Disclaimer :Todos los personajes y lugares que aparecen en el fic pertenecen a J.K. Rowling; a excepción de Cassandra Nayron, Anne Sullivan, Eric Misdet, Evelyn Grams y todo lo relacionado con la Fundación Seward.
Capítulo 29: De mal en peor
Remus se apretó un poco la bufanda contra el cuello, se ajustó los botones del abrigo y abrió por fin las puertas del edificio. Tuvo que empujar más de lo que recordaba haber hecho cuando había entrado, una hora antes.
Había estado evitando aquella visita durante las últimas dos semanas. "Después de Navidad", se había dicho y a punto estuvo de que se le acabara el mes de enero. Él era un joven responsable, especialmente desde que su madre había fallecido y había tenido que hacerse cargo por completo de su casa. Al principio el dinero le preocupó muchísimo, temiendo que lo poco que sus padres habían podido ahorrar no le diera para mucho tiempo. Pero el profesor Golsdawn lo contrató como su ayudante, y aunque el salario no era demasiado bueno, Remus tampoco tenía demasiados gastos.
Había ido tirando todos aquellos meses, y acostumbrado a no tener caprichos, no le había supuesto ninguna dificultad. A veces sí que le hubiera gustado invitar a Anne a algún restaurante elegante, pero ella disfrutaba con la tranquilidad del comedor de la casa del chico. Nunca había dado señales de necesitar nada más y Remus, tranquilo, había aprendido a disfrutar más de aquellos momentos.
Pero la muerte de Golsdawn, además de un golpe emocional, había supuesto un mazazo para su economía inestable. Las primeras semanas apenas lo notó. No tenía que pagar facturas y la comida de la despensa se iba gastando muy poco a poco. Sin embargo, él sabía que uno de aquellos días tendría que ir al banco para comprobar de cuánto dinero disponía. Necesitaba saberlo para ver cómo se iba a organizar hasta que encontrara otro empleo.
Sin embargo, la noticia del embarazo de Lily y toda la vorágine de las fiestas navideñas, hicieron que Remus relegara aquel pensamiento al último rincón de su mente.
Finalmente, aquella tarde de finales de enero aprovechó que las clases habían terminado un poco antes para acercarse al Callejón Diagón. Y ahora que salía del banco, sólo tenía ganas de volver a casa, encerrarse y no salir en mucho tiempo.
No sabía a ciencia cierta el dinero que sus padres le habían dejado, pero tampoco esperaba encontrarse con la cámara casi vacía. Él, que iba a llevarse algo de dinero para pagar algunas facturas y se encontraba con mucho menos de lo que había imaginado. A duras penas tendría para aguantar dos meses.
Y encontrar trabajo tampoco le estaba resultando fácil. Había respondido a anuncios en El Profeta, también en periódicos muggles, pero hasta el momento no había recibido más que negativas. Ante aquel panorama, Remus no quería tener que soportar nada más aquel día. No más negativas, no más angustia subiendo por su estómago.
No quería oír nada, no quería tener que hablar con nadie y sin embargo, al llegar a casa lo último que encontró fue silencio. Abrió la puerta principal y las voces de Casey y Anne se colaron desde el salón. Remus suspiró, resignado.
- Remus¿estás bien? – se preocupó Anne, acercándose a él y acariciándole la mejilla.
El chico esbozó un amago de sonrisa y se sentó en el sofá más cercano, dejando atrás a Anne.
- ¿Cómo tú por aquí, Casey? – preguntó él entonces, con un claro matiz sarcástico en su voz.
Pero la chica no respondió al momento. Se acomodó en el sillón y se encogió de hombros, antes de volverse hacia Anne, que se había acercado de nuevo a ellos y se dirigía a paso lento allí donde su novio se acababa de sentar.
A pesar del murmullo incesante en el que no estaba participando, Remus agradeció que ninguna de las dos se interesara demasiado en saber qué le ocurría. Ni siquiera sabía de qué estaban hablando, pero sí sabía que ambas estaban pendientes de él. Sobre todo Anne, que no había dejado de acariciar distraídamente su mano desde que se había a su lado. Y de vez en cuando le lanzaba una mirada fugaz y luego fruncía el ceño, antes de atender de nuevo a la conversación de su amiga.
