Capítulo 29
Sobrevivir
El Areópago con toda su majestuosidad se abrió delante de ella. La mesa redonda, deliciosamente labrada en las maderas más finas, se encontraba vacía. Paseó la mirada por el gran salón; estaba sola. Tomó asiento en la silla que solía ocupar en las reuniones del Consejo. Sin nada más que hacer, bebió un sorbo de la copa de vino que le correspondía. Le supo insípido.
- Debí imaginarme que te presentarías sin ser invitada. -le reclamó una voz conocida. Athena no levantó su mirada gris. Ignoró a quien le llamaba.
- No me perdería esta reunión por nada en el mundo, Hera.
- ¿Es tan poca tu confianza en ella? La chiquilla es tu reencarnación. Igual de sosa e insolente que tú. -la diosa reina se abrió paso entre los doseles que colgaban de las columna y ocupó el sitio que le correspondía. Contrario a la pelinegra, el fuerte sabor del vino le satisfizo.- Debo confesarte, mi querida niña, que me alegra que estés presente. Sin duda harás mucho más entretenida esta reunión.
- Sí, sí, cómo digas. -subió los hombros y, dispuesta a ignorar a la pelirroja, comenzó a jugar con el contenido de la copa.
Tomó el suntuoso cáliz y lo volteó. La bebida escarlata fluyó sin control amenazando con desbordarse sobre ella, sin embargo, antes de que mancillara su impecable peplo, simplemente se desvaneció. El mítico espectáculo recordaba a las maravillosas cascadas situadas en las fronteras del Monte Olimpo, cuyas caudalosas aguas se esfumaban en medio de la bruma que se formaba a sus pies. Habían transcurrido años desde que ella abandonó las comodidades de la Tierra Santa para unir su vida a la de los mortales; para vivir en la inmundicia, como dijeron en el momento sus iguales. La vida en el mundo de los humanos había resultado mejor de lo que esperaba. Estaba satisfecha con la vida que había elegido; sin embargo, olvidar las extraordinarias tardes que vivió al lado de sus hermanas a las laderas de los grandes ríos, le era imposible.
Para sus adentros, la diosa de la sapiencia sonrió mientras observaba el vino correr. La primera vez que asistió a un Consejo Divino, aquel fenómeno se había apoderado de atención por incontables minutos. Lo había encontrado fascinante… aún lo hacía.
Pero, de pronto y tomándola por sorpresa, el color carmesí del vino trajo a su memoria la sangre, esa sangre que había visto emanar de su santo de Capricornio durante el sueño de la noche pasada; el mismo sueño que seguía repitiéndose una y otra vez siempre que cerraba los ojos. Frustrada, regresó el vaso a su posición inicial para después asentarlo bruscamente sobre la mesa. Se cruzó de brazos mientras esperaba en silencio. Su mirada gris se posó recelosa sobre el cáliz mientras sus pensamientos volaban lejos, hasta Temiscira.
Para Hera, el repentino arranque de desconcierto no pasó desapercibido. Estuvo a punto de soltar un comentario impertinente, pero la súbita aparición de una profunda niebla la hizo callar. Sus ojos azules se clavaron en la densa bruma rebuscando en ella a las dos deidades por las que esperaban. No fue necesario buscar demasiado.
De entre la neblina surgieron dos figuras que le resultaron familiares. El dios del trueno, magistral e imponente, fue el primero en mostrarse ante ambas diosas. A su lado, una anatomía más delicada fue revelándose poco a poco: Saori Kido. Las miradas curiosas de Athena y Hera observaron al dúo fijamente.
Sin que fuera su intención, las grises orbes de la señora de la sapiencia escudriñaron hasta el más ínfimo detalle de su reencarnación. Su cuerpo era demasiado pequeño, débil incluso, para una deidad de la guerra. La mirada de la pelilila tampoco era lo que esperaba; en exceso franca, poco útil para ocultar sus pensamientos. Cuando sus ojos coincidieron, encontró en ellos la confusión que su presencia le causaba.
- Llegan tarde. -el reproche de la pelirroja no se hizo esperar. Miró con desdén a la joven Athena y sus dedos golpetearon la mesa intermitentemente.- Bien, ¿no piensas decirnos? ¿A que debemos la premura de esta reunión?
- Cualquiera diría que eres una mujer con muchas obligaciones. ¿Por qué la prisa? ¿Alguna amante de mi padre a la que debas castigar? ¿O por fin has encontrado un amante propio? -para cuando hubo sus labios pronunciaron agresivamente las palabras, Athena se maldijo a sí misma. No solía suceder, pero había hablado intempestivamente y ahora, la reunión sería llevada a un campo más hostil.
Para Zeus, la agudeza del comentario no pasó desapercibida. Frunció el ceño con desagrado pero controló su lengua. No deseaba empeorar la delicada situación, aunque ya era demasiado tarde.
- ¿Qué sabes tú de amantes? -Hera sonrió burlona.- El día que te consigas uno entenderás porque es tan divertido tenerlos.
- Esa es una pésima excusa para la falta de fidelidad. Aunque, claro, no esperaba que alguien en el Olimpo conociera el significado de esa palabra.
- ¡Suficiente! …ambas -les reprendió un iracundo Zeus ante la atónita mirada de la chica de cabellos morados que no encontraba sentido a lo que sucedía.
- ¿Qué? -sonrió la Athena mayor, irónica.- ¿Toqué una fibra sensible?
- Dije: Basta. -la mirada del dios se encrudeció.
- Mis disculpas. -aceptó Athena. Evitó mirar los fieros ojos azules de su padre sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda.
La diosa pelirroja se irguió en su silla. Su semblante, impecable, no traicionaba sus emociones. Una eternidad en el Olimpo le había enseñado a recobrar la postura con rapidez aun en la situaciones más comprometidas. Su cabeza siempre se mantendría en alto y su dignidad sería intocable.
- ¿Quién es ella? -la delgada voz de Saori rompió el incómodo silencio que había caído entre ellos.
- Eres tú. -respondió el dios.- Athena. Tu verdadera imagen.
El desconcierto que la confesión causó en ella le resultó imposible de ocultar. Abrió desmesuradamente los ojos mientras la vista de su contraparte se centraba en ella con evidente curiosidad.
- Saori, ¿cierto? -cuestionó la mayor.
- Sí. -respondió tratando de disimular el ligero temblor en su voz. La mirada de la diosa del Mito se alzaba como enorme misterio para la joven.
- He escuchado mucho de ti.
Sin quererlo, la pelilila bajó la cabeza momentáneamente. No sabía si el significado de aquel comentario resultaba en un halago, o en un reproche. De repente, se había sentido sobrecogida por la minuciosidad con que el otro par de ojos grises la observaba. No tenía respuesta para ello.
- ¿No es mona? -rió con sorna la pelirroja.- Se ha impresionado a sí misma.
- Mi paciencia tiene un límite, Hera. Es la última vez que pido silencio.
La señora del Olimpo conocía la determinación en la mirada de su esposo y, resuelta a no despertar el duro carácter que dormía en él, guardó silencio. Ni siquiera Athena se atrevió a hablar, sino que prestó atención a Zeus.
- Ahora que ambas parecen haber recuperado la razón, dejemos hablar a la joven Athena.
Por un breve instante, Saori guardó silencio. Tres mirada se centraron en ella, ninguna de ellas delataba la expectación de sus dueños por la respuesta. Esperaron con paciencia a que la joven Kido eligiera una silla y se sentara, tímidamente. La tensión en sus gestos era evidente, en especial por la manera en que su mano se cerraba sobre Niké. La tez pálida de sus dedos se enrojecía por la presión ejercida para sujetar el báculo sagrado.
- Hay algo que quisiera saber. -comenzó.- Hipotéticamente, ¿qué se requeriría para incluir a un nuevo guerrero en las doce misiones?
- ¿A quién? -preguntó de inmediato la Athena del mito.
- No le conoces. Pero él también puede ser considerado un santo dorado.
- Shion, antiguo caballero dorado de Aries. -esbozó una sonrisa arrogante. ¿Con quién creía la niña que estaba hablando?
- Exacto. -susurró incrédula.
- Me gusta la idea. Responde a su pregunta, Hera.
La señora del Olimpo alzó una ceja. Miró hacia su rey y después a las dos jóvenes diosas. Una sensación de calma se apoderó de su rostro, sin embargo un brillo matizado con maldad relució en sus orbes azules. Sin duda la pregunta le resultaba interesante, y debía sacar el mayor provecho de la oportunidad que le era entregada en bandeja de plata.
- Una vida por otra. -dijo. Y después, tranquilamente, bebió un sorbo del licor de uvas.
- Olvídalo. Si eso es lo único que estás dispuesta a ofrecer, no tenemos nada más que hacer aquí. -la pelinegra se puso de pie.
- Alguien está de un terrible humor. -giró los ojos ante la reacción de su hijastra. El sarcasmo en su voz enfureció a la diosa de la sapiencia.- ¿Qué te tiene tan preocupada?
- No estoy preocupada, al menos no más de lo usual. Simplemente no tengo deseos de quedarme a perder mi tiempo.
- ¡Ah! Creo que saber lo que te preocupa. -sonrió, ignorando las palabras de la morena. - Debe ser lo mismo que hizo que esa cabecita tuya pasara de pensar en la "virginidad" a la "fidelidad." Hasta hace unos días te hubieras vanagloriado de tu castidad, pero ahora nos traes un discurso de fidelidad de pareja. Deberías tener cuidado cuando hablas así, uno podría pensar que tienes conocimientos al respecto.
Por un momento, la señora de Atenas calló. Permitió que su gélida mirada de plata hablara por ella.
- Si no hay nada más que decir, me retiro. -siseó. Luchó con todas sus fuerzas por no perder el temple delante de la diosa del matrimonio.- Confío en que ningún trato será hecho en mi ausencia y, aun si así fuera, no tendrá ninguna validez.
