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Ramé
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Capítulo 29
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Aclaración: Este capítulo tiene marcado a un costado las fechas de cada momento. Algunas estarán en negritas, ya que al finalizar la lectura hay un sumario donde se aclara a que capitulo pertenece cada fecha.
Este episodio será una recopilación de eventos previos puestos desde la perspectiva de otro personaje que vio los acontecimientos que han ocurrido a lo largo de Ramé.
Advertencia: Como sabrán, en este capítulo se tocara el tema del aborto, si son sensibles tengan cuidado al leerlo.
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28 de Abril de 1865
Sougo:
Hola, perdón que escriba con este tipo de letra pero estoy bastante resfriada.
Mi fiebre no ha bajado y el medico asegura que me pondré bien dentro de poco, solo es cuestión de tiempo.
No nos hemos visto mucho últimamente, desearía tenerte a mi lado aunque sea un poco.
Mi cabeza duele y mis parpados pesan, esta carta será la más rápida que escriba. No debería de estar levantada, pero el sueño que tuve hace unos momentos me dejo con la intriga de saber que pasaría y el miedo de dejarlo caer en el olvido.
Fue extraño. Se trataba de una mujer, una pirata de altamar que surcaba los mares entre olas y destructivas tormentas. Era una rufiana que buscaba apoderarse de la riqueza que el príncipe, de su ciudad natal, tenía.
En medio de una despiadada guerra entre marineros y lacayos, la sangre comenzó a brotar. Ambos se hirieron de gravedad. Con el cuerpo en un profundo letargo, pero su conciencia despierta, ambos se vieron en un profundo dilema.
Varados en un barco, a kilómetros de tierra, con cadáveres desperdigados por doquier y sin rastros de una brújula que apuntara el norte, no les quedo nada más que verse mutuamente mientras morían de hambre y sed. Sus heridas no cicatrizaban y su sangre se coagulaba. Expuestos al sol y a la muerte, comenzaron a crear un estrecho lazo entre ellos.
Ninguno quería morir solo. La compañía del otro, las palabras y comentarios mordaces eran todo lo que requerían para una muerte complaciente.
Ellos mismos se habían hecho daño, pero eran ellos mismos quienes necesitaban del otro para despedirse de ese espacio terrenal. Esperando a que las puertas del olimpo se abrieran para ellos, con el sonar de los clarines y el cantar de las musas, ambos perecieron en un amargo silencio.
¿Lo extraño? Ninguno fue capaz de confesar su amor con palabras. Sus ojos, ventanas de su alma, dijeron todo lo necesario por ellos.
Cuando desperté me cuestione muy seriamente, ¿Acaso el amor puede destruir tanto? Pensé que era algo mutuo, donde se daba el todo por nada, donde entregabas tus sentimientos a ese ser tan preciado y no tenías la intención de aguardar una respuesta afirmativa del otro.
Sé que los cuentos tienen mucha ficción pero, me pregunto, ¿Seriamos capaz de herirnos?
Espero que no, quisiera creer que no.
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09 de Enero de 1867
Hace meses se había hablado de una boda pactada entre los Hongou y los Tokugawa. La decisión fue abrupta y, para impedir mayores problemas, el joven matrimonio se conocería esa misma tarde, en plena boda.
Era una costumbre hacerlo, ayudaba a los padres a no tener que lidiar con las fugas de sus hijos. Cuando se conociesen seria sobre el altar, demasiado tarde para poder escapar, para decir que estaban disconformes con su pareja electa.
Soyo no lo creía, nunca tomo la importancia que debía a las palabras de su padre. Jamás pensó que Sougo la dejaría llegar al altar acompañada de otro hombro. ¿Dolor? No, no lo sentía. Su corazón estaba conforme con arruinarle la vida a la mujer a su lado. Con la idea de que su amado la miraba solo a ella le bastaba. Soyo sabía que debía ser paciente, que debía seguir esperando, el mal no ganaba, jamás y la luz al final del túnel terminaría por deslumbrarla.
― Acepto― dijo finalmente mientras los aplausos se daban en esa insulsa ceremonia.
Tal vez no compartía el altar con su enamorado, tal vez no lo había intentado verdaderamente, ¿Acaso tenía que buscar otras medidas? ¿Medidas más drásticas?
Sacando el velo de su rostro, los ojos color café por fin vislumbraron a quien sería su pareja de vida, su otra barrera para alcanzar la felicidad.
Los ojos de Hisashi se abrieron de par en par al verla, la reconoció al instante y al igual que durante su infancia se apeno por verla. Ella lo miro sin comprender, ¿A qué se debía tanto asombro?
Un beso basto para que la sacara de sus cavilaciones. Se lo imagino a él, a su amado. No lo pensó y respondió el beso.
´´Si tan solo fuese él´´
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23 de Septiembre de 1867
Con más de ocho meses de casados, Soyo había desarrollado su capacidad de imaginar sus hermosas fantasías. Cuando lo deseaba, y usando la apariencia similar de ambos, hacia aparecer el rostro de Sougo en lugar del tierno Hisashi. Se imaginaba besos de él, abrazos, palabras de amor, susurros y muestras más íntimas de amor.
Era una verdadera pena, Hisashi realmente la amaba. Había quedado deslumbrado, enamorado por su inocencia y sencillez. Su mirada denotaba el afecto desmesurado que le tenía, la miraba como si fuese una joya preciosa, un tesoro de incalculable valor. Tristemente ella solo creaba fantasías de un amor imposible.
