Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Stephanie Meyer y a la Saga Crepúsculo.
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¡Hooola de nuevo!
Os tengo que confesar que me he reído mucho con vuestras reviews del capítulo pasado. La historia se acaba y me impresiona mucho todo el cariño que me dedicáis día tras días. Sé que puede sonar repetitivo, pero os lo agradezco muchísimo.
Aquí os dejo aquí la continuación de esta navidad adelantada en casa de los Cullen xD
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EL FUTURO SERÁ NUESTRO
BPOV
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Me levanté con un camino de besos dibujando el perfil de mi cara. Mis labios dibujaron una sonrisa sin poder contenerla. Edward me hacía sentir especial a cada momento, incluso con los ojos pegados aún del sueño y el mal aliento característicos de las mañanas.
-Feliz navidad, mi amor – susurró suavemente mientras continuaba besándome casi con adoración- La primera de muchas – acabó antes de alcanzar mis labios.
-Feliz navidad – le deseé aun medio dormida girándome para abrazarlo.
Fue en ese momento en el que me di cuenta que no estaba dentro de la cama conmigo sino fuera y vestido con su pijama. Lo miré desconcertada y después miré el reloj. Aun no eran las ocho, ¿Qué hacía despierto tan pronto? ¿Y por qué estaba tan fresco cuando yo tenía tanto sueño que me costaba hasta hilar mis pensamientos? ¡Qué vida tan injusta!
-Santa ha pasado pronto por aquí. – me dijo señalándome hacía el suelo.
¿Qué tramaba? Con una sonrisa me giré y vi a mi bolita de pelo con un lazo en el cuello tumbado en su camita. Junto a él había un sobre de esos típicos de las tarjetas de felicitación y una caja pequeña al lado.
-¿Para mí? – pregunté confusa.
-¿Para quién sino? – me contestó con una sonrisa sin perder el buen humor con el que se había levantado hoy.
Cogiendo la sabana para cubrir mi desnudez, prácticamente me lancé de la cama para descubrir de qué iba todo este juego.
Después de mucho pensar por cuál de los dos paquetes empezar, al final, me decanté por el sobre.
Al abrirlo me encontré un papelito en el que se podía leer con caligrafía perfecta ¿Me adoptas? Y el dibujo de una huella de perro.
Me giré confundida.
-No entiendo…- balbuceé.
Edward se acercó a mí dándome mi albornoz para que no cogiera frío. Siempre cuidando de mí.
-Los dos sabemos que esta bola fétida te ha robado el corazón… He pensado que sería mejor que tú lo cuidaras… Ya os queréis demasiado para separaros – me explicó y como si el perrito lo hubiera entendido lo que había dicho, intentó subirse a mi regazo para su sesión de mimos al que lo había acostumbrado cada mañana.
-Pero… ¿Y Ted? Le vas a romper el corazón… - le dije emocionada, pero a la vez insegura. Este era el regalo de Ted, por mucho cariño que yo le hubiera cogido a esta bolita.
-¿Si te digo que lo tengo cubierto lo aceptarás? – me contestó sin darme una respuesta completa. – Lo descubrirás en cuanto se levante…y no creo que falte mucho, la verdad. – me dijo mientras me acercaba con su mano la caja.
Me puse un poco nerviosa. Una caja pequeña… podían ser muchas cosas…. Pero…
-¿Lo vas a abrir o no? – me apremió con una sonrisa de lado.
El muy tramposo seguro que había adivinado lo que estaba pensando y estaba pasando un buen rato a mi costa.
Lo miré mal por reírse de mí, pero abrí la caja dónde había una llave.
-Es la llave de mi casa. – Me explicó. Yo solo boqueé sin saber que decirle. Ayer le había dicho que lo pensaría, pero aún no lo había hecho… ¡Vamos! En ese momento no me podía tomar muy enserio, mis neuronas no estaban en el mejor estado – Mi amor… Tranquila te estás poniendo blanca… ¿Estás bien? – me preguntó cogiendo mi cara. Asentí en silencio – Solo quiero que la tengas para que las utilices cuando tú quieras. Nada más… - me tranquilizó. – Como era navidad me pareció divertido dártelas así...Nada más. – volvió a recalcar haciendo que mi tensión volviera a sus límites normales.
Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh. Escuchamos un gritó del otro lado del pasillo asustándonos.
Ted había decidido despertar a toda la familia de esa manea tan amena y dulce…. Bendito día de navidad, pensé irónicamente.
