Niña de mi Alma
Cap.29: Fuego de Otoño
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Los pasillos por los que transitaba eran oscuros y fríos, claro que nada de eso era problema para su capacidad física.
Siguió caminando con paso rápido y silencioso, atravesando cada tanto enormes estancias vacías, igual de oscuras, con el olor a putrefacción impregnado en las paredes, muy característico en esa fábrica abandonada.
Sabía exactamente a dónde dirigirse, pero no pudo evitar desviarse hacia donde se encontraban los gritos que desde hacía cuadras venía oyendo.
Subió las escaleras rápidamente, atravesando otro trayecto de laberínticos pasillos desiertos. "¿Qué mierda estará haciendo este viejo ahora?" se preguntó mientras llegaba a la estancia llena de ratas donde estaban las celdas.
Sus ojos ávidos y eficaces notaron enseguida al bulto retorciéndose de dolor que había en la única prisión ocupada. Se acercó al muchacho, sintiendo ardor en su garganta por un momento antes de ignorarlo olímpicamente.
"Genial" gimió para sus adentros "Tendré que ocuparme de otro neófito" pensó amargamente.
El muchacho encerrado allí dentro se retorcía agónicamente de dolor mientras que con sus manos y uñas intentaba arrancarse pedazos de su pecho, rostro o donde pudiese llegar. Estaba tumbado en un charco pegajoso de su propia sangre y las ratas a su alrededor se espantaban de sus alaridos; aunque algunas, más audaces, intentaban acercarse al cuerpo para recuperar algún pedazo de piel colgante.
El desafortunado chico era joven, aún más que él mismo y se preguntó si le daría tantosproblemas como los demás.
Ya se estaba hastiando de toda esa mierda.
Dejó al muchacho solo y gritando. Tenía cosas más importantes que hacer. Por ejemplo, ver cómo se encontraba su "hermana" por decirlo de alguna forma. Todas las jovencitas que había traído a esa fábrica no eran más que un montón de las mismas. Al principio le había costado; secuestrarlas y llevarlas allí para que su padre las transformara, solo para destruirlas en menos de tres días por considerarlas inútiles. Siempre era lo mismo, era tan horrible que su creador le convenciera de que eran sus hermanas y luego perderlas casi el instante que después de un tiempo había dejado de contarlas.
Se deslizó nuevamente como un espectro por los pasillos, esta vez bajando más escalones de los que había subido, dirigiéndose hacia el espacioso sótano. Este estaba más iluminado que todo lo demás, aunque lleno de goteras, olor a humedad y con cajas acumuladas por los rincones. Se había acercado lo suficiente para oír a la niña llorar y darse cuenta de que nada iba bien.
Cerró los ojos cansadamente preparándose para la pérdida inminente de otra de sus hermanas.
A estas alturas ya le daba igual, no sentía ningún aprecio por las chicas que pasaban por esa camilla de hospital…
Entró en esa habitación que le resultaba ya bastante familiar. Allí el olor a sangre era más abundante y le escoció la garganta nuevamente. El aire era igual de gélido que siempre, los cadáveres de sus otras hermanas reposaban cubiertos en una esquina. Debajo de la luz más potente esa única camilla en condiciones, con sus características correas de cuero cubiertas de moho, al otro lado de una mesa de mármol pulido con los artilugios que usaba su creador.
Por fin su mirada se detuvo en una de las esquinas, donde se encontraban el hombre y una más de sus hermanas.
Ella, tumbada en el sucio suelo, atemorizada y sollozando mientras se agarraba la garganta. Parecía que no hacía mucho que había despertado y su piel de piedra agrietada en la cara y en los brazos indicaba que su padre había vuelto a fracasar.
"¡Que raro!" Pensó él sarcásticamente.
—¡Vamos, niña, defiéndete! —le gritó él.
—¿Qué tal va, Joham? —preguntó en voz alta. El hombre frente a él se veía completamente furioso inclinado sobre la jovencita.