Al final, se sentía insatisfecha consigo misma. Decepcionada, para ser más exacta. Porque en el fondo, aunque se negase a admitirlo, esperaba que aquella reunión trajera buenas noticias para la situación de sus santos. Lo único que había conseguido era un ir y venir de reproches con la mujer de su padre. Tiempo perdido.
- Espera, niña, espera. -la voz de Hera la detuvo. Volteó y la miró por encima del hombro, de soslayo.- Quizás podamos llegar a un acuerdo. No tengo reparo en que uno más agregue su nombre a la lista del Libro de la Vida. -dijo sarcástica.- Pero, a cambio, deseo que se me otorgue completa libertad para intervenir en las tareas.
- Hecho. -contestó sin meditaciones la Athena antigua.
- ¡¿Qué?! ¡¿Cómo te atreves a tomar una decisión de esa magnitud con tanta ligereza?! -Saori se puso de pie. El sonido de sus manos golpeando la madera de la mesa atrajo todas las miradas hacia ella.
La pelinegra no se molestó en responderle, pero su mirada afilada se posó sobre ella ordenándole, sin necesidad de palabras, que se calmara. Sobrepasada por la firmeza reflejada en su contraparte, Saori se mordió los labios y guardó para sí sus ideas.
- Creo que se ha tomado una decisión. -confirmó el señor de rayo.- Si ambas partes están de acuerdo, entonces que así sea.
- Pero… -los bravos ojos de su igual volvieron a robarle el habla. Se sentó, pero su cuerpo completo se veía rígido. Apretó con fuerza los descansabrazos de su asiento. La mandíbula se le tensó y la rabia se hizo presente en su mirada.
- Tenemos un trato. -Hera esbozó una sonrisa.- Y como tal, espero sea respetado. -escupió.
- Cuenta con ello. -asintió. Después, se dirigió hacia su joven y futura reencarnación.- Hemos de definir algunos detalles, Saori. Quisiera que te quedaras unos minutos más.
- Sutil forma la tuya para sacarnos. -se quejó la pelirroja con sorna.
- Y tiene razón en hacerlo. Este no es más nuestro lugar, Hera. Andando.
- No es como qué…
- Hera. -terció Zeus. Trató de no alzar la voz, pero la severidad era clara en su tono.- He dicho que nos vamos.
La diosa se puso de pie. Su larga túnica de color amarillo resbaló sobre su cuerpo enmarcando su perfección. Hera, con todos sus errores, siempre había sido una mujer prudente. Conocía los límites de su esposo y sabía que no debía traspasarlos. Una vez más, como buena y sumisa esposa, caminó hasta situarse al lado de su señor. Sonreía; una sonrisa falsa.
- Sabrán de mí. -se despidió.
- Cuando hayan terminado, avísenme. Me encargaré de llevarte a casa, pequeña. -se dirigió a la más joven de sus hijas. A la mayor, le correspondió una tenue reverencia con la cabeza. Sabía que las palabras entre ellos no eran necesarias y tampoco bien recibidas por la pelinegra.
Y con una potente descarga eléctrica, ambos desaparecieron.
El poderoso rugido del trueno resonó en el Areópago. El eco permaneció unos segundos adormeciendo con su ronco sonido los sentidos de las diosas que habían permanecido. Al principio, nadie habló. Permanecieron en sus sillas, quietas y distantes. La morena, quien hasta ese momento se había mantenido recostada sobre su trono, se inclinó hacia adelante. Apoyó los codos sobre la mesa y delineó con su dedo el borde de la copa que aún permanecía ahí.
- Antes, te veías mucho más ansiosa por hablar. -inició.- Si hay algo que debas decir es el momento de hacerlo. -esperando respuesta de la otra, bajó los ojos para centrarlos en la bebida. Su reflejo se formó en el líquido carmesí.
- ¿Por qué aceptaste ese trato?
- Porque era lo mejor para todos. -respondió con simpleza.
- Es fácil para ti decirlo. No los conoces y tal pareciera que poco te interesa lo que suceda con ellos
- ¿Y tú sí? -cuestionó ocultando la rabia en su voz.- Dime, Saori, ¿les conoces?
- Son mis santos.
- También son los míos. -la de cabellos lilas, calló.- No pretendo que comprendas y tampoco voy a explicarme. A tiempo sabrás el porqué de mis decisiones. Por ahora, quisiera tener a Shion en mi templo a la brevedad posible.
- Es prematuro…
- No lo es. -interrumpió. Su voz era firme y clara, más los dejos de ira impresos en ella comenzaban a traicionarla.- Tengo ocho santos en poder de las amazonas, otros tres han ido a su auxilio; uno de ellos poseído por un dios maligno, otro recuperándose de una agonía como ninguna. Hemos perdido dos guerreros, y no tengo la intención de dejar ir a ningún otro.
- ¡Lo sé! ¡Lo sé todo! Y, aunque mi pesar está con ellos, no creo que ésta sea la mejor decisión.
- ¿Y qué propones? Si tienes algo mejor que decir, estoy dispuesta a oírte. ¡Dime!
Ninguna palabra consiguió escapar de la boca de la joven Kido. Sus labios se abrieron tímidamente, sin embargo el susurró de su voz se apagó antes de haber empezado. Si alguna vez consideró que su rol de diosa de la sapiencia la sobrepasaba, ese pensamiento no podría compararse con lo que sentía en ese momento.
- Pide a Shion que entregue sus responsabilidades a la brevedad posible. Lo necesito junto a mis muchachos, Saori; lo quiero pronto. -ordenó Athena ante el silencio de la pelilila.
"Sus muchachos, que conveniente," pensó Saori. Ni ella misma se atrevía a llamarlos de esa forma y, sin embargo, la mayor no tenía reparo alguno en hacerlo a pesar de conocerlos por tan poco tiempo. Entonces, se cuestionó cómo sería su relación. Porque aunque tratase de convencerse de lo contrario, sentía la brecha que existía entre ella y sus santos.
- ¿Qué pasaría si me niego a enviarlo?
- No puedes negarte. Mi palabra está de por medio. -frunció el ceño.
- Es tu palabra, no la mía.
- Prudencia, niña. -sus ojos grises centellaron con rabia contenida.- Mi paciencia tiene un límite y aún si se trata de ti, no aceptaré insolencias.
- ¿Prudencia? ¿Hablas de prudencia cuando tomas decisiones en un pestañeo a pesar de que vidas humanas depende de ellas? ¡No me hables de prudencia!
- Calla. El silencio es una virtud, joven Athena. -le enfrentó la diosa pelinegra.- Antes de permitir a tu lengua soltar las palabras, utiliza la cabeza para medirlas. Puedes ser mortal, pero no eres humana. ¡Eres una deidad! La diosa de la guerra justa y la estrategia. Diosa de la sabiduría y protectora de la humanidad. ¡Por Zeus! ¡Demuestra tu noble estirpe, niña! -hubo una larga pausa en la que hasta el sonido más remoto se escuchaba con pasmosa claridad.- Esto no es acerca de ninguno de nosotros, Saori…es por ellos. Ignoro lo mucho, o poco, que sepas al respecto, pero nuestros santos necesitan una guía. Dohko se ha esforzado por llenar el espacio que Shion ha dejado, pero el lemuriano es de especial estima para varios de ellos.
- La decisión fue precipitada. -susurró.- Aún con Shion aquí, si Hera decide actuar…
- Es momento que comprendas que, en ocasiones, por difícil que sea, es necesario poner el raciocinio por encima de tu corazón.
- Siempre ha funcionado bien del modo contrario.
- Entonces, has sido afortunada, pequeña. Pero esta vez, los augurios no están de nuestro lado.
Se puso de pie haciendo que su asiento de madera rechinara sobre el piso de mármol. Sus pasos, seguros y firmes, resonaron en el silencio del Areópago mientras caminaba en dirección a la más joven. Se detuvo cuando se encontró a sus espaldas. Por un momento el pesado silencio regresó. Cuando sus dedos se deslizaron suavemente sobre Niké, el arma sagrada respondió a su energía iluminándose y tintineando con fervor. Su mirada, tan gris como el acero, se perdió, y ante sus ojos desfilaron los acontecimientos de un pasado que no podría olvidar.
- Padre solía decir que los hombres eran seres bajos y frágiles que, entregados a sus pasiones y perdidos en su ignorancia, vagaban por sus efímeras vidas rodeados de podredumbre y miseria. No eran dignos de nuestra lástima, mucho menos de nuestros favores. Después, mientras nos deleitábamos en su desgracia y jugábamos caprichosamente con sus destinos, sobrevino a nosotros la Edad de los Héroes y los humanos se volvieron peligrosos. Sus ojos se abrieron, sus sentidos se afilaron y sus corazones latieron con nueva vida. Se levantaron de la inmundicia y se cubrieron con la gloria de sus triunfos. Los hombres amenazaron con volverse inmortales. Entonces, los dioses sintieron el peligro ceñirse sobre ellos y temieron por lo que era suyo. Por vez primera, el Consejo de Dioses se reunió para sellar la historia. La decisión fue tomada: había que romperlos. Sus rodillas debían doblarse y sus labios gritarían nuestros nombres con desesperación. Serían sometidos bajo nuestro yugo. Sus espíritus, doblegados. -apartó la mano de Niké y sus ojos se entristecieron.- No podía permitirlo pero el precio a pagar por sus vidas era alto… -Athena volvió a detenerse. Suspiró con pesadez.- Mis decisiones pueden ser precipitadas, pero tus juicios lo son más, Saori. Envía a Shion y deja el resto en mis manos. Imploremos porque las Moiras se apiaden de nosotros.
