Capítulo 35: Asfixia
-¿Se puede saber dónde estabais?
Graella apenas hizo caso de la pregunta de su esposo.
-Graella, ¿dónde estabais? - volvió a inquirir el Rey, agarrando a su mujer fuertemente de los brazos y zarandeándola. -¿¡Dónde estabais Frerin y tú!? ¡Maldita sea, estaba preocupado!
-Nosotros... estábamos de paseo. Tomando el aire.
-¿Tomando el aire? ¡Por amor de Dúrin! ¡Como si no tuviera ya bastante como para encima perderos a vosotros!
La reina paseó distraídamente su mirada por el salón del trono. Ella y Frerin habían llegado al atardecer a Erebor, pero se sentía tan perdida y tan avergonzada que había optado por no volver a la alcoba de su esposo. En esos momentos debería estar amaneciendo.
-Graella, por favor, dime la verdad...
-Hemos estado dando una vuelta, Thorin - respondió ella, incapaz de decirle la verdad a su Rey. -Nada más...
Thorin pareció quedarse algo más relajado tras aquella declaración, y aflojó el agarre sobre su mujer.
-Ha sido un día complicado.
-Sí...
-Bilbo ha testificado hoy ante mí.
Ella pareció no oírlo.
-No nos ha dado muy buenas noticias.
Graella elevó la mirada lentamente, y se abrazó a su propia cintura, intentando protegerse a sí misma de un enemigo invisible. -Lo peor está por llegar...
-Deberéis tener cuidado. Los caminos no son seguros últimamente.
Helena asintió levemente, aferrándose más fuertemente a las riendas del caballo. Ciertamente había crecido durante su estancia en el Reino del Bosque, pues el pony en el que había llegado ya no le servía para montarse. Distraída, se preguntó qué pensaría su padre al verla llegar sobre un corcel de ese tamaño; pero después se dio cuenta de que aquello daba igual, en verdad.
-¿Seguro que no precisáis escolta?
-No, Laegon - le sonrió ella al elfo, acomodándose mejor sobre la silla de montar. -Siento lo del pobre animal, es que no sé montar sin riendas.
-No os preocupéis. Hîonin es resistente. Aguantará.
-Prometo devolverlo en cuanto pueda.
-Igual haremos con vuestro animal. Lo cuidaremos con esmero.
La joven suspiró hondamente para sí misma, y se echó la capucha sobre el cabello negro, intentando pasar lo más desapercibida posible hasta su llegada a Erebor. No tenía excesivas ganas de preguntas indiscretas, y sabía que eso sería lo que las próximas semanas le depararían.
-Os deseo un buen viaje, Señora.
-Laegon, yo... gracias.
El elfo de cabellos rojizos le devolvió la sonrisa, llevándose una mano al pecho y alargándola en dirección a la princesa, a modo de despedida.
Ella hizo lo mismo.
Tras haberle golpeado suavemente en el cuello, la montura de Helena comenzó su travesía a trote lento, mientras ella intentaba no mirar atrás. Le dolía demasiado pensar en el pasado, y le daba demasiado miedo pensar en el venidero futuro.
Helena se alejó de las puertas principales de la gruta del Rey del Bosque, rodeándola por su flanco izquierdo. Era un soleado y fresco día que ya anticipaba la primavera, que estaba a la vuelta de la esquina. Aquello solamente entristeció aún más a la joven.
Ella y Thranduil habían hecho una última vez el amor aquella mañana, antes de separarse definitivamente. Entre besos desesperados se habían despedido, no sin antes jurarse que esa no sería la última vez que se verían.
Y él le había cedido un último regalo: un colgante. No uno de esos collares ostentosos y brillantes que todas las mujeres se morían por tener, sino un simple y fino colgante labrado en oro, que terminaba en un pequeño péndulo en su extremo.
-No puedo aceptarlo - le dijo ella, no queriendo ni preguntar el increíble valor sentimental que aquella borla debía tener para él.
-Sí que puedes - le había respondido él, acariciando con un cuidado infinito su largo cuello. -Por favor, no me hagas preguntas, pero prométeme que la próxima vez que nos veamos lo llevarás puesto.
Helena, aunque aún algo dudosa, había cerrado la mano en torno a aquel amuleto, y, acercándolo a su corazón, le había asentido a su longevo enamorado.
Sin embargo, y a pesar de sentirse más enamorada que nunca de aquel increíble elfo, algo le decía que las cosas iban a torcerse a partir de ese momento.
