y piernas caí al suelo. Agaché la cabeza.
—¿Qué diablos ocurrió? ¿Por qué estaba sangrando?
—No lo sabemos…—murmuró Aspen agitado—. Pero estaba muy mal herida.
Levanté la cabeza y los miré desde el suelo.
—¿Quién… quién podría haberle hecho tanto daño? Fue solo un instante, la dejé sola un solo instante… yo… —me apoyé en las rodillas y dejé caer las manos a los costados—… no debí dejarla sola. Ella estaba extraña —jadeé—. Murmuraba cosas, parecía…
Guardé silencio de golpe. Abrí mucho los ojos, como si de pronto las cosas tuvieran sentido. Me puse de pie lentamente y los miré, Marlee se había cobijado en el pecho de Carter y él le envolvía los hombros con un brazo. Lucy tenía surcos de lágrimas en sus mejillas.
—¿Parecía qué? —preguntó ella. Agité la cabeza suavemente, sin poder salir de mi estupor.
—Drogada…ida —los miré asustado—. ¿Creen que esto fue premeditado?
—¿Pero quién querría atacarla? —preguntó Marlee con lágrimas en los ojos. Aspen achicó los suyos peligrosamente.
—Había un aroma extraño en la habitación —dijo frunciendo la nariz—. Algo acido… podrido…
—¿Cómo la leche agria? —pregunté mirando la puerta fijamente.
—Sí, algo así —contestó.
Apreté los puños. Recordé mi encuentro con Cheng en medio del pasillo. Los apreté aún más hasta que se me clavaron las uñas. Y sin mediar mis acciones le di un golpe a la pared.
—¡FUE ÉL! —grité colérico—. ¡Fue aquel maldito! ¡Aquel hijo de…! —grité con fuerza, necesitaba golpear a alguien. Jamás me había sentido tan furioso, tan… lleno de odio.
—¡Maxon, te harás daño! —Marlee corrió hacia mí y me agarró las manos antes que volviera a asestar otro puño a la pared. Mis nudillos se habían enrojecido. Ni siquiera podía sentir el dolor de lo angustiado que estaba—. Ven, calma… respira. Te limpiaré las heridas.
—Yo me hago cargo cariño, no quiero que te muevas mucho —escuché a Carter. Marlee asintió y se sentó en la mesa mientras su esposo lavaba unas telas guardadas en la alacena de Meridia.
Marlee me obligó a sentarme a su lado, solo ahí, cuando la adrenalina comenzó a marcharse comencé a sentir ardor en los huesos de los dedos.
—Respira…—Me pidió. Asentí, pero la rabia aún seguía presente.
Carter se acercó con un plato hondo lleno de agua y unas telas blancas que parecían vendas. Las dejó sobre la mesa y Marlee comenzó a trabajar para limpiarme las heridas de la mano.
—¿De quién hablabas? ¿Sospechas de alguien? —preguntó Aspen preocupado sentándose frente a mí. Lucy se encargó de sacar unos ungüentos de la alacena.
—De Cheng, de aquel… de aquel sujeto —dije sin temer decir su nombre. Todos se quedaron en silencio—. Cumplió con su amenaza. Encontró el modo de apartarnos de ella para que estuviera sola esta noche…—gemí.
Marlee se detuvo y miró a su esposo.
—¿Pero por qué… por qué le haría daño sin motivo? ¿Sólo porque es ella?
Suspiré y cerré un poco los ojos cuando me ardieron las heridas.
—De hecho sí, y porque es la única que puede salvar a una ciudad completa de su aniquilación…
Tuve que explicar lo que había sucedido en la reunión, lo que Cheng había propuesto, lo que Phlippo había firmado y lo que America se había negado a hacer.
Cuando terminé todos estaban en silencio.
—Todos habríamos dicho que no, eso es obvio —dijo Lucy muy bajito aplicándome el ungüento en las heridas. Asentimos.
—¿Pero era necesario hacerle daño? —preguntó Marlee con tristeza.
—Cuando tienes motivos para amenazar a veces la fuerza bruta es la mejor arma —dijo Carter, juntos con Marlee se miraron—. No lo sabremos nosotros que me casé con una hija de Illea arriesgando todo mi pasado, mi presente y mi futuro.
—Pero estamos aquí, vivos y juntos —dijo ella con una sonrisa triste.
—Y America también —dijo Aspen. Me miró y estiró un brazo afirmando mi hombro—. Es más fuerte de lo que crees. Saldrá de ésta sin amedrentarse.
Cuando tuve la mano curada intenté cerrar los dedos pero el vendaje lo impidió. Cerré los ojos al sentir la magulladura del hueso al haber golpeado la pared. Probablemente se me pondrían los nudillos morados a pesar de las heridas.
No quedaba más que esperar y confiar en que Meridia ayudaría a America. Lucy hizo té y lo depositó en varias tazas pequeñas. Una vieja tetera de aluminio descansaba entre nosotros.
El tiempo era aplastante. Los minutos pasaban con tal lentitud que había comenzado a temer. ¿Y si era peor de lo que imaginaba?
Al parecer Meridia había descubierto lo que le había ocurrido antes que cualquiera. Cuando le dije los síntomas de inmediato se puso en alerta. Era obvio que ya sabía que las cosas no iban bien.
Por suerte al cabo de algunos minutos —que parecieron horas—, ella abrió la puerta. Cargaba la sábana ensangrentada y sus manos también estaban teñidas de sangre. Me puse de pie con tanta fuerza que como la banqueta en la que estaba sentado iba unida a la mesa, Carter casi se cae.
—¿Cómo está? ¿Puedo verla? ¿Qué ocurrió?
Dejó la sábana en un rincón del suelo, me miró en silencio y sin decir nada se lavó las manos en el lavadero que estaba anclado a la encimera.
Tenía la boca seca, desesperado por novedades. Al mirar el reloj sobre su cabeza marcaban las once de la noche. En una hora más debería presentarme en el salón ante mis padres para abrir los regalos. Lo cual en aquel momento me parecía innecesario y superfluo.
