Capítulo 29: La caída

El sonido ronco de los golpes en la puerta hizo que el lemuriano abandonara por un instante el montón de papeles sobre su escritorio y fijara la mirada en la entrada a su despacho. Había perdido la cuenta de cuantas horas llevaba ahí, encerrado con su trabajo. Pero, lo que Shion no había conseguido olvidar, eran las inquietudes con las que había comenzado el día y que crecían a cada minuto que transcurría sin noticias sobre Kanon.

Habían pasado varios días difíciles para la Orden y, en especial, para él. Desde el día del nombramiento, había perdido la pista a los gemelos, al punto que ni el mismo Aioros, siempre tan cercano a Saga, podía dar cuenta del santo de Géminis. Sin embargo, Shion podía sentir su cosmos, acechando en el tercer templo, de manera inquietante y tan poco usual en él. Por el contrario, todo rastro de Kanon se había esfumado como el viento.

Sí, sus peores temores se volvían realidad frente a sus ojos y el Patriarca solo podía mirar, sin certeza alguna lo que estaba pasando. Por era razón, incapaz de vivir en la zozobra de la incertidumbre, había mandado a Arles en busca de respuestas. Nadie mejor que él para confiarle una misión tan delicada.

-Adelante. –ordenó. Un segundo después, Arles apareció por la puerta.

-Shion. –le saludó mientras se aproximaba para tomar asiento en la silla frente al Patriarca.

-¿Averiguaste algo?

-Solo rumores… -guardó silencio por un instante, en el que Shion supo que Arles sabía más de lo que decía.

-Habla. Cuéntame que es lo que te atribula. –le pidió el viejo Maestro.

Arles era un hombre duro, pero sensato. Era firme y también era recto. Cuando una labor le era encomendada, solía cumplirla con cabalidad. Así que, si eran los rumores los que le hacían lucir tan acongojado, lo menos que él, como Patriarca, podía hacer, era escucharlos y decidir la relevancia de la información contendida en ellos.

-Primero que nada, debes entender que solamente son rumores; nada de esto me consta, Shion. –quizás era el tono de su voz, o la forma en que Arles le preparaba para noticias ciertamente incómodas, pero al lemuriano no le gustaba lo que oía.

-Te escucho.

-Es Gigas.

-¿Gigas?

-Ya sabes cuanto le place… informarse de todo lo que sucede dentro y fuera del Santuario. Tiene oídos y ojos en todas partes, por lo que pocas cosas se le escapan. No todo lo que le dice es verdad, pero tampoco todo lo que nos cuenta es mentira. –continuó el santo de Altair.

-Me preocupas, viejo amigo. ¿Qué te ha dicho? ¿Sabes algo de Kanon? –ante la pregunta, Arles carraspeó.

-La última vez que han visto a Kanon ha sido con Saga, poco después del nombramiento… cerca de Cabo Sunión. –confesó, sin muchos rodeos.- Sus informes le han dicho que iban discutiendo acaloradamente. Saga, aparentemente, estaba especialmente disgustado. –Arles hizo una pausa que a Shion le pareció eterna.- Incluso… dicen que Saga le ha golpeado. –el rostro del anciano se llenó de pesar y de preocupación en un instante. Kanon siempre había sabido como sacar de quicio a Saga, pero desde que el gemelo mayor fuera nombrado santo de Géminis, nunca antes las peleas había llegado a los golpes. Arles, al verlo tan atribulado, se apresuró a continuar.- Conociendo a Kanon, habrá escupido palabrerías en la cara de su hermano y Saga no estaba en el mejor de sus momentos. Yo me atrevería decir que, si hubo tal enfrentamiento, seguramente terminó en un jaloneo por ambas partes.

Shion dejó escapar el aliento lentamente mientras frotaba sus sienes con los dedos. Las palabras de Arles podían denotar cierta ingenuidad, pero Shion temía que hubiera mucho más detrás de ellas. No le eran desconocidos los constante roces y los ánimos caldeados entre los gemelos, que con el paso del tiempo parecían ir a peor. Kanon, desde que perdiese Géminis ante su hermano, se había propuesto no facilitarle nada. Hasta ese momento, Saga había tenido la fortaleza para mantenerse firme y, sobre todo, había reunido la suficiente paciencia para soportar los incesantes embates del gemelo menor.

Pero eso era entoncesantes de las noticias devastadoras que él mismo había entregado unos días atrás.

El dolor y el desencanto en su mirada esmeralda no le habían pasado desapercibidos. El lemuriano había podido leer su mente, como si de un libro abierto se tratase; y con Saga eso nunca era fácil. Casi había sido capaz de imaginar cada idea que cruzase por la cabeza de su santo de Géminis durante el nombramiento de Aioros. Para que su rostro y sus emociones le hubiera traicionado así, Saga tuvo que haber estado muy desconcertado con lo que sucedía.

Shion sabía que lo había herido, aún si su deseo no era ese. Como Patriarca, era su responsabilidad nombrar a aquel que le pareciese el indicado para liderar la Orden, al mejor. Saga tenía méritos de sobra para haberse hecho con ese honor… pero había algo en él, algo desconocido, que a Shion no terminaba de convencerle. Estaba seguro de que el gemelo pensaba que, al arrebatarle el trono, le había castigado por incidente con la amazona de Caelum; más no era así. No negaba lo mucho que le había disgustado el descaro de mentirle en la cara y la desfachatez para ocultarse tras una mentira, pero su recelo para con el santo peliazul iba mucho más allá de eso.

Saga era perfecto desde donde se le viese, Shion tenía poco que reprocharle. Sin embargo, en los últimos meses algo en él había cambiado. ¿Qué era? No se sentía capaz de definirlo, pero estaba ahí, oculto en el fondo de su corazón y acechando ligeramente a través de las ventanas de sus ojos. Solo le delataba un detalle insignificante, un guiño que para muchos pasaba desapercibido, pero no para él; no para Shion.

"Géminis."

Si, Géminis había cambiado. El casco, aquel que Saga jamás vestía, le había traicionado. Sus rostros, que representaban la dualidad del signo, se había llenado de oscuridad y tristeza. Ya no había paz ni alegría en ella… y las armaduras siempre eran un retrato de sus portadores.

-¿Shion? –la voz de Arles le despertó.

Levantó la mirada hacia él, descubriendo su desconcierto al verle. Y es que, sin darse cuenta, había arrugado los lunares de su frente, como pocas veces le sucedía. Su mirada reflejaba la inquietud en su interior, alimentada por las dudas que sentía, hasta el punto que le resultaba imposible de disimular. Era como si, de pronto, el mundo comenzara a tornarse irreconocible… como si los lamentos de las estrellas que veía en Star Hill estuvieran encontrando razón de ser.

-Sé sincero conmigo. –se dirigió a su mano derecha.- ¿Qué tan real es el peso de los rumores?

-Lo desconozco. –admitió Arles.- No sé en que estamos metidos, Shion.

-Oh, Arles, yo tampoco… yo tampoco sé nada. –su voz sonó pesarosa y débil. Arles sintió que, con sus palabras y la implicación escondida en ellas, le había arrebatado un trozo de su alma al viejo Maestro.

-¿Crees que Saga haya sido capaz de…?

-Nada me gustaría más que responderte que estás equivocado, pero aquel día… desde entonces… -musitó, como si el entonces hubiera sido muy lejano, y no tan solo fuera un par de días atrás. ¡Cuánto miedo tenía de que sus pesadillas se estuvieran tornando en una realidad inevitable!- Tú viste su rostro ese día. Viste su amargura, su rabia… ¡Le arrancamos todo con un par de palabras!

