36. Su yo.

-¿No crees que es extraño que nadie de tu familia nos haya llamado?- preguntó Bella.

Edward no le contestó de inmediato, si no que cuando llegó a su altura - sentada en el asiento del copiloto del Volvo con las puertas abiertas en el aparcamiento de una cafetería de carretera - limpió la boquilla de la lata de refresco que acababa de comprar con el pico de su camisa para abrirla y antes incluso de dar él un sorbo se la tendió a Bella. Ella la aceptó, dio dos tragos pequeñitos y se la pasó de vuelta a Edward que la imitó.

-Nos están intentando dar algo de intimidad aunque parezca irónico cuando seguramente Alice está mirando- dijo divertido- Bebe más- añadió tendiéndole la lata de refresco de nuevo.

Bella la volvió a tomar y a repetir sus dos sorbitos de rigor porque aunque el desayuno le había sentado de maravilla y no se había vuelto a marear, no quería estropear el viaje de vuelta a casa por excesos de líquidos en su estómago.

Habían salido temprano de Seattle y esta esa era su tercera parada. Seguro que Edward lo tenía todo controlado porque la primera vez fingió que había tomado la salida de la autopista errónea que les llevó a un área de descanso, en la siguiente quiso parar para echar gasolina cuando el depósito no estaba ni mediado y ahora le había urgido usar el cuarto de baño y ni siquiera había cruzado la cafetería hacia el aseo de caballeros.

-¿Te apetece que comamos algo? Tenían unos sándwiches muy buenos- insistió- Casi es hora del almuerzo.

-Estoy bien- repitió pesadamente- Tan bien que incluso puedo conducir.

-Seguro- murmuró para soltar una carcajada.

Le dio un sonoro beso en la frente, tomó la lata para darle el último sorbo y tras arrugarla la tiró a modo de canasta en la papelera más cercana. Sonriendo a su puntería, le hizo una señal a Bella para que metiera las piernas dentro y cerrar la puerta, para después rodear el coche y tomar asiento. Le dijo que se pusiera el cinturón y hasta que Bella no obedeció no puso en marcha el motor para salir del aparcamiento e incorporarse de nuevo a la carretera.

-Sólo quedan unos kilómetros- observó- Estaremos en la Mansión enseguida. Podrás incluso echarte una siesta antes de que Esme te lleve de vuelta a casa de tu padre.

Aunque había fruncido el ceño y ahora estaba con los brazos cruzados mirando al paisaje que se sucedía delante de la ventanilla, se revolvió lo que hizo a Edward levantar una ceja para volver a reírse.

-¿Qué?- preguntó en otra risa.

-Que no estamos en 1918, ¿sabes? Puedo conducir un coche aunque esté embarazada. Y ya que vamos a compartirlo todo en menos de seis semanas, creo que deberíamos empezar por el volante en los viajes largos.

Edward se echó a reír de nuevo lo que sirvió para que Bella volviera a cruzar los brazos e incluso a bufar mientras murmuraba por lo bajo para mirar por la ventanilla como si él no estuviera ni presente, así que intentó disimular el divertimiento con un carraspeo y le apretó la pierna cariñosamente para captar su atención.

-Doy una y mil gracias porque no estemos en 1918, o si no tu padre me habría retado a un duelo por haber deshonrado el nombre de tu familia- se volvió a reír- Aunque, pensándolo bien, no sé quién deshonró a quién.

-Muy gracioso- reprochó Bella- Lo dices como si siempre lo hubiera tenido planeado, como si hubiera sido un deliberado acto de seducción. Así que quizás no debería de recordarte lo que querías hacer ayer- añadió Bella.

Edward se volvió a reír con mejillas encendidas para repetir el apretón en el muslo:

-Sé que eres totalmente capaz de hacer un montón de cosas, amor. Probablemente más que yo: no solamente estás sacando unas notas insuperables cuando es totalmente comprensible que estuvieras distraída, si no que estás cuidando de tu padre y llevando una casa después de indisponerte cada mañana. Así que si conducir para que no te canses es lo único que puedo hacer por ti, por supuesto que lo haré.

