Hace veinte minutos que dejamos el hotel y nos dirigimos en coche a la casa de René; es una mañana lluviosa en esta ciudad del amor, el agua corre limpia por las orillas de la calle, veo bastante transeúntes a pesar del clima; van de aquí para allá en gabardina y paraguas en mano.
Recuerdo lo increíblemente placentero que encontraba caminar bajo una llovizna de verano, apenas al punto en el que se me humedecieran las ropas y luego llegaba a casa para darme un baño caliente y prepararme una deliciosa taza de café negro mientras Arthur, a los pies de la cama, me daba un calorcillo reconfortante en las piernas.
Nos quedaremos en la casa de nuestro rechoncho amigo; no habíamos podido llegar ahí desde el comienzo porque la estaban remodelando, había hecho quitar unos tapices que 'eran demasiado anticuados' según sus palabras. Habían renovado la piedra que daba al frente y se había hecho construir un quiosco 'espectacular' en el jardín.
Desconozco qué tan grande sea su casa y no tengo idea por dónde vamos, aunque lo cierto es que la torre se ve un poco más lejos y el chofer va hacia el Este de la ciudad.
El coche gira hacia la izquierda y ahí está, una casa medianamente grande con un muro de piedra de unos cinco o siete metros. En la placa que está incrustada puedo leer su apellido y sin más entramos, tiene grava color gris oscuro y a la derecha están estacionados tres coches hermosísimos cuya insignia está al frente del mismo, uno es un BMW, el otro parece ser un Porsche y el tercero no sé qué condenada marca sea.
Al centro están las escaleras, de piedra también, las ventanas que bien pudieran medir dos metros de altura tienen adornos de madera tallada y parecen recién barnizadas, puedo suponer que ellas también son parte de la renovación de la casa. Me inspira temor, parece que por dentro será oscura y lúgubre, como si fuera el hogar de miles de fantasmas, contrasta completamente con el humor arrebatado y contento de Favre, hubiera apostado porque su casa sería más como la de Samuel.
Al bajarnos, Rachel y yo barremos el lugar con la mirada, y en seguida un par de mozos se acercan a nosotras para cubrirnos de la lluvia; al entrar al recibidor me sacudo las pocas gotas que se me han quedado en la ropa y siento un escalofrío por el viento fresco que entra por la puerta que sigue abierta.
Veo pasar a dos muchachos - diferentes a los que nos llevaron a la casa- con nuestro equipaje y lo suben a la segunda planta.
-Puedo imaginarme vagando por la casa con los audífonos puestos y escuchando algo de Slow Skies en el iPod-. La verdad es que lo había pensado, pero no del todo, lo dije y Rachel me mira extraño.
-¿Cómo dices?-.
-¿Cómo dije de qué?-. Se me atora la saliva en la garganta y me pongo nerviosa, creí que esas cagadas de señales de mi tiempo futuro estaban ya olvidadas por la costumbre de estar aquí.
Aunque, visto está que de repente se me sale uno que otro disparate (a los oídos de Rachel) con palabras que ella no conoce.
-¿Ipod?-.
-No dije eso-.
-Lo escuché perfectamente bien-. Suelto una risa nerviosa y ella da un paso hacia mí, mirándome fijamente a los ojos.
-Rachel, por la noche tenemos la cena con Oscar Toudic, te espero lista a las siete-. Por primera vez agradezco que hayamos sido interrumpidas por Hudson. Pasa de largo sin verme y sigue a René hasta lo que creo que es su despacho.
-¿Por qué no telefoneas a… ¿cómo se llaman tus amigas que conociste en la fiesta aquella noche?-. Comenta Samuel con pereza en la voz -Emma y…-. Sé que ha olvidado el nombre.
-Camille-. Apoya Rachel.
-Sí, podrías distraerte con ellas que esta noche vamos con Tuodic para presentarle a la señorita Berry; estaba en Praga aquella noche y es importante que la conozca-.
Ninguna de las dos dice una palabra porque Samuel no nos da tiempo, cierra la puerta del despacho tras de sí y nos deja solas en el silencio del pasillo de la casa de René.
-Señoritas-. Escucho una voz femenina a mi izquierda y me giro para ver a mi interlocutora; una mujer más gorda que él, de mejillas mucho más rosadas y pecas en los pómulos.
Parece agradable y se le nota la jovialidad en la mirada a pesar de que bien pudiera tener sesenta años; tiene el cabello rojo y recogido en un impecable chongo. Me impresionan sus senos, grandes, inmensos, toda ella es grande pero desprende una energía tan despreocupada que al instante me contagia su buen humor incluso si sólo está sonriéndonos.
