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(¸.•´ (¸.•` ¤ Capotulo 34

Albert y Dimitri regresaron durante la noche del 12 de septiembre, el primer día completo en que no habían tenido bombardeos. Habían vuelto de Dubrovka sólo por una noche: para recoger más hombres y más piezas de artillería de la guarnición.

Albert se presentó para gran alivio de la llorosa Karen, que no estaba dispuesta a soltarlo ni por un segundo, hasta el punto que se negó a ayudar con la cena. Dimitri se pegó a Candy de la misma manera que Karen se pegaba al teniente, pero a diferencia de Albert, que correspondía a los abrazos de Karen, Candy permanecía como un pato mareado y miraba en derredor con aire indefenso.

—De acuerdo, de acuerdo —decía, mientras intentaba con todo su empeño no mirar el pelo rubio y el cuerpo atlético de Albert, sin conseguirlo. Ver su figura sería su único consuelo. Tendría que pasarse sin sus abrazos.

Cuando Dimitri fue a asearse y Karen corrió a preparar el té, Annie comentó:

—¿Sabes una cosa, Candy? Tendrías que mostrar un poco más de interés por el hombre que está luchando por ti en el frente.

«Ya muestro mucho interés», pensó Candy, que apenas podía apartar la mirada de Albert.

—Tu prima tiene razón, Candy —dijo Albert, con una sonrisa—. Al menos podrías mostrar el mismo interés que Zhanna Sarkova, que, cuando pasamos por delante de su puerta entreabierta, estaba acostada en la cama con un vaso contra la pared.

—¿Eso hacía?

Albert cogió el fusil, descargó un culatazo contra la pared y gritó a voz en cuello:

—¿Conoces este chiste? Un hombre le enseña su apartamento a un amigo. El invitado le pregunta: «¿Para qué es esta enorme escupidera de latón?». El otro le responde: «Es la campana de mi reloj», y con un martillo le da un golpe tremendo.

Albert descargó otro culatazo contra la pared. De pronto, desde el otro lado se oyó una voz que gritaba: «¡Son las dos de la mañana, cabrón!».

Candy se rió con tantas ganas que tuvo un ataque de tos tan fuerte que Albert dejó el fusil y le palmeó la espalda.

—Muchas gracias, Candy —dijo, sonriente—. Estoy muerto de hambre. ¿Qué hay para cenar?

Para ir a la cocina Candy tuvo que pasar por delante de la mirada de Annie.

Frió dos latas de jamón con un poco de arroz, hirvió un paquete de fideos y puso a calentar una olla de caldo que una vez había tenido un trozo de pollo. Mientras cocinaba, Albert entró en la cocina para lavarse. Candy contuvo el aliento. El teniente se acercó a los fogones y levantó las tapas.

—Delicioso. Jamón, arroz, fideos. ¿Qué es esto? ¿Agua? De esto no me sirvas.

—No es agua, es caldo —le explicó Candy, en voz baja.

La cabeza del oficial estaba muy cerca de su brazo. Si se movía tres centímetros lo tocaría.

Sin soltar el aliento, se movió tres centímetros.

—Tengo mucha hambre, Candy. —Albert la miró, pero antes de poder decirle una palabra más, Annie entró en la cocina.

—Albert, te traigo una toalla. Karen dice que no tienes.

—Gracias, Annie. —Cogió la toalla y salió de la cocina.

Candy se quedó mirando el caldo, como si quisiera verse reflejada él. Annie se acercó a la cocina y miró el contenido de la olla.

—¿Contiene algo interesante?

—No, en absoluto. —Candy se apartó de la olla.

—Pues por aquí sí que hay muchas cosas interesantes—opinó Annie, mientras salía.

—¿Los combates son encarnizados? —preguntó Karen, cuando se sentaron a cenar.

—No, aunque resulte curioso —respondió Albert, que comía alegremente—. Fueron duros durante los dos primeros días, ¿verdad, Dimitri? Él lo sabe mejor que nadie porque estuvo dos días en las trincheras. Los alemanes intentaban ver si nos movíamos. Cuando comprobaron que no, dejaron de atacar. Según los informes de las patrullas de reconocimiento, por lo visto los alemanes están construyendo fortificaciones permanentes: trincheras y casamatas de cemento.

—¿Permanentes? ¿Eso qué significa? —quiso saber Karen.

—Significa que probablemente no vayan a ocupar Leningrado —explicó el teniente, con voz pausada.

La familia se alegró al escucharlo; todos excepto el padre, que estaba adormilado en el sofá, y Candy, que vio la vacilación en el rostro de Albert, una vacilación que no presagiaba nada bueno, una renuencia a decir la verdad.