Soyo solo veía pasar los días tan ansiosamente como si fuera una niña esperando por su cumple años. Desde que ese fatídico día llego no pensó en nada más que la celebración de su primer año para reencontrarse con Sougo.
Había aguardado meses, un año –más precisamente- para poder reencontrarse con él. ¿Y por qué no ir en su búsqueda antes? Verdaderamente quería que escarmiente un poco. Esperaba que la ausencia de su persona, los dichos de su boda y la añoranza por volver a encontrarse a solas lo hagan recapacitar. Un año de abstinencia… esperaba que Sougo le rogara por escapar.
― Es hora de irnos― aviso su esposo en la entrada de su habitación.
Con una sonrisa deslumbrante se dejó guiar por el gran caballero que era su compañero. Hisashi era un buen prospecto de esposo. Un hombre tranquilo y compañero, que daba sus tiempos si lo necesitaban, modesto y servicial, un joven que no temía decir cuánto amaba a su esposa, de expresarse, de hacer la vida más placentera para su amada. Pero… para Soyo no era más que un estorbo al que debía soportar.
El amor no se compraba con detalles, Soyo no se sentía obligada a aceptar esos sentimientos como verdaderos. ¿Los usaría? Desde luego, pero no se enamoraría por ver al chico entregar su corazón a su persona.
Llegando a destino, ambos se anunciaron en la entrada consiguiendo el permiso de pasar.
Entre saludor y palabras de buena fe de algunos viejos adinerados, el matrimonio Hongou consiguió sortear todos esos obstáculos hasta llegar con los agasajados.
El impacto entre su mirada y esos hermosos ojos rojizos, le hizo sacar una sonrisa y un leve sonrojo. Su amado Sougo seguía queriéndola como en el pasado, la pena y el arrepentimiento se cruzaban por sus cristalinos ojos.
La mirada de ella, segura de lo que pasaba entre esos antiguos amante, ensancho su sonrisa victoriosa. No estuvo presente durante un año y aun así genero más de lo que esperaba.
― ¿Le molestaría si le muestro unas estrategias de negociación? Me gustaría escuchar su opinión― Hisashi volvía a interrumpir sus pensamientos mientras intentaba alejar a su amado de ella. Estaba a punto de pedir acompañarlos cuando esa mujer pelirroja hablo nuevamente.
― No hay problema, querido. Tengo mucho con que distraerme― con las palabras de Sougo intentando negar su pedido, esa bruja uso sus palabras para lanzarlo contra sus más grandes miedos. El joven Okita tendría una charla con el esposo de su amada. La sensación de asco era innegable, pero nada más se podía hacer.
Con ambos partiendo del salón, Soyo encontró un momento a solas con esa mujer para soltar sus palabras. El veneno transmitido a través de ellas era más destructivo de lo que uno podía creer.
Después de un simple monologo de cómo estaba el clima, la azabache, soltó la pregunta que tanto ansiaban sus labios. Regodeándose de la segura respuesta que recibiría, la chica se centró más en sus movimientos. Ella era una maestra de las mentiras, esa pelirroja no le ganaría en su campo.
― ¿Cómo va su matrimonio?― fastidio fue lo que encontró en sus pupilas.
― Excelente, Sougo es muy caballeroso y atento. Un buen esposo que se preocupa mucho por el bienestar de su esposa, ¿Y a ustedes?― mentiras, no había nada más falso que eso.
― Magnifico― mintió adrede, sobreactuando en sus gestos. Si la culpa y la pena consiguieron el amor en su amado, quería crear una falsa ilusión en ella― Sougo… debe amarla mucho. Seguramente le dice lo mucho que la ama al despertar, le acaricia la mejilla antes de despedirse…― Relato las acciones que su esposo, Hisashi, le decía. Su amado no era muy expresivo que digamos, pero si manifestaba muy sutilmente sus emociones, no podía usar sus vivencias con él para herir a esa maldita bruja― Una muestra de amor puro… un beso en la frente― rozo su frente con sus dedos. Esperaba demostrar cuan inocente eran sus palabras, que crea que se estaba dejando llevar, que no había malicia en su narrativa. Pero esa mujer era muy perspicaz, había captado todo de la peor manera posible.
Ella no enmudeció, le hablo de las muestras de afecto que él le regalaba. La sinceridad en sus palabras calaron tan hondamente en ella, que por un momento tuvo el impulso de querer matarla. Pero recordó… que aún tenía un As bajo la manga.
― Es una mujer afortunada… Un buen amante del que disfrutar― susurrando lo último, sin temor de que vea a la verdadera Soyo, ella despotrico sus deseos más profundos por su antiguo amante.
La mirada de odio de ella le dio el claro ejemplo de cuanto le dolía. Dejando pasar varios segundos, ella espero a que la dueña de la mansión se marchara. La derrota era muy dura, pero debían admitir que la única vencedora era Hongou Soyo.
― Lo es― Deteniendo la alegría de su interlocutora, esa mujer al frente suyo acaricio su barriga con una sonrisa soberbia― Nuestro bebe es la prueba de aquello―
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01 de Octubre de 1867
Después de envenenarse de odio al escuchar como esa maldita y asquerosa bruja se mofaba de ella por el engendro que llevaba en sus entrañas, decidió que la mejor manera de apaciguar su malestar era con un plan.