-Parece que alguien se ha despertado… - anunció Edward emocionado. – Vamos con él antes que entre y te encuentre medio desnuda. – dijo levantándose del suelo.
Yo lo hice de un salto haciendo que mi vista se volviera negra y mi cabeza diera vueltas. Los brazos de Edward me atraparon. Sentí como me llevaba a la cama para que me apoyara en algo firme.
-¿Qué te pasa? – me preguntó preocupado.
-Me he levantado muy rápido. ¿No te ha pasado nunca, Superman? – le contesté cuando mi cabeza dejó de dar tumbos.
-A partir de ahora intenta levantarte más a poco a poco. Me has asustado – dijo Edward aun inquieto.
Siempre tan exagerado…
-¡A sus órdenes! Ahora déjame que me vista y me lave los dientes. Salgo en un minuto. – le contesté librándome de su escrutinio.
Cuando salí, ni cinco minutos más tarde, al pasillo ya estaba toda la familia allí reunida.
Alice y Jasper se reían mientras veían la escena, al igual que mis tíos o Esme y Carlise. En cambio, Rose estaba echando humo intentando asesinar a Edward y Emmet con la mirada.
Ted estaba tumbado en el suelo con una caja enorme abierta y un montón de juguetes de perro escampados. Se revolcaba entre mi bolita y otro perro igual que el mío, pero en negro. Ahora entendía lo que Edward me había dicho hace un rato en la habitación cuando habíamos hablado del regalo de Ted.
¿Cuándo había adoptado al otro perro que yo no me había enterado?
-¡Tía Bella! Miraaaaa al final Santa sí te ha traído un primito y otro para mí. – dijo chillando de la emoción mientras jugaba con los dos perros. Mi bolita se estaba volviendo loco con tanta actividad a su alrededor.
-Dime que no sabías nada de esto. – me miró Rose y comencé a entender el miedo que le tenían sus hermanos y Emmet cuando estaba enfadada.
-Absolutamente nada. – declaré levantando las manos en señal de rendición. Al fin y al cabo, ya había avisado a Edward en su día que no pensaba formar parte de su plan.
Fui al suelo con Ted y mi bolita vino corriendo a mi regazo. Escondiéndose entre mis brazos en cuanto lo cogí. Pobrecillo tantos estímulos lo estaban poniendo más nervioso de lo que ya era.
Me fijé en el perro negro de Ted y juraría que era de la misma edad del que sostenía yo entre mis brazos. Llevaba el collar que le habíamos mandado a hacer en el que se leía "Ted's best friend". Edward me iba a tener que explicar esto muy detenidamente porque no entendía nada.
-¿Qué os parece si vamos a ver si Santa ha dejado algo debajo del árbol? – Propuso Esme yendo a separar a su hija de su hermano y marido.
-¡Siiiii! – contestó Ted emocionado dejando a su perro en el suelo y corriendo unos pasos antes de girarse a ver si le seguía. Se puso un poco triste al ver que se quedaba al lado de mi bolita. Me levanté e imité a mi sobrino sabiendo que el mío si me seguiría y animaría al de Ted a hacerlo.
-Necesita tiempo para aprender. Ahora le tendrás que enseñar muchas cosas, mi amor – le expliqué mientras íbamos para abajo. – Cógelo con mucho cuidado por las escaleras. – casi le supliqué con miedo que se cayeran los dos rodando.
Al llegar abajo el poco autocontrol que tenía mi sobrino explotó. Le era imposible estarse quieto. Los pobres perros iban como locos detrás de él. Nos obligó a sentarnos porque él quería entregar los regalos, aunque con su estado dudo mucho que pudiera ni reconocer los nombres.
Yo me senté al lado de la tía René y Edward vino a mi lado.
-¿Cómo lo has hecho? – le pregunté muy bajito para que Ted no se enterara. Ahora estaba entretenido dándole el regalo a Carlise, así que teníamos un rato hasta el siguiente para que Edward se explicara.
Mis tíos también estaban muy atentos a su historia porque tanto Emmet como yo los habíamos puesto al día estas semanas.
-Realmente ha sido algo inesperado. Cuando llegamos ayer, Robert me llamó, pensaba que eran cosas del trabajo, pero no. Tienen una casa a dos pueblos de aquí y también están pasando las fiestas allí… Margaret y Arthur, sus padres, - explicó a mis tíos – han conseguido dar en adopción a todos los cachorros de la camada, pero les faltaba este… y pensaron en regalártelo a ti porque decían que era una pena que no te hubieras decidido en llevarte uno, también. Eso era lo que Jasper estaba haciendo ayer durante la mañana. – acabó cuando Ted sacaba un nuevo regalo. Carlise tenía unos palos de golf nuevos.