-Me llamo Marie y soy el ama de llaves del señor Favre y también la encargada de enseñarles su habitación- Da unos pasos delante de nosotras y sube a la segunda planta, no espera a que nos presentemos porque muy seguramente ya tiene idea de quiénes somos. Imagino que René le habrá hablado de Rachel.
La seguimos pues por los escalones de madera tapizados por una alfombra suave color verde oscuro. Hay mucho verde en esta casa, demasiados adornos con ese color y otros de colores ocres; creo, por los chalecos y corbatas que le he visto a René, que el verde le encanta.
La casa tiene su olor propio, así como las casas de cada uno, que adquieren el olor de los inquilinos, el humor de cada persona que corresponde a ella. A veces entras a una casa y sabes en seguida que tiene como mascota un gato, otras veces te invade el olor a perro y otras tantas, simplemente a las ropas de la gente.
Ésta huele a madera, y un poco a la loción que usa Favre, puedo oler en nuestro trayecto, el perfume de Marie, lleno de algo que bien pudieran ser rosas… empalaga. Huele también a muebles encerados y al tapiz nuevo. Un tapiz de flores que al menos a mí me sigue pareciendo anticuado.
-El papel tapiz antes era de líneas, un verde intenso y uno más apagado debajo de la moldura, databa del siglo pasado y al señor Favre le pareció que era hora de dar la bienvenida al nuevo, es tan emocionante presenciar el cambio a una nueva era-. Rachel y yo volteamos a vernos y nos sonreímos, tiene acento marcado, muy marcado, pero lindo –Claro que ustedes aún no nacían-.
Si hago bien las cuentas nací en el año… 1906… bueno, Quinn nació en ese año… wow, me suena tan extraordinario, aún entonces los coches eran jalados por caballos, todavía se usaba en que el chofer fuera en su banco llevado las riendas. Eso también me emociona, me encanta, ni siquiera comprendo por qué, pero me tiene sonriendo como una boba.
La mujer se detiene a mitad del pasillo y abre la puerta de la izquierda.
-Esta será su habitación- Se gira a Rachel –Señorita Berry, si necesita algo incluso de madrugada, no dude en pedírmelo- Luego me mira a mí – Señorita Fabray sea bienvenida y no dude en pedirme cualquier cosa también; estoy a sus órdenes-.
Nos sonríe cálidamente y nos besa ambas mejillas.
-Son tan hermosas y me encanta que estén aquí, hacía falta juventud en la casa-.
-Gracias Marie- Decimos al mismo tiempo, yo me echo a reír y Rachel se acomoda un bucle tras la oreja. Nos quedamos viendo a Marie por unos segundos, la vemos suspirar y se marcha.
Parece como salida de una historia de Jane Austen, como si fuera de esas regordetas del 1700's que se ven aún más grandes de senos por el ajustado corsé.
Apenas entramos a la habitación vemos que la ventana da hacia el frente de la casa y vemos la punta de la torre, sigue lloviznando y las gotas hacen música sobre el cristal, es grande y hermosa, de piso de madera y alfombra de color –Sí- verde. La chimenea esta impecable y tiene los leños elegantemente puestos unos sobre otros, hay un olor a lavanda, penetrante pero rico.
-Todo un personaje- Dice Rach.
-Lo es- Apoyo la moción.
Se acerca y me toma de ambas manos.
-No me gusta esto de tener que ir sin ti- Agacho la mirada para ver nuestras manos entrelazadas, la suelto de la mano izquierda y le acomodo de nuevo el cabello.
-Es porque nos hemos acostumbrado a la otra, pasamos tanto tiempo juntas por el último mes que la ausencia de la otra nos parece extraño-.
-Extraño e incómodo- Contesta.
-Pero ¿Sabes? Es sano que las parejas se tomen un tiempo lejos, para que crezcan como individuos; no queremos caer en la rutina ¿O sí?- Camino al sillón que está junto a la chimenea y tomo asiento, ella me sigue y se sienta en mis piernas.
-¿Se puede caer en rutina cuando estás en una ciudad nueva y hay tanto por ver?- Río, tiene tanta razón.
-Es cierto, es cierto…- Vuelve a entrelazar nuestras manos y me acaricia el dorso.
-¿Estás aburriéndote de mi compañía?- Dice después de unos segundos de silencio.
-Jamás- La veo directamente a los ojos y le hago entender, con el tono de mi voz, que no podría aburrirme de ella.