De hecho, debía estar arriba, con ellos. Era el príncipe y estaba desaparecido. Tenía que regresar pronto, pero no podía hacerlo mientras no supiera del estado de America.
—Se pondrá bien —dijo al cabo de un rato. Se acercó hasta la mesa, levantó la tapa de la tetera, revisó si aún había té y se sirvió en una taza nueva.
Todos la mirábamos expectantes.
—¿Y? —preguntó Aspen cuyas sienes estaban sudadas.
Meridia se sentó entre Lucy y Marlee liberando un suspiro.
—La drogaron con Escopolamina* —explicó. Todos la quedamos viendo con extrañeza—. No sé cómo ni dónde. Es una droga que antiguamente se utilizaba para medicina pero fue vetada cuando Estados Unidos paso a ser Estados Unidos de China. Tenía muchas contra indicaciones, se utilizaba para robar o dejar indefensas a las víctimas —explicó pensativa—. Es una droga que elimina cualquier voluntad, no se tiene control sobre el cuerpo, se pierde la memoria, en algunos casos causa taquicardias, convulsiones…—me miró fijamente—. Tuvo suerte. Una dosis más alta y muere.
Temblé.
—¿Pero ya está bien, no? ¿Por qué estaba sangrando? ¿Qué le ocurrió?
Su mirada se oscureció. Apretó las manos contra la taza.
—Alguien la drogó para dejarla indefensa —susurró—. Recuperó el habla hace cinco minutos. Antes de eso apenas podía abrir la boca o mover la lengua —se encogió de hombros como si le hubiera dado frío—. Durante el rato que estuvo sin poder controlar su cuerpo, que no deben haber sido más de cinco minutos, alguien la atacó —dijo. La expresión adolorida de su rostro comenzó a preocuparme—. La golpearon. Tiene hematomas en el abdomen, en el estómago y la cara. Tuvo suerte de que no le volaran los dientes —me llevé una mano a la boca y cerré los ojos, la otra la tenía a un costado de mi cuerpo y la cerré en un puño. El dolor, la angustia que estaba sintiendo no se comparaba con nada que hubiera sentido antes.
—¡Diablos! —jadeé conteniéndome para no agarrar a golpes la mesa. La mano vendada me ardió—. ¿Cómo pudieron hacerle eso? Yo… ¡Tengo que verla, tengo que saber…!
Corrí hacia la puerta pero Carter me agarró por un brazo.
—Está durmiendo —anunció Mera—. La dejaremos descansar. No puede moverse mucho, la pierna la tiene muy herida.
No entendí.
—¿La pierna…? ¿Qué le pasó a su pierna? —entonces miré las sábanas arrojadas a un rincón—. ¿Qué….? ¿Qué… le… hicieron? —mascullé comenzando a sentir rabia.
Ella se levantó y se acercó hasta mí con calma. Depositó una mano en mi hombro y me miró como una madre.
—Alguien la golpeó con una vara de acero —miró hacia atrás, Carter y Marlee se abrazaron, aterrados—. Le hubieran dado dos golpes más y podrían haberle tocado una arteria.
Respiré profundamente conteniendo las ganas de llorar. Porque sí, estaba lleno de miedo, de rabia… Si el responsable había sido Cheng sus días estaban contados. No sabía con quién se estaba metiendo.
—¿Pero por qué a ella? ¿Crees que realmente fue el ministro, Maxon? —preguntó Marlee—. Por lo que nos contaste.
Asentí.
—No le veo otra explicación —dije con la voz gruesa, ronca, gutural. Dentro de mí se estaba produciendo una batalla campal entre el príncipe bien portado que siempre fui contra el hombre que quería proteger a la mujer que amaba—. Pero si fue él, les juro…—apreté las manos, los nudillos vendados me ardieron—. Les juro que yo mismo acabo con él… ¡esto no se va a quedar así!
Aspen se puso de pie y se acercó con cautela.
—Maxon, no hagas ninguna locura —pidió—. Primero tenemos que tener las pruebas de que realmente fue él, lo sabes —parecía nervioso. En el estado en el que me encontraba era capaz de dispararle en medio del salón—. Debes estar con la cabeza fría —miró el reloj—. Debes volver a la fiesta, pero tienes que hacerlo con calma. No puedes estar aquí mucho rato.
—No quiero dejarla, no…
—Está durmiendo —agregó Meridia—. Ve a celebrar con tu familia, haz acto de presencia, abre los regalos, finge sorpresa y regresas aquí. De todos modos no dormiré esta noche con ella abarcando mi cama.
—No puedo estar arriba fingiendo que todo está bien —jadeé—. ¡Intentaron matar a America!
—Pero no lo hicieron —insistió Carter—. Querían amedrentarla. Sabemos cómo es, a los soldados nos enseñan las mismas técnicas de tortura —Se miraron con Aspen y éste asintió haciendo una mueca de desagrado.
—¿Es eso cierto? —preguntó Marlee con espanto. Carter y Aspen se avergonzaron.
—Sí, pero por suerte nunca hemos tenido que aplicar esos métodos —dijo Aspen con seguridad—. Y espero no tener que hacerlo nunca.
Nunca me había preguntado qué cosas sabían los soldados que los convertía en maquinas de defensa. Sin embargo con algunos de los entrenamientos había aprendido mucho sobre agilidad, golpes y armas que no sabía que existían. Y esperaba no aplicar ninguna de esas técnicas. Especialmente las que incluían quebrar cuellos o disparos certeros a la cabeza.
Sin embargo después de lo que había ocurrido con America me estaba planteando seriamente utilizar aquellos movimientos con Cheng. Si es que era él el responsable de sus heridas.
—Deberías ir al salón —insistió Mera. La miré acongojado.
—No quiero dejarla sola…
—No está sola, está con nosotros —miró hacia atrás donde estaba Marlee y Lucy. Carter asintió. Paige no había regresado. Tal vez estaba trabajando en el salón.