Un mareo repentino la obligó a detener al caballo con violencia. El animal pegó un relincho grave, y ella estuvo a punto de caer al suelo. Agarrándose la cabeza con una mano, tomó una buena bocanada de aire a la vez que cerraba los ojos.
-Pero ¿qué me está ocurriendo? - pensó, angustiada. - ¿Por qué me siento tan... rara?
Rara. En esos momentos se sentía más rara y más perdida de lo que lo había estado en toda su vida.
Sin haberlo querido, rememoró el sueño que tuvo la noche en que Thranduil y ella habían yacido por vez primera, en el claro secreto del bosque.
De tan solo pensar en la posibilidad de acabar casada con su primo, subyugada a un papel secundario en su matrimonio, un escalofrío recorrió su cuerpo. Jamás permitiría que aquello pasara. Antes la muerte. Bastante se había rebajado ya.
Sin embargo, por otro lado, estaba su amado elfo, su Rey, mirándola con aquella cara empañada por el dolor y por la angustia. ¨Todo va a salir bien¨, le decía.
¨Puedes elegir¨.
Helena agachó la cabeza, apoyando la frente contra el velloso cuello del caballo. No entendía absolutamente nada. Estaba completamente extraviada en sus pensamientos... y, sin embargo, había algo que se le estaba pasando por alto. Había algo más... pero no podía recordar el qué.
Con un leve suspiro, la joven se reincorporó sobre el animal, y, apegando un poco sus talones a sus costados, ambos reanudaron la marcha, dejando atrás el Reino del Bosque.
Un silencio imperial reinaba en el salón del trono. El Rey Thorin, más altivo y más concentrado que nunca, paseaba su mirada por todos los asistentes al juicio.
Varios de sus consejeros estaban allí presentes. Dwalin era uno de ellos; sin embargo, este miraba al suelo, avergonzado por sus actos cometidos. En poco más de dos semanas, el enano se había convertido en la comidilla del reino; en especial, de todas esas cortesanas que no tenían otra cosa que hacer con su vida que cotillear y exagerar los hechos acaecidos a espaldas de su pobre esposa, la cual, nunca se había sentido tan desgraciada.
Glóin, uno de sus pocos amigos fieles que le quedaban, también estaba allí presente, esperando al veredicto que debería caer sobre el sospechoso.
Fallia miraba a su esposo con temor contenido, mientras que apretaba con fuerza el hombro de su hijo mayor, que, mordiéndose el labio inferior, parecía el más preocupado y ansioso de todos ellos. Náin, por el contrario, permanecía de pie, impasible, con los brazos cruzados, alejado un tanto de su familia. Su madre no quería dirigirle la palabra.
Graella era la única del salón que parecía estar luchando contra un sinfín de emociones contradictorias. Por una parte, parecía aterrada y afanosa; pero, por el lado opuesto, podría haber acabado con la vida de más de una persona si las miradas matasen. A pesar de esta aparente bipolaridad sentimental, la enana no paraba de girar sus ojos hacia atrás, como si estuviera esperando que algo fuera a suceder de un momento a otro.
-Thorin - la voz de su primo lo sacó de sus cavilaciones. -Por favor.
El Rey de Erebor bajó su mirada hacia Dáin. El señor enano estaba de rodillas ante el trono y encadenado de pies y manos. Su mirada denotaba una desesperación que Thorin nunca antes había visto en él.
-Por favor, primo; ¿cuándo has dejado de confiar en mí? - le preguntó, con la voz rasgada. -¿Cuándo te has doblegado ante unos rumores sin fundamento tan faltos de honor?
-Esos rumores no están faltos de honor - se oyó, por detrás, la voz de Náin. -Están faltos de humanidad.
-¡Silencio! - exclamó el Rey, provocando que su voz resonara durante varios segundos seguidos contra los muros del salón.
-Jamás le haría nada a tu hija, ¡por favor! Es como mi propia niña.
Graella abrió muchísimo los ojos al oír aquello, y cerró los puños contra sus caderas. Pareció volver en sí.
-Hijo de la gran... ¡puta! - exclamó la enana, aproximándose hacia él con las manos en alto. -¡Te arrancaré la cabeza con mis propias manos!
-¡Graella! - gritó Thorin, mientras que varios de los consejeros se acercaban a ella para agarrarla.
-¡Se le ha ido la cabeza! - vociferó Fallia, apartando a su hijo mayor de un manotazo.
