Capítulo XXIX
Un par de guardias pusieron frente al rey de Francia un cuerpo amordazado, con la cabeza tapada por un costal; uno de ellos le quitó el costal de la cabeza y la venda que cubría los ojos. Francis por su parte se inclinó para ver a su regio visitante de aquella ilustre tarde. Guillermo de Orange no estaba en su mejor momento, tenía la cara moretonada, el cabello revolcado y la camisa sucia, los pantalones presentaban rasgaduras signos propios de quien fue arrastrado antes de haber sido previamente sometido. El hombre trató de erguirse, o pretendía quedarse hincado ante un asqueroso papista como consideraba a Francisco II de Francia.
En cambio antes de que él mismo hiciera algo, el mismo Francisco fue que se acercó a él y con una pequeña daga cortó las sogas que le ataban las manos. Sorprendido ante el gesto Guillermo solo atinó a mirar de arriba abajo al rey francés que le sonreía de la manera más dulce, así como del mismo modo podía ver que estaba dispuesto a negociar.
—preguntar como fue el viaje desde París hasta el castillo, es inútil, ¿verdad Monsieur?
Guillermo intentó tomar el comentario con la misma diversión que Francisco, el orgullo fue lo que se le impidió.
—He de decir que encontré mejor hospitalidad e el burdel que pertenecía a una tal lady Greer que en la corte francesa, este lugar es pestilente, está infestado de católicos.
Francisco pasó por alto el picante comentario de Guillermo le necesitaba por ello era que soportaba su presencia.
—Pues su visita aquí será indefinida; resulta que Francia quiere dar a sus súbditos un respiro respecto a la cuestión religiosa.
Orange se quedó pasmado; ¿A caso un rey que creía en que el poder de Dios radicaba en un ser corrupto y vil como el Papa de Roma, quería dar a sus súbditos el beneficio de creer en un Dios menos cruel que el de los católicos?
Vaya, eso habría que escucharlo.
—Estoy dispuesto a permitir que mis súbditos escuchen misa así como un oficio protestante; no voy a reparar en creencias solo quiero la paz en mi reino. Además de que me han pasado cierta información.
—¿Qué información? —Quiso saber Orange.
Francisco arqueó una ceja, al fin entraban los dos en razón.
—Supe que iba a reunirse con Gaspar de Colligny; el más peligroso de los líderes protestantes en Francia.
Orange carraspeó; las noticias corrían como pólvora en suelo francés por lo que podía ver.
—Iba a dar apoyo a la rebelión de los Países Bajos contra España.
—Si eso también lo sé, pero yo tengo una mejor oferta.
Guillermo se cruzó los brazos en el pecho tratándose de postores que ofrecieran más estaba dispuesto a hacer tratos, hasta con Lucifer.
— ¿Ha escuchado hablar de Elizabeth Burson, verdad?
—Sí, la aspirante protestante al trono de Escocia, con quien usted piensa contraer nupcias, aun teniendo al rey español como cuñado y según sé también a su hermana en la corte.
Francisco estaba complacido, al menos ya era un alivio para él saber que Orange estaba al tanto de lo que sucedía en Europa mientras se dedicaba pincharle las costillas a Felipe desde España.
—Cierto, voy a casarme con la reina de Escocia dentro de poco; sin embargo hay un inconveniente.
Orange no comprendía; el llegó a Francia para solicitar ayuda de Colligny; luego lo secuestraron antes de que pudiera tener lugar la cita que concertó con el general protestante, ahora se encontraba ante el rey francés y él le decía que tenía una mejor opción para él y salía con que había un inconveniente. Comenzó a mirar hacia todas direcciones, de pronto el miedo de que fueran saliendo guardias reales de las puertas de la sala del trono le invadió.
Francisco desde su trono observaba divertido la escena con una cruel sonrisa formada en los labios.
—¿Qué tipo de inconveniente? Si se puede saber.
—Que necesito que usted deje sus amistades con Colligny, quiero que únicamente negocie conmigo. ¿Queda claro? Una vez casado con Elizabeth Burson; le aseguro que trataré de convencer a la reina para pasar tropas, armamento, municiones, comida y dinero para la causa Holandesa. Tanto usted como yo tenemos un mismo fin.
Sin duda alguna aquella era una buena oferta, un país grande respaldando uno pequeño como Escocia, protestante si pero protegido por matrimonio con uno católico. Nada le convenía más a Guillermo que eso. Sería un duro golpe para el orgullo español y así el protestantismo cobraría un peso serio sobre el catolicismo en Europa.