Soyo no era muy conocedora del tema pero tenía, gracias a las amistades que frecuentaba, harto conocimiento acerca de algunas plantas. Su temor por embarazarse le llevo a consumir a diario de esas hierbas que le recetaban. Sabía muy bien de sus efectos secundarios y lo complicado que era manejarlas en las comidas.
― El consumo excesivo puede llegar a matarte, mal formaciones en tu descendiente, o incluso perder un bebé― explico una de ellas.
― No funciona de un día para otro, si no quieres quedar embarazada te recomiendo que lo consumas a diario― explico otra mientras le entregaba un catálogo de plantas verdes.
― ¿Consumir a diario?― ese era su única complicación, ¿Cómo conseguiría que tales hierbas vayan a parar a los alimentos de la Okita?
Su plan tenía una enorme falla y no sabía cómo cubrirla. Pero no tuvo que pensar demasiado cuando sus plegarias fueron escuchadas y su solución termino en la entrada de su mansión.
― Mis disculpas somos el matrimonio Ittou, el señor Hongou Hisashi solicito mi visita― sorprendida de ver a uno de los sirvientes de su amado, lo dejo pasar.
Confundida, pidió una explicación a su esposo. No comprendía en absoluto su visita, ¿Que podría querer de un par de sirvientes?
― El joven Okita me dio el permiso de invitarlos― explico tranquilo― Veras… el señor Ittou es un gran novelista, la última vez que fuimos a la mansión quede maravillado con su trabajo― una respuesta poco interesante para ella.
Hisashi era un hombre que se interesaba por el talento, sean pobres, ricos, o simples mercaderes. Si tenían algo para aportar a la sociedad, él gustaba en ayudarlos a expresarse como fuese.
Obviando la bondad de su compañero, Soyo se centró en la jovencita que quedo a su merced en la sala principal. Mientras sus esposos hablaban acerca de ese libro tan dichoso, la señora Hongou esperaba encontrar una marioneta en esa chica.
― ¿Quieres un poco de té?―pregunto servicial con una sonrisa armónica. Trataba de entregar confianza en la chica. Aceptando su solicitud, la azabache pidió dos tazas de té. Uno que calmara los ánimos y la volviera más permisiva, y otro de manzanilla, para la dueña de la mansión ― Dime Kirie, ¿Hace cuánto están casados? Parecen un matrimonio feliz― pregunto mientras servían las infusiones en dos tazas de porcelana.
― Lo somos― sonrió ampliamente mientras se acomodaba en esa suavidad de sillón. No estaba muy acostumbrada a esas sensaciones. El terciopelo y la seda era algo que solo podía imaginar. Sus manos llenas de cayos, nunca espero que sintieran tal suavidad― Hace poco cumplimos dos años― su sonrisa risueña se vio perturbada por su musculo facial tenso, algo estaba ocultando.
Soyo indicó que bebiera de su té, sospechaba que detrás de ese pequeño espasmo se escondía la solución de sus problemas.
Teniendo una conversación simple acerca de los libros que leía y demás simplezas, la antigua Tokugawa se sintió amenazada por el tiempo. Preocupada porque salgan de la oficina trato de volver a indagar en su vida.
― Anteriormente dijiste que se casaron hace dos años― espero a que con tranquilidad asintiera mientras daba el ultimo sorbo a su bebida ― Me preguntaba… ¿Tienen hijos?― ese era el dilema de toda mujer en esa época, presentía que ahí se escondía su fortuna.
Como espero, el acongojo azoto su rostro cristalizando sus orbes.
― No―suspiro dejando su taza de té sobre la mesa― Fue una imprudencia mía―acepto con pesar― Tuve que haber tenido más cuidado― sus frases sueltas intrigaban cada vez más a la mujer frente a ella.
― ¿Perdiste un hijo?― no pudo actuar, estaba ansiosa por encontrar a una persona tan trágicamente inestable para su plan que…
― Si―sollozo― Tropecé y golpee de lleno con mi vientre― cubrió sus ojos antes de comenzar a soltar torrentes de lágrimas ― Nunca más poder tener un hijo, yo…― su voz se quebró acongojada.
Acercándose a ella, intentando manipularla, puso su semblante entristecido para crear una comprensión inexistente.
― Calma, no fue tu culpa― sobo su espalda― Lamento escuchar esta historia. Toma un poco de agua, te sentirás mejor― entrego el vaso mientras le daba su espacio.
― Gracias― limpio sus lágrimas y regreso en si lentamente.
― Tenía pensado pedir tu ayuda… pero creo que no es bueno― se lamentó con fingido pesar, atrayendo la mirada curiosa y agradecida de ella.
Después de mostrase tan servicial con una persona de esa clase, estaba más que seguro que esa chica aceptaría ayudarla de cualquier forma.
― No se preocupe―trato de acomodar sus pobres ropas y limpiar su rostro con el puño de su manga― Si esta en mis manos, lo hare―
Eso fue lo único que necesito decirle para conseguir una disimulada sonrisa de felicidad.
Camuflando sus intenciones perversas con ayudar sinceramente a la esposa de su amigo de la infancia, Soyo entrego una pequeña bolsa de hierbas para la comida.
― Esto ayudara a que el futuro heredero de mi viejo amigo nazca fuerte― entrego la bolsa de papel― Tristemente no me llevo muy bien con su esposa, ella cree que éramos amantes― rio apenada― Pero solo tenemos un profundo afecto de amistad― sus mentiras se sentían vomitivas en su paladar.