Me avergoncé.
—Sí, disculpa, no quise decir…
—Subiremos juntos —dijo Aspen y luego se giró hacia Lucy—. Te dispensaré, diré que estabas cansada.
—No hay problema, si puedo ser útil prefiero quedarme aquí —le sonrió con cariño.
Los miré a todos y luego giré la cabeza hacia mi espalda donde estaba la habitación de Meridia con la puerta cerrada. No quería irme, no podía marcharme.
—Subiremos juntos y tendrás la cabeza fría —me dijo Aspen con firmeza—. Primera regla de un soldado, jamás mostrar debilidad, rabia o alguna emoción que delate tu posición. Hazlo por America.
Me dio un golpe amistoso en el brazo y se dirigió a la salida. Miré mi mano. Tendría que inventar una buena excusa para explicar la venda.
…
Justo a la media noche mi padre dio su discurso de todos los años que hablaba de la paz y la convivencia. Me demoré mucho en aparecer y cuando todos me preguntaron dónde había estado pensé rápido: Se me rompió una copa de vino y tuve que ir a curarme la mano.
Fue lo único que se me ocurrió en el momento pero por suerte todos lo creyeron. Incluso mi madre consideró sensato que hubiera hecho las curaciones disimuladamente. Aunque ella misma prometió hacerme una más tarde.
A pesar de los años seguía viéndome como un niño que necesitaba de sus cuidados. Y no podía culparla. Al ser su único hijo depositaba toda su sobreprotección en mí.
Cuando entré al salón junto con Aspen, poco antes que mi padre diera su discurso y se repartieran los regalos visualicé a Cheng. La rabia emergió desde lo más interno de mis entrañas, pero como buen amigo Aspen me detuvo antes de cometer una locura.
Tenía que pensar en el bien de America. Si él le había hecho daño la pagaría caro, pero no podía delatarlo, tal vez las consecuencias serían peores.
La hora pasaba lentamente. Deseaba desesperadamente volver a la habitación de Meridia y poder estar cuidando de America toda la noche, pero tenía que ser paciente.
Para empeorar la situación recibí un regalo de Cheng, un reloj de oro que me pareció una burla. Lo recibí fingiendo mi mejor sonrisa. Por suerte era bueno para pretender un comportamiento apropiado, llevaba practicándolo desde que conocí la vara metálica, así mi padre no me azotaba si me mostraba tal cual él quería.
Recordar la vara me hizo sentir dolor en las cicatrices de la espalda. Llevé ese dolor hacia America y me imaginé su pierna herida.
Era un dolor que no se lo deseaba a nadie, y ella lo había vivido.
Contener la rabia y el impulso de golpear a Cheng —que sonreía y reía como si el mundo estuviera a su merced— me crispaba los nervios.
Odiaba no poder hacer nada. Odiaba contener el dolor y la rabia. Era sabido que si a ese hombre le hacía alguna cosa sería peor para todos.
Cheng era intocable.
Y eso solo significaba que Illea estaba a su merced.
…
Regresé al refugio alrededor de la una de la mañana. Me excusé con mis padres alegando cansancio. Cuando mamá me preguntó por America tuve que mentirle y decirle que no sabía nada.
Me retiré junto con Aspen haciéndoles creer a todos que íbamos por distintos caminos. Prácticamente corrimos por las escaleras, sin embargo cuando nos cruzamos en el pasillo de las cocinas, escuchamos risas. Nos miramos un segundo cuando de una de las habitaciones apareció Philippo con Celeste.
Ambos se recompusieron casi tan rápido como cuando tropezaron hacia el pasillo.
—¿Celeste… Philippo, qué…? —los miré con sorpresa, Philippo llevaba la camisa abierta y la corbata deshecha sobre su pecho y Celeste se reacomodaba los tirantes de su vestido. Ambos tenían el cabello desordenado.
Quise reír. De repente los celos que podría haber sentido me parecieron una estupidez. Aunque justo en esos instantes mis pensamientos y preocupaciones fueran más fuerte que ellos.
—Maxon…—Carraspeó Philippo—. ¡Feliz Navidad! —rió jocoso. Alcé una ceja, Aspen frunció el ceño, parecía dudar entre hacer una reverencia o reírse.
—Feliz Navidad —dije inseguro. Entonces mi cabeza funcionó con rapidez. Si America había sido atacada porque no quiso romper el tratado que Philippo había firmado, él tenía que saberlo, aunque odiara la idea de verlo cerca de ella—. Esto…. No tenemos mucho tiempo, así que necesito que me sigan—ambos me quedaron viendo extrañados.
—¿Hay alguna fiesta privada o algo así? —bromeó Philippo cerrando la camisa, negué cansado.
—America fue atacada —solo dije—. Te necesitamos.
Aquello me costó más decirlo que pensarlo. Admitir que necesitaba de Philippo para proteger a America me hacía sentir un inútil.
—¿Qué le sucedió? —gimió Celeste llevándose las manos a la boca.
—No podemos hablar aquí —apremió Aspen—. Hablaremos abajo.
Ambos nos siguieron hasta la guarida de Meridia y cuando entramos nos encontramos a las chicas y a Carter reunidos en torno a la mesa.
Cuando vieron a Philippo se pusieron de pie, Paige había regresado y estaba sonrojada.
—Alteza…—saludó Marlee. Philippo entró haciendo un saludó con la mano como si fueran viejos amigos.
—No es necesario la formalidad, señoritas —dijo con amabilidad—. Pueden llamarme por mi nombre —sus ojos se enfocaron sobre Meridia, pero al contrario de sostenerle la mirada con encanto como hicieron las otras, ella se limitó a soltar aire por la nariz con fastidio.
—Les recuerdo que estamos en mi casa —dijo molesta, me miró—. ¿Ahora resulta que traes gente sin invitación?
Cuadré los hombros.
