Es un preview! Es una nota de autor!
No, es el capítulo 29!
No sé cómo esto surgió tan rápido, pero supongo que haber faltado a la universidad por estar trabajando en un congreso tuvo algo que ver. De todas formas aquí está!
Me lo he pasado bomba escribiendo, es un capítulo con harto acento en el humor y otras cosas que no spoilearé ;)
Tengo algo que decirles, pero lo dejaré para las notas del final. De momento, a leer!
Música:
Wild Side, de los geniales Mötley Crüe!
Y como un pequeño bonus, All You Need is Love, de The Beatles!
EDIT: no les puedo dejar links porque fanfiction se ha puesto mucho más pesado que antes con los links, y realmente no tiene sentido :c
29. (Take a ride to the) Wild Side
Era el maldito tercer día en que el solo pensar en levantarse se le hacía una tarea inhumana, titánica, cruel. Digna de la peor de las torturas.
Aún así, aquel día era ligeramente peor que los anteriores. Principalmente, porque sentía que tenía un hacha atravesada justo en mitad del cerebro, a través de su frente. Lanzó un largo gemido lastimero, encogiéndose en la cama y estrujando la blanda almohada bajo su cuerpo. Estaba seguro, segurísimo, que era aún demasiado temprano para despertar luego de una noche de juerga.
Sin embargo, la pesadez del estómago y la sensación de encontrarse en un barco a la deriva en vez de una cómoda cama de hotel le impedía proseguir con su muy necesitado descanso. Tenía sed, y ganas de ir al baño, y ganas de vomitar. Todo a la vez, de preferencia.
Todo lo de la noche anterior se desarrollaba lentamente en su mente. Con grandes espacios en blanco, y todo lo que lograba recordar con precisión estaba envuelto en una especie de neblina blanca e irreal. Bien podría haber sido un sueño, pensaba, un sueño muy realista y también bastante…animado.
Al menos, si seguía pensando en Mello no le daba vueltas el estómago de asco, sino que de algo diferente. Diferente y ligeramente aterrador, pero mejor que la resaca, sin duda. Y ya querría saber dónde carajo se había metido, porque sí, era la segunda vez que le dejaba plantado en la cama, con dolores, escalofríos, náuseas y una ligera dureza matutina, para más inri. En mañanas como aquellas, detestaba ser hombre.
—Mello…— llamó débilmente, dejando caer la cabeza en la almohada nuevamente. Ahora le zumbaban los oídos, como si su propio llamado hubiese recrudecido las consecuencias del tequila. Alcohol que no volvería a probar, sin duda.
—¿Sí?— le sorprendió notar que la contestación no solo no era imaginaria, sino que provenía de justo a un lado de la cama. Levantó un brazo, buscando un momento antes de encontrar una pierna correctamente vestida, aunque sin esos ajustados pantalones de tela, sino que con algo que, si no conociera a su pandillero, hubiera jurado que era mezclilla. Aunque por sobre todas las cosas, no supo si quería dejar la mano ahí eternamente o la quería retirar como si le quemara.
—Mmm…— emitió, arrastrándose lentamente hacia su objetivo —, odio el tequila, Mello.
—Te lo advertí— replicó secamente el rubio, apartando la mano intrusa de su pierna con toda tranquilidad. Ante esto, Matt volvió a quejarse —. ¿Me hiciste caso? No. No sé ni para qué lo intento.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano, el pelirrojo levantó la cabeza de la almohada para mirar al serio motociclista. En medio de la cegadora luz de la mañana se veía demasiado blanco, como si todo el sol del desierto fuera incapaz de tocarle siquiera. Probablemente, si lo hiciera, le pegaría un puñetazo después de todo. Al sol.
—¿Qué?— le espetó el rubio, al escuchar una ligera risita por parte de Matt. Este se encogió de hombros, mirándole con una sonrisa relajada. Seguía leyendo el libro ese, en vez de seguir metido en la cama con él. Definitivamente no le estaba gustando todo eso de las lecturas por "cultura general".
—Eres un frígido.
Mello detuvo su lectura bruscamente, frunciéndole el ceño con tanto empeño al libro que al pelirrojo le hubiera sorprendido, de no estar tan profundamente hundido en la resaca, que no estallase en llamas espontáneamente. Dobló una de las páginas el rubio cuidadosamente, para no perder dónde iba como el día anterior, antes de dejarlo sobre su regazo, todo bajo la casi—atenta mirada de Matt. Hizo todo aquello con parsimonia, como si saboreara su venganza antes de que ocurriera, y en aquel momento el pelirrojo supo que le iba a doler. Y efectivamente, el cruel pandillero dio un fuerte aplauso, ante lo que Matt se encogió de dolor y se apretó la cabeza con ambas manos, intentando mitigar de alguna forma el dolor.
Dándose por satisfecho, el rubio volvió a su libro, mientras su acompañante hundía la cara en las almohadas. Al fin, quizá, podría acabar el libro otra vez. Después de todo, era uno de sus favoritos.
—¿De qué va?— murmuró el pelirrojo repentinamente, levantando la vista la almohada con precaución. La pregunta, aparentemente, tomó desprevenido a Mello, quien alzó la cabeza de su lectura y le echó una mirada evaluadora. Finalmente, se echó hacia atrás en el respaldo de la cama, con esa cara de "te entregaré conocimiento que cambiará tu vida" que ponía cada vez que le enseñaba algo.
—Es una alegoría— comenzó, señalando el libro —. Habla sobre las contradicciones del régimen comunista ruso, sobre todo del período stalinista.
Ante aquello, Matt alzó un poco más la cabeza para mirarle con algo de interés genuino. Lo pensó un momento, arrastrándose un poco más cerca.
—Y hay… ¿tanques y esas cosas?— preguntó, levantándose solo un poquito. Aún estaba muy mareado, con los ojos completamente rojos al punto de destacar fuertemente con el verde de su iris, y puede que un poco excitado, aunque confiaba en que eso desapareciera antes de tener que correr al baño a vomitar.
—No precisamente…— musitó Mello, un poco más para sí mismo que para el pelirrojo —. Sin entrar en detalles, es sobre cerdos.
Como intentando explicarse mejor, le mostró la portada a su inoportuno interrogador. Un par de cerdos caminando en dos patas se presentaban frente a una multitud de animales de granja, como si diera un discurso. El título, sobre la bizarra ilustración, rezaba "Rebelión en la Granja".
—Vaya— dijo Matt, aún con voz cascada por la noche de juerga —, no sabía que también te iban esas cosas.
Como respuesta recibió un muy merecido golpe en la espalda, que le dolió más de lo que habría podido sospechar. Se encogió en la cama nuevamente, dando un quejido. Por alguna razón, sentía la espalda tirante y adolorida, como si se hubiese caído por las escaleras y hubiera rodado un buen trecho hasta el suelo. Al menos, ahora se sentía considerablemente menos empalmado que antes.
—Eres...una horrible persona— gimió el pelirrojo, volviendo a enterrarse en las almohadas.
—No es verdad— y se atrevía a responderle, el muy bastardo. Aunque en algo tenía razón, después de todo. Si algo Mello definitivamente no era, era una persona precisamente "horrible".
Y Mello acababa de hacer una broma. Quizá no a propósito (aunque la ausencia de ceño fruncido y ese ligerísimo aire de estar satisfecho consigo mismo dijeran que tenía toda la intención del mundo), pero definitivamente eso estaba entre sus diez cosas favoritas en el planeta.
—Te besaría— le comentó, empeñándose en no darle importancia al asunto —, pero ya me maltrataste suficiente anoche. De seguro tengo el labio partido.
Había funcionado. Mello había dejado caer el libro, mirándole con enojo y ya sin intentar responder. De seguro incluso estaba rojo, pero no llegó a comprobarlo, ya que su cuerpo decidió que era el momento perfecto para provocarle una arcada monumental.
Así que, sin más, se levantó lo más aprisa que pudo sin marearse, caminando hacia el baño con pasos de ciego. El muy maldito de Mello había dejado las cortinas abiertas de nuevo, obviamente con la intención de castigarle. Si era por la resaca o por haberle hecho tocar el cielo dos veces en un mismo día, no tenía la menor idea. Chocó contra el marco de la puerta en su intento de llegar, pero confió en que Mello estuviese ocupado leyendo "Luchas de cerdos en el barro" otra vez como para notarlo. Su suerte fue la de costumbre, a juzgar por la risa burlona y vengativa que escuchó detrás de él.
Una vez dentro del baño, el espejo le devolvía una mirada terrible. Ni siquiera era un "vete a dormir de nuevo", sino que era un total "mátame, no quiero seguir viviendo". Su piel estaba blanca como el papel, con los ojos rojos y unas ojeras monumentales que hacían parecer que en vez de ojos tenía dos cuencas vacías. Su cabello estaba enredado y pegado en mechones sucios, y todo en él apestaba a tequila.
Dio una arcada, pero se tapó la boca y se mantuvo firme de momento. Optó entonces por quitarse su camiseta blanca, que ya no se veía tan blanca después de todo, para evitar el colapso definitivo por culpa de la peste a alcohol que despedía, y que ya se le estaba haciendo insoportable.
Sin embargo, una vez sin camiseta se quedó sin aire, e incluso se olvidó de las ganas de vomitar. Porque claro que le dolía todo, y por supuesto que sentía un costado de la cara hinchado. Era evidente que se iba a sentir como si hubiera rodado escaleras abajo si todo aquello que su camiseta había dejado visible estaba amoratado.
Se palpó el cuello, en donde el daño era peor, y se puso aún más lívido al notar que aquellos no eran pasables por hematomas. Mucho menos cuando casi podía contar los dientes que Mello le había enterrado en el cuello, la clavícula y cualquier parte en realidad. Sin mencionar su cara, totalmente enrojecida y con muy mala pinta, lo que era, sin duda, consecuencia del puñetazo que el pandillero le había propinado la noche recién pasada. Con franco miedo fue que acabó girándose para ver su espalda, torciendo el cuello con grandes dificultades para lograrlo, y el resultado era exactamente el que se esperaba: dolorosas manchas moradas y rojas se esparcían por todas partes, y tenía más pinta de paliza que de noche apasionada.
La sorpresa hizo que, de todas formas, acabara vomitando un líquido blanco y espeso en el lavamanos. Al escuchar aquello, Mello se encogió de hombros con la más filosófica de las resignaciones.
Al menos hasta que Matt salió del baño, aún más pálido y sin camiseta. Alzó un brazo trémulo aún, apuntándole, ante lo que el rubio alzó las claras cejas con desdén.