Yo no sé cuánto más tiempo pueda estar con ella, y debo aprovechar cada minuto, cada segundo; pero, si la otra Quinn habrá de quedarse aquí, quisiera que… ambas fueran autónomas sin tener que dejarse atrás un sólo segundo. Creo firmemente que una relación es mucho más rica si se le brinda espacio y tiempo. Si se ignoran por un rato para que cada una haga lo que le venga en gana. No me gusta la dependencia aunque lo que tengo con Rachel por ahora bien puede sonar a eso, a una codependencia bien marcada.
-Sólo creo que hay cosas que debes hacer tú, sin mí, tú eres la artista y la fila de promotores que tienes detrás no quieren verme a mí, quieren verte a ti, a Rachel Barbra Berry; no me parece malo que de vez en cuando te vayas sin Quinn y te desenvuelvas en lo que es tuyo-.
-Cuando hablas de ti en tercera persona eres muy chistosa- Ríe y me besa en los labios, uno pequeño y suave.
Volteo la vista al reloj de madera que está colgado en la pared. Es medio día y los hombres están encerrados en el despacho; aún queda bastante tiempo antes de que Rachel tenga que estar lista para la reunión con… como quiera que se apellide.
-Salgamos- Me apresuro a decirle.
-Pero llueve y acabamos de llegar- Le doy unas palmaditas en el muslo para indicarle que pretendo levantarme del sillón; se para y va hacia la cama.
-Lo sé, pero ¿No te encanta París bajo la lluvia?-.
-Es romántico- Contesta con una sonrisa hermosa.
-Y agradable y mágico, entonces ¿Si?-.
-Bien- Se levanta casi de un brinco y va hacia las maletas –Pero primero dime qué es un iPod- Se me va la saliva por el lado equivocado y comienzo a toser.
Toso y toso, levanto los brazos para ver si así el aire me llega a los pulmones, me siento con la cara roja y me lloran los ojos, trato de tomar el mayor aire posible pero no puedo. Rachel está preocupada, pero se ríe también. Finalmente logro recuperar la respiración aunque me raspa la garganta y mi voz es diferente, un poco más aguda.
-Casi muero y tú ríes-.
-Lo has hecho adrede para que olvide el asunto- Suspiro resignada y me aclaro la garganta, sigue raspando y recuerdo que en algún momento, algo como esto me sucedió con Barbra, tosí y tosí hasta el punto de ponerme morada y entonces le tomé a su limonada mineral.
Ella reía también, contenta, casi burlona, despreocupada… Barbra.
Se para frente a mí y pone las manos recargadas en su cintura.
-Un ipod es, un aparato moderno que se usa para escuchar música-.
-¿Y cómo es que no he visto uno de esos?-.
-Porque acaban de salir al mercado, son como la cosa más nueva, y casi única, así que pocos lo tienen; millonarios excéntricos que gastarían una fortuna por él-.
-¿Y tú no eres una millonaria excéntrica? Me dijeron que lo eres-. Saca un vestido color turquesa y lo echa sobre el colchón.
-¿Lo soy?-.
-Samuel me dijo que algunas de las armas que están en la biblioteca son tuyas- Me acuerdo de la daga en el cajón –Y hay un hacha de doble filo increíblemente hermosa-.
Cuelga de la pared principal y es vikinga.
-Samuel dijo que era tuya, me lo mencionó el primer día que llegamos-.
También hay varias en la casa en Nueva York y no en la casa de campo.
-Bueno… no, no recuerdo que fueran mías y nadie me lo había mencionado antes-. Cambiamos el tema del reproductor por el de las armas, al menos creo que la he convencido de que es algo difícil de obtener y ahí quedó el interrogatorio.
-¿Aún sigues sin recordar nada de antes de la caída?- Asiento.
Es extraño, porque tengo emociones de la otra Quinn, sé lo que siente por Rachel, lo que ha sucedido con sus sentimientos para Santana, cómo se siente respecto Samuel y cómo también desprecia a Finn, pero no hay cosas que pueda recordar de antes del incidente.
Creo que ni ella quiere recordar, si su pasado fue como imagino que fue, entonces seguramente es mejor no hacerlo, a veces vivir en la completa ignorancia es mejor… y si ella no quiere ser consciente de ello entonces habrá que concedérselo porque cuando yo me vaya, todo volverá a ser como antes, su mente, sus recuerdos, su cuerpo, todo quedará en ella.
-¿A dónde te fuiste?- Me truena los dedos frente al rostro y yo despierto.
-Me quedé pensando en eso, en los recuerdos que no tengo y si algún día volverán-.