La puerta del megarón se abrió para dar paso a la diosa. El guardia que custodiaba la entrada anunció su presencia. Al final de la larga alfombra carmesí, Shion la esperaba en el trono. Junto al Gran Maestro, Arles exponía los pormenores del Santuario y recibía instrucciones por parte del antiguo lemuriano. Cuando el nombre de la joven diosa resonó con el eco de la sala, ambos se pusieron de pie para recibirla.
- Mi señora. -Arles agachó respetuosamente la cabeza.
- Bienvenida, princesa. -Shion le cedió el trono, ayudándola a tomar asiento.- ¿Necesita algo?
- No, gracias. -meneó la cabeza.- Pero me gustaría hablar contigo… a solas.
No fue necesario que la pelilila repitiera su petición. De inmediato, el santo de Altair ofreció sus respetos y desapareció entre los doseles que cubrían el camino a la estatua de Athena. Estando a solas, el lemuriano esperó pacientemente por las palabras de su joven diosa. No intentó presionarla pero era evidente, en el desencajo de su semblante, que las cosas no habían salido como ella esperaba.
Entonces, Shion temió. Temió porque Saori se había marchado compartiendo un objetivo común con él o, al menos, así lo pensaba. Sus preocupaciones se fortalecieron cuando observó a Niké tambalearse en las manos de su portadora y supo que la niña estaba severamente contrariada.
- Athena, ¿qué ha sucedido? -preguntó ocultando en el tono dulce de su voz la impaciencia que sentía.
- Esto esta mal, Shion. -admitió la joven pelilila.- Yo estaba dispuesta a aceptar muchas cosas, pero su decisión puede costarles la vida a los santos.
- ¿Su decisión? ¿De qué me habla?
- De ella… de mí. -agregó con evidente confusión.- Mi esencia, Athena, estaba ahí. -la sorpresa en el rostro de Shion no le pasó desapercibida.- Ella fue quien tomó todas las decisiones y ahora no sé que pensar. Dice estar dispuesta a permitir a Hera libertad de acción a cambio de tenerte en la Edad del Mito.
- ¿Eso ha hecho? -preguntó de nuevo. Una cálida sonrisa se dibujó en sus labios cuando la joven diosa asintió.- ¿Por qué piensa usted que hizo eso?
- No lo sé. -confesó subiendo los hombros.
- Claro que lo sabe. Piense en ello. -por primera vez desde el inicio de su conversación, Saori miró a su Patriarca.- ¿Confía en Hera?
- No.
- ¿Por qué?
- Porque creo que es incapaz de mantener su palabra. -contestó con una mueca.
- Y, ¿cree que lo hizo antes?
- Lo dudo. No sería descabellado pensar en que Hera había intentado algo con anterioridad.
- ¿Entonces?
- Ella lo sabía. -afirmó. Su mirada perdida se había desvanecido y ahora, parecía encontrar el sentido oculto de los hechos.- Athena sabía que Hera intervenía. Por eso lo hizo. No perdía nada al tomar el trato.
- Exacto. Ahora que Hera tiene derecho a actuar con libertad, no se molestará en ocultar sus planes, por lo que no será necesario enfrentarla desde la oscuridad. Los ataques serán obvios y sabremos por donde contraatacar.
- ¿Por qué no me di cuenta antes?
- Usted se presentó con ciertas expectativas y, al perder el control, la situación fue difícil de procesar. Pero ahora que comprende lo que esta pasando, creo que podrá estar un poco más tranquila.
- No podría estarlo. -sus gestos volvieron a ensombrecerse.- Athena ha solicitado que te presentes tan pronto puedas a su templo. Asegura que las circunstancias están comprometidas y te necesita ahí.
- Creí que habíamos llegado a un consenso de que iría de ser necesario. -dijo el lemuriano.- Además, mi señora, todo esta en orden aquí. Si llegara a necesitar algo, Arles estará aquí para ayudarle. Le daré instrucciones precisas para el cuidado del Santuario.
- No es por mi santuario por lo que temo. Es por ustedes. -un dejo de reproche se escuchó en su voz.- ¿Les es tan difícil de creer?
- No se trata de eso, princesa. -rió.- También es mi preocupación que usted quede debidamente resguardad al igual que cada habitante de este lugar. Pero mi deber incluye a mis demás compañeros de la Orden Dorada y no me pesa arriesgar mi vida por la suya.
- A mí si me pesa tomar esa decisión.
- Pues no debería. Con todo respeto, joven Athena, no podemos retractarnos ahora. Iré y regresaré con ellos. Es un promesa que el hago.
Saori suspiró. Comenzaba a pensar que nadie nunca escuchaba lo que tenía que decir, y eso la enfadaba. Lo peor era que esa ira no podía más que ser reprimida. Ojalá tuviese la fuerza para imponer, o la sabiduría para refutar con igual fiereza los argumentos que sobre ella caían. De repente, por más optimista que quisiera ser, se sentía pesarosa y cansada. La cabeza le latía mientras un dolor agudo se apoderaba de sus sienes.
- Estoy cansada. -dijo poniéndose de pie.- Comienza con la entrega, Shion. Tienes un par de días para hacerlo. Después, búscame. Estoy segura que a mi antiguo yo no le gustará esperar.
El Patriarca ofreció una reverencia a su diosa mientras la veía alejarse. La alfombra acalló el sonar de sus sandalias. El largo vestido blanco flotaba a su alrededor, meciéndose al compás de su gracioso andar. Shion esperó hasta verla desaparecer por la puerta. Entonces, se guardó una sonrisa para sí. Su joven diosa, aquella a la que una vez cargó en brazos, estaba creciendo; y eso le llenaba de orgullo.
La espada de Shaka rozó peligrosamente el torso desnudo del santo de Libra. De no haber retrocedido un par de pasos, la piel de Dohko habría sido rasgada por el filo de la hoja enemiga. Las viejas armas de entrenamiento podían no ser letales, pero con las inminentes batallas que esperaban por ellos, cualquier herida podría ser vital para el desenlace.
Habían desistido de usar las pecheras. Las tallas no eran apropiadas para ellos, por lo que, sumadas a la fricción sobre sus cuerpos semidesnudos, causaban más daño de lo que ayudaban. Así, sin más protección que algunas viejas grebas y muñequeras, los santos se embarcaron en un entrenamiento que les permitiera pelear por sus vidas con mayor equidad.
- ¡Mantén el equilibrio! -ordenó el chino.
Shaka contraatacó. Lanzó un ataque directo contra el rostro del maestro. Dohko se agachó, esquivando así el impacto. Sin permitir que la inercia de su cuerpo le controlara, Shaka retrocedió para burlar el embate contra su torso. Pero el de Libra no le permitiría volver a la ofensiva. De inmediato emprendió una serie de golpes que a duras penas pudieron ser detenidos por el rubio. El repicar del metal resonaba conforme las espadas de los combatientes se encontraban una y otra vez sin descanso. Una sorpresiva embestida obligó a Dohko a girar sobre su eje para evitar que la hoja del de Virgo le rayara la cara. A pesar del esfuerzo, la carne de su mejilla sufrió un ligero corte del que manaron un par de gotas de sangre.
- Eso estuvo bien… -sonrió el antiguo maestro recuperando con una hábil estocada el espacio perdido. Su respiración se oía agitada.
El ardor de la herida no le importo. Prosiguió su metódico embate haciendo retroceder a su oponente. Pero Shaka aún no terminaba. Apoyó bien las piernas, balanceó su cuerpo y contraatacó apuntando hacia el costado del maestro. El escudo de Dohko resonó cuando la espada golpeó contra su orilla y, de inmediato, se abalanzó contra el cuello del rubio. Sin nada más que hacer, Shaka había perdido.
- Estás muerto. -la espada de Dohko se detuvo a centímetros de su joven camarada. El frío filo de la hoja acarició su piel.- En general, has mejorado, pero sigues siendo dubitativo. -ambos guerreros cesaron sus posiciones de batalla.- Debes tener en claro que las amazonas pelearan sin compasión. Si una sola nube de duda atraviesa tu mente, ellas lo leerán en tu mirada y entonces, lo próximo que sabremos es que tu cuerpo arderá en la pira con una moneda de bronce en la boca para el barquero.
- Esto parece un mal sueño. -murmuró el hindú.
- Lo sé, mi amigo, sin embargo me temo que es la única manera de ganar tiempo. -su voz bajó de intensidad mientras sus ojos, recelosos, miraron hacia las amazonas que les cuidaban arco en mano.- Tenemos que encontrar la forma de salir de aquí.
Con la preocupación impregnada en su semblante, Shaka llevó su mirada azul hacia sus compañeros. Uno en especial capturó su atención. Mediando una discusión entre Escorpio y Acuario, Mu intentaba encontrar una solución pacífica al problema. Shaka y él no habían hablado mucho pero, hasta donde sabía, aquel misterioso sueño que le aquejaba desde Atenas y que el carnero dorado le había confesado con anterioridad, seguía ahí. Podía ser una simple casualidad ocasionada por la tensión de los últimos días, pero las dudas en su mente eran muchas y muy fuertes.
- Maestro… -le llamó. El aludido posó sobre él su mirada turquesa.- Hay algo que tal vez debería saber.
- ¿De qué se trata?
- Bueno, no sé exactamente que es o por que estoy contándole esto. -suspiró.- Probablemente, ni siquiera soy la persona adecuada para hacerlo.
- Shaka, ¿qué pasa? Nunca has sido un hombre de muchas palabras y, sin embargo, ahora mismo parloteas sin sentido. -Dohko sonrió, compresivo.- Puedes decirme lo que sea. -su mano derecha se situó sobre el hombre del rubio en un intento de infundir confianza.
- Gracias, pero creo que esta historia debe oírla de los labios de alguien más. -la mirada del santo de Libra permaneció con él mientras le observaba caminar hasta sus compañeros.