-Graella, ¡para! ¡Detente! - le ordenó su esposo, bajando las escaleras del trono y sujetándola de las muñecas. -¿¡Qué te ocurre!?
-¡Ese desgraciado y despreciable intentó violar a nuestra hija! ¡Lo habría hecho sin que nos hubiéramos percatado! ¡Díselo, cobarde! ¡Dile a tu primo lo que le hiciste a su hija!
-¡Se ha vuelto loca! - fue la única contestación de Dáin. -¡Llevaosla!
-Graella, por favor - le exigió Thorin, agarrando su rostro entre sus manos. -Detente de una vez. Deja de armar un espectáculo.
-Thorin, por favor... - le pidió ella, sujetándolo del cuello de la túnica. -Has de hacerme caso. Helena...
-¡Ya se acabó! - exclamó el primogénito del juzgado, zafándose de los brazos de su madre y dando un paso adelante. -Sacad a esta mujer del salón.
-¡Aquí soy yo quien da las órdenes!
En ese preciso instante, uno de los guardias de palacio llegó, medio corriendo, al lugar en el que se estaba decidiendo sobre el futuro de Dáin Pie de Hierro.
-Majestad... -anunció el enano, postrándose con obediencia ante su monarca.
-¿¡Qué!? Maldita sea, ¿¡qué!?
-(...) La princesa, Señor.
Un silencio tan espeso como la noche se hizo vigente en la sala.
-¿Qué ocurre con la princesa?
-Está en su sala común, Majestad, acompañada de varias doncellas. Acaba de llegar... montada a caballo.
Helena apenas recordaba nada de lo que había sucedido al llegar a Erebor. Ni siquiera había tenido tiempo de poner en orden sus pensamientos, o sus sentimientos, antes de que una decena de manos la hubieran bajado del caballo, haciéndole mil preguntas y sin dejarla responder a ninguna, y la habían dirigido a la salita en la que su familia solía reunirse a menudo para descansar. En esos instantes, un puñado de doncellas reales la estaban ¨atendiendo¨, quitándole la capa y restregando sus manos sobre su lujosa túnica y sobre su largo y peinado cabello negro.
-Estáis más delgada - murmuró una de ellas, posando sus manos sobre su cintura.
-Yo...
-¿Y este colgante? - preguntó otra, tocando el orbe que descansaba sobre su escote.
Helena lo atrapó con sus manos a la nada.
-¡No lo toques! ¡Y dejadme en paz!
Pero, antes de que pudiera decir nada más, la puerta de la salita se abrió con rapidez. Una figura muy familiar entró a través de ella. Era el Rey.
Era su padre.
Thorin se quedó paralizado al principio, nada más verla allí, sentada sobre el sillón, como si nunca se hubiera ido. Parecía que estuviera viendo un fantasma.
Las doncellas, siguiendo una orden silenciosa, salieron de la sala con la cabeza gacha. Ahora Helena podía respirar.
El Rey dio un paso vacilante hacia delante; Helena, en respuesta, se levantó de su asiento, respirando muy pausadamente.
Thorin dio otro paso más. Ambos estaban ya muy próximos el uno del otro.
Con un gesto vacilante, el soberano alargó su mano derecha hacia el rostro de su hija. Acarició una de sus mejillas con suavidad, temiendo que fuera a desaparecer bajo su tacto.
-Helena - se atrevió a decir, al final.
Ella no le respondió, pero no fue necesario. Su padre apretó sus brazos en torno a su cuerpo, y la abrazó con fuerza y con calidez. La joven notó que unas lágrimas húmedas caían sobre su cuello.
-Helena... - repitió Thorin, acariciando su cabello con lentitud.
-Padre, yo...
-¿Helena? - preguntó otra voz a espaldas de su progenitor.
Helena reconoció a Dwalin, que la miraba con ojos como platos. Y no estaba sólo él: su madre, Fallia, Thorin, Náin... Demasiadas personas en una habitación tan pequeña. Necesitaba aire.
-¿Dónde has estado? - le preguntó su primo menor, con una expresión que estaba entre la sorpresa y la alegría.
-Hija mía - prosiguió Thorin, mirándola de arriba a abajo. -Has crecido. ¿Cómo puede ser eso cierto? ¡A tu edad!
Necesitaba mucho aire.
-Y el cabello... - murmuró el Rey, agarrando uno de sus mechones entre sus manos. -Y... tu rostro. Estás más mayor. Menos niña.