-¿No te revisó un médico después de la caída?- Jugando 21 preguntas con Rachel Barbra Berry.
-No he tocado el tema con Samuel, pero seguro que sí y más seguro que él sabe lo que el médico dijo-.
-¿Y tus desmayos mentales? Como el del otro día-. Me saco los pantalones que traigo y me visto con unos color azul marino, luego me pongo una blusa holgada color blanco y me retoco el peinado.
-Afortunadamente no he tenido otro- Me siento aliviada de poder decirlo, de verdad me siento completamente contenta de que no se haya presentado alguno porque ya sabemos lo que eso significa -¿Sabes? Quiero telefonear a Britt-.
-También tienes que llamar a Emma y Camille-. Se calza los zapatos y se pone labial frente al espejo del baño.
Apenas llegamos, es cierto, pero quiero salir y caminar tomada de su brazo, quiero aprenderme de memoria las calles colindantes sólo por decir que conozco alguna parte de París por la que puedo pasearme sin perderme. Sentir que conozco la ciudad entera sólo por saber cinco o siete cuadras.
Me paro frente a Rachel que sigue mirándose en el espejo del baño.
-¿Me veo bien para una caminata?- Se gira mientras se pone un arete y luego me observa.
-Te sienta muy bien la combinación y más esa blusa… podrías desabotonarla un poco- Me echo a reír y meto las manos en los bolsillos.
Me detengo en seco, hay algo dentro del bolsillo derecho, es metálico; por lo que palpo puede ser un reloj, pero también tiene pinta de camafeo.
Jamás me había puesto estos pantalones, pertenecen a toda esa ropa de Quinn que no había tenido antojo de usar. Saco la joya y Rachel sigue mirándome cuando termina de ponerse el otro arete.
-¿Qué es?-.
-No lo sé- Le doy vueltas pero no me atrevo a abrirlo, aunque, si soy sincera, tengo un extraño latido acelerado, presiento que algo importante hay dentro.
Rachel se acerca y lo inspecciona.
-Es como un guardapelo-.
-Siempre los encontré curiosos- Comento –Guardar cabello de alguien en algo así-.
-Es romántico- Sonrío.
-Para ti muchas cosas son románticas- Me devuelve el camafeo.
-Ábrelo- Siento que debo y que no debo, no sé por qué le rehuyo.
La cadena se balancea de izquierda a derecha y estoy a sólo un clic de abrirlo. Tiene un relieve en el frente, una efe que sobresale del metal dorado. Efe de Fabray. Lo abro por fin y hay dos fotografías en blanco y negro, un hombre y una mujer.
Él está a la izquierda; tiene una barba de candado bien recortada, pareciera rubia, párpados caídos y cejas medianamente pobladas, el labio inferior carnoso, pero el superior un poco delgado, supongo que es por el bigote que lo hace parecer así. Tiene el cabello engominado y se parece un poco a Samuel, excepto por la boca, pues la de él es grande.
La mujer es hermosa, tiene mis ojos, o para el caso, yo tengo los de ella, lo mismo que la forma de la nariz y los pómulos. El cabello recogido, vestido blanco y un dije en el medio del mismo, con una piedra oscura. Tiene la mirada contenta aunque no sonríe como tal. Rubia también.
Estoy temblando.
-…Quinn- Es lo único que dice Rachel, que quita los ojos de las fotografías y los pasa por mi rostro, esperando leerme. Yo la veo de reojo.
-Son… son mis padres- Se me hace un nudo en la garganta y el corazón dentro del pecho me late fuertemente.
Esta es la primera vez que veo una foto de ellos. Siempre me había preguntado cómo eran, a quién me parecería. Si acaso serían Russell y Judy.
No lo son.
A ellos no los he visto nunca.
-Me parezco a ella-. Me acuerdo de mi madre, me acuerdo tanto que en un segundo estoy llorando.
Hacía mucho que no lloraba por mi mamá, por la forma en la que me faltaba; siempre dijeron que sus genes habían sido los dominantes conmigo y los de Russell con Francine, así como sucede generalmente. Los mayores se parecen más al padre y el menor a la madre. Me doy cuenta que en esta vida me falta y que Quinn la extraña, sin embargo, lo que más me hiere es que a las dos nos falta en realidad, ambas hemos perdido a una madre, ambas lloramos por la mujer que nos falta.
Se acerca y me abraza, yo lo hago de vuelta y lloro un poco más, sintiendo las emociones de Quinn y las mías, todo es al doble, así como se siente con Rachel, pero de un modo más abrumador, asfixiante.
