De camino a la sala común de Gryffindor, Hermione solo podía pensar en sus amigos, en qué les diría, cómo afrontaría aquella situación.
¿Una nota? Demasiado cobarde, ella no era de esas, decía las cosas de frente, como debía ser. Y esa vez no iba a ser menos, así que se decidió a hacerlo al final de la prueba aunque aquello supusiera el fin de su amistad, de cuatro años de eterna fidelidad. Se le hizo un nudo en el estómago.
Entró por el hueco del retrato y vio a sus amigos que la esperaban para cenar.
—¡Por fin apareces! —Exclamó Ron levantándose del sofá de un brinco— Tengo hambre.
—Siempre tienes hambre Ronald —. Replicó ella sonriente. El buen humor de Ron siempre la alegraba hasta en los peores momentos
—Ya pero esta vez es diferente: hay muslos de pollo para cenar ¿sabes? Eso incrementa mi apetito.
Todos rieron. No quería perder aquella amistad, y Hermione aún estaba a tiempo de dar marcha atrás, pero se dijo que no era posible realmente: no le preocupaba su situación, sino la de los más próximos a ella, sus padres, sus amigos; además se dijo que ya les había engañado por el simple hecho de tener contacto con un mortífago durante todo el curso. Sin embargo, lo que sentía por aquel hombre la quemaba por dentro y necesitaba huir de todo, pero con él.
Mientras bajaban al Gran Comedor no podía pensar más que en la forma y momento de decirles a sus amigos que los iba a abandonar, pero decidió que tendría que ser después de la prueba: sino Harry quizá se negara a competir, aunque quizá fuera mejor así, pues de esa forma no estaría en peligro y ella podría salvarlo. No, las cosas debían permanecer como estaban si ella quería salir de Hogwarts con Barty y compartir una vida juntos, una vida que no les iba a ser negada.
Durante el día siguiente, Hermione se esforzó por mirar a sus amigos a los ojos, pero le costaba un triunfo hacerlo y controlar las lágrimas que luchaban por brotar en cualquier momento. Lo que estaba haciendo no era digno de ella, y se dijo que no se merecía pertenecer a la casa de Godric Gryffindor.
Los exámenes comenzaban, y Hermione no había estudiado absolutamente nada, así que en el poco tiempo que tenía lo empleaba en memorizar sus pesados libros de texto. Aunque, pensaba, que de nada le iba a servir aprenderse todo aquello si iba a llevar una vida de absoluta clandestinidad y la huída iba a ser su día a día.
Después de pasar una agotadora tarde encerrada entre las paredes de aquella fría biblioteca, se acordó que tenía que ayudar a Harry con la tercera prueba, así que salió de allí bajo la mirada curiosa de unos alumnos de tercero de Hufflepuff: hacía tiempo que Rita Skeeter no escribía sobre ella, pero aún oía algunos comentarios despectivos por los pasillos, o a alumnos que cuchicheaban y al verla se callaban de golpe, mirándola fijamente. La verdad, todo aquello le importaba un comino; en realidad le hacía gracia, porque a Skeeter sólo le faltaba emparejarla con Peeves.
Caminaba con rapidez por los pasillos, cabizbaja, escogiendo el momento adecuado para hablar con sus amigos cuando oyó algo tras una columna de piedra. Se paró en seco y escuchó atentamente, y al percatarse de que Barty, bajo la apariencia del profesor Moody era quien la llamaba se acercó con disimulo, pues un grupo de alumnas de primero pasaba por allí.
—¿Puedes hablar ahora? —Dijo él en un susurro casi inaudible.
—Tengo que ayudar a Harry a… —Empezó Hermione, pero Barty la interrumpió.
—Será sólo un momento.
La agarró del brazo y mirando a todas partes con su ojo mágico entraron en un aula vacía: aún olía a tinta y sudor, y la chica dedujo que apenas unos minutos allí habían tenido clase. Barty se sentó en un pupitre y Hermione se quedó mirándolo con expectación de pie, esperando que hablara; necesitaba saber qué le esperaba a Harry tras el final de su prueba. Se sentía fatal de nuevo y un nudo se colocó en su garganta dejándola apenas sin aire, pero disimuló.
—Bien, querías saber lo que pasará en la tercera prueba y te lo voy a contar.
—No —dijo quedamente Hermone y Barty la miró extrañado—. Yo solo quiero saber cómo vas a llevar a Harry hasta Vol… tu señor.
No se atrevía a decir el nombre, aún le costaba hacerlo sin que le diera un escalofrío.
—Mmm bueno, seguro que lo adivinas. Eres demasiado inteligente… piensa un poco.
¿Eran imaginaciones suyas o Barty se tomaba aquello como un juego? Típico de un mortífago…la vida de las personas le importaba bien poco. Lo miró fijamente a los ojos mientras intentaba pensar, y de repente la respuesta se dibujó ante ella tan nítidamente que dio un respingo.
—Un traslador —musitó. En Hogwarts nadie podía aparecerse y no había más solución que aquella. Pero, ¿qué elegir como traslador? No podía ser… no… — ¡La copa!
—Muy bien, eres realmente muy perspicaz —. Dijo esbozando una ligera sonrisa.
—Pero, ¿y si Harry nunca llega a tocar la copa? Quiero decir, ¿y si no gana el torneo?
—Ganará. Yo me aseguraré de que así sea y no fallaré.
Barty se levantó del pupitre y mirando al gran ventanal, como si estuviera totalmente abstraído, empezó a hablar visiblemente emocionado, ignorando por completo a Hermione.
—Imagínate cómo me recompensará cuando le lleve a Potter.
Hermione no podía creer lo que oía: se iba a fugar con el hombre que amaba y él sólo podía pensar en su misión, en agradar a su señor, en la recompensa. No había cabida en Barty para los sentimientos, y menos para el amor.
—Solo piensas en eso, ¿verdad? Yo estoy dispuesta a dejarlo todo por ti y tú…
—¡Sabes que esto es muy importante! —La miró como si acabara de reparar en su presencia, y la agarró con fuerza del brazo, dejando entrever la marca—. Pero he descubierto que hay algo también muy importante, y no voy a dejarte aquí, ya lo sabes.
Sus rostros apenas estaban a un palmo de distancia. Hermione apartó su cara de la de Barty, pues mientras era Moody era incapaz de imaginarse que en realidad estaba frente al amor de su vida; aquel rostro rasgado y envejecido no le atraía en absoluto. Él aún la agarraba del brazo con fuerza, pero ella no parecía darse cuenta, o mejor, no le importaba para nada.
—Vaya, qué poco te gusta Moody —. Sonrió entre dientes, mirando a Hermione con unos ojos convertidos en dos finas rendijas.
—¿Y cómo vamos a irnos sin ser vistos? —Preguntó de repente para cambiar de tema, pues no le apetecía hablar de nuevo de lo que sentía o dejaba de sentir.
—Tendré listo un traslador en el Bosque Prohibido, por eso no te preocupes —dijo Barty soltando el brazo de la chica—. Te esperaré tras la cabaña del guardabosques justo después del torneo…si todo sale bien.
"Si todo sale bien". Aquellas palabras trastornaron a Hermione: no había pensado en las consecuencias de sus actos si nada de aquello funcionaba, si atrapaban a Barty y luego a ella con él… El pánico se apoderó de ella.
