Hola chicas... aqui con otro cap, espero les guste... seria como un cap de dos partes sobre lo mismo... espero no quedarles a deber...

Saludos y besos a mis hermanas... las amo!

Disclaimer: Nada, nada, nada... nada es mio... bueno si... tengo mis propiedades...

Vivan los Sly!

Enjoy!

SOSPECHAS

Harry caminaba hacia el despacho del director, confundido por la urgencia del Anciano por encontrarse esa misma noche, pensando en que la audiencia terminara pronto, a fin de retirarse a descansar rápidamente. Aunque su semblante era por demás tranquilo, dentro de su cabeza, el barullo de ideas se mezclaba componiéndose en una sicofonía sin pies ni cabeza. Sobre todo el ruido, por encima de sus pensamientos sobre lo acontecido con Altair días antes, sobre los problemas con Voldemort y la recién descubierta sensación de bienestar que le producía la compañía siempre paciente de Luna, la sospecha sobre si Draco Malfoy era un mortífago o no le aguijoneaba la conciencia de cuando en cuando. Tendría que hablar muy seriamente con Dumbledore, a fin de transmitirle sus sospechas.

Sobre todo porque era Malfoy quien continuamente estaba en contacto con Altair, y eso, a su ver, era demasiado peligroso.

Dijo la contraseña en un murmullo, conteniendo la carcajada que amenazaba con escapar de su garganta. "Pastelillos de Fresa", dijo, sorprendido de que Albus Dumbledore utilizara semejante contraseña para la entrada a su despacho. Si no lo conociera, y supiera casi con exactitud la edad que cargaba en sus viejos hombros, hubiera pensado que era algo débil de mente.

La gárgola del águila comenzó a dar vueltas, revelando la escalera que se ocultaba detrás de ella. Subió con pasos cansados hasta la puerta, tocando suavemente para anunciar su llegada. Un sonido ahogado se escucho detrás de la misma, anunciando que ya le estaban esperando. Abrió la perilla con suavidad, introduciendo la cabeza por la estrecha abertura, hasta que sus ojos verdes enfocaron la alta figura enfundada en una túnica color lavanda, sentada detrás del escritorio del director. Unos ojos azules, chispeantes de diversión, le sonrieron detrás de las gafas de media luna.

Harry se introdujo por completo dentro del despacho, cerrando la puerta a sus espaldas. Camino hasta quedarse de pie frente al escritorio, esperando el permiso para tomar asiento. Albus Dumbledore le sonrió afablemente, poniéndose de pie mientras caminaba hacia su velador, abriéndolo y permitiendo que un antiguo pensador, depositado sobre su pedestal, saliera al exterior para facilitar el acceso a sus límpidas aguas.

-Señor, necesito hablarle-dijo Harry, un poco mosqueado por la actitud del director.

-¡Oh, pero claro Harry! Si, es necesario que hablemos… mientras tanto… ¿Caramelos de limón?-dijo el mayor, ofreciéndole un bol enorme repleto de dulces.

Harry tomo algunos, metiéndose uno a la boca y dejando los demás seguros en su bolsillo izquierdo, pensando en comerlos después. Suspiro quedamente, paladeando el dulce, mientras pensaba que definitivamente, esa noche iba a ser muy larga…

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Altair comía una porción de tarta de fresa, paladeando con lentitud el sabor cremoso de la misma, cuando un revuelo de túnicas rojizas entró como un bólido al Gran Comedor. Se había enterado de que ese día sería la selección para el nuevo equipo de Quidditch de Gryffindor, y más temprano en la mañana, que Harry había sido seleccionado como capitán de su equipo. Sonrió al pensar en lo divertido que iba a ser la selección. Con todos esos Gryffindors alrededor…

Del otro lado, en la mesa de los leones, Ronald Weasley comía como si fuera su último día en la tierra, mientras Hermione lo miraba con asco. Harry los observaba a ambos, pensando como era posible que fueran tan ciegos sobre si mismos. Suspiró quedamente, mientras deseaba con todas sus fuerzas una poción revitalizante. La reunión con Dumbledore se había extendido hasta altas horas de la madrugada, y entre eso y las pesadillas de Ron, había estado bastante ocupado.