-Hiciste lo que consideraste mejor para nuestra princesa y para nuestra Orden. –terció rápidamente el santo de Altair.- ¿Te arrepientes de tu decisión?

-Ni por un segundo. –Shion meneó la cabeza. Ciertamente no se arrepentía de haber nombrado a Aioros. Si tuviera que hacerlo de nuevo, su decisión sería la misma. Pero era algo más; un daño irreversible del que todavía desconocía su magnitud.

-¿Entonces? ¿Qué es a lo que tanto temes?

-Al destino, Arles. Al destino.

Star Hill nunca le había fallado. En más de doscientos años, las mejores consejeras que había tenido eran las estrellas. Cada vez que se sentía perdido, o abandonado a sus dubitaciones, subía hasta aquel recóndito lugar y se volvía uno con el Universo. Cuando sentía su cálida caricia, su fe se renovaba y su espíritu, por más cansado que pudiera estar, rejuvenecía. Ellas jamás habían dejado de hablarle y él, nunca dejó de escucharlas.

-¿De qué estás hablando? –por un segundo, Shion notó temor en la voz siempre inquebrantable de Arles. Se arrepintió de haber hablado con demasiada premura, pues iba a necesitar de su amigo ahora más que nunca.

-La oscuridad de cierne sobre nosotros, Arles; Star Hill me lo ha dicho. –confesó.

-Y tú piensas que el declive comienza aquí.

-Temo que ésta sea la punta del iceberg y que sea demasiado tarde para cambiar el rumbo. –expiró, pesaroso.

Cuando hubo terminado de hablar, descubrió que Arles le contemplaba con una mezcla de emociones confusas. Y es que, el santo de plata, no podía creerse nada de lo que escuchaba. Shion estaba cansado, eso lo sabía desde hacía mucho, pero no esperaba jamás verlo tan falto de esperanza como en aquel instante.

Se puso de pie casi con un brinco. Él, que era su hombre de confianza y, por encima de eso, también su amigo, no iba a dejarlo caer en la desesperanza.

-Nunca es demasiado tarde para hacer lo que es correcto, o para corregir el rumbo. –declaró. Su convicción era admirable.

-Arles…

-Si te place, permíteme de un poco de tiempo para demostrarte que lo que tenemos ante nuestros ojos no es el principio de una desgracia. Es solo un malentendido que, estoy seguro, habrá de solucionarse toda vez que encontremos a Kanon. –se atrevió a decir. Su convicción y sus motivos eran sinceros. Saga y Kanon habían crecido con ellos, los conocía desde que no eran más que unos niños traviesos. Por eso mismo, sin importar cuanto susurrasen las lenguas venenosas, Arles se sentía en la obligación de confirmar por si mismo lo que había sucedido. Necesitaba respuestas y solo alguien podía dárselas con la veracidad suficiente.- Iré a Géminis y hablaré con Saga. Él debe saber lo que ha acontecido con su hermano, y sino, estoy seguro que podremos buscarle juntos.

Shion no era, ni nunca había sido, un hombre ingenuo. Creía en los milagros, si; porque los había visto con sus propios ojos. Sin embargo, las estrellas jamás le habían mentido antes. Quizás había sido un error suyo, o quizás la desgracia que auguraban se encontraba aún lejana. En el fondo, Shion era tan humano como cualquiera y su corazón albergaba esperanzas de un futuro mejor.

-Ve. –le dijo a Arles. Su confidente aún era fuerte y lo suficientemente sano para ser sus ojos y oídos más allá de las paredes del templo Papal.- Y lo que suceda, házmelo saber.

El santo de Altair asintió y, como dictaba el protocolo, a pesar de no ser necesario, le obsequió una reverencia antes de marcharse.

En silencio, con la mirada fija en él, el lemuriano lo vio marcharse. Al cerrarse la puerta y saberse solo, Shion dejó escapar un suspiro y agachó la cabeza, cerrando los ojos, en busca de un poco de descanso. Rezó como siempre lo hacía. Nunca antes había deseado equivocarse como en aquel momento. Ojala fuera su edad la que le estuviese traicionando y que sus temores terminaran por ser infundados. Pero, una voz dentro de él, un presentimiento oscuro, le susurraba que no había tal error.

-Apiádate, Athena. –musitó antes de forzarse a volver a sus libros, deseando que el trabajo fuera suficiente para mantener su cabeza alejada de vaticinios sombríos.

-X-

El gesto severo de su rostro delataba que las cosas no habían ido tan bien como había esperado. Apenas había tenido tiempo de respirar durante aquella última semana, y una sensación de desasosiego terrible comenzaba a hacerse con él. No podía explicarlo, ni sabía porque se sentía así… Pero simplemente era consciente de que las cosas no iban bien.

Alzó la vista suavemente, buscando el templo papal en la lejanía, mientras subía las escaleras que conducían de Tauro a Géminis, y no pudo dejar de preguntarse si Shion lo sentía de igual manera. Quizá, al fin y al cabo, no era más que cierto miedo a asumir el papel que le había sido asignado. Veía a Shion y contemplaba todo lo que un Maestro debía ser: nada de lo que veía cuando se miraba en el espejo. Había sido el inesperado ganador, al menos así lo sentía; y aunque sabía que debía sentirse terriblemente orgulloso… Nada más lejos de la realidad.

La felicidad de Shura y Aioria con su nombramiento, no se le contagiaba. Más bien al contrario: cada día se sentía peor con aquella decisión. A él le gustaban las cosas sencillas, la tranquilidad… No aquel peso insostenible que había colocado sobre sus hombros. El trono distaba mucho de proveer todo eso. Pero no importaba. Sabía bien, que lo que de veras le inquietaba en aquel momento era el inquilino del templo que se alzaba ante él.

Géminis lucía extraño, como venía haciendo los últimos días, y Aioros no era capaz de vislumbrar cuál era el motivo. Saga no se había dejado ver desde que Shion les comunicara su decisión. La expresión de desencanto en su rostro, le había sorprendido tanto como a los demás. Y aunque prometió que estaría a su lado, Aioros comenzaba a dudarlo. ¿Tanto le había dolido? ¿Tan importante era todo aquello?

Se adentró por el pasillo central, oteando cada resquicio del templo. La brisa ni siquiera llegaba allí, igual que la luz del sol moría metros atrás. Las antorchas estaban apagadas… pero lo más escalofriante de todo era el silencio. Quizá había estado demasiado ocupado con sus nuevas obligaciones, pero Aioros tenía oídos y ojos. Kanon había desaparecido de la faz de la tierra días atrás, y por un instante, había esperado escuchar su voz burlona y desafiante dándole la bienvenida. Se hubiera sentido aliviado, tranquilo de comprobar que los rumores no eran ciertos. No podían ser ciertos.

No sucedió, pero ante sus ojos, se abrió la inmensidad del salón de batallas. Tímidos rayos de sol se colaban por los ventanales del techo. Sin embargo, no había nada en el mundo que brillara tanto como una armadura dorada. Y Géminis estaba ahí, en el centro del salón, durmiendo en su pedestal, bajo la atenta mirada de su portador, que la contemplaba de rodillas, de espaldas a él.

-¿Saga? –murmuró. Estaba seguro, que de no ser por el antinatural silencio, el peliazul no lo habría escuchado. Saga abrió los ojos, pero ningún movimiento delató su gesto.- ¿Saga? –insistió, esta vez un poco más alto, mientras recortaba la distancia que los separaba.