Se abrió paso entre Milo que gesticulaba exageradamente al mismo tiempo que sus brazos se agitaban con desesperación. Camus, en cambio, parecía prestar nula importancia a los arranques del escorpión. Shaka llegó entonces hasta Mu. Dohko observó como murmuraba algo al carnero quien, como reflejo, llevó su mirada hacía él. Después, devolvió el comentario a Shaka y, aparentemente dejó escapar un suspiro de resignación. Lo próximo que supo fue que el par venía caminando en su dirección.
- Están comenzado a preocuparme. -dijo sin saber por qué.- ¿Qué está pasando aquí?
- Es algo que ha estado sucediendo desde un tiempo atrás. Un sueño para ser exacto. -confesó el lemuriano.
- ¿Qué clase de sueño?
- Uno muy insistente. -subió los hombros y una media sonrisa se formó en sus labios.- El problema es que la visión no se desvanece, sino que, con el tiempo parece incluir más detalles.
- ¡Espera, espera! Desde el principio, muchacho. -pidió.
Mu exhaló y contó al chino su sueño, empezando por la oscura caminata en el bosque hasta el encuentro con la misteriosa mujer de cabellos de plata. Trató de ser específico en cada pormenor. Cuando era un niño bajo el cuidado de Shion, había aprendido y escuchado acerca de cómo, en diferentes tiempos y diversas culturas, los sueños habían sido utilizados para entregar preciosa información al hombre. Algunos de esos elegidos, sabiamente, creyeron en sus premoniciones y sus nombres pasaron a la posteridad como grandes héroes. Otros, incrédulos y perezosos, habían perecido en medio de oscuros augurios, permaneciendo como villanos en el libro de la historia. El santo de Aries no estaba dispuesto a correr más riesgos.
- Por Athena, Mu… -susurró Dohko.- Si esto es, o no, un sueño profético, debemos investigar.
- ¿Cómo? Ninguna de ellas nos dirá nada. -recorrió con la vista a las mujeres que les rodeaban.
- ¿Decirnos? ¿Sobre qué? -interrumpió Milo. Unos pasos detrás, el santo de Acuario llegó.
- Necesitamos información sobre una mujer de cabellos de plata. Probablemente posee los dones de Apolo.
- ¿Quién es ella? -preguntó el galo.
- No lo sabemos.
- Pues para no conocerla, hay bastante urgencia en ustedes por encontrarla. -terció el peliazul.
- Es importante. Si esa mujer existe, podríamos estar hablando de que Máscara de Muerte y Aioria están vivos. -dijo Mu.
- El gato, ¿vivo? -el corazón le dio un vuelvo a Milo.- Si esto se trata de un mal juego, juro que les asesinaré a todos. -espetó mientras su dedo apuntaba amenazante al carnero y al santo de la virgen. La aguja escarlata no apareció en él.
- Jamás jugaríamos con algo así. -Shaka frunció el ceño.
Milo torció la boca. Inconscientemente, y aún sacudido por la noticia, retrocedió unos pasos para alejarse del grupo. Alzó la mirada y miró a su alrededor, a las amazonas que permanecían estáticas sobre las barandas. Estaba nervioso, aunque no lo admitiría. Tenía una dura decisión por delante y era su propia vida la que se pondría en juego.
- Más vale que tengas razón en esto, Mu. -sentenció.
Un brillo de determinación iluminó su mirada de zafiro y, con una sonrisa altiva, dijo todo lo que tenía que decir. En un pestañeo, corrió con desesperación hacia la salida del derruido Coliseo. Escuchó los gritos de sus compañeros arrastrados por el viento y convertidos en confusos ecos que no comprendía. Las voces de las mujeres resonaron con mayor claridad haciéndole saber que iban detrás de él. A su alrededor, el zumbido de las sagitas cayendo como una lluvia llegó a sus oídos mientras un punzante dolor en su muslo le hizo trastabillar.
El cuerpo del griego calló pesadamente al piso. Un gemido de dolor se ahogó en su garganta. Pronto, se encontró rodeado de guerreras. Al menos una veintena de flechas dirigidas hacia él con toda la intención de matarle. Dos de las jóvenes le inmovilizaron para que, una tercera, se montara sobre su espalda con la intención de atar sus brazos por detrás.
- ¿De regreso al calabozo? -río sardónico.
- Sí, pero primero tenemos una parada que hacer. -le susurró la castaña. Las ásperas fibras de una cuerda rasgaron la piel de sus muñecas.- Y prometo que no va a gustarte.
- ¡Deja! -la anciana dio un golpecito en la mejilla al santo.- Si no estás quieto, no podré examinarte.
Shura refunfuñó. Sin embargo, a pesar de toda la molestia que ello le representaba, permitió que la mujer le tocara.
Sintió sus dedos, callosos y huesudos, sobre el rostro. La vieja le forzaba a mover la cabeza en diferentes direcciones examinando detenidamente la opacidad de su mirada. El aliento rancio de la mujer cayó sobre él cuando se acercó para inspeccionarle de cerca. Deseó apartarse pero no lo hizo.
Después, tras varios minutos de escrupulosa atención, la vieja se alejó. Adoptó una postura meditativa. Su mente trabajaba con rapidez al mismo tiempo que sus ojos recorrían al español.
- Dime algo, muchacho. ¿Has estado expuesto a algún tipo de veneno recientemente?
- ¿El aliento de la Hidra de Lerna se considera uno? -contestó, agrio. Su ceguera le impidió ver cuando la mujer alzó las cejas.
Ella chasqueó la lengua. Se puso de pie y caminó lentamente hasta un pequeño armario de madera ubicado en un rincón de la habitación. Shura notó que era coja. Lo supo por el sonido inusual y poco rítmico de sus pasos cansados.
- ¿Y bien? -escuchó una voz que reconoció sin problemas. Pertenecía a una de las dos jóvenes doncellas que le había guiado hasta la casa de sanación.- ¿Se recuperará?
- No hay nada malo es sus ojos. El problema está en su sangre. -anunció la curandera. El inconfundible sonido de los platos de barro se dejó oír. La mujer molía varias especies de hojas en ellos para después mezclarlas con algunos líquidos desconocidos.- Habrá que tratarlo.
- Sangrémosle, entonces. -contestó con sorna la tercera.- Sin duda será un espectáculo de lo más entretenido.
- Guarda tu espada, pequeña insolente. Demuestra un poco de respeto por las artes del maestro Asclepio. Lo que este hombre necesita no es el filo de tu hoja, sino los dones de Deméter. -Shura se guardó una sonrisa al escuchar la explicación.
- ¿Volverá a ver?
- Es probable.
- No, Tarsila. Un "es probable" no servirá de nada para la señora Hipólita. ¿Volverá a ver? ¿Sí o no? -presionó la primera mujer, ante lo cual, el santo de Capricornio asumió que era la de mayor rango entre ellas.
- Sí.
- ¿En cuánto tiempo?
- Depende de su cuerpo. Es joven y vigoroso, podría ser antes de lo que esperamos. -confesó.
El peliverde sintió que su corazón amenazaba con abandonar su cuerpo a causa de la declaración de la anciana. El golpeteó de los trastos cesó y en su lugar oyó agua corriendo.
- ¿Qué es eso? -cuestionó una de las guerreras.
- Sangre de Asir. -la vieja vertió un líquido parecido al vino en un cáliz.- Una rareza egipcia, pero muy útil para purificar el cuerpo. -de nuevo, Tarsila se sentó frente al santo y puso en sus manos la copa con cuidado.- Bebe. -ordenó.
Por lo que a Shura respectaba, aquello podía ser incluso un veneno más potente que el de la Hidra que terminaría por matarlo en dos segundos. No podía verlo, así que no sabría con seguridad de que se trataba. Se sentía vulnerable y odiaba esa sensación.
- Anda, bebe. -insistió la vieja.- Tiene un sabor apretante pero nada desagradable. A ustedes los griegos les fascina beber vino sin diluir, ¿cierto? Pues esto no es muy diferente. Pruébalo.
- No soy griego. -musitó antes de empinarse la copa. Bebió hasta la última gota.
- ¿Un noble meteco al servicio de Athena? La diosa virgen debe estar severamente necesitada de guerreros decentes.
- Tampoco soy noble. -contestó sintiendo el sabor de la bebida en su boca. No supo que era más amargo; si la bebida o el recordatorio de que la diosa a la que amaba nunca podría ser suya.- ¿Ahora qué?
- Ahora esperamos. Es posible que sufras de fiebres y mareos durante un tiempo. El principal efecto de la Sangre de Asir es producir sudores en el cuerpo. ¿Se quedará en la casa de sanación? -se dirigió a las carcelarias. Asintieron.- Mejor, así no correremos riesgos. Si llegaras a sentirte en exceso débil, avisa a cualquiera de las sanadoras. Esta pócima es un arma de doble fijo. Salva algunas vidas, pero entrega otras a Hades; esa es la principal razón por la que la enorme mayoría de los físicos no se atreve a usarla. Debemos ser precavidos, ¿entendido?
Una mueca bastó para que Shura expresara su acuerdo. De inmediato, las mismas mujeres que le habían llevado hasta ahí, le sujetaron los brazos poniéndolo de pie bruscamente. El cáliz de madera vacío cayó al suelo.
- ¡Eh! ¡Cuidado, niñas! -chilló la anciana.- Hipólita lo quiere vivo y en una pieza. Puedo curarle los ojos, pero no puedo pegarle los brazos si se los arrancan.
- ¡Calla! Su sola presencia es un insulto para las hijas de la guerra. -siseó rabiosa.- Su Alteza ha perdido la razón al permitir a estos hombres permanecer en nuestras tierras. Quieran las dioses que la prudencia regrese a Hipólita o el derramamiento de sangre amazónica será inevitable; y entonces, habrá más que la pérdida de guerreras para nuestra reina.