-Ni siquiera tengo idea de cómo se llama- Mi voz es cortada y me obligo a calmarme.
-¿Por qué no se lo preguntas a Samuel?-.
-No, no, se lo preguntaré a Britt-.
Al separarnos me acaricia el rostro y me seca las lágrimas. Me siento una idiota, pero me sorprendieron las fotografías y la realización de una madre que no está.
Le sonrío para tranquilizarla, le doy un beso en la mejilla y camino al baño para retocarme el maquillaje. Suspiro y me calmo. Rachel me observa en silencio y vuelve a acercarse a mí para abrazarme por detrás y poner sus manos en mi vientre. Pongo las mías sobre las suyas y nos vemos a través del espejo.
-¿Estás bien?- Asiento.
-Lo estoy… sólo que fue… una sorpresa encontrarlo-.
-No sé qué pasaría conmigo si yo encontrara algo así, algo que me dijera quiénes fueron mis padres, qué sentiría- Pone su mentón sobre mi hombro y apuesto a que está de puntillas. Es tan tierna.
-¿No tienes ni una pista?-.
-No-.
La escucho tranquila; no puedo saber qué es lo que siente al no tener una sola idea de quiénes son sus padres, si le duele, si le importa, si lo ha superado.
Bajamos y buscamos a Marie. La encontramos sentada en la sala leyendo, mas que su ama de llaves, creo que es su amante. Está entretenida en su lectura, apuesto a que es una historia de amor, una de esas que a las mujeres soñadoras les encanta leer. Suspira, levanta las cejas y se lleva una mano al pecho.
Me aclaro la garganta y se asusta.
-Perdón- Digo con sinceridad.
-No te preocupes chérie-.
-Marie, quiero saber… puedo… ¿hacer una llamada a América?- Me siento tímida, como una niña que pide un dulce o una taza de chocolate en una casa ajena.
-Pero por supuesto, no lo pidas en lo futuro, puedes llamar a donde quieras, Australia si gustas o Japón- Bromea.
-Bien, por el momento me conformo con llamar a mi prima- Ríe, me señala el teléfono y sigue con su lectura.
Cuatro timbres y como es de esperar, es Martin quien contesta. Pregunto por Britt y veo el reloj en mi muñeca; aquí es la una de la tarde, allá son las ocho de la noche, hora perfecta para encontrarla despierta.
Pero no está despierta ni dormida, ha ido al Cotton Club. Sonrío, sonrío como se le sonríe a un niño que ha hecho una travesura graciosa. Nuestra adorada Britt sigue visitando a Santana.
Estoy a punto de colgar cuando me acuerdo de preguntar por la tía Julie, quien no ha venido con nosotros por su embarazo. Martin me avisa que está bien y que han pensado en volver a la ciudad ahora que sólo están ella y Britt en casa.
No me parece mala idea, si están en Nueva York es más fácil conseguirle un médico a tía Julie si llegara a sentirse mal.
Cuelgo y cuando vamos a la salida se abren las puertas del despacho y salen los tres hombres, junto con ellos, el olor a cigarro y a brandy.
-¿Y ustedes a dónde creen que van?-. Pregunta Samuel visiblemente contento. Menudos planes tienen seguramente que los tres sonríen.
-Queríamos dar un paseo, conocer un poco-.
-Están lejos del centro- Comenta René –Y aún llueve-.
-Oh pero no queremos ir al centro- Urge Rachel.
-Solo los alrededores- Digo yo.
-Pero…- Comienza a decir Finn.
-Es ese caso- Interrumpe Favre –Hay un parque precioso a tres cuadras, con un estanque y árboles frondosos; vayan, pero no tarden- Voltea a ver a Rach quien tiene una sonrisa amplísima, contenta de que podamos salir antes de que Hudson diga cualquier cosa.
Huimos de ahí como un par de chiquillas que acaban de obtener el permiso para ir a una fiesta. Bajamos las escaleras con destreza y vamos camino a la salida abriendo ya nuestro paraguas cuando recuerdo que no he llamado a Emma y Camille y que si he de hacer planes con ellas será mejor ya, antes que alguien me gane en ello.
Entramos de nuevo a la casa y saco el número de mi bolso, marco y contesta… ¿Camille? ¿O será Emma?
-¿Camille?-.
-Oui-.
-Hola, soy Quinn-.
-Quinn, que gusto- Me gusta mucho su voz.
-¿Tienen planes para esta noche? Me refiero a que… bueno, Rachel estará en una cena con ¿Cómo se llama?- volteo a ver a Rachel.
