Disclaimer: Los personajes de la saga Crepúsculo son de autoría de la fabulosa Stephenie Meyer quien nos regalo un excelente mundo de fantasía. Yo solo me acredito esta historia. Se prohíbe la reproducción parcial o total de la misma.

ADVERTENCIA: Este capítulo probablemente despierte en ustedes sus peores instintos asesinos. Recuerden que la escritora las quiere mucho y que espera que me acompañen hasta el final. No molesto más, les dejo el capítulo.


Capítulo 26: Los errores que cometemos.

Canción recomendada para el capítulo: What hurts the most – Rascal Flatts

"Aferrarse a la rabia es como agarrar un carbón caliente con la intención de lanzárselo a alguien más, sin darte cuenta que eres tú quien se quema primero."
Buddha

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Muchas veces, en la vida de los seres humanos, los acontecimientos que cambian el curso de su destino están basados en tres grandes sucesos: Decisiones propias, errores involuntarios, o accidentes fortuitos. En el caso de Edward Cullen e Isabella Swan, su destino fue cambiado por los dos primeros eventos.

Había sido una decisión propia la que llevó a Isabella a cometer un error involuntario: Terminar de manera precipitada su relación con Edward. Sus miedos la empujaron a rechazar todo con lo que ella había soñado, sus temores la habían obligado a hacer lo que ella jamás imaginó hacer, lastimar al amor de su vida.

Había sido una decisión propia también, la que llevó a Edward Cullen a cometer un grave error, que en su caso sí era voluntario: Encerrarse en su departamento durante cuatro días a ingerir todo el alcohol que su cuerpo era capaz de aguantar. Beber para olvidar, era la única salida que el joven encontró para curar aquella herida que la mujer que amaba le había causado.

Ambos tomaron decisiones, ambos cometieron errores. Guiados por el temor, dominados por la rabia hicieron lo impensable. Tomaron una terrible decisión, cometieron una gran equivocación y se provocaron mutuamente una profunda herida que los marcaría para siempre.

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– ¡Isabella! ¡Isabella Swan! ¡Sal ahora mismo de la casa! ¡Necesito hablar contigo en este momento! – los gritos histéricos de Rosalie Cullen retumbaron en la tranquilla calle de la casa de los Swan, aquella mañana. Después de haber conducido como maniática desde Seattle a Forks, Rosalie llegó a casa de Isabella junto con Emmett. Su novio, completamente aterrado por el estado de irritación de su ángel, se negó a quedarse en Seattle, así que, llenándose de valor y enfrentando incluso a sus propios demonios, decidió subir a último momento al atemorizante BMW rojo de Rosalie y evitar de esa manera que ella viajase sola. Intentó calmarla durante las dos horas y treinta minutos que duró el viaje, pero poco o nada logró conseguir. Rosalie iba dispuesta a llevar a Isabella de regreso a Seattle, cueste lo que cueste.

– Ro…se – le pidió Emmett mientras la tomaba del brazo –. Trata de…de calmarte un…un poco.

– ¿Calmarme? – gritó ella al tiempo que tocaba desesperada el timbre luminoso de la casa de Isabella –. Emmett, tú viste como está mi hermano. ¿Crees que puedo calmarme sabiendo que Edward está a punto de acabar su vida, de hundir sus sueños en alcohol, si esto no termina pronto? ¡No puedo calmarme, Emmett! ¡Simplemente no puedo! – confesó ella con su voz rota. Él negó con su cabeza y de inmediato rodeó a su ángel con sus fuertes brazos.

– Todo sal…drá bien – susurró él mientras ella dejaba escapar unas cuantas lágrimas de sus ojos.

– Lo siento, Emmett, no quise gritarte, pero estoy tan nerviosa que ni yo sé lo que estoy haciendo – dijo ella con suave voz. Él levantó su barbilla y ella sollozó –. Gracias por no dejarme sola en esto.

– Siempre…estaré para…para ti, Rose – le respondió él con una sonrisa. Ella quiso decirle lo mucho que lo amaba, pero el chirrido provocado por las viejas bisagras de la puerta paralizó los latidos de su corazón. Del otro lado de la puerta, Isabella Swan, quien apenas unos minutos atrás había tenido una reveladora charla con su padre, los recibió con mirada asustada.

Emmett tomó la mano de Rosalie y la apretó levemente cuando sintió que su respiración se volvió dificultosa y sus ojos se inyectaron de rabia. Su dulce mirada se convirtió en ese momento en una mirada azul hielo que atemorizaría hasta al más valiente de los hombres. El cuerpo de Bella tembló a causa de la violenta reacción de la hermana de su amor al tiempo que ella se acercaba hasta Bella con cautela.

– ¿Ves esta mano, Isabella? – le habló despacio con su voz Rosalie. Bella asintió con temor –. Quiero enseñarte algo sobre esta mano. Cada dedo te va a contar algo y espero me pongas mucha atención. Empecemos entonces con lo que ellos deben decirte – dijo Rosalie con su mano muy abierta.

Ro…se – quiso interrumpirle Bella, pero Rosalie negó mientras sacudía su mano abierta frente a Isabella. Tomó un respiro y se aprestó a hablar.

Cinco, cinco días, Isabella. Cinco días han pasado desde la noche en que simplemente decidiste mandar al carajo todo – empezó mascullando Rosalie. Por la mejilla de Isabella de inmediato rodó una lágrima y un sollozo escapó de su pecho –. Cuatro, cuatro llamadas diarias, Isabella – Siguió hablándole Rosalie –. Cuatro veces al día he marcado tu número, sin obtener mayor respuesta de tu padre que un simple "Ella está bien". Tres, tres visitas, Isabella – Rosalie le enseñó tres de sus dedos mientras negaba –. Tres son las veces que ha venido Alice a verte en busca de una explicación y tres han sido las veces que ha tenido que regresar con la misma respuesta que yo he recibido por teléfono. Dos, Isabella – susurró Rosalie mientras su voz se debilitaba –. Puedo jurar que son dos los corazones rotos. Corazones que no saben, no deben, no pueden vivir apartados por el inmenso amor que se tienen. Uno, Isabella – dijo ya con lágrimas en sus ojos mientras mostraba un solitario dedo de su mano –. Un terrible error, una enorme mentira que no soy capaz de creer. Uno, es lo que me queda y te queda a ti. Una sola oportunidad para que me digas qué demonios está pasando por tu cabeza. Isabella. Necesito saber que te llevó a cometer la locura de decirle a mi hermano que no lo querías. ¿En qué estabas pensando esa noche? – le gritó entre sollozos cortos –. ¡Explícame qué demonios está pasando, Isabella, porque sinceramente no lo entiendo! ¡Sinceramente no te entiendo!