Meneando la cabeza y olvidando el momentáneo enfado, Bella sonrió para tomar la mano de su muslo y entrelazarla imaginándose la escena: A Edward en ropa de época, lo mismo que su padre donde curiosamente su bigote estaba peinado hacia arriba caminando pasos contados separándose uno del otro en el jardín trasero de su casa empuñando un revolver de pólvora. Sí, menos mal que vivían en esta época porque de saber el motivo de su visita a Seattle o por qué no estaban en la fiesta de pijamas en la Mansión a Charlie le serviría con perseguir a Edward con su pistola paralizadora.

-¿Pensarás eso mismo cuando me vea desbordada de llantos y cólicos nocturnos?

-No veo como eso vaya a ser posible. Serás una madre estupenda, Bella. Ya lo eres. La mejor. Sólo espero estar a tu altura.

¿A su altura? Era de risa. Haría latir de nuevo su corazón, esta vez por los dos: por ella y por su pequeño renacuajo.

-¿Quieres que les contemos a todos los bonitos nombres que se te han ocurrido o prefieres esperar?- añadió Edward- Aunque ello implicará que Esme y Rosalie empezarán a bordar su ropita en cuanto conozcamos el sexo.

-Alice ya lo sabe. Seguro que antes incluso que lo decidiera completamente. Ayer mientras me probaba el vestido de novia dijo que sabía que descubriría el modo de que tuvieras a tus padres biológicos presentes. Así que probablemente ya sea del dominio de toda tu familia.

Edward sonrió de nuevo tomó su mano para besársela sonoramente y después se la soltó para centrarse en la conducción a la par que pasaban el cártel de Bienvenida a Forks. Subió el volumen de la radio y empezó a tararear la canción que sonaba - un clásico de los 50 que Bella no había escuchado antes - mientras movía la cabeza diciendo que de todas las épocas en las que había vivido, sin duda, esa había sido la mejor, musicalmente hablando.

Bella volvió a mirar por la ventanilla, pensando. Pensando en el echo de que Edward tuviera más presente a sus padres biológicos dado que el gesto de los nombres que se le habían ocurrido le había hecho tan feliz. Quizás podía planear un viaje a Chicago. Nunca le había contado que hubiera vuelto o que los Cullen se hubieran mudado allí tras su transformación, sólo le sonaba que hubieran vivido en Rochester al encontrar a Rosalie después entre Alaska y Washington, así que sería un bonito regalo.

¡Claro! Él lo tenía todo planeado para la luna de miel, de la que no se le escapaba ni palabra y ella podía hacer algo igual de especial. Le pediría ayuda a Alice. Y a Carlisle y a Esme. Seguro que incluso podían darle datos que ella no conocía para traerle de vuelta a sus orígenes. No olvidaría su 18 cumpleaños por inexcusables razones, pero con esto sería aún más memorable.

Sin simular la sonrisa y ansiosa más que nunca por bajarse del coche, miró hacia la Mansión que emergía entre la vegetación a medida que se acercaban, tan majestuosa como siempre. Seguro que Alice ya estaría esperándola en el porche, dando saltitos como un torbellino, excitada ante la idea que se le acaba de ocurrir o pidiéndole que le dejara escoger el color del dosel de la cuna o cualquiera de las locuras y extravagancias de Alice.

-Que raro…- murmuró Edward.

Bella salió de su ensoñación momentánea y le miró extrañada sin saber a qué se refería.

-Está todo apagado- señaló la Mansión.

Bella frunció el ceño. Era cierto. Alice no estaba en el porche y las luces que iluminaban el camino estaban apagadas, lo mismo que la de la entrada al garaje o las del hall. Era un día oscuro y nublado y aunque cualquier habitante de esa casa no necesitaba de claridad para no tropezarse, desde que Edward era humano y en todas las continuas visitas de ambos a la casa, las luces jamás habían estado apagadas. Y el coche de Carlisle no estaba fuera, como cada fin de semana, ya que siempre hacía el turno de noche.