—Si America fue atacada producto del tratado que no quiso romper, Philippo es el indicado para solucionar este conflicto —expliqué. Nuevamente decir aquello me costó un poco de mi orgullo.
—¿Y ella? —señaló a Celeste con el mentón. La aludida se cruzó de brazos y elevó el mentón.
—Vengo con él —señaló a Philippo—, y soy muy amiga de America, así que lo que suceda con ella, me incumbe —dijo sacudiendo su cabello con elegancia.
—¿Alguien puede explicarme qué está ocurriendo? —pidió Philippo preocupado—. Solo sé que America fue atacada, pero no entiendo en qué puedo ayudar…
Suspiré cansado.
—Siéntate y te lo explico.
Cuando puse al día a Celeste y al italiano de lo que había ocurrido en la reunión con Cheng, ambos estaban sorprendidos. No obstante Philippo se veía realmente preocupado, tanto, que unas leves arrugas aparecieron en torno a sus ojos.
—¿Bombas? —preguntó. Asentí, todos estaban en silencio, aunque las pupilas de Meridia se movían de un lado a otro.
—Creí que en Illea no tenían ese tipo de armamento —dijo Celeste, todos la miraron—. ¿Qué? Soy una dos ¿recuerdan? En mi villa se hablan cosas, hay muchos militares y antiguos gobernadores, pero nunca escuché hablar de bombas.
Meridia agitó su pierna. ¿Estaba nerviosa?
—En Europa el único armamento que tenemos está en Suiza —dijo Philippo preocupado—. ¿Deberé poner atención a estas amenazas? ¿Qué tipos de bombas serán de las que Cheng habla? Antiguamente las que acabaron con las naciones en la cuarta guerra fueron nucleares, ¿creen que…?
La puerta del fondo abriéndose lo interrumpió. Todos nos volteamos de un salto, America estaba de pie bajo el umbral. Casi me caí de la banqueta cuando me levanté y corrí hasta ella.
Su boca y nariz estaban magulladas con unas feas heridas y llevaba una manta sobre los hombros que le llegaba hasta el suelo.
—America…—susurré llegando hasta ella. Sus ojos brillaron y me abrazó con un quejido.
—No deberías haberte levantado —dijo Meridia apareciendo tras de mí—. Déjame ver… —me dijo sin amedrentarse por ser quién era.
Cuando me separé Meridia abrió la manta. America estaba vestida solo con un pantaloncillo deportivo y una camiseta de algodón. No pude ver las magulladuras del abdomen, pero sí vi las vendas que cubrían su muslo y que se manchaban poco a poco de sangre.
—No quiero dormir, tenemos que solucionar esto —gimió adolorida.
Meridia la miró preocupada.
—Te haré un té para el dolor —dijo con dulzura, luego me miró a mí—. Ayúdala a caminar hasta la mesa, —me pidió—, ¿puedes hacerlo? —le preguntó.
—Eso creo —se quejó. Nos miramos y sin decirnos nada entendí perfectamente lo que quería. La abracé por la cintura y ella se apoyó en mi hombro. Nos acercamos a la mesa a ritmo lento pero seguro. Con ella dando pasos apenas con una pierna.
—¿Te duele mucho? —preguntó Marlee ayudándola a sentarse. America cerró los ojos con dolor cuando lo consiguió. Carter, que estaba en la misma banqueta, se hizo a un lado para que pudiera situarme cerca de ella.
—Sí…—se quejó y respiró hondo—. Todavía me pesa la cabeza.
—No debiste levantarte —dijo Aspen con el ceño fruncido.
—No podía quedarme acostada…—susurró. Philippo la miró con tristeza.
—¿Podemos hacer algo por ti Principessa? Daré aviso a mi padre, esto no puede quedar así —sentenció—. Si es necesario te llevaré de vuelta a Italia en el primer avión de la mañana.
Mi espalda se congeló. No, no se la llevaría. Pero luego la miré y vi las heridas en su boca y solo ahí comprendí que no podía ser tan egoísta y dejarla cerca de mí si su vida corría peligro. Partiendo porque en primer lugar si no la hubiera abandonado en su habitación tal vez no tendría esas heridas.
—No, no me iré a ningún lado —dijo con vehemencia—. No quiero arrancar, no seguiré escapando…
—Pero America, Cheng… —insistió Aspen.
—No fue Cheng quien ordenó los golpes —dijo parpadeando rápidamente, se llevó una mano a la frente—. Diablos, no puedo recordarlo.
—¿Cómo que no fue Cheng? —preguntó Celeste. Meridia se acercó con un tazón de té que olía muy dulce, America suspiró. La otra se quedó de pie a un lado de la mesa.
—Él trabaja para alguien —susurró y cerró los ojos con fuerza—. Quienes me hicieron esto eran dos hombres gigantes, dijeron un nombre, alguien que solo quería que me asustaran…—abrió un solo ojo intentando enfocar algún punto sobre la mesa—. ¡Diablos! ¿Cómo era…? ¿Keil… Kain… Cail…?
—¿Coil? —preguntó Meridia. Su voz fue como un susurró agudo. Sus ojos miraban la puerta con terror.
—¡Coil! —afirmó America.
Todos miraron a Mera.
—¿Lo conoces? —quise saber. Meridia achicó los ojos.
—Esto es peor de lo que creía —murmuró asustada. Nunca la había visto así. Era raro en una mujer con carácter como ella.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Aspen—. ¿Sabes a quién se refiere?
Meridia alzó la barbilla y asintió con una sonrisa irónica.
—Todos en el sur conocen a Alexander Coil —dijo como si se burlara, pero sus ojos aún irradiaban miedo—. Es el otro rey.
—¿Cómo que otro rey? —pregunté sorprendido—. Creí que mi padre era el único rey de Illea.
Meridia respiró hondo.
—Dios, no saben nada de historia…—dijo llevándose una mano a los ojos. Se apretó el tabique de la nariz y luego se sentó entre Philippo y Marlee. A pesar de que estábamos todos apretados en esa mesa nadie dijo nada.