-¿Y Frerin? - preguntó ella, sintiéndose mareada. Necesitaba ver a su hermano. Era la única persona con la que quería estar en esos instantes.
-Y esas ropas - comentó Fallia, por detrás, con un ligero aire de desaprobación. -¿De dónde las has sacado?
Helena se miró a sí misma. Llevaba una túnica azul oscura que Thranduil le había dejado.
-¿Es... ropa élfica? - preguntó su padre, mirándola con una expresión rara en el rostro.
-Yo...
-Helena, ¿dónde has estado?
La princesa miró a un lado y a otro, pero sólo podía ver miradas de reproche y de incredulidad a su alrededor. Solamente su madre parecía dirigirle un cierto gesto de perdón.
-No... - las lágrimas comenzaron a manar de los ojos de Helena, mientras sentía cómo la ansiedad iba apartando poco a poco a la tranquilidad con que había partido esa mañana del palacio de los elfos del Bosque. -No quiero... no sé...
-Helena, ¿necesitas algo?
-¿Estás bien?
-¿Has estado perdida?
-¿Te han hecho algo? ¿Te han raptado?
-Ha sido ese elfo, ¿verdad? Él te ha mantenido cautiva.
-Dejadme hablar... - pidió ella, temblando. -Por favor... escuchadme...
Helena giró la cabeza bruscamente para evitar que la vieran llorando; pero, al realizar aquel violento movimiento, vio con el rabillo del ojo a alguien custodiado por dos guardias al fondo de la estancia. Alguien en quien no había reparado.
Siguiendo su instinto más básico, la joven se levantó con brusquedad del sillón, abrazando a su padre con desesperación, buscando protección.
-¡Helena! - exclamó este. -¿Qué...?
Los recuerdos de aquella horrible noche fueron abriéndose paso en su mente. Allí estaba él, en la misma habitación que ella, y a nadie parecía importarle.
Su vista se nubló. Se sintió desfallecer. Cayó al suelo, sintiendo mucho calor. Unos brazos la agarraron antes de que su cabeza sufriera algún impacto. Oyó muchas voces a su alrededor, pero no podía escuchar lo que decían.
Todo se volvió negro...
Para cuando se sintió un poco mejor, y pudo abrir los ojos, estaba tumbada en una cama, irreconocible para ella. Era muy ancha, cómoda y cálida. Su cuerpo estaba recubierto con un camisón de seda blanco, de aspecto bastante pulcro, que dejaba sus brazos y su escote al descubierto.
Al incorporarse un poco sobre la cama, se dio cuenta de que estaba en una habitación completamente desconocida; y que, además, no podía pertenecer a Erebor.
Un grandioso balcón, situado al costado derecho de la cama, dejaba penetrar un radiante sol, así como una agradable brisa de primavera. Los pájaros piaban no muy lejos de allí. Un agradable olor a bosque impregnaba sus fosas nasales.
En ese momento, sintió cómo unas manos se posaban sobre su cintura, provocándole un gritito ahogado.
Había alguien detrás de ella.
El individuo apoyó un codo sobre el colchón, y, acercando su aliento peligrosamente a su cuello, susurró sobre su oído.
-Buenos días, amada mía.
Helena se quedó completamente paralizada al escuchar aquella voz. No podía ser verdad.
-¿Thranduil? - preguntó, sin atreverse a darse la vuelta.
-¿Quién si no? - preguntó él, a su vez, besándole el cuello con suavidad, a la vez que le acariciaba la nuca con el dedo índice. -¿Acaso sueles despertar con otros hombres? Debería empezar a preocuparme.
Ella no quiso volverse aún. ¿Qué estaba pasando?
-Te noto muy callada - ronroneó él, mordiendo con cuidado su hombro derecho. -¿Le ocurre algo a mi bella reina?
-¿Cómo? - inquirió ella. ¿Había dicho... reina?
Unas manos indiscretas subieron su falda a modo de respuesta, sin darle tiempo a pensar.
Antes de que pudiera darse cuenta, ella ya estaba dada la vuelta, mirando a aquellos ojos grises que tanto le hacían perder el juicio.
Era él, no cabía duda.
Prefirió, no obstante, no preguntar qué pasaba, ni cómo había llegado a parar allí. Simplemente, se aproximó a sus labios, y los besó con desesperación y pasión.
