XXIX Fuego del pasado.

Desde que Esteban ingresó a Hogwarts las cosas habían tomado un rumbo inesperado. De pronto, el anonimato al que me auto-sentencie desde mi llegada al castillo desapareció. Esfumándose como la neblina cuando sale el sol.
Nada peor que esto. Las miradas de todas las chicas me taladraban envidiosas y los chicos hacían gestos de burla en mi dirección. Nunca me sentí tan expuesta y desnuda.

- Esto me traerá consecuencias- pensé.

Dumbledore me miraba con suspicacia desde la mesa de los profesores, además de las obvias razones por las que evitaba mirar directamente hasta allá, le ignoraba totalmente. Sin embargo, sentía su mirada insistente en mi nuca y casi, casi podía sentir su respiración. Presentía que tendríamos una reunión muy pronto.

Me sentaba con Harry en cada comida, cada día y sus miradas de sospecha no paraban. Pretendía acabar con eso de una vez por todas esta misma noche. Necesitaba su confianza si quería permanecer a su lado para protegerlo.

- Chicos- llamé, tanteando el terreno. Ellos dejaron su comida de lado para mirarme con los ojos estrechos. Hermione era la que menos confiaba en mí. Sería difícil ganarme su confianza.- Me temo que debemos hablar. Sobre... un asunto pendiente.

- ¿Un asunto pendiente?- preguntó Ron dubitativo.

- Sé que me han estado evitando un poco desde que llegamos al castillo. Me gustaría que aclaráramos eso. No me siento cómoda sabiendo que no confían en mí. - Barrí sus caras con mis ojos y descubrí matices algo diferentes, nada amigables.

Ron estaba algo incrédulo y Hermione no cambiaba de opinión con respecto a mí. Solo vi una pequeña chispa de interés en Harry. Algo que se asomaba débilmente en sus ojos.

- Sérène, no creo que...- comenzó Hermione, pero fue interrumpida por Harry.

- Nos veremos en el lago. Después del almuerzo. Allí podremos hablar. - Mire a Harry agradecida. Asentí con una media sonrisa. La cita ya estaba pautada y eso era un avance.

Ahora solo debía continuar con mi interpretación.

Decidí saltarme todas las clases hasta el almuerzo. Esperé en el lago, viendo como el calamar gigante jugueteaba chapoteando con sus tentáculos y de vez en cuando capturando los insectos que se atrevían a posarse en la superficie de su morada. Me senté bajo la sombra de un pequeño árbol con las ramas suficientes para cubrirme del sol del medio día que comenzaba a menguar su intensidad a medida que el otoño se acercaba. Mire fijamente como su luz se reflejaba sobre el lago difuminada por las pequeñas ondas que el viento formaba al danzar sobre la superficie del agua. En el horizonte solo se veía una pared frondosa, verde y viva que se mecía contenta y orgullosa de su majestuosidad. Era un paisaje hermoso y tranquilo. Hice una nota mental de volver allí cada vez que pudiera. Estaba perdida en mis cavilaciones cuando una sobra se asió sobre mí.

Giré la cabeza y me encontré a Harry mirándome curioso desde su altura.

Le sonreí por cortesía. En realidad estaba sorprendida de que viniera solo.

- ¿Y tus amigos?- pregunté, curiosa.

- Decidí venir solo- respondió mientras tomaba asiento a mi lado. Protegido por la escasa sombra del árbol- Pensé que era mejor así.

No dije nada. Mi silencio fue interpretado como una afirmación a su respuesta. Yo pensaba lo mismo.

- Y bien... me incitó- ¿Qué querías decirme?

Me giré un poco en su dirección y me acomodé para quedar frente a él. Necesitaba toda su atención. Me quedé mirando sus ojos verdes. Había fuerza y valentía en ellos, demasiada para estar contenida en su pequeño cuerpo adolescente. Podía ver su astucia y su determinación y eso me lleno de orgullo, aunque Harry no fuera más que el objeto de mi protección debido a la promesa que le hice a su madre le había agarrado cariño. Un instinto que nacía dentro de mí y era imposible de contener.

Estaba serio, a la espera y yo tomé una bocanada de aire llevándola profundo a mis pulmones y refrescando un poco mi cuerpo enardecido.

- Harry- comencé, resignada a hacer lo que debía hacer- sé que por el momento no tengo su confianza. A pesar de que sus acciones demuestren cierta empatía... pero necesito que sepas...

Me detuve un momento insegura de continuar.

Tienes que hacerlo, Sérène... es por el bien de todos. Por el bien de todo.