― ¿Y ella podrá tener a su bebé gracias a esto?― miro desconfiada la variedad de plantas en su interior.
― Claro, esa chica es bastante débil, necesita comer sano. Esa enemistad que ella se creó en su cabeza impide que la ayude―tomo sus manos en un intento de imploración― No le digas nada de esas hierbas, ni de mí, solo dáselas, es por su bien―
Una mirada más a las plantas y la duda comenzó a esfumarse de sus ojos. Kirie tomo nuevamente las manos de Soyo y acepto esa importante misión. Los Okita habían sido muy buenos con ella y los apoyaría a como dé lugar.
Para la señora Hongou esto representaba un gran avance, después de todo ese niño no debía vivir.
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19 de Noviembre de 1867
Impaciente por ver su hermosa obra expuesta Soyo ocupo una tarde para ir de visita a la mansión Okita. Sabia por boca de su marido, que el joven Sougo no estaría, por un tiempo, en su hogar, eso bastaba para hacer un movimiento más antes de su llegada.
Su plan no solo consistía en las consecuencias del consumo de esas plantas, sino que esperaba dejarla en ridículo, exponerla en su incapacidad por concebir hijos, demostrar lo carente que era para obtener una familia. La humillación, la sociedad señalándola con el dedo, todo era parte de un plan para alejarla de su amado.
Pero… ¿Qué pasaría si esa jovencita Kirie hablaba? Absolutamente nada. En el peor de los casos, si ella se llegara a dar cuenta de su movimiento lo único que haría era echarse la culpa. La fina capa de cordura que esa joven tenía era más que suficiente para terminar cayendo en la locura, se echaría la culpa completamente. Soyo no sería acusada de, prácticamente, nada.
¿El señor Ittou? Ese hombre no podía moverse, él trataría de ayudar a su esposa dejándolo como cómplice sin serlo, desacreditando toda palabra que salga de sus labios.
Pensando en lo impecable que quedaría la escena de ese crimen, se acercó a la aldaba esperando ser bien recibida por su presa. Se esperaba, con el tiempo pasando, que una demacrada Kagura la recibiría en la entrada, pero no fue así, en su lugar se encontró con una dichosa mujer que se había encontrado con una pésima visita.
¿Su plan estaba fallando?
― ¿Segura que funcionara?― pregunto Soyo a una de sus amigas― No estoy muy interesada con tener hijos a esta edad― rio apenada contagiando a su público.
― No te preocupes, son plantas muy confiables―aseguro la más instruida en el tema― Aunque, si estás muy insegura puedes beber de esto―entrego un pequeño tuvo transparente. En su interior, un líquido traslucido de color verde se encontraba llenándolo― Esta sería la última salvación― volvió a reírse.
Tomándolo con cuidado, lo analizo con interés.
― ¿Qué es?―
― Las hierbas del catálogo concentradas en este elixir―explico tranquila― Después de hervirlas y extraer el agua excedente conseguimos una solución a nuestros males― maravillada por las palabras de esa mujer roto el frasco de cristal con cuidado.
― Pero debes tener cuidado―asevero su otra amiga― Con dos gotas serán más que suficientes―aclaro seria― Si rocías demasiado en la comida podría traer consecuencias adversas―
― ¿A qué te refieres?― cuestiono interesada.
― Aborto espontaneo, deformación del embrión, imposibilidad para fecundar o incluso…―dejo una espera para que comprendiera lo serio que era el asunto― La muerte―
― El consumo de este líquido podría traer la interrupción de esa fecundación, un leve sangrado y un total desconocimiento del aborto― explico la otra susurrando como si fuese un total riesgo― La madre seguiría su vida tranquilamente sin saber que en su interior todo está muerto― soltando un poco del humo de su pipa prosiguió― Una muerte silenciosa y un aborto a medias dejaría a la mujer en un total desconcierto― prácticamente le estaban diciendo que ese engendro se pudriría en su interior con ella, que su cuerpo no reaccionaria a la muerte de su primogénito y desfallecería junto a él.
Con el permiso de Kagura, ella se sentó en el mullido sillón mientras presionaba el frasquito entre sus dedos. Esperaba el momento idóneo para moverse. Aun no sabía si seguía gestando o si sus hierbas ya habían hecho efecto.
Con Mitsuba despejando la zona, ella pudo explayarse en su actuación de niña buena. Titubeando de tanto en tanto. Las palabras filosas de Kagura hacían tanto daño como las dagas que le soltaba a esa maldita bruja.
Después de puras habladurías, de palabras inocentes y falsas, Soyo hizo esa ansiada pregunta.
― ¿Cómo supo que…?―quería expresar su bondad en su voz, aun si no sentía mas que el vacío después de ser alejada de su amado.
Su interlocutora capto rápido su pregunta, y sin pelos en la lengua respondió mordaz.
― ¿Cómo supe que me era infiel? Las palabras viajan, señorita Soyo. Antes de casarme supe de su existencia― esa verdad, esa maldita verdad era lo que más la cabreaba. A pesar de estar al tanto del amor mutuo que se tenían la bruja de esta historia armo un plan para separarlos.
Aunque lo que verdaderamente la impacto fueron sus palabras al preguntar porque continuo con su boda. Escuchar por boca de esa mujer que esperaba la sinceridad desde el principio la hizo temblar de impotencia.