El tal Joham relajó los músculos de su espalda y hombros antes de darse vuelta.
—Lo de siempre… —murmuró con amargura.
Se alejó de la esquina directo hacia su mesa de trabajo.
Joham, su creador, no era un hombre de fracasos, o mejor dicho, no le gustaba fallar.
Él se mantuvo firme donde estaba. No quería que escapase su hermana neófita ya que luego sería responsabilidad suya. Mientras Joham agarraba el gran libro azul de uno de los estantes, él se mantuvo haciendo guardia desde la puerta.
Era algo ridículo. Por más fuerte que sea la neófita nueva no tendría oportunidad alguna contra él o contra su padre: ambos expertos en la lucha cuerpo a cuerpo, además de que la pobre estaba herida y muerta de miedo gracias a la brutalidad y furia de su creador. Pero eran órdenes de Joham.
La adolescente de no más de quince años ni siquiera sabía lo que era, en lo que se había convertido…
—¿Por qué no vuelves a intentarlo con hombres en vez de mujeres? —preguntó él, una pregunta que se venía haciendo desde hacía mucho tiempo.
—Porque sería demasiado desastroso hijo, quiero un ejército y ser el líder, no víctima de ellos —Joham señaló a la pequeña antes de continuar—. Mírala, es más fácil dominarlas a ellas. No sé porqué, pero en los cuerpos masculinos las emociones se modifican demasiado, como tú. Eres todo un revolucionario —dijo sin siquiera mirarlo.
Apretó los puños con fuerza, tenía mucha razón, él era una de las criaturas más poderosas, o así se sentía Ivahn pero… ¿Si se volvía contra su padre que otra cosa podría quedarle en ese mundo? Nada.
A lo único a lo que él le temía era a la soledad. Ya la había sufrido demasiado en el orfanato. Esta era su nueva vida y por más que odiase a Joham, pensaba compartirla con él.
—Pero es obvio que el suero solo funciona en hombres —comentó él.
Joham continuó haciendo anotaciones de la última experiencia en su cuaderno azul.
—Te equivocas —le replicó—. Antes que tú ha habido otros muchachos y tampoco funcionó —Ivahn se estremeció. ¿Además de sus difuntas hermanas también había tenido hermanos? ¿Y esa cosa solo había funcionado con él?
—¿Soy tan diferente? —preguntó casi para sí.
Joham pareció paralizado por el espanto. Lo miró con una expresión de reproche.
—¡Pues claro que sí! ¿Cuántas veces te lo he dicho? Tú podrías ser el mismísimo Dios, Ivahn —le grito furioso—. Seríamos ahora mismo los reyes de todo lo que se conoce si no fuese por tu incompetencia con los Vulturi —le echó en cara.
Dejó caer su lapicero y se acercó al muchacho.
—Tenía un plan hijo, lo arruinaste y me decepcionaste. Ahora lo único que me queda es formar una familia grande y poderosa liderada por mí —le dijo Joham, con su mirada siempre hambrienta de poder—. Es la única manera, Ivahn, la única manera de tenerlo todo y de que tú estés a salvo —le dijo poniéndole la mano en su hombro.
Siempre que su creador le hablaba así no podía evitar absorber toda la codicia y egoísmo que había en el corazón de su padre.
La idea le parecía demasiado tentadora. Si se unía a los deseos de su padre, por más que éste le cayera mal, podía pasar de ser un fugitivo y no tener nada, a tenerlo completamente todo. Joham lo observaba fijamente, dándose cuenta de su debate interno.
—Tú mandas… padre —murmuró él.
Joham sonrió maliciosamente.
—Buena elección, hijo, muy buena —contestó.
El ego que rodeaba a ese hombre era demasiado como para no sentir el hambre de poder y contagiarse de su codicia. Ivahn era un monstruo, él ya lo sabía, y mientras estuviese bajo la demoledora influencia de su padre no habría en él ni una pizca de culpa.