-Me gustaría llamarla para agradecerle – le dije a Edward. - ¿Tienes su número? – le pregunté.
Era una mujer tan amable y dulce que me daban ganas de adoptarla a ella también. Durante la visita a su casa había estado siempre pendiente de todo lo que necesitáramos y de explicarnos todo lo que teníamos que saber sobre cuidarlos los primeros días en casa. Tenía razón. Me había quedado con ganas de llevarme uno, seguramente hubiera sido mi bolita que me robó el corazón desde el primer momento, pero tenía miedo de no poder cuidarlo bien con el ajetreo del trabajo. Pero estas semanas me había demostrado que sí podía hacerlo.
-Lo podremos conseguir. – me aseguró – Al menos ahora tendrá nombre, no será la mimada bola de pelo. – gruñó aunque se le escapó la risa.
-Solo tú lo llamas así – dije rodando los ojos – Ted me ha dicho que ya está pensando nombres…para los dos. –
-Tiemblo. A ver cómo se acabará llamando el pobre chucho. – dijo Edward riéndose a carcajadas.
Llegó mi turno de regalo.
-Tía vienen juntos – anunció Ted mientras me acercaba dos paquetes. Uno más grande y otro más pequeño.
Al cogerlos vi que en el más pequeño ponía el nombre de mi sobrino que saltó emocionado de abrir el primer regalo de debajo el árbol.
-¡Guauuuu! Unos guantes de boxeo iguales que los tuyos ¡Son lo más tía! – gritó emocionado Ted intentando ponérselos.
Mi vista se dirigió instintivamente a Rose que miraba a su hermano con tanta rabia como en el pasillo. Pude leer como sus labios le decían Eres hombre muerto, Edward.
Ted dio unos cuantos golpes al aire mientras yo miraba los míos. Eran realmente buenos y los amaba tanto como Rose odiaba los de su hijo.
-Rose te va a matar – dije en la oreja de mi hombre escuchándolo bufar.
-De perdidos al rio – se resignó.
Nos entregamos los regalos y como me había estado pasando estos dos días me lo pasé bien. No había malos recuerdos, solo esperanza de comenzar de cero. Obviamente, había echado de menos a mis padres, pero por primera vez en estos años lo había hecho de manera sana. Sin dejar que la tristeza me empañara todo lo bueno que estaba viviendo.
Con la tía René habíamos estado hablando ayer un buen rato y este último año parece que ambas habíamos dado pasos adelante para sanar. Ella estaba muy contenta que estuviera construyendo una familia de nuevo junto a Emmet, y junto a Edward de quién casi se había enamorado por lo atento que era conmigo, que hubiera comenzado a tomar las riendas de mi vida y mi felicidad. Me había confesado, que después de muchos años encerrada en casa, había sido capaz de volver a apuntarse a actividades locas. De momento eran dos, y no cincuenta a la vez como en sus mejores tiempos, pero se sentía animada a hacer cosas. Me alegraba mucho por ella. No le había sido fácil asimilar cómo su hermana mayor había muerto y tener mi recuerdo con ella, sabía que lo había hecho un poco más difícil. Me parecía mucho a mamá, y a veces podía ver la tristeza en los ojos de mi tía cuando me miraba fijamente.
Pero estas navidades, no han sido tristes como todas las demás, las lágrimas eran ahora sonrisas y suspiros solo los producía Ted con sus preguntas imposibles de contestar. Ya iba siendo hora de continuar adelante.
-¡Ya tengo los nombres! - me asustó Ted que estaba acurrucado en mi pecho, muy tranquilo junto a los dos perritos.
Después de entregar y disfrutar de los regalos un rato nos habíamos estirado en el suelo del salón, delante de la chimenea, sobre unos cojines que habíamos acomodado para estar más cómodos.
Ted era un popurrí de regalos. Llevaba su traje de Iron Man, con uno de los guantes de boxeo puestos y varios de los juguetes de los perros para jugar ellos mientras revoloteaban a nuestro alrededor. Los demás regalos los tenía bien vigilados en el sillón que quedaba detrás de nosotros.
-A ver dime – le dije acercándolo un poco más a mí haciendo que nuestras frentes se chocarán. Su sonrisa mellada me calentó el corazón.