Lo siento tan…to, Ro…se – le susurró Bella a Rosalie entre hipidos siendo aquello lo único que se sintió capaz de decirle. Llevó enseguida sus manos a su rostro y lo cubrió, cosa que enfureció a Rosalie quien negando en respuesta rápidamente llevó sus manos al rostro de Isabella para liberarlo de sus manos y obligarla así a mirarla.

– ¡Mírame, Isabella! ¡Mírame! – le pidió tanto con su voz como con señas. Bella miró a Rosalie con sus ojos anegados en lágrimas –. Quiero que me mires cuando me expliques que fue lo que te llevó a hacer lo que hiciste la noche que se suponía debía ser la mejor noche de la vida de Edward, y la tuya también. ¿Cómo fuiste capaz de hacer semejante locura? ¿En que estabas pensando? – gritaba Rosalie. Emmett intentó apaciguar a su amor poniendo una mano en su hombro, pero ella se removió incómoda.

– Me equivoqué. Me equivoqué tanto…– empezó Isabella a explicar en señas mientras hipaba –. Él merece una vida tranquila, una familia feliz con una esposa normal y unos niños normales. Yo quería eso para él, Rosalie. Lo que hice fue pensando en él. Yo quería para él una vida en paz. Él necesita a su lado a alguien que no soy yo, él necesitaba una persona normal, una vida normal – Rosalie frunció el ceño confundida. ¿De qué demonios estaba hablando Bella? ¿Una vida normal? ¿Acaso Isabella era anormal para pensar que Edward merecía algo diferente? Además ¿Qué tenía que ver eso con el hecho de decirle que no lo amaba?

– Isabella, realmente no te entiendo, hay cosas aquí que no entiendo – Rose sacudió su cabeza confundida –. Primero: Terminaste con Edward por qué querías que él fuese feliz. ¿En qué mundo crees que Edward puede ser feliz sin ti? Segundo: Hablas también que quieres para Edward una vida normal. ¿Acaso tú no eres una persona normal? Tienes una capacidad especial que es diferente a ser anormal Isabella. Además… Después de todos estos años, ¿En serio crees que mi hermano necesita una persona corriente a su lado? – le preguntó Rosalie con rabia en sus señas. Isabella asintió levemente provocando que Rose se irrite aún más –. ¡Es que esto es inaudito! Isabella… ¿De veras crees que Edward alguna vez ha necesitado lo que tú catalogas como una vida normal?

– No sé si la necesite, pero sé que la merece – fue la respuesta de Isabella.

– Tú no sabes nada de lo que necesita Edward. Él te necesita a ti, Isabella. No necesita absolutamente nada más que a ti. ¿Tienes idea lo que ha hecho mi hermano los últimos cuatro días? – Isabella negó despacio –. Nada, mi hermano no ha hecho nada. Edward es un ser inerte respira y sobrevive de milagro. Que solo se ha dedicado a beber como desquiciado por el dolor de tu desprecio. Edward se convirtió en una sombra que deambula por el departamento, empeñado a destrozarlo porque cada pequeño rincón le recuerda a ti. Tu recuerdo lo está matando, tu decisión lo está destruyendo. Tú lo estás destruyendo – La voz de Rosalie se rompió en ese momento al recordar la circunstancia en que había dejado a su hermano en Seattle. De inmediato, vio que Bella soltó todo el aire contenido en sus pulmones y, débil de voluntad y fuerza, cayó de rodillas. Emmett corrió de inmediato a su lado y la tomó del brazo sosteniéndola, evitando así que su desfallecimiento la haga caer de bruces en el piso.

Edward, lo siento…amor ¿Qué hice? – fue todo lo que ella pudo decir antes de volver a sollozar con fuerza aferrada al brazo de Emmett. Él miró a Rosalie que aún seguía de pie y tomó un fuerte respiro.

– Basta, ángel. Ella no…no…no está bien – intercedió Emmett, pero Rosalie no le prestó mucha atención a causa de la rabia que la embargaba. Poniéndose de rodillas siguió hablándole mientras grandes lágrimas mojaban sus mejillas.

– Su vida se volvió una completa inercia desde que te fuiste, Isabella. Él es mi hermano, mi pequeño hermanito, y está sufriendo por tu culpa. Ni siquiera te imaginas cómo me siento al verlo tan destruido, ni siquiera te imaginas cómo me parte el alma verlo así. ¿Cómo fuiste capaz de hacer algo así? ¿Por qué le mentiste? ¡Dímelo, Isabella! – gritó ella mientras hablaba también con sus manos. Isabella levantó su cabeza y respirando, se dispuso a hablar.

Porque lo amo – su voz salió en un grito desgarrador que retumbó por todo el lugar. Rosalie negó mientras secaba sus lágrimas y veía a una desesperada Bella empezar a hacer señas que ella luchaba por entender –. Lo hice porque lo amo, porque lo he amado desde niña, y porque lo amaré hasta el último día de mi vida. Es porque lo amo que me obligué a dejarlo, es porque lo amo que no podía ser tan egoísta para no permitirle que él tenga una vida feliz. – Rosalie negó tristemente.

– Isabella, tomaste una decisión equivocada. Has querido evitarle dolor, has querido hacerlo feliz pero has sido tú la que le ha causado la infelicidad en primer lugar. Isabella, Edward en serio cree que no lo amas. Él creyó tu mentira. Lo sé porque lo he escuchado gritar y llorar cada noche desde que te fuiste. ¿Crees que él merece eso? – Isabella negó y soltó un nuevo sollozo.

– Pensé que era lo mejor para él, Rosalie. Creí que él sería feliz con una vida normal, él la merece. A mi lado jamás la ha tenido y tampoco la tendrá.

– ¡No la ha tenido porque no la necesita, Isabella! ¡Entiéndelo! ¡Él no necesita otra cosa que a ti! ¿Crees que si él en verdad fuese tan infeliz como tú crees que es no hubiese terminado todo esto hace mucho rato atrás? Isabella, mi hermano te propuso matrimonio. Él quería pasar el resto de su vida a tu lado, sin importarle una mierda tu condición. ¿Cómo pudiste decirle que no? Lo que hiciste fue egoísta, estúpido y completamente absurdo – susurró Rosalie antes de pasar una mano por su cabello, en el mismo gesto que tenía Edward cuando estaba molesto –. Él te ama con su vida, y tú…– Isabella no le permitió terminar. Se abalanzó a los brazos de Rosalie y con fuerza se aferró su cuerpo. Un profundo sollozo escapó de su pecho y con sus lagrimas mojó el rubio cabello de Rose.