Algo dentro de ella le gritaba que regresara a la realidad. Kagura, al frente suyo, le estaba explicando que si hubiesen sido directos ella los hubiera dejado amarse… ¿Acaso Sougo nunca lo pensó de ese modo? Si bien lo había pensado en una primera instancia, había guardado esos pensamientos en lo más hondo de su ser. Sougo era quien debía anular el matrimonio, moverse por su futuro juntos, negarse a compartir una vida con esa villana.
Pero él no lo hizo, él prácticamente no estaba haciendo nada por ella. Ese choque con la realidad la cegó, quería destruirlo todo, a él, a ella, al fruto de ese matrimonio.
― Espero que el futuro descendiente de los Okita salga idéntico a Sougo. En la foto de la pared, Sougo se ve adorable― sus ojos mostraron su verdadera cara.
Kagura se giró a ver la pared señalada, mientras a sus espaldas Soyo sonreía tan espeluznantemente mientras dejaba caer gotas y gotas a ese té.
Matarla, quería que desapareciera de la faz de la tierra. La odiaba con todo su ser.
Para su mala suerte no llego a disolver las gotas en el té. Eran difíciles de disolver, pero esperaba que surtieran efecto, aunque sea mínimo.
― No hay fotos de Sougo cuando era pequeño― musito al volver a verla. Los efectos tardaban horas en hacer el efecto deseado, pero con solo observar como bebía un trago de ese néctar, era más que suficiente― Y con respecto a nuestro bebé, dudo mucho que salga idéntico a su padre, yo también participe en la creación―
Con la aparición de Mitsuba y ese dichoso álbum, Kagura termino cayendo al suelo impactando contra la alfombra. Estaba más que claro que no fue su elixir el que surtió efecto, pero sabía de sobra que era lo que estaba ocurriendo en ese preciso momento.
― ¡Kagura!― el grito de Mitsuba no la inmuto en lo más mínimo.
No oyó ni dijo nada, la vista deslumbrante que tenía a sus pies, ese espectáculo era lo que más la encandilaba.
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26 de Noviembre de 1867
― ¡Fuiste tú!―el grito lleno de ira de ese hombre fue directo a esa mujer― ¿Qué le dijiste para que cometiera semejante atrocidad?― Ittou estaba más que furioso.
Su esposa había confesado darle hierbas de distintas especies a su señora durante las comidas. Soyo no solo había abusado de su vulnerabilidad, sino de su desconocimiento en ese tema. Aprovechándose de su falta de conocimientos la embauco con palabras dulces. Kirie prácticamente era la principal culpable en la muerte del heredero Okita.
Después de encontrar esas plantas y conocer su procedencia, sabiendo de la relación clandestina del joven Okita con esa mujer, no necesito mucho más para atar cabos.
― Muy inteligente, no me sorprende que tus obras se vendieran tan rápidamente― sonrió conforme ―No sé porque sigues siendo un simple sirviente después de tu debut― iracundo golpeo la mesa que lo separaba de Soyo.
― Le debo mucho a los señores Okita, gracias a ellos estoy donde estoy―respondió sintiéndose impotente― ¿Utilizaste la muerte de nuestro hijo para armar todo esto?― con la garganta quemándole, la mujer al frente suyo sonrió sin tapujos― ¡Contesta!― volvió a golpear sin importarle que lo echaran.
― ¿Y que pasaría si te digo que sí? ¿Me acusaras? ¿Serias capaz de dejar expuesta a tu marchita esposa a ser enjuiciada y encarcelada por su crimen?― se levantó de su asiento mientras lo miraba con soberbia― No lo harás, no lo creo. Serias capaz de encubrirla, impedirías que ella misma se culpe. La arrastrarías lejos de la mansión Okita para evitar que la consumiera la culpa―
Ittou se mordió la lengua. ¿Lo haría? Claro que sí. Era la segunda vez que ella se hacía daño y todo por no cuidarla como correspondía ¿Qué tipo de esposo era?
Pero… ¿Y la señora Okita?
Fue la decisión más difícil de su vida, pero no podía entregar a su amada.
Aunque dejo en el aire una promesa importante, aun si pasaran diez años volvería para tomar la responsabilidad de ella. Pero de momento tenía que ayudar a Kirie a sobrellevar esa culpa.
Por esta vez la victoria era para Hongou Soyo.
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09 de Marzo de 1868
Dejando que los meses pasen, esperando otra oportunidad para moverse e impulsar la destrucción de ese matrimonio, Soyo camino tranquilamente por el parque central.
Esa tarde Hisashi estaría demasiado ocupado, una alegría para ella, cada día se le hacía más complicado imaginar a su amado Sougo. El tiempo que pasaba entre uno y otro encuentro era demasiado, habían días en donde no podía recordar su rostro aun si lo quisiera.
― Mira, es Hongou Soyo―murmuro una― Me pregunto si realmente estará embarazada― sin mirar hacia esas dos mujeres que cuchicheaban en la plaza, ella sonrió con satisfacción.
Soltar comentarios falsos de las cosas que mas carecía y anhelaba Kagura y que, ´´supuestamente´´, ella poseían la ayudaba a imaginarla en su estado mas deplorable.
Un embarazo inexistente, pero lo suficientemente real como para herirla.
― Hongou Soyo― la voz suave pero severa de la hermana de Mitsuba llegaron a sus oidos.
Girándose sobre su propio eje, la saludó cordialmente desplegando su educación refinada.
― Muy buenas tardes, señora Hijikata―su mirada seria no la detuvo en sus intentos por caerle bien ― ¿Cómo le va?― nada, esa mujer solo la observaba con rechazo.
