Capítulo 34
Celos y aclaraciones
—Es extraño. No me siento completa—soltó Bellatrix, después de unos cuantos minutos en silencio.
¿Cuánto habían permanecido así…calladas, sentadas, una junto a la otra, respirando solo el fresco roció de la madrugada?
La noche estaba completamente despejada, a comparación del último viernes que Hermione había ido a Luciole.
Las estrellas tintineaban, haciendo imposible no fijarse en ellas y en lo perfecto que se veía el cielo nocturno.
—¿A qué te refieres?—preguntó la castaña, sin dejar de mirar hacia arriba.
—No lo sé, no me siento parte de esta vida—dijo, mordiéndose el labio y con gesto pensativo.
—¿Por qué dices eso?—quiso saber, con real curiosidad.
Inevitablemente, sus ojos buscaron los de Bella, sentada a su lado.
—Esta noche he tenido una experiencia bastante alarmante, y me ha hecho preguntarme si soy realmente lo que creo ver en el espejo.
—¿Qué ha pasado?
—Una hermosa chica se me acercó en la fiesta….
¿Fiesta? ¿Hermosa chica? ¿Desde cuándo a Bellatrix le gustaban las mujeres de manera romántica? ¿Había ido a una fiesta? y se supone, ¿que habían festejado? Su ceño, se había fruncido a más no poder y sin darse cuenta, la observaba con un gesto de claro reproche.
—Y en lo único que podía pensar, era en hacerle daño—finalizó, avergonzada de sus pensamientos.
Hermione no dijo nada. La Bellatrix que conocía, muy lentamente estaba saliendo a la luz. Pero a pesar de que sabía lo que significaba, no se encontraba nerviosa por estar a su lado y compartir esa charla. Quería estar ahí, a pesar de estar destrozada por dentro.
Era descabelladamente contradictorio.
—Y a ti, ¿qué te ocurre?—preguntó la azabache, intuyendo que algo escondía.
—Me he enterado que una amiga me traicionó—se le ocurrió decir para no delatarse.
No era del todo mentira, se sentía realmente dolida por lo de Ginny, pero en realidad no era ese asunto lo que rondaba su mente, en ese momento.
—La traición duele, más si viene de una persona querida—razonó Bella, en voz alta.
—Así es—asintió—. Cuéntame más de esa chica—pidió, sin poder contenerse.
Necesitaba saber el contexto. Era ridículo, pero se sentía enervada. Con lógica o sin ella, necesitaba una explicación.
—Se llama Clara—contó, con una sonrisa imperceptible, que en la oscuridad de la noche, poco se podía apreciar—. Rubia, de ojos marrones intensos…muy bonita.
—Ya veo—dijo, desviando la vista—. ¿Vive aquí, en Luciole?
—No, pero viene con frecuencia—mintió, mordiéndose la lengua.
Bella no tenía idea si la muchacha venía seguido o no, pero quería saber cuál era la reacción que generaba si mostraba un poco de interés.
—Bien, ya fue suficiente, saltéate la parte de Clara, la rubia.
—De acuerdo—accedió, aguando la risa—. Recordé el nombre de mi madre—contó, cambiando de tema y entrelazando sus manos—. Sé qué no debo forzar mis recuerdos, pero es frustrante. Tengo la imperiosa necesidad de confirmar que esta no soy yo.
—Así, justo así…desearía que fueras tú—se le escapó.
Bella quedó congelada por unos segundos. Sentía unas cosquillas, de pies a cabeza y a su vez, eran las palabras más tristes que había escuchado.
—No menciones nada, por favor. Cambia de tema de nuevo—suplicó Hermione, sin mirarla y queriéndose morir por no haberse aguantado.
El incomodo silencio, se extendió unos segundos.
—Hay algo extraño con tu abuelo…—se le ocurrió decir a la azabache, todavía shokeada.
Dímelo a mí, pensó, rodando los ojos.
—Me ha dicho que no conoció a mis padres, ¿cómo es eso posible? No lo comprendo—dijo, tratando de encontrarle la lógica, pero inútilmente.
¿Hasta cuándo duraría la mentira? Bellatrix, no demoraría en recuperar sus recuerdos. ¿Qué pasaría con ella cuando eso ocurriera? Estaba preocupada aunque tratara con todas sus fuerzas de no estarlo.