—Deshazte de este desastre —le indicó Joham señalando a la muchacha atemorizada del rincón.
Ivahn vio claramente el pánico en los ojos de la adolescente que, si no se equivocaba, su nombre era Natalie.
—¿No te sirve ya? —le preguntó a su creador.
—No, ya no —respondió éste mientras buscaba en su libreta azul los datos de su próxima víctima. Víctima que seguramente él tendría que rastrear y secuestrar.
Suspiró mientras se preparaba para atacar a la muchacha. Sería rápido, lo más que pudiese con sus habilidades vampíricas.
Se preguntó, solo por un instante, qué clase de padre dejaría que su único hijo se ocupara de tareas tan satánicas como secuestras y asesinar.
No le dio mucha importancia, una de las primeras cosas que Joham le había enseñado al "nacer" fue a hacer sacrificios. Sus manos ya estaban manchadas de sangre de tantos asesinatos y no sentía remordimiento alguno. El mundo había sido duro con él cuando fue humano, y no le molestaba en absoluto devolvérselo ahora.
En un segundo se deslizó hacia la esquina donde estaba la chica, ella gritó, pero Ivahn no dejó que lo hiciera por mucho tiempo. Su odio retenido, que tanto necesitaba en ese momento, salió a flote justo en el momento en el cual mordía el suave cuello de Natalie y separaba la cabeza de su cuerpo.
No tuvo ninguna oportunidad, él había sido entrenado por su padre, y posteriormente por los mismísimos Vulturi. Él, como había dicho Joham, era invencible.
...
Volví a respirar agitadamente cuando Edward puso sus manos entre mi camiseta y mi piel ardiente. ¿Quería acaso que me diera algún espasmo muscular o un colapso mental? ¿Sabía acaso lo que me provocaba? Seguro que sí.
Las semanas siguientes a la interesante charla con mis hermanas, habían sido las más felices de toda mi vida, mi héroe estaba cada vez más desinhibido cada día, bueno… cada noche.
—Edward… —murmuré avergonzada cuando sus manos heladas subieron por mi espalda hasta el broche de mi sujetador, mientras no dejaba de besarme el cuello.
Me estremecí. ¿Desde cuándo había comenzado a sudar?
Volví mi atención a mis dedos temblorosos que intentaban desabrocharle algunos botones de su camisa. Había llegado al tercero cuando me sujetó las manos y las mantuvo firmemente agarradas por encima de mi cabeza.
—¿Qué estás haciendo, traviesa? —murmuró haciendo un recorrido de besos desde mi cuello hasta mis labios.
No me dejó contestar. En cambio, me besó dulcemente con sus labios tibios por la temperatura de mi clavícula. Era adictivo todo lo que me hacía, y cada noche que pasaba reclamaba aún más, un fuego demoledor crecía dentro de mí al punto en que parecía que iba a explotar de tantas sensaciones.
Intenté mover mis manos pero no me dejó moverme ni un centímetro debajo de su peso. La camiseta se me había levantado hasta por debajo de mis pecho y sentía mi estomago expuesto, me hubiese gustado que él también estuviese sin su camiseta. ¿Cómo se sentirían sus músculos presionando mi piel? Seguramente exquisito.
Deslizó sus manos por mis brazos mientras me volvía a besar el cuello, provocándome temblores por todo el cuerpo, aunque no me dejó bajar los brazos. Me obligó prácticamente a mantenerlos en alto mientras me torturaba placenteramente. Sentía un gemido en el borde de mi garganta y puse todo mi esfuerzo en no dejarlo salir, sería demasiado vergonzoso.
Me volví a estremecer cuando sentí sus ávidas manos en el costado de mi camiseta, haciendo un puño apretado con mi ropa, mi camiseta se levantó aun más…
Cerré los ojos y me mordí los labios cuando sentí que jalaba y me rasgaba todo el costado derecho de mi ropa. Lo sentí gruñir en mi cuello.