El geminiano tragó saliva. Contempló los nudillos descarnados de sus manos, y apretó los dientes suavemente. Alzó la mirada, y casi titubeante, se apartó un mechón de su flequillo. Respiró aliviado cuando reconoció el tono azulado de su melena, tan diferente del grisáceo con el que el reflejo de su espejo le había dado los buenos días, y solo entonces se atrevió a pronunciar palabra alguna.

-¿Si? –A decir verdad, prefería estar solo. Prefería el silencio… la oscuridad del templo que le permitía esconderse, acurrucado en un rincón como si nada hubiera sucedido. No quería a Aioros allí. No quería a nadie allí.

-¿Qué haces ahí? –Era una pregunta absurda, pero el arquero no tenía la menor idea de cómo romper aquella extraña y tensa atmosfera.

-Meditaba. –mintió. Solamente contemplaba a Géminis, solamente escuchaba sus lamentos mudos y sus sollozos desgarradores mientras la sonrisa diabólica brillaba más y más. Le hacía sentir miserable, pero lo merecía después de todo. Había sido débil, había fallado.

-Oh. –De pronto no supo que más decir, pero Saga se levantó del suelo en aquel momento.- Creí que no te gustaba… -No importaba qué dijera, todo se sentía vacío y frío.

-No lo hace. –El peliazul tomó una gran bocanada de aire, y lo expulsó lentamente de sus pulmones.

Aioros ladeó el rostro sutilmente, sin dejar de verlo, y se revolvió los rizos con cierto nerviosismo. Aquello no le gustaba, no le gustaba nada. Avanzó un par de pasos, hasta que alcanzó a su amigo, y posó la mano en su hombro. Apenas fue un roce, pero el respingo en el mayor le resultó tan evidente, que se retiró inmediatamente.

-¿Estás bien? –murmuró, y por primera vez en días, Saga lo miró de frente.

El castaño enmudeció. Los antaño brillantes ojos verdes, lo miraban completamente vacíos, muertos. No había nada en ellos… ninguna emoción, ningún resplandor dorado. Nada. Oscuras sombras enmarcaban el par de orbes, que resaltaban con la mortecina palidez de su piel. Su tez lucía anormalmente pálida y fina, como si en cualquier momento fuera a resquebrajarse y romperse en mi pedazos, cual papel mojado… igual que sus labios. Incluso, se atrevía a decir, había bajado de peso.

Aioros se estremeció, y no alcanzó más que a preguntarse cuánto tiempo llevaba sin dormir.

-¿Estás…? –insistió titubeante.

-Si. –La fría y escueta respuesta fue previsible, pero no por ello menos dolorosa. Saga nunca había hablado de sus cosas, no hasta que la situación le había resultado insostenible y había terminado por explotar de un modo u otro. Y él no era precisamente un genio sonsacándole nada. Le había visto gritar de frustración, llorar de cansancio… Pero nunca, jamás, de aquella manera.

Mentía, por supuesto que mentía.

Era fácil de averiguar para cualquiera que tuviera un par de ojos, y aún así… dolía. Pensó inmediatamente en Shion, en lo furioso y decepcionado que se había sentido con todo el asunto de la huída de Naia, y por un instante lo comprendió. Reparó en que, de alguna manera, Saga nunca había entregado su completa confianza a nadie, ni siquiera a ellos. Nunca había dejado de sentirse irremediablemente solo, y era ahora que Aioros lo comprendía: cuando, estaba seguro, Saga no diría una sola palabra de lo que le ocurría. Actuaría tan normal como le fuera posible, se mostraría amable, cordial… tal y como se esperaba de él.

-¿Seguro? –se atrevió a preguntar.- ¿Hace cuánto que no duermes?

El peliazul lo miró, ladeando el rostro apenas perceptiblemente.

-Ya lo sabes.

Aioros entreabrió los labios, pero ningún sonido fue capaz de abandonar su garganta, sin importar lo mucho que lo deseara. Por supuesto que lo sabía. Kanon llevaba desaparecido una maldita semana.

Siempre Kanon.

Suspiró bajo la atenta mirada del gemelo mayor. Le dolía pensar en que Kanon se hubiera marchado, le dolía cualquiera de las posibilidades que justificara su inesperada desaparición. Y aún así, Aioros se sentía ligeramente aliviado. El menor era un maestro en el arte de complicar las cosas, había crecido con él, lo había visto… lo sabía de primera mano. Se sentía terrible por tener siquiera aquellos pensamientos, pero Kanon se había ganado el exilio a pulso.

Saga, mientras tanto, no se movió. Escrutó el rostro de su amigo, sin apenas pestañear, sin perderse uno solo de sus gestos. Nunca se había considerado a sí mismo un mentiroso, pero en las últimas fechas se había sorprendido de lo convincentes que parecían resultar sus palabras, incluso cuando sabía que los demás eran conscientes de que mentía. Sus ojos siempre les traicionaban, aunque sus lenguas fueran incapaces de demostrarlo.

Shion supo que le estaba mintiendo, igual que lo sabía ahora Aioros. La decepción era la dueña de sus silencios.

Entrecerró los ojos cuando su inseparable compañera, la jaqueca, le recordó que no estaba solo, e inmediatamente después, sintió su corazón a punto de desbocarse. Tragó saliva una vez más, mientras una fina capa de sudor frío humedeció su piel. La tristeza comenzó a perder terreno ante el creciente miedo que volvía a adueñarse de cada fibra de su ser, y entonces, se estremeció.

Aioros debía irse. Ya. No deseaba perder el control… ¡Demonios! ¡No deseaba verse inmerso en aquella pesadilla! Pero ya no podía hacer nada. Nada. No era más que un muñeco frágil que deseaba gritar por ayuda… y era incapaz de hacerlo.

-Será mejor que te vayas… -susurró.

El arquero lo miró, como si en aquel instante fuera el ser más extraño sobre la tierra, y cerró los labios. Saga se dio la vuelta, y se alejó de él, a la seguridad que sus aposentos le brindaban.

-Se siente aliviado de que Kanon no esté. –Se estremeció. Estaba seguro de que nunca se acostumbraría a la voz de Ares.

-No es verdad. –susurró.

-¿No? –No atinó a responder.

No importaba cuanto intentara aferrarse a sus creencias, a sus viejas ideas… Él siempre encontraba el modo de romper cada diminuta esperanza que guardara en mil pedazos. Siempre lograba demostrarle que no era más que un mocoso estúpido y manejable. Solo unos pocos días habían sido suficiente para quebrarlo. Escuchó sus carcajadas en su cabeza, tan nítidas como si Ares estuviera de pie frente a él.

-Kanon es la primera molestia de la que felizmente se han deshecho. Tú les hiciste el favor. –Sintió la burla, su desprecio a todo y todos…- ¿Adivinas quién es la segunda? –Se mordió los labios con tanta fuerza, que pronto sintió la sangre en su boca.- Les da igual lo que suceda contigo, te necesitan por que eres fuerte, útil… pero nada más. Aunque eso también te hace peligroso. –Tomándolo por sorpresa, Ares se tornó más serio.- Si les importaras, aunque fuera un poco… hubieran intentado ayudarte, hubieran insistido. No se hubieran creído tus patéticas mentiras.

La oscuridad del templo no tardó en envolverlo, y solamente entonces, se atrevió a mirar atrás. Aioros continuaba exactamente donde lo había dejado, como helado en su lugar… mirando en su dirección, pero probablemente sin atinar a verle. No a él, no a Saga.

-Ya no eres Saga… -Quiso llorar. "¿Quién soy?" Quiso preguntar, pero su voz se negó a obedecerle.