—Tú…tú, maldito…pandillero— le espetó, llevándose ahora la mano al cuello —. ¿Sabes a caso cómo vamos a explicar esto? Porque lo que es yo, ni puta idea, viejo. De verdad.
—Primero que nada, deberías relajarte— comenzó Mello, pero Matt le atajó antes.
—¿Cómo esperas que me relaje cuando me diste una paliza?— le acusó, señalándole una vez más —. ¡Y esto no vas a poder taparlo con un "nos peleamos", a menos que quieras hacerles creer que nos peleamos a mordiscos...!
La idea no era mala, ahora que lo pensaba, pero había asuntos más urgentes que atender en aquel preciso momento. Asuntos que Mello hacía a un lado, a juzgar por la forma en la que le miraba. Aunque al menos el libro estaba ahora cerrado, reposando a un lado.
—Todos están con una resaca peor o igual a la tuya— le explicó pacientemente el rubio, levantándose de la cama —. Todos, excepto "mami". Así que tienes tiempo para ir a buscar algo de ropa, darte una ducha e intentar refregar todo eso. Así que ahora ve, aunque podrías hacerle un favor al mundo y ponerte algo encima, maldita sea.
Matt le miró con los ojos entrecerrados, no sabía si por la luz o por el enojo, y tenía hasta pensada una réplica ácida, hasta notar que Mello no hacía notar su falta de camisa precisamente. Aparentemente, al colapsar la noche pasada luego de...todo lo ocurrido, había olvidado recuperar sus pantalones.
Si no fuera veterano en eso de estar semidesnudo la mañana siguiente, probablemente se sentiría algo avergonzado. Aunque algo le provocaba, sin duda, que el rubio pareciera tan determinado en mirarle directo a la cara, sin bajar siquiera de sus clavículas. Tan salvaje y experimentado era su pandillero para algunas cosas, y tan "señorita" para otras. Aunque por una vez, decidió no tentar al destino. Ya tenía suficientes hematomas por curar, después de todo.
Cazó sus pantalones por entre la ropa arrojada al descuido, volviendo a tapar sus calzoncillos a rayas de forma apresurada. Notaba que Mello se preocupaba de mirar por la ventana, con un aire un poco melancólico que no se detuvo a analizar. Solo esperaba no encontrarse con Dave en la sala.
Sin embargo, al llegar a la puerta, le asaltó una duda fundamental. Giró sobre los talones para mirar al rubio una vez más con cara de interrogación. Había algo distinto en él, pero no sabría decir exactamente el qué. Esta vez, estaba seguro que no era la barba.
—No tengo más ropa que esta— le explicó, señalando sus destrozados pantalones. Mello resopló.
—Hazme caso por una vez, maldita sea— le espetó en forma cortante ahora, dándose media vuelta y volviendo a la cama. Matt se encogió de hombros, saliendo a la habitación principal.
Efectivamente, solo Nick estaba sentado en el sillón, afinando su bajo. Una inspección más detallada le mostró que, curiosamente, tanto los instrumentos como los amplificadores estaban repartidos sin orden ni concierto por toda la habitación, incluyendo su adorada Fender. Contempló su hermosa guitarra de forma ausente un momento, hasta que un carraspeo grave le hizo volverse hacia Nick otra vez, quien le miraba con una ceja alzada y su usual expresión peligrosa. Era casi un Mello más viejo, sin duda.
—El Fallen Angel dijo que estarías buscando tu ropa— le espetó con sequedad, mientras a Matt aún se le hacía extraño que le llamara así. O que supiera de qué pandilla venía Mello, si era algo que ellos nunca mencionaban —. La subí con el resto de las cosas que había en la maleta. Y no, no soy mamá de nadie aquí, puta madre.
Matt contuvo una risa, antes de notar lo que le había dicho Nick. Su ropa. Probablemente, se refería a su bolso. Y si se refería a su bolso, eso significaba...
—Mis...cigarros— balbuceó, arrojándose de rodillas a un lado de su amplificador. Ahí estaba, finalmente, su remendado y parchado bolso de viaje, en cuyo bolsillo lateral escondía sus cigarros norteños favoritos. Si eso no era estar en casa, no sabía qué era.
Faltaban algunos paquetes (sospechaba que gracias a Dave), pero ahí estaba la mayoría de su reserva. Por supuesto que también estaba el resto de sus ropas, pero eso no era tan importante, ni por asomo. Y aunque el bolso olía ligeramente a humedad por el tiempo transcurrido en la maleta de la camioneta, cerrado y olvidado en su mayor parte, estaba limpio y aún podía percibirse algo de perfume de jabón de ropa barato.
Percibió la mirada de Nick clavada en su espalda por el rabillo del ojo, por lo que se levantó rápidamente y le miró con su mejor cara de inocencia. Claro que, repleto de marcas por todas partes, la inocencia parecía más ironía que nada. El hosco bajista parecía estar bebiendo un trago singularmente amargo mientras le contemplaba, antes de renegar la cabeza como un anciano clamando paciencia por la precoz juventud, antes de volver a su práctica de bajo sin mediar palabra. Matt no pudo estar más agradecido por ese gesto, mientras tomaba su bolso, murmuraba un "gracias" a la sucia alfombra, y desaparecía de vuelta a la habitación. Había cosas que no quería explicar, y era evidente que había cosas que Nick no quería saber.
Era el amigo perfecto en tal situación, sin duda alguna.
+o+o+o+o+o+o+o+
Una vez apagada el agua caliente, el pelirrojo se entretuvo despejando el vaho del espejo una vez más, contemplando su reflejo con aires pensativos. Ahora las marcas habían sido reducidas a un par de manchas oscurecidas, aunque eso no lo librara de tener cada centímetro de piel desde las clavículas hacia arriba completamente irritado. Se había jabonado con tanta vehemencia como ancianita puritana luego de haber tocado a un chico punk, pero al menos había funcionado, tal y como se lo había dicho Mello. Por ello, hizo nota mental de preguntarle cómo carajo sabía borrar marcas sin haberse metido con nadie antes. Era, al menos, sospechoso.
Se sujetó las mejillas, apretándolas y movilizando su cetrino rostro como si no se reconociera. Estaba en muy mal estado, e incluso su reposado cuerpo de antaño -no excesivamente gordo ni blando, pero sin ninguna muestra de algún tipo de ejercicio o musculatura trabajada- mostraba no solo sus costillas, asomándose bajo la piel como si de una momia se tratara, sino que incluso algunos muy ligeros signos de tonificación, por culpa de andar de aquí para allá en constante movimiento durante casi un mes entero. Torció el gesto, examinándose detenidamente por primera vez en mucho tiempo y girando ligeramente, sin creerse del todo el cambio y clausurando ese rincón de su mente que quería preguntarle a Mello si las costillas medio salidas le parecían bien o no.
Vamos, que había aceptado abrirse un poco a nuevas cosas, pero no demasiado.
Dejó su reflejo, ya que estaba empezando a ver casi líneas de madurez en su cara y eso le espantaba de veras, y abrió su bolso, mirando los diversos contenidos mientras restregaba su melena pelirroja con una toalla seca. Revolvió un poco con su mano libre, encontrando ropa interior limpia –milagro-, algunos pares de pantalones, y muchas camisas y camisetas diferentes. Esas eran todas sus posesiones, según recordaba, pues había vaciado su armario al saber que viajarían a Nuevo México a tocar, esperándose un viaje largo. No uno tan largo como el acontecido, pero lo suficiente como para necesitar todos sus efectos personales.
Mientras sacaba una camiseta ancha, y unos calzoncillos, se preguntó por qué mierda habría aceptado Dave tocar al otro lado del país. Posiblemente porque en Seattle les estaba costando su resto conseguir un buen trato, pero estaba seguro que Nuevo México había sido una exageración que rayaba en lo surrealista. Sí, definitivamente, solo Dave podría haber aceptado un trato así esperándose encontrar algo más que problemas en medio del camino.
Dejó la toalla a un lado mientras se vestía, mirando con cierto anhelo las ropas sucias que dejaba atrás. Estaba rota y olía a gasolina, alcohol y suciedad, pero habían sobrevivido al viaje igual que él. Eran una prueba de que no era tan débil ni tan mimado, después de todo, y ya las llevaría a una lavandería y las pondría en su merecido altar en Seattle.
Volvió a calzarse las viejas zapatillas de lona al último, volviendo a repasarse al espejo. Con nuevas ropas estaba aún más irreconocible que antes, después de todo. Casi era un mal presagio, que todo lo bueno se acaba y esas cosas, pero lo hizo a un lado con una mueca de sonrisa ante su reflejo. Todo lo que quería y necesitaba en aquel momento estaba en esa suite de hotel, incluyendo sus dos guitarras.
Así que recogió sus cosas en un bulto, se colgó el bolso de viaje al hombro y salió del baño con valor, a tiempo para toparse con Mello mirando por la ventana de nuevo. Quizá cuánto tiempo había pasado hasta ahora sin pasearse por ahí, después de todo.
—Si querías salir— comenzó, para llamar su atención —, podrías haberlo hecho en la mañana, ¿sabes?
Ya iba a replicar el rubio, volteándose con cara de pocos amigos al ser interrumpido en sus reflexiones, pero se quedó con la respuesta atorada al mirar a su interlocutor. Le echó una mirada de arriba a abajo, alzando una ceja de forma despectiva ante el evidente entusiasmo de Matt, cuya sonrisa resbalaba al mirar por primera vez en el día con detención a su motociclista. O específicamente, lo que estaba usando, que no eran ni de lejos sus habituales ropas de cuero, aunque al menos conservaba las botas que tanto respeto le causaban.
—Mello…— dudó al principio, señalándole con una nueva sonrisa de entusiasmo, como cada vez que descubría algo nuevo —, ¡te gustan los Rolling!
El rubio resopló como restándole importancia, pero aquella camiseta completamente negra con el inconfundible símbolo de la boca y lengua rojas le delataba. ¡Así que la música no era una completa pérdida de tiempo según Mello! Aunque hubiera intentado dar a entender aquello durante todo el viaje, ahora Matt tenía un indudable punto a favor.
Así que era por eso que, al tacto, su pierna le había parecido tan extraña. Porque ya no eran esos provocativos pantalones de cuero los que le cubrían, sino unos jeans también negros y sujetos con su infaltable cinturón.
—Pues a ti— dijo el rubio a su vez, con un tono venenoso de quien es pillado con las manos en la masa pero permanece duro hasta el final —, las rayas te sientan fatal.