-¿Habrán salido de caza?

-¿Todos a la vez? No lo creo. Quizás haya habido tormenta y no hayan saltado los generadores de emergencia. Aunque no huele como si hubiera llovido tanto.

-¿Huele?- repitió Bella con una risa- ¿Ahora puedes oler la lluvia? ¿Es algún poder remanente, como el leerle los pensamientos a Jacob y a los quileutes, o a mí?

-La lluvia huele- reprochó Edward frunciendo el ceño- Deja ese olor a tierra mojada y a musgo. Lo mismo que el rocío de la mañana sobre los helechos. Además, no sé por qué te ríes. Tú decías que podías oler la sangre.

-Y puedo, incluso ahora más- le dio un codacito divertida- con mis súper poderes olfativos hormonales del primer trimestre de embarazo. ¿Cuál es tu escusa?

En una nueva carcajada, Edward se quitó el cinturón de seguridad para que Bella le imitara tras dejar el coche aparcado delante de los portones del garaje y se bajó por su lado para que, como siempre, rodear el coche y abrirle la puerta a Bella. La tomó de la mano, se hizo también con su mochila y la bolsa de viaje y así caminaron hacia la puerta donde se topó con ella cerrada, casi de bruces.

Tuvo que soltarla a la par que se miraban extrañados el uno al otro, porque excepto la noche de Año Nuevo, cuando les dejaron solos para ir a luchar con los neófitos, la puerta de la Mansión de los Cullen, jamás había estado cerrada con llave. ¿Para qué? Ningún ladrón llegaría a tanta distancia del pueblo cruzando un bosque tenebroso, más cuando los habitantes de esa casa podían olerle y oírle a varios kilómetros de distancia.

-Esto es muy raro- dijo Bella a media voz.

-Será por el apagón, no te preocupes- respondió Edward.

Sacó su llave junto a la de seguridad del coche y abrió para que le recibieran los pitidos de la alarma. En dos zancadas la desbloqueó y encendió la luz - desechando entonces la teoría del apagón - , mostrando todos los rincones del recibidor.

Vale, él también estaba preocupado, y cada vez más. ¿Qué pasaba allí? ¿Dónde estaba Alice revoloteando, Rosalie taladrándole con la mirada o Esme emocionada ante la posibilidad de poder ver la primera imagen ecográfica de su pequeño feto de seis semanas? O Carlisle. Tenía que decirle que su amigo había sido realmente amable y que de no ser por qué no pondría la vida de Bella y de su bebé en manos de nadie en quien confiara más, le hubiera preguntado en ese mismo momento si tendría un hueco a principios de diciembre para asistir un parto.

Para liberar tensión dejó el equipaje en el sillón del hall, le pidió a Bella su chaqueta para colgarla junto con la suya en el perchero y tomándola de nuevo de la mano, cruzaron hacia el salón.

-¿Hola? ¿Hay alguien?- exclamó sintiéndose completamente ridículo.

Era absurdo, muy absurdo. Los habrían olido prácticamente desde la última parada. Y Alice les llevaría observando desde que se despidieron la mañana anterior.

-Edward…

Bella se tensó y su mano prácticamente se quedó helada, lo mismo que su mirada que apuntaba a un sitio exacto del salón. A un hueco donde normalmente había algo, voluminoso que llenaba una de las esquinas.

Su piano. No estaba.

Soltó a Bella y caminó hacia el centro del salón, dando vueltas incluso sobre sí mismo. Conocía cada palmo de aquella habitación aunque fuera enorme. Cada textura, cada poro, cada esquina, cada rincón. No había cambiado mucho desde que era vampiro y podía oler cada material y podía colocar cada cosa en su sitio correcto con los ojos cerrados. Eso ayudaba el orden y la pulcritud con su exquisito gusto y estilo de Esme al decorarla. Cada libro, cada foto, cada recuerdo del pasado…

La estantería junto al equipo de música también estaba vacía. En el lugar donde normalmente estaban sus CDs ahora había unos jarrones con flores frescas. Lo mismo que sobre la chimenea, en el lugar donde estaban las fotos familiares, ahora había unas pinturas antiquísimas al óleo.