Aioros dejó escapar el aire que dolorosamente había contenido en sus pulmones, cuando lo perdió de vista. El nudo de su garganta le impedía respirar, le impedía pronunciar palabra alguna. Solamente sabía que las cosas ya no volverían a ser iguales. Kanon había desaparecido, pero Saga se había perdido. Apretó los puños, cargado de impotencia, y giró sobre sus talones. Abandonó Géminis tan rápido como sus piernas le permitieron, anhelando que la luz del sol ahuyentara sus incontrolables miedos. Su instinto chillaba de un modo ensordecedor.

Ayúdame!" Quiso suplicar Saga cuando lo sintió irse. "Por favor." Pero no se atrevió a dar voz a sus pensamientos. "No me dejes solo." Sintió el contacto ardiente de las lágrimas. "Ayúdame…"

-Ya estás solo… -Después, todo se sumió en la oscuridad.

-X-

Había subido y bajado por esas escaleras en más ocasiones de las que pudiera recordar. A veces lo hacía llevando buenas nuevas. En otras, las noticias eran algo más fúnebres. La mayor parte del tiempo, sobre todo cuando comenzaba a ganarse su lugar como discípulo del ayudante del viejo Maestro, había recorrido ese camino con sobres lacrados con el sello de su Excelencia, imaginando una y otra vez, las órdenes enviadas a los Doce, y soñando con los mundos de fantasía y las aventuras épicas a donde sus hazañas les guiarían.

¡Oh, que joven y que ingenuo era en aquel entonces!

Eventualmente, la vida y la experiencia le abrieron los ojos a un mundo más cruel y mucho menos glorioso del que Arles había imaginado. Descubrió que debajo del oro, el brillo desaparecía y dejaba a la vista nada más que la fragilidad de la piel, áspera y curtida en cicatrices. Se encontró con que los héroes de su infancia no eran más que hombres; y como lo que eran, sufrían, lloraban y sangraban al igual que él… incluso más.

Pero, probablemente, ninguna generación lo había marcado más que aquella. Desde que se anunciasen, él y Shion habían planeado cada detalle de lo que sería de ellos a partir de entonces. Eran los escogidos, eran los santos que habrían de liderar la batalla más grande los últimos doscientos años: era a ellos a los que Athena quería a su lado.

Así, los había visto crecer. A la mayoría, les conocía desde que no eran más que bebés, pequeños e indefensos, pero con un destino más grande del que cualquier hombre pudiera soñar. Les había visto sonreír y también llorar. Presenció como los lazos de amistad les habían unido y, del mismo modo, estuvo ahí cuando la distancia y el deber les obligaron a tomar caminos diferentes. Por último, les contempló cuando el momento de gloria llegó y las primeras armaduras les coronaron como sus nuevos señores. Nunca lo dijo, pero un ínfimo sentimiento de orgullo le invadió en cada uno de esos momentos.

Arles sabía que no era popular con los chicos, ni tampoco se sentía merecedor de una solo gota de su aprecio. Tenía claro que era la figura dura y severa que siempre se mantenía al lado del Gran Maestro… pero es que ese era su deber. Porque Arles no estaba ahí para dar mimos, ni para consentir ni, mucho menos, para incentivar conductas poco propias de aquel grupo de niños. Él les exigía solo lo mejor, lo que se esperaba de ellos; y lo que ellos podían dar.

Mas, unos días habían bastado para poner sus mundos de cabeza. Una sola decisión que habían pesado mucho más de lo que esperaba.

Si era sincero consigo mismo, Arles se diría que esperaba cierto desencanto de Saga, pero jamás imaginó que las consecuencias llegaran a instancias tan graves. El gemelo llevaba días encerrado en su templo, sin dar señales de vida ni compartir palabra alguna con nadie. Nadie lo había visto desde entonces, ni siquiera Aioros, quien toda su vida había estado al lado de él.

Incluso el joven arquero parecía distinto en esos días. Desde que Shion le nombrara como heredero al trono, las sonrisas de Aioros parecían escasear más y más con el paso de los días. En su lugar, aquel mohín de preocupación, de cansancio y de incertidumbre se volvía más frecuente en él. Sus recién adquiridas obligaciones lo habían distanciado de Aioria y también de Saga. Ahora, era la sombra de Shion, yendo y viniendo tras sus pasos a lo largo del día. El honor que se le había concedido era un grande… enorme. Sin embargo, Arles podía decir que el santo de Sagitario hubiera dado cualquier cosa por retomar la vida relativamente sencilla que llevaba antes.

Era irónico porque, incluso para eso, Saga y Aioros eran radicalmente diferentes. Lo que al santo de Altair no le gustaba era que, hasta antes de aquel momento, las diferencias dantescas entre ambos los habían unido más y más; les había hecho complementarios. Pero ahora, un abismo se había abierto entre ambos y Arles tenía miedo que no hubiera forma de que volviera a cerrarse.

Entre tantas divagaciones, el camino de descenso hasta el tercer templo se le hizo más breve de lo que esperase. Se detuvo justo a la entrada, entre los dos pilares que le daban la bienvenida. Hizo arder ligeramente su cosmos, anunciando su presencia. Ante todo, Saga era un santo dorado y él le debía cierto respeto.

Al no recibir ninguna respuesta, el santo de Altair decidió adentrarse en el templo de los gemelos. Avanzó despacio por los pasillos, que jamás le parecieron tan oscuros como ese día. Se perdió entre la infinidad de columnas y se hizo uno con las sombras que formaban. De alguna forma, el mármol rosado parecía haberse oscurecido… o quizás eran solo juegos de su mente, ante la oscuridad de las noticias que arrastraba consigo. El viento también parecía haberse esfumado, acentuando el calor del Mediterráneo y la humedad de la piedra antigua. Pero, ni por un segundo, Arles titubeó.

-¿Saga? –llamó, mas no obtuvo ninguna respuesta.

Intento buscarle apoyándose en su cosmos, pero tampoco consiguió nada. Por lo que a sus sentidos respectaba, Géminis estaba vacío.

A pesar de todo, era pronto para darse por vencido. Sin temor y sin dudas, prosiguió su camino hacia la entrada oculta que le guiaría hasta los privados.

Conforme avanzaba, no podía dejar de preguntarse lo mucho que esas paredes de piedra milenaria había presenciado y todos los secretos que encerraban en ellas, que nunca habrían de revelarse. Si las piedras fueran capaces de hablar, le hubiesen resultado de gran ayuda en ese momento.

-¿Has perdido algo?

La pregunta retumbó en sus oídos, magnificada por el eco de la antigua construcción. Arles se detuvo y miró hacia sus espaldas. Se esforzó por disimular el sobresalto que le hizo presa. Miró en todas direcciones, buscando el origen de esa voz. Detrás de la máscara que vestía, los ojos del santo de Altair rebuscaron entre las sombras por el guardián de Géminis, aquel que le hablaba pero que le era imposible encontrar. No le cabía duda de algo: esa era la voz de Saga… pero a la vez, sonaba completamente extraña.

-Te busco a ti. –respondió, esperando que eso invitara a su contraparte a mostrar la cara. Pero Saga no salió de donde fuera que se estuviera escondiendo y Arles tampoco pudo encontrarlo.

-Te has equivocado al venir hasta aquí… por mi. Que error tan grave. –la risa que el santo dejó escapar hizo que la piel se le erizara.

-No es gracioso, Saga. Sal de donde quiera que estés. Necesito hablarte.

-Venga, Arles. Es solo un juego. –el otro le respondió, no sin que Arles notara cierto tono macabro en su voz. Entonces, si era solo un juego, ¿por qué sentía tanto miedo?