Ignorando el comentario referente a sus elecciones de ropa (después de todo, sabía que las rayas no le sentaban fatal, sino todo lo contrario), se acercó a Mello con una sonrisa algo traviesa, desordenándose el cabello mojado con un gesto despreocupado cuando casi le cubrió los ojos al caer por el movimiento. Al llegar frente a él le tomó por los hombros, contemplando el logo de la banda completamente impoluto, así como la camiseta. Alzó las cejas con sorpresa.
—No solo te gustan los Rolling…— evaluó, admirado —, te encantan los Rolling. Esta camiseta está tan bien que parece nueva, y algo me dice que no la compraste aquí.
Algo, como que nunca compraba más de lo necesario y cuidaba el dinero mejor que un maldito banquero. Supo que tenía razón cuando Mello le apartó con un movimiento de hombros, cruzándose de brazos y volviendo a la ventana con expresión ceñuda.
—Puede ser que haya oído algo de estos Rolling— reconoció, pellizcando la tela de su camiseta con aire despectivo para reforzar su punto —, pero sigo pensando que todo esto de la música es una pérdida de tiempo. Tengo cosas más importantes en las que pensar…
—Mötley Crüe— le interrumpió el pelirrojo, enumerando delante de la altiva nariz del motociclista con ayuda de sus dedos —, Eagles, me dijiste que te gustaba Easy Rider, así que por lo menos conoces al maestro Hendrix y a Steppenwolf, Poison, Europe…¿crees que no me he dado cuenta de nada, Mello? ¿En serio?
El aludido quitó con un movimiento brusco su mano de enfrente, pero el ceño fruncido y la falta de una réplica cáustica le hicieron saber que había ganado ese asalto. Y que probablemente le pesaría luego, pero qué importaba. Había dejado a Mello sin réplica, y eso le encantaba.
—Puede ser que algo sepa. Solo un poco— admitió finalmente, sin mirarle aún —. Pero eso no quiere decir que no siga pensando que es una total pérdida de tiempo. Tus amigos y tú viven en una fantasía, yo prefiero ser más realista.
—Fatalista— aventuró Matt, sonriéndole cálidamente a la mirada de desdén del rubio. Le puso una mano en el hombro, a pesar que todo en la postura del otro invitaba más a retroceder sin hacer movimientos bruscos en vez de ser cariñoso o comprensivo —. Sabes que soy un optimista sin remedio.
Ante aquello último, Mello finalmente se obligó a sonreír. Era casi como si a su guitarrista le hicieran una lobotomía después de cada decepción provocada por su exceso de optimismo, pero qué podía decir ante aquello. Algo de eso había sido el culpable de todo lo que estaba pasando, y aunque quizá al final él también saldría herido, dejó que un poco de todo ese optimismo se le contagiara mientras el pelirrojo acababa de pasarle un brazo por los hombros, como si no pudiera contenerse de apegarse tanto.
Por primera vez, era el mediodía y no el atardecer lo que se arrastraba por San Francisco.
+o+o+o+o+o+o+o+
Todo había pasado demasiado rápido aquella mañana. Un momento estaba semi abrazando a Mello a la cálida luz del sol, al siguiente intentaba convencerle de que volvieran a la cama con el resultado de costumbre, y en un par de minutos estaba de nuevo bajo él mientras le regañaba con tanto convencimiento como el día anterior por su borrachera. Luego el portazo, el rubio en el suelo con cara de querer asesinarle, y Dave dándoles los buenos días, sin cuestionarse aún el hecho de que cada dos por tres alguno de ellos dos acabara en el suelo nada más entrar él a escena, ni que no hubiesen más camas en la habitación que esa de enormes proporciones que se ubicaba en el centro. Posiblemente era cosa de Nick, o realmente Dave era incapaz de considerar la remota idea siquiera de que su querido hijo compartiera cama y otras cosas con un pandillero y motociclista peligroso.
Mientras mascaba unas papas fritas cocinadas en un aceite de dudosa procedencia, recordó su alocado y absurdo proyecto de escaparse con Mello a un lugar apartado y dejar que las cosas siguieran su propio curso, aunque perdía fuerza y convencimiento de que todo resultara bien a medida que transcurrían los minutos. Quizá tenía que ver con que las lavanderías no eran el lugar más sensual del mundo, después de todo (el zumbido metálico de las máquinas en funcionamiento no era tan sexy como lo hacían creer en las películas), o porque Mello llevaba gran parte del tiempo no metiéndose con él, o regalando malas caras a toda la población femenina existente, sino que conversando con Nick.
No le parecía mal que ambos pandilleros conversaran, después de todo, llevaban haciéndolo varios días entre gruñidos, monosílabos y cháchara técnica sobre motores y modelos de motocicletas. Pero no podía evitar sentirse algo extraño, en la suma. Nick era su amigo desde la tierna y estúpida edad de la adolescencia, y Mello era su...más que amigo, o algo así.
Nunca se imaginó que Mello encajara bien con sus amigos, después de todo. Su banda era "distinta", él los quería porque era eso o quedarse sin familia, con todo lo disfuncionales y desastrosos que eran los había echado terriblemente de menos. Su motociclista, por otro lado, era un hombre de esquemas y organización, de calcular las horas y el plazo de llegada exacto, y de cabrearse al extremo cuando las cosas no salían como lo preveía.
¿Bajo qué droga estaban todos como para estar llevándose tan bien? No le hacía sentido, sobre todo considerando que Mello era una de las personas más hoscas y desagradables que conocía. Y ahora que estaban, pues, "estaban ambos", por así decirlo, se le ocurría conversar con Nick. Justamente con Nick, con "mami", quien, después de todo, sabía más de sus escapadas y de sus relaciones que nadie.
Era un aliado peligroso, ahora que lo pensaba. Quizá podía irse de bocazas con algo especialmente sensible si se sentía tan a gusto con su rubio, y podría acabar con un problema de proporciones entre manos, sobre todo si consideraba cómo acababan los ataques de celos de Mello usualmente. Era cosa de ver cómo se había puesto cuando Audrey y él habían intercambiado algunas palabras coquetas. O peor, podría preguntar por Linda, y todo se iría al carajo de forma espectacular.
En ese momento captó las miradas serias y hoscas de ambos pandilleros, ante lo que les hizo una ligera y tensa sonrisa desde el taburete en el que se dedicaba a almorzar sus paupérrimas papas fritas que ya se iban acabando. Como toda respuesta, ambos respondieron con un gesto hosco muy similar en sus caras, antes de volver a conversar animadamente. Bueno, al menos en los parámetros de ambos, se podría decir que estaban montando una fiesta, aunque para el ojo inexperto pudiese parecer que ambos se aburrían musitando algún insulto o frase agresiva por lo bajo.
Le molestaba que hiciera eso, que descruzara los brazos en una postura cómoda, y hablara sobre motocicletas tan tranquilo apoyado en la máquina que les correspondía, cuando sabía que no podía seguirle el ritmo en esas conversaciones. Y al final, le tocaba quedarse callado en un rincón, como ahora, escuchando el zumbido monótono de las secadoras y el traqueteo mecánico de la ropa en la lavadora.
Alto ahí, se dijo de pronto, demudando la expresión en una de sorpresa. ¿Acaso estaba molesto porque Mello no le estaba prestando atención?
Rió por lo bajo, ya que aquello era simplemente ridículo. Digno de una comedia. Increíblemente estúpido. Y aún así, estaba tentado a arrojarse en medio de ambos jóvenes para que dejaran de conversar tan entretenidamente entre ellos, o de hacer que la lavadora en la que se apoyaban estallara en llamas con el poder de su mente. No eran celos (eso por descontado), sino que parecía algo mucho más terrible y perturbador, pues se estaba sintiendo increíblemente posesivo.
Podía escuchar la voz de su conciencia (parecida a la de Mello) diciéndole "patético" en una repetición interminable. Y se hundió discretamente en el taburete, arrugando el papel vacío de papas fritas en el puño con expresión ceñuda.
No es que nunca hubiese sido posesivo antes, pero algo con respecto a que Mello no le prestara atención le dejaba una sensación amarga. No estaba acostumbrado a que pasaran de él, tal y como no estaba acostumbrado a que le dejaran solo en la cama de mañana, pues esas eran cosas que solía hacer él mismo y no le gustaba nada estar del otro lado. Y, definitivamente, no quería ir donde ambos motociclistas y hacer el ridículo preguntando. No podría soportar esas miradas de "sé qué te traes pero no quiero saber más" de Nick, pues le ponían aún un poco nervioso.
Finalmente, la máquina anunció con el final de su traqueteo que la ropa estaba limpia y seca, por lo que los tres dedicaron su atención a separar la ropa que llevaban en silencio. Y a pesar que le miró varias veces, y desde bastante cerca, Mello parecía algo ido, como si su mente estuviera lejos de aquella lavandería, y ni siquiera le dedicó una mirada acerada. ¿A qué iba todo eso? Parecía que el rubio se hacía cada vez más inaccesible, a pesar de ser bastante...demandante una vez que cerraban la puerta de la habitación. Y aunque estaba punto de cabrearse, decidió respirar hondo y esperar a que llegaran al hotel, donde quizá incluso podrían seguir con lo de aquella mañana.
—Necesito un trago— musitó entonces Mello en voz baja, y Matt casi quiso meter la cabeza a la lavadora y encenderla cuando Nick giró la cabeza inusitadamente rápido.
—Creo que podría usar un whisky— replicó el mayor, dejando al pelirrojo en medio y con ganas de estrangular a alguien. Sobre todo cuando Nick dirigió sus fieros ojos hacia él —. ¿Vienes, Matty?
Le tomó un segundo meditar su respuesta. Ir a un bar con esos dos significaría más charla sobre motocicletas y cosas vagamente legales. Definitivamente no era un panorama atractivo, al menos no para él. Así que renegó un par de veces, conteniendo un suspiro exasperado y sonriéndole a su compañero de banda ligeramente.
—No, creo que quiero ir a pasear un poco. Ya sabes, antes de que a Dave le de por irse— en aquel momento casi podría jurar que Mello le estaba mirando, quizá con extrañeza, pero no se atrevió a mirarle de vuelta. Quizá incluso acababa yendo de todas maneras, y no estaba en sus planes.