-¿Qué es lo que pasa, Edward?- dijo una voz temblorosa a su espalda- ¿Dónde están tus cosas?

Se giró hacia Bella con ojos desorbitados cuando se percató que ella también se había dado cuenta. Claro, ¿cómo no iba a dársela? Cuando la llevó por primera vez a la casa disfrutó enseñándoselo todo, contándole dónde o por qué aquellos recuerdos estaban allí y últimamente pasaba más tiempo allí que en casa de Charlie. Podía haberse inventado cualquier excusa sobre el piano, decirle que se lo habían llevado a reparar para no preocuparla absurdamente, pero no tendría explicación para el hueco que habían dejado las fotos familiares sobre la chimenea donde ya ningún sitio aguardaba a su retrato de boda - como Esme decía sin parar - entre las de las demás parejas de la familia.

-No… no lo sé- titubeó.

-¿Dónde están todos?- insistió- ¿Dónde está Alice? ¿Qué es lo que pasa?

Algo le hizo dejar de estar estático en el centro del salón y echar a correr escaleras arriba sin mediar más palabra. Su cerebro iba ahora a mil por hora, lo mismo que cuando era vampiro. Pensando cientos o miles de cosas horribles que habían hecho a su familia desaparecer y llevándose con ellos cualquier recuerdo de él.

-¡Edward!- exclamó Bella siguiéndole.

Su grito ni siquiera le detuvo. Cruzó el pasillo sintiendo los pasos a su espalda y así abrió de golpe la puerta de su habitación. Y entonces el corazón juraría que se le volvió a parar, como antes.

Su habitación ya no era suya, nunca más. Sólo un tercio de pared, estanterías vacías, olor a lejía y el ventanal al bosque.


El estómago se le puso del revés, y no por una nausea. No. Mucho peor. Todas sus pesadillas y los malos sueños de los últimos meses se estaban convirtiendo en realidad. Los Cullen no estaban. Y se habían llevado la mayoría de sus cosas con ellos. Recuerdos de familia, recuerdos de Edward e incluso su esencia, porque en aquella habitación sólo se respiraba a lejía y desinfección como si acabaran de entrar en un Hospital.

Quizás por el olor se estaba encontrando tan mal.

¿Era acaso el momento en el que habían elegido para desaparecer? ¿Así iban a fingir su muerte a ojos del pueblo? ¿Recibirían una llamada de un momento a otro diciendo que su coche-avión-barco…- había sufrido un accidente y los habían hallado a todos muertos? ¿Sería posible que su pesadilla de los seis féretros fuese premonitorio?

Sí, porque Edward, en medio de su habitación vacía donde ya no estaba su preciosa cama dorada, ni su escritorio con sus miles de notas pegadas en el cristal, ni sus recuerdos traídos desde 1918, sucumbía de rodillas.

-No puede ser. No puede ser así. Me prometieron…- murmuró- Carlisle dijo que estarían aquí hasta que…

No dijo más porque Bella corrió a su lado y se fundieron en un abrazo, apretando los brazos alrededor de él lo más fuerte que pudo tanto que podían haber formado un solo ser. Se unió a su sollozo mientras le besaba la frente y la mejilla para reconfortarle repitiéndole "estoy aquí, estamos juntos" pero eso no logró el efecto deseado.

Estaba demasiado devastado. Desolado. Sin familia.

-Todo saldrá bien- dijo en un tono de voz quebrado que no sonaba nada convincente- Estoy aquí, estamos juntos. Si decidieron hacerlo así… es porque sería la manera menos dolorosa posible.