- No se cómo comenzar-dije, sincera...- ese día en el Ministerio sé que hice uso de mi magia de una manera que te descolocó. No es magia común lo sé pero... te dije que Voldemort me arrebató aquello que más amaba y me humilló de una manera que jamás le perdonaré. Por eso es esta venganza, por eso me siento identificada contigo. Es por eso que usaré todo mi poder para destruirle y vengar a mi familia, vengar a todos los que han sido destruidos por su causa.

Harry no dijo nada, no me interrumpió. Prestó atención de la manera en que jamás había prestado atención antes a una clase, ni siquiera en pociones.

Yo me sentía febril, excitada por las confesiones que hacía. Nunca le había expuesto a nadie nunca mis sentimientos, mis deseos de venganza de esta manera. Me sentía liberada en cierto modo, y culpable en igual medida. Cargar a Harry con mis confesiones era un costal de arena muy pesado. Aunque él no se diera cuenta de ello.

- Eso lo comprendo- dijo después de escudriñar mi cara unos momentos.- Pero creo... que los chicos... es decir Ron y Hermione...

Apartó la mirada y posó sus ojos en el lago. Visiblemente incómodo.

- Eres extraña, Sérène. No eres u a bruja normal… ese día en el Ministerio. Es difícil hacer lo que tú hiciste, incluso para un mago muy poderoso.

Estaba concentrado mirando al lago. Su ceño fruncido y su boca en una línea recta me decían que él pensaba lo mismo.

- Entonces temen mi poder- deduje, irritada y divertida a la vez- Lo comprendo- dije, después de unos momentos de silencio.- Soy demasiado poderosa y eso no es normal para una persona de mi edad.

Los aparentes diecisiete años de este cuerpo juvenil.

- Verás... - comencé dudando.- No es sencillo, ni siquiera yo lo comprendo en su totalidad. Esto-dije señalándome con ambas manos- Lo que soy es producto de un evento fortuito. Algo que hasta donde tengo conocimiento no ha sucedido antes.

Harry me observó, concentrándose en mí. Yo aparté la vista de él y volví a bañarme con la imagen del lago, ondeando delicadamente gracias a la brisa.

- Te contaré- dije luego- pero debes prometer que no lo repetirás jamás. Ni a tus amigos, ni a Dumbledore.

Harry no dijo nada, seguía mirándome con intensidad desde su lugar. Su promesa era silenciosa e igualmente inválida. Sabía que se lo contaría a sus amistades.

Todo comenzó con Esteve Boissieu, un hombre alto de cabellos cobrizos y nariz respingada, y su viaje a través de la selva Sudamericana sobre un hipogrifo tan viejo como el mismísimo Merlín, incapaz de ver o volar caminaba a ciegas guiado únicamente por el sentido del olfato.

Su deseo era escribir un libro sobre la magia negra practicada en el continente por los nativos que lo habitaban desde que el mundo era mundo.

Honestamente, no es un secreto que mi madre era una mujer nativa de la salvaje selva de Sudamérica, y tampoco he ocultado que su tribu practicaba la magia oscura con propósitos terapéuticos. Ellos veían ese tipo de magia como una energía sanadora, tremendamente eficaz. Cómo en otras comunidades mágicas alrededor del mundo ellos utilizaban plantas y animales mágicos para realizar pociones de toda clase y para infinidad de propósitos.

La selva no solo tenía plantas exóticas y únicas, también animales sorprendentemente únicos.

El Fénix Aurum, era de una raza tremendamente inusual, con poderes que sobrepasan el entendimiento humano. Mi madre poseía uno, había pasado de generación en generación consumiéndose y renaciendo entre sus cenizas mientras mi familia se reproducía y moría. Desconocemos cuántos años tenía el fénix en el seno de mi familia materna, pero se consideraba un ser divino, excepcional. Era el tesoro más grande que teníamos, no podía compararse siquiera con nuestras tierras o nuestros sembradíos. Nada era más valioso que el Fénix.

Mi madre amaba al fénix de una manera particularmente intensa, solía decir que sus alas anaranjadas eran enormes y vigorosas en su juventud y que no perdían su color a medida que envejecía y que incluso sus cenizas mantenían un tono rojizo hasta su renacer. Los ojos enormes y amarillos, brillaban intensamente incluso en la oscuridad donde podías localizarlo fácilmente por su brillo cegador. Ellos, el fénix y mi madre, mantenían una relación estrecha que escapaba del entendimiento de cualquiera que le viera desde fuera, sentían amor el uno por el otro. Una devoción ciega.