Milo tenía que admitir que aborrecía el mohoso olor de las catacumbas. Aun si los oscuros pasadizos no eran su principal problema en aquellos momentos, el escorpión no podía pasar por alto la penetrante peste que de ellos emanaba. De pronto, sus pies resbalaron sobre la húmeda superficie de las rocas y estuvo a punto de caer. Lo único que le mantuvo en pie fue el fuerte agarre de las dos amazonas que le escoltaban. Gracias a la tenue luz de las antorchas que portaban, pudo ver el desprecio en sus miradas hacia él. No le importó y sonrió cínicamente.
Cuando llegaron hasta la puerta de su antigua prisión, Milo tuvo el cuidado de fijarse en la celda contigua. Buscaba a alguien en especial y rogaba a Athena porque continuara vivo. Por fin, en medio de las sombras, alcanzó a distinguir la figura de su recién hallado amigo, Talos. Estaba agazapado. Su centellante mirada observaba con recelo a la comitiva.
La pesada puerta de metal se abrió y el santo de Escorpio se sintió empujado hacia adentro. Utilizó todas sus fuerzas sobrantes para no caer y mantenerse de pie, pero la herida de su pierna ardía y amenazaba con abrirse a pesar de los puntos. Tragándose el dolor se mantuvo estóico. Las retó una vez más mientras las veía irse. Pronto, el reflejo rojizo del fuego que las guiaba se extinguió, y fue entonces que Milo se permitió respirar.
Con cuidado, se sentó en el frío piso. Intentó apoyar la espalda en la pared de roca, pero el escozor se lo hizo imposible. La vieja camisa que vestía estaba hecha jirones, así que se dispuso a sacársela. Le costó trabajo hacerlo. Cada uno de sus movimientos tensaba la lacerada piel de su espalda y hacía supurar las heridas abiertas. Por más que lo intentó, no pudo retener un quejido.
- Malditas mujeres. -masculló.
- ¿Cuántos latigazos fueron, Milo? -sonrió al escuchar la voz de Talos.
- Perdí la cuenta después del ciento veintisiete.
- Con un poco menos de sangre y piel, sin embargo estás completo.
- No lo sé. Mi ego está un poco golpeado, pero si se lo dices a alguien, te mataré. -rió.
- No hace falta que te ensucies las manos. Tarde o temprano, las perras lo harán.
- ¿Cómo es que aún sigues con vida, Talos? -Milo preguntó. Su curiosidad era sincera.
- Lo ignoro. Supongo que quieren verme morir lentamente.
- Lenta y miserablemente. ¿Qué demonios les hiciste?
- Maté a unas cuantas. -contestó. A pesar de no poder verle, Milo pudo adivinar que una pesarosa sonrisa adornaba su rostro.- Si sólo hubiese matado a una, todo sería más sencillo.
- ¿Cuál es la diferencia? También estarías aquí.
- No, estaría purgando mi condena en los dominios de Hades y no aquí, muriendo como un animal. El tipo que estaba conmigo mató a una de ella. -habló antes de que el escorpión pudiera hacerlo.- Lo hizo más por accidente que por otra cosa; el pobre diablo nunca había empuñado una espada en su vida. Aún puedo escuchar sus gritos cuando cierro los ojos. Las malditas se ensañaron con él. -sin quererlo, Milo tragó saliva en espera de la historia.- Le ataron las manos y lo torturaron sin compasión. Sacaron sus viseras y le arrancaron los ojos aún estando con vida.
- Para que aún después de muerto, vagara por el Inframundo en completa oscuridad. -el peliazul complementó. Su mirada azul se fijó en el muro de piedra frente a él.
- Si. Vaya afrenta para un griego. -suspiró.- Cuando se cansaron de sus gritos, le trozaron la lengua. Así no molestará más, dijeron. -la poderosa voz de Talos se quebró.- ¿Alguna vez has suplicado a los dioses para que lleven consigo la vida de alguien? Porque creo que yo lo hice esa noche, pero mis plegarias no fueron contestadas. El infeliz sobrevivió solo para que, al amanecer, le cortaran la cabeza y la ensartaran en una lanza. La dejaron a la entrada del pueblo. El símbolo de su victoria.
- ¿Pueblo? ¿Eso no sucedió aquí?
- No. Hipólita y sus amazonas atacaron mi aldea. -Talos calló.- Fue hace tanto tiempo, sin embargo todavía se siente como ayer. Quemaron las casas, destruyeron las cosechas, niños y hombres murieron en sus manos. Sólo las mujeres y las niñas salvaron sus vidas; a cambio se convirtieron en sus esclavas. Ninguno de nosotros pudo oponerse a ellas. Mis tiempos con la espada habían pasado y las heridas de guerra habían mermado mis fuerzas.
- ¿Eres un soldado?
- Lo fui…hace mucho. Mi cuerpo estaba desgastado y mi cabeza pedía paz, así que me retiré al campo. Esperaba vivir muchos veranos de tranquilidad. -el hombre suspiró.
- Pero, ¿por qué? ¡¿Por qué tu aldea?!
- Eran muchos los intereses, Milo.
Colérico, sintiendo su sangre hervir al correr por sus venas, el santo gateó hasta la reja de metal. Sacó el brazo y extendió su mano hacia donde estaba su desconocido amigo.
- Talos, juro, a costa de mi vida, que voy a vengar todas y cada una de las perversidades sufridas a mano de esas mujeres. Cada grito, cada lágrima y cada vida obtendrán justicia. ¡Anda! Toma mi mano, que este es un pacto entre guerreros.
- Te lo agradezco, mi joven hermano. -el hombre estrechó su mano.- Pero no tienes que hacerlo. No puedo poner esa responsabilidad sobre tus hombros.
- Un santo de Athena nunca rompe una promesa. Saldremos de aquí, sin embargo, una vez más necesito tu ayuda.
- Ya estabas fuera. ¿Por qué regresaste?
- Uno de mis amigos, cree tener información valiosa. Estamos buscando a una mujer, una que ha sido tocada por Apolo. Una joven de cabellos grises como la plata. -del otro lado de la pared que les separaba, los ojos de Talos se abrieron.- Pensaba que tú podrías ayudarme.
- Phineas… -susurró.
- ¿Qué?
- ¡Phineas! La loca.
- ¿Loca?
- Sí, si. Vivía en el pueblo desde mucho antes de que yo llegara. -explicó.- Una linda doncella, pero todos en el lugar la tildaban de desquiciada. Decían que, cuando niña, sufrió de fiebres oscuras y eso la había dejado perdida en un mundo de fantasía. Antes del arribo de las amazonas, Phineas advirtió de su llegada. Nadie la escuchó.
- ¿Qué fue de ella?
- No sabría decirte son seguridad. -Talos se detuvo y meditó, tratando de recordar.- Phineas desapareció durante la batalla. Probablemente fue capturada. Las he escuchado hablar de que Hipólita tiene cierta debilidad por los augurios.
- Entonces es cierto… -murmuró Milo.- ¡Existe! -soltó una carcajada que, por lo repentina, preocupó a Talos.
- ¿Por qué esa emoción? -preguntó, dubitativo.
- Porque están vivos… ¡el gato y el cangrejo están vivos!
Sentado en la proa, Saga observaba las olas romperse contra la madera de la embarcación. Había permanecido ahí por un largo rato, en completa soledad, perdiendo la mirada en el infinito océano azul que se abría delante de ellos.
A decir verdad, el viaje se le hacía más aburrido de lo que alguna vez pensó. Siendo pasajeros, ninguno de los tres tenía obligaciones a su cargo. Lo único que les quedaba era discutir por una de las pocas áreas con sombra en cubierta desde donde se limitaban a ver los minutos pasar incesantemente. El problema era que, al igual que en su adolescencia, resultaba imposible hacer callar a Aioros y Kanon; juntos, eran incapaces de dejar de fastidiarse. Y así fue como Saga terminó huyendo hacia la proa donde, a pesar del fuerte Sol, al menos encontraba un poco de tranquilidad.
Miró sus brazos y encontró, con sorpresa, que el tono blanquecino de su piel había sido sustituido por un ligero bronceado a causa las largas horas de exposición al astro rey. La fresca brisa marina sopló meciendo perezosamente sus largos cabellos azules. Saga suspiró. Se le ocurrió que, al igual que sus sentidos, su cuerpo y ropa se había impregnado con el aroma del salitre.
Un par de días habían transcurrido desde que la Kyrenia abandonó la protección de puerto de Pireo para perderse en los peligros del océano. Los dioses estaban siendo misericordiosos con ellos, pensó, puesto que la travesía había transcurrido con monótona tranquilidad. A excepción del incidente en el que un joven bogador rompió su brazo izquierdo bajo los influjos del vino en la Bahía de la Gran Roca, donde la galera había pernoctado la noche anterior, nada de mayor interés había cruzado su camino.
Más temprano ese día, Eolo se había presentado con gran fuerza. Sus fuertes embates, con ayuda de la vela, habían impulsado el barco con mayor rapidez dando así un descanso a los brazos de los remeros. Gamínedes, entonces, había decretado que los miembros de la tripulación podían tomar recesos por rondas. Esto había animado la atmósfera en el gran barco. Pero Saga no era un hombre de muchas palabras y, en esos momentos, apreciaba las pocas oportunidades de soledad que se le presentaban.
- Aquí estás. Estaba a punto de ir a registrar el barco para ver si ningún marino te había secuestrado. -escuchó al arquero. Volteó y de inmediato se fijó si Kanon venía con él. No le encontró.- Si buscas a tu hermano, está del otro lado de la cubierta, cerca de la entrada al área de los bogadores.
- ¿Y eso?
- Ha encontrado su vocación. Tiene a la tripulación de lo más entretenida. -Saga alzó una ceja, intrigando ante esa respuesta.- No, no. No de la forma en que te imaginas. -rió.-Le ha dado por contarle a todo el mundo nuestras vidas. Aunque creo que está exagerando las cosas.
- ¿Kanon? ¿Exagerando? No me digas. -Aioros soltó una carcajada.
