Los personajes de KFP no me pertenecen, a excepción de los que todos sabemos.

Capítulo 29: El poder de la unión

El silencio se había aferrado a ellos durante casi cinco minutos en el que solo se oía el llanto de los más allegados a Jian. Tigresa ya no lo abrazaba ni lloraba; solo lo miraba como si aún no pudiera creer lo que acababa de ocurrir. Víbora reptó hacia ella y la rodeó con su cuerpo a modo de abrazo; Mantis se colocó en su hombro, como siempre hacía; Grulla y Mono la abrazaron con alas y brazos respectivamente. Era una pena que el reencuentro de los furiosos hubiera acabado con semejante tragedia, pero sabían que en ese momento más que nunca su líder los necesitaba.

Joon y Bao se acercaron al grupo y pidieron permiso a la felina con la mirada para llevarse a Jian. La maestra dudó. Ese acto significaría aceptar el hecho de que no volvería a verlo. Pero sus amigos la ayudaron a levantarse y a apartarse unos centímetros para facilitar a los gemelos la carga del tigre. Yu recogió el arco del que había sido como su hermano y siguió a los pandas en su camino.

Los furiosos se alejaron a todos aquellos tigres que habían sido capturados para llevarlos a los calabozos del reino de Yuan. Pandas y tigres ayudaron en la ardua tarea.

El rey se acercó a Po y a Tigresa, que aún parecía estar en estado de shock. Abrazó a Po y le dijo al oído que le alegraba verlo con vida, después, se colocó frente a la felina y con un cuidado inusual de un panda hacia una tigresa, la tomó de las manos y la miró a los ojos.

—Siento tan terrible pérdida, maestra —dijo de corazón—. También siento no haber confiado en ti desde el principio. Gracias por acabar con la guerra.

Tigresa asintió, pero no dijo nada.

Yuan y sus súbditos emprendieron el camino hacia su reino —recogiendo antes a sus hijos en el lugar donde los habían puesto a salvo—, quedando solo los tigres en el terreno de batalla. Estaban confundidos y desorientados. Ahora que la guerra había acabado y que sus tiranos habían sido derrotados, ¿qué harían?

Yuan se volvió hacia ellos y sonrió débilmente.

—Creo que ya no hay razones para enemistades, ¿no es así? —les dijo, haciendo un gesto con la cabeza para que le siguieran.

Los tigres se miraron los unos a los otros, intentando encontrar una mirada de aprobación en alguno de los suyos. Las crías de tigre, al ver que los pequeños pandas habían vuelto con sus padres, decidieron salir de su escondite. Fue uno de ellos, de hecho, el que dio el primer paso cuando una panda de mirada dulce le sonrió. Entonces, la madre del pequeño se decidió a seguirlo..., y el padre. Y poco a poco, todos los tigres caminaron junto a los pandas hasta que en el terreno solo quedaron dos figuras cabizbajas.

Po observó cómo todos se marchaban, pero él no daría un paso hasta que Tigresa fuera con ellos. La felina solo miraba al suelo, sin lágrimas, sin lamentos.

Había dejado de llover. El suelo estaba enfangado y el cielo cubierto de nubes negras.

—Tigresa —la llamó, poniendo una mano en su hombro—, tenemos que regresar.

La maestra se volvió hacia él y lo miró como si hubiera despertado de un sueño eterno y por primera vez viera a alguien. Suspiró hondamente y lo abrazó con fuerza. El guerrero del dragón la rodeó con sus grandes brazos durante unos segundos.

Por un extremo del gran espacio, el panda vio aparecer al maestro Shifu, que llevaba en uno de sus hombros el cuerpo de un gran tigre. El oso se preguntó cómo un animal tan pequeño podía con un felino que lo triplicaba en tamaño.

—Anda, vámonos. El último ha caído.


La procesión que encabezaban los gemelos y cerraba el maestro Shifu, Po y Tigresa, se dirigía lentamente por el bosque hacia el palacio de Yuan, donde se velaría el cuerpo de Jian hasta la hora del entierro.