Para cuando mi padre llego a la tribu a la que madre pertenecía, le pareció que aquella morena de ojos castaños era la mujer más hermosa que había conocido en su vida. No tardó en enamorarse de ella, creo que fue amor a primera vista. Evidentemente, mi padre se asentó allí, no solo por ella sino también por lo inusual del fénix, sentía mucha curiosidad hacia él. Fue exitoso en ambas cosas, cortejó a mi madre y tras ello… bueno, fui concebida.

Mi madre casi muere al darme a luz, su cuerpo menudito no podía soportar el terrible proceso de traer al mundo una criatura. Su corazón se detuvo y estuvo a punto de morir, y yo con ella.

Es curioso como los milagros ocurren en los momentos inesperados.

El fénix Aurum que tanto amaba a mi madre entró por la ventana de la choza y se posó sobre ella. Profirió un gemido escalofriante, aturdidor, un chirrido de dolor al que le siguió las ardientes llamas del fuego que lo consumía. Se elevaron hasta el techo de la choza y ocuparon todo el ancho de sus alas. Hasta que el gemido cesó, y el ave yacía hecha cenizas sobre mi madre quien abrió los ojos acongojada, adolorida y desorientada.

De lo que fuera un fénix legendario solo quedó su corazón.

Una hora después yo daba mi primer grito de vida.

En cuanto abrí los ojos, mi madre supo que el sacrificio del Fénix por ella y por mí no sería en vano. Porque, aunque no haya renacido de sus cenizas, había encontrado la manera de renacer en otro cuerpo.

Mis ojos dorados como el sol eran evidencia viva de ello.

Sacudí mi cabeza para alejar el recuerdo. Su sabor era agridulce, y aunque recordaba a mis padres con mucho cariño me dolía saber que no les tenía aquí conmigo. El destino me arrebató a mis padres demasiado pronto, luego a Melquiades y a…

Pero estaba viva, aquí y ahora, con una venganza en pie y una promesa que cumplir.

Harry me miraba asombrado, por un momento alucinado.

- Tú... me dijiste que quizás tenías a un hombre de fuego en tu familia y por ello tu piel ardía de esa manera.

- Lo sé. Harry, compréndeme sé que te mentí pero tenía miedo de decirlo. Nadie sabe esto... por favor no lo repitas. A nadie.

El silencio se apoderó de nosotros, nos cubría como un manto, ni siquiera escuchábamos a los árboles inquietos a causa del viento.

Solté una risita.

- En serio, ¿Pensaste que los hombres de fuego existían? - los ojos de Harry chispearon con gracia- Debiste investigar eso. No seas tan crédulo Harry.

Deje escapar otra risa suave aunque algo tensa.

- Pues... yo lo creí pero Hermione no. Ella investigo. No encontró nada relacionado a los hombres de fuego así que dedujimos que no existían

Ahora comprendí la actitud de Hermione hacia mí. A sus ojos no era más que una mentirosa.

- Por eso ella me mira de esa manera, tan desconfiada.

- Sí. – Respondió lacónico.

- Bien... ya te dije la verdad. Una realidad que supera la imaginación.

Volvimos a permanecer en silencio. Esta vez uno más cómodo y relajado. Me recosté del delgado tronco del pequeño árbol que nos amparaba bajo su sombra y me deje llevar por la paz que me producía estar bien con Harry. Bajo su confianza y no bajo su sospecha. Él también estaba más tranquilo. Su aura se suavizo tornándose más clara y ondeaba serena como las aguas del lago.

El rompió el silencio.

- ¿Cómo es qué llegaste a Inglaterra si naciste en Sudamérica?- preguntó, curioso e intrigado.

- Bueno- Respondí, mientras buscaba el recuerdo... muy lejano.- Mi padre era francés así que cuando mi madre murió el consideró que ya nada le ataba a la selva, decidió venir a Inglaterra en busca de un viejo amigo. Creo que estaba muy triste y no quería permanecer allá.- Finalice vislumbrando su rostro acongojado.

Mi padre me trajo a Inglaterra a conocer a Nicolas flamel - dije en mi mente, algo culpable por contarle la verdad a medias- quizás él podía averiguar lo que habían pasado entre el fénix y yo.

Pero no, eso no podría contárselo a Harry.

- Harry…- tanteé - ahora que hemos aclarado las cosas… me gustaría decirte que puedes confiar en mi para lo que sea. Quizás no sea la persona más indicada para ayudarte pero haré mi mejor esfuerzo para que todo salga bien.

- ¿Por qué? ¿Por qué quieres ayudarme?- lucia algo confundido con mi insistencia.

Lo miré a los ojos con ternura y descubrí allí a un niño indefenso con una enorme carga encima.