- El mío se llamará Stitch – ¿le quería poner a su perro como un monstruo azul de dibujos? – Tiene las orejas igual de grandes que él – explicó como si fuera la cosa más lógica del universo.
-Claro… es un nombre muy bonito, amor – le contesté disimulando – Y el tuyo se puede llamar Dug. – anunció orgulloso.
¿Así quería llamar a mi perro? ¿A mi dulce bolita…? Lo miré no muy segura de cómo decirle que no pensaba llamarle así.
-Como el de Up, la peli – me explicó cuando comencé a negar – Es muy guai. ¡La vimos juntos! – me dijo haciéndome recordar.
-Me gusta. Buena idea – acepté recordando lo mucho que me había gustado esa película. ¡Hasta había llorado con la historia de amor del viejecito!
-El club de los mimados de tía Bella va a tener que ponerse en marcha. Vamos a ir a dar un paseo, así esos renacuajos corren un poco. – nos dijo Edward acabando con nuestra pequeña acampada.
Ted se levantó de un bote corriendo escaleras arriba seguido de su perro. Mi bolita, Dug, se quedó a mi lado, pero cuando le animé salió detrás de su nuevo compañero.
Edward me alzó cogiendo mis dos brazos.
-¿Mejor ahora? – desde esta mañana, cada vez que me levantaba me miraba como esperando que me desmayara. ¡Solo había sido una vez, exagerado! –
-Sí, solo ha sido esta mañana. Estoy bien. – le guiñé el ojo mientras subíamos para arriba.
Edward me siguió, a pesar de estar ya vestido.
-Tengo una cosa para ti – le dije después de buscar el paquete en la maleta. Se lo entregué sorprendiéndolo.
Era una reserva en las Bahamas para hacer submarinismo.
-Sé que ya lo hemos hecho, pero es otro circuito… y…estos días pensando me he dado cuenta que fue la primera vez en mi vida en la que me sentí tan libre. Tú me la regalaste y yo quiero que la volvamos a vivir juntos...Como pareja… Y que le demos una nueva oportunidad a la isla. Como dijo tu padre, que creemos nuevos recuerdos. – le expliqué. – En el fondo allí cambió todo – le expliqué nerviosa de que no le pareciera un buen regalo. Edward aún se ponía de mal humor cuando tenía que tratar algo de ese negocio.
Era muy difícil regalarle algo a un hombre que lo tenía todo, solo contaba con nuestros instantes como algo único e intangible.
Estiró sus brazos para atraerme a su cuerpo. Él estaba sentado en la cama así que su cabeza quedó escondida en mis pechos.
-No sé si voy a ser capaz de volver a esa isla… Aún tengo pesadillas cuando me acuerdo de lo que pasó – me confesó algo que nunca me había dicho.
Levanté su cabeza con mis manos.
-Más motivos para ir y crear nuevas experiencias. Tú y yo solos. En una isla. Sin trabajo. Con el único fin que nadar y amarnos – insistí para convencerlo.
-Si me lo pintas así no voy a ser capaz de negarme– me contestó casi ronroneando contra mí.
Me separé de él para vestirme y cuando volví del lavabo encontré un libro encima de la cama. Era de derecho.
-Ábrelo. – me ordenó.
Noté que había algo entre las páginas y fui directa allí. Era la inscripción a un curso online sobre Derecho mercantil. Lo había estado mirando hace unas semanas, pero era demasiado caro y necesitaba ahorrar un poco antes de plantearme hacerlo.
-Es…yo…no tengo palabras. ¡Me encanta! – le agradecí tirándome encima de él para darle un abrazo.
-Te espié un poco el otro día – confesó sin ningún remordimiento – Además, te irá bien para cuando te incorpores a tu nuevo puesto de trabajo. – dijo para mi sorpresa.
-Me… ¿me estás despidiendo como tu asistente? – pregunté con algo de miedo.
-Te estoy ascendiendo a ayudante del departamento legal. Hay una vacante, se han reorganizado los puestos y bueno… Robert está demasiado impresionado contigo y vuestras charlas legales de los lunes que no quiere hacer entrevistas… No será inmediatamente, pero si en breve – me explicó haciéndome feliz. –
-Gracias – le dije besándole.
-Comenzarás desde abajo, pero sé que eso no te asusta y que tienes lo que hay que tener para llegar arriba de todo – me alagó dejando un beso en mi cabeza.
-Te quiero – le confesé.