Thranduil paseó las manos por sus glúteos, acariciandolos ardorosamente. Ella se sentó justo sobre él, como si llevara años haciéndolo, y levantó su túnica que empleaba para dormir.
Tras unos instantes y unos cuantos movimientos más, él ya estaba en su interior, con una desesperación tal que ni siquiera se habían quitado las ropas.
Helena se movió sobre él, agitando sus caderas con violencia, a la vez que se aferraba a la cabecera de la cama para no caer hacia delante.
Tras unos ocho minutos aproximados, Thranduil estalló en su interior.
Helena se dejó caer sobre su cuerpo, extenuada como estaba. No tenía ni idea de lo que estaba ocurriendo, pero algo en su interior le decía que era lo más normal del mundo.
-He de reconocer que esta mañana te has superado, melleth - rió con picardía él, acariciando su cintura a través de su camisón. -Aunque no era mi intención hacer esto tan rápido. Sé que me has echado de menos en Erebor, pero no me podía imaginar el ardor que guardabas para tu vuelta.
Helena arqueó las cejas para sí, y se aupó un poco para separarse de su amante. Lo miró muy fijamente, acariciandole el rostro, y él pudo ver la preocupación en su mirada.
-Helena, ¿estás bien? No tienes buena cara, amor mío.
-Thranduil... -inquirió ella, inquieta. -¿Qué está pasando?
-¿A qué te refieres? - le preguntó él, incorporándose un poco sobre sí mismo.
-Yo... Erebor... mi tío...
El Rey Elfo se aupó con una rapidez de vértigo sobre sí mismo, agarrando a Helena de los brazos. - ¿Qué pasa? ¿Te ha vuelto a hacer algo ese malnacido?
-¡No! Bueno... no que yo sepa.
-Helena...
-Estoy mareada...
Thranduil abrazó cálidamente a su amada, arropándola entre sus brazos. Con delicadeza, posó su cabeza sobre su hombro, haciéndola sentir un poco mejor.
-Helena, ¿qué ocurre?
-No... no lo sé. Estoy muy confundida.
Un sinfín de imágenes fueron desfilando por su cerebro. Las reconoció. Eran las mismas que las del sueño que tuvo la noche del claro.
Sin embargo, una nueva imagen hizo mella en su mente.
Helena miró con espanto el balcón que se abría al lado derecho de la cama.
-Nosotros... ya habíamos estado aquí.
-Claro que sí - le respondió él, arqueando las cejas. -Es nuestra alcoba.
-Yo... el claro... y mis primos... y mi hermano... y... y... una niña.
-¿Cómo?
-Había una niña. Rubia, pequeña, de voz suave...
-Níniel está arriba, melleth în. Está durmiendo.
-(...) ¿Níniel?
-Sí, Helena. Níniel. Nuestra Níniel.
-¿Nuestra? ¿Nuestra... niña?
-Nuestra pequeña, sí. Querida, ¿te encuentras bien?
-No...- se quejó ella, apoyando una mano sobre su cabeza.
-Será mejor que duermas un poco. Llamaré a los sanadores para que te vean.
-¡No! -gritó ella, agarrando la mano de su amado. - No, por favor. No me dejes sola.
-¿Por qué no?
-Porque entonces... volveré a dormir... y no quiero.
-Helena - le dijo él, posando las manos sobre sus hombros. -Todo está bien. Todo pasó ya.
-¿El qué? ¿El que pasó, Thranduil?
Y él fue a responderle; pero, justo cuando su boca se abría para articular palabra, el tiempo pareció detenerse. Todo se volvió negro de nuevo. El elfo se desvaneció en el aire, como si de un espejismo se tratara. Helena intentó agarrar su mano, pero no pudo.
Todo desapareció, quedándose sola en un vacío negro y silencioso.
El sonido de los pájaros y el olor a bosque desapareció, dejando paso al humo y al calor abrasador. El fuego la rodeaba, la acechaba, la asfixiaba.
Lo consumía todo.
Y despertó, empapada en sudor frío, desgarrando el aire con un grito.
Como ya prometí, aquí está el siguiente capítulo. Espero que lo disfrutéis con creces. De nuevo, lamento mi larga tardanza en actualizar.
PD: Actualicé hará un par de días el segundo capítulo del fic ¨Entre el cielo y el agua¨, en el que tiene lugar el acontecimiento realmente importante para continuar con el desarrollo de la historia y entender, en gran medida, esta capítulo.
¡Hasta la próxima!