—Lo siento… —murmuró—. ¿Era nueva? —preguntó volviéndome a besar debajo de mi mandíbula. Negué con la cabeza, aturdida por las sensaciones. ¿Acaso a él no le pasaba lo mismo? ¿Por qué él sí podía hablar y yo ni siquiera encontraba mi voz?
—Mejor así —dijo enredando sus manos otra vez en mi ropa y con un movimiento rápido quitó lo que quedaba de mi camiseta por el lado izquierdo.
Él se rió entre dientes ante mi gritito de sorpresa cuando lo hizo. Me puse colorada: ahora estaba medio desnuda delante de él.
Él parecía tan… despreocupado. Yo, en cambio, estaba muerta de miedo y vergüenza, el sujetador que me había dado Alice no dejaba mucho a la imaginación que digamos. No era completamente transparente pero dejaba ver parte de mis pechos, aunque me sentía patética con el tamaño de estos.
¿Qué le parecería a Edward, era suficiente para él?
Me dio una larga mirada a lo que había descubierto, poniéndome incluso más roja de lo que estaba, y vi cómo sus ojos se oscurecían de deseo.
—Bella, eres hermosa… —susurró mientras me volvía a besar, entremezclando nuestras lenguas.
Esta vez me dejó mover mis brazos y le desabotoné la camisa con mis dedos torpes y se la quité por sus hombros, acariciándolo de paso.
Me dediqué a recorrer su torso con mis manos, agradecida de que él no me detuviera, primero su pecho y luego sus bien formados abdominales hasta llegar al cinturón de sus pantalones.
Él me presionó contra su cuerpo de piedra, estremeciéndonos los dos ante el cambio de temperatura.
Sin pensármelo mucho metí mis dedos entre su pantalón y la piel de su vientre. Como era de esperarse rompió el beso enseguida, pero no se apartó. Lo sentí ronronear desde lo más profundo de su pecho y su estómago se contrajo.
—Bella… —me advirtió con los ojos llenos de fuego.
Era difícil mantenerle la mirada, me sentí cohibida, pero resistí tanto como pude y le sonreí.
—Tranquilo, no haré nada —le dije inocentemente, ni yo me lo creía. Lo hice reír con mi comentario, era la mentira más descarada que había dicho hasta el momento.
Nos volvimos a besar e intenté por todos mis medios no mover mi mano de su lugar, no quería incomodar ni forzar las cosas.
Pudieron haber pasado años y aunque solo me parecieron unos segundos sabía que había pasado más tiempo, en solo segundos no podría haber sudado tanto.
Edward se volteó, dejándome a mí encima de su cuerpo con una pierna a cada lado de su torso.
Me reí entre dientes y me senté sobre su estómago, con mis manos sobre su pecho. Miré su rostro y vi que él estaba mirando atentamente mi cuerpo. Me sonrojé casi al instante en que recordé que estaba solo con mi short pijama y mi sujetador azul.
Él me agarró de las muñecas como si me hubiese leído la mente para evitar que me cubriera. Cuando estuvo seguro de que no me escondería de él me soltó, y puso sus manos a cada lado de mis caderas y fue subiendo lentamente, acariciando mi vientre y parte de mi espalda.
—Eres tan hermosa… Me vuelves loco… —susurró con voz gruesa mientras se detenía justo debajo de mis pechos, sin tocarlos.
No pude evitar dejar escapar unos cuantos jadeos en cuanto me había tocado y dejé caer la cabeza hacia atrás cuando detuvo sus manos. Esta vez habíamos ido demasiado lejos, sentía ni más ni menos una serpiente enroscada en mi bajo vientre, apretándome fuertemente, y la vergonzosa necesidad de cerrar las piernas.