De pronto, Ginny se impactó contra su costado izquierdo, haciéndole derramar su jugo de calabaza sobre su túnica de entrenamiento. Una risa ahogada se escucho del otro lado de salón, y cuando sus ojos buscaron al causante de ello, los ojos divertidos de Altair se cruzaron con los suyos, por encima de su copa de jugo. La sonrisa escapo de su boca, divertido por la situación, pero la misma se convirtió en una mueca cuando Malfoy se acercó a ella, abrazándola por detrás y haciendo que apartase sus grises ojos para mirarlo. El rubio le susurraba algo en el oído, mientras ella le sonreía divertida, negándose una y otra vez.

Volteo la mirada, molesto por la interrupción, encontrándose con la mirada marrón de Ginny Weasley, quien lo miraba fijamente, esperando.

-¿Y entonces?-dijo la pelirroja.

Harry la observo confundido, buscando en su subconsciente la pregunta hecha por la chica con anterioridad, pero al no encontrarla, sus mejillas se encendieron de vergüenza. Hermione, al ver el gesto de contrariedad de su amigo, lo rescato con una hábil jugada.

-Y bien Harry… ¿Ya has decidido cómo va a ser la selección?

Harry observo a Ron, quien lo miraba a su vez fijamente. Sabía de las intenciones del pelirrojo por entrar al equipo de Quidditch, pero si bien no era un excelente jugador, al menos tenía un espíritu envidiable.

-Ham… sí, ya tengo pensada una estrategia.

-Hermano, tienes que ayudarme a entrar al equipo… si tan solo compartieras conmigo un poco de esa poción…-dijo Ronald en un susurro, ante la furiosa mirada de Hermione.

Cuando ésta iba a replicar, una figura femenina cruzó frente a su campo de visión, mientras una voz por demás dulzona y fingida le hacía estremecer de rabia.

-Hola Ron…- dijo Lavender Brown con coquetería.

Ronald Weasley sonrió apenado, mientras su rostro adquiría el mismo color furioso de su cabello, huyendo de la mirada ansiosa de la chica, pero yendo a toparse con los marrones ojos que lo miraban como si quisieran asesinarlo. Observo confundido a Hermione, tratando de sostenerle la mirada, pues no sabia que había hecho ahora para que la castaña se molestara, fallando estrepitosamente al sentir como los ojos castaños se clavaban con fuerza en los suyos, para después vestirse de una máscara indiferente.

-Bueno… yo me voy, tengo que ir a…-

-¡La biblioteca!-dijeron los tres al unísono.

Hermione los observó impasible, recogiendo sus bártulos con rapidez y marchándose seguida de Ginny, quien trataba de hacer que la esperara, sin éxito.

-¿Y ahora que le pasa?-dijo Ronald, casi atragantándose de comida.

-No se…-murmuro Harry- pero en cuanto a la poción, no creo que sea justo hacerlo…-cayo ante los ojos azules que le rogaban con la mirada.

-Harry, por favor…-dijo el pelirrojo.

-Esta bien, pero solo unas gotas…- dijo el chico, haciendo el amago de echar unas cuantas gotas de Felix Felicis dentro de su copa de jugo de calabaza.

A lo lejos, la mirada grisácea de Altair, que había captado todo, se encontraba empañada por las lágrimas que contenía a duras penas, pues había recibido noticias nada alentadoras.

Él requería su presencia…

Y no sabía aún si volvería.

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En cuanto había pisado nuevamente las baldosas del castillo, Altair había respirado con alivio. Las manos continuaban temblándole, aunque ahora no tanto como cuando salió de la Mansión Malfoy. Había sido requerida únicamente para ser testigo de la manera cruel y sádica con la que varios mortífagos habían "interrogado" a uno de sus seguidores que habían traicionado a la causa. Pero lo que le había impactado había sido la manera tan perversa en que le habían torturado.

Bellatrix había sido la mano ejecutora, ensañándose con el hombre que se retorcía en el suelo, víctima de dos hechizos. Primero había sido un Sectumsempra, seguido de una tanda de Cruciatus que habían dejado en el suelo un enorme charco de sangre. Al final, el hombre ya ni siquiera gemía para cuando Naguinni, la mascota de Voldemort, decidió divertirse con él, mordiéndole con sus afilados colmillos.