—Lo sé, tú tampoco me dirás nada—habló Bella, después de ver que Hermione no le aclararía ninguna de sus dudas.
Hermione, lo único que tenía bien en claro, era que por más que su cerebro le dijera que no tenía por qué estar ahí, que dejara todo el sufrimiento atrás, su corazón se negaba rotundamente a obedecer.
Buscó su mirada, entre la oscuridad del porche, y dejándose absorber por esos ojos negros, incluso más que la misma noche, se prometió no sufrir más.
Ya había sido suficiente….debía aclarárselo ahora, no esperaría ni un segundo más.
—Yo jamás podría estar contigo—le dijo, sin dejar de mirarla.
Bellatrix la observó con el ceño fruncido. Hizo el amago de hablar, pero cerró su boca antes de emitir sonido, y levantando sus cejas, volvió su vista hacia las estrellas.
—Discúlpame, si es que fui muy directa, pero….
—No te preocupes—dijo, después de unos segundos y con su rostro endurecido—. Solo me gustaría recordar qué fue lo que te hice para que me lo aclares de esa manera.
—Mejor no lo recuerdes.
—Solo respóndeme una cosa—pidió.
—¿Qué?
—No era una buena persona, ¿no?
—No, no lo eras—contestó, sin mentirle.
Bella asintió cómo procesando la nueva información y guardó silencio. Ya lo sospechaba, lo sentía vibrar dentro de su cuerpo como un animal furioso esperando la oportunidad de escapar, pero confirmarlo por boca de alguien más, había sido la firma que había estado esperando.
Por más de media hora, ninguna de las dos dijo nada.
El amanecer, ya se podía apreciar a la distancia y de apoco, las hermosas estrellas fueron desapareciendo.
—¡Mira! ¡Una luciérnaga!—exclamó Bella, señalando en una dirección.
Hermione abrió los ojos como platos.
Una diminuta luciérnaga voló hasta posarse, con gracia, en la mano de Bella, mientras que esta, la observaba fascinada.
—Son bellísimas, ¿no te parece?—le preguntó—. De niña me encantaban—y a penas terminó de decirlo, quedó muda por el repentino recuerdo.
Hermione se puso alerta de inmediato y sin mover un musculo, esperó, prudente.
—¿Qué recordaste?
—Estar en un jardín, rodeada de ellas—contestó, observando su mano, embelesada.
Que hermosa coincidencia, pensó la azabache, sonriendo para sus adentros.
—Sí, son bellísimas—concordó la castaña, retomando la conversación, visiblemente más relajada.
El animalito, se elevó de la mano de Bella y comenzó a alejarse, tintineando su suave color ámbar.
Fue curioso, a Hermione le dio la impresión, que al llegar a la casa de Antoine, la luciérnaga se había esfumado. Se fijó unos segundos más, y efectivamente, había desaparecido.
¿Qué posibilidades había que fuera la luciérnaga de sus continuos sueños? Por supuesto, que ninguna, se dijo, desechando tal incoherencia.
Si hubiera sido así, lo más lógico hubiera sido que se posara en mi mano, no en la de ella, razonó.
¿A Bellatrix le gustaban las luciérnagas? Algo curioso, considerando los hechos.
Simplemente, había sido todo una extraña y loca casualidad.
—¿Grimmauld Place? ¿Te parece correcto? ¿Por qué no barajamos otras opciones? No lo sé, no me parece buena idea.
—Piénsenlo, es un lugar que para ella será familiar. Tiene protecciones infranqueables. Es ideal.
—Si fuera de nuestra propiedad, pero no lo es—escupió Igor.
—Es verdad, si decidimos que ese es el lugar adecuado, tendremos que pedir permiso para su alojamiento—dijo Antoine, apoyando su bastón sobre sus cansadas piernas.
—He pensado en eso, Harry Potter, es el propietario. Tendré que tener una conversación con él—aceptó Albus, razonando en voz alta e ideando mentalmente su futuro pedido—. No se negará—aseguró convencido de sus palabras.
—Me parece una locura. Confinarla, ¿hasta cuándo?—preguntó el búlgaro, con gesto osco—. Para eso, era preferible entregarla a Azkabán, desde un comienzo.
