Cuando por fin abandonaron la casa de Severus, Sirius y Remus estaban ensimismados en sus propios pensamientos.
¿Qué había pasado? Obviamente Sirius, aunque nadie lo creyera, no era estúpido. Nunca se habían tomado tanto interés por nadie. Nunca habían perseguido a ningún pretendiente sexual hasta ese nivel, y dudaba que se fuera a repetir.
Lo que habían vivido esas 48 horas era algo muy diferente.
Remus estaba tomando una taza de té mirando por la ventana a su propio jardín, Sirius le abrazó por la espalda.
—¿Qué vamos a hacer?—preguntó Sirius.
Remus se giró entre sus brazos.
—Algo ha cambiado, ¿verdad?—dijo Remus comprendiendo perfectamente a qué se refería.
Era absurdo negarlo, y Sirius asintió.
—Lo único que me preocupa es que todo esté bien entre tú y yo—dijo Remus, Sirius estudió su rostro. Desde pequeños Remus había sido el cabal, el adulto de todos, el que tomaba las decisiones correctas y frenaba las locuras más explosivas.
Remus había sido su ancla todos esos años, y ahora volvía a serlo, para él lo más importante era que todo entre ellos estuviera bien.
—Yo haré lo que tú quieras, Remus—dijo Sirius besándolo.
—Sirius, yo lo que te quiero es a ti, pero... no sé cómo vamos a poder gestionar esto, ni siquiera sé si él está dispuesto a intentar algo más.—Le tenía fuertemente abrazado mientras le miraba.
—Imagino que tratará de huir—especuló Sirius.
—¿Tú crees?—El ojimiel no se había planteado esa opción al parecer, pero Sirius comenzaba a conocer a Severus, sabía que una vez se fueran, él comenzaría a pensar en todo aquello y le sobrepasaría. ¿Meterse en medio de una pareja constituida?
—La cuestión es ¿queremos tener una relación con él, Remus?—La pregunta ya estaba lanzada.
—Sí—dijo al cabo de un momento Remus.
—Sí—contestó Sirius.