La tristeza se respiraba en el aire. Tigresa no hablaba, pero se preguntaba en su interior qué era lo que fallaba. Jian había muerto, pero en la guerra siempre habían bajas. Era algo a lo que estaba acostumbrada. La muerte de Jian había traído la paz al reino y la reconciliación de pandas y tigres. Kuo ya no existía, y su padre biológico había sido derrotado. Todo volvía a la normalidad, pero había algo que faltaba. Algo que no la dejaba respirar tranquila.

Entre las ramas de los árboles pudo ver la muralla que separaba ambos territorios alzándose poderosa hacia el cielo, como un símbolo de enemistad, de separación.

Eso es, pensó la maestra sin quitarle ojo a la gran construcción de piedra.

Era esa muralla la que fallaba. Por culpa de ella, ambos pueblos habían luchado hasta la saciedad. Por culpa de un estúpido territorio, por esa barrera que dejaba a unos con más que a otros. Si ya no había rivalidad, debería desaparecer.

—No debería estar ahí —dijo.

Po se volvió hacia ella.

—¿Qué, Tigresa?

Pero ella no le prestaba atención. Solo miraba la muralla como si estuviese poseída. No había nada más.

El instinto la llevó a encaminarse hacia ella. Po intentó sujetarla, confundido, pero la felina se deshizo de su agarre, se puso a cuatro patas y corrió con toda la velocidad que sus patas le permitían. Paró a unos centímetros del muro, que ahora parecía más alto y largo que nunca. Sopesó con su mirada las dimensiones, y seguidamente se dio cuenta de que pensar era lo peor que podía hacer en ese momento.

Po llegó justo a tiempo para ver cómo Tigresa soltaba el primer puñetazo a la construcción amurallada. El panda cerró los ojos cuando vio que la maestra volvía a golpear la dura piedra sin resultado alguno. Tigresa siguió golpeando sin una sola muestra de dolor a pesar que sus puños empezaban a sangrar. La maestra soltó un gruñido. Po le pidió que parara. Pero entonces, la guerrera abrió las palmas de las manos, y poniéndolas una debajo de otra, atacó con toda su fuerza la pared. Sorprendentemente, parte del muro se resquebrajó y algunas piedras cayeron. Tigresa aprovechó para propinar una patada en la parte superior. Po se quedó estupefacto cuando vio que su amiga conseguía derribar parte de la muralla.

Tigresa se detuvo unos segundos a contemplar su hazaña con la respiración agitada. El suelo comenzó a teñirse de rojo con la sangre que caía de las garras de la felina, pero el Guerrero del Dragón no la detuvo cuando volvió a ponerse manos a la obra.

La maestra continuó dando puñetazos a pesar del dolor que sentía en los puños. Nada la detendría. No importaba lo que tardara; no pararía hasta tirar toda la muralla. Se lo debía a Jian.

Un mal golpe la hizo detenerse un par de segundos. Cogió aire despacio y miró la piedra gris como si de una enemiga se tratara. Volvió a levantar el puño, pero una mano se lo sujetó. Una mano negra y fuerte.

Frustrada, estuvo a punto de replicar a Po, cuando de repente el Guerrero del Dragón la soltó y empezó a aporrear él como podía la construcción. Tigresa lo miraba, pasmada.

Él solo no podrá, pensó.

A su izquierda, oyó más golpes. Se volvió y se encontró con el joven Yu, que al igual que Po había empezado a dar lo mejor de sí para echar abajo ese símbolo negativo.

Mono apareció de la nada, asestando uno de sus golpes con las piernas. Víbola llegó reptando y utilizó como pudo su cola. Mantis, aun con su pequeño cuerpo, demostró la fuerza que podía llegar a tener. Grulla azotó las paredes con el viento su ataque de alas justicieras.

Poco a poco, fueron haciendo acto de presencia pandas y tigres. Los gemelos arremetieron juntos. Yuga se unió a ellos, posicionándose junto a su viejo enamorado. Hasta el rey Yuan quiso participar en aquella destrucción.

Tigresa fue testigo de cómo las manadas se unían en una sola para acabar lo que ella había empezado. Para terminar de una vez con toda con las barreras. Y a pesar del dolor, sacó fuerzas de donde no tenía para seguir adelante.