– Y yo…yo lo amo tanto… Lo siento, Rose. Lo siento mu…mucho… Yo lo amo y jamás quise ha…hacerle daño – En ese momento, Rosalie bajó la guardia y alejó a Isabella para hablarle en señas. Los ojos de su amiga estaban llenos de lágrimas, y no paraba de sollozar. Ella se conmovió por la escena y la volvió a abrazar.

– Yo sé que lo amas, Isabella. Siempre lo he sabido, solo tomaste una mala decisión, solo cometiste un terrible error. Yo sé cuanto lo amas…yo lo sé – le dijo acariciando su cabello. Emmett asintió ante las palabras de Rosalie y tocó la mejilla de su amor que estaba completamente bañada en lágrimas.

Por varios minutos, las dos jóvenes estuvieron abrazadas, meciéndose mutuamente y sollozando con fuerza. Isabella, completamente arrepentida por su estúpido accionar, se lamentó por la situación en la que había dejado a su tortugo, a su amor. Rosalie tenía razón. ¿Cómo pudo ser tan estúpida de dejar al amor de su vida en una noche como esa? ¡Edward le estaba pidiendo matrimonio, por todos los cielos! ¡Le estaba ofreciendo compromiso de amor eterno y ella simplemente lo despreció! Era cierto el reproche de Rose ¿En qué está pensando para cometer una locura así? ¿En protegerlo? Aquella era una excusa barata, ya que su decisión en vez de protegerlo lo estaba destruyendo.

– Lo siento tanto, Rosalie. He sido tan tonta, tan egoísta. Le mentí, le dije que no lo amaba cuando él es por quien la palabra amor tiene un sentido en mi vida – le dijo Bella en señas unos minutos después, cuando soltaron su abrazo estando aún de rodillas –. Desprecié tantas cosas estos días, todo por culpa de mi error. He despreciado a Alice, a ti, a Edward, he despreciado una vida feliz a su lado. Lo he perdido todo…

– No lo has perdido, Isabella, aún hay algo que se puede hacer. Si lo que me has dicho es todo cierto, si tú amas en realidad a Edward tienes que venir conmigo a Seattle ahora. Necesitas pedirle perdón, necesitas decirle que te equivocaste. Él te ama, de seguro que si le explicas el por qué de tu decisión él te entenderá, Edward tiene un alma tan pura que no tengo dudas que estará presto a escucharte y a perdonarte, ese es quién es él. Un alma noble, como la tuya…

– LLévame de regreso a mi alma, Rosalie. No tengo más que hacer aquí. Llévame de regreso a Edward, por favor – le imploró Bella con sus manos juntas en señal de ruego. Rosalie asintió y tomándola de la mano la ayudó a ponerse de pie.

– No hay tiempo que perder entonces. Creo que llegaremos a tiempo antes que esa última maldita botella se termine – Isabella asintió apenada y corrió hasta la cocina de donde tomó un pequeño block de notas y dejó un mensaje a su padre que en ese momento había salido al supermercado por unas cuantas cosas que hacían falta en la alacena:

Me fui a Seattle con Rosalie. Ya no más dolor ¿lo recuerdas?

Te enviaré un mensaje en cuanto pueda. Te amo, papá

Bells

– Vamos. Es tiempo de enmendar los errores – le dijo en señas Bella a Rosalie que tomada de la mano de Emmett asentía despacio. Bella sonrió en respuesta y a paso firme se dirigió a la puerta, pero antes de llegar, Rosalie la detuvo.

– Lamento haber sido tan ruda contigo, Isabella. Sabes lo mucho que te aprecio pero alguien debía detener toda esta situación – confesó apenada Rosalie, disculpándose por su actitud tan fuerte de unos minutos atrás.

– A veces, en nuestras vidas, necesitamos de ese alguien que nos dé un buen remezón y nos haga reaccionar. Gracias por venir hasta Forks y sacudirme de mi error. Te quiero, Rosalie – le dijo Bella en señas antes de abrazarla con fuerza. Rosalie sonrió ante la súbita reacción de Isabella y sonrió respondiendo a su abrazo.

– Yo también te quiero, pero más te querré cuando todo esto haya terminado y me dejes ayudarte en la organización de tu boda. Porque si habrá boda, ¿verdad? – preguntó Rosalie a Bella quien asintió con una sonrisa –. Entonces vámonos, quiero ver ese maldito anillo en tu dedo antes que mi papá se entere y nos mate a todos – Bella se ruborizó con fuerza y asintió mientras salía de la casa. Rosalie asintió también y tomando la mano de un sonriente Emmett, caminó hasta su auto.

Un pequeño rayo de sol brilló en Forks en el preciso instante que Rosalie encendió la marcha del auto. Isabella sonrió ante la luz de la esperanza de la reconciliación que en el cielo se le estaba mostrando y mirando hacia arriba suspiró emocionada. Era hora de volver a casa, a su casa, a su amor. Era tiempo de corregir la decisión y de enmendar un error.

Pero, mientras Isabella miraba al cielo y suspiraba emocionada, Edward miraba al piso y suspiraba triste. La mano siguió acariciando su mejilla por largo rato mientras él, de manera esporádica cerraba los ojos a causa del delicado toque.

– Yo sé lo que ella hizo. Siempre supe que ella no te amaba, siempre lo supe. Quise decírtelo tantas veces, pero sabía que tú no me harías caso – la voz de Audrina, suave, pero venenosa, se escuchó en la pequeña sala del departamento. Edward asintió ante las palabras de su amiga y estiró su mano para darle otro trago a su botella. La borrachera había pasado ya lo suficiente, y él sobrio como se encontraba en ese momento, no era capaz de aguantar el dolor de la herida del abandono de Isabella – No, ya no bebas, Edward. Ella no lo merece. Te abandonó, el día que tú le estabas proponiendo matrimonio. ¿Qué clase de mujer hace eso? ¿Qué clase de mujer es Isabella, Edward?

– Una mentirosa – susurró él, levantando la mirada por primera vez desde que Audrina estaba allí en el departamento. Ella sonrió ante la respuesta de Edward y asintió.

– Una mentirosa – repitió ella –. Una mujer que no te merece, Edward. Una mujer que no debes dejar que te haga más daño – Edward asintió ante las palabras de Audrina mientras dejaba escapar una solitaria lágrima –. Mira tu mano, está llena de sangre. Y no me imagino cómo debe estar tu corazón – Edward se encogió de hombros y desvió su mirada hasta donde se encontraban los cuadros destrozados de Isabella. Destrozados, sí, al igual que su vida –. Vamos, tengo que ayudarte a curar esas heridas – le dijo Audrina a Edward trayendo de nuevo su atención. En ese momento el escozor de su herida se hizo más profundo ya que Audrina tocó la palma de su mano. Edward hizo una mueca de dolor y Audrina negó con fingida tristeza –. Vamos, Edward, déjame curar tus heridas.