—¿A ti te parece bien? —preguntó Candy.

—Sí —respondió Dimitri en el acto, como si él hubiese sido el destinatario de la pregunta.

—No, no me lo parece —manifestó Albert—. Estaba seguro de que lucharíamos —afirmó—. Luchar como hombres…

—¡Y morir como hombres! —le interrumpió Dimitri, que descargó un fuerte manotazo contra la mesa.

—Y morir como hombres, si fuese necesario.

—Habla por ti. Prefiero tener a los alemanes sentados en sus trincheras durante dos años hasta que Leningrado se muera de hambre que soportar sus disparos.

—¡Venga ya! —exclamó Albert. Dejó los cubiertos y miró a Dimitri—. ¿No crees que consumirnos en las trincheras es poco digno? Casi parece un acto de cobardía. —Miró a su compañero con una expresión desdeñosa, se llevó la servilleta a los labios y después buscó el vodka. Candy le acercó la botella.

—Nada de cobardía —afirmó Dimitri—. Es ser inteligente. Te sientas y esperas. Cuando el enemigo se debilita, tú atacas. Se llama estrategia.

—Dimochka, ¿no dirás en serio que los alemanes quieren matarnos de hambre? —preguntó la madre—. No lo has dicho en sentido literal, ¿verdad?

—No, no. Lo dije en sentido figurado.

Candy miró a Albert, que permanecía en silencio.

—¿Hay más vodka? —Dimitri levantó la botella casi vacía—Esta noche quisiera emborracharme.

Todos miraron al padre por un instante.

—Albert—dijo Candy con su voz más alegre. Le gustaba decir su nombre en voz alta—. Hoy se presentó Nina Iglenko para pedir un poco de harina y jamón. Le di de las dos cosas porque nosotros tenemos mucho. Se lamentó de haber sido tan poco previsora y…

—¡Candy! —le interrumpió Albert con un tono tan severo que ella se dejó caer en la silla. Su intuición no la había engañado. Él sabía demasiado pero no lo decía—. No se te ocurra darle ni un gramo de comida a nadie, por ningún motivo, ¿me entiendes? Ni siquiera a Nina Iglenko, por mucho que parezca estar más hambrienta que tú.

—Nosotros no pasamos tanta hambre —protestó Candy.

—Así es, Albert—intervino Karen—. Ya hemos pasado antes por las penurias del racionamiento. ¿Dónde estabas tú durante la campaña finlandesa del año pasado?

—Luchaba contra los finlandeses —replicó él.

Candy se preguntó por qué Karen nunca pronunciaba la palabra «guerra» y la transformaba en «campaña» o «conflicto». ¿Es que escribía propaganda para la radio?

—Karen, todos vosotros, escuchadme. Guardad la comida como si fuera lo único que os separa de la muerte, ¿de acuerdo? —añadió el teniente.

—¿Por qué tienes que ser tan serio? —preguntó Karen, enfadada—. ¿Qué se ha hecho de tu famoso sentido del humor? No nos vamos a morir de hambre. El ayuntamiento de Leningrado se encargará de proporcionar víveres para todos. No estamos totalmente rodeados por los alemanes, ¿verdad?

—Karen, hazme un favor. —Albert encendió un cigarrillo—Ahorra la comida.

—De acuerdo, querido. Tienes mi palabra. —Le dio un beso.

—Tú también, Candy.

—Muy bien. —«Querido»—. Tienes mi palabra. —Ella no lo besó.

—Albert, ¿durante cuánto tiempo bombardearon los alemanes Londres en el verano de 1940? —preguntó Karen.

—Cuarenta días y cuarenta noches.

—¿Crees que aquí bombardearán durante tanto tiempo?

Ésa era la pregunta que le interesaba a Candy, y ni siquiera tuvo que formularla.

—¿Nos vamos a rendir? —añadió Karen—. Lucharé contra los nazis en las calles de Leningrado si es necesario.

Candy pensó que era mucho decir, porque Karen era la primera en bajar al refugio todas las noches.

—No tendrás que luchar contra ellos, Kardn. —Albert sacudió la cabeza—. La guerra casa por casa no sólo es terrible para los sitiados, sino también para los atacantes. Las bajas son enormes, y mientras que nuestro amado líder no pone mucho interés en salvaguardar las vidas de sus soldados, Hitler demuestra un aprecio extraordinario por las vidas de la raza aria. No creo que arriesgue a sus hombres en la conquista de Leningrado. —Miró a Candy—. Creo que, después de todo, Dima verá cumplido su deseo —acabó con mal disimulado desaprecio.