Los ojos envejecidos y cansados de Shifu contemplaron el poder de la unión desde unos pasos más atrás. Finalmente, avanzó y con tranquilidad, alzó el bastón que una vez hubo sido de Oogway y dio un pequeño golpe en el suelo. Una onda expansiva de color verde salió disparada en todas direcciones. Pandas y tigres pararon su labor en cuanto pudieron sentirlo. Segundos más tarde, la gran muralla caía sin dejar una sola piedra en su sitio.

Ahora sí, pensó la maestra. Todo ha acabado.


En la palacio, los pandas prepararon un ataúd digno de tan gran guerrero y dejaron que Jian reposara en él. Lo habían dejado abierto encima de una mesa para que todo el que quisiera se acercase a darle el último adiós y a dejarle flores.

Tigresa quiso acercarse a él de inmediato, pero sus amigos la persuadieron alegando que no sería adecuado que manchara el cadáver de su amigo con la sangre de sus manos, y que lo mejor sería que antes le curaran las heridas.

Víbora pidió a su amigo que tomara asiento para que le fuera más fácil la tarea. La felina, obediente, se sentó sobre sus piernas en el suelo y ofreció sus manos ensangrentadas. Víbora procedió a curar las heridas con cuidado. Pidió a Mono que le trajera las vendas, pero cuando estaba a punto de colocarlas, llegó Shifu, y pidió a sus alumnos que se retirasen para dejarle a solas con Tigresa.

Tigresa no dijo una palabra. No tenía miedo a lo que pudiera pasar. Después de todo, ya nada podría ir peor.

Shifu vendó sus manos con agilidad y delicadeza. Tigresa recordó la única vez que lo había hecho. Había sido la primera vez que se había hecho daño de verdad golpeando un árbol del Palacio. Fue la primera y la última vez que la curó.

Ninguno habló hasta que Tigresa hubo tenido las garras vendadas.

—Siento todo lo que he causado, maestro —dijo Tigresa.

Shifu no pudo ver los ojos de su hija adoptiva, pues tenía posada su mirada en el suelo. Pero no hacía falta verlos para saber que Tigresa no solo estaba arrepentida, también estaba cansada. En todos los aspectos.

El maestro se levantó y abrazó con fuerza a su hija, que sintió un escalofrío recorrer su espalda.

—Yo sí que lo siento. Yo he sido el responsable de todo esto. Y... lo siento tanto, Tigresa. Nunca fui el padre que necesitabas. No sé si podrás perdonarme —sollozó.

La felina notó que le faltaba el aire. Quería echarse a llorar, pero sus ojos estaban secos de tantas lágrimas derramadas. Temblando, rodeó con sus brazos a su pequeño padrastro, deseando que no fuera un sueño.

Po observaba la escena con una sonrisa cuando alguien posó su mano sobre su hombro. Era Yuan, que pedía un minuto de su tiempo para hablar con él.

—¿Has entrado ya? —le preguntó, señalando la habitación que habían dedicado al velatorio de Jian.

—No —respondió, algo inquieto—. La verdad es que quería entrar con... —dijo, señalando a su espalda, donde la felina abrazaba aún a su padre adoptivo.

—Ya veo.

El rey sonrió.

Po tragó saliva. Había llegado la hora de la verdad. Tenía que contarle a Yuan lo que había descubierto mientras estaba en ese mundo de recuerdos. El rey debía saber que su hijo no había muerto. Que se encontraba justo enfrente de él.

—Su majestad... hay algo que debe saber.

Po le contó brevemente su extraña experiencia mientras se hallaba envenenado en la vieja cabaña. Los sueños, que se le antojaban recuerdos de su infancia, y su milagrosa curación. Por último, sacó de su bolsillo un osito de peluche sucio y magullado. Yuan lo reconoció de inmediato y lo cogió entre sus manos como si de un tesoro de tratara.

—No puede ser —murmuró, examinándolo.

Finalmente, sacó la foto que observaba día y noche, donde se encontraba feliz con su familia, y miró las manitas de su hijo, que sujetaban el mismo muñeco. Yuan alzó la mirada hacia Po, que esbozaba la débil sonrisa de quien no sabe qué hacer en un determinado momento. Entonces, Yuan, con los ojos humedecidos se abrazó al Guerrero del dragón.