—Escucho.
Francisco se acomodó en su trono; afortunadamente Elizabeth estaba enamorada hasta los huesos de él. Podía usarla como quisiera, además de que le convendría tener a los Países Bajos como amigos, y no como enemigos.
—Haremos todo lo posible por que usted; sea coronado rey de Holanda, y una vez establecida y completada la independencia de los Países Bajos sobre España, comenzaremos a charlar sobre pláticas matrimoniales que ennoblezcan nuestras casas, ¿Qué le parece Monsieur de Orange? Un trato justo para un hombre justo.
Guillermo empezaba a volar ante la perspectiva de saber que podría convertirse en el primer rey de Holanda, tendría aliados y todos a uno lucharían contra el fastidioso poderío español. Al mismo tiempo que se le enseñaría a Felipe que el hecho de ser el rey más poderoso de Europa no lo hacía Dios en la tierra.
—Acepto.
Francisco aplaudió dos veces, al acto llegaron dos sirvientes que trasportaban una pequeña mesita en cuyo centro se encontraba un pergamino y un par de plumas de cisne recién afiladas.
—Entonces firmemos esta alianza; Monsieur que en el futuro será histórica y por supuesto muy beneficiosa.
Tendió una pluma a Guillermo, el hombre la tomó más que gustosamente. Regocijándose ante la idea de que pronto tendría su anhelada venganza contra el español.
[…]
El jefe del clan Gordon y Hamilton se encontraban bebiendo en una taberna muy conocida de Edimburgo; hacían planes sobre lo que harían una vez que María fuera reina de Inglaterra, a muchos de ellos les fueron arrebatados parientes muy queridos a manos de los ingleses, lo que más clamaban era venganza, y justicia la cual les daría María Estuardo.
En tanto ellos tomaban y jugaban al lugar llegó una comitiva de soldados ingleses, todos ellos tenían en el centro de sus uniformes la Rosa Tudor y el emblema de los Valois, cosa que se les figuró extraña a ambos jefes pues que ellos supieran la reina Elizabeth no estaba casada.
Mientras los ingleses pedían cerveza, pan, uvas verdes y queso; Gerodie Gordon permanecía con la vista fija en los ingleses que se sentaron dos mesas delante de ellos. Eran cuando menos unos treinta hombres; todos parecían saber que eran el centro de la atención; en el extremo del bar también divisó al jefe del clan Mckenzie y a Douglas McDonald ambos miraban igual de intrigados a la comitiva inglesa que no paraba de reír al tiempo que tomaban sus respectivas bebidas.
—¿Qué te parece si nos acercamos hacia donde están Mckenzie y McDonald? —Comentó al oído de Gordon James Hamilton quien comenzaba a tener serias sospechas sobre las palabras de su reina. Aquella cruza de emblemas reales; no le gustaba para nada—Ellos están tan intrigados como nosotros.
La puerta del lugar se abrió, dejando ver a un jinete ataviado elegantemente, su capa era roja con el fondo azul, inmediatamente los ingleses comenzaron a vivearle llamándole "Rey Sebastian". El aludido se quitó su casco; mostrando a su guardia una tenue sonrisa, se acercó a ellos saludándoles uno a uno.
—Deberíamos acercarnos y preguntar. —Opinó Hamilton.-Esto ya me está pareciendo raro; no sé tú pero empiezo a pensar que esa zorra francesa nos vio la cara a todos.
Gordon por su parte quería sacar más información si María Estuardo les mintió a cerca de su prima Elizabeth entonces se aseguraría de que aprendiera a no mentir a su clan, ni a él de una manera muy ejemplar.
Cogió su tarro de cerveza dirigiéndose hacia la mesa de los ingleses y su supuesto rey, Hamilton, Mackenzie y McDonald le siguieron sin quitar las caras de sorpresa. Sebastian y sus hombres se encontraban jugando cartas y apostaban cantidades grandes.
— ¿Tienen sitio para cuatro más?
Cuatro soldados se apearon de sus sillas cediendo voluntariamente sus asientos a los escoceses. Sebasian que se sentaba en el extremo opuesto de la mesa les repartió cinco cartas. Al tiempo que barajaban, Gerodie Mackenzie tuvo que romper el silencio que se instaló en la mesa.
