-¿Lo haréis entonces, mi valeroso Ser Mandon? –Preguntó con un tono suave como la seda su reina dorada. Volvió a asentir, seco. Ella se le acercó y le acarició una mejilla con cauta sensualidad, y el caballero le tomó la mano con dedos de hierro, escrutándola con aquellos ojos muertos suyos que tanto miedo daban.
-Alteza. –Se inclinó, cortante como un iceberg, dando así la confesión por terminada. La mejilla pálida, sin sangre, cosquilleó cuando los dedos de Cersei se apartaron de la piel. Mandon Moore la soltó con brusquedad.
No había más que hablar. La batalla estaba próxima, se olía en el aire de la capital y él debía cumplir con la misión que la reina le encomendara. En cierta ocasión, Ser Barristan dijo que Mandon no tenía más amigo que su espada, ni otra vida si no el servicio. Desde luego, no fue una alabanza, pero a Ser Moore, el poco aclamado en los torneos, el caballero proveniente del valle por quien nadie sentía aprecio, no le importaba, tenía la dureza del hielo.
-Me encargaré de que no regrese –Pensó, mientras descendía las escaleras, rígido envuelto en su capa tan blanca como la nieve. –Tyrion Lannister no sobrevivirá.