Así que hizo un complicado saludo para despedirse de Nick (una de las pocas ideas de Dave que todos habían aceptado de buena gana), y se detuvo un segundo frente a Mello, quien alzó los brazos en un ademán extraño antes de arrepentirse y bajarlos, como si hubiera pensado en abrazarle o algo. Luego de un par de vacilaciones más, acabaron por darse la mano de forma incómoda, aunque por primera vez en el curso de la conversación pudo el pelirrojo ver ese chispazo ardiente en los ojos de Mello, que le sacudió ligeramente el estómago. No soltaron el apretón, hasta que un carraspeo de Nick les indicó que ya era demasiado evidente que darse la mano no habría sido la forma en la que se habrían despedido de estar a solas, por lo que ambos dejaron caer las manos con un movimiento rápido y una leve mueca de embarazo por parte de Matt.
—Los veo luego, en el hotel, supongo— musitó el pelirrojo a toda carrera, antes de salir con su bolso de viaje colgado de un hombro. Y con su billetera en el bolsillo trasero del pantalón, ni más ni menos.
Quizá no la pasara tan mal después de todo, pensó, mientras revisaba las antiguas ganancias y se disculpaba por lo bajo con un par de transeúntes que había atropeyado en su distracción. Aún quedaba lo suficiente como para tener un buen pasar por tiempo considerable, y ya que estaba en sus manos gastarlo por una vez, haría que lo valiera.
+o+o+o+o+o+o+o+
Si algo debía reconocer Mello, era que hacía mucho tiempo no tenía un amigo propiamente tal.
Claro, Matt era algo así como su amigo, pero no era lo mismo. A pesar de disfrutar su compañía, no podía llevárselo a cualquier hora a algún bar sin que se aburriera y comenzara a ser, francamente, irritante. Tampoco podía pasar largos minutos en silencio sin que el guigarrista intentara llenar los huecos con su conversación, ni tampoco podían jugar una partida amistosa de pool en un bar de cuarta sin que Matt se metiera en problemas o algo así.
Así que, mientras metía la bola cuatro y se dedicaba a frotar la tiza en la punta del taco, agradeció el momento de tranquilidad. Nick era de esas personas que, a pesar de ser bastante mayores y más pesadas que él, no retaría a una pelea ni de lejos. Le tenía una especie de respeto cauteloso e instintivo, como un depredaror que siente que una bestia mayor le amenaza, y que es mejor agachar la cabeza y esperar a que se vaya sin querer pelear. Lo que le daba, curiosamente, una sensación de tranquilidad.
Mientras Nick calculaba y metía dos de las esferas de marfil en distintos agujeros, notó que aquel era su ambiente. Tóxico, algo nocivo, y un estado de alerta constante, solo porque quizá se les pasen las copas y se arme algo bastante feo. Bebió tranquilamente de su whisky, ya que era su turno de calcular y acertar. Era casi regla general y de supervivencia que, si vienes de la calle, tienes algo de talento para el cálculo y las apuestas. El pool era una agradable combinación de ambas.
—Así que tú y Matty...— musitó el mayor, haciendo que Mello alzara la cabeza sin dejar de acomodar su mano para el tiro perfecto. Esperó algo más, pero Nick solo alzó una ceja en su dirección. No podría hacerse el tonto, como si no hubiese entendido.
—Supongo— replicó parcamente, ejecutando el tiro y retirándose para apreciar los resultados. Tres en un solo tiro era algo no solo respetable, sino que digno de aplauso. Ante aquello, sin embargo, Nick solo asintió y frunció el ceño.
—Claro...— hubo un breve silencio, en el que se acomodó de la mejor forma para acabar el juego lo antes posible. Para suerte de Mello, solo pudo echar una —. Matty es un chico...
Perdido, imbécil, ingenuo... ¿especial? Mello torció el gesto, mientras se reacomodaba y circundaba la mesa, buscando el mejor ángulo.
—Inocente— acabó Nick, aunque con poco convencimiento —. Es un gamberro nato para algunas cosas, pero, puta madre, a veces se pasa de idiota.
Aquello pareció dejarles satisfechos a ambos, a juzgar por la sonrisa algo cómplice que apareció fugazmente en las comisuras de la boca del rubio. Mientras encajaba, aparentemente a propósito, solo la bola 11, Nick prosiguió con algo que parecía cautela.
—Sí, es un idiota también— comentó, mientras encajaba la bola 12 sin problemas, pero fallaba la 13 —, pero al menos es un buen chico.
—Me quedaría con lo de idiota— replicó el rubio, apuntando con cuidado —, lo de buen chico suele ir aparejado con lo idiota.
Nick lanzó una risa rasposa que parecía un ladrido, como si recordara algo no del todo gracioso, pero con un buen chiste o alguna ironía al final que le parecía motivo de risa. Aunque mientras Mello se preparaba para tirar, su expresión decayó de nuevo en la seriedad.
—Supongo que conociste a Linda.
La bola blanca salió despedida con demasiada fuerza, chocando con un golpe que no la hizo trizas de milagro contra la 13, que chocó con igual escándalo contra los bordes de madera. La bola 13 volvió casi al centro de la mesa, mientras Mello levantaba la mirada con una expresión de indiferencia total que era traicionada por la forma en que apretaba el taco y por una ligera arruga en su entrecejo. Su respuesta fue, así mismo, gélida.
—Sí.
Con parsimonia, Nick se acomodó para echar la bola 13, sintiendo en todo momento la mirada del rubio posada en sus movimientos. Todo en su postura parecía indicar que estaba listo para saltar y dar golpes, excepto sus manos cubiertas de guantes negros, que ahora sostenían con un apretón incierto el taco que antes estrangulaban. Una vez dio por finalizado el juego, el bajista finalmente levantó la mirada, sin pestañear ante la expresión incendiaria del motociclista.
—Creo que sabes que ese lío fue extraño— continuó, mientras Mello apuraba otro vaso de whisky y se servía un poco más —. Aunque nunca discutieron, a ella siempre le daba con esas ideas de irse lejos y conocer más, mientras que Matty es un chico de Seattle. Un maldito citadino.
En ese punto Nick se detuvo, apurando también un vaso. Si esperaba una jodida respuesta a eso, pensaba el rubio mientras le miraba con hostilidad, podía quedarse sentado esperando. En lo que a él le concernía, la conversación había terminado, y al carajo se había ido su tranquilidad. No le podía importar en lo más mínimo esa historia, ni tampoco tenía curiosidad por saberla.
—Hasta que, claro, a ella le dieron esa famosa beca a California— continuó finalmente el bajista, alzando la mirada y profundizando su entrecejo fruncido hasta lo inimaginable. Y en ese momento notó Mello que la historia no era de su agrado tampoco —. Nunca me lo tragué, ¿sabes? Becas a California mis jodidas pelotas. Las putas coincidencias no funcionan así.
Un silencio pesado cayó entre ambos como un trapo viejo. El rubio removió aquellos recuerdos que le provocaban escozor, recordando su última conversación con esa pequeña zorra antes de que se marchara de una vez por todas. No había sido una conversación propiamente tal, sino un monólogo, pero las palabras que no le habían podido importar menos en ese momento volvían a la vida a medida que Nick hablaba.
—Ella tenía esa costumbre de mierda— divagó Nick en un suspiro —, esa de dejar pasar las cosas y cerrar la jodida boca cuando lo mejor hubiese sido abrirla. No creo que se haya ido tras Matty sin razones, pero cuando lo que vio no le gustó, se quedó callada. Esas mierdas matan, ¿no?
Mello tuvo la extraña sensación de que no era precisamente Ella el tema de conversación en aquel momento, y se encogió levemente cuando el mayor le miró fijamente a los ojos desde el otro lado de la mesa de pool. Esa no era una mirada amistosa, era casi una prueba. Y nuevamente estaba ahí la certeza absoluta de que Nick podría destrozarle de un plumazo si se lo proponía.
—Matt es mi compadre— prosiguió con sequedad —, y aunque me importe una mierda con quién se encame o no, eso no cambia. Lo que sí me importa es con quién se enrolla, Fallen Angel, y aunque no puedo decirle qué hacer o no con su vida, sí puedo darte un puto consejo.
Dio vuelta a la mesa, mientras Mello seguía mudo y clavado en el suelo. Se limitó a verle acercarse, llegando frente a él y mirándole con su ceño característico. Le sostuvo la mirada valientemente, sin saber qué esperarse de todo aquello.
—Puede ser un pendejo idiota, pero no se merece que le mientan— le espetó —. Así que si quieres poner tu jodido trasero de vuelta en la carretera en vez de irte a Seattle, vas a ir y vas a decírselo. Pronto. Conozco a los de tu clase...joder, conozco a los de mi clase. Y tú todavía vives para tener una tropa de idiotas a tus espaldas y una moto debajo.
Tomado por sorpresa, Mello bajó la mirada rápidamente, frunciendo el ceño luego. No tenía sentido comportarse como un chico pillado en falta, después de todo. Así que volvió a levantar la vista, en un principio desafiante y con una réplica ácida, pero la tentación de no aparentar por una vez fue más fuerte. Después de todo, no tenía un amigo desde hacía tanto tiempo que...
—No quiero irme— reconoció firmemente, aunque suavizó su tono luego —, pero es difícil dejarlo. La carretera, el desierto, esas cosas quedan.
La libertad de movimientos, el sonido de su propia soledad, los atardeceres en medio del barullo del viento, solo con sus pensamientos. Una vida libre de complicaciones y de ataduras, pero tan descorazonadoramente solitaria. Nick ablandó apenas su expresión, asintiendo.
—Quedan para siempre— reconoció, mirando brevemente por la ventana hacia la concurrida calle a la luz del día —. Pero al final hay algo que te ancla. Y joder, tienes que estar listo para eso, para renunciar.
Con movimientos fluidos, Nick les sirvió un vaso a ambos, tomando el suyo sin esperar. Mello guardó silencio un momento, reflexionando pausadamente antes de tomar su vaso y darle unos cuantos sorbos. Al final, si él tenía dudas, no tenía por qué hacerle daño a terceros por ello. De hacerlo, caería igual de bajo que Linda, después de todo.
—Todo termina cuando encuentras algo mejor que la carretera, algo que te llena igual— se golpeó el pecho levemente, con aires distraídos, como si recordara algo —. Y ahí todo lo de antes deja de ser una puta carga, por jodido que sea. Es más como...un camino más, uno de esos bien jodido, llenos de baches y barro. Pero que lleva a alguna parte.
En aquel momento Nick volvió a servir, y ambos ex pandilleros bebieron en silencio. Al parecer, después de todo, podía pensársela hasta que decidieran partir al norte de nuevo, y confiaba con que sería un tiempo generoso, al menos si encontraban suficientes distracciones. El dinero no sería problema, eso por descontado.
—Al menos estoy cansado de los idiotas que solo siguen órdenes— comentó Mello, acabándose su vaso en un respiro —. Es bueno hablar con alguien con medio cerebro de vez en cuando.