Habíamos hablado muchas veces de mí y de mi futuro, su postura siempre había sido la misma. Tenía que crecer. Tanto personalmente como profesionalmente y Edward estaba dispuesto a estar a mi lado en cada paso de camino.
-Más te vale, porque ahora que no serás más mi asistente pienso proclamar a los cuatro vientos que eres mi mujer. – dijo con aire petulante –
-¿En serio? – Intenté sonar molesta - Si quieres me tatúo tu nombre en la frente para que a nadie le queden dudas – bromeé.
-No es necesario, ya he pensado en eso – Me respondió con una sonrisa de lado - Estoy entre enviar una circular interna a todos los trabajadores o besarte en medio de la planta principal dejando que los rumores corran como la pólvora. – me tomó el pelo.
-¡Eres imposible, Edward Cullen! – le dije dándole un manotazo y saliendo de la habitación.
El resto de día fue genial. Paseamos, comimos en familia, jugamos todos como niños con los juguetes de Ted. Simplemente, celebramos la navidad. Tan sencillo y mágico como eso.
La tía René y el tío Charlie fueron los primeros en irse. Emmet y yo los acompañamos al aeropuerto local. Les quedaba un largo viaje hasta Forks y no querían demorarse mucho más.
-Te quiero mucho cariño. Acuérdate de lo que hemos hablado… Deja de pensar en los demás y piensa en ti y en ser feliz – me dijo la tía René mientras me acariciaba el pelo. Me recordaba a mamá cuando lo hacía.
-Lo haré si tú también lo haces – le contesté guiñándole un ojo.
-Es un trato entonces – me sonrió sinceramente.
Emmet y yo hicimos intercambio de tíos.
-Es un buen hombre, pero si te hace algo me lo dices y vendré a ponerlo en su sitio – me advirtió.- O mejor…
-Lo haces tú – dijimos a la vez provocando una risa.
Charlie siempre había confiado en que me aguantaría firme sobre mis propios pies. Que tenía la fuerza para hacerlo y, en vez de esconderme entre algodones, me había enseñado a luchar por lo que quería. Ese hombre era parte de lo que era hoy. Lo quería mucho.
-Te quiero mucho, tío – le dije abrazándolo muy fuerte. Ni él ni yo éramos de muchos arrumacos, pero una vez cada milenio no nos haría daño.
-Yo a ti también – me dijo con los ojos aguados. Era un sensible en el fondo – No te escondas y mucho menos de los que te quieren… Y tu hermano… dale un respiro. Es un poco sobreprotector, pero se preocupa mucho por ti, dale su espacio, demuéstrale que tiene cabida en tu vida y será más llevadero. – me regañó de esa manera tan especial que tenía él. No sabías si te estaba regañando o dando una lección de vida.
-Lo intentaré – le contesté, pero por su mirada no pareció valerle.
-Lo haré – prometí esta vez.
-Mejor – me guiñó un ojo antes de separarse para ir al control de seguridad con la tía.
-Vamos antes que mi mujer le saque los ojos a tu novio – me dijo Emmet pasando su brazo por mis hombros.
-¿Así que ya aceptas que es mi novio, ehh? – le tomé el pelo.
-Enana… no tientes a la suerte – me dijo para mi sorpresa, pero su carcajada me hizo darme cuenta que se estaba riendo de mí. – Me parece que le comienzo a ver la gracia a esta relación vuestra… - dijo esta vez más animado.
-Muy gracioso… - le contesté intentando parecer enfadada, pero estaba demasiado contenta con que él fuera capaz de ser el Emmet bromista de siempre con Edward y conmigo.
El resto del día fue bien y la vuelta a Chicago se hizo mucho más corta de lo que había pensado. Supongo que con tantas cosas a comentar de las que habían pasado mi mente estaba entretenida.
Sin ninguna duda, Edward me estaba demostrando la otra cara de la vida… O quizás era yo que ahora tenía ganas de ver la vida con otros ojos.
…
-Edward de verdad… ¿Estás seguro de esto? Porque yo no estoy muy convencida… No se nos dan muy bien las fiestas. – me volví a quejar esperando que quizás en mi llanto un millón se apiadara de mí.
Edward me había convencido de ir a la fiesta de Fin de Año de Jane Volturi. Era una de las grandes fiestas de la ciudad. Todo el mundo se pegaba por una invitación y los Cullen tenían una asegurada cada año gracias a la amistad de ésta con Rose. Alice casi colapsa cuando se enteró que estábamos invitados, pero a mí me daba bastante igual. Ya había estado en dos reuniones con gente de la clase social de Edward y en las dos había salido escaldada. No estaba segura de querer hacerlo una tercera y mucho menos voluntariamente.