-No he venido hasta aquí a jugar. –aún así, el santo de plata era un hombre con una misión y no dejaría que los juegos de un chiquillo malcriado le amedrentaran.- Necesito hablar contigo, Saga. Muéstrate.

Oculto entre las sombras, una sonrisa retorcida se dibujó en los labios del gemelo. El dios que vivía dentro de él se sintió sediento de sangre y ansioso de un poco de juego. La visita de Arles no podía haber sido más oportuna para satisfacer ambos deseos… y también para algo todavía más importante.

-Habla.

-Saga, te he dicho…

-Habla si de verdad te interesa hacerlo. No necesitas ver mi rostro para saber que te escucho. Sino… márchate por donde has llegado. –pero Ares sabía que no lo haría. Si Arles estaba ahí para hablar con Saga, las razones de su llegada seguramente eran lo suficiente poderosas para obligarlo a seguir su juego.

El silencio que se apoderó del templo le supo delicioso. Era la clara señal de que el santo de Altair estaba ya dentro de sus manos. De ahí, no podría escapar.

-Bien, será como prefieras. –Arles, tal como el dios esperaba, cedió.- Pero necesito que seas sincero conmigo.

-Suplicas demasiado. ¿Qué deseas?

-Necesito saber dónde se encuentra Kanon. Supuse que podrías ayudarme. –el santo de Altair pasó por alto las provocaciones del más joven. Sin embargo, a cada segundo, a cada palabra, sus temores y sus dudas crecían a pasos agigantados. ¿En verdad era Saga quien le hablaba?

-¿Ayudarte? –dejó escapar, una vez más, aquella risa que helaba la sangre.- No era necesario que vinieras a pedirme tal cosa…

-Tenía que hacerlo. Tu hermano lleva días…

-¿Desaparecido? –terció, robándole la palabra de la boca.- ¿Y hasta ahora os dais cuenta, Arles? –el santo de Géminis volvió a reír.- Parece que os di más crédito del que merecéis. Pero, te lo repito: no era necesario que vinieras hasta aquí para pedir mi ayuda.

-¿Por qué? ¿Por qué no era necesario? ¿Acaso no piensas ayudarnos? Es tu hermano, Saga. Por Athena, ¡es tu gemelo! Compartís sangre. –el santo de plata se había tensando por completo. Sus puños se cerraban con fuerza y su mandíbula lucía trancada.

Pero, como si no le importasen sus quejas y sus argumentos, Saga simplemente le ignoró. Arles, entonces, le oyó chasquear la lengua y, de nueva cuenta, se sintió incapaz de descifrar lo que aquello significaba.

-Te diré algo. –el gemelo habló por fin.- Tienes razón en todo lo que dices. –pero el santo de Altair sabía que sus palabras escondían más de lo que decían. El problema era que le resultaba imposible leer entre líneas.- Pero no hay nada ya que puedas reprocharme. Aún antes de que vinieras a pedírmelo, os he ayudado. Después de todo, es mi responsabilidad. ¿No es eso lo que se espera de mi? –la pregunta escupió tanta sorna, que Arles no pudo evitar que el estómago se le encogiera. Aún así, le ignoró. Estaba ahí para algo más que prestar atención a los dardos envenenados que el santo de Géminis tuviera que lanzarle.

-¿A qué te refieres? ¿Le encontraste? ¿Dónde está? –lo peor era que temía mucho a las respuestas que esperaban por él.

-Kanon está donde debería estar… donde le corresponde.

-Saga…

-¿Tanto te sorprende, Arles? Pensé que estarías más aliviado por las noticias.

-Estaré aliviado cuando lo vea y Shion también. ¿Dónde está? –insistió. Ese juego de medias palabras comenzaba a robarle la cordura y la calma.

-No sé si sea una buena idea. Aunque, si insistes demasiado, tendré que permitirte verlo. –río.

Quizás era paranoia ya, pero las sombras que se dibujaban entre las columnas del templo parecían moverse en torno a él, acechándole… cazándole. Arles miró a su alrededor, hacia ellas. Buscó formas que parecían no existir. En especial una: al santo de Géminis.

-¡Basta de juegos! ¡¿Qué ha sido de tu hermano? –no quería más rodeos. Necesitaba respuestas directas, sin importar lo lúgubres que pudieran ser. Oyó aquella risa una vez más; mucho más maliciosa que en las ocasiones anteriores.

-Estuvo de visita en Cabo Sunion.

-Ese sitio está prohibido. ¿Qué fue a hacer ahí? –la frente de Arles se arrugó. Fue como si, de pronto, las mentiras de Gigas volvieran a escucharse en sus oídos.

-Nadar.

-¿Qué…?

-Con un poco de suerte, se habrá ahogado ya. –las sombras alrededor de Arles crecieron tanto como su incredulidad. El corazón se le desbocó y su sentido de supervivencia se puso en alerta.

-¿De qué hablas? ¿Kanon está…?

-Muerto.

Los ojos de Arles, por una vez, revelaron la angustia que se desencadenó dentro de si. Sintió los latidos de su corazón golpeando contra sus oídos mientras un escalofrío hizo que su cuerpo se tensara.

-¿Cómo puedes…? ¿Cómo sabes que está muerto? –alcanzó a preguntar, con la voz pendiendo de un hilo.

Lo siguiente que sintió fue la respiración de Saga a sus espaldas. Cuando quiso voltear, era demasiado tarde. El santo cruzó el brazo alrededor de su cuello, apretándolo hasta robarle el aliento. Intentó escapar, pero el joven le superaba en fuerza, así que le resultó imposible siquiera moverse. Saga le arrancó la máscara lentamente y Arles le escuchó sonreír al contemplar el miedo imposible de ocultar en su mirada.

-Porque yo lo maté. –el santo le susurró al oído.

Fue entonces cuando el santo de Altair reparó en él. Aquel que tenía a sus espaldas no podía ser Saga. No era él.

Vio los ojos inyectados en sangre y la larga cabellera teñida de un gris. El toque de sus manos era frío, pero poderoso. Su respiración, incluso, sonaba más pesada y mucho más agitada, víctima del éxtasis del momento. Ese hombre a sus espaldas solo podía ser un monstruo.

-¿Quién… eres? –Arles musitó.

La respiración le fallaba y su cuerpo también. Estaba bajo el control de quien fuera aquel desconocido. Le manejaba, como si de una marioneta se tratara, como si su cuerpo le perteneciera.

-Soy yo, Arles. ¿No me reconoces? –le respondió el santo.- Soy él y también soy yo… Soy Saga y también Ares. ¿Qué tan asustado te sientes ahora? –el pánico se apoderó del mayor. Se retorció, pero no hubo nada que pudiera hacer ante el poder de su contrincante. Lo único que consiguió fue que el apriete del geminiano se volviera más fuerte, que el aire le faltara cada vez más y que la visión comenzara a nublársele. Algo dentro de sí, le avisó que era el fin.- Siente miedo, Arles, siéntelo como nunca antes, porque será el último recuerdo que te lleves de este mundo.

-No… -susurró el santo de Altair.- "Te detendrán. Alguien tiene que detenerte."

-¿Qué pasa? ¿Demasiado asustado de la muerte? –soltó una carcajada que retumbó en el templo.- Querías ver a Kanon, ¿no es así? Tú deseo te será concedido. Cuando llegues al Infierno, asegúrate de enviar mis saludos al maldito bastardo. El pobre diablo estará esperando ahí por ti. Juntos podréis haceros compañía hasta que llegue el resto.

-No… no… -sintió la rabia del fracaso quemando en su cabeza.