-Toudic- Susurra.
-Si, un tal Toudic y bueno, sutilmente Samuel y Hudson han dicho que no estoy invitada, así que pensé que… podría… pasarlo con ustedes ¿Tal vez?-.
-Desafortunadamente Emma estará ocupada…-.
-Oh, bueno, no hay problema, podemos dejarlo para otro día…- Camille ríe.
-Pero yo no… así que puedes venir a casa y luego salimos a algún bar o cenar-.
-Suena bien, perdón si te interrumpí-. Ríe de nuevo.
-No te preocupes ¿A qué hora te espero?-.
-¿Siete te parece bien?-.
-Suena perfecto-.
Cuelgo y volvemos a la calle, la lluvia se ha convertido en llovizna pero aún así abrimos los paraguas y giramos a la izquierda, esperando encontrar el parque que René nos ha dicho que hay en las cercanías.
Pasamos por casas típicas parisinas, por establecimientos de comida y una frutería. Pregunto a alguien sin éxito por si habla inglés y luego, por pura casualidad, damos con el parque. Es verdad que tiene árboles frondosos, de siglos de edad, con hojas muy verdes y pasto tupido. En el centro hay un lago y alrededor varias bancas pintadas de color café.
Podríamos sentarnos pero están mojadas, aunque, encontramos un techado que conserva algunas secas y caminamos hacia allá. El olor a lluvia vuelve a reconfortarme como siempre, no hay nada en el mundo que haga que deje de gustarme una sola vez el olor.
-¿Qué crees que seremos en nuestra siguiente vida?- Me desconcierta su pregunta, así nada más, pero es curiosa, Rachel es la persona más curiosa que he conocido jamás. Y, aunque desconcertante, también me gusta mucho que lo haya dicho.
-Bueno… tú serás una maestra de música enseñando en los mejores conservatorios de Nueva York, quizás Londres. Yo por mi parte, primero tendré un trabajo de editora mediocre mientras desatiendo la franquicia de restaurantes que me ha pasado mi padre y luego dejaré la editorial mediocre para volver a la franquicia y hacerme cargo de mi negocio-.
Suelta una carcajada y da una mordida a su panecillo con jalea.
-Ok ¿Y qué hay de nosotras?-.
-Ah así que Rachel de verdad quiere y piensa encontrarme en su siguiente vida-.
-Por supuesto, tenemos que, voy a encontrarte y eso no lo dudes por un segundo siquiera-. Me besa la mejilla y adrede me llena de lo que está comiendo. Ríe y me limpia con su servilleta.
La lluvia arrecia pero por fortuna, el techo nos cubre bien, aunque, hace un viento frío que nos hiela y nos obliga a cerrarnos hasta arriba la gabardina.
-Bueno, creo que nos encontraremos, pero las cosas no pueden ser demasiado fáciles, así que cuando te encuentre estarás comprometida con una chica llamada Marley; así que tendré la tarea de enamorarte-.
-¿Y cómo vas a enamorarme?-.
-Esa es una buena pregunta, no lo sé-. No lo sé… no sé cómo enamorar a Rachel… Barbra, más que Marley.
-Siendo tú por supuesto, no forzando las cosas, se tú, con tu encanto natural y entonces yo caeré a tus pies- Le sonrío increíblemente divertida y sorprendida.
-¿Sabes? Tienes razón, eso debería de hacer-.
-Bien ¿Y luego?- Se acomoda en la banca y da otro mordisco. Me encanta su apetito.
-Luego cuando dejes a Marley, te casarás conmigo, te mudarás a mi departamento en la 59 y Park, tras unos años de viajes y disfrutarnos pensaremos en tener hijos, uno, un hijo, tendremos nietos y moriremos viejas-.
-Es un plan muy lindo-. Se pega a mí y pone su cabeza en mi hombro; luego se levanta y me mira, curiosa.
-¿Por qué Marley?- Me encojo de hombros -¿Qué clase de nombre es Marley por dios?-. Me río tan fuerte que la asusto, me ahogo de risa; ella sigue viéndome curiosa, con una sonrisa en el rostro y sin saber por qué río tanto; me calmo por fin.
-Sólo se me ocurrió-.
-A veces eres tan rara-. Vuelve a su panecillo.
Regresamos a la lluvia sobre las hojas, su olor, el sonido de las gotas en el lago y a la mutua compañía en un silencio acogedor que sólo se consigue con quien es tu otra mitad.