El ambiente en general parecía muy normal, aunque ninguno de los tres estaba realmente en él. Sus pensamientos distaban mucho de ser tan tranquilos.
Y de repente, cuando los murmullos de las voces comenzaron a ser cada vez menos audibles para Remus, un ruido los sobresaltó. Se volvieron al instante hacia la fuente del sonido, a unos metros de ellos.
Casey pegó un saltito en el sillón, se irguió y sus labios formaron una línea recta. Estaba en tensión.
Y no era para menos, puesto que la causante del ruido había sido la chimenea, al traer al salón a Sirius Black.
-Vaya. – murmuró el recién llegado, sin saber muy bien qué más decir.
El ambiente se había puesto tenso en un segundo. Casey miraba hacia otro lado sin disimulo, con los puños apretados sobre las rodillas. Anne miraba a su amiga y luego a Sirius, que se había quedado parado frente a la chimenea y se pasaba la mano por la nuca. Él también evitaba mirar hacia donde estaba Casey, aunque tampoco era demasiado discreto. Remus era el único que no miraba a nadie. Había echado la cabeza hacia atrás en el sillón y había cerrado los ojos.
Él, que quería tranquilidad y ahora tendría una de las discusiones de sus amigos en su propio salón. Otra vez.
Porque ni siquiera las navidades habían conseguido que alguno de los dos diera su brazo a torcer y aún seguían peleados. Llevaban así más de un mes y la situación era a veces insostenible. Porque volvían a actuar como cuando estaban en el colegio, si no se ignoraban deliberadamente, discutían a voz en grito, haciendo que los que estuvieran a su alrededor rememoraran tiempos pasados.
Y en el fondo, tanto Sirius como Casey querían dejar atrás ese momento y volver a ser dos, no uno por cada lado. Pero ambos eran demasiado orgullosos, ambos creían que su actitud era la correcta y que era el otro quien debía pedir disculpas. Y las aceptarían y volverían a ser la pareja normal que habían sido hasta entonces... pero ninguno estaba dispuesto a dar su brazo a torcer.
Sirius, de pie delante de la chimenea, observó atentamente en busca de un lugar donde sentarse, descartado totalmente el sillón que había al lado de Casey. En el sofá donde Anne y Remus estaban aún quedaba un hueco, así que el chico no se lo pensó.
Casey refunfuñó algo incomprensible y se levantó de un salto del sillón.
- Por mí no hace falta que te vayas. ¿eh? – comentó Sirius sin mirar a la chica directamente. – A mí no me molestas.
- Pero tú a mí sí. – respondió Casey enfadada, elevando el tono.
Anne intervino, queriendo mantener algo de tranquilidad en el ambiente, pero ninguno de sus dos amigos le hizo caso. Sirius no se había llegado a levantar del sofá, pero eso no impedía que sus comentarios fueran lo suficientemente ácidos como para molestar a Casey.
Pasaron unos minutos en los que Anne trató inútilmente de intervenir en la discusión para detenerla, pero el único que consiguió que se hiciera de nuevo el silencio fue Remus. Cansado de volver a presenciar la misma escena, se levantó y se marchó de la habitación. Sin decir nada, pero con el gesto crispado, abandonó el salón y subió las escaleras. A los pocos segundos escucharon el portazo en una habitación del piso superior.
Anne salió de la habitación casi al mismo tiempo que se oyó el portazo. Se paró al pie de las escaleras y miró a sus amigos, callados en medio del salón.
Sirius y Casey se miraron directamente, por primera vez en toda la tarde. No supieron qué decir, nunca habían visto a Remus con aquel gesto enfadado, ni lo habían visto reaccionar de aquella forma.
En silencio, y como si se hubieran puesto de acuerdo, abandonaron la casa, cada uno por un lado.
oOo
Una cafetería perdida entre las calles del centro de Londres le había parecido la mejor opción. Quizás porque no quería arriesgarse a los lugares "conocidos", quizás porque quería tener cierta intimidad con ella, sin nadie que pudiera interrumpirles el momento.
O quizás la nota de Evelyn le había asustado demasiado.