—No querrás cruzar ni media palabra con David, entonces— gruñó Nick a su vez, provocando una breve risa auténtica en el rubio. Al parecer, luego de la advertencia y su respuesta, el bajista se daba por satisfecho. Quizá conocía todo aquello más de lo que quería reconocer, después de todo, saltaba a la vista que eran, al menos, parecidos.
Así que volvió a mirar al mayor, esta vez con una media sonrisa burlona bailando en el rostro.
—¿Y por qué te quedaste tú?— preguntó, con malicia impregnada en cada sílaba. Nick, como de costumbre, gruñó una respuesta.
—¿Te pregunté cómo te hiciste esa jodida cicatriz? ¿No? Entonces no es tu jodido asunto.
Mello volvió a reír levemente, sirviendo dos vasos de whisky más. Después de todo, era una historia algo dura de tragar.
+o+o+o+o+o+o+o+
Por alguna razón, Matt sentía que siempre acababa en el barrio chino de alguna parte. No importaba dónde estuviera ni qué estuviera buscando, siempre encontraba esas columnas rojizas con techo verde que indicaban la entrada a Chinatown, y aunque no le molestara -los encontraba curiosos e interesantes, definitivamente-, le parecía al menos raro. ¿Es que a caso había chinos en todas las ciudades de Estados Unidos?
Entró caminando en forma distraída, entreteniéndose con el bullicio y el movimiento que se percibía en todas partes como si fuera una orquesta desorganizada y caótica. El aroma a fritura le asaltó casi al momento, y se le antojó probar algo de entre los miles de pequeños carritos que se apiñaban alrededor de las tiendas principales para compensar por su almuerzo tacaño de esa mañana. Después de todo, tenía la mayor parte del dinero, y estaba dispuesto a gastarlo.
Ahora con unas brochetas de "algo frito", prosiguió con su búsqueda, aunque no tenía muy claro qué era lo que buscaba después de todo. A pesar de gustar de la soledad, vagar por ahí en solitario no era algo que disfrutara especialmente. Antes al contrario. Si por él hubiese sido, se habría quedado en casa, después de todo solo había ido a aburrirse a la lavandería y ahora estaba perdido en medio del barrio chino de San Francisco.
Arrancó una mordida de las brochetas con avidez, mirando de pasada unos jarrones de porcelana pero sin detenerse demasiado. No quería tentar a la suerte con su usual torpeza, después de todo. Ahora tenía el día libre para hacer lo que quisiera, y debía empezar a aprovecharlo de la mejor forma posible sin extrañar a Mello en el proceso. Debía haber algo cerca que le ayudara a pasar el rato, algo no demasiado caro y que no le hiciera acabar en problemas como siempre. Esa era la parte difícil de la cuestión.
Pero, ¿qué sería capaz de mantenerle ocupado y a salvo en una ciudad tan bizarra como San Francisco? ¿Habría acaso algo que le impidiera moverse de aquí para allá y al mismo tiempo no le aburriera?
La respuesta llegó junto a una gloriosa música electrónica, en una tienda con más aspecto de galpón o gimnasio en desuso que una verdadera tienda. Y mientras se acababa las frituras de un solo bocado, contempló la gloria de cientos de máquinas de arcade alineadas contra la pared y formando pasillos, en donde niños de rasgos asiáticos y uno que otro chico blanco corrían de allá para acá con los bolsillos tintineando y pesados de monedas de 25 centavos.
—Vaya...— murmuró, quitándose los googles, que ya llevaba más por costumbre, de los ojos. Las luces brillantes, los colores básicos y los movimientos rectos le hipnotizaban, recordando aquellos tiempos de la secundaria, cuando era temido y respetado en las máquinas de Seattle.
Al hacerse músico, había abandonado las lides de los arcades, pero estaba seguro que la habilidad seguía ahí, a juzgar por el cosquilleo de anticipación que se dejaba sentir en sus manos. Así que sacó un cigarro, se lo llevó a los labios ya encendido, y comenzó a buscar su máquina por entre los aparatos ocupados que emanaban músicas repetitivas e inolvidables.
El aire estaba típicamente viciado, y hacían un par de grados más en comparación con el mundo exterior, pero Matt le dio poco o nada de importancia al asunto al notar una máquina vacía que todo el mundo parecía ignorar, entre los juegos de pelea y los de disparo que se replicaban en todas partes. De hecho, la máquina en sí se veía polvorienta y en desuso, con sus dos franjas amarillas y una diagonal en azul que ya casi parecía gris, no sabía si por el polvo o por el deterioro y el abandono. Al menos, la máquina seguía funcionando, a juzgar por la música rápida que salía de ella y la pantalla encendida.
Miró la máquina con algo de desconfianza, pues los gráficos eran más bien mediocres y la música, muy repetitiva. Nada que ver con un Mario Bros, ni en estética ni en cuidado en los detalles, ni mucho menos en composición. Aunque por otro lado, se llamaba "Alien Arena".
Eso le sumaba, de forma automática, todos los puntos necesarios.
Echó una bocanada de humo sin soltar el cigarro de entre los labios, alzando las cejas con interés y adelantándose hacia la palanca y botones de plástico brillante. Sacó una de las pocas monedas con las que contaba (la mayor parte del dinero estaba en billetes), y sin más dilaciones la introdujo en la ranura de la máquina con un ligero vuelco al estómago que se le hizo familiar. Sonrió de medio lado. No solo era bueno en los arcades, sino que en Seattle la mayor parte de sus puntuaciones máximas seguían decorando los primeros tres lugares de todos los juegos posibles.
Así que comenzó la partida, encontrándose con que la dinámica del juego era lo suficientemente extraña para confundirle y dejarle sin créditos en los primeros cinco minutos. Bufó levemente, introduciendo otra moneda e inclinándose ligeramente hacia la pantalla. No había botón de disparo, su personaje solo corría como un desesperado de un lado a otro, mientras una figura exactamente igual aunque de otro color -el enemigo, supuso- le arrojaba monstruos encima.
Esta segunda vez se tomó su tiempo. Observó los movimientos del contrario, cómo dejaba caer unas cajas de aspecto extraño, y cómo, al parecer, de esas cajas obtenía monstruos que lanzarle. Aparentemente ahí entraban los aliens en el asunto.
Sin embargo, volvió a perder al cabo de un momento, resolviendo usar su última moneda. Sin duda, Mello le reprendería por haberse gastado todas sus monedas de 25 en algo tan "idiota e inmaduro" como los videojuegos de arcade, pero Mello no estaba ahí para reprenderle. Mello la estaba pasando de lo lindo con sus amigos, recalcando el "sus", y ya era bueno que le extrañara un poco. Aunque para ser sinceros, pensaba mientras lograba, al fin, soltar el primer monstruo, el único que lo estaba extrañando era él, y ya le hubiese gustado que apareciera de la nada, como siempre, a llevarle a la rastra de vuelta al camino.
+o+o+o+o+o+o+o+
Horas más tarde, cuando el sol comenzaba a arrancar destellos anaranjados de los rascacielos de San Francisco y Oakland, un grupo de niños y adolescentes se llamaban entre ellos y corrían la voz acerca de la "máquina injugable". Aparentemente, un norteño que firmaba cada puntaje alto como "Matt" estaba logrando arrancarle las puntuaciones más altas jamás vistas a un arcade que hacía años nadie jugaba, dejado de lado frente a títulos que se veían más interesantes o tenían instrucciones más claras.
Dentro del viejo galpón abandonado, transformado ahora en el paraíso de los videojugadores de los alrededores de Chinatown, algunos vitoreaban y otros intentaban aprender del chico pelirrojo que esquivaba monstruos de todas clases como si hubiese pasado toda su vida jugando aquel juego, en un nivel de dificultad que nadie hubiera pensado posible de aquella máquina. El pelirrojo, lo suficientemente llamativo con su camiseta a rayas y unos curiosos lentes de aviador, dejaba que un cigarro se consumiera entre sus dedos por no poder apartar las manos de la palanca ni de los botones, y muchos dudaban entre envidiarle y alabarle por ser lo suficientemente ágil como para proseguir el juego, y lo suficientemente paciente como para comprenderlo.
Hacía algunas horas que nadie intentaba ni siquiera retarle, ya que los últimos dos que, luego de aprender las dinámicas del juego viendo jugar al joven del otro estado y reuniendo el valor para introducir otro crédito y probar suerte, habían intentado quedarse con la máquina, habían perdido en un dos por tres, sin que se haya visto más que un breve asentimiento como gesto de victoria por parte de Matt.
Este, por su parte, se entretenía con el reto. No era un juego de disparos, ni de aventuras, ni de aliens en realidad. Era un juego de estrategia, que requería paciencia y tratar de comprender los patrones de la máquina para encerrar a la figura enemiga mediante trampas y monstruos. Qué podía decir, le encantaban los desafíos. Y aunque el juego no fuera ni colorido, ni excepcionalmente bien construido, sentía que podría pasar días así sin aburrirse, al menos si el nivel de dificultad no decaía.
O a menos que superara la capacidad de memoria de la máquina, terminando el último nivel en un santiamén y obteniendo una musiquita repetitiva y breve de victoria total. Vaya bajón, pensó, mientras daba una calada al quinto cigarro de la tarde en medio de vítores y alabanzas por parte de su joven público. Había vencido a los invasores aliens, pero con el terrible costo de ya no tener su máquina querida.
Se volvió hacia su audiencia, en donde muchos niños y adolescentes le miraban expectantes. Le dolía un poco el antebrazo por el esfuerzo continuado —una sensación a la que se había, francamente, desacostumbrado—, pero estaba seguro que no duraría demasiado. Así que le sonrió a los más pequeños, adelantándose un paso.
—¿Alguien quiere jugar un versus?— preguntó animadamente, sin vacilar en su sonrisa.
Como respuesta, los niños se dispersaron rápidamente, como si no le hubiesen oído. Solo entonces la confiada sonrisa de Matt se convirtió en una leve mueca de pesar.
Suspiró pesadamente ahora, haciendo un leve puchero. Nuevamente no tenía nada que hacer, y aunque podría pasarse la vida descubriendo nuevos métodos y estrategias para ganar aún más rápido, no era lo mismo jugar contra la computadora que contra otro jugador capaz de hacer lo mismo. Y ya que habían espantado a todos sus posibles contrincantes, decidió retirarse como campeón invicto.
Al salir, volvió a sentir un tentador aroma a algo frito, por lo que torció en una calle lateral buscando la fuente. Era media tarde, y considerando que tenía un hambre atroz por culpa de lo ligero del almuerzo la perspectiva de cualquier cosa rebosada al aceite le era apetecible, al punto de hacérsele agua la boca.