—¿Quién es Alexander Coil? —preguntó America suavecito. Todos los ojos se fijaron en Meridia.
—Es el líder de los sureños, el rebelde más poderoso del sur —explicó. Mis manos comenzaron a sudar. Mera apretó la boca—. Cuando se inició la revolución el año que Illea ascendió al poder, poco antes de destronar a los chinos, los rebeldes eran un solo grupo —contó—. Uno era el poder militar y el otro el poder civil. Los militares tenían bases de asentamiento y seguridad en el sur, los ciudadanos acudieron a ellos para enfrentarse a los chinos, y fue gracias al liderazgo de Illea que ganaron —me miró como si aquello fuera mi culpa, de repente me sentí intimidado—. Cuando Illea decidió convertirse en rey y crear una monarquía sin Parlamento (para que existiera un poder absoluto que recayera en una sola persona y no en sus representantes), el grupo militar se negó a apoyar su causa y parte del grupo civil que lo había apoyado se negó a aceptar las políticas que los segregaban por castas —la explicación me parecía sumamente lógica aunque era algo que yo desconocía. ¿Por qué no sabía eso? ¿Acaso estaban en los libros prohibidos? —. Así fue como aparecieron los rebeldes del norte y del sur —dijo encogiéndose de hombros—. Los del norte apoyaban la monarquía porque era un poder nuevo y joven, pero los del sur se negaban a tener un rey. Querían una democracia, un parlamento y representantes que los ayudarán a lidiar con futuros ataques —volvió a suspirar y miró a America—. Con el pasar de los años los rebeldes comenzaron a ponerse más violentos. Los del norte intentaron crear una mesa de conversación sin resultado, pero los del sur…
—Comenzaron con ataques —dije empezando a entenderlo todo—Por eso nos atacan. Quieren eliminar la monarquía y establecer un gobierno democrático.
Meridia negó con la cabeza.
—Al principio así era, pero al pasar el tiempo el fin se transformó en una guerra personal. Jordan Coil era general en el año que Illea ascendió al trono y aquel poder pasó de generación a generación hasta su nieto, Alexander.
—¿Por qué sabes todo esto? —preguntó Paige anonadada.
Meridia achicó los ojos.
—Porque yo y mi madre fuimos víctimas de Coil —suspiró—. Mi padre era un rebelde del sur, violento, drogadicto —tembló—. Al estar asentados en una base militar tenían muchísimos experimentos que Illea no pudo tocar. Multi vitaminas, drogas experimentales… armas —su voz comenzó a temblar, pero se mantuvo erguida sin dejarse abatir—. Fueron los peores años de mi infancia, nunca sabríamos si sobreviviríamos a cada noche. A veces desaparecían mujeres, niños… —me volvió a mirar y esta vez puso énfasis en sus palabras—. Corría el rumor que Coil traficaba con armas nucleares, pero yo jamás creí que fuera una historia. Siempre he creído que es cierto.
America se llevó una mano a la boca, asustada.
—¿Crees que Chang y Coil están….?
—¿Asociados? —preguntó Philippo—. No me parece tan disparatado después de todo lo que hemos visto y escuchado.
Comencé a respirar agitado. El corazón me latía rápidamente.
—Mi padre tiene que saber esto, tengo que contarle, tiene que saber que los rebeldes del sur tienen armas, bombas… y que Cheng está con ellos —dije con rapidez, entonces Meridia dijo algo que me heló la sangre
—Probablemente ya lo sabe —murmuró. La miré aterrado, ella cerró los ojos con pesadumbre.
—¿Qué dijiste? —pregunté a la defensiva—. ¿Cómo que lo sabe? ¡Claro que no! ¿No crees que si estuviera enterado habría hecho algo al respecto?
—En la reunión Cheng le dijo al rey que tenía contactos y que él sabía de quién hablaba… como si tu padre los conociera —susurró America con dolor y levemente adormilada. Parecía que el té estaba haciendo efecto.
Agité la cabeza.
—No… no puede ser —reí entre divertido y asustado—. Papá es el rey… tal vez es algo estricto y duro para gobernar, pero jamás estaría el lado del enemigo, no tiene sentido.
Pude ver que America y Meridia intercambiaban una mirada. La segunda se vio ofuscada.
—Tiene que saberlo… —susurró America entonces. Sus ojos comenzaban a cerrarse.
—Mer…—dijo Marlee asustada.
—¿Saber qué? —pregunté asustado.
—¿De qué están hablando? —interrumpió Celeste— ¿Hay algo más que debamos saber?
—Lo único que debemos saber es cómo proteger a America ahora que está bajo la mira de ese Coil y de Cheng —interrumpió Aspen mirándome—, cuando Roger y Valiant regresen les pediré que…
—¡No! —exclamó America intentando mantenerse despierta—. Nadie les dirá lo que ocurrió —Todos los ojos se colocaron sobre ella, los suyos cada vez estaban más cerrados, tal vez el té tenía un somnífero—. Nadie les dirá nada…
—Pero Mer, son tus soldados y son amigos —interrumpió Lucy, America negó con la cabeza.
—Y se van a sentir terrible si saben que me atacaron en su ausencia por querer pasar tiempo con sus familias —explicó cansada—. Yo no soy más importante que Maya o que la familia de Roger, déjenlos creer que fue un accidente de jardín —miró a Meridia con los ojos entrecerrados—. Les diré que te estaba ayudando en el huerto… y me caí de un árbol cuando podaba las ramas. La tijera se me… clavó en la pierna y las magulladuras son por la caída…todos dirán exactamente lo mismo.
—¿Nunca les dirás la verdad? —preguntó Marlee sorprendida. America negó con la cabeza al tiempo que se balanceaba hacia atrás.
—No… nunca la sabrán…—bostezó—. Y nadie… les dirá… nada…
Y antes de que se desvaneciera la alcancé a agarrar por la espalda.
—Llévala a mi habitación —pidió Mera poniéndose de pie.