Altair había observado solamente el principio de semejante atrocidad, pues había desconectado su cerebro, poniendo un hechizo sobre la máscara plateada, a fin de que sus ojos se vieran como si estuvieran atentos a la escena frente a ella, mientras cerraba los ojos con fuerza, hasta que había visto luces multicolores. Los gritos se habían colado por sus oídos, resonando en su mente como ecos, y las lágrimas habían aparecido en sus ojos, rozando los bordes, apenas contenidas a fuerza de voluntad. A su lado derecho, Theodore la había sujetado fuerte, mientras susurraba cosas que no lograban hacer que los gritos dejaran de escucharse.

Draco, a su lado, había volteado el rostro, clavando sus ojos en los de ella, sorprendiéndose al notar el hechizo en la máscara, mientras tomaba su mano izquierda, notando el temblor en ella. Las lágrimas habían salido finalmente de los ojos de la chica, mientras sentía la bilis regresando por su esófago hasta concentrarse en su garganta. Aguantó como pudo las arcadas, mientras obligaba a su estómago a contenerse. Fue una bendición no haber probado bocado desde el desayuno, donde después de recibir la noticia de su requerimiento, el hambre le había huido.

Se sorprendió cuando sintió algo rozar uno de sus pies. Abrió los ojos rápidamente solo para ver con terror como el hombre se había deslizado hacia sus pies, rozando con su mano ensangrentada, ahora convertida en un horrible muñón, el borde de su túnica oscura. Altair se mordió la lengua hasta hacerse sangre, mientras trataba con todas sus fuerzas de contenerse para no soltarse gritando y llorando. Del otro lado de la habitación, Bellatrix la observaba con sorna, sonriendo encantada por la escena frente a ella. Voldemort la observaba pensativo, sin apartar sus ojos de ella.

-Por… favor…-dijo el hombre en un susurro- no… caiga en… sus garras… debe… debe ayudar… al mundo mágico… es la única que…-

Un nuevo cruciatus se impactó contra su cuerpo, haciendo que se retirara. El cuerpo del hombre ya ni siquiera se convulsionaba, solamente la observaba fijamente con los ojos llenos de lágrimas. Altair, Theodore y Draco observaron el momento justo en que la vida se escapaba de su cuerpo, un hilillo de plata escapando de sus labios, perdiéndose en el cielo. Naguinni reptó hacia el, enroscándose alrededor del laxo cuerpo, encajando sus enormes colmillos en su rostro. Altair solamente había atinado a voltear el suyo, asqueada completamente por todo lo que veía.

Después, Voldemort había hablado y hablado, sin que ella realmente le pusiera atención, hasta que había sentido un tirón en su mano, regresando a la realidad para inclinarse levemente ante el siniestro ser que abandonaba la habitación, seguido muy de cerca por la mortífaga. Había sido prácticamente remolcada por Draco hasta la salida, pues sus temblorosas piernas no la sostenían, con los ojos firmemente cerrados. No los había abierto hasta que la brisa nocturna le había golpeado el rostro, trayéndole el aroma inconfundible de los árboles del Bosque Prohibido. Después, en un abrir y cerrar de ojos, se encontraba dentro del Castillo, caminando apresuradamente hacia las mazmorras, con el brazo de Theodore firmemente enroscado en su cintura.

Draco se introdujo hacia su Sala Común, mientras ella caminaba unos pasos mas allá, buscando oxigeno, sintiéndose sobrepasada por lo que había visto. Draco y Theodore intercambiaron una mirada preocupada. Theodore le indico con un gesto al rubio que el se encargaría, y se encamino hacia el pálido cuerpo que se encontraba apoyado contra la pared. Draco dirigió un último vistazo hacia ellos, preocupado por las consecuencias de lo vivido esa noche.

Mientras tanto, Theodore había apoyado sus brazos a los costados de la oscura cabeza, bajando la suya propia hasta chocar su frente con la de ella, intentando ver en la semi penumbra el brillo de los grises ojos que amaba. Las lágrimas brillaban en las pálidas mejillas de la chica, quien miraba hacia el frente, absorta en sus pensamientos. Theodore suspiro quedamente, atrayendo el menudo cuerpo hacia si, buscando apartarla del terrible recuerdo. Sintió los brazos de ella aferrandose a su cuerpo, y sintió, más que escucho, el desgarrador sollozo salir de sus tiernos labios.