Ella, una chica encantadora, indudablemente guapa, que se había convertido en una amiga en los últimos tiempos. La única amiga chica que tenía, ya que él mismo no consideraba ni siquiera a Lily dentro de aquella frontera. No. Lily, igual que Anne y Casey, eran las parejas de sus amigos. Eso no las convertía en amigas suyas, por mucho que a veces lo pareciera.
Por eso quizás se había sentido tan unido a Evelyn desde el principio. Porque ella irradiaba una confianza que pocas veces había sentido con alguien y aunque al principio aquella sensación le agradaba, ahora ya no. Ahora le daba miedo.
Y si había aceptado aquella cita era precisamente por eso. Por el miedo. Porque Evelyn había sido poco clara en su nota pero él había percibido que había algo que no le estaba contando. Sabía que la chica estaba preocupada, porque en las últimas semanas apenas la había visto, siempre esquivándola, siempre con excusas, y probablemente ella tendría alguna idea en la cabeza sobre todo aquello.
Pero ella no sabía nada. No tenía que saber nada.
Y sin embargo, no había necesitado mucho tiempo para averiguar que Peter le estaba ocultando algo. Media hora escasa, ni siquiera habían terminado de tomarse el té y las pastas que habían pedido. Con la taza en los labios y la mirada perdida en la mesa de al lado, Evelyn aprovechó para fijar su vista más allá de la cara de su amigo. A simple vista no había nada diferente y sin embargo, ella sabía que algo había cambiado.Lo notaba en sus gestos, en aquel nerviosismo mal disimulado, en volverse tan esquivo, en la sombra de preocupación bajo sus ojos cuando ella le había preguntado por las horas extras en el trabajo.
Media hora después ella salía de la cafetería. Con la chaqueta a medio poner, la bufanda en las manos y el bolso colgando del hombro. No había tardado más de diez segundos en recoger todas sus cosas y levantarse de la mesa. Sin mirar atrás, con el rostro lívido, los ojos muy abiertos y unas ganas terribles de desaparecerse en aquel preciso instante.
Él no había dejado nada en claro, pero ella tampoco lo necesitaba. Con las insinuaciones habían sido más que suficientes.
Y cuando cruzó la calle, echó a correr. Poniéndose la chaqueta por el camino, perdiéndose entre la gente que parecía llegar tarde y cruzaba a lo loco los pasos de peatones.
Evelyn se perdió, entre los estresados, los que llegaban tarde... y así nadie se dio cuenta que ella, más que estresada parecía que había visto un fantasma.
Peter, sentado con la taza de té medio llena frente a él, tenía el mismo gesto.
No había dicho nada, ninguna palabra que le incriminara había salido de sus labios y aún así, sabía que había dicho demasiado. Mentir a las personas que quieres y que te importan es difícil, muy difícil... pero bajo su escudo, todo parecía ir mejor. No mentía porque nadie le pedía respuestas. No engañaba porque nadie le echaba en cara sus faltas.
Hasta que alguien había llegado haciendo preguntas.
Y entonces, el escudo pareció demasiado inútil y en sus ojos se dibujó todo aquello que sus labios no decían. Evelyn no había dicho nada, sólo lo había mirado con los ojos muy abiertos, había murmurado algo que no había llegado a entender y lo siguiente que recordaba era verla salir por la puerta.
Ahora tenía miedo. Por él, por ella y por todo en realidad.
No sabía qué había imaginado ella, pero estaba seguro que tampoco llegaría a saberlo. Evelyn no volvería a dirigirse a él en mucho tiempo, después de cómo le había mirado.
oOo
Tras descubrir que estaban embarazadas, tanto Lily como Alice tuvieron que dejar la parte activa de la Orden y también cambiar su rutina diaria. Mientras que a Alice le habían asignado todo el papeleo en la oficina de aurores para mantenerla alejada de las redadas y demás actividades, a Lily le habían quitado todas las prácticas en la academia. Podía acudir a esas clases, siempre que no participara en los ejercicios, sólo mirando a sus compañeros. Y al principio ella había acudido a todas y cada una de ellas.
Pero poco a poco las prácticas se habían individualizado más y le fue imposible estar presente. Lejos de sentirse decepcionada, la chica recurrió a los libros, estudiando más que los demás, aceptando con naturalidad que ser auror no era ya su principal objetivo en la vida.