—Mi hijo... ¿Cómo es posible? —se decía.

Yuan le pidió que le contara todo de su vida. Necesitaba estar seguro de que delante de sus ojos tenía a su verdadero hijo y que este no había muerto hacía años en la guerra junto a su mujer. Po le habló de todo: de su infancia, de su trabajo como camarero, de su ardiente deseo de aprender Kung Fu, de la sorprendente elección de Oogway al haberle escogido como Guerrero del Dragón, de su lucha contra Tai Lung, de sus amigos —sobre todo de Tigresa—, pero puso especial énfasis en su padre adoptivo.

—Entiendo. Parece buena persona. Supongo que, entonces, no querrás quedarte —dijo, con tristeza.

—No puedo. Tengo que volver a casa con él...

—Y con ella —dijo Yuan, señalando a la tigresa que se encontraba en la puerta del velatorio y parecía estar esperándolo.

Po sonrojó al instante, y Yuan sonrió.

—Anda, ve. Te está esperando. Ahora no es el momento de tomar decisiones.

Po obedeció de inmediato y caminó hasta Tigresa. Ambos se dedicaron una sonrisa y entraron en el velatorio. En el centro de la estancia, el ataúd permanecía abierto junto a una corona de flores. Tigresa observó la expresión serena del tigre y supo que había muerto tranquilo y en paz. Pasó su mano por la cara fría de este, pero no dijo nada. En cuanto la hubo retirado, Po la tomó con cuidado y la acarició con cariño.

Unos sollozos se oyeron a sus espaldas. Era Yu, que cargaba con el arco de su amigo y no se molestaba en aguantar el llanto. Intentó poner el arco en el ataúd, junto a su dueño, pero la maestra se lo impidió.

—Creo que a Jian le gustaría que te lo quedaras, Yu, y que aprendieras a manejarlo.

Yu se lanzó a los brazos de Tigresa y lloró sin reparos. Aunque parezca increíble, la maestra no se sintió incómoda con la situación y lo tomó entre sus brazos como a un hermano pequeño.

Yuan y Shifu se acercaron poco después. Habían estado hablando y habían llegado a la conclusión de que lo mejor sería llevar Xiong a la cárcel de Chor-Ghom, donde estaría bien vigilado el resto de su vida. Y el cadáver de Jian tendría un lugar de honor en el cementerio del reino, donde sería enterrado a la mañana siguiente.

—Si no le importa, majestad —intervino Tigresa—, creo que Jian hubiera preferido ser enterrado en otro lugar.

—¿Dónde, Tigresa? —preguntó el maestro Shifu.

—En el Palacio de Jade, maestro.

Continuará...


Buenas. Ya estoy aquí de nuevo. He de avisaron que solo queda un capítulo más. O un epílogo. No estoy segura.

En fin, tengo que decir que no he revisado el documento, con lo que probablemente habrá algunas faltas.

Y una cosa más: debo decir que no estoy demasiado contenta. Sé que tardo mucho en actualizar, y que estáis impacientes por leer lo que viene a continuación (A mí también me pasa con algunos fics), pero creo que esa no es razón para hablar de forma grosera. Y lo digo por un review en especial que me molestó bastante. No diré tu nombre, pero supongo que sabrás que me refiero a ti. No te he escrito por mensaje privado porque no tienes cuenta, pero quiero que sepas una cosa:

Yo no tengo vacaciones de navidad propiamente dichas, porque mis exámenes de la Universidad son en enero/febrero, y las Navidades me las paso estudiando. Cuando digo que estoy muy ocupada no es para que me dejéis tranquila, sino porque realmente no tengo un segundo. Sé que molesta esperar para leer un fic que te gusta mucho, porque yo también lo paso con otros autores, pero nadie te ha obligado a entrar en este fic. Lo has hecho porque has querido. Así que si "te estás cansando de esperar", simplemente no esperes. Pero no me metas presión con palabras groseras, porque a la primera que le interesa acabar el fic es a mí.

¡He dicho!

Bueno, espero que hayáis disfrutado con este penúltimo capítulo. La aventura está a punto de terminar.

Nos vemos en el último capítulo.

¡Hasta la próxima!

Pétalo-VJ