- ¿Sabías que, una vez, Kanon rescató a uno de los elegidos de Poseidón usando como montura a una dragón marino?
- ¿En serio?
- Si, ¿qué te parece?
- Me parece que es el fondo marino, el vino se mezclaba con otras sustancias de tipo alucinógeno. -el comentario arrancó una carcajada al arquero.
- A su favor, habría que decir que tiene más imaginación que muchos. La forma en que distorciona la realidad es realmente curiosa.
- ¿Por qué lo dices? ¿Qué ha estado contando?
Aioros se detuvo a pensar en la respuesta. El antiguo marina y sus relatos podían resultar divertidos, pero la verdad oculta detrás de los cuentos de monstruos y criaturas infernales, era más dura de lo que debería…en especial para Saga.
- Voy a contarte. Sin embargo no quiero depresiones, ni deseos de autoflagelación, ¿entendido? -en el momento en que las palabras cesaron, su amigo le retiró la mirada para llevar a la línea del horizonte. Asintió como quien no quiere.- ¿Ves? No he dicho absolutamente nada y ya pusiste la cara.
- ¿Cuál cara, Aioros?
- ¡Esa! -exclamó.
- Pues es la única que tengo.
- ¿Sabes qué? Olvídalo. No pienso contarte nada de lo que Kanon dice. -igualó al geminiano y giró la cabeza en otra dirección. Por varios segundos no hubo reacción por parte de ninguno aunque, secretamente, el castaño esperaba que algo sucediera. Al ver que la respuesta jamás llegaría, suspiró con cansancio.- ¿Por qué tienes que ser así? -Saga no respondió.- ¿Por qué todo es más complicado en tu cabeza? Se trataba de pasar un buen rato, de reírnos de las estupideces de Kanon y ¡mira como terminó!
- Viniendo de mi hermano pueden parecer estupideces, pero tú mejor que nadie, sabes que no lo son.
- No lo fueron. Esa es la palabra clave: Fueron. -fastidiado, Aioros se dejó caer en el piso de madera, al lado de su amigo.- Me agotas la paciencia. -gruñó.- La próxima vez que me salgas con esto, prometo golpearte.
- Cómo si fuera a dejarte hacer tal cosa. -le miró de reojo.
- Lo haré. Lo juro. -ambos callaron un instante.
- Como digas. ¿Y? ¿Vas a contarme de que van las aventuras de Kanon?
- No, me has arruinado la emoción. -el sagitario torció la boca.
- ¿Desde cuando eres tan sensible? -Saga suspiró.
- Desde que llevo dos días encerrado en un barco con tu gemelo. Al menos hoy ha encontrado un entretenimiento que no me incluya. -Aioros creyó oír una tímida risa por parte de su compañero. La compartió con él.
- ¿De verdad no vas a contarme?
- No.
- Pero…
- Te lo advertí.
Sin que notaran, la madera del piso rechinó anunciando la presencia de alguien más. El saludo de Kanon les pilló desprevenidos.
- ¡Hey! ¡Aphetoros! -voltearon a tiempo para encontrarse con que el gemelo menor se aproximaba seguido de un cuarteto de marineros. Cuando hubo llegado junto al par, Kanon se plantó mientras posaba sus manos a los lados de la cintura.- Hazme un favor, ¿quieres? Este montón de caballeros se niega a creerme que tienes a una ninfa por amante. Diles que no estoy mintiendo. -ensanchó su sonrisa.
Los colores del rostro de Aioros se encendieron mientras sentía todas las miradas posarse en él. Nervioso, se aclaró la garganta y buscó la mirada de Saga en busca de apoyo. Sólo encontró una sonrisa disimulada.
- Anda, Aioros. Habla. -Kanon exigió una vez más.
- Amante es una palabra muy fuerte… -dijo dubitativo.
- Entonces, ¿no lo niegas? -el peliazul menor soltó una carcajada de triunfo. Saga negó sutilmente con la cabeza mientras un mohín de complicidad iluminaba su semblante.
- ¡Sí! Digo… ¡No!... ¡No somos nada de lo que dices! -exclamó por fin. Suspiró con resignación.- Aretha y yo somos amigos. Nada más.
Las miradas recayeron sobre él haciéndolo sentirse incómodo. Las esquivó apartando el rostro. De repente, cuando menos lo esperaba, las risas de Kanon y los marinos estallaron.
- Les dije que se pondría nervioso. -dijo entre risas.
- Eres increíblemente odioso. -Aioros dejó caer los hombros.
- Bueno, siendo justo contigo, he de decir que podrías tener una ninfa de amante si así lo quisieras.
- ¿Cómo es eso? ¿La ninfa de verdad existe? -intervino un hombre alto que lucía en la cara una enorme cicatriz que atravesaba su frente.
- Sí, existe y está de lo más…
- ¡Kanon! -interrumpió el arquero.
- Dispuesta. Iba a decir dispuesta. -el santo de Sagitario exhaló con fastidio. ¿Por qué siempre era él quien terminaba como principal diversión del antiguo marina?
- Como fuera… -musitó.- No es asunto tuyo.
- Por supuesto que lo es. Soy tu amigo y me preocupo por ti. Todo hombre necesita a una mujer de vez en cuando, ¿no es así, muchachos? -volteó hacia su recién adquirido séquito.
Las voces masculinas estallaron con fervorosa aceptación. A un lado del barullo, Saga sonrió. Era extraño como Kanon y él, siendo idénticos, podían resultar tan opuestos. A veces, cuando pensaba en ello con detenimiento, sentía que todos los rumores acerca de que ambos eran complementarios resultaban completamente ciertos. Todo aquello que su gemelo tenía, le era alejo, y de lo que le era propio, Kanon carecía.
- Y, ¿qué tal tú, Pólux? -ante la mención, el santo de Géminis llevó su mirada hacia otro de los bogadores, un hombre de espesa barba pelirroja y ojos ambarinos que brillaban como el oro.- ¿No hay ninguna mujer en especial? No tiene que ser una ninfa como la de Aphetoros y tampoco un harem de sirenas como las de Cástor.
- ¡¿Pero que dices, cara de asno?! -terció el de la cicatriz.- Capaz que Póllux se ha conseguido una diosa.
Una vez más, las carcajadas de los hombres de mar resonaron, sin embargo un incómodo silencio cayó sobre el trío de santos.
- ¡No! -exclamó el pelirrojo al notar las miradas recelosas de los guerreros.- ¡¿Te estás tirando a una diosa?! -las carcajadas cesaron mientras seis pares de ojos observaban con morbosa atención al gemelo mayor en espera de su contestación.- ¡Anda, Pólux! ¡Habla! -suplicó.
- No, no me estoy tirando a nadie, mucho menos a una diosa. -arrastró las palabras. El tono ronco y la mirada fría, ocultaron su ansiedad.
- ¡Oh! Vaya. -musitó el hombre con desilusión.- Hubiese sido fenomenal tener una idea de lo buenas que pueden ser las diosas en las artes de Afrodita.
- Eso si Pólux nos hubiese dicho algo. -agregó un chico rubio, visiblemente más joven que el resto.- Y no creo que lo hiciera. -miró receloso al gemelo mayor.
- No, no iba a hacerlo. -rió el arquero intentando relajar al situación. No funcionó.
- Es una pena. -suspiró resignado el pelirrojo.- Vámonos muchachos, es hora de regresar al área de remos.
- Cástor, ¿vendrás y seguirás contándonos historias? -preguntó animado el hombre de la cicatriz.
- No. Será más tarde, Bias. -le contestó el gemelo. Su semblante había cambiado y ahora lucía oscuro. No apartaba la mirada de su hermano.
- De acuerdo. Durante la fogata por la noche será. -respondió sin siquiera notar la dura expresión en el rostro del peliazul.
El gemelo les ignoró mientras se marchaban. Su mandíbula estaba tensa y mantenía los dientes apretados. No pronunció palabra alguna hasta que estuvo completamente seguro que estaban solos, ain embargo en sus ojos verdes se dejaba entrever la desilusión mezclada con rabia.
- Dime que estoy equivocado. -habló en un murmullo.
- ¿Cómo podría si ni siquiera sé en que estás pensando?
- ¡¿Has roto tu promesa?! -lo enfrentó. Esta vez, las esmeraldas de Kanon dejaron a un lado el desencanto y centellaron con la ira contenida.
- No sé de que hablas…
- ¡Lo sabes bien! -interrumpió.- De ella, de Afrodita. Me prometiste que te mantendrías alejado de esa diosa.
- ¿Cómo puedes saber que he faltado a mi palabra? -Saga le enfrentó. Su mirada repleta de indiferencia.- ¿Puedes acusarme de algo que no te consta?
- No me tomes por un idiota. Puedes engañar a quien quieras con esa maldita apatía, pero no a mi, Saga. Te conozco aún mejor de lo que tú lo haces.
- Este escándalo es innecesario. -recalcó.
- ¡¿Innecesario?! ¡¿Eso te parece?! -vociferó. Sus manos tomaron la camisa de su hermano con fuerza y lo sacudieron, inmisericordes.- ¡Te está usando! Tiene una razón oculta que la obliga a estar cerca de ti y, cuando terminé, se deshará de ti como basura… -la expresión de Saga cambió. Sus rasgos de afilaron mientras su respiración aumentaba de intensidad. Musitó una maldición.
- ¡Kanon! -terció Aioros. Intentó que soltase al gemelo mayor, pero solo consiguió que un manotazo por parte del menor le alejara.
- ¡Cállate! -ordenó. Después, volvió a su hermano.- Sí, Saga. Eso es lo que eres para ella: basura. Un vil desperdicio, como el resto de la humanidad.
- No sabes de que estás hablando. -abrió los labios. Siseó rabioso cada palabra.
