ESTA HISTORIA ESTA PUBLICADA ORIGINALMENTE EN FANFIC . ES POR SU AUTORA MISFITS Y ELLA ME HIZO EL FAVOR DE PRESTÁRMELA PARA PUBLICARLA AQUÍ

Nota de Arika Yuy Uchiha: Disculpen si los nombres de los cap están muy chafas los puse yo, no misfits aunque claro con su permiso.

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Kankuro daba vueltas en su cama sin poder conciliar el sueño. No era precisamente el rechinido de la ventana mecida por la fuerte brisa que envolvía la noche lo que no le permitía dormir. Abrió una vez más los ojos para buscar en vano en medio de la oscuridad de la habitación una respuesta que lo tranquilizara. Pero las respuestas no llegan si no se hace la pregunta adecuada.

-Se supone que este es el efecto que yo tengo en ellas no ellas en mi –dijo vencido, como si hubiese alguien en la habitación que pudiese escucharlo.

Frunció el seño como enojado consigo mismo por permitirse estar en esas condiciones– ¡¿Por qué no puedo olvidarlo? Solo fue un beso, eso no significó nada –se mentía a sí mismo.

Se coloco boca arriba en su cama y separo los brazos– No... no fue solo eso. Fue eso y todo lo demás. Fue su olor, la suavidad de su cabello, el brillo de sus ojos, su dulce sonrisa, sus mejillas ruborizadas y el beso… ese maravilloso y maldito beso que me hechizó por completo. Entonces ¿Por qué sigo queriendo convencerme de que Meiko es solo otra mujer en mi vida?– recapacitó casi al instante, dejando salir un hondo suspiro que pareció retumbar dentro de él.

Se veía tan molesta –recapacitó al recordar la manera en la que lo había mirado horas antes– como si yo le hubiese mentido. Yo he visto esa mirada antes… pero no en ella ¿Dónde? ¿Dónde…? –Al hallar la respuesta el marionetista se quedo pasmado– en todas las demás… En cada mujer con la que estado y he abandonado… pero ¡no puede ser posible! si jamás la he tratado como a las demás, de hecho no he estado con ninguna mujer desde que la bese –intentaba explicarse a sí mismo.

-¡Hmp! ¿Demonios, tengo que hablar con ella! –exclamó con determinación poniéndose de pié.

Al instante se vistió con un pantalón negro y una camiseta banca lisa, se calzó las sandalias negras y tomando una chaqueta color negro salió en busca de Meiko a toda prisa, sin siquiera advertir que eran las tres de la mañana. En cuestión de minutos el jounin había abandonado el Palacio del Kazekage.

-Parece que te recuperas rápido –exclamó ruborizada la dama de la Arena cuando sus labios se distanciaron de los de Shikamaru.

-Solo cuando tengo buena compañía –respondió en un tono seductor el Nara.

-Creo que ahora que veo que no necesitas nada debería irme para que descanses eso –concretó la Sabuko tocando con el dedo índice el hombre izquierdo del shinobi.

-¡Ouch, eso duele! –Se quejo un poco el manipulador de sombras para luego observar la sonrisa victoriosa de la dama al haber probado su punto– es decir, esto no es nada.

-Sí claro, que descanses vago –pronunció la dama antes de intentar levantarse de la cama, sin embargo el brazo libre del shinobi no se lo permitió.

De acuerdo, de acuerdo, tú ganas –exclamó Shikamaru después de un suspiro sin permitir que la rubia se moviera– ¿por qué no solo duermes conmigo esta noche? sin que nada pase –sugirió como último recurso.

-Sólo si prometes que no pasará nada esta noche.

-Lo prometo.

-¿Palabra de cobarde?

-Palabra de... ¡oye! –se quejó el Nara al notar lo que estaba por repetir mientras Temari soltaba una risita traviesa.

-Parece ser que no eres tan inteligente –acotó ella mientras colocaba su cabeza en sobre el lado derecho del pecho del manipulador de sombras.

Tsk, que problemática –murmuró Shikamaru mientras la abrazaba con su brazo derecho.

-Shikamaru… –susurró la rubia en un tono más serio.

-¿Hum? ¿Qué sucede? –indagó algo curioso.

-¿Cómo fue que Gaara y Kankuro te convencieron para que le mintieras al concejo? –indagó aun extrañada por ese detalle.

-Bueno… nosotros hicimos un pequeño trato –se limitó a decir el pelinegro.

-¿Qué clase de trato? –insistió la Sabuko.

-Tsk… cosas de hombres, mujer –expuso sencillamente el Nara.

-¡Hum! Pues seguro que esos dos te engañaron y tú ni cuenta te diste –respondió ella burlándose.

-Créeme, yo salí ganando –afirmó con voz tierna mientras acariciaba el cabello de Temari.

La oficina del Kazekage era sencillamente un desastre. Las hojas y expedientes que antes descansaban en el escritorio ahora se encontraban esparcidos por el suelo. Los almohadones que habían adornado los sillones estaban esparcidos sobre la pequeña de mesa de centro y las pendas de ropas pertenecientes tanto a Matsuri como a Gaara se hallaban dispersas por toda la habitación.

