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Marauder! Crack
Amanece, que no es poco
Al cuarto día, con la garganta tan seca que parece en carne viva y la sensación de que tiene una llaga sangrante en el estómago, Remus abre los ojos. Le cuesta trabajo reconocer el lugar. La enfermería con sus camas en fila, el olor a sábanas limpias y hierbas curativas. Es un escenario familiar pero es la primera vez que se despierta de un letargo tan profundo que siente que ha estado muerto, fuera de su cuerpo. No recuerda con exactitud lo que le llevó allí pero...
mentira
abre los ojos.
siente que se le acelera el corazón.
lo recuerda todo.
de pronto.
¡Lobo! Olor a gente. Cazadores. La boca del fusil. Huir. El ardor. La explosión. El olor de su propia sangre. Los ladridos de Sirius. Un perro, lamiéndole la herida. Al borde de la inconsciencia. Su lengua dentro de su cuerpo. Junto con la bala. Pero más adentro.
Y luego, nada.
Hasta ahora.
Junto a la mesilla, con la cabeza apoyada en su colchón, ahí está. Sirius.
Con todo ese pelo esparcido en mechones desiguales, negro como una bandada de cuervos sobre sábanas blancas. Remus le observa y el tiempo se estira para que pueda relamerse en él. Puede que no obtenga de Sirius Black todo lo que querría pero obtiene más de lo que podría soñar. No sabe qué escuece más, si el tiro o el recuerdo de su lengua dentro de la carne.
- Eh, pulgoso, despierta.
Sirius le ha lamido donde no ha estado nadie, excepto la luna y cuando entreabre los ojos y sacude la cabeza y bosteza como un animal que vuelve en sí, Remus se maldice por no tener una cámara de fotos mágica donde poder capturarle para siempre. Así. Medio dormido, medio despierto. Desperezándose y sonriendo cuando se da cuenta de que ha tardado cuatro días, pero al fin ha vuelto.
- Joder, Lunático. Ya te ha costado. Eres un poco flojucho para ser un hombre lobo, ¿no?
- Es que soy un hombre lobo marica.
- Ostia, los rumores eran ciertos. – Son los chistes de siempre y Sirius disimula con notable maestría pero el fondo de afecto en cada palabra lo dice todo y lo que no puede decirlo, lo enseñan las ojeras, las arrugas en la ropa, la expresión de cansancio. - ¿No era que solo podía matarte una bala de plata?
- Bueno, no me he muerto, ¿no?
- No. – Esta vez Sirius no bromea. – No te has muerto.
El tono de su voz es tan grave que Remus tiene dos opciones. Echarse a llorar y besarle como si realmente se fuera a morir o bromear. Elige la opción de los cobardes en lugar de elegir la de los moribundos y los héroes.
- Ya me parecía a mí que no estaba en el cielo. Eres feo para ser un ángel. Y no te veo las alas.
Bromas de nuevo. Territorio seguro.
- A lo mejor soy un demonio, Lupin, y estás en el infierno.
- No creo, tampoco te veo los cuernos y el rabo. Se arrepiente en cuanto escucha cómo suena. Rabo. Sirius es incapaz de dejarlo pasar.
- Los cuernos son de James pero si quieres ver lo otro, tú aúlla, que siempre podemos arreglarlo. – Se lleva las manos a cinturón, amaga con desabrocharlo pero se echa atrás en el último momento- Aunque en tu estado, no sé si estás preparado para emociones tan fuertes.
Cuando Sirius le hace reír, la estúpida herida late, escuece y ladra. Maldita sea. La enfermería se llena de luz y por el aspecto, debe ser primera hora de la mañana. Aunque sabe la respuesta insiste en averiguar por qué no está en clase, si, según sus cálculos debe ser viernes por la mañana. Sirius, orgulloso de sí mismo, proclama que ha conseguido crear un espectro idéntico a él que es capaz de quedarse sentadito y callado en el aula mientras él se pasea por donde quiere. Solo es una ilusión mágica pero cree que el doble bastará para engañar a los profesores.
- ¿Si se está quieto y callado, cómo van a pensar que eres tú, Canuto?
- Chistes malos de nuevo. Ya estás curado.
- ¿Has ido a clase desde que estoy aquí? - Fui ayer a Aritmancia. Me encontré con Malfoy, charlamos, me confesó un ardiente amor por mí, nos prometimos, y juramos por Merlín amarnos y respetarnos pero ya sabes cómo soy. Se la pegué con Snape y ahora estoy buscando un nuevo rumbo a mi vida.
- Puedes hacerte humorista. Yo me muero de risa.
- No es la risa, te mueres porque te pegaron un tiro.
- Eso explica por qué duele tanto.
Joder. Tiene la sensación de que la bala sigue todavía ahí. El dolor le agarra por las pelotas y le retuerce por dentro. Se alivia cuando Sirius pone la mano –esa mano mágica y caliente- en el estómago y templa todo su dolor. Dios. Si esa mano pudiera estar siempre ahí.
- Deberías ir a clase, Sirius, o te acabarán expulsando del colegio.
- Si no puedo quedarme aquí, qué más me da el colegio.
En momentos así, es una injusticia desmedida que esté prohibido besarle. Porque Sirius es intenso y bárbaro y suave y la medicina que necesita para curarse y no es justo quererle tanto y que haya reglas para ese amor solo porque al muy idiota le gustan las chicas.
- Dios qué bonito – Remus reconoce la voz de James, desde la puerta, interrumpiendo un silencio que está empezando a ser demasiado espeso, ligeramente irrespirable. – Canuto, por dios, ¿por qué a mí no me dices cosas así?
Le responde sin mirarle pero aguantando la sonrisa.
- Porque me estoy follando a tu madre, Potter.
James se acerca a la cama, con esa sonrisa de bienvenida que a Remus le hace sentir a salvo y en casa.
- ¿Ves cómo me trata? ¿Hace falta que me den a mí también un tiro en el estómago para recibir un poco de cariño?
Remus da las gracias por estar vivo a los dioses en los que no cree. A la luna por haberle permitido seguir bajo su influjo. A la magia de Dumbledore. A los espíritus del bosque.
- Ya sabes que te quiero, gilipollas.
Puede que sea lo que más admira de Sirius. Que está hinchado como un pavo y no es capaz de formar una frase sin decir tres tacos pero que, al mismo tiempo, y aunque sea añadiendo el habitual gilipollas es capaz de decirlo – sabes que te quiero- sin asomo de pudor, mostrándose ante ellos tal y como es, regalándoles un momento de intimidad que valdría más que la luna, si se midiera el amor en plata líquida.