—Permíteme estar en desacuerdo, Igor. Le hice una promesa a Lucius Malfoy, y después de los eventos que los tres conocemos, es mi responsabilidad, no puedo desligarme.
—Albus tiene razón. Azkabán, jamás será una opción. Principalmente porque para el mundo mágico, Bellatrix Lestrange, falleció—apoyó Antoine.
—Es un riesgo que continúe en Luciole. Además el lugar será más accesible. La señorita Granger, ya no tendrá la necesidad de trasladarse, y para nosotros será más seguro tenerla allí—explicó el director de Hogwarts.
—No lo sé, sigue sin agradarme la idea—insistió Igor, torciendo el labio—. Enloquecerá, sus recuerdos volverán más rápidos de lo planeado.
—Que enloquezca, es inevitable. La idea es controlar su locura hasta que….bueno ya lo sabemos—le habló Antoine, aceptando una galleta de jengibre del plato que Albus había colocado sobre la mesa, al inicio de la reunión.
—Sí, él volverá—aseguró Dumbledore.
—Exacto. Debemos asegurarnos que suceda, antes de que él regrese—finalizó el anciano, al costado de Dumbledore.
—Antoine, serás su cuidador hasta que acabe—dio por sentado.
Él sólo asintió, conforme. Era su deber y lo cumpliría con gusto.
—Si la trasladan, mi misión está cumplida, ¿no es así, Albus?—quiso cerciorarse Igor.
—Efectivamente, tus servicios terminarían ese mismo día.
—¡Gracias al cielo!—exclamó, aliviado de tanto enredo y secretos—. Pero agradecería que me mantuvieran al tanto.
—Por supuesto—contestó.
—Bueno, si me disculpan, tengo una esposa que me espera—dijo, colocándose su tapado y aproximándose a la estufa.
—Gracias por acudir a mi llamado—agradeció, complacido.
—No tenía opción, ¿o sí?—ironizó, estrechando la mano de ambos hombres—. ¿Cuándo la trasladaran?
—Si nada se interpone, mañana mismo—informó.
—Perfecto. Llegaré a Luciole en la mañana…ahí nos vemos, Antoine—dijo cabeceando.
El búlgaro ingreso en las llamas y desapareció feliz de terminar, mañana mismo, con sus servicios.
—Yo también debo regresar.
—Buenas noches, mi muchacho—se despidió Albus, levantándose al mismo tiempo.
Antoine se sonrió, a medida que se levantaba del asiento con ayuda de su bastón.
—Ya no soy un muchacho—dijo, con cariño—. Hace muchos años que dejé de serlo.
—El tiempo es sólo eso…tiempo, y para mis ojos, que por cierto, son mucho más viejos que los tuyos, serás siempre el mismo insolente e irrespetuoso, pero leal muchacho , mi querido Antoine—replicó, con picardía.
—Eso sólo lo puedes decir tú—dijo riendo, a la vez que se adentraba en las llamas para desaparecer de la oficina.
Ser Slytherin no te destina a ser mala o buena persona. Y un corazón más puro que el de Antoine, la casa de las serpientes, jamás verán sentarse en su mesa, pensó el director de Hogwarts, quitándose lo anteojos para regresar a sus aposentos y descansar, por lo menos, un par de horas.
Albus, subió las escaleras, al costado de su oficina y girándose antes de ingresar a la habitación contigua, preguntó en voz alta:
—¿Tú qué opinas?
El habitante del cuadro, sonrió e infló el pecho de puro orgullo.
—Como supuse, viejo amigo…como supuse.
Comenzaré contando que mis perrihijas están enormes y hermosas. Por suerte salió todo bien, y no hubo complicaciones. Ya comen solas, aunque siguen tomando mamadera, por las noches, jeje.
Ya lo sé, esa reunión entre Albus, Igor y Antoine, dejó más dudas que respuestas, jaja. No puedo evitar enredar las cosas, más de lo que ya están … :)
Como siempre, gracias por leer y por supuesto, comenten. Abrazos.
Steph: Ahora con este capítulo, seguro tendrán tantas preguntas, como las que me hice yo al escribirlo, jaja
Karla: Me alegra el día saber que mis historias son leídas y gustan.( Cara de sonrisa feliz, jaja)
Lizi: Pronto, prontito. Por ahora es una dulce con tendencias psicóticas, pero en breve sólo será la verdadera Bellatrix.