—No es que quiera meter mis narices en donde no me llaman sassenachs; pero escuché que llamaban a ese hombre. —Apuntó con su dedo índice a Sebastian, quien inclinó levemente la cabeza— Rey.
Los ingleses se rieron mientras se veían entre ellos, pareciera que los escoceses les divertían sobre manera pues nada más se topaban con la cara agria de Douglas McDonald las carcajadas eran más fuertes. El único que seguía en silencio era el rey Sebastian de Inglaterra; todo estaba yendo tal y como Cecil y él lo planearon. Era imposible que María hubiera mantenido a su pueblo ajeno a las noticias por más de tres meses. A ese paso, él dejaba a una Isabel preñada en Inglaterra con su semilla mientras que en Escocia los clanes que aún seguían fieles a María solo por la avaricia de tener tierras inglesas, permanecían ignorantes de todo.
Definitivamente María lo sorprendía cuando se trataba de proteger su trono era capaz de pactar con el mismísimo diablo; al tiempo que seguía tomando a Dios de la mano.
—No es mentira que la reina de Inglaterra ha tenido a bien casarse mi señor.
La cara de McDonald fue un poema, estupefacción y asombro fueron las emociones que dibujó, pero en la de Gerodie Gordon; se veía la rabia fue allí cuando Sebastian aún siendo el esposo de Isabel Tudor se permitió sentir lástima por María Estuardo. Sabía que los hombres del clan Gordon eran gentes malas, vengativas; si se les mentía se cobraban esa mentira al doble.
Sabría Dios como se la iban a cobrar a María una vez que la tuvieran cerca.
—¿Con que casada eh? —Hamilton tuvo que repetir la noticia y ver como Sebastian asentía moviendo su cabeza de arriba hacia abajo.- —¿Y la reina ya está preñada? Después de tanto tiempo supongo que un heredero Tudor viene ya en camino.
En ese momento fue donde Sebastian verdaderamente quiso hacer algo para hacer que su lengua viperina se callara. Al parecer esta tenía movimientos propios.
—En efecto; la reina está preñada; esperamos heredero para el próximo verano si Dios quiere.
Entonces los cuatro escoceses levantaron sus jarras de cerveza; esta vez fue Gerodie Gordon quien se puso en pie de su silla; se dirigió hacia el centro de la taberna en donde la mayoría de los presentes ya le prestaban atención.
Fue un discurso lleno de palabras enredadas, que Sebastian pudo interpretar como una sola cosa: la venganza del clan Gordon por la mentira de la reina. Ella se vengarían de María, su mentira le saldría cara. Solo esperaban que para cuando Gerodie y su clan se vengaran no mataran a John Norfolk; que era su plan principal en medio de ese horrible enredo.
— ¿No deberíamos marchar ya para rescatar a mi padre? —John el hijo mayor del duque de Norfolk se acercó al rey.
—No hay que preocuparse; he mandado soldados a proteger a tu padre, saldrá del castillo vivo eso sí puedo asegurártelo.
— ¿Llegará a la frontera de una sola pieza?
—¿Confías en mi John?
El muchacho presa todavía del pánico ante lo que pudiera suceder en el castillo de María Estuardo asintió, ¿Qué más le quedaba?
[…]
María todavía no se quitaba la bata de lino; su baño aún no estaba listo y en lo que ese llegaba la reina leía con sus damas la biblia; pero ni si quiera la lectura le podía evitar que siguiera pensando, se decía que Luis de Condé su tan amado Luis estaba en Escocia para casarse con Elizabeth Burson por poderes. Luis; Dios si tan solo encontrara la manera de reunirse con él una vez más. ¡Que dichosa sería!
En todo el tiempo que fue reina de Francia encontró mas felicidad entre los brazos clandestinos de Luis que en los de Francisco o en los de Sebastian. Luis para ella representaba todo lo que ella buscó en un hombre; alguien que la protegiera, que diera todo por ella y estuviera dispuesto a todo.
Francisco siempre tuvo a Catalina para aguar sus planes. Eso fue lo que hizo que el rey de los franceses fuera menos digno a los ojos de la reina de Escocia.
Pero entonces tuvo que descubrirse su romance y su poder en Francia cayó poco a poco; Francisco se convirtió en su enemigo, un enemigo que hasta el momento no dejaba de darle mordidas por doquiera, no solo estaba decidido a casarse con Elizabeth Burson para debilitar su reino, sino que al pobre Bash. Lo envió a Inglaterra a casar con su maligna prima quien para colmo de sus males ya estaba embarazada, ¿Cómo podría seguir ocultando todas esas noticias a sus súbditos?