― ¿Por qué lo hiciste?― pregunto sin vueltas
― ¿A qué se refiere?― recordaba haber sido descubierta por los ojos sorprendidos de ella. La hermana de su amado la observo con asombro y reproche el día en que Kagura perdió a su bebé.
Enarcando una ceja al escucharla preguntar lo obvio, Mitsuba decidió preguntar algo más.
― ¿Crees que esto hará feliz a Sougo?― seria, como jamás la había visto, prosiguió hablando sin dejarla articular una palabra― ¿Qué te ha hecho Kagura para que le hicieras algo así?― ¿Qué le había hecho? Prácticamente había nacido, con su maldita existencia alejo al hombre que más amaba de su lado― Mataste al hijo de Sougo―la impotencia se colaba en su voz― Creí que te importaba― su desaprobación era inminente.
Con tranquilidad y dándole una mirada pacifica, como si todo lo que hubiese dicho no le importara en lo más mínimo, se acercó a ella apoyando una mano en su hombro.
― ¿No lo amo?―pregunto burlona― Todo lo hago por nosotros― soltándose de un golpe de su mano, Mitsuba se hizo para atrás mirándola severamente.
― ¡No te vuelvas a acerca a ella, a Sougo, a la mansión Okita!― grito molesta.
No era una mujer que se exaltara, pero esa frivolidad con la que involucraba la muerte de su sobrino y a su propio hermano en medio de tal cruenta atrocidad la repugnaba.
― Esta bien, no me acercare a ella, ni a Sougo, y mucho menos a la mansión Okita― acepto tranquilamente sorprendiendo a la señora Hijikata― Después de todo…― volvió a pasar cerca de ella erizándole la piel― en el estado en el que estas… dudo mucho que puedas vivir mucho―
No era un secreto que la salud de Mitsuba era como un frágil hilo tensándose cada vez más con la llegada del invierno. Lo único que había que hacer era esperar que se terminara de cortar. Soyo era muy paciente para ello, esperaría tranquilamente, sería un regalo para esa mujer. La azabache jamás lastimaría a la hermana consentida de su enamorado.
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15 de Enero de 1869
Otro año tuvo que pasar para volverse a encontrar con él.
En plena fiesta de los Isaburo, la castaña lo encontró en medio de la multitud. Con un elegante porte y su perfil tan atractivo, tuvo que recordarse que debía calmar sus ansias de tocarlo.
Llevando un disfraz de príncipe, como siempre se lo imagino, su amado era el atractivo protector de sus sueños. Con esos aires de mundo medieval, peleando contra los dragones y brujas, salvándola de ese infierno de vida… Sougo era el hombre que amaba, anhelaba y rogaba por tenerlo a su lado.
― Me alegra poder verte, Sougo― deslumbrando con su disfraz de hada madrina, la más clara relación con sus fantasías, la joven Hongou se acercó a él recibiéndola una sutil sonrisa de su parte.
― ¿Te encuentras bien?―pregunto a modo de saludo.
¿Cómo alguien querría destruir semejante relación? Eran un par de enamorados furtivos que ansiaban expresar su amor. Soyo no podía concebir la idea de que esa mujer que llevaba el apellido Okita tenga tantas ansias por destruirlos.
― Muy bien―tomo su saludo con total regocijo― Estuvo rondando un rumor hace unos días, espero que no lo hayas creído― las palabras esparcidas, no quería que le hicieran daño a su amado, solo buscaban dejar la diferencia entre ella y esa pelirroja.
― ¿De qué hablas?―
― Se habló de que estaba embarazada― el gesto que Mitsuba hacía con sus manos era casi una obligación hacerlo. Tenía tan infiltrado en su ser los gestos de esa mujer, solo para llamar su atención, que su cuerpo se movía involuntariamente sin pensarlo― Pero solo es un rumor―
― Comprendo―
Siguiendo con su táctica e ignorando la ausencia del castaño en esa conversación, decidió proseguir con su parloteo mientras su actuación de niña buena intentaba deslumbrarlo.
― Desde la última vez que nos vimos, hace unos atrás he estado bastante decaída, ¿Sabes?―suspiro cansada ― No tenerte a mi lado me ha entristecido, espero poder recuperarme, seguro lo hare, pero realmente me gustaría que nos encontrásemos―mostro un papel con la dirección de su hogar― Acá está la dirección ¿Crees que ahora podremos vernos más seguido?― guardándolo en el bolsillo de su camisa, sintiendo la musculatura de su cuerpo debajo de la ropa, Soyo no pudo más que ansiar ser visitada por su amado.
Pero fue cuestión de segundos para volver a chocar con la realidad. El cuerpo de Sougo se tensó casi de inmediato. Mirando a un costado, sorprendido y con la boca abierta, sus ojos no se despegaban de la escena ante su mirada.
― ¿Sougo?― pregunto curiosa mientras buscaba aquello que llamo su atención. ¿Sorpresa? ¿Pánico? ¿Asco? Soyo comenzó a sentir un remolino de emociones dentro de su vientre. La idea de perder nuevamente al hombre que más quería la aterraba. Que sea nuevamente esa repulsiva mujer era totalmente vomitivo. Rápido lo sujeto de su chaleco regando porque cumpla con su pedido― Sougo, tienes que ir a visitarme. Te estaré esperando― era su desespero gritando desgarradoramente antes de verlo partir sin inmutarse en verla nuevamente.