Se arrepintió en el mismo momento en el que las palabras brotaron de sus labios. ¿Acaso estaba ocurriendo algo allí que pudiera ser más doloroso? Sentía que se habían llevado una parte de su interior, lo mismo que cuando Edward se marchó y no sabía si volvería a verle. Esa horrible sensación, ese agujero en el pecho, algo que creía que no tendría más ahora que Edward estaba a su lado, con ojos verdes y corazón latiendo. Pero ese corazón ahora estaba roto como estaba el de ella así que tampoco podría ser fuerte.

Necesitaba a Alice. Tenía ¡tantas cosas que contarle!. Tenía que ayudarle con ese viaje a Chicago, lo mismo que Esme. ¿Y qué iba a hacer sin que Rosalie estuviera todo el tiempo pendiente de ella?

Estaba demasiado devastada. Desolada. Sin familia.

-No puedo creerlo- musitó Edward- No puedo creer que haya sido así: perderles sin ni siquiera habernos despedido.

-Quizás se despidieron y no nos dimos cuenta. Quizás por eso Alice quiso que me probara el vestido de novia o Esme dijo que…

Pero no pudo decir más. Edward recuperó la vitalidad pedida, se levantó del suelo y salió de la habitación. Bella casi se arrastra para seguirle. Primero abrió la puerta del despacho de Carlisle y entró como un torbellino para ponerlo todo patas arriba: los cajones del escritorio donde había un montón de papeles, la estantería tras la silla e incluso movió uno de los módulos de dónde salió una caja fuerte. Tecleó una combinación rápidamente y la abrió para sacar más papeles e incluso varios montones de billetes grandes completamente nuevos.

-Esto no tiene sentido- murmuró- Carlisle lo dejaría todo listo.

Bella sintió ganas de gritarle que se detuviera cuando prácticamente voló de nuevo hacia el pasillo, pero apenas se limitó a seguirle. Si esa era su manera de encajar la pena y afrontar la pérdida, ella sólo estaría allí para apoyarle. Así se puso cuando Charlie quiso llamar a Renee para que se la llevara a Florida cuando pasó días y días en estado catatónico tras la marcha de Edward, por lo que era totalmente comprensible. Y si él no se hubiera convertido en aquel torbellino destructor tan veloz, contribuiría a su causa.

Cruzó el pasillo y entró en la que era la habitación de Rosalie y Emmett, pero tras deshacer la cama buscando algo tras los almohadones, pareció decidir que allí no encontraría nada y entró en la siguiente: la de Esme y la de Carlisle. Hizo lo mismo con la cama, abrió un par de cajones vacíos de la mesilla, tiró un par de portarretratos de la cómoda de fotos antiguas donde en ninguna salía él y después entró en el vestidor, donde había otra caja fuerte. El dinero y los papeles de allí tampoco parecieron saciar su desasosiego y volvió a salir para entrar en la última de las habitaciones; la de Alice y Jasper.

Cruzó como si la vida le fuera en ello hacia el vestidor y empezó a mover prendas y más prendas de Alice, a tirar vestidos, cazadoras y jerseys como si no le hubiera servido como deshacer las anteriores camas y cajas fuertes totalmente fuera de sí, así que ahora tuvo que intervenir. Las miles de piezas en las que estaba roto su corazón se rompieron en un millón más aún más pequeñas porque la ausencia de Alice la dejaría sin aire para siempre y no quería hurgar en sus cosas entrometiéndose en su intimidad que la harían añorarla aún más por lo que saltó el montón de ropa e intentó tomarle de los brazos esquivando antes un sombrero para exclamarle:

-¡Edward! ¡Basta ya! ¡Revolver sus cosas no traerá de vuelta a Alice!

-¿Dónde está tu vestido de novia? ¿No lo entiendes? ¿Por qué Alice iba a llevarse tu vestido de novia ahora que lo has visto?

Bella pestañeó y miró a su alrededor, más allá del desorden. Recordaba en qué percha había colgado Alice el vestido, metido en su bolsa para que ni la luz lo tocara junto con el de la dama de honor y en aquella esquina del vestidor no había nada. Lo mismo que en la habitación de Edward o en la esquina del salón donde normalmente estaba el piano.