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El departamento de Emma y Camille está en el cuarto piso de un edificio que queda junto al río, sobra decir que la vista es preciosa y que las luces amarillas hacen de esto una visión espectacular e hipnotizante.
Emma se ha marchado antes de que yo llegara, así que no he podido saludarla. Camille usa un vestido casual color tinto mientras que el mío es gris. De pronto creí que venía algo informal a pesar de usar vestido, luego al verla me di cuenta que acerté en lo que decidí ponerme. Todavía me cuesta un poco de trabajo atinar a qué usar, pues siempre he sido más de la ropa casual, quizás un vestido de colores oscuros, con una chaqueta y unas botas Saint Laurent. Me gustan también los jeans y las playeras cómodas o los pants.
Pero bueno, recordemos que al menos hasta los años sesenta, las mujeres seguían un patrón de vestimenta, no existe aún tanta diversidad y no me ha quedado de otra mas que acostumbrarme, no, miento, no me acostumbro del todo.
-¿Te ha sido difícil encontrar la dirección?-. Me pone una taza de té sobre la mesita que tienen en la sala, humea bastante, así que apuesto a que está tan caliente que me será imposible darle aunque sea un sorbo chiquito. Lo dejo enfriar.
-En realidad fue el chofer de Rene el que me trajo, así que no me fue difícil- Sonrío.
Doy un vistazo a las paredes llenas de pinturas en distintos estilos pero con un toque único.
-¿Todas son de Emma?- Bebe de su té como si nada. La envidio, yo nunca he podido hacerme la valiente o si no se me escalda la lengua.
-La mayoría sí- Casi todas son mujeres desnudas. Algunas son de hombres, otras son paisajes.
-Y tú estás en muchas-.
-Le gusta la pintura y a mí me gusta posar, somos la una para la otra-. Tiene en un plato de esas galletas que son comunes de Francia, unas pastitas riquísimas de colores suaves, rosas, azules, verdes.
-¿Cómo se conocieron?-. Me animo a probar el té. Me quemo.
-Bueno, el padre de Emma y mi padre son amigos, me hablaba de él pero nunca lo había conocido; hace dos años fuimos a Berlín a pasar una semana con él, y ahí nos conocimos-.
-¿Y hace cuánto que viven juntas?- Tomo una pastita y le doy pequeñas mordidas.
-Seis meses-.
-Es poco-.
-Sí, pero sabemos que aunque mucha gente cree que iniciamos todo demasiado rápido, yo creo que cuando llega la persona correcta, nada es 'demasiado' rápido-.
-Te entiendo- Recuerdo cómo sucedieron las cosas entre Rachel y yo, rápido también; supongo que cuando dos personas se conocen de tantas vidas, ya no hace falta el tiempo de reconocimiento porque eso ha sucedido desde el momento en el que cruzaron miradas.
Acabamos el té y dejamos un par de bocadillos en el plato, nos ponemos nuestros abrigos ligeros para salir a la noche fresca y caminamos varios minutos a la orilla del río.
-Siempre que paso por aquí no puedo evitar pensar en un Jean Valjean siendo perseguido por Javert y en un Javert ahogándose-. Siento a Camille tomarse de mi brazo.
-No soy fan de Los Miserables-.
-Y menos como musical-. La oigo reírse.
-No hay un musical de Los Miserables-. Segunda cagada en el día.
-Me refiero a que sería pésima como musical- Ojalá eso lo arregle.
-Esperemos que a nadie se le ocurra-. Bueno, en cincuenta años a alguien se le ocurrirá, y aquí en Francia precisamente.
Llegamos a un restaurant pequeñito, cálido y acogedor que huele a pan de ajo y pasta. Comida italiana.
-Creí que estarías harta de la comida típica-.
-Y me trajiste por pasta-.
-Exacto- El mesero se acerca a ella y le acomoda la silla.
-¿Cuál es la comida típica en Berlín?-. Las dos horas que llevamos juntas se han pasado ligeras y cómodas, como que fuéramos amigas de hace tiempo, no me siento con la necesidad de pretender y me fluyen las palabras seguras y elocuentes. No como hace unas horas cuando me tenía tartamudeando en el teléfono.
-En Alemania se come el Schnitzel y se le exprime un jugo de una fruta que no recuerdo, parecida a la lima, pero dulce, acompañado con papas, les encantan las papas, las salchichas también…- Se acomoda la servilleta en las piernas y le pide al mesero una botella de un vino que no distingo porque ha dicho el nombre demasiado rápido.
-¿Cuál es la comida típica allá?-. Sonrío.