Las luces de las estrellas que se filtraba por la ventana iluminaban el torso perfectamente esculpido del Kazekage. Sus músculos finamente delineados estaban cubiertos tan solo por el sudor que el acto previo había producido, y su mirada serena pero tierna pareció hipnotizar a la dama que aun no recuperaba el aliento por completo y que, al igual que él, se exponía completamente desnuda ante esa noche que parecía incitarlos más.

Sin poder contenerse Matsuri se abalanzó una vez más a los brazos de Gaara, quien la recibió aun confundido por el impulso tan esporádico de la kunoichi. Acarició lentamente los castaños mechones de cabello los cual pareció relajarla y sus ojos se cerraron lentamente.

-Gaara… -se escucho como un murmullo la voz de la kunoichi dentro la habitación.

-¿Humm? –masculló el Kazekage un poco intrigado sin dejar de enredar sus dedos en el castaño cabello de la dama.

-Prométeme… –respiró profundamente, juntando valor más que aire– prométeme que estarás a mí lado para siempre –solicitó como si de una súplica se tratara.

-Para siempre –repitió él como reflexionando las palabras de la dama– no sé cuánto tiempo es eso -soltó provocando que los ojos de la kunoichi se vean invadidos por lágrimas al imaginar el eminente rechazo hasta que él concluyó– pero de seguro no es suficiente.

La mente de Matsuri se tranquilizo y el brillo que ahora se posaba en su mirada no era provocado por lágrimas de tristeza sino por la pureza del amor que su corazón experimentaba. Gaara se separo de ella por un momento para vestirse con su pantalón y tomo su chaqueta color rojo intenso para cubrir a la castaña que lo observaba atentamente inmóvil y cuyo cuerpo comenzaba a enfriarse.

-¿Por qué me hiciste prometerte algo tan absurdamente obvio? –inquirió mientras terminaba de cubrirla con su abrigo, acto que a Matsuri le pareció de lo más entrañable.

-No es tan obvio como crees –respondió como haciendo un puchero, medio tímida y medio avergonzada.

-¿Cómo es eso? –preguntó con una pequeña sonrisa por la encantadora actitud infantil de Matsuri.

-Tú estás rodeado de mujeres todo el tiempo, muchas de ellas son más bonitas y más hábiles que yo –continuó la kunoichi.

La abrazó nuevamente con ternura en busca de ese calor que había experimentado momentos atrás y se sintió afortunado cuando las suaves manos de la dama rodearon su espalda que comenzaba a relajarse. Quiso que ese instante fuese eterno, la verdad es que ahora odiaba estar solo, lo odiaba desde que había aprendido lo que era importante para él. Pero casi como si de un regalo se tratase ese sueño fugaz, pareció volverse realidad.

-A mí solo me importas tú –confesó con absoluta sinceridad colocando una amplia sonrisa en el rostro de Matsuri y ruborizando sus mejillas.

En la habitación del Nara la conversación continuaba. Dialogaron sobre todos los sucesos en ambas aldeas este último tiempo; recordaron anécdotas de la Cuarta Gran Guerra Ninja; hablaron entre risas de sus respectivas familias y amigos; debatieron arduamente una vez más lo que pasó en el primer examen chunnin en el cual Shikamaru se rindió ante ella, lo cual parecía seguir molestando a la dama de la Arena pero la discusión se solvento entre mimos y besos; y ahora el silencio reinaba en el cuarto, pero no era ese silencio incomodo donde ambos intentan deducir que pensará el otro, era más bien un silencio confortable en el cada uno se daba un respiro para pensar con calma.

Vaya… cuanto más la escucho más me gusta –pensó el Nara algo sorprendido de poder experimentar ese tipo de sentimiento, ese calor en su alma– no solo es bonita –dilucidó mirándola de reojo por un instante– sino que también es interesante y decidida, y defiende con fundamentos sólidos lo que cree y siente, y no le importa lo que los demás piensen así que siempre dice lo que pasa por su mente, lo cual es un poco grosero e imprudente y…. ¡demonios! Es totalmente problemática a veces pero aun así ella es… bueno no es la mujer con la que he soñado toda mi vida, pero verdaderamente es mejor.

Está más que claro el porqué lo llaman el genio de la Aldea de la Hoja –cavilaba por su parte Temari– su nivel de razonamiento es muy superior al promedio y es capaz de comprender una situación con tan solo datos ínfimos. Sin mencionar que sus alardes sobre ser un caballero no son meras palabras. Sigue siendo el mismo cobarde de siempre pero es capaz de dar la vida sin dudar por las personas que aprecia, además debo reconocer que ha crecido mucho –reflexionó sonrojada al recordar el cuerpo que ahora yacía a su lado– ¡Hmp! ¡¿En qué estas pensando Temari? Este vago…–en ese momento sus pensamientos fueron interrumpidos al sentir una pequeña opresión en su ruborizada mejilla.

-¿Qué te pasa? –preguntó el manipulador de sombras mientras tocaba con el dedo índice la mejilla de la dama provocando que esta se ruborizara aun más al haber sido descubierta.