-Tu Orden, tu Patriarca, tu princesa… Todos estarán en mis manos pronto, tan indefensos como lo estás tú ahora. Teme. Teme y llora por todo lo que pierdes. Habéis perdido.

Y Arles lo hizo.

Tuvo miedo. Vivió la desesperación de ver su vida escaparse ante sus ojos y, lo que era peor, experimentó el dolor de haberles fallado a todos. Después, cuando por fin todo se terminaba, una única lágrima se le escapó. Era el final del camino para él, pero ¿lo sería también para el mundo al que pertenecía y al que había jurado proteger?

Su cuello crujió, con un chirrido desgarrador, y el mundo se oscureció en sus ojos. Soltó un último suspiro que la muerte robó con rapidez.

Dejaba tras de sí, un mundo hundido en el caos que todavía les era desconocido.

-X-

El Santuario jamás le había parecido más vacío, ni más frío. Parecía como si el tiempo se hubiera detenido y todo a su alrededor flotara, suspendido al borde de un abismo. Bastaba un solo movimiento para que su mundo se desplomara y Shion temía que se último empujón estuviera más cerca de lo que imaginaba.

Arles había regresado de Géminis luciendo especialmente ausente. Cuando se encontraron, a mitad del corredor principal, el santo de plata solamente le obsequió una reverencia y continuó su camino, sin pronunciar palabra alguna. Shion deseó haberle preguntado sobre Saga, sobre lo que había sucedido durante su visita al tercer templo, pero algo dentro de él le aconsejó callar. En el fondo, el lemuriano tenía miedo de las respuestas que tanto habían buscado. Poco sabía que lo se vendría después era aún peor.

Saga desapareció. El cielo, o la tierra, se lo habían tragado.

Aquella suave presencia suya, que había persistido en el templo de los gemelos hasta ese momento, simplemente se había extinguido. El cosmos del santo de Géminis se apagó como una vela al viento, sin que el Patriarca pudiera hacer algo para evitarlo. Lo había buscado por todo el Santuario. Había enviado a sus consejeros, a sus guardias, incluso a Aioros en su búsqueda… pero ninguno de ellos había vuelto con noticias que Shion pudiera agradecer.

Por eso, cuando vio el rostro del joven arquero al atravesar la puerta de sus aposentos, sintió que el dolor arrancaba las esperanzas albergadas en su pecho.

El arquero dorado era tan fácil de leer como un libro abierto. Nada en su rostro, en sus gestos acongojados y en la postura alicaída de su cuerpo, le ocultaba su sentir al viejo Maestro.

-No está por ningún lado. –soltó, sin rodeos ni protocolos que valieran.

-¿Estás seguro, hijo? ¿Has mirado en el Cabo? ¿En las prisiones? Tiene que estar en algún lado. No ha podido esfumarse en un abrir y cerrar de ojos.

Lo que Aioros deseó más que nada en el mundo, en aquel instante, fue poder mentirle al anciano. Una mentira piadosa, solo una… pero no podía. La situación era delicada, tanto como jamás se le hubiera ocurrido imaginar.

Saga también era importante para él. Era su mejor amigo, su hermano a pesar de que la sangre que corría por sus venas era distinta. Se había convertido en la persona más cercana que tenía y también en su único confidente. Del mismo modo, siempre había pensado que, para Saga, él representaba lo mismo. Después de todo, habían crecido juntos y compartido una vida que los había hecho sumamente cercanos e, incluso, dependientes de la fuerte amistad que sentían por el otro. Así que, toda la debacle que siguiera a su nombramiento como Patriarca, a Aioros le había dolido como un punzada en el corazón. Le había dolido por él, pero mucho más por Saga.

La última visita de Géminis solo había terminado por dejarle en completo desasosiego. Mientras más lo pensaba, menos sentido encontraba a lo que había sucedido entonces. No comprendía como no había visto la tragedia acechando y, mucho menos, entendía el porque él se había marchado, dándole la espalda.

¡Era obvio que Saga no estaba bien! Lo había notado con tan solo poner un pie en Géminis.

Había abandonado el tercer templo sin desear hacerlo… pero lo había hecho; y ahora se arrepentía. Debió haber sido más insistente. Debió haberse quedado hasta meterle sentido común a su amigo. En cambio, se había dado la media vuelta, creído sus mentiras y pensado que sería solamente una etapa. En otras palabras, le había fallado. Cuando más le necesitó, Aioros había abandonado a su mejor amigo; y, ahora, Saga estaba desaparecido y ellos, lo único que tenían era su pesar y su arrepentimiento.

¿En que momento habían perdido el camino? No lo sabía. Pero esa situación había llegado a un punto que no le gustaba. Odiaba admitirlo, pero sentía miedo, de un modo en que no lo había experimentado antes.

-Lo he buscado en cada rincón que se me ha ocurrido. Mis guardias han puesto el Santuario de cabeza para encontrarlo y no hemos conseguido nada. –respondió al no poder esquivar por más tiempo los cuestionamientos de Shion. Temía por el viejo Maestro tanto como temía por Saga. Su salud se había demeritado con el tiempo y todo aquel lío entre los gemelos representaba un golpe inmisericorde al corazón del lemuriano. Aún si deseaba disimularlo, Shion no podía esquivar el hecho de que un pedazo de su alma había muerto con la desaparición de los chicos a los que tanto quería.

-Ten piedad, Athena. –el viejo suspiró con pesadez.- Esto es una desgracia, Aioros. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí. –pero el castaño no supo darle respuestas. Únicamente atinó a agachar la mirada. Shion le miró por un instante e, imitándole, también bajó la cabeza.- Arles también fue a hablar con él esta tarde. –confesó, segundos después.- Supongo que también habrás escuchado los rumores.

-Si, y cada vez son peores. Quizás sea por eso que… se ha marchado. –la voz de Aioros fue desvaneciéndose conforme las palabras surgían de sus labios.- Todos dicen que fue él quien… -"quien mató a Kanon." Pensó, más no lo dijo. "Pero eso es imposible."- ¿Arles te dijo algo al respecto? ¿Consiguió sacarle palabra alguna? –cambió de tema. No tenía intenciones de discutir las descabelladas teorías de las malas lenguas del Santuario.

-Si Saga no habló contigo, dudo mucho que lo haya hecho con Arles. Nunca fueron demasiado cercanos.

Pecaba de ingenuo al haber formulado la pregunta. Aioros sabía que Saga no hablaría con nadie. Conocía a la perfección aquella máscara que blindaba a su amigo cuando algo le hacía daño… y él le había lastimado.

Debió haber tenido el valor de rechazar el puesto. De haberlo hecho, el trono hubiera ido indudablemente a las manos del Saga, pues era él quien en verdad lo merecía. Era su sueño, su anhelo. Y Aioros también comprendía que, al perderlo, ¿qué le había quedado? Si le odiaba por haberle arrebatado todo, le daba razón por ello. Lo único que hubiera pedido a cambio, era una oportunidad para enmendar sus errores y hacer lo correcto.

-Es mi culpa. –susurró para si mismo.

-No, no lo es.

-Debí haber sabido que esto sucedería. ¡Debí verlo venir! –la mirada se le ahogó en lágrimas y la voz se le hizo un nudo en la garganta.- Esto era importante para él. Y Kanon… por los dioses, Kanon estaba esmerado en destruirlo. Nunca debí dejarlo solo. Tenía que quedarme… le gustara o no.

-No puedes ayudar a un hombre que se ahoga y no toma tu mano al extendérsela. –pero, a Shion, la duda le carcomía por dentro. ¿Y si Saga lo había hecho? ¿Y si había suplicado por ayuda y él, como su padre, no le había visto? Lo había hecho todo mal. Todo. Shion sabía que les había fallado cuando más le necesitaron.