- Lo sé. Lo sé perfectamente. Te has convertido en nada más que el títere de una diosa a la que le interesas poco o nada. Pero algún día se cansará y, entonces, ¿qué será ti, hermano? Afrodita no se tentará el corazón para destruirte. No quedará nada de ti y, para cuando te des cuenta, será demasiado tarde.
- Yo tampoco soy un idiota. -furioso, Saga lo empujó obligándole a dejarlo ir.- No soy crío indefenso y estúpido. Sé tomar mis propias decisiones.
- Cualquiera lo diría.
- ¡¿Cuál es tu problema con esto, Kanon?! -explotó Saga.- Le he dicho a Athena antes y lo hago ahora contigo: Esto es asunto sólo mío.
De pronto, el forcejeo entre ambos cesó. Con el disgusto tatuado en el ceño, Kanon retrocedió, alejándose de su hermano.
- No sé que me sorprende más. -habló. Su voz sonaba pesada.- Si el hecho de que admitieras con tanto cinismo que has aceptado los favores de esa diosa, o el hecho de que seas tan estúpido como para creer que eso te importa solo a ti.
- Ella no es como todos piensan.
- No, supongo que no. Contigo es diferente. -dijo con sarcasmo.
- Saga tiene razón… Afrodita se comporta diferente con él. -la intempestiva intervención del arquero dejo perplejo a Kanon.- Tú… ¡Tu sabías de esto! ¡Y lo ocultaste!
- Yo…
- Aioros no era quien para decirte nada. -terció el mayor.
- ¡Ah! Ya veo. ¿Así serán las cosas? Ustedes dos, cómplices como antes. Genial. -una sonrisa burlesca apareció en su cara.- Entonces solo tengo que sentarme a esperar a que el desastre llegue. Con ambos, siempre es así. No parecen darse cuenta de sus idioteces hasta las consecuencias les golpean.
Furioso como estaba, les dio la espalda para marcharse. La fuerza con que sus pasos se impactaron sobre el piso de madera se dejó oír entre el sonido de las olas rompiéndose contra el barco. Atrás, Saga y Aioros le observaron perderse entre la tripulación del navío. Intercambiaron miradas. El viaje acababa de tornarse más inquietante que antes.
La mañana del tercer día. Una mañana repleta de contradicciones. Esperada, pero al mismo tiempo aborrecida. La sangre les hervía en las venas, pero su cabeza permanecía fría. Todo se mantenía en calma; una paz que predecía a la tormenta. ¿Sería una amanecer de triunfo? ¿O, uno de lamentos? Para los santos de Athena, el día se definiría en vivir, o morir en el intento. No había más. Sobrevivir era todo lo que les quedaba.
Un escueto desayuno les había sido servido. La avena revuelta en agua podía no ser suficiente, pero era lo único que tenían para comenzar el largo día. Un guerrero no puede pelear con el estómago vacío, había dicho Aldebarán y los demás estaban de acuerdo. La hospitalidad de las amazonas no era exactamente la mejor; la comida era escasa y las comodidades inexistentes, así que, con eso en mente, cualquier cosa, por pequeña que fuera, se aprovechaba.
- Todo está listo. -anunció una joven pertrechada en una armadura de bronce con detalles de oro.- Se les espera en el Coliseo.
- ¿Tan pronto? -la cuestionó Dohko.
- Han de vestirse primero para los duelos.
- ¿Vestirnos?
- Sí. Llevarán armaduras. Hipólita no permitiría que el honor de sus guerreras fuera cuestionado. Si van a pelear con nuestras hermanas lo harán bajo las mismas condiciones.
- Las mismas condiciones… -el santo de Libra sonrió con ironía.- Como si eso fuera cierto.
- No pongas en duda las palabras de mi reina, santo.
- Entonces, no insultes mi inteligencia y la de mis compañeros. Esa igualdad de la que hablas, no es más que una mentira. -siseó.
- No he venido aquí a discutir contigo, mucho menos a defender las decisiones de mi señora. He venido a llevarlos a donde el destino aguarda. -la amazona se dirigió a las subordinadas que la acompañaban.- ¡Escóltenlos!
A pesar de su desacuerdo, sabían que no existía más opción que seguirles. Se dejaron guiar más allá de la palestra, con dirección al corazón del pueblo. Lo que ahí encontraron, les sorprendió.
Temiscira, en toda su amplitud, rugía con excitación. El grito de guerra había sido dado y, ese día, el esperado momento llegaba. Las calles de la ciudad estabas atestadas de mujeres guerreras. El repicar de sus armaduras de guerra inundaba el aire y el susurro de sus voces narraba la historia que estaba a punto de escribirse. A su paso atraían las miradas hacia ellos. Podían sentirlas. Recelosas. Distantes. Llenas de odio. No se inmutaron y mantuvieron la cabeza en alto. Los ojos al frente. La mente alejada de ese mundo de rencor.
A las afueras del palacio principal, el Magno Coliseo esperaba por ellos. Dos imponentes réplicas de piedra del señor de la guerra resguardaban la entrada del lugar de combate. Se decía que, desde la creación de las andróctonas, Ares se había erguido como su principal benefactor. Sus favores había sido múltiples y generosos; su lealtad, indudable. Y el pueblo de guerreras correspondió. Desde entonces, nadie más que la bélica deidad había gobernado esas tierras malditas para los hombres.
Los santos no fueron introducidos al recinto por la puerta principal. La bendición de Ares nunca caería sobre sus cabezas. Sus vidas dedicadas a la diosa de la sapiencia, no tendrían cabida en la escasa benevolencia del señor de la lanza.
Pronto, llegaron a una habitación, pequeña y oscura. El diminuto espacio contaba con dos accesos: uno usado por ellos y otro más resguardado por una puerta con barras. Del otro lado de ella, a través de los espacios que el metal dejaba libres, los santos observaron la arena del Coliseo. Afuera, el público esperaba por el espectáculo prometido.
- Vístanse. La reina espera por ustedes.
Sin una palabra más, los dejó. Sus armaduras, tal como había prometido, aguardaban por ellos sobre una rústica mesa de madera. No eran ostentosas, ni siquiera nuevas, pero al menos eran más útiles que las usadas en los entrenamientos. A su lado, descansaban las armas. Un par de espadas y escudo sería todo lo que tendrían para sobrevivir.
Un incómodo silencio se posesionó de ellos mientras cubrían sus cuerpos con las armaduras. No sabían con certeza si volverían a encontrarse o si verían el ocaso de ese día, juntos. Lo único que les quedaba era un incierto presente y la deslucida esperanza de un mañana que se veía distante.
- Debo decir que jamás imaginé que sería protagonista de una historia como ésta. Mucho menos que algún día tendría que vestir…esto. -Aldebarán miró con extrañeza el faldellín que sostenía en sus manos.
- Pagaría por la oportunidad de ver a Máscara de Muerte siendo obligado a vestirlos. -acotó Afrodita. Una triste sonrisa se apoderó de sus labios.
Ninguno de los seis respondió pero sus pensamientos eran compartidos. Volvieron a callar y a sumirse en sus tareas.
- No sabía que los ritos funerarios se celebraban anticipadamente en Temiscira. -la voz conocida del recién llegado atrapó sus sentidos.
- Tampoco sabíamos que los muertos paseaban galantemente por estos lugares. -respondió Camus. Su voz sonaba fría, pero en ella había impresa una nota casi invisible de picardía.
- ¡Milo! -celebró el santo de la Virgen.- Nos alegra tenerte de regreso.
- Bah…no hay de que preocuparse. Sólo decidí tomarme un par de días de descanso en la comodidad de los calabozos. -rió.- Mucho sol no es bueno para mi piel.
- Las flechas tampoco lo son. -Afrodita apuntó a la herida aún supurante de su pierna. La humedad de las prisiones y la falta de cuidados la habían empeorado.
- Fue un accidente.
- ¿Un accidente? ¡Fue un intento de suicidio! ¡¿Qué sucedió contigo?! -el usualmente distante acuariano perdió el temple. El reproche en sus ojos azules dejó pensando al escorpión.
- Lo siento. -musitó mientras comenzaba a vestir su indumentaria de batalla.- Fue un plan descabellado y, ahora que lo pienso, bastante estúpido. Pero tengo noticias.
- ¿Qué tipo de noticias? -preguntó el toro dorado. Detrás de él, Dohko permanecía atento a la conversación.
- Sobre la chica de tus sueños, Mu. -se carcajeó.- Creo saber quien es. -todos callaron y el desconcierto en sus rostros se hizo evidente para Milo.- ¿Qué? ¿Sorprendidos? Adórenme muchachos. Si esto continúa así, seré el héroe de la historia.
- ¿Quién es ella? -intervino el chino.
- Les diré luego. Por ahora, creo que tenemos que marchar. -apuntó hacia las amazonas que se dirigían a la puerta de barrotes para abrirla.
La puerta de metal se abrió pesadamente liberando un estruendo que hizo explotar en gritos el graderío del campo. Sin temor, enarbolando aquel orgullo dorado calado en sus huesos, los siete avanzaron hasta el centro de la arena. Su vista se fijó en la comitiva que esperaba por ellos.
Hipólita precedía al grupo, Nicia a su derecha. No era difícil identificarla cuando lo primero que resaltaba a la vista era el mítico ceñidor que debían conseguir a como diera lugar. Los largos cabellos castaños de la mujer estaban coronados por una fina tiara de oro que relucía con los rayos de Apolo. Su belleza era indiscutible: un rostro anguloso y de perfectas dimensiones, la piel firme e inmaculada; y unos ojos apasionados, pero envueltos en una sórdida bruma de odio.
Su guardia personal caminó al encuentro de los guerreros, impidiéndoles acercase por completo a la soberana. Los obligaron a formarse en línea en espera de instrucciones. El ensordecedor ruido de los asistentes hacía imposible comunicarse, por lo que no quedó más opción que permanecer en silencio. De pronto, con un gracioso movimiento del brazo, la señora amazona acalló las voces de sus súbditas.