Sin decir una palabra más, Audrina se puso de pie y ofreció su mano a Edward, quien después de observarla, meditar y sopesar sus opciones asintió, tomando la terrible decisión de permitirle a Audrina curar sus heridas, no solo de la mano… sino también las del corazón.

En silencio se dirigieron a la cocina en donde Audrina con cuidado tomó la mano de Edward y la metió en agua fría para limpiar la sangre que en ella se encontraba. Edward hizo una mueca de dolor, pero Audrina con un arrullo le susurró que todo estaría bien. Con cuidado retiró unas pequeñas esquirlas de vidrio que se encontraban incrustadas en la base de la palma de la mano de Edward y rápidamente la volvió a poner en el agua fría.

– Shhh, ya se acaba todo, pronto – le dijo ella con una leve sonrisa. Edward asintió y miró hacia el otro lado de la cocina. Fijó su mirada en la puerta del refrigerador y negó apenado al ver que allí reposaba el último recuerdo de su amor. Una foto, una alegre imagen que le recordaba lo que en otrora fue su vida feliz, su vida de engaños junto a la mujer que un día tanto amó.

Ella lo había dejado, sin excusas, sin razones, sin un por qué. Le había pedido que siga con su vida, que ella seguiría con la suya. Le había pedido que la olvide, que busque a una mujer que lo haga feliz. Pero él no podía, su felicidad era ella, aunque él no fuese la suya. ¿Olvidarla? ¿Cómo lo haría entonces si llevaba su recuerdo, su aroma y su alma tatuada en su mente y en su cuerpo? ¿Refugiándose en el alcohol, cuyo delicioso elixir lo había tenido en estado neutral los últimos días? No creía que aquella fuese una buena idea, el alcohol pronto se terminaría y ella no estaría de vuelta. El amor tanto como el alcohol, habían tenido para él una fecha de expiración, un tiempo límite de goce, y que para su mala suerte había ya terminado.

– ¿En qué piensas, Edward? – le preguntó Audrina un momento después, luego de haber colocado una bolsa de hielo en su mano. Edward regresó a mirar a Audrina y levemente ladeó su cabeza. "Busca otra mujer, sigue con tu vida" fue la frase que retumbó en la mente de Edward en ese momento, cambiando el destino del joven Edward Cullen. LLevándolo a tomar una decisión errónea, llevándolo a cometer un terrible error…

Sin pensarlo dos veces, en ese momento Edward lanzó la bolsa de hielo con violencia sobre la encimera de la cocina y acercando a Audrina a su cuerpo, atacó su cuello a besos. Audrina jadeó ante la extraña reacción de Edward, pero no lo detuvo. Los besos de Edward eran hambrientos, salvajes y cargados de dolor, del dolor de la decisión que había tomado de manera precipitada.

– Esto es lo que querías, sigue tu vida… yo seguiré la mía – susurró él cerca de la clavícula de Audrina quien se apartó un poco.

– ¿Qué dijiste, Edward? – le dijo ella confundida.

– ¿Querías que sea feliz? Mírame hacerlo – respondió él para sí mientras sus manos ávidas se colaban debajo de la blusa de seda que Audrina estaba usando esa mañana. Ella jadeó ante el contacto de la fría mano de Edward en su piel, pero no se alejó. Sonrió en cuanto sintió nuevamente los húmedos besos de Edward en su cuello y gimió fuertemente cuando sintió las manos de Edward ahuecar sus senos. La joven se sintió en la gloria, después de tanto tiempo, de tantas sonrisas falsas, de tantas mentiras y tanto veneno vertido, al fin había conseguido lo que había querido, al fin tenía a Edward Cullen para ella. Y aunque ese día, lo que llevaba a Edward a acariciar su cuerpo de manera ruda y desesperada era el recuerdo de otra mujer, a ella no le importaba, le tenía sin cuidado ser la segunda, ya que ella sería la última en la vida del hombre en quien había fijado sus ojos el día que pisó Seattle.

Con adoración miró los ardientes ojos verdes de Edward y tomando su rostro lo levantó para besar sus labios, pero él no se lo permitió.

– Los labios no… Esos besos eran de ella, y murieron… con ella y su recuerdo – susurró él mientras desabotonaba la camiseta de Audrina y un delicado sujetador de encaje rosa se mostraba a él. Sacudió su cabeza en cuanto su traicionera mente empezó a recordar otros pechos, otros pezones, aquellas piedrecillas que en sus manos se endurecían, se tornaban de un adorable color rosa intenso.

Una vez más atacó su cuello y liberó a Audrina de su sujetador. Ella gimió cuando sintió la mano de Edward tomar su seno derecho y echó su cabeza hacia atrás en cuanto él se agachó y liberó con sus ágiles dedos el botón de sus vaqueros. En menos tiempo del esperado, ella estaba semidesnuda en la cocina de la casa de Edward, y él, llevado más por la rabia que por el deseo, la condujo hasta el mueble en donde pensaba tomar a Audrina de manera ruda, dolorosa, pero liberadora, tal como ella se lo había pedido.

Se liberó él también de su ropa, de sus complejos y su dolor. Rompiendo la ropa interior de Audrina, y con ello rompiendo también su corazón, se introdujo en ella de una sola estocada, mientras ella gemía de manera dolorosa por no haber estado lo suficientemente lista para recibirlo. Miró entonces Edward a Audrina y sus ojos negros estaban llenos de lágrimas. Ella también había cometido un error ese día.

No era esa la forma en la que ella imaginó su primera vez con Edward, si bien era cierto que él no estaba borracho y que estaba haciéndolo en completo uso de sus facultades mentales, hubiese preferido que él estuviese completamente ebrio y que la confundiera con Isabella antes que la tratara de esa manera. No era aquella la forma que ella pensó sería la vez que uniría su cuerpo con el hombre que ya tenía su corazón. Sus embestidas eran dolorosas, llenas de rabia, llenas de una oscuridad que a partir de ese día envolvió el alma de Edward Anthony Cullen.

El joven, quien por primera vez estaba teniendo relaciones sexuales con alguien que no era ella, sintió su liberación cercana por lo que bombeó más rápido al interior de la mujer que estaba en sus brazos mientras ella jadeaba, fingiendo un orgasmo que jamás sintió. Unos pocos segundos después Edward se corrió al interior de Audrina, y dejó caer su cabeza sobre el pecho de la joven. Un pecho diferente al que todas las noches lo acurrucaba tranquilo, el pecho de una mujer que no era la suya, ya que la suya jamás volvería y él, follando a otra mujer, había encontrado la manera de aceptar esa realidad.