-Voy a encontrarlo. –el arquero apretó los puños. Así fuera lo último que hiciera, lo haría.

-Aioros…

-No, no, Shion. No digas nada más. –meneó la cabeza con insistencia. Sus rizos enmarañados se mecieron con el movimiento.- Tengo que hacer esto. Necesito hacer las cosas bien. Si no puedo salvar a Saga… -hizo una pausa.- …si no puedo salvar a mi mejor amigo, ¿qué clase de Patriarca puedo ser?

Y con ello, robó todas las palabras de los labios de Shion. El viejo Patriarca asintió, su pupilo tenía razón. En medio de su dolor y de su pérdida, se sintió ligeramente orgulloso. Le hubiera gustado que ese pequeño rayo de esperanza que albergaba en silencio, tuviera cimientos fuertes. Pero no era así.

Si Aioros habría de encontrar a Saga, si Kanon reaparecía, si las cosas volvían a la normalidad… todo eso quedaba en manos de los dioses. Él solo podía rezar, suplicar hasta el cansancio por la piedad de la que carecían las deidades. Su fe, mucha o poca, estaba depositada en aquellos dos chicos. ¿Qué sería de su Orden sin ellos?

-Ve. –aceptó.- Que los dioses sean contigo.

Ojala el destino retrasara la cacería para atraparles…

-X-

Tomó una gran bocanada de aire, y dejó que sus pulmones se inflamasen con el frescor de aquella noche. Abrió los ojos lentamente, y el tintineo plateado de las estrellas se reflejó en sus ojos rosáceos. Star Hill siempre había logrado apaciguar sus temores, sus nervios… pero aquella noche, Shion había buscado refugio en la montaña sagrada a sabiendas de que no encontraría consuelo.

Paseó su mirada por el templo circular, deteniéndose a observar cada detalle del lugar que había visto tantas veces. Las altas columnas rosadas, habían sido coronadas con floridos capiteles de oro. Sus oscuras vetas se perdían allá donde el friso besaba a los pilares. Sin embargo, no había pared alguna que lo protegiera de las inclemencias del tiempo, el viento se colaba entre las columnas, mientras los rayos plateados de la luna se filtraban a través de la cúpula central.

El patriarca buscó la ayuda de la piedra del graderío para ponerse en pie, y caminó lentamente hasta el centro de la estancia, presidida por una magnífica estatua de la diosa portando su égida. Recorrió con su mirada los finos grabados en oro del suelo: todas las constelaciones estaban allí representadas: grabadas por envidiables manos muchos siglos atrás. La Elíptica brillaba tenuemente entre los fantasmas de la noche, rodeando al esplendor de su diosa de mármol gris. La estrella de Athena, que se alzaba envuelta en una nube tintineante de cosmos: más grande, más hermosa que ninguna otra; coronaba a la efigie e iluminaba a sus constelaciones guardianas.

El lemuriano suspiró de nuevo. Había muchas cosas que no comprendía, muchas que no alcanzaba a descifrar… Sin embargo, aquel sentimiento de culpa que lo carcomía, era imposible de ignorar. Se concentró una vez más, procurando olvidar las inesperadas ausencias de Saga y Kanon, el raro comportamiento de Arles; intentando apartar la imagen abatida de Aioros de su mente… y elevó su cosmos. Lentamente, el polvo de estrellas dorado que lo componía, comenzó su danza; igual que había sucedido innumerables veces aquella misma noche. Contempló el lento danzar de los astros al son de su cosmoenergía: las estrellas se alejaban, iban a venían, como mariposas curiosas bailando alrededor de la luz.

Sin embargo, sus preciadas estrellas lucían más apagadas y tristes que otras veces, como si una pesada bruma opacara su brillo puro impidiéndolas lucir su belleza. No era la primera vez que lo notaba, había sido mucho tiempo atrás; pero nunca antes aquella niebla había resultado tan densa y pesada, tan dolorosamente desgarradora. Jamás había sido tan claro su origen. Su corazón dolió en su pecho y apretó los dientes suavemente. Géminis ya no desprendía luz… se había convertido en un insoportable pozo de oscuridad. La Tercera Constelación se había perdido. Él la había dejado caer en desgracia, ignorando los indicios todos aquellos años… Las estrellas habían intentado advertirle, habían suplicado por su ayuda… Y él no había escuchado. Había estado sordo, ciego y mudo.

-¿Por qué? –murmuró, como si alguien fuera a contestarle.

-Yo también me lo pregunto… –El Santo Patriarca dio un respingo y giró sobre sus talones. Había reconocido la voz, extrañamente impersonal, pero no lo había sentido llegar.

-¡Saga! –Se encontró mirando al Santo, pero no fue a él a quien vio. Aquel chiquillo no era más que un cadáver… una sombra gris de lo que había llegado a ser. Todo el alivio que había sentido al verlo, se esfumó al darse cuenta.- ¿Qué haces aquí? Star Hill está vedado, incluso para ti.

Nunca supo por qué pronunció aquellas palabras precisamente, tampoco le dio mayor importancia. El peliazul no contestó, ni hizo el amago si quiera. No vestía la armadura, y desde donde estaba, Shion casi podía jurar que temblaba. Buscó sus ojos, buscó la mirada pura que había iluminado su rostro por muchos años, mas no la encontró. Solamente había una profunda e insoldable oscuridad, una sombra escalofriante que ni siquiera se molestaba en ocultar. Aioros estaba en lo cierto: Saga estaba lejos de estar bien, muy lejos. Se veía frágil, delicado y enfermizo, pero no por ello menos peligroso. Más bien al contrario: su cosmos no se percibía, a pesar de que lo tenía frente a sus ojos. Sin embargo, el aura que desprendía era insoportablemente poderosa y fuerte… divina.

De pronto, su mente comenzó a trabajar a mil por hora. El chico permanecía quieto, apoyado en una de las columnas, como una estatua, pero sin dejar de verlo. Recordó a Kanon, la sonrisa burlona y sus palabras siempre desafiantes, su inquebrantable rebeldía. Pensó en Arles… su inseparable compañero, amigo y confidente, durante muchos años. ¿Qué había sido de ellos en realidad? Siempre había considerado a Saga incapaz de hacer daño alguno a su gemelo, había visto con sus propios ojos sus intentos por evitarlo. Arles solamente había ido buscando una respuesta, un par de palabras que le confirmaran que los rumores eran falsos. Aquello había sido por la mañana, y quien había regresado era alguien diferente. Ya no podía encontrar su cosmos… simplemente se había esfumado.

-¿Por qué? –Saga repitió la misma pregunta que él hiciera al aire momentos atrás. Sonó como un murmullo apenas audible… pero tan cargado de dolor, que no fue capaz de sostener su mirada mientras se acercaba a él lentamente.

-Creí que lo comprenderías. –Dijo de vuelta.- Tomar la decisión fue difícil, ambos merecíais… -El chico ahogó una pequeña carcajada, y se sobó los ojos. Frunció el ceño.

-No pregunto eso… -Alzó la mirada, y de alguna manera, Shion se vio obligado a verlo de vuelta. Un escalofrío recorrió su espalda cuando contempló el rojo escarlata. – Tú… -El peliverde entreabrió los labios, sobrecogido… sorprendido. Saga no solía pronunciar más palabras de las necesarias, pero tampoco titubeaba.- Tú lo… sabías.

-¿Qué? –No atinó a decir más. La inquietud de su pecho crecía a cada segundo, y cuando notó el dolor y el aturdimiento reflejado en el rostro del santo… terminó de comprender.