En medio del súbito silencio, los desgarradores gritos de una mujer estremecieron el Coliseo. Del lado opuesto a su entrada, los santos observaron a un doncella siendo arrastrada hacia donde ellos se ubicaban. Dos poderosas amazonas la sujetaban de los brazos forzándola a seguir caminando a pesar de su renuencia. Unos pasos detrás, otra dama caminaba con la cabeza gacha. Un manto gris cubría su rostro mientras su larga túnica del mismo color dejaba tras de sí un sendero dibujado en el granito de la arena. Conforme la distancia entre el ellas y el séquito de Hipólita disminuía los chillidos por auxilio de la joven aumentaban.
Los siete se respingaron. Sus cuerpos se tensaron al presenciar el desconcertante espectáculo. No comprendían que estaba sucediendo, sin embargo, las amazonas estaban dispuestas a mantenerlos quietos al precio que fuera. Las espadas de las mujeres se desenvainaron como sutil amenaza de que cualquier reacción inesperada tendría consecuencias, posiblemente fatales.
- Tranquilos, esto no durará mucho. -susurró una chica al oído de Mu.
La doncella fue arrojada a los pies de Hipólita. Su cuerpo crujió al golpear con fuerza el suelo de la arena. Aterrada, intentó levantarse y correr, pero las delgadas manos de la mujer de la túnica la detuvieron. A pesar de su frágil anatomía, su fuerza era considerable. Sometió con rapidez a la más joven tomándola del cabello y forzando su cabeza hacia atrás para extender su cuello. Teniéndola a su completa disposición, extendió la mano para que una guerrera le entregara una daga corta. Con un corte limpio, tajó el cuello de la chica liberando un borbotón de roja sangre. Una copa de oro fue situada debajo de la herida para recolectar el líquido de la vida que abandonaba el cuerpo.
En el silencio de la audiencia, los gemidos de ahogo de la mujer se escuchaban con espantosa claridad. Ante la atónita mirada de los santos, la pobre criatura se retorció en el poder de la vieja hasta que, con un último espasmo entregó su espíritu al señor de los muertos.
Cuando su vida hubo expirado, la mujer dejó caer el cuerpo inerte al piso. Un charco de sangre se formó velozmente a su alrededor. Entonces, completamente ajena al macabro espectáculo que acababa de protagonizar, la mujer mayor tomó el cáliz y avanzó hasta el centro del lugar. Unas cuantas gotas de sangre escurrían de los bordes del suntuoso vaso, resbalando sobre sus brazos y dibujando caprichosas formas sin sentido.
- ¡Ares! ¡Padre de la Guerra y Señor de la Lanza del Llanto! -exclamó con voz cansada. Asió la copa y la alzó hacia el cielo.- ¡Satisface tu sed con la sangre que tus siervas ofrecemos! ¡Embelesa tus ojos con los batalla! ¡Corona al vencedor y recibe los espíritus condenados de los vencidos!
Ungió sus dedos con la sangre y la roció en un círculo alrededor de ella. Después, ceremoniosamente, llegó hasta los pies de Hipólita y se hincó. Su frente tocó la arena mientras sus brazos se extendieron paralelos al suelo ofreciendo el cáliz dorado a la castaña. Ésta se agachó para tomarlo. Al igual que la sacerdotisa de Ares, la reina amazona mojó su dedo índice y medio en el líquido carmesí.
- ¿Qué esta haciendo? - Libra musitó para sí.
- Ungirá a los elegidos. -le respondió una mujer a sus espaldas.
Y así lo así. Con parsimonia, se plantó delante de una de sus guerreras. La mujer, alta y rubia, hincó rodilla en el piso ante la presencia de su reina. Los dedos de la soberana trazaron sobre su rostro una línea recta que comenzaba en la frente y bajaba hasta la nariz. Dos pequeños trazos perpendiculares terminaron de dibujar la figura: La Lanza del Llanto de Ares.
- Heleia, hija de Cloris, sea la bendición de Ares sobre ti, hermana. Que corone tus triunfos o castigue tus derrotas. -habló.
Ayudó a su vasalla a ponerse en pie para después girar hacia los santos. Libró los pocos metros que les separaba y recorrió la línea en la que se encontraban. Sus ojos de color chocolate analizaban minuciosamente a los jóvenes guerreros. Realizó el recorrido en un par de ocasiones hasta que al final se detuvo. Sus dedos volvieron a humedecerse con la sangre de la doncella sacrificada mientras sus labios se abrieron tímidamente para hablar.
- Tú nombre, santo. -exigió.
La mirada de hielo se centró en ella, desafiante y altiva. Los labios del santo, sellados. Pero la amazona reina no se inmutó ni sobresaltó ante la indiferencia del hombre, sino que procedió a sellar su frente de la misma manera en que lo hizo con la mujer. El caballero permaneció estático mientras el dibujo tomaba forma. Esta vez, la figura era diferente. Un círculo dividido por una línea quebrado: el escudo de Athena.
- Tu nombre. -volvió a solicitar.
- Camus.
- Camus, santo de Athena. Que tu diosa te ampare y su poder, sea tu fuerza. -le susurró. Cuando hubo terminado, le dio la espalda y regreso a tomar su lugar.- ¡Que comiencen las batallas! -exclamó alzando el brazo.
La multitud estalló en júbilo con el inicio de los duelos. Lentamente el campo de batalla fue despejándose, para dejar a los combatientes que habrían de inaugurar las justas. Las primeras en retirarse fueron Hipólita y su séquito. Con habilidad, treparon hasta el palco correspondiente a la reina mientras lo santos eran dirigidos nuevamente hacia la celda contigua a la arena.
- Sabes que hacer, Camus. -la mano del antiguo maestro se posó sobre su hombro, sacándole momentáneamente de sus pensamientos.- No dudes. -recalcó.
- Más te vale salir vivo de esta, Camus. -lo palmeó Milo.- Todo héroe necesita a su mejor amigo, así que no te atrevas a dejarme solo, ¿eh?
Camus sonrió a medias; se esforzó por hacerlo. Por ahora, sus pensamientos estaban en su oponente, desmenuzando con especial cuidado las características en busca de información que le ayudarse. Se sentía nervioso, como siempre ocurría antes de una pelea. Sin importar cuan segura fuera la victoria, desde que el santo de Acuario tenía memoria, una ligera ansiedad se apoderaba de él previo a la batalla. Buena señal, había dicho su maestro en alguna ocasión, es el cuerpo recordando que necesita esforzarse para salir vivo.
Suspiró cuando vio la reja cerrarse tras sus compañeros. Solamente los dos combatientes permanecieron acompañados de la vieja sádica. Incluso el cuerpo de la joven había sido retirado y su sangre cubierta con arena para evitar accidentes durante la pelea. Luego, con un movimiento de la mano, la anciana le mandó que se acercara. Tanto la amazona como él, se encontraron en el centro del campo.
- Duelo sin interrupciones… a muerte. -dijo la mayor.
Entonces, Heleia extendió su espada hacia el santo, invitándole a que hiciera lo mismo con la suya. Las hojas se golpearon ligeramente a manera de saludo. Pero tan pronto el repicar del metal hubo terminado, la amazona se abalanzó sobre Camus; el filo de su espada corta por delante.
La batalla había comenzado.
Continuará…
NdA: Sé que prometí que Troya y las batallas entrarían a escena, pero el capítulo se me hizo excesivamente largo como para también incluirlas (incluso tuve que quitar una escena completa). Para la próxima será. Como es usual, me queda agradecer a todas las lindas personitas que me se toman unos minutitos de su día para dejarme reviews: Amary22, Kisame Hoshigaki, , ddmanzanita, angel de acuario, RIAADVD, Neferet Ichigo, Suigin Walker, Cybe, Doje chan, La Dama de las Estrellas, Tisbe, Chris, IceQueen102, Jaelinna, ELI251, Rose. Nyl y Star Intrépida.
Doje chan: Linda, yo sé que este capítulo te hizo saltar de emoción, especialmente la parte en la que cierto peliverde milenario y sexy hace acto de presencia, ¿no? xD Y también presiento que estás enojada otra vez con el gemelito mayor, ¿o me equivoco? Gracias por seguir leyendo y por tus lindas palabras. Ojalá te haya gustado el capítulo. Un abrazo.
Tisbe: Espero que el encuentro de las dos Athenas no te haya decepcionado, amiga. Quería mostrar un poquito la inexperiencia de nuestra querida pelilila, sobre todo en cuestiones referentes a su propia divinidad. Una vez más te agradezco muchísimo las felicitaciones por el fic. Es un honor tener a tanta gente siguiéndolo y, sobre todo, disfrutándolo. Besos y abrazos.
Eli251: Que bien que te divertieras con los hermanos y con Aioros. Esta vez no hubo tantas risas, pero ojalá te haya gustado xD. Pronto veremos más acerca de los santitos prisioneros y la resolución de ese lío. Saluditos.
Chris: ¡WOW! (sí, con mayúsculas, negritas, cursiva y subrayado). Ese poema tuyo me ha dejado suspirando. ¡Y es que está bellísimo! ¡Sniff! No solo te gusta la poesía, sino que además tienes un don bellísimo para expresarte en rimas y versos. Tiene muchísimo talento. Felicidades por ello y ojalá lo sigas cultivando. Un placer volver a saludarte y no, no se viene yaoi xD. Besotes.
Star Intrépida: Permíteme saludarte primero y agradecerte que te tomaras el tiempo de leer este largo testamento mío. Me alegra que te gustara y que las horas de lectura hayan valido la pena. Miles de gracias por tus lindas palabras y tus halagos. Créeme que el hecho de que les historia les guste es una gran recompensa. Saludos y cuídate.
No quiero alargarme mucho más. Así que por ahora me despido agradeciendo de antemano las lecturas y sus comentarios.
Sunrise Spirit