El aroma venía de una pequeña y sucia tienda, que no habría llamado la atención de no ser por un par de coulmnas de yeso pintado de rojo y un techo de pagoda verde en miniatura, justo en el dintel. Las columnas estaban decoradas con dibujos de dragones sin piernas, solo un largo cuerpo serpentino y escamoso rematado con una cabeza de lagarto y bigotes. Se detuvo a examinarlos, fascinado por los detalles diminutos de los ojos y los pequeños pelos del bigote que ondeaba como al viento a medida que el dragón se enroscaba en la columna, subiendo a perderse en el pequeño tejado. Y cuando al fin logró dejar de fascinarse con aquellos adornos baratos pero esmerados, una mano huesuda pero firme le tomó del brazo, arrastrándole al interior.
—¡Hey...!— ya iba listo para golpear a alguien, pero se detuvo con el reclamo en la garganta. Pues frente a él, un anciano de ojos rasgados le contemplaba atentamente.
O sus ojos le engañaban, o era la viva imagen del señor Miyagi que recordara de Karate Kid.
—¿Viene por algo exótico?— le espetó el anciano, sin soltarle el brazo y agitándole levemente. Su voz era rasposa, como si se pasara la vida fumando tabaco o algo más fuerte —¡Tenemos!
Antes de darle tiempo a replicar, le siguió arrastrando hacia el fondo de la tienda. Extraños instrumentos colgaban de la pared, así como tapices y cuadros pintados con delicados trazos de tinta, que a veces estorbaban al pasar y le golpeaban la cabeza. El viejo, mientras, pasaba por debajo de los tapices sin problemas, soltándole solo para ponerse detrás del mostrador.
A la luz de una pequeña lámpara de escritorio, ya no se parecía tanto al señor Miyagi. Más bien, era como su hermano alcohólico o algo por el estilo. Matt le echó una mirada suplicante a la salida, aunque aún estaba demasiado sorprendido como para moverse, sobre todo cuando el ancianito de apariencia tan apacible puso sobre el mostrador un frasco lleno de algún tipo de salmuera, en donde se maceraban unos enormes hongos de capa color caramelo y de apariencia viscosa. Los observó con curiosidad, hasta que el anciano golpeó la tapa con su mano.
—"¡Shrooms!"— exclamó, ante lo que Matt le miró con sorpresa. Al parecer, el viejo no era alcohólico precisamente —. Viaje místico, para almas perdidas. De los ranchos de California, muy bueno, muy bueno. En dólares, por favor.
Sin comprender, el pelirrojo ladeó la cabeza, hasta darse cuenta que le estaban cobrando por los hongos. No dudaba que quizá sí era un alma perdida, y que Dave le había dicho que los hongos eran lo más, pero se había prometido a sí mismo no meterse en problemas por ese día. Así que renegó con la cabeza, obligándose a sonreír para no ofender al viejo.
—No creo que sea lo mío, de verdad...— comenzó, pero nada más acabó la frase, el anciano musitó unas palabras que no pudo entender antes de sacar un nuevo recipiente.
Esta vez, contenía una gran cantidad de piedras pequeñas de color café oscuro, ligeramente cristalinas y que le recordaban pequeñas joyas. No pudo evitar mirarlas por largo rato, hasta que el tendero golpeó la mesa sonoramente, provocándole un sobresalto.
—Para las grandes mentes. El tesoro de la adormidera— sin mayores explicaciones, le presentó el recipiente con una ligera inclinación. Aún sin enterarse de nada, Matt solo pudo contemplar al hombre mientras sacaba una larga pipa de madera, decorada con diseños extravagantes y dibujos de dragones entrelazados —. En dólares, por favor.
Solo entonces el pelirrojo cayó en cuenta que era una pipa como la de Sherlock Holmes, de esas que se usan para fumar opio. Descartó inmediatamente comprarla para fumar tabaco, alzando la vista hacia el hombre con una sonrisa nerviosa.
—Realmente no me interesa, creo que sería mejor que me fuera...
Pero nuevamente, antes de poder irse, la atención de Matt se vio atraída por lo que hacía el anciano. No cabía en sí de sorpresa, pues el hombre había sacado una pequeña taza de cerámica de apariencia antigua y usaba una tetera para verter agua hirviente sobre unas oscuras bolsas de té. Hubo un silencio, en el que el más joven miraba con desconfianza el té, y el tendero le observaba con una seriedad reverente.
Al notar que Matt no acababa de decidirse, el anciano tomó la taza entre sus manos y se la ofreció con una leve inclinación.
—El té, gratis— le dijo, manteniendo la taza a la altura de la barbilla del pelirrojo, para lo que debía levantarla por sobre su coronilla.
Luego de dudar un momento, y de mirar hacia la puerta una vez más con anhelo, volvió a concentrar su atención en la taza humeante que le ofrecían. Algo le decía -su consciencia, de voz amargada ahora- que lo mejor sería dejar la infusión ahí y huir sin mirar atrás, pero después de todo era solo un té. No era que algo malo pudiera estar escondido en un té, después de todo incluso había visto cómo lo preparaban y no había forma de que hubiesen echado algo extraño mientras él no miraba.
Así que tomó la taza, dando un largo sorbo y arrugando la expresión en una mueca. Era demasiado amargo, como si se le hubiese quedado la bolsa adentro de la taza durante horas, e incluso sintió un pequeño acceso de tos que logró reprimir a tiempo. Se volvió a mirar al anciano, que nuevamente le hacía una reverencia.
—Té, bueno para el espíritu— comentó, sonriéndole bajo su elaborado bigote —. Bueno para buscar, no las respuestas, sino las preguntas. Taza gratis ahora, té solo si decide volver. Solo en dólares, por favor.
Ante aquella palabrería, Matt solo asintió con extrañeza, y más por compromiso. Solo se sintió aliviado cuando notó que no le perseguiría hasta la salida de la tienda cuando empezó a retroceder, y que aparentemente había logrado sobrevivir el día sin meterse en problemas.
Finalmente, al llegar a la puerta -el local era mucho más grande de lo que parecía por fuera-, se volvió para devolverle la inclinación al anciano, pero este ya no estaba detrás del mostrador.
Sin perder un segundo de más, salió de la ensombrecida tienda, alegrándose de haber vuelto a una calle normal y corriente. Le dedicó una última mirada a las columnas talladas y sus dragones, apreciando los detalles y perdiéndose en sus ojos vacíos de yeso un momento. Al menos hasta que el dragón que contemplaba le devolvió la mirada.
Le siguió observando, cada vez más extrañado, pues no se lo estaba imaginando. El dragón, efectivamente, había girado su fiero ojo hacia él, y de hecho había girado su enorme cabeza de lagarto para mirarle de frente. Como por instinto, Matt alzó una mano para saludarle, ante lo que el dragón asintió y subió por la columna hacia el cielo, flotando en una espiral interminable junto al otro dragón de la columna, entrelazándose ambos en el cielo. Ambos dragones eran macho, pero ahí estaban, en el cielo, jugando a perseguirse.
Tenía dos opciones. La primera era asumir que había enloquecido por culpa de San Francisco al fin, entrar en pánico y correr hasta quedar sin aliento. La otra era asumir que un dragón acababa de saludarle, lo que era jodidamente increíble y genial hasta un punto que no acababa de comprender.
Bajó la cabeza hacia las dos columnas vacías, escuchando el comienzo de una canción que conocía del otro lado del callejón. Así que siguió avanzando, a medida que las notas se hacían atronadoras y resonaban contra las paredes de su cerebro. El sucio callejón desapareció, las pequeñas casas grises del barrio chino se transformaron en graciosas viviendas de colores imposibles y formas extrañas a medida que avanzaba en un remolino de color y sonido. Hacía calor, mucho calor, y el corazón se le iba a salir por la garganta.
Hasta que salió de la estrecha calle, encontrándose con un cartel que decía "Bienvenidos a Penny Lane". Y había un hombre de uniforme con sonrisa alegre que indicaba direcciones con una risotada, mientras buses de dos pisos de color azul, amarillo y rojo desfilaban lentamente, llevando en sus espaldas a princesas y hadas de largas alas coloridas, como el hada azul de los cuentos.
—¡Bienvenido a Penny Lane, Mail!— le dijo el hombre, lo que le sorprendió hasta el punto de hacerle saltar a un costado —. Aquí la música es lo que hace el mundo girar, la música y el amor.
—¿Cómo sabe mi nombre?— preguntó al borde de la histeria Matt, pues le había llamado Mail y eso era terrible. El hombre volvió a reír, poniéndole una mano en el hombro.
—¡Todos sabemos todo aquí, porque no hay mentiras ni máscaras!— respondió el hombre, guiñándole un ojo—. Y tú también sabes mi nombre, Mail.
Luego de pensarlo un momento, Matt volvió a dar un salto. ¿Cómo podía haberlo olvidado? Era como un padre para él, mejor que una figura nebulosa y gris, muy, muy lejos de Penny Lane. Sonrió ampliamente, abrazando al hombre con efusividad.
—¡Sargent Peppers!— exclamó, sorprendiéndose aún de no haberle reconocido. Toda su vida le había tenido justo al lado, en su habitación. En un vinilo gigante que colgaba en la pared, que veía cada día al despertar —¿Qué haces aquí?
—Dirijo a la Lonely Hearts Club Band, por supuesto— exclamó con orgullo el hombre, empezando a agitar su bastón —¡De hecho, allí vienen! Debes alcanzarlos, Mail, antes de que se vayan.
Señaló Sargent un enorme carro alegórico, decorado con flores y submarinos amarillos. Y ahí estaban, con sus uniformes coloridos y sus instrumentos en mano, rodeados de hadas que flotaban hacia él con risas cantarinas y celestiales que se le contagiaban a Matt sin quererlo. Los cuatro miembros de la banda más famosa de la historia, John, George, Paul y Ringo, tocaban canciones de mensajes importantísimos sobre el podio del carro, mientras filas de doncellas cantaban en avenidas interminables de colores y diamantes en el cielo.
—¡Love, love, love!— cantaban armónicamente las mujeres, todas hermosas en sus vestidos de lentejuelas y espejos, y todas riendo cuando Matt les sonreía como si fuera el mejor día de su vida.
—There's nothing you can do that can't be done— comenzó a cantar la banda, lo que le recordó a Matt que debía seguirles, por lo que corrió tras el carro entre las doncellas cantantes —Nothing you can sing that can't be sung. Nothing you can say but you can learn to play the game, ¡It's easy!