—¿Qué le diste? —pregunté intentando tomarla en brazos con cuidado para no dañar su pierna.
—Paciflora —contestó con naturalidad—. Un relajante natural. Necesita recuperar fuerzas.
Nos alejamos de la mesa ante la mirada preocupada de todos y entré al pequeño cuarto al fondo de la habitación.
El espacio era pequeño, había una ventana con las cortinas cerradas, un armario empotrado en la pared, una mesa llena de libros, una cama pequeña y un velador. Justo al costado izquierdo de la cama había otra puerta, tal vez un baño.
¿Realmente Meridia vivía en aquellas condiciones? Aunque todo se veía ordenado y prolijo el espacio seguía siendo pequeño y un poco asfixiante.
Me avergoncé de solo pensarlo. La gente que trabajaba en el palacio vivía en pésimas condiciones. Había muchas habitaciones que nadie ocupaba que eran mil veces mejores que ésas.
Cuando dejé a America sobre la cama hizo un ruidito y balbuceó algo que no entendí. Mera acomodó su pierna de forma que no aplastara la herida y luego la cubrió con una manta.
—Linda Navidad, ¿no? —me dijo. La miré de reojo.
—Es horrible que sea otra festividad en la que ella sufra…—miré a America con ternura, respiraba con calma—. Nunca debí dejarla sola, esto es culpa mía…—dije con pesadumbre. Meridia se sentó al borde de la cama.
—Claro que no, tu viniste por ayuda, no tenías cómo saber que iba a ocurrir algo así —intentó calmarme. Asentí.
—Siento que le he fallado de tantas formas —me apoyé contra la pared. El espacio era tan reducido que aún así estaba a pocos pasos de ella.
—Todos cometemos errores —alzó la mirada y luego apretó la boca como si algo le estuviera preocupando—. Escucha… Necesitas saber algo.
Me puse alerta.
—¿Qué cosa?
—Es sobre lo que America me pidió que te contara —dijo bajito. Por su tono de voz no percibí nada bueno—. No debería revelar esto, pero me he visto en la obligación de hacerlo. Al parecer poco a poco se van liberando cabos dentro de estas paredes y no creo que pueda cargar con este secreto por más tiempo…—se veía muy cansada—. Tienes que saber a lo que nos estamos enfrentando.
Comencé a asustarme. Después de escuchar la historia de Coil y de que posiblemente estaba asociado con Cheng solo me quedaba esperar algo remotamente menos malo.
Pero me equivoqué.
—Deberías… sentarte —me indicó el suelo. Ella me miró desde la cama—. Espero que me disculpes por no haberlo revelado antes, pero… si tu padre sabe sobre Coil, sobre Cheng y sus negocios… entonces debes saber quién es él y de lo que es capaz. Algún día tú serás rey y deberás saber sobre qué bases se sostiene esta monarquía.
Temblé de solo escucharlo. Respiró hondo y comenzó a narrar.
…
Temblaba. Estaba… atónito. Comencé a entrar en desesperación.
—No… no me estás hablando en serio, no…
—Maxon, escucha…
—¡No! —me llevé las manos a la cabeza. Ya estaba de pie, me había levantado en la mitad de su relato.
Intenté no subir la voz por America. Meridia era muy lista, sabía que con ella convaleciente y dormida en su cama yo no podría hacer nada. Tampoco podía elevar mucho la voz.
—Dime que es mentira…—jadeé—. No puedo ser hijo de un asesino… no puedo…
No sabía dónde poner las manos. Me dolían los nudillos y la venda que los cubría se había manchado de sangre.
—Intenta respirar —pidió Meridia con calma. Pero no podía. Estaba aterrado. Ya ni siquiera sabía en qué pensar, cómo actuar, qué decir.
—¿Respirar? —Solté el aire con tanta fuerza que me dolió la nariz—. Estás diciéndome que mi padre…—me di una vuelta y luego otra. Dentro de aquel espacio me sentía ahogado, quería aire, necesitaba oxigeno—. Mi padre no le hizo eso a mamá… no puede haberle hecho eso…—me llevé la mano ilesa a la boca y la cerré en un puño para contener un gemido.
—Lo siento mucho…
—No quería una heredera, está claro —gruñí—. Dios… tres hermanas… tendría tres hermosas hermanas… y mamá sigue creyendo que la pérdida de ellas fueron por su culpa —emití un gruñido llevándome las manos a la cabeza. Me incliné hacia delante para poder contener un grito. Tenía la cara empapada. Lloraba por America, por mí, por mi madre, por mi país… por todo. Mi vida era una mentira. Todo lo que me rodeaba era una farsa.
—Lamento que te hayas tenido que enterar de esta forma —dijo Meridia poniéndose de pie, me colocó una mano en el hombro—. Siento mucho que todo tenga que ser así, sin sentido aparente por ahora. Pero tienes que entender que algún día serás rey, y si bien me guardo muchos secretos de mi madre, ése en particular le costó la vida por intentar ayudar a la tuya —puntualizó, aquello me causó una horrible sacudida en el estómago—. Como rey tendrás que saber quiénes te rodean, no podrás confiar en nada ni en nadie. Ni siquiera en tu sombra. Prepárate, porque cuando te presentes delante de tu padre deberás pretender todo el tiempo que no sabes nada. No puedes decirle a tu madre, no puedes enfrentar a Cheng, no puedes revelar lo de las armas de Coil —dijo con vehemencia—. Un buen soberano sabe con quién compartir esa información y aunque ahora tengas rabia y dolor tendrás que aprender a controlarlo hasta que llegue el momento para poner las cosas en su lugar.
La miré acongojado. Me sentía terrible, cansado, me dolía el cuerpo y eso que no era a mí a quien habían golpeado.
—¿Y cuándo será ese momento? —pregunté abatido—. Porque no creo transformarme en rey a corto plazo…—murmuré.