Salió de ella un par de minutos después, en cuanto lo hizo notó que unas pequeñas gotas de semen estaban aún en la punta de su miembro. En ese momento, un sentimiento de remordimiento lo golpeó con fuerza por una simple y básica razón: Su semen estaba en el vientre de otra mujer que no era el de ella, una mujer que no sabía si usaba protección como siempre ella la había tenido. ¿Qué pasaba si en su sed de rabia y venganza había cometido un error que lo llevaría a cambiar su destino para siempre? Edward se obligó a no pensar en ello por lo que negó con fuerza mientras se ponía de pie.

– Será mejor que te vayas – le dijo Edward a Audrina mientras se colaba en sus pantalones. Audrina lo miró asombrada, pero sin decir palabra alguna se puso de pie y empezó a vestirse. En silencio derramó unas cuantas lágrimas mientras Edward regresaba a la cocina por su bolsa de hielo. En cuanto regresó, Audrina se acercó a él intentando acariciar su rostro, pero él se alejó.

– No me toques – le dijo él. Ella asintió levemente mientras retrocedía un par de pasos y se dirigía a la cocina en busca de su sujetador. Edward, quien estaba sin camisa todavía, fijó su mirada una vez más en los cuadros destrozados y negó.

– Esto era lo que querías. Esto es lo que hay entonces – dijo para él. En ese mismo momento se escuchó el sonido de las llaves en la puerta de su departamento y antes que cualquiera de los dos pudiese reaccionar, Isabella y Rosalie estaban de pie en la puerta del departamento.

Lo que vieron las dos jóvenes provocó que la sonrisa de esperanza que ambas tenían apenas unos segundos atrás se borrara de inmediato. Audrina, con sus pechos al aire buscaba algo con que cubrirse mientras Edward con su pecho descubierto miraba a la puerta con estupor.

– ¿Qué… qué demonios es esto? – preguntó entre balbuceos Rosalie. Isabella apenas podía pestañear a causa de la impresión.

– ¿Qué está haciendo ella aquí? – fue la respuesta de Edward, quién lanzó la bolsa de hielo en la mitad de la sala y se acercaba hasta la puerta. Audrina aprovechó el momento y corrió en su busca de su camisa para luego escabullirse en el baño –. He preguntado que está haciendo ella aquí – gritó esta vez Edward.

– ¿Que carajos está haciendo esa zorra aquí, Edward? – gritó Rosalie. Por las mejillas de Isabella, dos grandes lágrimas rodaron su piel e inundaron también su alma. Edward fijó su mirada en la mujer con la que hasta hace cinco días planeaba pasar el resto de su vida y apretó sus puños con rabia ¿Para qué había vuelto? ¿Para recordarle que jamás lo había amado? ¿Qué su vida era una enorme y gorda mentira? –. ¡Edward Cullen, respóndeme! – gritó fuertemente, Rosalie, provocando que el contacto visual de Edward y Bella se rompiera por un momento. En ese momento Audrina salió del baño ya con su ropa puesta y se dirigió a la sala – ¡Tú! ¡Tú me vas a responder que está pasando aquí! – le habló Rosalie mientras entraba a la sala y la tomaba con violencia por el brazo –. ¡Explícame que demonios está pasando aquí!

– Suéltame, Rosalie. Me estás haciendo daño – le pidió Audrina, Rosalie negó y apretó con más fuerza el brazo de Audrina.

– No te voy a soltar hasta que me digas que carajos pasa aquí – espetó con rabia Rosalie. Emmett, quien en ese momento llegaba al departamento después de haber ayudado a Rosalie a aparcar su auto, se quedó estupefacto por la escena que vio. Isabella de pie, inmóvil lloraba frente a un Edward cuyos ojos estaban encendidos en una oscura flama de rabia. Más allá, su novia estaba agitando como si fuese una muñeca de trapo a Audrina quien se negaba a responderle.

En cuanto Audrina chilló a causa del dolor, Emmett intentó intervenir, pero Rosalie lo apartó.

– ¡Habla! ¿Qué está pasando? – le gritó Rosalie.

– ¿Qué quieres saber, Rosalie? ¿Quieres saber qué pasó? Edward y yo nos acabamos de acostar, estuvimos juntos unos minutos antes que ustedes vinieran. ¿Eso era lo que querías saber? Allí lo tienes, él y yo hicimos el amor. Eso es todo.

– ¿Eso es todo? – preguntó ella, con un tono marcado de rabia –. ¿Eso es todo, Edward? – se dirigió esta vez a su hermano, soltando a Audrina – Por ti, he atravesado todo el maldito estado para traer a Isabella de regreso y tú te acuestas con esta zorra en tu casa, en la casa que compartes con la mujer que amas. ¿Qué carajos te pasa? – le reprochó, esta vez acercándose a él y golpeándolo en el brazo.

– Estás equivocada, Rosalie – le dijo sin quitar la mirada de Isabella –. Te has equivocado en varias cosas. Primero que todo yo no te pedí que atravieses el estado, no te pedí que traigas a nadie. Segundo, esta es mi vida, y me acuesto con quien se me dé la gana, y tercero, yo… yo no comparto mi casa con nadie, porque aquella persona a la que te refieres, se murió para mí – Isabella leyó los labios de Edward y soltó un sollozo profundo. Cubrió su rostro y negó mientras retrocedió un par de pasos.

– Edward – se escuchó la voz de Audrina en ese momento. Él volteó a mirarla y con rabia se acercó a ella.

– ¡Te dije que te vayas! – le gritó. Audrina tembló a causa de la reacción de Edward, pero asintió despacio. En silencio se retiró del lugar y se dirigió a su casa, en donde otros brazos estaban dispuestos a ofrecerle un consuelo que ella no pidió tener en primer lugar.

– ¡Eres un imbécil, Edward! ¿Cómo pudiste hacerle esto a Isabella? – dijo Rosalie mientras seguía golpeando a Edward con fuerza. Él la detuvo y tomándola por los brazos la sacudió con fuerza.

– ¿Por qué me reclamas a mí? ¿No recuerdas que fue ella quien dijo que no me amaba? ¿No recuerdas acaso que fue ella quien me pidió que continúe con mi vida? – gritó a Rosalie mientras señalaba a Isabella.

– Basta – pidió Bella en señas. Rosalie la miró y sus ojos se llenaron también de lágrimas. Isabella se acercó a Emmett y con señas básicas le pidió que se lleve a Rosalie a su departamento. Emmett asintió y se acercó a Rosalie para tomar su mano.

– Isabella… No…– le pidió ella con su voz. Bella sollozó y negó mientras le respondía en señas.

– Debemos conversar a solas, por favor Rosalie. No lo hagas más difícil de lo que ya es – le suplicó Isabella a Rosalie. Ella corrió a sus brazos y la abrazó con fuerza.