Maldijo en su fuero interno a Voldemort con todas sus fuerzas, odiándolo con todo su ser por hacer sufrir a quien más amaba. La apretó mas fuerte contra si al sentir los espasmos en sus estrechos hombros, mientras sentía sus dedos clavarse como garras en su piel, haciéndole daño sin querer. Dejo que el tiempo transcurriera mientras ella se desahogaba, hasta que sus sollozos se convirtieron en pequeños suspiros. Quiso hablar para confortarla, pero en cuanto busco su rostro para enfocar sus ojos, los labios de ella le asaltaron la boca, dándole un beso profundo y cargado de sentimiento.

Se quedo pasmado al principio, sin saber que hacer, pero abandonándose segundos después a la sensación placentera que esos labios le proporcionaban. Era como si quisiera meterse dentro de él, algo que el comprendía muy bien, pues le pasaba a menudo con ella. Sus delgados brazos le rodearon, atrayéndole hacia si con ansiedad, mientras profundizaba el beso, abriéndose paso entre sus labios para enroscar su lengua con la de él. El correspondió a su pasión, sintiendo como de a poco comenzaba a perder la cabeza. De improviso, ella se separo de el, dejándole confundido por su actuación.

Le sonrió lentamente, con una sonrisa lánguida y sensual que el nunca había visto en sus labios. La vio caminar sobre sus pasos, de espaldas al pasillo pobremente iluminado, con una de sus manos rozando la rugosa pared a su paso, la mirada fija en sus ojos azules. Antes de perderse dentro de un aula en desuso, le sonrió con coquetería y diversión, mientras él sentía que la sangre en sus venas se calentaba hasta niveles insospechados. Camino rápidamente a su encuentro, quedándose de piedra cuando la vio sentada sobre una mesa, con las piernas cruzadas, erguida y sonriente, esperándolo.

Trago saliva ante la visión seductora frente a el, preguntándose levemente que seria lo que pasaba por su oscura cabecita. Camino hacia ella, deteniéndose a escasos centímetros de su cuerpo, colándose entre sus piernas cuando ella le dio el acceso, sorprendiéndose al notar la manera ansiosa con la que le sostenía las solapas de la túnica, haciéndolo inclinarse sobre ella para capturar sus labios. Internamente, Altair era un manojo de nervios, no sabia muy bien lo que hacia, solamente sentía que tenia que hacer algo que le quitara ese enorme pesar y el horror que sentía en su interior.

Y nadie mejor que Theodore podía hacerlo. El era el oxigeno que necesitaban sus pulmones, la sangre que corría como lava incandescente por sus venas, la brisa que tocaba su piel, el sol que arrancaba destellos azulados de su cabello, la energía que le ayudaba a su alma a vivir cada día. Theodore era su todo, su complemento, la parte que necesitaba para seguir siendo ella. Era la necesidad que despertaba cada vez que la tocaba, la sonrisa con la que amanecía aun antes de abrir los ojos, la consciencia de que ahí, en ese mundo rodeado de muerte y destrucción, había alguien además de sus padres, de Draco, alguien que estaba dispuesto hasta morir por ella. Exactamente igual que ella lo haría por el.

Presiono sus delgados labios sobre los suyos, demandando el beso que necesitaba con urgencia, aprisionando con sus largas piernas la afiladas caderas masculinas, entregándose a la sensación de calor que despertaba el tener tan cerca el cuerpo masculino, obstinada en tirar por la borda tantos años de educación materna. Deseaba desesperadamente a Theodore, pero no sabia como decirle que le necesitaba para llenar el vacío que sentía dentro de ella, un vacío que se llenaba a cuenta gotas con su amor, que ella misma recolectaba como un sediento recogiendo agua entre sus manos. Deseaba apagar el fuego que consumía sus entrañas, día a día, cada vez que el la besaba, que la tocaba. Un fuego que se había ido deslizando muy dentro de ella y ahora ardía alimentado por su amor.