¿Acaso no la amaba?
Con el rostro desencajado, decidió arreglarse nuevamente el cabello mientras un temblor surcaba por sus manos, ¿A qué se debía tanto pánico? Sougo la amaba a ella. Su cuento terminaría feliz, con la bruja siendo derrotada, viviendo felices, ¿No? ¡Claro que sí!
Solo tenía que esperar pacientemente, como siempre, la llegada de su joven enamorado. Estaba muy convencida que la iría a visitar.
― Sougo, te esperare―
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30 de Mayo de 1869
Con la agonía surcando sus ya cansados, la mujer sentada en el sillón con dos tazas humeantes de té, camino en silencio por el pórtico. La noche estaba cayendo, la oscuridad la consumía todo, no había rastro del brillo de la luna o el titilante fulgor de las estrellas.
¿Qué estaba haciendo mal? Si era un amor reciproco, ¿Qué mierda estaba haciendo mal? No podía concebir la ausencia de su amado. A pesar de esperarlo tan pacientemente por casi cuatro meses, su amado estaba ausente, sin dar siquiera muestras de aparecer.
´´ ¿Y si no te ama?´´ su conciencia la torturaba con esa pregunta tan descabellada. Eso no era necesario de responder. Se maldijo a si misma por pensar tan mal de su enamorado, ¿Cómo podría siquiera…?
― ¿Escuchaste los rumores?― en pleno jardín era muy común escuchar el cuchicheo de unos y otros, Soyo solo tenía que esperar sentada a que la información caiga sorpresivamente sobre ella.
― ¿Te refieres a los Imai?―soltó una risilla enamorada― Es muy extraño encontrar a un par de jóvenes enamorados en estas épocas― comento con sinceridad en sus labios, la acompañante de esa chica.
― Bueno no me sorprende― prosiguió una tercera― Después de todo el señor Sasaki le concedió la elección propia a su hija―olfateo una rosa sintiendo el fulgor del amor en su vientre. Como si fuera una hermosa novela ficticia, donde esa inmoralidad del matrimonio entre un sirviente y una mujer de clase se concretaba con sumo éxito― Sera un simple empleado, pero es un hombre demasiado atractivo, Imai debe estar muy contenta―
Sintiéndose aburrida por esa conversación poco importante para ella, se levantó del banco y camino tranquilamente antes de ser detenida por las palabras de una de ellas.
― Eso es verdad―acepto la mujer que dio inicio a la conversación― Pero yo hablaba de los Okita― con solo nombrar ese apellido la detuvo en un instante. Tratando de disimular se acercó a unos tulipanes para observarlos, ¿Qué sucedía con ellos?― Escuche que tuvieron una cita hace algunos días― casi grito de pura emoción.
La elegancia de ambos, el misterio que cada uno inundaba, el matrimonio Okita podía ser de sumo interés para aquellas mujeres sumidas en la literatura romántica.
― ¿Segura? Yo los veo como el típico matrimonio desdichado― ese comentario calmo los nervios de la castaña. Era verdad, ¿Cómo podría significar algo aquello? Si Sougo… la amaba a ella, ¿No?
― Dicen que los vieron caminar por los jardines del centro―señalo el mismo lugar donde estaban― Por el circo y el teatro de sombras―aseguro nuevamente esa mujer― Puede que hayan tenido un mal inicio, pero nada te asegura que sea así por siempre―indico extasiada. La chica más entusiasmada de las tres aún no estaba casada, su compromiso también era por obligación y rogaba a los cielos que ese hombre sea el indicado. De momento solo tenía sus novelas e historias que ella misma se creaba usando parejas londinenses.
La mandíbula de Soyo quedo temblando de pavor. Él no venía porque estaba ocupado, por su trabajo, o al menos eso era lo que había usado de excusa para su infalible fantasía. Saber que estaba paseándose con esa mujer, muy feliz y alegre por tantos lugares públicos… que esa mujer no fuese ella misma, la enervaba de una manera sin igual.
De regreso para su mansión, comenzó a idear un plan para conseguir sus objetivos. Ya no podía seguir esperando más, debía ser más radical, la fuga al lado de su amado era lo único que aparecía insistentemente en su cabeza. Pero… ¿Cómo hacerlo?
― ¡Soyo, que bueno que has vuelto!― después de su visita al jardín el día anterior, su esposo, Hisashi la recibía en la entrada.
Fue ese momento de revelación. ¿Cómo no se había percatado de aquello? lo único que no le daba permiso para moverse con total libertad eran ellos, aquellas dos personas que los mantenían amarrados al suelo.
Hisashi. Si bien siempre pensó en Kagura como principal responsable de su desgracia, nunca le dio la suficiente importancia a su propio marido.
Debía deshacerse de él, ¿Cómo lo haría? Aun no estaba segura, pero no demoraría nada para completar su plan.
Dejando de lado sus recuerdos, Soyo espero paciente la llegada de su esposo. Con el cochero aparcando tranquilamente en un costado de la entrada de su mansión, la azabache descubrió los ojos turquesa de su compañero.
― Hoy me recibes tu―sonrió complacido al ingresar a su hogar
― ¿Cómo no hacerlo?― le devolvió la sonrisa después de recibirlo en la entrada ― La cena ya está servida―rio un poco mientras tomaba su chaqueta― Vamos a sentarnos juntos― con un eufórico asentimiento la acompaño hasta el comedor.