Un ruido insólito nos hizo asustar a ambos, a mí más que a él, y me cubrí rápidamente con los brazos mientras el golpe que había azotado mi puerta retumbaba por las paredes y hacía que una bisagra saltase de su lugar hacia debajo de mi cama.
—¡Oigan! ¿Podrían dejar de gemir por favor? ¡Hay gente abajo que quiere disfrutar de una película! Edward, ¡¿qué carajo te he enseñado?! ¡Aquí en la casa, no y menos ahora, váyanse a un motel! —gritó Emmet desde afuera de mi habitación.
Edward gruñó y siseó unos cuantos insultos por lo bajo. La vergüenza me recorrió el cuerpo entero al darme cuenta que me había olvidado por completo que mis hermanos estaban debajo, yo, tan miserablemente humana, me lo podía esperar. Pero… ¿Edward olvidándose de detalles tan importantes como este?
Lo fulminé con la mirada, roja como un tomate al imaginarme la vergüenza que pasaría los siguientes días con los comentarios de Emmet. ¿Acaso podría mirarlos a la cara?
Pobre Jasper, seguramente había tenido que soportar el reflejo de mis sensaciones naturalmente pasionales, qué horror… Quería buscar una piedra y esconderme dentro o que la maldita tierrase abriese y me tragase.
No se escuchó nada más del otro lado de la puerta, tal vez hoy mi hermano estaba compasivo.
Con la mirada baja y mi labio inferior entre mis dientes me bajé del cuerpo de Edward, deshaciendo la comprometedora posición que habíamos adquirido.
Me bajé de mi cama y él suspiró mientras yo me colocaba la bata rosada por los hombros y la abotonaba bien, desde donde estaba, podía ver claramente mi camiseta desgarrada por un lado y la bisagra de mi puerta a lo lejos.
Todavía tenía la respiración agitada y la sensación de la fricción de nuestros cuerpos grabada en la piel.
Le eché una ojeada a mi novio -que bien se oía esa palabra- y vi que no se había movido ni medio centímetro. Me reí de su expresión de disgusto.
—Anda, Edward, tienes que vestirte —le dije mirando la hora. Fruncí el ceño. ¿Dónde estaban mis hermanas?
—¿No prefieres que vaya medio desnudo? —preguntó con un tono cargado de doble intención.
Me volví a reír.
—Me parece que te estás juntando mucho con Emmet —protesté, todavía a un lado de mi cama. No era prudente volver a acercarnos, no después del clima que habíamos creado. Aunque mi cuerpo lo rogara.
—Y tú mucho con Rosalie —susurró—. Hablando del rey de Roma… —dejó la frase en el aire al tiempo en que oíamos la puerta de la entrada abrirse de un portazo.
—¡Bella, más te vale que estés bañada y lista! —gritó Alice desde el piso de abajo.
Suspiré. Adiós calma.
Edward se sentó en la cama y tomó la camisa del suelo con aire despreocupado. Él también ya estaba casi listo, solo tenía que vestirse. En cambio, yo tendría que sufrir un poco más.
Miré a la puerta al oír el taconeo de alguien por el pasillo, fruncí el ceño al ver con más atención el estado de mi puerta: la bisagra de abajo había salido volando por el impacto, la de arriba parecía intacta pero la del medio estaba medio colgando de su lugar. Y ni me quería imaginar cómo estaría marcado el puño de Emmet del otro lado. Me debía una puerta nueva.
—¡¿Pero qué es lo que ha pasado aquí?! —gruñó Rosalie molesta del otro lado de la puerta.
Antes de que pudiera advertirle algo ella giró el picaporte y abrió la puerta… bueno, en realidad la puerta se vino abajo ni bien la tocó. Ella levantó su perfecta ceja lentamente.
—¿Qué demonios…?