- Porque me recuerdas a alguien a quien amo mucho.

Harry no dijo nada más.

La hora del almuerzo pasó y caminamos juntos y en silencio hasta el castillo. La próxima clase era pociones y por Merlín que sería tan difícil como las anteriores.

Desde que Severus notó que Esteban y yo teníamos una relación este no ha dejado de mirarme intensamente, tratando de descubrir lo que sucedía. Nunca intentó penetrar en mi mente, pero en sus ojos brillaba la intención. Estaba atenta y alerta, siempre cerrando mi mente. No le permitiría saber la verdad.

Una vez en la clase me senté en mi lugar acostumbrado, al fondo del aula. Harry fue con sus amigos quienes comenzaron a interrogarlo en voz baja hasta que Severus entro en el aula y todos callaron, como siempre.

No dirigió su mirada hacia mí, señaló la pizarra y con un casual movimiento de varita las instrucciones aparecieron en ella. No dijo nada, no ordenó nada. Solo se sentó estoico y enojado en su escritorio.

Se comportaba muy extraño, incluso para tratarse de él. Ya no se dirigía a la clase aunque fuera estrictamente necesario y siempre hacía gala de su mal humor, que no se molestaba en ocultar o mermar. Quitaba puntos sin aviso alguno, solo con observar el comportamiento, no usaba su humor ácido ni su sarcasmo.

No podía negarlo, su aptitud me desconcertaba y aunque quisiera no podía engañarme a mí misma. Estaba preocupada por Severus.

Sus ojos opacos y las marcadas ojeras que adornaban grotescamente su rostro.

Quería acercarme a él y acunarlo en mis brazos, que me contara lo que sucedía y suavizar ese ceño fruncido con mis dedos. Sentía una necesidad creciente por saberle bien.

Era absurdo como un sentimiento te impulsa a pensar imposibles.

Por qué si algo estaba claro es que Severus no es esa clase de hombre, que permite ser consolado y mimado por otra persona. Él es fuerte, decidido, reservado, oscuro, impermeable, orgulloso, estoico. Nada asequible cuando se trata de sus sentimientos.

Me desconsolaba saber que nunca podría acercarme a él, escuchar sus inquietudes manar de su boca y acariciarle el cabello mientras le escucho con interés y luego besarle para decirle que todo saldría bien, que yo estaba allí para él.

No pienses en idioteces, Sérène. No se puede, no en esta vida.

No se puede, ni en esta ni en la siguiente, porque no habría más. Una vez que logre derrotar a Voldemort debía regresar a mi lugar, a dónde pertenezco. Lejos, en la selva, junto a los míos y no aquí, cerca de quién nunca podrá ser mío.

El juramento inquebrantable vino a mi cabeza de nuevo.

Tragué seco respiré profundo para calmar la ola de calor y rabia que se extendía por mi cuerpo y llenaba a mis ojos de agua.

No existía poder en el mundo mágico, ni siquiera en la magia oscura, que pudiera salvarle de su suerte.

¿Por qué Snape tuvo que ser tan tonto?

Levanté la vista para mirarle, sentado en su escritorio tachando reportes y exámenes como lo hacía desde hace unos días, pero me llevé una gran sorpresa.

El me miraba, con sus ojos sin brillo y las ojeras más oscuras que nunca. Desde su asiento, con la pluma vacilando en el aire y su cabello cubriendo parcialmente su rostro, nuestros ojos se encontraron e inmediatamente provocó una reacción en mí, no solo la familiar electricidad recorriendo mi espinazo, sino también el rubor de mis mejillas, las motas negras de mis ojos y el descarado palpitar de mi vientre adolescente.

No podía hacer nada más que mirarle, preguntándome si estaba bien o si podría acercarme, tocarle el rostro y besarle la frente en muestra de apoyo.

- ¿Aun pensando en absurdos, Boissieu? -una voz gruesa y enojada se escuchó en mi cabeza.

Abrí los ojos a más no poder y me giré de inmediato, cerrando los ojos y cerrando mi mente.

¿Acaso él?

Un fuego diferente se enervaba dentro de mí. La rabia por saber que había utilizado legeremancia en mí mientras mis ridículos pensamientos me distraían, bajando la guardia.

Severus Snape me debilitaba. No podía permitirle ese poder, no podía. Esto tenía que acabar.

Fue imposible para mí concentrarme el resto del día. Era evidente que Severus conocía mis sentimientos, o sospechaba al menos. Aún esperaba el momento en el que quisiera utilizarlos en mi contra, debía estar preparada si no deseaba desfallecer ante cualquier intento de persuasión. Por alguna razón me encontraba a la defensiva ante esto. Amaba a Severus, ridículamente, pero no le permitiría interferir en mis planes. Debía apegarme a mi objetivo original y nada más.