-Mi amor… - me llamó Edward acercándose a mí mimosamente– La fiesta de Jane no es una de negocios. No estará James ni Irina y nos lo pasaremos bien, te lo prometo – me intentaba convencer mientras dejaba besos por mi espalda.
-Lo sé. Es solo mi lado negativo poseyéndome – dije haciendo un puchero haciendo que Edward se riera.
-Estás preciosa – me alabó con una voz tan sexy que casi me desmayo. - ¿Nos vamos? – cabeceé derretida por ese hombre que me tenía entre sus dedos, literal y metafóricamente.
Me puse los tacones mientras Edward comprobaba que Dug tenía agua. Me criticaba lo mucho que lo consentía, pero cada vez que estaba en mi casa no le quitaba ojo y en cuanto desaparecía de su vista se ponía a jugar con esa bolita. En el fondo, lo quería tanto como yo.
El espejo del ascensor me devolvía una imagen de una Bella completamente diferente a la que había llegado a Chicago hace casi cuatro meses.
Había optado por un vestido sencillo, azul oscuro de gasa. Sencillo y más de mi estilo que otros que había llevado hasta ahora. Llevaba el pelo brillante con unas suaves ondas. Alice me había llevado con ella a su peluquería y no sé cómo había salido de allí con unas sutiles mechas que según el estilista italiano añadían luz y un corte que le aportaba volumen y movimiento. La cuestión es que me sentía sofisticada y bella, por primera vez en mucho tiempo. O quizás era que ahora tenía más confianza en mí como mujer, más autoestima de la que había tenido antes. Eso se lo debía, en parte, al hombre que estaba dejado caer en mi hombro mientras me abrazaba por la espalda.
-Te quiero mucho – le dije mirándolo a través del espejo.
Casi instantáneamente sus labios se curvaron en una perfecta sonrisa.
-Yo también te quiero – me confesó mientras me giraba para besarme- Pero no me vas a convencer para dar media vuelta, tramposa –añadió mientras me hacía bufar por lo bien que me conocía.
La casa era muy grande y se veía perfectamente decorada desde fuera, incluso. Edward entró sin necesidad de identificarse como otros coches que se veían parados en la puerta. Supongo que todo el mundo sabía quién eran los Cullen en esta ciudad, y más si eran amigos personales de la anfitriona. A poco a poco, también me iba acostumbrando a eso. A no pasar desapercibida cuando iba su lado.
Aparcó él mismo en un pequeño parking que había en la entrada principal.
-Jane contrata a basura como aparcacoches.– me explicó cuando vio que lo miraba interrogante.
-Los hombres y sus coches… - rodeé los ojos riéndome de él.
Está vez me esperé dentro del coche, acomodándome el último toque a mi outfit, dándole tiempo a llegar hasta mi puerta para abrirla para mí.
-Ves, yo también voy aprendiendo – le miré coqueta.
-¡Dios, que ganas tengo de volver a casa! A ver si te atreves a mirarme así de nuevo – me dijo apretando disimuladamente mi trasero.
Cuando entramos todo lo de fuera palidecía en comparación de la decoración del interior. La invitación especificaba que era una fiesta de máscaras, pero al llegar aquí parecía que acababas de entrar a una gran fiesta del carnaval veneciano. Era reamente hermoso.
-Te lo pasarás en grande, te lo prometo – me dijo Edward acercándome un poco más a él y devolviéndome a la tierra – Ya va siendo hora que alguna puñetera fiesta nos salga bien… y después lo celebraremos por todo lo alto – me susurró mientras se acercaba lentamente a mis labios.
-El mundo es muy injusto y tú eres demasiado afortunado, Cullen – escuché que una dulce voz se dirigía a nosotros.
Di un bote. No me esperaba que nadie se dirigiera a nosotros cuando estábamos en un momento tan íntimo. Intenté apartarme de Edward, pero él no me dejó alargando un poco más nuestro beso y alejándose muy lentamente.
-Jane Volturi. Siempre es un placer volverte a ver – le dijo Edward acercándose a ella para saludándola. – Ella es Isabella Swan. Mi novia. – me presentó.
-Encantada, por favor llámame Bella – le tendí mi mano educadamente.
-No me niegues dos besos. Es lo más cerca que este celoso suertudo me dejará estar de ti en toda la noche – me dijo con una sonrisa.