No pude evitar reírme, aunque me sentía preocupada, lo único con lo que me sentía que tenía algo de intimidad se hallaba tirado sobre la alfombra de mi habitación. ¿Cómo haríamos Edward y yo para… hum, tener intimidad?
—¿Qué pasó? —preguntó ahora Alice apareciendo al lado de Rosalie con bolsas en los brazos.
Su chillido me destrozó los oídos y vi cómo se cubría los ojos con una mano y hacía arcadas claramente fingidas.
—Ya, Alice, como si no me hubieses visto antes sin camiseta —murmuró Edward.
—Hum… veo que se hallaban de picarones. Huelo a sexo —dijo Rose entrando a mi habitación y dejándome a mí completamente pasmada.
¿Acaso había un complot para hacerme pasar vergüenza?
Oí como Alice reía tirada en el sofá, mientras tanto, yo le arrojé un almohadón a mi rubia hermana, claro que ella lo esquivó limpiamente.
Oí gruñir a Edward y vi los músculos sus omoplatos tensarse, en otras circunstancias eso me habría resultado erótico pero sabía que estaba enfurecido.
Él se levantó de un salto y salió de la habitación sin siquiera mirarme, no lo culpaba, ese tema en especial lo ponía de pelos de punta. Era algo delicado ese tema para nosotros, él creía que iba a lastimarme y se sentía demasiado mal por ello. Aunque yo le había dicho que no me haría daño y que confiaba, él no había cedido.
Miré de reojo mi camiseta desgarrada: ¿tendría él razón?
—Vaya, se enojó… —murmuró Rose.
Le fulminé con la mirada cuando me acorde de su presencia y de Alice todavía riéndose en mi sofá. Ella ya debería tener en claro que no debía de jugar con ese tema, tan inconsistente para él. Porque a pesar de provocarnos unos a otros durante la noche antes de dormir, nunca llegábamos a concretar nada serio. Y a pesar del clima que habíamos experimentado hacía unos minutos muy, muy en el fondo sabía que nada ocurriría (y no porque mis hermanos estuviesen en el piso de abajo, quedaba más que obvio que lo habíamos olvidado nublados por nuestro frenesí).
—Ya basta, las dos —les advertí.
—Es verdad, Bella, más vale apurarnos para que llegues a tiempo esta noche —dijo Alice mientras comenzaba a poner todo lo que tenía en las bolsas sobre mi tocador.
Suspiré, Alice era única…
El ambiente enseguida cambió y mis hermanas se repartieron las tareas de peinarme y de maquillarme. Debía admitir que estaba emocionada, sería mi primer baile de otoño y estaba extasiada de que Edward pudiese venir conmigo, aun recordaba claramente todas las invitaciones que había tenido que rechazar, con mucho gusto, ya que quedaban patéticamente callados cuando les decía que iría con mi hermano.
Una hora después, ya estaba lista. Mi cabello me lo habían alisado por primera vez y se veía estupendo.
Di una vuelta sobre mi misma para poder verme desde todos los ángulos frente al espejo. La melena desenredada me caía por los hombros, pero me habían recogido la parte de adelante con unos pasadores centellantes de un modo casi mágico que tienen mis hermanas de lograr que el pelo parezca atrapar toda la luz.
El vestido, de hebras plateadas, se me ceñía al cuerpo, resaltando todas mis curvas, sin parecerse a ninguno de los modelitos de Little Miss. Era un atuendo delicado como una seda, parecía tejido en plata por arañas…
Bajé las escaleras casi al trote, maniobrando mejor con los zapatos altos que hacía unos meses en mi cumpleaños.
Agradecí que a Edward ya se le hubiera pasado el enojo y estuviera igual de radiante y emocionado por nuestra velada como lo estaba yo.
Podría acostumbrarme a todo, pero jamás me acostumbraría a la mirada que Edward me había dado cuando me vio bajar por las escaleras. Un hormigueo me recorrió por la espalda al recordar esos mismos ojos hambrientos durante las noches que pasamos juntos.