Candy miró a Dimitri —despatarrado en el sofá, dormido o borracho, junto a su padre— y fue a buscar las tazas para el té.

—¿Será como en Londres? —preguntó Karen, con los ojos brillantes. Se echó hacia atrás el pelo liso—. Los alemanes bombardearon Londres, pero la gente seguía con su vida, había clubes y los jóvenes iban a bailar. Lo vimos en las películas. Todo parecía muy alegre. —Sonrió a Albert y le acarició la pierna.

—Karen, ¿acaso vives en Londres? —exclamó Albert, apartándose de la muchacha—. Para ti Londres está tan lejos como Marte. Ahora no tenemos salas de baile en Leningrado. ¿Crees que las abrirán sólo para el bloqueo?

En el rostro de Karen apareció una expresión agria.

—¿Bloqueo?

—¡Karen! Londres no estaba rodeada. ¿Comprendes la diferencia?

—¿Nosotros estamos rodeados?

Albert no se molestó en responderle.

La madre, Karen, Annie y babushka se apretujaban alrededor de la mesa, sin desviar sus miradas de Albert, todos excepto Candy que se encontraba en el umbral, cargada con las tazas.

—Estamos sitiados —afirmó sin mirar al oficial—. Por eso los alemanes se han atrincherado. No van a malgastar las vidas de sus soldados. Van a esperar a que muramos de hambre. ¿No es así, Albert?

—Ya he respondido demasiadas preguntas para una noche. Sólo os pido que no regaléis la comida.

—Albert, me han dicho que los alemanes están en el palacio Peterhof —comentó la madre, incrédula—. ¿Es cierto?

—¿Recuerdas cuando fuimos a Peterhof, cariño?—murmuró Karen, con la mano de Albert entre las suyas—. ¡Fue un día tan feliz! El último día libre de preocupaciones que tuvimos. ¿Lo recuerdas?

—Lo recuerdo. —Albert no miró a Candy.

—Nada ha vuelto a ser lo mismo desde aquel día maravilloso —señaló Karen tristemente.

—Mary White, Peterhof está en manos de los alemanes—dijo Albert en respuesta a la pregunta de la madre—. Los nazis se han llevado las alfombras del palacio para forrar con ellas sus trincheras.

—Cariño, quizá Dimitri tenga razón. —Karen bebió un trago de té—. Hay tres millones de personas en Leningrado. Son demasiadas para sacrificarlas, ¿no te parece? ¿El mando de Leningrado ha considerado la rendición?

Albert miró a Karen. Candy intentó descifrar la expresión de sus ojos.

—Me refiero a que si nos rendimos…

—Nos rendimos, y después ¿qué? —exclamó Albert—.Karen, a los alemanes no les somos de ninguna utilidad. Desde luego que a ti sabrán en qué emplearte. ¿Has leído lo que han hecho en el campamento ucraniano?

—Intento no saberlo.

—Yo sí lo sé —murmuró Candy.

—Dimitri pensó durante un tiempo que quizá sería una buena idea convertirse en prisionero en un campo alemán. Hasta que se enteró de que los nazis fusilaban a los prisioneros, saqueaban e incendiaban los pueblos, mataban al ganado, arrasaban los graneros y exterminaban a todos los judíos, mujeres y niños.

—Pero primero violaban a todas las mujeres —señaló Candy.

Karen y Albert la miraron, asombrados.

—Candy, por favor, pásame la mermelada —dijo Karen.

—Sí, y no leas tanto, Candy —le aconsejó Albert en voz baja, con la mirada puesta en la taza de té.

Karen se sirvió varias cucharadas de mermelada.

—Si estamos sitiados —preguntó—, ¿cómo harán para traer comida a Leningrado?

—Tenemos comida en abundancia —afirmó la madre—Hemos hecho una buena provisión.

—No lo sé, mamá —replicó Karen—. Creo que en esto le doy la razón a Dimitri. Tendríamos que rendirnos.

Albert miró apenado a Candy, y meneó la cabeza.

—No. ¿Me equivoco, Candy? «No flaquearemos. Seguiremos hasta el final… Lucharemos en los mares, en los océanos y en el aire… Defenderemos nuestra isla cueste lo que cueste».

—«Lucharemos en las playas» —continuó Candy con tono decidido, con la mirada puesta en Albert—. «Lucharemos en los campos y en las calles… Lucharemos en las colinas… Nunca nos rendiremos». —Vio que le temblaban las manos—. Churchill.

—Escucha, Churchill, ¿por qué no nos preparas un poco más de té? —dijo Karen, con un tono agrio.

Annie fue con Candy a la cocina para ayudarla a preparar el té y fregar los platos.