Por eso aquella mañana, cuando Sirius fue a buscarla, la encontró en la misma mesa de siempre, con varios libros a su alrededor y una montaña de pergaminos.
El chico había terminado sus prácticas de aquel día y no tenía ánimos para quedarse mejorando por su cuenta, así que había ido en busca de su amiga y así esperaban juntos a que James terminara.
Lily sabía lo que le pasaba, porque aunque nadie le hubiera comentado el incidente en casa de Remus el día anterior, a Sirius siempre le pasaba lo mismo desde hacía semanas.
Casey.
Pero el chico ya no atendía a razones, no quería ni hablar del tema. Si el nombre de Casey salía en la conversación él se volvía irónico y gruñón hasta que dejaba de hablar. Por eso Lily, aunque sabía que aquella era la razón principal de su estado, no insistió aquel día. Su conversación se desvió hacia Remus, al que Sirius aseguraba haber visto demasiado preocupado la tarde anterior.
De él estaban hablando cuando había llegado James. Sonriente, se había acercado a su esposa y se había agachado frente a ella, saludando a su futuro hijo antes que a nadie.
A Lily y a Sirius la escena les parecía sumamente divertida. Siempre hacía lo mismo: saludaba a su hijo (pues estaba seguro que sería un chico) y luego prestaba atención al resto del mundo. Sin embargo en aquella ocasión, cuando se levantó para hablar con Lily y con Sirius, no se encontró las habituales caras sonrientes de ambos. Alarmado, preguntó si había ocurrido algo... si había habido algún ataque. Y aunque había suspirado aliviado cuando Sirius había dicho que no había pasado nada, en su rostro no llegó a dibujarse la tranquilidad. Que Remus se hubiera comportado de aquella forma la tarde anterior era preocupante.
Por eso aquella misma noche, durante la reunión de la Orden, los tres permanecían muy atentos a Remus.
No había demasiadas novedades, a parte de que Malfoy y Lestrange hubieran sido vistos con Borgin a la salida del departamento de transportes mágicos. Pero verlos a ellos en el ministerio no era noticia, era casi la rutina diaria. Así que aquella noche fue una reunión corta, sin mayores descubrimientos. Y sin embargo, fue una novedad para ellos el que uno de sus miembros no se presentara en el cuartel sin haber avisado que no lo haría.
Evelyn, la siempre puntual y silenciosa Evelyn, no había aparecido. Moody, el encargado de mandarle el patronus con el aviso en aquella ocasión, no cesó de asegurar que él si le había comunicado la hora de la reunión. Después de esperarla durante casi media hora, se pasó la noche quejándose de la falta de dedicación a la causa. Sin embargo Moody fue el primero en abandonar el cuartel y no se volvió a su casa precisamente.
Remus por su parte, se mantuvo todo el tiempo distraído. Apenas prestó atención a lo que hablaban y Casey, a su lado, no paraba de darle codazos para que volviera al mundo real. La chica miró con cierta preocupación a Anne, que por primera vez en mucho tiempo se había sentado bastante alejada.
Cuando al terminar la reunión todos se fueron levantando para marcharse, Peter se despidió rápidamente y desapareció antes de que alguien pudiera responderle. Lily y Alice se quedaron rezagadas en la mesa, hablando con Dorcas y Emmeline, mientras que James se había quedado con la palabra en la boca al intentar alcanzar a Peter para despedirse. Se volvió y se encontró con Sirius y Casey, juntos, sin discutir. Extrañado, el chico se acercó a la pareja y los observó con una ceja alzada, preguntándose en qué parte del minuto que él no había estado pendiente ellos dos se habían reconciliado.
Pero no era reconciliación lo que había sucedido entre ambos, era Remus.
El chico había salido de la habitación, con Anne pisándole los talones y ambos permanecían en aquel momento al final del pasillo, entre las sombras, discutiendo.
James, al lado de Sirius, se inclinó un poco hacia delante para preguntarle a Casey si ella sabía qué estaba pasando. Pero la chica se limitó a negar en silencio, cruzándose de brazos y con el ceño fruncido.
A los pocos minutos Anne pasó por su lado, cruzando el pasillo hasta perderse tras la puerta principal. Remus la siguió, con la mirada fija en el suelo.