Teniéndola delante entendía perfectamente porqué era tan amiga de Rose. Me las podía imaginar no aceptando las tonterías de nadie en el instituto e imponiendo sus propias leyes.
Era muy pequeña y parecía mucho más joven de la edad que debía tener, si era compañera de escuela de mi cuñada. Su melena rubia estaba recogida en un moño y su máscara había desaparecido en cuanto nos vio. La mía en cambio, como era un antifaz a juego con mi vestido, seguía manteniendo mi cara parcialmente oculta.
-Hueles igual que una exnovia mía… Aunque ya le gustaría a ella ser la mitad de dulce que eres tú – reflexionó con una carcajada contagiosa. – Pasad adentro y divertiros. Y cualquier cosa que necesites me lo decís personalmente. – se ofreció amablemente.
-Ves como no te puedo llevar a ningún sitio. Deslumbras a todo el mundo – gruñó en broma Edward mientras nos adentrábamos entre la multitud buscando a algún conocido.
-¿Te he dicho alguna vez que eres un exagerado? – le dije mientras veía las plumas de la inconfundible máscara de Alice al fondo - ¡Allí están! – señalé contenta de tener a alguien conocido a parte de Edward en la fiesta.
-¡Estás taaaaan guapa! – chilló Alice en cuanto estuvimos cerca de ellos.
Era un caso de mujer, como si ella no me hubiera ayudado a escoger el modelo de, absolutamente todos, mis actos formales desde que estaba en Chicago.
-Tú estás deslumbrante, también – le dije admirando su buen gusto. La verdad es que ese traje rojo le quedaba como un guante.
-¡Ahora ven! Hay un ponche que lleva nuestro nombre – dijo dando saltitos de alegría y tirando de mi brazo.
Había mucha gente en esta fiesta.
-¡Toma! – me pasó Alice un vaso que le habían servido unos camareros de la mesa de licores–
Al acércamelo a la boca me dio como una pequeña arcada. Decidí esperar un poco para beberme el ponche, lo último que quería era acabar encerrada en un lavabo vomitando.
-¿Todo bien? – me preguntó Alice al ver mi cara de disgusto cuando olí el alcohol.
-Tengo la barriga un poco revuelta. – expliqué. – Me traje a casa la tarta de chocolate que sobró de navidades y me la he comido yo sola. ¡Entera! Mi gula acabará conmigo y mi estómago – me reí haciendo que ella también lo hiciera.
-No sé dónde lo metes, puñetera – se quejó Alice.
-Lo meto en el gimnasio y mis clases de boxeo – gruñí un poco al pensar que llevaba más de una semana sin ir y probablemente todo el pastel extra se estaba acumulando en mis caderas de manera casi permanente. Por mucho que lo intentaba no sentía remordimiento. Ese chocolate estaba demasiado bueno para dejar de comerlo... O compartirlo. – Y ahora vamos con los demás. – la apuré para volver con nuestros chicos.
-¡Ya estamos aquí! – dijo Alice colándose por debajo de Jasper para quedar prácticamente abrazados.
-Toma te he cogido uno – le di a Edward mi copa. Él me miró interrogante.
-¿Intentas emborracharme, cariño? Porque te aviso que necesitaré algo más que ponche. – dijo roneando en mi cuello.
-Un poco de ponche no te hará nada… además te prefiero en todos tus sentidos, amor – le respondí dándole un beso en los labios.
-Eggggss – escuché la voz de mi hermano detrás de mí - ¿Qué os dije de las caricias en público? – dijo Emmet acercando sus manotas a nuestras caras para separarnos - ¡Ves Rosie no me hacen ni caso! – se quejó haciéndonos rodar los ojos a todos.
-Emmet eres un pesado – le amonesté – Y un cortarollos – añadí intentado sonar enfadada con él.
-Lo sé, pero soy tu único hermano y me quieres así. – me dijo mientras me abrazaba – Estás muy guapa – me alagó dándome un beso.
-Yo no era tan insistente y pesado – dijo Edward a modo de saludo –
-No, eras peor hermanito, mucho peor. – se hizo notar Rose. Saludándonos a todos posteriormente.
Nos movimos un poco por el ambiente, charlando con la gente. Conocí a tanta gente, amistades de los Cullen y de Emmet que dudo que pudiese recordar más de un puñado de nombres, pero Edward no se separó de mí en ningún momento, así que me salvó de hacer el ridículo confundiendo nombres o saber qué cosa más penosa.
