Así que suena el teléfono de Inglaterra que da vueltas histérico frente al quirófano y contesta casi sin mirar.
—Hello?
—Soy yo. ¿Cómo está?
—Está en curas, no lo sé, nadie me dice nada. ¿Cuándo venís?
—Mon dieu... —solloza haciéndose bolita—. No sé cuándo vayamos, Amerique... No estoy con él, me ha mandado encerrar en un búnker.
—What? ¿Está haciéndose el héroe y dando vueltas por ahí solo?
—Está haciendo cosas raras —susurra entre sollozos silenciosos—. Hemos visto quien disparó
Fue Bielorrusia.
—Whaat?
—La tienen detenida... O la tenían. Amerique pretendía devolverla a Moscou. Está enfermo, Angleterre. No parece normal.
—¿Devolverla por? ¿Qué ha dicho? ¿Por qué lo ha hecho?
—No lo sé, cuando le he dicho que no debía devolverla me ha mandado a encerrar aquí.
—Pero... ¡no puedes dejarle con esa loca! ¿Y si ahora quiere matarlo a él?
—Me ha encerrado un general de su ejército, Angleterre. Está pasando algo... Algo MUY gordo ¡y no sé qué es!
—Tú tráelo aquí, ni siquiera le he visto aun... ¿Qué dirías de qué está enfermo?
—De la cabeza. No puedo llevarle. Algo muy malo le pasa, pareciera que no está siquiera preocupado por Canadá. No quiso hablar con Obama... Quería hablar con Ucrania.
—B-But...
—Parece... Loco.
—Loco...
—No parece él. Me encerró aquí.
—¿Pero cómo te va a haber encerrado?
—Me ha mandado encerrar aquí, ¡no puedo salir! —exclama y ahí es que llega América—. Espera, ya está aquí de vuelta. ¿En qué hospital estás?
—En el hospital militar, nos han traído aquí.
—Mon dieu... Angleterre háblame en cuanto sepas algo.
—Yes, yes, venid para aquí.
Francia cuelga y se levanta mirando a América.