Me beso, como siempre después de elogiarme, durante un rato que se me hizo eterno, al parecer le había gustado mucho el nuevo estilo de mi cabello. Al eliminar temporalmente esas rebeldes ondas de las puntas, parecía que el cabello me había crecido unos centímetros, ahora podía sentirlo rozando mi trasero.
Después de despedirnos de Esme y Carlisle nos apresuramos a poner todo lo que podíamos de metros entre nuestros hermanos y nuestros padres para poder tener, por fin, la tan anhelada necesidad de privacidad.
El corazón casi se me sale del pecho cuando, antes de entrar en el centro del pueblo, Edward se detuvo bruscamente a un lado de la desértica carretera, me alzó en brazos, me colocó en su regazo y agarrándome del pelo de mi nuca me comenzó a besar frenéticamente.
Lo único que se oía en la oscuridad de la noche eran nuestros jadeos entremezclados. El deseo que había sentido unas horas antes volvió a parecer, sofocándome con su fuerza demoledora.
Unos minutos después, en los que creía que iba a desmayarme, Edward me apartó tomándome de los brazos y me miró fijamente.
—Te amo… —susurró.
-Yo igual —le dije mientras besaba suavemente su cuello. Me hubiese encantado que pudiera dejar marcada la piel de ese sitio, reclamándolo como mío a cualquiera que lo viese.
Él comenzó a ronronear, un sonido extraño y placentero que solo podían hacer los vampiros. Tomé eso como que le agradaban mis caricias.
—¿Te gusta, Edward? —le pregunté con un jadeo, sin apartarme de su cuello.
—Sabes que sí, todo lo que me haces —respondió con voz tensa.
Sentí sus manos en mi pantorrilla, subiendo lentamente por mis muslos hasta por debajo de mi vestido. El deseo volvió a chocarme con fuerza, haciéndome revolver en mi sitio sobre él. ¿En qué momento había terminado con mis piernas a cada lado de su cadera?
Besándole la barbilla trepé hasta sus labios y nos volvimos a besar, su aliento dulce me nublaba la cabeza y me hacía perder el ritmo normal de mi respiración. Sin querer, me acerqué a él, como abrazándolo cariñosa e inocentemente con mis brazos alrededor de su cuello, pero en eso, ciertas partes de nuestra anatomía quedaron perfectamente alineadas, en una posición que disparaba millones de fantasías por segundo, robándome el aliento en el sentido más estricto de la palabra.
Ambos gemimos, separando nuestras bocas. Me sonrojé, no podía creer lo que sentía debajo de sus pantalones, ¿Edward estaba excitado? ¿Eso lo había hecho yo? Una sensación de regocijo se abrió camino a través del deseo de mi cuerpo.
Demasiada tensión sexual para una mente débil y un cuerpo tan humano.
Suspiré cuando se detuvo y quitó sus manos de mis muslos.
—Se nos hace tarde —dijo casi a regañadientes—. Será mejor que nos apresuremos ángel. No querrás perderte la fiesta, ¿no? —dijo cambiando de humor.
Le hice mi más tierno pucherito pero en el fondo agradecía que hubiera cortado semejante situación tan positivamente. Me bajé de su cuerpo y me puse en mi lugar, mis piernas temblaban y él de seguro no lo pasó por alto.
Enseguida llegamos al instituto y a pesar de que estaba emocionada (no por el baile, sino por estar ahí con Edward) me puse triste al darme cuenta que, una vez que saliéramos del auto tendríamos que comportarnos de otra forma. Como si fuéramos nada más que hermanos. Sentí una punzada en mi pecho al recordar los días siguientes a nuestro primer beso, los días en que él me ignoraba y yo no sabía si éramos familia o debía verlo desde otro punto de vista.
Edward me tomó de la mano y me regaló una sonrisa torcida, mi favorita, en un intento de animarme. Suspiré lentamente y lo besé una vez más antes de salir del Volvo, había que darle la bienvenida a la noche.