– Esto parece una pesadilla, Isabella, dime que todo va a salir bien. ¡Dime que te vas a casar con él! ¡Prométemelo! – le pidió entre sollozos, Rose. Emmett se acercó nuevamente a ella y tomándola por el brazo la retiró del lugar. Con tristeza cerró la puerta y dejó a dos personas heridas, confundidas, y pérdidas en un pequeño espacio que ellos mismos solían llamar hogar.

– ¿Para qué has vuelto? ¿A restregarme la verdad? ¿A vanagloriarte de lo que hiciste conmigo? ¡Esto es lo que has hecho de mí, Isabella! ¡Mírame! ¡Mírame bien! El producto de tu mentira está aquí, haciendo lo que tú querías, porque de cierta forma sigo siendo un esclavo de sus decisiones – Le habló en señas –. ¡Respóndeme para que volviste Isabella! ¿Qué más quieres de mí?

– Te acostaste con Audrina – fueron las únicas señas que pudo hacer Isabella.

– ¿Y? ¿Cuál es la sorpresa en ello? ¿No me dijiste acaso que querías que yo buscara una mujer que me hiciera feliz? ¿Qué siguiera con mi vida, que tú ibas a seguir con la tuya? Sinceramente no se para que volviste – le dijo en tono amargo, tanto en señas como con su voz.

– ¿Cómo pudiste acostarte con otra mujer, Edward? ¿Por qué hiciste eso? ¿Por qué me hiciste esto? – le dijo ella mientras sus hipidos no le daban tregua.

– Isabella, eso es lo que tú querías. ¡Lo que tú me empujaste a hacer! – gritó Edward con rabia.

– ¡Yo no te dije que te acostaras con Audrina, Edward! ¿Cómo pudiste hacerlo? Yo te amo…– Isabella sollozó con más fuerza. Edward la miró con rabia y negó.

– ¿Me amas? Isabella… ¡Ya basta! Ya he tenido demasiado de tus mentiras. Toda una vida amándote, viviendo por y para ti, luchando contra todo y todos por sacar lo nuestro adelante, por mantener esa farsa a flote. Ya deja de mentir, tú no me amas Isabella, me lo dijiste y no solo una vez. Viví en una mentira por muchos años, pero ya no más. No quiero más de esto. Déjame ya en paz…

– Yo te amo, Edward. Cometí un error al decirte que no te amaba, pero he llegado demasiado tarde para decírtelo – le respondió ella. Su mirada se desvió por un segundo a Boi, quien en ese momento paseaba despreocupado por la sala. Ella se acercó hasta su tortuga y tomándolo en sus manos lo llevó hasta su pecho –. Todo está dicho aquí… Es hora de irme – dijo ella con su voz.

En silencio caminó hasta la habitación ahora destrozada en busca de sus cosas. Se asombró al ver que la cama estaba ahora en el piso junto a tres botellas vacías. Su ropa estaba por doquier, una parte estaba rota y otra estaba en un bote de basura. Ella sollozó al ver el estado de desastre de aquel santuario de amor que compartía con Edward y negó al ver que su amor tenía razón. Su visita a su pequeño departamento en Seattle solo venía a confirmar lo que ella mismo había provocado: destrucción y dolor.

Todo estaba dicho allí… Era hora de irse

Salió enseguida de la habitación y encontró a Edward, con su camisa ya puesta y dándole un trago más a la botella que estaba a punto de terminarse. Isabella volvió a sollozar al verlo y aferrando a Boi a su pecho negó tristemente. Al llegar a la sala, buscó la caja de cristal de Boi y poniéndolo un momento allí dentro, miró a Edward quien la miraba también fijamente.

– Cometí un error, Edward, uno muy grande al decirte una mentira. No puedo culparte de haber sido yo misma quien te lanzara a los brazos de otra mujer. Me equivoqué, y este es el precio de mi error. No hay nada que pueda hacer, te amo demasiado, pero es mejor que todo termine aquí.

– Deja de decir que me amas Isabella. Si me amaras no me hubieses rechazado como lo hiciste ese día. Si me amaras, no me hubieses tenido un día entero bajo la lluvia esperando por ti. Si me amaras, no habrías tardado cuatro días más en volver. Si me amaras, como dices hacerlo, no debiste haber vuelto… – le dijo él tratando de contener un profundo sollozo que pugnaba por escapar de su pecho.

¡Yo te amo! – gritó Isabella con todo el poder que su voz le permitió –. ¡Yo te amo! – repitió una vez más para luego hablarle en señas – Ese día te mentí solo porque te amo, porque quise protegerte, porque quería todo lo mejor para ti.

– ¿Me mentiste porque me amas? – preguntó incrédulo Edward –. ¡Eso es tan absurdo, Isabella! ¿Cómo puedes amar y engañar a la vez? Pfff… ¡A quien se lo estoy preguntando yo también! – dijo con marcado dramatismo en su voz –. ¡Tengo frente a mí a la reina del engaño! ¡La que por años me juró que me amaba y lo que estaba haciendo era burlarse de mí! ¡Eres tan necio, Edward! – se reprochó a sí mismo. Isabella no dejaba de llorar mientras se acercaba a la caja de cristal del Boi y lo tomaba nuevamente –. ¡Ella viene con sus mentiras, con sus lágrimas falsas, a seguir disfrutando de tu festín de dolor, y tú aún crees en ella! ¡Ya basta, Isabella! ¡Sigue con tu vida, busca otra persona a quien mentirle que yo seguiré con la mía! – Isabella asintió levemente y se dirigió a la puerta con Boi en sus manos.

– Si te mentí es porque te amo, si volví es porque te amo, y si me voy es porque te amo. Por tu amor es que está gobernada mi vida, pero si no puedes creerme no hay nada que yo pueda hacer. Me equivoqué es cierto, y solo el tiempo dirá si tú, también estás cometiendo un error. Te amo, siempre lo hice, siempre lo haré, esa es una verdad irrefutable, como verdad es también el hecho que necesitas una vida normal, algo que a mi lado jamás tendrás. Y aunque hoy me hiciste un terrible daño, no tengo que reprocharte porque sé que es culpa mía también. Hoy me voy para bien, para tu bien. Te dejo en libertad para que al fin la tengas una vida normal, sin mí… sin la persona que te amará para toda la vida. – le dijo en señas que hizo con una sola mano. Edward se acercó hasta ella y sin decirle una sola palabra tomó su rostro bañado en lágrimas y dejó un tierno beso en sus labios. Ella sollozó con fuerza al igual que él al percatarse que aquel era su beso de adiós, su beso de "hasta siempre amor".