—No necesitas ser un rey para proteger a los que quieres —dijo con cariño—. Solo tienes que tener paciencia y aprender a enfocar ese dolor en algo que no te haga meter la pata, de lo contrario la vida de todos los que quieres correrán peligro.
Me apoyé contra la pared. Vi a America dormir. ¿Ella lo sabía? Claro que lo sabía. Por eso en su desvarío las había mencionado.
—¿Por qué no me lo dijo? —pregunté al aire. Mera también puso sus ojos sobre ella.
—Porque yo le pedí que no lo hiciera, era algo demasiado terrible para divulgarlo.
Fruncí el ceño y la miré enojado.
—Hablamos de mi padre, de mi madre y del asesinato de mis hermanas —mascullé—. Debería habérmelo dicho… —cerré los ojos—. Es una experta en romper las reglas y ¿no pudo romper un secreto?
Meridia frunció el ceño.
—Hay una gran diferencia entre romper una regla o romper tu palabra —dijo con un leve tono de molestia—. Las reglas están ligadas al comportamiento, al orden. Si la esencia de tu personalidad no calza con esas órdenes, pues, las rompes, porque simplemente es más fuerte que tú, y el daño colateral es mucho menor que el romper una promesa de silencio —puntualizó—. Un secreto revelado en un mal momento puede causar el caos. Puede dañar personas para siempre. Si ella no te lo dijo fue porque yo se lo pedí, pero además, fue para no hacerte daño —miró hacia el techo con el ceño fruncido—. ¿Por qué la gente cree que guardar un secreto es para hacerles daño a otros? Justamente se guardan para no causarlo.
Nos quedamos en silencio. Intenté recordar mi vida, lapsos de mi infancia que se veían borrosos. Cuando mi madre quedó embarazada por cuarta vez yo tenía cuatro años. Casi cinco.
Cerré los ojos con fuerza como si me exprimiera el cerebro. Hasta que de repente algo muy leve invadió mi memoria:
"Ella será pequeñita y te verá como su héroe…"
Agaché la cabeza, me dolió el pecho. No lo pude aguantar. Llevé una mano a mis ojos y comencé a llorar en silencio. Meridia no me dijo nada, simplemente me dejó soltar todo.
Aquel dolor era tan…siniestro. De repente me sentí muy solo, parecía que la única persona que realmente podía comprenderme estaba durmiendo herida sobre la cama de Mera, y yo la había echado de mi vida. Por ser un inmaduro, un niño. Me dejé llevar por la rabia tal como mi padre solía hacerlo.
La perdí una vez y no sabía si la volvería a recuperar. No importaba cuántos besos escondidos nos robáramos, cuántas miradas, cuántas jaladas de oreja existieran, mi vida estaba dentro de una jaula y no era el palacio. Era esclavo de mi padre, de Cheng, incluso de aquel Coil, cuya presencia que hacía pocas horas era invisible de repente se había transformado en una sombra siniestra que abarcaba todos los espacios.
Era el otro rey, el que gobernaba la otra mitad del país. Súbitamente fue como si algo en mi cabeza se abriera, lo entendí todo. Mi padre no amaba a mi madre. Estaba con ella porque era del sur. Incluso ella vivía una mentira. Si la hubiera amado, no habría…. Matado a mis hermanas.
Mi padre quería congraciarse con Coil. Había elegido a una mujer del sur para establecer la paz. Aunque esa paz jamás había llegado del todo. ¿Qué era lo que faltaba? ¿Qué querían los sureños? ¿Qué quería Coil?
Y yo el muy idiota creyendo que era producto de un amor bellísimo de cuento de hadas. Mi propia existencia era una farsa. El único heredero de Illea era producto de un negocio.
Levanté la mirada. America seguía dormida. Meridia estaba con la vista puesta sobre una imagen de papel de un grupo de Jazz pegada en la muralla.
—También tengo que contarte algo —le dije—. Algunos lo saben porque me vi forzado a confesarlo, pero… luego de esto —me miró, suspiré—. Cometí tantos errores con America que para poder enmendarlo hice una estupidez… y ni siquiera sé si me podrá perdonar…
La escuché respirar tranquilamente.
—¿Tu la enviaste a Italia? —preguntó. La miré sorprendido.
—¿Cómo sabes…?
Me sonrió. A diferencia de Marlee y Valiant, ella parecía incluso hasta divertida con aquella revelación.
—Instinto, supongo —se encogió de hombros—. No me sorprende. A veces hacemos cosas por amor sin mediar el impacto de nuestras acciones.
—¿Crees que me perdone? —pregunté. Viéndolo todo en perspectiva si la historia de mis padres era una farsa de la cual ni mi propia madre estaba enterada, yo no pensaba hacer lo mismo con America—. No sé a dónde llegaremos con todo esto que está ocurriendo, pero sí sé que no quiero que el amor que siento por ella se transforme en una farsa.
—Y no lo será. Hay que ser tonto para no darse cuenta de cuánto la quieres —me sonrió con suavidad—. Eres un buen tipo Maxon, pero ella no te esperará para siempre.
—Solo quiero enmendar mi vida, no quiero ser como mi padre —por primera vez en ese rato me miró con sorpresa.
—Y no lo eres, nunca lo has sido y nunca lo serás… tu padre hizo cosas horribles por su propio beneficio, en cambio tú… hiciste cosas nobles por ella —la apuntó con la barbilla.
Asentí cansado. Se suponía que sus palabras debían aliviarme, pero el temor de estar absorbiendo todo lo que implicaba ser quién era de repente me pesaba en el cuerpo.
Tenía demasiadas cosas en qué pensar y si a eso le sumaba todo lo que America implicaba en mi vida… era un desastre. Ni siquiera sabía por dónde comenzar.