-¡Al fin! La mesa de comida – chillé tirando del brazo de Edward en cuanto divisé la mesa estilo buffet que habían preparado con multitud de diferentes comidas que se podían comer fácilmente de pie.
Algo bastante informal, aunque muy útil para una fiesta con tantas personas, que me hacía sufrir por mi bonito vestido.
-¿Te vas a comer todo eso? – me dijo Edward mientras intentaba robar un nacho de mi plato. Había cogido dos sándwich y unos nachos.
-Tengo hambre – me encogí de hombros, mientras saboreaba ese queso desecho tan rico que me hacía la boca agua.
-Coge fuerzas porque no voy a aceptar un no por respuesta cuando te saque a bailar después de la cuenta atrás – me retó Edward.
-Te gusta demasiado bailar y acabará siendo contraproduciente para tu seguridad. Acabarás lesionado si sigues insistiendo – bromeé con él. Había mejorado un poco, pero seguía teniendo dos pies izquierdos.
-Entonces… quizás… debería buscar otra pareja de baile ¿No crees? – me dijo el muy descarado mientras echaba un vistazo alrededor.
-Tú mismo… Supongo que si esas son las reglas… yo estaría libre de aceptar las ofertas de los caballeros apuestos… o incluso de Jane – intenté no reírme mientras le seguía el juego.
Nunca podría intentar ligar con nadie teniéndolo a él a mi lado y en mi corazón, y mucho menos, para bailar.
-Tú bailes, mi amor, son todos míos. – me dijo acabando con el juego que él mismo había comenzado, besándome posesivamente.
-Me mancharás – le regañé mientras hacía malabares para que no se me cayera el plato -
-Eres toda una romántica cuando hay comida de por medio – sentenció riéndose sonoramente.
Nos reunimos con los demás en el salón principal cuando quedaban pocos segundos para la cuenta atrás.
Estaba muy emocionada. Este año que dejábamos atrás me había cambiado la vida y tenía muchas esperanzas puestas en estos nuevos doce meses.
Giré mi cabeza, mientras la gente acumulada en la sala chillaba la cuenta atrás, y vi a Edward mirándome con esos ojos verdes que me hacían volar. Le sonreí y él me abrazó protectoramente.
-Te quiero - me susurró, aunque más bien lo leí de sus tentadores labios, más que sentirlo.
Tres. Escuché a la multitud exclamar emocionados.
Dos. Solo un poco más… Ya casi estaba.
Uno.
Solo escuchaba pitidos y aplausos, pero lo que realmente sentía, lo único que sentía era la mano de Edward a mí alrededor acariciándome la espalda, girándome suavemente hacía él. Su otra mano levantó mi cara y agarrándome el rostro como si fuera de porcelana se acercó a mí, hasta que nuestras frentes se juntaron.
-Feliz año nuevo, mi amor. Espero que este que entra sea todo nuestro – me deseó antes de besarme.
Todo nuestro.
No sé si era el optimismo imperante en un día como hoy o el amor que sentía por él, pero estaba segura que no sólo este año iba a ser nuestro.
El futuro era nuestro.
Y quizás de nuestra futura familia.
Por primera vez me permití soñar en una familia propia.
-Feliz año, cariño – le respondí ilusionada.
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NA:
¡Taxaaaan! ¿Os ha gustado? Espero que sí. Parece que han acabado el año muy felices y con muy buenos deseos. Ya sabéis que espero vuestros comentarios y teorías sobre este par, me encanta leerlos… Más de una os podríais intercambiar conmigo para escribir algún capítulo.
Espero que lo del perro de Bella y Ted no haya quedado raro. Al principio mi idea era que fuera de Ted, pero a medida que iba escribiendo me resultó imposible "quitárselo" a Bella y se me ocurrió esta solución un tanto salomónica jajaja.
NOTICIAS DEL FIC: Ahora sí, os puedo decir cuántos capítulos tendrá el fic. Ya los tengo escritos, queda darles unos retoques, pero el gran grueso está hecho. Serán 33 capítulos + 2 outtakes. Me da mucha pena y mucha alegría a la vez acabar. Espero que este tramo final le pueda dar un buen cierre a la historia. Me lo he pasado en grande escribiéndola y he disfrutado mucho con vuestra respuesta. Pero aún no es el final, así que me guardo las despedidas para cuando toquen jajajaja
El próximo capítulo será el MARTES.
Nos leemos en el próximo,
Saludos;)