-Siempre lo has sabido. –Saga rió por no llorar. Se sentía mareado, como si hubiera despertado tras la más grande de las borracheras, y temía que si daba un paso más, cayera de bruces al suelo. Sus ojos quemaban, dolían… y terminaron por llenarse con las lágrimas que se había prometido no derramar.- Siempre

-Hijo, ¿estás bien?

-¡Lo supiste y no hiciste nada! –gritó. Ignoró el desconcierto y el miedo inconfundible en los ojos del Maestro. Solo deseaba gritar hasta desgarrarse la garganta, porque en aquel momento… no había nada en el mundo que no odiara. No se molestó siquiera en secar las lágrimas que corrieron por sus mejillas.- ¡Me dejaste! Y al final me has echado a un lado cuando más te… - "Necesitaba." El grito terminó siendo apenas un hilo de voz.- Yo…

El corazón del anciano se rompió en mil pedazos al escucharlo. Nada de lo que había sentido hasta aquel momento, podía igualarse con el dolor que le infligía ver a su hijo, a su pequeño de aquella manera. Se acercó hasta él, lo suficiente como para poder sostener su rostro con ambas manos. Buscó sus ojos una vez más, y comprobó espantado la peligrosa oscilación del más bello esmeralda al rojo de la sangre.

-Saga… -atinó a murmurar.

-Yo no… -Shion no sabía si la respiración del chico estaba tan agitada a causa de los sollozos, o por su desasosiego.

-Shhh…

-Kanon… -Si Shion no hubiera estado allí para sostenerlo, sus piernas no hubieran sido capaces de aguantar su propio peso. Pero poco importaba, no había nada que Saga pudiera hacer por controlarse. Apenas quedaba nada de él allí, y solamente Shion podía ayudarle. Era su última esperanza.

-¿Kanon? –El lemuriano disimuló lo mejor que pudo la inquietud que desató el nombre del menor.

-Él quería… -Entrecerró los ojos. Su cabeza dolía, y el zumbido en sus oídos amenazaba con volverlo loco.- Él… -Era incapaz de pronunciar dos palabras seguidas, era incapaz de decir todo lo que deseaba: ayuda. Shion apretó un poco más el abrazo que lo sostenía.

-Tranquilo. –dijo.

-Kanon… -volvió a repetir.

-Lo encontraremos. –Tenía la triste certeza de que ya nunca lo harían, pero aún así, las palabras surgieron solas.

-No, ya no… -Saga se aferró a la túnica del maestro cuando apretó los puños, intentando ahogar un nuevo sollozo.- Él y Arles…

Pero entonces, todo se detuvo. Ahogó un gemido de dolor y apretó los ojos con fuerza. Intentó separarse del agarre de Shion, consciente del peligro que su cercanía entrañaba para él, y apenas logró hacerlo unos centímetros. Su vista se nubló, y su garganta se secó… las lágrimas cesaron.

-¿Hijo? –El maestro lo apartó, intentando contemplar su rostro.

Sin embargo, cuando lo hizo… los largos mechones de flequillo gris cubrían su cambiante mirada. Se había quedado quieto, como un muñeco, y toda señal de inquietud en él se había desvanecido. Entreabrió los labios nuevamente, dispuesto a insistir, pero él se adelantó. Contempló aquellos ojos sedientos de sangre, la macabra sonrisa plasmada en sus labios y la ceniza gris de su cabello.

-¡Tú!

Lo supo, lo supo inmediatamente. No necesitaba que nadie le explicara nada, ni siquiera precisaba que las estrellas le hablaran. Simplemente sabía quien era el dueño de aquellos ojos. Todas sus sospechas encajaron en su sitio. Su corazón se desbocó, el nudo de su garganta amenazaba con ahogarlo y el insoportable miedo atenazaba cada músculo de su cuerpo.

Ares lo sabía, y Saga… en algún rincón de su propia prisión de carne y hueso, también.

Shion solamente alcanzó a ver su sonrisa. Después, con un movimiento sorprendentemente rápido, incluso para un santo dorado… El puño del chico asestó el golpe mortal.

-"¡No!" –gritó Saga… aunque nadie pudo escucharlo. Él ya no tenía el control. No era más que un testigo mudo y encadenado de la tragedia, al que Ares había obligado a observar cada detalle.- "¡Él no!"

-Esta hecho. –La voz de Ares resonó en el templo, y después, simplemente se esfumó. El viento agitó su melena, y cuando Saga volvió en si, en medio de la enervante quietud, se aferró al cuerpo agonizante del Maestro.

-No… no… -Lo abrazó. Apenas respiraba, y la sangre que brotaba de él… encontró su camino en las filigranas doradas del suelo.

-Saga… -La vida se le iba. Las lágrimas resbalaron de sus ojos con presteza, y Shion se encontró haciendo un esfuerzo sobrehumano por ver a su pequeño una vez más. Lo vio llorar amargamente, y quiso devolver el desesperado abrazo. Pero ya no podía moverse.- Perdóname… -susurró.

Los ojos verdes buscaron los suyos, sorprendidos ante aquella palabra... Él solamente alcanzó a sonreír. Se maldijo por todos aquellos años llenos de errores, por su ignorancia y su extremada fe en la fortaleza de unos niños. Se odió a sí mismo por haber fallado tan estrepitosamente a los únicos chiquillos que había llegado a considerar propios… por no haber escuchado sus gritos de ayuda, por haberles dejado nadar en el mar de la soledad por tanto tiempo.

Se maldijo por haberles arrastrado hasta aquel momento, por no haber sido capaz de ayudar a aquellos que más amaba… y por tener que dejarles solos nuevamente. Por verse condenado a observar desde las estrellas el tortuoso camino que les deparaba… cada segundo de desgarrador sufrimiento que no merecían.

Él debía haberlo sabido. Debía haber sido mejor. Por Saga, por Aioros… por todos, por su amada Athena. Su preciosa Athena, a la que había dejado sola e indefensa.

Había fracasado.

-Mi pequeño… -murmuró antes de que sus ojos se cerraran para siempre.

-No puedes irte… -Su voz se quebró. Saga contempló el cuerpo inerte del que había sido su gran ejemplo, su héroe, su padre.- no…

Lo había matado. Lo había hecho, y con su sangre había terminado de destruir lo poco que quedaba de él. Saga también había muerto. Ya no quedaba esperanza para él.

-Tú no… -susurró.

-Continuará…-

NdA:

Arles: X_x

Shion: X_x

Saga: X_x

Aio: T_T

Sun: Damis, el ambiente se puso triste u_u

Damis: T_T T_T T_T T_T T_T

Ares: Wahahaha!

Sun: e_e ... triste y sádico… cof… cof… Aceptamos condolencias en forma de reviews.

Damis: Os recuerdo que debéis añadir a Sociedad de Malvadas a vuestros alerts. Sino, os perderéis la segunda parte de este fic que está a un solo capi de comenzar T_T

Sun: ¡Y no os perdáis el final de ésta primera parte! ¡Será en el siguiente capítulo!

Damis: Habrá más lágrimas y muertes.

Sun: T_T

Damis: Visitad la página del grupo en DeviantArt para leer la entrevista de Shura y, próximamente, el fantasmita de Shion responderá la suya.

Sun: Os advertimos que no nos hacemos responsables de los gastos en pañuelos desechables, ni en tampoco de los daños psicológicos causados por este fic.

Damis: Disfrutad de Aioros ahora que podéis. El chico se nos irá pronto T_T

Aio: O_o

Sun: T_T

Damis: ¡Hasta la próxima!