Atenta a sus alimentos, Soyo espero a verlo engullir una porción de ese apetitoso bistec. Con la carne en sus fauces, siendo masticada y saboreada por su esposo, suspiro tranquila. Era cuestión de tiempo ver como su cuerpo terminaba hecho un cadáver sobre la alfombra.
Evitando las sospechas ella también comenzó a degustar los alimentos. Fue una buena idea pedir que tengan todo preparado un rato antes de su llegada. Ordenando quehaceres diversos a todo su personal, Soyo se encontró libre de rociar sus alimentos con veneno.
Si tuviera un poco de sentimientos por él, seguramente sentiría pena. Verdaderamente Hisashi no se lo merecía, pero se había cruzado en su camino opacando sus metas.
― ¿Esta delicioso, querido?― sorbió un poco de su vino esperando la respuesta de su esposo.
― Mucho― se detuvo antes de responder. Últimamente su amada estaba bastante distraída y entristecida, le alegraba que ella pudiera sobrellevar esos problemas. Con una sonrisa feliz se levantó de su asiento tomando la copa de vino entre sus manos― ¿Ocurre algo?― pregunto al verla partir en medio de la cena ― ¿Soyo…?― ignorándolo comenzó a salir de la mansión.
Hace quince minutos que estaban comiendo, ya era hora para que surtiera efecto. Y vaya que lo hiso. No termino de cruzar el umbral de la puerta con acceso al jardín, cuando escucho el quejido de Hisashi y la vajilla estrellarse contra el suelo.
Los gritos llenos de preocupación de sus empleados, la voz alarmante de unos y el intento de socorrerlo de otros, todo era una dulce melodía para sus oídos. Soyo comenzó a tararearle a la luna mientras bebía de su vino con total tranquilidad.
Sería una noche larga, pronto tendría que exponer su semblante acongojado por días enteros. Pero el sabor de una batalla ganada, nadie podía sacárselo de su paladar.
― Muy pronto esta pesadilla acabara―
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03 de Junio de 1869
Estaba triste, demasiado al ver como sus esfuerzos habían sido para absolutamente nada. Su amado Sougo había rechazado su propuesta rotundamente con las palabras ´´Estoy casado´´.
Una vez más la muralla que impedía ver la luz volvía a crecer, advirtiéndole que esa barrera llamada Kagura seguía respirando jocosamente.
Pensó en rogar nuevamente, hacerle entrar en razón. El amor entre ambos era lo único real en aquella vida, Sougo no podía negar a ello. Pero, como si sus plegarias fueran nuevamente escuchadas, encontró un atisbo de hostilidades en la puerta de su oficina. Con el semblante crispado por el dolor y un periódico en sus manos, con la noticia de defunción de Hisashi en la página doblada, Soyo comenzó una estrategia mucho más nociva.
― Tú no la amas― a pesar de que su mirada no iba en su dirección podía ver de soslayo el acongojo en sus brazos tensionados― Yo lo sé, no necesitas aclararlo. Podemos irnos y ser libres juntos, Sougo enviude― aclaro eso ultimo solo para desencadenar una preocupación en esa pelirroja.
― Soyo, yo…― no podía dejar que volviera a rechazarla, Sougo tenía que apoyar su plan de alguna forma, después de todo era por el bien de ambos.
― No necesitas responder ahora mismo, piénsalo y después me das una respuesta, ¿Si?― pesar fue lo que encontró en sus rojizos ojos. Aun si manipulaba sus emociones con esa actuación de inocente cordero, la castaña nunca daría su brazo a torcer. Estaba a punto, a escasos segundos de abrasar las puertas de su final feliz, como para comenzar a dudar en esos momentos.
Caminando al lado de esa villana, ella no pudo evitar una sonrisa retorcida que denotaba su poca cordura, su mofa y felicidad.
― Sougo no te ama― saña y desprecio se colaron en medio de sus palabras venenosas.
Mientras una sonrisa satisfactoria salía de sus labios, la reciente viuda espero nuevamente a las afueras de la mansión Okita. Quería asegurarse que su plan había salido a la perfección. No paso mucho tiempo para que Kagura saliera de la mansión a toda prisa. Tomando un carruaje se alejó velozmente, dejando solo una nube de polvo.
― Que fácil eres de manipular, señorita bruja― se relamió los labios con gusto.
Era un gran placer no tener que volver a ensuciar sus manos con alguien más. No quería tener otra muerte sobre su expediente. La defunción de Hisashi seguía estando en investigación y, para tragedia de ella, todos en la mansión Hongou eran culpables.
Debía mantener la compostura por un tiempo más. Esperaba que su amado le correspondiera, temía que si no fuese así tendría que ir tras de esas hebras rojizas y acabar por una buena vez con la vida de esa insulsa bruja.
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Aclaraciones:
* 23 de Septiembre de 1867: Capítulo 8- (Celebración del primer año del matrimonio entre Kagura y Sougo)
* 19 de Noviembre de 1867: Capítulo 9- (Kagura pierde a su bebé)
* 15 de Enero de 1869: Capítulo 15- (Fiesta de disfraces de los Isaburo)
* 03 de Junio de 1869: Capítulo 26- (Fuga de Kagura)
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Notas del Ficker:
Con esto queda concluido todo el punto de vista del otro personaje esencial.
A partir del próximo capitulo regresamos a donde nos quedamos.
Espero que lo estén disfrutando.
Nos leeremos.
¡Bye!