Entre los violines, que emitían notas visibles y compases que podía reconocer y tocar si tuviera una guitarra -y se dibujaban en el aire y cambiaban de color al sol-, un grupo de hadas voló a su lado y le echaron su polvo mágico especial, antes de darle un beso en la mejilla y volar hacia el cielo de diamantes con sus alas coloridas. Sintió que ya no eran sus propias piernas lo que le sostenía, sino que flotaba en el aire hacia la banda sin ningún esfuerzo. Se dejó caer de espaldas, riendo alegremente mientras le aseguraban, le juraban, que todo lo que necesitaba era amor, amor, amor.
—There's nothing you can make that can't be made...— le aseguró John, con su característica sonrisa, mientras le ofrecía una mano para ayudarle a terminar de subir al podio.
—No one you can save that can't be saved— le respondió Matt, aferrándose a la mano del músico y enderezándose a duras penas. Los habitantes de Penny Lane bailaban, y Desmond y Molly Jones se besaban vestidos para su boda. También el barbero tomaba la mano de su novio, y esa imagen se demoró en salir de su retina por alguna razón. Todo el mundo parecía enamorado de todo el mundo, y a nadie le importaba. Era tan fácil.
—¡All you need is love!— cantaban todos, y el pelirrojo comenzaba a pensar que tenían razón. Así que se les unió en el coro una vez más, sabiendo que todo el mundo sabía que se llamaba Mail Jeevas, venía de Seattle y estaba empezando a e-n-a-m-o-r-a-r-s-e de cierto pandillero que le quitaba el sueño, en medio del canto y la fiesta del carnaval, sobre todo si John le daba su bendición. Era tan, tan fácil.
De pronto vio al Sargent Peppers, que le llamaba con señales desde la base del podio. Matt dio un salto, aterrizando en una nube de espaldas, que le depositó gentilmente frente al hombre. Este rió antes de guiarle hacia el frente de la concurrencia. Le mostró una serie de papeles, haciéndole una reverencia y guardándolos en el bolsillo de sus jeans
—Nunca olvides Penny Lane, ni a los Lonely Hearts— dijo, quitándose su sombrero de copa y colocándoselo al joven —. Ahora ve, ellos saben que Mello y tú van hacia Penny Lane, y debes detenerlos.
Ante aquello, Matt compuso una expresión de sorpresa y algo de miedo.
—¿No te referirás a...?
—Sí, Mail. Los aliens lo saben— Sargent Peppers agachó la cabeza, colocándole una mano en el hombro —. Debes detenerlos, o ayudarán al gobierno a eliminar nuestro hermoso pueblo. Ve, súbete al submarino amarillo y vuela, debes llegar más rápido que ellos.
Asintiendo, el pelirrojo se subió, sin cuestionarlo, al vehículo amarillo que le esperaba con la escotilla abierta. Debía salvar al mundo de los aliens que no querían que la música triunfara al fin, que no querían que Mello y él llegaran a Seattle a tiempo para vivir para siempre con la banda de los corazones solitarios. Y el submarino partió, atravesando el espacio infinito y salpicado de diamantes, mientras Matt sabía —y se alegraba, en realidad— que Mello estaba mirando por la ventana con ese aire melancólico que siempre llevaba encima, algo ansioso pero esperando disimularlo, pues quizá el siguiente taxi amarillo sí llevara dentro a un pelirrojo demasiado drogado con la infusión de botones de peyote como para recordar algo más que la dirección de su propio hotel.
+o+o+o+o+o+o+o+
El ambiente dentro de la habitación era tenso, y eso se notaba a simple vista. Nick fumaba algo compulsivamente, aunque su cara se mantenía seria. Mike y Dave estaban sentados en el sillón en completo silencio, mirando desde la silla cerca de la puerta en donde Nick fumaba con un vaso de whisky en la mano, y la ventana, en donde Mello tomaba directamente de una botella mientras echaba miradas incendiarias a la calle y luego se volvía con una expresión demasiado indiferente como para ser natural.
Ya iban a ser las diez, y hacía tiempo que estaba oscuro. Y cierto pelirrojo aún no aparecía, luego de haberle dejado vagar a su antojo. Y por cómo estaban de sulfurados ambos pandilleros, incluso Dave se dio cuenta que lo mejor sería no preguntar. No quería volver a ser saco de boxeo de Nick, después de todo.
De pronto sonó el timbre de la habitación, ante lo que tanto Nick como Dave se levantaron rápidamente para abrir la puerta. Y ahí, en el umbral, con una sonrisa relajada y mirando las molduras de las paredes como si fueran florecillas, estaba finalmente Matt, sin su bolso de viaje.
Dave se adelantó y le tomó de los hombros, ligeramente histérico, mientras Nick gruñía. Todos habían estado terriblemente preocupados, y él se presentaba sin ningún tipo de alarma o consideración.
—¡Viejo! ¿Cómo se te ocurre darnos un susto de muerte así? ¡¿Qué carajo te estaba pasando por la cabeza?!— Dave iba alzando la voz cada vez más, zamarreando al pelirrojo con fuerza, aunque este no parecía inmutarse. Antes al contrario, seguía sonriendo tranquilamente. Solo por eso Dave se detuvo, mirándole con curiosidad.
Pero poco tiempo tuvo para preocuparse, ya que un par de manos enguantadas apartaron a ambos jóvenes de la puerta. Porque ya no estaba solamente enojado, o preocupado, sino que Mello ya casi echaba humo.
Para Matt, fue como si apartaran las nubes del sol. Envuelto en un suave resplandor divino, su rubio favorito le perforaba con la mirada desde la habitación. Rió tontamente, intentando alzar los brazos para saludarle, pero recibiendo un puñetazo que le envió a besar el suelo.
—Auuuuch— murmuró, sin moverse del lugar en donde había caído, en donde la alfombra con olor a ceniza se le introducía en la nariz. Sin embargo pronto se encontró mirando al techo con molduras, pues Mello le había girado con brusquedad y le sujetaba del cuello de su camiseta a rayas. También le amenazaba con un puño alzado, y una expresión que le habría enviado a la tumba de un infarto si estuviera más consciente, con los labios tan apretados que parecía una línea blanca.
—¿Dónde estabas, pelirrojo?— le espetó el rubio, amenazante. Matt sencillamente se encogió de hombros.
—Oh, pues...iba caminando por Abbey Road y de pronto estaba en Penny Lane, con Sargent Peppers and the Lonely Hearts Club Band...— respondió con toda sinceridad, aunque al parecer eso no fue suficiente para Mello, quien ahora le sujetaba la camiseta con ambas manos y le acercaba a su cara con aires peligrosos.
—¿Acaso me estás tomando por idiota, Matt?— le espetó, demasiado cerca como para resultar seguro responder. A pesar de lo cual, el aludido lo hizo con una sonrisa relajada.
—Tranquilo, cariño— le dijo, ignorando el cambio de expresión del rubio de cabreado a petrificado—. No se me ocurriría tomarte el pelo ni en mil años.
Dave contempló la escena con confusión, mirando a Nick como exigiendo algún tipo de explicación. Este ni siquiera le devolvió la mirada, sino que se acercó al rubio que ya parecía a punto de explotar y asesinar a su compadre ahí mismo. No le dijo nada, sino que le puso una mano en el hombro y le hizo una seña para que se retirara sin responder a la expresión desafiante y peligrosa del rubio, que finalmente soltó al pelirrojo con brusquedad y esperó apoyado en el marco de la puerta, iracundo. Incluso Dave se apartó un par de pasos, lo más disimulado que pudo.
—Hola mami— le saludó Matt, dejándose levantar por el bajista sin oponer ningún tipo de resistencia. Este no respondió, llevándole directamente bajo la luz de la escalera para examinarle.
Estaba algo ruborizado, con la piel caliente y ligeramente sudada a pesar de ya ser de noche. Le tomó el pulso, acelerado, en contra de su apariencia tranquila y sosegada y le pellizcó un brazo con fuerza, notando que su tiempo de reacción al dolor era muy, muy lento. Ante todo aquello le abrió un ojo para examinarlo a la luz, encontrándose con que solo quedaba una pequeña franja verde alrededor de la pupila dilatada, que apenas reaccionaba a la luz directa y que brillaba de forma exagerada, como si acabara de estornudar y le hubiesen llorado los ojos. Asintió para sí mismo, volviéndose a Dave, Mike —que se había acercado con el alboroto— y Mello de forma inexpresiva.
—Está drogado— dictaminó, encogiéndose de hombros —, probablemente con hongos o un cactus. Va a vomitar en cualquier momento, y en una hora más o menos debería empezar a estar consciente de nuevo.
Todos le miraron con curiosidad, e incluso Mello salió de su enojo para dedicarle una mirada extrañada. Ante aquello, Nick solo volvió a encogerse de hombros con mayor brusquedad, tomando al pelirrojo del brazo y arrastrándole adentro, tomando una bolsa vacía de la mesa y ofreciéndosela al pelirrojo cuando, efectivamente, comenzó a hacer arcadas lo suficientemente fuertes como para dejarle a los presentes una sensación amarga en la boca. Le arrojó adentro del baño mientras seguía con la cara metida en la bolsa, cerrando a espaldas del joven y dándole algo de espacio. Solo se escucharon las toces y arcadas de Matt durante un momento, hasta que Dave procesó lo que acababa de pasar.
Así que comenzó a dar saltos en su sitio, presa de una gran emoción. Y su risa casi logró ahogar los sonidos provenientes de baño.
—Oh por Ozzy, nuestro pequeño está creciendo— explicó, emocionado por la posibilidad —¡Incluso se busca sus propios dealers ahora! Lo hemos criado bien, mami Nick...
—Por el amor de...— gruñó Mello, entrando a la habitación sin mirar a nadie y recogiendo las llaves de la habitación, su chaqueta de cuero y rellenando su petaca con el whisky de la botella con la que había estado ocupado antes. Dave le miraba extrañado, como si no concibiera que alguien no estuviera encantado con lo que acababa de pasar, pero solo Nick se adelantó para seguirle a través de la puerta del hotel.
Solo una vez en la calle Nick se acercó al rubio, fumando tranquilamente y alcanzando las largas zancadas de Mello sin aparente esfuerzo. El rubio iba al estacionamiento del hotel con claras intenciones, por lo que decidió frenarle antes de que lograra llegar a su motocicleta para dar una vuelta. Le puso un brazo en el hombro, ignorando la mirada de advertencia que le dirigían.
—Relájate— se mordió la lengua para no decirle "cariño", pues dudaba que ayudara en algo —. No es la primera vez que se droga.