Sólo aquel olor a desinfección.

-No están mis documentos legales: ni mi nueva partida de nacimiento, ni siquiera mi pasaporte. Nada. Ni los papeles del fideicomiso o las propiedades a nuestro nombre. Ni siquiera la escritura de la casa de Nueva Inglaterra. Ahora mismo, excepto por mi carné de conducir no existo. Carlisle nunca haría nada así. Lo tendría todo listo.

-¿Y qué crees que ha pasado?- insistió Bella.

La miró intentando darle una respuesta, para que se le quitara esa expresión de terror de la cara, que se le borrara esa arruguita de la frente o que volviera el color a sus mejillas, pero… no pudo. Estaba perdido, completamente, y aunque levantara cada una de las baldosas de la casa, no encontraría respuesta.

¿Por qué su familia haría algo así? ¿Desaparecer y llevarse… su yo con ellos? Todo aquella seguridad que Carlisle le había prometido a cambio de prescindir de su cariño, todo lo que Jasper había conseguido gracias a sus contactos y sus visitas a J. Jenks para su futuro, el de Bella y ahora el del bebé… se había esfumado por completo.

Negó con la cabeza, mareado, agotado e indispuesto e incluso se tambaleó para sujetarse en uno de los percheros de Alice cuyo metal crujió y volvió a mirar a su alrededor intentando encontrar alguna respuesta en aquellas toneladas y toneladas de ropa carísima de Alice, pero sólo halló la misma cara de Bella de preocupación, pero ahora parecía que por su condición. Se acercó a él y le tomó de la cintura para incluso hacer de apoyo físico:

-Vámonos de aquí, no puedo estar más entre sus cosas- dijo al borde de las lágrimas.

-¿A…dónde?- balbuceó sin fuerza para nada más.

-A casa de Charlie. Ya pensaremos algo. Quizá pueda dar orden para que les busquen. Nos quedaremos allí hasta que descubramos algo.

Asintiendo porque más podía hacer, dejó que Bella le guiara fuera del vestidor de Alice. Que irónico. Ella guiándole a él, cuando hacía escasamente una hora le había prometido que haría cualquier cosa para ayudarla y no cansarla.

Dieron un paso saltando un montón de ropa y después otro para dar uno más llegando a la habitación. Los oídos le empezaron a zumbar y cerró los ojos con fuerza porque lo que lo último que necesitaba era desfallecerse y hacer cargar a Bella completamente con él cuando de repente un montón de palabras se le colaron directamente en su cabeza.

"No puedo creer que desaparecieran tan rápidamente por el norte. Paul ni siquiera pudo seguirles".

"¿Y aquellas capas negras? ¿Acaso estamos en halloween y no lo sé?"

"Aún tengo los pelos de punta. ¡Sus ojos eran igual que los de los neófitos! No sé por qué los Cullen se mezclan con alguien así".

"¿Aún no lo entiendes, capullo? Los tíos de la capas no eran amigos de los Cullen. Se los llevaban. Hemos tenido suerte que esquivaran a Paul cuando los intentó seguir y no le partieran el cuello. Porque parecían capaces de matarnos a todos".

Gimió por la intromisión y por el dolor del conocimiento soltando a Bella para llevarse las manos a la frente mientras apretaba los dientes a la vez que empezaban a fluir las imágenes a la par que las palabras. Tenía la red perfecta que formaba la mente única de los quileutes tan cerca que incluso podía tocarla. Tocarla para gritar de desesperación.

Cuatro figuras custodiaban a su familia mientras prácticamente volaban por el bosque desapareciendo más allá de la línea del océano. Cuatro figuras que conocía a la perfección. Cuatro figuras que se llevaban a las que más podía querer…

… y sólo por su culpa.

-¿Edward? ¿Qué… ocurre?

-Jacob y la manada están cerca. Puedo leerles la mente. Y ellos saben qué ha ocurrido: los Volturis han venido y se han llevado a mi familia.