Ninguno de los dos había dicho nada.
Cuando Lily salió hacia el pasillo con una sonrisa radiante y comentando aún con Alice algo sobre los sanadores especializados en partos, pareció que la preocupación por lo que había pasado con Remus se esfumaba. Salieron todos en tropel del edificio, Frank y James hablando, más adelantados que los demás, con sus mujeres a unos pasos por detrás. Sólo Sirius y Casey iban en silencio.
La chica no quería mirar demasiado a su derecha, pues ya le parecía bastante patético el querer rozar la mano de Sirius como para encima mirarlo. Aunque observando a sus amigos, se dio cuenta que lo realmente patético era su propia situación. Había pasado más de un mes desde que habían discutido y ellos seguían en su trece, con el orgullo por delante. Y justo en aquel momento, a Casey le parecía estúpido que sintiera recelo de abrir la boca y preguntarle a Sirius cualquier cosa. Porque temía empezar una nueva discusión y ya estaba cansada, aunque al resto del mundo le diera la impresión que ella disfrutaba con aquellos enfrentamientos.
Se mordió el labio inferior y se detuvo, mirando cómo sus amigos se alejaban caminando.
Sirius siguió andando también, hasta que se dio cuenta que Casey no iba a su lado y se dio la vuelta. La miró con desconfianza, en cierto modo esperando que la chica le saltara con alguno de sus improperios habituales. Pero Casey no dijo nada, se mantuvo con la vista fija en el horizonte, sin hacer caso a los ojos grises que estaban fijos en ella. Y dejó que James y los demás se marcharan, volviéndose una sombra sin perfilar en la lejanía, mientras ella se dedicaba a girar el rostro, no queriendo enfrentar la mirada de Sirius.
Él se olvidó completamente de sus amigos, pensando lo estúpido que le resultaba el no poder darle un beso a Casey. Era orgulloso y ella conseguía sacarlo de sus casillas cuando se lo proponía, pero también le erizaba el vello de la nuca simplemente con tocar su piel. Conseguía que se olvidara de todo y de todos si ella lo miraba fijamente, si le sonreía sólo a él, incluso cuando discutían por una tontería y ella le pegaba un puñetazo en el hombro. Incluso entonces, Sirius sólo tenía sitio en él para ella.
Y le dolía ver el par de monigotes en que se habían convertido. Porque eso eran los dos según su opinión, un par de estúpidos orgullosos que no eran capaces de ceder ni tan siquiera por una persona tan importante en sus vidas. Él mismo había pensado cientos de veces en ser el que pidiera disculpas, el que arreglara todo. Pero luego la veía, volvían a pelear y se olvidada. Sólo era capaz de recordar que si la había sacado de aquel bosque era para protegerla y que volvería a hacerlo las veces que hicieran falta. No era quien tenía que pedir perdón.
Pero aquella noche, mirando fijamente a Casey, que se afanaba en hacer como que el chico no estaba allí, a Sirius le entraron unas ganas tremendas de besarla. De abarcar su rostro pequeño con sus manos, de juntar sus labios con los de ella hasta quedarse sin respiración. Tenía ganas de que sus lenguas bailaran juntas otra vez y le importaba un pimiento el orgullo.
Por eso se acercó en unas pocas zancadas, tomó a Casey por la cintura para que no se alejara e inclinó su rostro sobre el de ella. Sus narices se rozaban y la boca abierta de Casey se bebía el aliento de Sirius.
- Todo esto es una soberana estupidez. – fue lo único que él murmuró antes de arrojarse sobre los labios de Casey con desesperación.
A ella le pilló por sorpresa, pero no tardó en reaccionar. Lo había echado mucho de menos, no sólo su alma, sino también su cuerpo. Lo demostraban sus manos, perdidas rápidamente en el pelo de Sirius; lo decían sus labios, sonriendo entreabiertos en una invitación a profundizar el beso; lo decía su cuerpo entero, que se había pegado al de Sirius como si de un imán se tratara.
Cuando desaparecieron era imposible saber dónde terminaba la cintura de Casey y empezaban las manos de Sirius.