– Ándate, por favor, déjame solo. No vuelvas a este lugar. No regreses a mi vida, tú misma quisiste salir de ella. Yo no te quiero de regreso. No me hagas más daño, por favor – le susurró él entre sollozos mientras se separaba de ella. Ella asintió al comprender sus palabras y en silencio salió del departamento mientras susurraba un silencioso "Te Amo, tu yo juntos por siempre" que se ahogaba entre sus sollozos.

Al interior del departamento, en ese momento, el sonido de un vidrio rompiéndose retumbó las paredes del lugar.

– ¡Ella no te ama, Edward! ¡Te lo dijo hoy, pero eso es mentira! ¡Es una mentirosa! ¡Ella no te amó! ¡Ya basta! ¡Olvídala… olvídala para siempre! – gritó Edward mientras caía de rodillas junto a los cuadros destrozados de su amor. Un grito se escuchó en el corredor mientras que unos pasos veloces bajaban las escaleras de manera presurosa.

– ¡Isabella! ¡Isabella, espera! – gritó Rosalie tratando de detener a Rosalie. La alcanzó cuando ella estaba ya en la planta baja –. Isabella… ¿Dónde vas? – le preguntó en señas.

A casa. De donde nunca… debí haber salido – dijo ella con su voz rota. Rosalie sollozó mientras acercaba a Isabella a su cuerpo.

– Lo siento tanto, Isabella. Lo siento tanto. Él se va a arrepentir de lo que hizo, lo sé. Él te ama… no puede estar con otra mujer que no seas tú. – le dijo entre sollozos.

¿Te puedo pedir un…un último favor? LLévame a casa – le suplicó ella después de un momento. Rosalie asintió y en silencio salieron hasta el estacionamiento, nuevamente acompañadas por Emmett.

Había caído ya la noche en Forks cuando el BMW se estacionó en la entrada de la casa de los Swan. Sin decir palabra alguna, Isabella salió del auto y llevando a su tortuga corrió hasta la puerta. Rosalie la siguió de inmediato y la detuvo.

– Por favor, no me alejes como lo hiciste ahora. Sé que debes estar pasando por un profundo dolor, pero por favor no nos alejes, a mí y a Alice. No lo hagas, te lo suplico – le pidió, Rosalie. Isabella asintió levemente y volteándose entró a su casa.

Aquella noche, el llanto fue la tónica que marcó a muchos de los personajes de la historia del amor en silencio. Isabella, quien junto a Boi no podía detener su llanto, lloraba por su amor perdido, por su amor extraño que ahora estaba en brazos de otra mujer. Mujer que en su habitación también lloraba por el trato tan miserable que recibió de parte de su amor obsesivo. Entre las jóvenes Cullen también hubo lágrimas, las que fueron enjugadas por sus respectivos novios. Jasper, intentaba con sus conocimientos básicos de psicología explicar a Alice que los seres humanos necesitan cometer errores en sus vidas, que aquello los hace crecer y madurar. Por otro lado, Emmett intentaba apaciguar con sus abrazos los sollozos de su ángel que desesperada lloraba al escuchar los gritos de su hermano en el piso inferior.

Las lágrimas fueron secándose con el paso de las horas, el dolor se fue amortiguando con el paso de los días, dejando a su paso una estela de recuerdos que herían los corazones ya por si lastimados de un joven tortugo y su hermosa mariposa, quienes de a poco se acostumbraron a la ausencia de su ser amado.

Al enterarse de lo ocurrido, Esme y Carlisle intervinieron de inmediato. Viajaron hasta Seattle y encontraron a Edward encerrado en la sala de su casa, con una barba de varios días y con una botella de algo ya no era ni tequila ni vodka mientras le daba una calada a algo que tampoco parecía un cigarrillo normal.

Entre ruegos y lágrimas, Edward accedió a dejarse atender por su madre. Tomó un baño y rasuró su barba. Su padre le extendió un vaso de agua con antiácido, y él lo bebió rápidamente. Los tres se sentaron a hablar y los puntos quedaron claros para él ese día. ¿Quería vivir la vida alegre? Pues bien, estaba en la libertad de hacerlo siempre y cuando lo haga por sus propios medios ya que a partir de ese día todo apoyo financiero se le fue retirado. Debía devolver a sus padres todo el dinero gastado los últimos días, incluyendo la costosa compra de un anillo de compromiso que ni siquiera estaba en el dedo de la joven que ellos consideraban su hija.

Le tomó apenas un par de días conseguir un empleo. No era mucho, pero al menos le ayudaría por unas cuantas semanas. El empleo era sencillo, debía servir los tragos a los clientes de un pequeño bar en el centro de Seattle. Los primeros días le fueron muy bien, incluso el dueño del lugar mencionaba que el atractivo de Edward le había ocasionado un aumento en sus ventas. Pero todo cambió cuando Edward fue trasladado al puesto de bar tender. Su reciente adicción al alcohol lo llevaba a preparar cuatro tragos y beber dos de ellos. A pesar de eso, él no demostraba su embriaguez, cosa que no notaba ni su jefe, ni las mujeres que a la salida del bar lo esperaban para que las lleve a su departamento y de manera ruda y primitiva las hiciera suyas.

Jamás permitió que ninguna de ellas lo besara, eso no estaba permitido para ellas, ni para nadie que no sea la mujer que en su recuerdo, todas las noches besaba sus labios y suplicaba con sus manos que dejara de hacer lo que estaba haciendo.

Cada mañana Rosalie veía a una mujer diferente salir del departamento de Edward. Un día quiso hablar con él, pero él la botó de su casa diciéndole que debía mantenerse alejada de todo lo que estaba pasando, que era su vida y que él podía hacer de ella lo que quisiera.

– Solo espero que te des cuenta que la mujer que realmente amas está en Forks, esperando que tú te des cuenta que ella si te ama y que tú simplemente, por no querer ver más allá de tus narices, estás mandando todo a la mierda – fue lo que le gritó Rosalie, una mañana de la tercera semana del mes de agosto, exactamente ocho semanas después del cumpleaños de Edward.

– ¿Hasta cuando tengo que escuchar la misma canción, Rosalie? Déjame en paz. Ella debe estar feliz viviendo la vida que quería, yo estoy viviendo la vida que yo quiero. ¿Cuál es tu maldito problema? – le gritó él mientras intentaba cubrirse con una manta ignorando así a su hermana que le hablaba desde la puerta de la habitación.

– ¿Cuál es mi maldito problema? ¿Quieres saber cuál es mi problema? ¡Mi problema es que estoy harta! ¡Estoy harta ver desfilar a un sinfín de mujerzuelas que cada noche regresan contigo del bar de mala muerte donde trabajas! ¡Estoy harta que este lugar huela a alcohol, a humo y a sexo! ¡Estoy harta de escuchar a Alice llorar cada vez que regresa de casa de Isabella! ¡Estoy harta de verte tan inerte, sin preocuparte que en dos semanas más, empiezas el tercer año de medicina! ¡De eso estoy harta, Edward! ¡Tú me tienes harta! – gritó ella entre sollozos. Edward lentamente bajó el cobertor y miró a su hermana. De sus reproches hubo uno, solo uno, que llamó su atención.