Las manos comenzaron a retirar la tela que cubría la piel tan ansiada, mientras los labios buscaban dejar marcas en su palidez, buscando marcar su territorio. Ojos que se observan, empañados y oscurecidos por el deseo, labios hinchados, buscándose entre besos y mordiscos fieros, manos que tocan, acarician, desgarran, que tratan de sentir la piel debajo de la propia, que tratan de grabar la imagen de la piel que se desliza bajo su toque. Gemidos, jadeos, gruñidos, sinfonía que componen los amantes, que son y no son, que quieren ser y aun no pueden.

Theodore se perdió en la bruma del deseo que las caricias de Altair le proporcionaban. No era consciente de que ella ya estaba semi desnuda, con solamente la falda escolar, y por ultimo, la barrera que componían sus bragas. Altair observaba el pálido pecho desnudo, los músculos tirantes debajo de la piel brillante por el sudor. Seguía el camino del oscuro vello que se perdía debajo de la cinturilla del pantalón. Las manos le temblaban, pero no era de terror, era una necesidad tan grande como respirar. Ambos jadeaban sin dejar de observarse fijamente, como si fuera la primera vez que se veían. Ambos mirándose hambrientos, necesitados, como dos lobos al acecho. Con los ojos brillantes de desafío, desafiándose para ver quien seria el primero en dar el paso definitivo.

Fue Theodore quien se lanzo sobre sus labios, devorándolos con fruición. Pero fue Altair quien abrió sus pantalones y los deslizo por sus caderas. Theodore levanto su falda mientras habría más sus piernas, y ella bajó sus calzoncillos, deleitándose ante la visión de su miembro erguido, palpitando frente a ella y para ella. El aliento se perdió en el infinito mientras ambos se observaban fijamente, sabiendo que de ahí ya no podrían dar vuelta atrás. Theodore movió lentamente su mano hacia las blancas bragas, deteniéndose justo donde el calor se antojaba insoportable, acariciando con su dedo por encima de la tela. Altair gimió, los ojos grises oscurecidos clavados en los azules empañados, tratando por todos los medios de no cerrarse.

Ambos suspiraron al unísono, cuando Theodore jalo la fina tela y rompió las bragas. La barrera había caído. Y cuando el se posiciono con toda su magnitud en medio de sus piernas, la risa macabra del monstruo dentro de el le detuvo. Su cabeza comenzó a pensar nuevamente, y maldijo por ser tan débil. La observo ahí, dispuesta para el, y el conocimiento de que le deseaba tanto como él a ella, le dolió hasta el alma. Pero había hecho una promesa a un hombre de cabellos oscuros y ojos igual de grises que la muchacha que lo miraba confundida frente a el. Y tenia que respetarla.

-¡Maldición!-grito con todas sus fuerzas mientras se daba la media vuelta y se reacomodaba la ropa-¡Maldita sea!-

Esta vez Altair no dijo nada. La consciencia se abrió paso en su mente y cuando observo el alcance de lo que casi había hecho, se sintió avergonzada. Pero al mirar su espalda ancha aun desnuda, un nuevo ramalazo de deseo la acometió, y supuso que su actuación estaba justificada. Cerró los ojos para tratar de calmarse, rogándole a Circe que le ayudara, cuando una idea se formo en su mente, tan poderosa, que le robo el aliento.

Ella podía hacerlo, se dijo. Solo tenia que arreglarlo todo, y estaría hecho.

Sonrió ladinamente, mientras cambiaba su sonrisa por una de completa inocencia, cuando los azules ojos tan amados la habían enfocado, en busca de alguna angustia en su rostro. Sonrió mas ampliamente, ante la confusión del castaño, acomodando su ropa y bajándose de un salto de la mesa, mientras caminaba hacia la salida. Se detuvo en la puerta, mientras Theodore la miraba con la ceja enarcada.

-Y no traigo bragas…-murmuro divertida.

Theodore bufo divertido mientras caminaba hacia ella, sonriendo de medio lado, para tomarla entre sus brazos y besarla profundamente, murmurando contra sus labios:

-¡Impúdica!...-

Altair soltó una ligera carcajada, mientras le jalaba hacia si, para seguir besándolo…


Gracias mil por leer...