—Lo sé— respondió parcamente el rubio, cruzándose de brazos. Ante aquello, Nick frunció el ceño aún más como cada vez que entendía algo que no le agradaba del todo, lo que logró hacer que Mello se sintiera ligeramente más incómodo que antes.
—Creo— comenzó, dando una larga calada al cigarro antes de proseguir — que todo esto te preocupa demasiado.
—No es tu asunto— le espetó a su vez el rubio, aún más reacio a hablar que Nick mismo. Pero este prosiguió, volviendo a fumar largamente, como preparándose.
—Joder. Esperaba que todo esto fuera un jodido revolcón y nada más— musitó como para sí el mayor, rascándose la nuca con incomodidad —. Pero tú estás...
—Cierra la boca, si no quieres que te la cierre— le amenazó de pronto Mello, adquiriendo esa actitud tan familiar y a la defensiva. Quizá había estado preocupado por lo mucho que todo aquello le estaba preocupando, y quizá estaba algo asustado de ese vacío en el pecho, pero nadie más que él tenía derecho a saberlo.
Ni siquiera Matt. Mucho menos Matt. No cuando podía arruinarlo todo, porque se conocía, y aún pensaba que todo habría sido más fácil para ambos si hubiesen quedado como desconocidos que hacen negocios.
Nick volvió a mirarle con su cara de desconfianza, como probándole, pero Mello ya había tenido suficiente de aquello en un solo día. Así que se soltó con un ademán brusco del apretón que Nick le propinaba en el brazo, siguiendo su camino hacia la motocicleta sin mirar atrás.
Mientras, el viejo pandillero le observaba con el ceño fruncido. Se parecían más aún de lo que todos sospechaban, pero ambos eran algo toscos para esos temas tan maricones. Irónicamente. Así que solo le vio irse, aunque sabiendo que volvería antes de que Matt despertara del todo. Los que eran como ellos siempre acababan volviendo.
+o+o+o+o+o+o+o+
Nunca supo cómo llegó a la habitación, pero de pronto Matt se encontró acomodado entre los conocidos cojines de la enorme cama del hotel. Intentó levantarse, pero ni eso logró hacer, pues todo le daba vueltas aún. Gimió levemente, sin extrañarse ya de no encontrar a Mello en la cama. Probablemente había salido a hacer algo, fuera la hora que fuera.
Hablando de aquello, ¿qué hora era en aquel momento? Estaba demasiado oscuro, pero no del todo. Parecía ser apenas el inicio de un nuevo día, o el fin de otro.
Finalmente logró sentarse, aunque sus recuerdos eran un revoltijo de imágenes y colores. Sus ropas estaban llenas de algún polvo brillante, como si se hubiese paseado por una discoteca o un cabaret de alta categoría. Era escarcha, sin duda, pues se le apegaba a las manos cuando intentaba sacudirla y se esparcía por el claro colchón sin orden ni concierto. Vaya molestia.
Sin embargo un ligero ruido de respiración llamó su atención, y se asomó al borde de la cama. Ahí estaba Mello, con sus ropas ligeras del día anterior, haciendo flexiones de brazos a un buen ritmo y sin descanso aparente. Siguió espiándole desde su posición, viendo cómo los músculos de sus brazos se flexionaban y estiraban a medida que subía y bajaba, y cómo su espalda clara quedaba ligeramente al descubierto por el movimiento, por lo que lograba ver las puntas de las alas negras insinuarse bajo la polera de los Rolling Stones.
No podía negar que le había echado de menos, aún entre la niebla que envolvía su mente y que aún no sabía qué había provocado. Todo lo que recordaba era un videojuego sobre aliens, y luego todo se volvía confuso.
Antes de poder memorizar las líneas de su espalda, Mello se levantó, estirándose y haciendo que la camiseta se alzara ligeramente por sobre la pretina de sus jeans oscuros, lo que logró hacer que la boca del pelirrojo se secara hasta extremos inimaginables. También había echado de menos eso.
Cuando el rubio se volvió hacia él, el tiempo pareció detenerse un momento. En su mirada había algo extraño, como una tormenta de emociones que luchaban por predominar las unas sobre las otras. Tenía el cabello recogido en una coleta alta -extrañamente femenina-, para que no le estorbara al hacer ejercicios, muy probablemente. Decidió que aquello le sentaba muy bien, pues a pesar de su fleco y una gran cantidad de cabellos demasiado cortos para quedarse en su lugar, algo le despejaba la cara.
Finalmente Mello se dejó caer sentado en la cama, de espaldas a Matt en un primer momento, como pensando qué decir. Algo parecido a lo que estaba pasando él mismo, pues comenzar una conversación con "el cabello te queda bien así" luego de desaparecer la tarde anterior no le parecía el mejor movimiento. Así que se acercó cautelosamente, arrodillándose a un lado del motociclista y esparciendo escarcha de colores por aquel lado de la cama también.
—Lo siento— murmuró al fin, con voz rasposa —. Ayer estaba un poco...abandonado. Fue una estupidez, y acabé en problemas de nuevo.
Se quedó en silencio, pues no sabía más que eso, con toda sinceridad. Sin embargo, por alguna razón, supo que no había habido chicas en sus olvidadas aventuras del día anterior. Mello asintió, mirándole por sobre el hombro y sin voltearse del todo.
—Llegaste drogado— le explicó, relajándose visiblemente ante la cara de sorpresa del pelirrojo. Aquello significaba que, al menos, no se había ido buscando un dealer entre los desconocidos de San Francisco. No había llegado a ese nivel de idiotez —. Muy drogado. Dave casi muere de un infarto y se lleva a Nick en el proceso. Supongo que el Silencioso también te echó de menos.
Se encogió de hombros, como restándole importancia al asunto, pero el pelirrojo notaba la tensión de su postura. Le hubiese encantado tranquilizarle y decirle que no había pasado nada malo, pero en realidad no estaba seguro. Al menos hasta que Mello le alcanzó unos papeles que se le hicieron familiares por alguna razón, los que se apresuró a revisar. Lo que contenían hizo que se descompusiera un poco más de lo que ya estaba.
—Estaban en tu bolsillo. Yo los encontré, nadie más lo ha visto— le aseguró el rubio, ya sin mirarle.
En los papeles -fotos tomadas con una polaroid de esas que imprimen al momento ahora que las veía-, aparecía repetidas veces con un hombre alegre de bigote, en medio de un carnaval en donde hombres de rasgos marcadamente femeninos se vestían de vedettes, le daban besos en las mejillas y le arrojaban escarcha, además de una escapada a uno de los carros alegóricos y un stagedive desde el mismo. En la última foto aparecía frente a un cartel que indicaba Castro Valley, nuevamente junto al hombre de bigote, aunque esta tenía una inscripción en la parte trasera.
"¡Estas son de regalo para ti, pelirrojo! Tómalo como agradecimiento por hacer nuestra pequeña Pride Parade mucho más divertida con tus ocurrencias. La próxima tendrá dobles de The Beatles, es una promesa. ¡Te esperamos el año que viene! Y recuerda que "All you need is love". Atentamente,
-Sargent Peppers
PD: No, nadie te besó. Nos dejaste a todos en claro que alguien te espera en casa, ¡menuda suerte!"
—Digamos que al menos yo sí sé dónde estuviste— comentó Mello, a medio camino de bromear al respecto y continuar distante. El aludido renegó con la cabeza, aún más confundido.
—De verdad no recuerdo nada de esto— le prometió al rubio mientras volvía a recostarse, revisando las fotografías sin acabar de creérselo. El aludido, a su vez, solo le miró sin demudar la expresión.
—¿Quién te espera en casa? ¿David?— le preguntó a su vez Mello, luego de una breve pausa. Matt se demoró en comprender que ahora sí estaba bromeando. Rió apenas, volviendo a acostarse.
—Si Dave me esperara en casa, creo que nunca volvería— le aseguró, tomándole del brazo suavemente.
—Voy a la ducha...— comentó el rubio, pero Matt volvió a tirar de él suavemente.
—Puede esperar.
Resignándose, Mello también se recostó, suspirando levemente y mirando al pelirrojo con las cejas alzadas, como invitándole a hablar.
—De verdad siento haberlos preocupado. Debí ir contigo y Nick.
—Es igual— replicó Mello, quien ya lo había dejado pasar después de todo —. No soy tu madre.
Algo le dijo a Matt que no era igual después de todo, pero Mello tampoco se explayaría más al respecto. Eso lo tenía muy claro, después de todo, encajaba en su política de no hablar sobre el pasado ni darle demasiada importancia.
Le miró fijamente ahora, pensando si decirle algo más. Aquello parecía incompleto, y recordó algo vago de aquel momento en blanco que había sufrido. Quizás sí debía decirle algo más, algo importante, que había empezado a experimentar cuando estaba cerca de él. No eran solo ganas, aunque de eso había bastante. Era algo más grande, más grave y, de alguna forma, mucho mejor.
—Mello...
Tenía que decirlo, era tan fácil decirlo sin sentirlo, pero ahora era un océano de diferencia. Ahora costaba, y dolía un poco incluso. Daba algo de miedo.
—¿Mmm?— replicó el rubio, sosteniéndole la mirada.
—Nada— se retractó a último minuto, con un suspiro. Mello no era como el resto de las personas respecto al tema amoroso, y no quería arriesgarse a arruinar las cosas como con Linda, siendo demasiado absoluto de golpe. Lo mejor sería tener paciencia y callar mientras no fuera seguro el terreno.
Hubo un silencio, en el que ambos se miraron en silencio hasta sentir la piel arder con esa ansia arrasadora que ya se les hacía familiar. Podría emboscar a Mello en cuanto saliera de la ducha, o incluso podría hacerlo en la ducha, pensaba Matt. La idea era intoxicante.
—¿Matt?
—¿Sí?
—Nada.
Espero que se hayan divertido tanto como yo!
Ahora, un par de anuncios de utilidad pública:
Tengo página de facebook! A algunos les dije por reviews (los que alcancé a mandar), pero a los que no, búsquenme por Kami del Antro para que conversemos sobre fanarts, headcanons y otras cosas :3
También les quería recomendar un gran fic que me atrapó como una droga, pero les advierto: actualiza igual de rápido que yo usualmente, así que lean con precaución.
Se llama Stockholm Syndrome, y está en inglés, tiene mucha violencia, drogas, sexo y rock n' roll. Están advertidos!
Creo que eso es todo de momento. Cuídense, y los reviews que me quedan los iré respondiendo de a poco.
Adiosín~