Los que habían permanecido separados siendo uno, volvían a ser dos.
oOo
Cuando James por fin convenció a Lily de que era mejor que ella se quedara en casa, habían pasado unas cuantas horas desde el final de la reunión. El chico había esperado en vano que Sirius apareciera por la chimenea para que fueran juntos a ver a Remus. Después de todo, lo había visto quedarse a solas con Casey mientras él y Lily volvían caminando con Frank y Alice.
En el fondo esperaba que su amigo se olvidara del orgullo y se rindiera a lo inevitable. Por encima de uno mismo hay pocas cosas, para James estaba Lily, su hijo y sus amigos. Para Sirius estaban sus amigos... pero también estaba Casey. Por encima de él, de su carácter, de su orgullo... de su fuerza de voluntad.
Y James no lo esperó, en el fondo deseando que al día siguiente Sirius apareciera con aquel brillo travieso en la mirada, las manos en los bolsillos y una sonrisa arrogante dibujada en sus labios.
Lily se quedó en el salón, tras despedir a su marido junto a la chimenea. Deseaba haber ido con él, hablar con Remus, ayudarlo... pero los sanadores no recomendaban ningún tipo de transporte mágico en su estado y de otra forma podrían tardar demasiado. Además estaba fatigada, razón por la que se acurrucó en el sofá con un libro, un pergamino y una pluma en las manos. Sirviéndose de apoyo con las rodillas, la joven comenzó a escribir en el pergamino, con el libro debajo para mayor facilidad.
Pero el pergamino inacabado resbaló de sus dedos, la pluma en el suelo y el libro sobre las rodillas estiradas. Lily se había quedado dormida antes de llegar a preguntar a Anne qué estaba ocurriendo.
A la mañana siguiente se despertó en su cama, con el pergamino a medio escribir sobre la mesilla. Se incorporó confusa y la voz de su marido llegó desde el baño antes de que ella pudiera formular la pregunta.
- Volví tarde y no quise despertarte, por eso te traje a la cama sin decirte nada.
- ¿Qué pasó con Remus? – quiso saber ella con la voz aún adormilada.
James se tomó su tiempo para responder.
- Estaba preocupado por no tener trabajo, pero yo voy a encontrarle uno. – dijo con convicción apareciendo de nuevo en la habitación. Sonreía vagamente.
- ¿Y qué va a pasar mientras tanto?
James se sentó en el borde de la cama, mientras terminaba de ponerse los calcetines. Se dio la vuelta hacia su esposa y respondió en silencio, con su mirada.
Lily comprendió que aquella era una de esas ocasiones en las que había una promesa de silencio de por medio. Pero conocía a James y sabía del carácter retraído y algo orgulloso de Remus.
Las visitas que su marido hizo a partir de entonces a Gringotts cada mes no le parecieron sospechosas pues, aunque ninguno lo hubiera dicho en voz alta, los dos sabían que era la única forma en que podían ayudar a su amigo.
Sin embargo, la tranquilidad que podía sentir Lily al saber que estaban ayudando a Remus se desmoronó un día después.
Con una fiesta sorpresa que ya no se celebraría, con varios regalos aún sin desenvolver, el patronus de Moody rompió el ambiente festivo de la casa de los Potter por la mañana. A punto de salir para la academia, Lily se derrumbó en el sofá, James se apresuró a avisar a Casey y a Anne para que se quedaran con ella.
Moody lo había llamado a él, lo quería en una investigación y lo quería en aquel momento.
El día que Lily Potter cumplió 20 años no fue capaz de sonreír. La marca tenebrosa había aparecido de nuevo y aquella víctima no era anónima.
La Orden del Fénix había perdido a otro de sus miembros.
N/A: Según
"fechas oficiales" el cumpleaños de Lily era el 30
de enero, por lo que en este capítulo ya hemos
vuelto a avanzar un mes. Ya estamos en 1980.
Y otro miembro de la Orden ha muerto, en el próximo capítulo sabremos de quién se trata y qué es lo que ha ocurrido, pero se abren las apuestas ;)
De nuevo dar las gracias a todas las que seguís ahí, de verdad, últimamente mi inspiración para este fic es cada vez más nula, si sigo es sólo por vosotras. Así que espero que os guste.
Nasirid