El campus estaba hermosamente decorado, me gustaba el trabajo y esfuerzo que habían hecho las chicas de los cursos superiores. Todo estaba levemente iluminado con velas falsas y flores delicadas, curiosamente el techo de adentro tenía una fina capa de una seda brillante, tan fina y traslucida que combinaba con mi vestido. ¿Coincidencia? Ni soñando.
Mis amigas estaban hermosas y todas estaban felices bailando con sus parejas, aunque mirando a Edward y a mí junto con los demás, no parecíamos pertenecer allí.
No fue tan difícil comportarme como la hermana de mi héroe, no mientras me mantuviera ocupada constantemente, muchos amigos que saludar, mucha comida deliciosa para comer, muchas cosas que conversar con las demás y buenas músicas para bailar.
La noche parecía prometedora y me estaba divirtiendo bastante. Jessica no paraba de parlotear y de hacerle preguntas a Edward, aunque este no le diese ni la hora. Podía ver la irritación de Mike, compañero de Jessica, cuando esta reía con cada nimiedad dicha por mi novio. ¿Cómo podía un simple "sí" resultarle gracioso? Bueno, no las culpaba. ¿Cómo no ponerse así con semejante Dios griego enfrente?
Ángela y Eric parecían haber adelantado bastante en su relación, hacían muy bonita pareja y mi amiga parecía resplandecerse a su lado. Esperaba que estuviese enamorada, ella merecía el amor de Eric.
Lauren, mi antigua enemiga, y reciente también, daba asco con su ridículo vestidito rojo. ¿Aquella era su ropa interior? ¿Llevaba siquiera? Ella estaba en compañía de Tayler, aunque no paraba de echarme miradas de odio cada tanto y mirar con envidia el cuerpo de Edward. Toma, zorra, él era mío. Esperaba que no se pusiera molesta después de ver por primera vez a mi "hermano". Hacía casi dos años que no nos hablábamos, era la gloria.
Molly, mi nueva amiga, estaba acompañada de un chico que no tenía ni idea de dónde lo había sacado pero de seguro no estudiaba allí. Ella era muy simpática, aunque tenía un carácter fuerte y competitivo, éramos sus mejores amigas.
Cuando comenzó la música lenta, Edward no pudo resistirse, los clásicos eran sus favoritos, y además quería tenerme un rato para él solo, según decía, y nos escapamos hacia la parte de atrás, de modo que nadie pudiese vernos entre la oscuridad del jardín pero que llegase hasta nosotros el suave murmullo de la música.
Nada más ponernos a bailar lentamente unimos nuestros labios con necesidad, tomando del otro lo que tanto deseábamos. Podía quedarme allí el resto de la noche, por mí, el mundo entero podría desaparecer, pero si él desaparecía, mi mundo se destruiría, quedaría devastado a la ceniza.
Me recosté en su pecho de piedra, con una sonrisa tonta en la cara hasta que esta se desvaneció con una sensación de pánico mientras me atravesaba un escalofrío por la espalda. Edward pensó que tenía frío y me abrazó más fuerza, aunque en realidad había vuelto a tener la sensación de vértigo, una sensación como cuando sabes que se está haciendo tarde.
Cuando oyes detrás de tu cabeza un fantasmal tic tac de algún reloj, un reloj que va hacia tras, indicando que el tiempo se agotaba.
¿Qué era lo que estaba pasando por alto?
Hola mis lectoras, lamento el retrso jeje, tipico de mi ultimamente. Este es un capi especial, en el cual deben prestar mucha atencion, tranquilas he, no piensen que va a terminar, todavia le quedan varios capis, pero igualmente, el final se acerca.
¡Quiero leer sus teorias he! Como termina, que es lo que ha pasado en este capi, TODO!
Nos leemos, saluditos.
¿Review?