—Candy, en toda mi vida no he conocido a nadie más tonto y obtuso que tu hermana.

—No sé a qué te refieres —replicó ella.

Unos pocos días más tarde, Candy y Karen hicieron un recuento de las provisiones que les quedaban, la mayoría de las cuales las había comprado Candy con la ayuda de Albert, el día que había estallado la guerra, una fecha que ahora parecía muy lejana, como si perteneciera a otra vida, a otra era. Dos meses atrás, y no obstante perdida totalmente en el pasado.

En el presente, los White disponían de cuarenta y tres kilos de jamón, nueve botes de tomates y siete botellas de vodka. Candy sorprendida, recordó que tenían once botellas cuando habían bombardeado los almacenes Badaiev hacía ocho días. El padre debía estar bebiendo en secreto.

Tenían dos kilos de café, cuatro kilos de té y diez kilos de azúcar repartidos en treinta paquetes. Candy contó quince latas de sardinas ahumadas. También había cuatro kilos de cebada, seis kilos de avena y diez kilos de harina.

—Parece mucho, ¿verdad? —opinó Karen—. ¿Cuánto crees que durará el asedio?

—Según Albert, hasta el final.

Tenían siete cajas de doscientas cincuenta cerillas cada una.

La madre dijo que también contaban con novecientos rublos en metálico, suficiente para comprar comida en el mercado negro.

—Vamos a comprar lo que podamos, mamá —propuso Candy—. Ahora mismo.

Las dos hermanas y la madre fueron a una tienda, que habían abierto en agosto en Oktabrski Rayon, cerca de la catedral de San Nicolás. Tardaron una hora en llegar hasta allí a pie y se quedaron boquiabiertas al ver los precios de los productos en las estanterías. Había huevos, queso, mantequilla, jamón e incluso caviar. Pero el azúcar costaba diecisiete rublos el kilo. La madre se echó a reír y sin dudarlo caminó hacia la salida. Candy tuvo que colgarse de su brazo para detenerla.

—Mamá, no seas tacaña. Compra la comida.

—Suéltame, idiota —le ordenó ésta, furiosa—. ¿Me crees tan tonta como para comprar azúcar a diecisiete rublos el kilo? Mira el queso, diez rublos los cien gramos. ¿Se burlan de nosotras? —Miró al empleado y le gritó a voz en cuello—:¿Se burlan de nosotras? ¡Por eso aquí la gente no hace cola como en las tiendas decentes! ¿Quién comprará comida a estos precios?

—Si no van a comprar, ya pueden marcharse —replicó el empleado.

—Claro que nos vamos.

Candy no se movió.

—Mamá, ¿recuerdas lo que nos dijo Albert?

Sacó los rublos que había ahorrado del sueldo de la Kirov y el hospital. No era mucho. Sólo le pagaban veinte rublos a la semana, y diez se los daba a sus padres. Pero había ahorrado cien, y con ese dinero compró un saco de harina de cinco kilos por cuarenta rublos («¿Para qué querernos más harina?»), cuatro paquetes de concentrado de carne por diez rublos, un paquete de azúcar por diecisiete y un kilo de jamón en lata por treinta. Le quedaban tres rublos y preguntó qué podía comprar con ese dinero. El empleado le respondió que una caja de cerillas, medio kilo de té o dos barras de pan viejo que podía tostar. Candy se lo pensó y se decidió por el pan.

Dedicó el resto del sábado a cortar el pan en rebanadas que tostó en el horno, mientras sus padres e incluso Karen, se reían de ella.

«Se ha gastado tres rublos en pan viejo, y ahora lo está tostando. ¡Cree que nosotros lo comeremos!». Candy no les hizo caso, con la mente puesta en las palabras que le había dicho Albert en el economato del ejército: «Compra comida como si no fueras a verla nunca más».

Aquella noche, la madre le contó la historia a Albert.

—Mary —dijo el teniente—, tendría que haber gastado hasta el último kopek de sus novecientos rublos en pan viejo. Lo mismo que Candy.

«Muchas gracias, Albert», pensó Candy. Estaba en el otro extremo de la habitación con la familia al completo. No lo había tocado en días. Intentaba con todas sus fuerzas mantenerse apartada, tal como él le había pedido.

—No me criaron para pagar diecisiete rublos por un kilo de azúcar —afirmó la madre—. ¿No es así, George?

George dormía en el sofá. Una vez más había bebido demasiado.

—¿No tengo razón, mamá?

—Quizás, Mary —respondió babushka Pony, sin interrumpir su trabajo de pintura—. Pero ¿qué pasará si resulta que Albert es quien tiene la razón?

CONTINUARA