A ese paso ya eran casi tres meses de estar luchando contra los barcos que llegaban día a día al puerto de Edimburgo; en Abberden no se aceptaba ninguna mercancía extranjera. En puertos que seguían siendo leales a ella como Losseimouth, Portree, Dunbar y Ullapool se tomaron medidas muchísimo más drásticas para impedir el paso de noticias inglesas a tierra escocesa: cada tripulante de cada barco tenía que ser puesto bajo las garras de la Santa Inquisición, allí se les torturaba y después se les mataba para que cada noticia se muriera con sus portadores.
Era algo que no la dejaba dormir por las noches, pero que si la levantaba tranquila en las mañanas pues cada día que se levantaba con vida, era un día más que seguía siendo reina de Escocia y esa Elizabeth Burson una aspirante tonta. Que si Dios quería pronto sería aplastada.
La cuestión radicaba en lo siguiente ¿Qué iba a hacer si Francia e Inglaterra se metían en la guerra?
El Vaticano se negaba a apoyar a una reina que tenía cargos de adulterio.
España tenía demasiados problemas en Holanda como para darse el lujo de desperdiciar tropas; que podían usarse para combatir a los herejes holandeses. Así que también quedaban descartados.
Tenía a algunos clanes en su nómina pero su ejército apenas contaba con cinco mil hombres, a este paso Elizabeth tenía ya cerca de 10, 900 hombres; debido a que usaba sus posesiones en Inglaterra, la reciente ayuda de los clanes Sinclair, Cunninham , Leoch y Kerr la ponía nerviosa. Ellos no hicieron otra cosa que aumentar el ejército enemigo.
Día con día la reina de Escocia enviaba cartas a los distintos clanes con la esperanza de que pasada una semana de haberlas enviado, llegaran a la corte mensajeros con respuestas afirmativas: Todo cuanto obtenía eran negativas por parte de los jefes, algunos no querían que sus clanes se metieran en esa guerra civil, otros expresamente decían que no y unos más ponían como condición que declinara de su derecho divino al trono inglés cosa que jamás haría. María consciente quedaba de que mientras siguiera en su terquedad de querer el trono inglés, no tendría el apoyo que necesitaba para sofocar la guerra civil; pero, era su derecho, según su madre, según los De Guisa su familia francesa ya caída en desgracia gracias a Francisco, según el Papa e inclusive el rey Enrique y su amante Diane de Poitiers ella debía gobernar en Inglaterra y en Escocia.
Y por Dios que lo haría.
Los gritos de su doncella de cámara fueron lo que la sacó de sus pensamientos; la puerta de su habitación fue tumbada por un par de hombres entre los que se hallaba Gerodie Gordon; María al captar el odio que había en su mirada supo inmediatamente cuál era la razón de su furia: Se enteró de todo.
Ahora estaba en graves problemas.
La reina trató de no mostrarse asustada; sus damas corrieron en torpel con el fin de protegerla, los hombres que Gordon llevaba consigo. Estaban armados.
Cosa que sus damas no.
Eran cinco mujeres indefensas de cualquier cosa inclusive de guardia; contra más de diez hombres armados. Viéndolas como si fueren un delicioso bocadillo para degustar.
María recordó la noche en que fue atacada en Francia; una cantidad menor de hombres; solo que en esa ocasión ella no estaba sola.
— ¿Qué quiere lord Gordon?
El guapo Gideon, de ojos de miel avanzó hacia ella, le tomó sutilmente la barbilla después olisqueó su fragancia.
—He estado con mujeres de toda clase, desde doncellas, putas, mozas, campesinas, nobles. Pero no con reinas; a veces uno cuando no tiene la compañía necesaria se pone…de ganas.
Gordon avanzaba con ella hacia su cama; la tenía bien sujetada de los brazos, María con su fuerza no podía hacer nada y su guardia estaba de descanso.
— ¡Lord Gordon! La muerte es el castigo para quien…
—Oh querida se lo que te pasó en Francia, no sé si lo hayas disfrutado o no, pero te aseguro que al menos conmigo lo pasarás mejor que con tu odioso esposo inglés.
Tras esas palabras, María vio las imágenes rápidas en su cabeza; todo se volvió blanco a partir del golpe que Gordon le propinó entre la mejilla y la oreja.