-¡Nada! ¡¿Qué me va a pasar? –Soltó nerviosa y abochornada– solo que alguien me está picando la mejilla con su dedo –se justificó.

-¿En serio? –Preguntó en tono perezoso y continuó en tono pícaro– Entonces ¿qué le sucede a tu otra mejilla?

Temari se quedo helada, había sido totalmente acorralada pero no iba a ceder y menos ante él.

-¡Hmp! No sabía que debía darte parte médico de cada cosa que le sucede a mi cuerpo –respondió con sarcasmo.

-Tienes razón, no debes... yo inspeccionare por mi mismo tu cuerpo para ver que le ocurre –determinó pícaramente el shinobi.

-¡¿Tú qué? –reaccionó exaltada ante tal decisión.

-Lo que escuchaste –reafirmó el Nara acercando su rostro al de la kunoichi– ahora déjame ver –le ordenó mientras inspeccionaba de cerca su rostro simulando una expresión seria.

-¿Qué se supone que haces? –inquirió aun más avergonzada por estar siendo observada de esa manera.

-Nada… aun –respondió para luego rosar sus labios con los de ella experimentando su suavidad.

-¿Y ahora si? –indagó ella mientras volvía a unir sus labios para besar esta vez de manera apasionada al pelinegro quien sin dudarlo le correspondió el beso mientras acariciaba amorosa y delicadamente su espalda.

En la parte superior de un pequeño restaurante, una genin se encontraba sentada en la oscuridad de su cuarto. Al parecer era una noche muy agitada en la Aldea de la Arena ya que nadie dormía. Insomnio no era el problema de esta dama de hermosos ojos grises, más bien era tristeza. Sus bellos ojos, ahora carentes de su brillo tan particular, solo albergaban algunas lágrimas que rompían su corazón herido. Su mirada estaba perdida en sus pensamientos, la ira se había ido para dar paso al dolor. No recordaba bien el momento exacto en el que se había enamorado de sus sensei pero algo era seguro, esa angustia que ahora invadía su pecho no se iría tan fácilmente.

Levantó la vista de golpe y al verse al espejo recordó casi por casualidad esa promesa que él le había hecho ese día, después de terminar su primer entrenamiento juntos como alumna y maestro. Sin embargo ese recuerdo se vio nublado al sentir su presencia junto a ella. Le resulto inquietante y le pareció imposible así que casi como un reflejo saco un kunai, de esos que los ninjas tienen escondidos por todos lados, y apunto hacia la garganta del supuesto agresor que se encontraba junto a ella. Faltaron pocos milímetros para que la vida de Kankuro terminara, sin embargo el jounin no se asusto ni por un segundo.

-Si vas a ser una ninja no dejes que la debilidad te inquiete, actúa con decisión y valor –ordenó rudamente el Sabuko mirando fijamente los ojos empañados de la kunoichi.

-Ka-Kankuro-sama –pronunció ella aun impactada por la visita nocturna. La mano que sostenía el kunai temblaba junto con todo su cuerpo pero no por eso retrocedía y, al igual que ella, el marionetista no daba un paso atrás.

-¿Y bien? ¿Qué decides Meiko? –presionó él al ver la duda en su corazón.

Al instante los instintos de Meiko despertaron. Como dije antes, Meiko no era una kunoichi normal, ella al contrario de la mayoría de las personas actuaba mejor bajo presión y su sensei era quien mejor conocía esta situación. El kunai que aun apuntaba a la garganta del Sabuko fue cubierto rápidamente por el chakra de la kunoichi y esa mirada asesina de la cual ya no brotaban lágrimas le indico al jounin que ahora las cosas iban en serio.

Rápidamente, Meiko dirigió su ataque hacia su sensei que logró esquivarla no por mucho y saltando por la ventana provocó que la dama de cabello ondulado hiciera lo mismo para después perseguirlo.

La velocidad de Meiko era buena pero la de Kankuro era mejor, a pesar de esto, cuando el jounin se encontró acorralado en un callejón sin salida, decidió que era hora de camuflarse. Sin embargo, los sentidos de Meiko estaban más agudos que nunca y fue cuestión de segundos para el titiritero fuese descubierto.

-De acuerdo, lo has logrado. Estoy orgulloso de ti –exclamó cansado el Sabuko con una sonrisa no obstante la mirada asesina de la kunoichi no había desaparecido.

-Esto aun no termina, sensei –respondió ella con una sonrisa maliciosa.

-Espera ¿a qué te refieres? No tengo mis marionetas ni armas, no pensarás… –dedujo con temor Kankuro, ¡¿ella realmente iba a liquidarlo?

-Adiós Kankuro-sama –pronunció sin emoción alguna la dama mientras clavaba el kunai en el pecho del jounin.

En esos últimos instantes de lo único que se lamento Kankuro fue de no haberle dicho lo que sentía y el dolor que experimentaba no era por estarse desangrando a causa de la herida sino por saber, que la mirada de Meiko al momento de acabar con su vida no mostraba ningún sentimiento, ni siquiera rencor.

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