Iba de camino a mi dormitorio, rezando porque el día se acabara, todos se fueran a dormir y yo podría entonces enfundarme la capa negra sin distintivo y salir a escondidas hasta el lago, la brisa fría de la noche empapada de las gotas oscuras del lago debían refrescar mucho. Sería de gran ayuda para bajar la temperatura de mi piel ardiente.

Unas pisadas detrás de mí me alertaron de que tenía compañía. Por un momento el corazón se me volcó pero era imposible que fuera él. Aquellas pisadas no tenían su ligereza y tampoco su parsimonia.

Me giré despacio y me encontré a Hermione. Su cara vestía una extraña expresión, era plana pero forzada, como si tratara de hacerse la indiferente a algo. Entonces lo supe: Ella lo sabe.

Le miré expectante, hasta que decidió hablar.

- El profesor Dumbledore quiere hablar contigo, Sérène. – dijo, calmada- me lo he encontrado de camino y me pidió que te avisara.

- Oh- respondí, sabiendo que mis temores se cristalizaban.- Gracias, Hermione.

Ella asintió, forzó una sonrisa y siguió su camino hasta la sala común de Gryffindor.

Miré alrededor y no había nadie cerca, chequeé que no hubiera ninguna aura en el perímetro y sin más desaparecí.

Aparecí frente al despacho de Dumbledore.

La pesada puerta de madera estaba cerrada y repentinamente me sentí nerviosa. Sabía que quería Albus, pero no estaba preparada para contarles mi coartada, sobre todo si Severus se encontraba allí. No podría mirarle a los ojos y desafiarlo con una mentira, no con esa mentira.

Me comenzaban a sudar las manos, una reacción frecuente cuando se trataba de él, y a la que debía acostumbrarme.

Respiré profundo y traté de calmar el galope de mis latidos. Necesitaba concentrarme.

Empujé la puerta en cuanto me sentí lista, pero en definitiva debía respirar unas cuantas veces más.

La estancia se encontraba ocupada con más personajes de los que me esperaba.

Dumbledore estaba sentado en su escritorio, justo frente a mí. Su mirada estaba seria y su mano negra oculta sobre su regazo. McGonagall, sentada en una de las sillas frente a Albus pero totalmente girada hacia mí, con el rostro rígido e irritado. Severus, de pie dándola la espalda a uno de los estantes repletos de cachivaches ruidoso, con las manos unidas tras la espalda, las piernas abiertas en A y una mirada que lanzaba cuchillas afiladas. Incluso con su aspecto demacrado tenía fuerzas suficientes para fulminarme hasta la médula.

Sostuve su mirada algo confundida, no sabía que hacer o decir ante este cuadro tan peculiar. Estaba confundida y por alguna extraña razón pensé que en sus ojos encontraría la respuesta a esto. Los vi llenos de ira y decepción. Me perdí en esos sentimientos por un momento, reavivando mis intenciones de consolarle.

Una tos gruesa llamó mi atención.

Conozco esa tos. - Pensé, alarmada.

Me viré con brusquedad y entonces lo vi, cerca de la entrada se encontraba Esteban, con sus ojos azules llenos de rabia y recelo, cautelosos y a la defensiva. Lo evidenciaba su pose de guerra, con los brazos cruzados sobre el pecho. Tragué en seco y luego tomé una gran cantidad de aire por la nariz.

Esto no era un simple "El profesor Dumbledore quiere hablar contigo", era una redada y al parecer Esteban y yo, habíamos sido cogidos.

Al fin mis amores, nuevo capítulo.

Este capítulo me gusta mucho porque se conoce un poco más sobre el pasado de nuestra chica, ¿enigmático verdad?

Debo confesar que la historia del nacimiento de Sérène estaba escrita desde hace muchísimo tiempo, hace más de un año, solo estaba esperando el momento oportuno para dar a conocer los orígenes de nuestra fénix, y este era el momento propicio.

Estoy muy contenta, así que espero que a ustedes les haya gustado tanto como a mí.

Es un placer escribir para ustedes.

Espero que no me maten por haber cortado el capítulo allí, lo mejor se viene después, y vaya que será candela.

Me despido, totalmente emocionada por el siguiente capítulo.

Claro, no sin antes agradecerles a todos los que se toman la molestia de pasar a leer, dejar sus reviews o seguir la historia y tenerla como una de sus favoritas, los adoro por eso.

Se les quiere, un millón de abrazos.