-No hay; hot dog, hamburguesas… corn dog…- Me encojo de hombros –No hay-. Abre la carta y la imito, creo que podría pedir Spaguetti, aunque una ensalada con camarones y un aderezo al vino blanco no estaría mal.
Pasamos un par de minutos decidiendo qué pediremos, el vino ya está servido y me sabe riquísimo. Camille cierra su carta y me mira, pone los codos sobre la mesa y la barbilla sobre sus manos.
-¿Cómo te diste cuenta que estabas enamorada de Rachel?-. Levanto una ceja.
-Pff…- Porque no podía dejar de ver su foto, pienso.
Me rasco la nuca y me recargo en la silla, pensando cómo contestar a esa pregunta. Lo medito unos segundos más y luego imito la posición en la que está Camille.
-La vi por primera vez una tarde en la que visité a mi abuelo; me pareció hermosa, fue… como un golpe en el estómago que me hubiera sacado el aire por completo. Mi alma me decía que debía ir hacia ella, que en ella habita la parte que me hace falta. Un rompecabezas de dos piezas y ahí estaba Rach, con la pieza que encaja con la mía. La amo porque no imagino mi vida con nadie más, simplemente sé que es con quien debo pasar el resto de mis días, que si no lo hiciera, vagaría por el mundo siendo un ser irremediablemente oscuro y solo, porque, aunque bien pudiera estar con más personas, en cuanto a corazón se refiere, no hay persona más perfecta para mí que ella- Doy otro sorbo a mi vino.
Ella me mira embelesada, sin decir una sola palabra. Espera que continúe.
-No puedo explicártelo bien, pero creo que cuando el cosmos, o lo que sea que nos rige nos hizo, pretendió que cada uno tuviera una compañía, como si nos hubiera pintado del mismo color y nadie más tiene ese color, solo tú y esa persona. Luego nos puso en el mundo y dijo: encuéntrense, ustedes se pertenecen; y creo que puedes ser feliz con… por ejemplo si yo fuera negro, puedo ser feliz con un rojo, o rosa, quizás hasta con un naranja, pero… no hay nada como estar con esa parte que me corresponde por ley cósmica-.
Sigue sin decir nada, pero luego suspira y se acomoda en su silla.
-Suena absurdo lo sé, a veces mis analogías son demasiado estúpidas- Pone su mano en la mía.
-Tu analogía ha sido hermosa- Se enciende un cigarro –Creo que Emma y yo somos azules-.
-Sí, me parece que sí lo son-.
La velada pasa entretenida, llena de anécdotas de ella y Emma, de sus peleas, de cómo han resuelto los malos momentos; se sorprende cuando le digo que no he tenido tiempo de pelear con Rach y luego comprende que es porque no tenemos mucho tiempo juntas.
Se acaba la botella y la ensalada y su pasta, se vacía el lugar y caminamos de vuelta a su departamento caminando también por la orilla del río y contándonos secretos que guardaré como guardo recuerdos en mi baúl; secretos que ella también guardará.
Me siento tan cómoda en su compañía y siento tan sincera su amistad que estoy a dos segundos de contarle la verdad… mas no lo hago. No le digo que vengo del futuro.
En la puerta de entrada al edificio nos despedimos, me besa de nuevo en los labios y sube sonriente las escaleras.
El chofer me espera a la hora acordada: Media noche.
-¿Linda velada?-. Es un hombre alto y narizón cuya manzana de Adán se le mueve demasiado en el cogote. Me dan ganas de llamar también a Julien. Lo extraño, mañana temprano lo haré, veré si está en la casa de campo o en Nueva York. Aunque seguramente está con su novio.
-Maravillosa- No sé su nombre -¿Cómo te llamas?-.
-Adrian-.
-Bien Adrian, de vuelta a casa por favor que muero por echarme en la cama y dormir dos o tres días-. Se ríe, nada como la risa de mi amigo, pero es contagiosa y me río junto con él.
-A la orden señorita-.
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No sé qué hora es cuando siento el cuerpo de Rachel pegarse al mío y abrazarme, me besa la espalda y se prende de mí con su pierna. Huele a cigarrillo y a alcohol.
-¿Te fue bien?-.
-Excelente- Contesta con voz cansada, suspira y se acurruca.
-¿Me contarás mañana?-.
-Cada detalle- Está a un minuto de perder el conocimiento.
-Bien, descansa amor, buenas noches-.
-Te amo- Dice y vuelve a besarme la espalda.
Es esta calma, felicidad y sosiego, la comodidad, lo que me hace rectificar que Rachel me pertenece por ley cósmica.