– ¿Alice? ¿Por qué llora, Alice? ¿Para qué va a casa de ella? – preguntó él despacio.

– Puede ser que tú lo jodieses todo acostándote con esa mujerzuela, y que lo sigas jodiendo acostándote con cualquier cosa que se te cruce en frente y que use una falda. El hecho que tú jodieses tu vida con Isabella no significa que nosotras lo vamos a hacer también. Ella nos necesita, y te necesita a ti, también, solo que estás demasiado ciego para notarlo.

– No entiendo cual es el afán de hacer de Isabella una víctima en todo esto. ¡Ella me mintió, Rosalie! ¡Ella lo jodió primero! – gritó Edward mientras se sentaba en la cama.

– Sí, ella se equivocó, y solo Dios, Emmett y yo sabemos cuán arrepentida estaba el día que fuimos por ella. Ella venía a rogar tu perdón y tú lo jodiste todo por tu maldita terquedad, por tu maldita rabia que no solo le hizo daño a ella sino a ti, también. Fíjate en lo que eres Edward, este no eres tú hermanito, simplemente no lo eres.

– Yo soy un desperdicio de lo que ella dejó. Y si crees que ella merece entonces la redención por lo que hizo, lárgate a su lado y no vuelvas por aquí – le dijo antes de volverse a acostar y hacer caso omiso a los sollozos de su hermana que de a poco se fueron apagando mientras se alejaba de allí.

– Amarme a mí, Isabella… ella nunca me amó como yo lo hice. Como yo lo sigo haciendo, y como lo haré hasta el día que me muera – susurró para él antes de morder con rabia su almohada y apagar un fuerte sollozo que llevaba días en querer salir.

Decisiones, errores y accidentes. Tres eventos que cambian la vida, que desvían el destino de los seres humanos. En Isabella y Edward las decisiones y los errores los alejaron, sumiéndolos mutuamente en un profundo agujero oscuro de soledad, pero un accidente quizás regresaría su destino a su curso original, o lo dividiría para siempre

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Con sus manos temblorosas, la joven tomó aquel aparatito plástico blanco en sus manos y cerró sus ojos despacio. Las instrucciones eran claras, debía esperar dos minutos y al finalizar unas simples líneas geométricas decidirían su destino.

Cuando el tiempo de espera se terminó, la joven de manera nerviosa abrió sus ojos y los fijó en el pequeño espacio de resultados. Frente a sus ojos dos rayitas azules se dibujaron claramente, y su corazón comenzó a latir desesperado. Sus manos viajaron a su vientre y de inmediato sonrió dejando una lágrima correr por su mejilla.

Un accidente, un pequeño accidente del destino había provocado que, por dos días consecutivos ella no tomara la píldora que cada tarde ingería y que ahora le permitía tener en su vientre el mayor milagro de la vida. Un bebé… un bebé de su amor, Edward Cullen.


¡Chan chan!

Pequeñas mías. Aquí estoy, otra vez, como cada domingo con un capítulo más. Y bueno… ¿Qué les puedo decir de este capítulo? Lo sé, lo sé, todavía la cola para matar a la escritora está larga, pero igual estaré gustosa de atender su petición. Jejejeje…

Quiero agradecer a todas las nuevas alertas que han llegado esta semana. Bienvenidas a la historia del silencio. Gracias por todo su cariño y por ser parte de esta aventura. Gracias a mis lectoras silenciosas que cada semana me acompañan. Un beso grande a las que esta semana han dejado su huellita: Alibell Cullen, Aleowo, Mentxu Masen Cullen, cintia black, cintia black, Ely Cullen M, esmec17, Diana, PattyQ, Esme Mary Cullen, Karla Cullen Hale, Antuss, MiaCarLu, VictoriamarieHale, litzy, PaoFuenza, anita Cullen, Almaa Cullen, AleCullenn, ludgardita, Diana Cullen Swan, TereCullen, JANE2, Rosse, Haruhi23, FS -Twilight, Anabella Valencia, romycrazy, Sully YM, rosi, tayloves, Estteffani Cullen-Swan, lexa0619, Andysuperchula, Malusita Potter de Cullen, L'Amelie, Gizeel, Hey vampire girl, xelatwi, Adriu, vivi S R, ALI-LU CULLEN, NBellaCullen, msteppa, Auralizeth, Kalita Cullen, chet-ice, Bethzabe, Muffi Liss, hilarycullen17, twilightfan, Isela Cullen, julesgomez, Belleza CullenSwan, Maiisa, mcph76, Jolielizabeth, musegirl17, Little . wishes . Pxa, Karito Cullen, vale . potter, Chayley Costa, Chayley Costa, V, AinavMoon, Anahi-littrell, Saraitk Hale Cullen, mgcb, Marianixcr, Zoe Jm, cris20, Arizona, ElaMorgan, NuRySh, bellaliz, CindyLis, annabolena, Chuvi1487, crosero, Fery Cupcake, Kroline, Ximena, DianElizz, Naobi Chan, Susana, Angie Masen, quimey, Sky Lestrange, patymdn, JosWeasleyC, Ayin, danityswan32, Lillybeth Amber Granger, Stefi Martinez, yolabertay, AnneBennett, magymc, Rosse Pattinson, Corazoncito01, solecitopucheta, Sony Bells, LOQUIBELL, NVanessie, Rosalba, anybella, Carmen Cullen- . i love fic, ara, MartichSwan, Lizeth Flores, miraura21, Caresme, cary, Laura, Diana Prenze, marie101008, Ani1220, Milita . Cullen, Bea, Gaby Acurio. A las niñas del blog, del twitter, del facebook, del TTC, un beso enorme a todas. Lamento ser la causante de esas lágrimas, prometo solucionar todo este lio. Las adoro desde aquí hasta la luna y un poquito más allá.

Isita, cada vez más me sorprendes, no eres una beta común, eres mi amiga y que para variar esta semana otra vez ha sacado lo peor de mí. Gaby, gracias por aquellas cosas que haces por esta historia, gracias por tu tiempo y consejos. A las dos, un enorme beso. Las quiero montón.

Y he aquí la pregunta del año… ¿A quién le dio positivo esa prueba de embarazo? ¿Qué tanto cambian las cosas ahora que Edward será un precioso papi? Como siempre, más respuestas pero muchas más preguntas el siguiente domingo cuando Silent Love vuelva a actualizar un capítulo más.

Pero hasta eso… ¡Nos leemos en los reviews!