—¿Crees que Cheng la tenga amenazada? —pregunté asustado—. Si le ocurre algo más yo no sé de qué seré capaz…
—Tienes que pensar con la cabeza fría —miró hacia todos lados, como si buscara algún resquicio por donde se filtraran voces. Bajó la suya—. Búscale refugio y protección a su familia, también asegúrate de resguardar a quienes la rodean. Sé cómo es la gente que trabaja para Coil y son todo menos benévolos… no lo pensarán dos veces si para cumplir sus propósitos acaban y asesinan a todos quienes los rodean, especialmente a ella y a ti…
—Pero ella… ¿por qué a ella?
Meridia alzó una ceja.
—¿Realmente lo estás preguntando? —dijo sarcástica—. Tú representas la libertad, ella, la fuerza. Los del sur no quieren una monarquía pero tampoco quieren dejar de gobernar. Lo que quieren es poner a Coil al poder. Ustedes dos son un obstáculo. Con Cheng aquí, después del ataque hacia America está claro qué es lo que quieren con ella…
—Doblegarla…—susurré—. Quieren menguar su imagen…
—Y la tuya —dijo preocupada—. Así que observa y ten tus sentidos bien alertas, America fue primero, tal vez ahora vengas tú.
Mi espina se erizó. Asentí en silencio.
El pecho me dolía, la espalda me pesaba. Era la peor Navidad de mi vida.
No solo America había sido atacada, sino que me había enterado de cuál era la verdadera amenaza que asolaba a Illea Ya no podía confiar en nadie.
El verdadero enemigo estaba bajo tierra, pero había otro que estaba bajo mi techo.
Mi padre. Mi propio padre se había transformado en una sombra, ¿en quién podía confiar? ¿Cómo le diría a mi madre?
¿Qué debía hacer? ¿Cómo debía actuar y usar esta información a mi favor?
Meridia tenía razón. Yo sería rey y debería aprender a lidiar con estas amenazas. Debía tener la cabeza fría. Ser vigilante, observar, comprender y usar todo aquello a mi favor.
La pregunta era ¿de dónde sacar las fuerzas?
…
Cuando salí de la habitación de Mera casi todos se habían retirado con excepción de Philippo, Celeste y Aspen.
—Las chicas se fueron a dormir —dijo Celeste viéndome con tristeza—. ¿Cómo está ella?
—Durmiendo —suspiré. Aspen asintió.
—¿Estás bien?
Intenté sonreír.
—No lo sé…—confesé, pero antes de que me preguntara algo más me volteé hacia Philippo. A Celeste se le cerraban los ojos y mantenía su cabeza apoyada en la mano con el codo sobre la mesa— ¿Podemos conversar?
El italiano asintió. Se levantó de la mesa, sus ojos lucían tan cansados como los de los demás.
—¿En qué puedo ayudar? —preguntó. No me importó que Aspen y Celeste escucharan. Ya sabían suficiente.
—Mañana en la reunión con Cheng negaremos romper con el tratado que protege a Carolina, y me gustaría que amenazaras con el armamento Suizo —pedí. Philippo abrió los ojos con sorpresa.
—¿Qué? ¿Quieres que amenace a Nueva Asia? —asentí con fuerza.
—Illea no tiene armas y las únicas que pueden defendernos le pertenecen a un grupo que trabaja para Cheng. Aún no soy rey, pero cuando lo sea quiero asegurarme que hice lo posible por mantener la paz, porque mi padre no lo hará.
—Amenazando con el armamento Suizo no llamarás a la paz Maxon —opinó Aspen intranquilo, asentí.
—Pero al menos sabrán que no estamos en sus manos —dije desafiante— Sabrán que tenemos la fuerza y el coraje para defendernos de sus amenazas.
Philippo asintió.
—Es arriesgado —dijo preocupado—. Mi padre me envió a establecer negociaciones pacificas, no a declararle la guerra a Nueva Asia.
Sonreí abatido.
—Si lo piensas bien el mundo entero está bajo el mando de Nueva Asia —dije respirando hondo—. Si perdemos contra ellos irán por ustedes. ¿No crees que sea el momento de aliarnos?
Philippo pareció pensarlo y al cabo de un rato asintió.
—Creo que es suicida, pero si podemos proteger a nuestra gente y derrocar a un enemigo como Cheng… —estiró la mano—. Cuenta conmigo.
Se la estreché y sonreí por primera vez esa noche. En menos de cinco minutos había conseguido lo que mi padre no había logrado en años: una alianza con Italia.
Ahora no solo era global, era personal.
Una guerra contra Cheng, contra Coil… y contra mi padre.
Todo por America. Todo por ella…
…
NOTAS
No he tardado tanto como creí.
No fue un capítulo romántico pero sí tiene pequeños detalles. Como ven Maxon se enteró de la historia de su padre y sus hermanas.
También se enteró de quién es Alexander Coil y el poder que tiene Cheng con él.
Ante eso descubrió que su padre sabe de aquella alianza, y por ende desde ahora Maxon comenzará a actuar como rey sin serlo.
¿Les gustó la alianza entre él y Philippo?
A veces el dolor hace que abramos los ojos o nos hundamos en la miseria.
Maxon los abrió y ahora lo único que desea es sacar la basura, así que espero que ya vean para dónde va el final de la historia.
En el próximo capítulo será ¡año nuevo! (Recuerdo que en los libros Año nuevo era en Febrero, ¿creo?… por eso de seguir la cultura China, pero por una cosa de temporalidad aquí seguirá siendo el 31 de Diciembre).
Y si recuerdan el ultimátum de Marlee, Maxon deberá decirle la verdad a America.
Y bien, a partir del capítulo 28 comienza el final. Ya van quedando 11 capítulos y comenzarán a resolverse todos los cabos sueltos.
Detalles del capítulo:
*La Escopolamina es mejor conocida aquí en Latinoamérica como Burundanga, y es una droga que nubla los sentidos y elimina la voluntad.
*El nombre de Agatha (SPOILER LA CORONA), le di un nombre a la amante de Clarkson, solo eso.
¡Gracias por seguir aquí! Y recuerden que el viernes 18 de Noviembre será revelado el título y la portada de mi libro.
¡Nos leemos y gracias por la paciencia!
Kate.-
