Árbol

Personaje: Three Hugger

"Hay árboles a los que no conviene abrazar…"

Tree Hugger iba por el sendero de un bosque, y se topó con un claro, donde un árbol estaba siendo atacado. Un poni blandía un hacha y lo amenazaba, injuriándolo como si fuera la peor de las bestias. "¿Por qué tanta saña contra un humilde producto de la naturaleza?" se preguntó la poni verde, de rojiza crin.

Fue donde el iracundo corcel, le preguntó qué hacía, y por qué. Él sólo respondió que se alejara, sin darle ninguna explicación. Ella observó el árbol, estaba rebosante de belleza y de energía. Sus ramas cargadas de suaves verdes hojas y flores tan vivas… todo aquél contrastaba con el entorno un poco lúgubre que lo rodeaba. ¿Cómo podía alguien ser tan insensible con algo tan hermoso? ¿Qué mal le había hecho este árbol al agresor?

-¿Por qué quiere hacerle daño a este precioso árbol? Puede ser el único en su especie… - dijo Tree Hugher, acariciando el delicado tronco. Le impactó su textura, como un fino terciopelo.

-¡No te dejes engañar por su aspecto, niña! Más bien te vendría que vuelvas por el camino que llegaste, o perderás tu alma, te lo aseguro…

-Sus palabras no van a convencerme. No hay forma en que un árbol como éste pueda hacerle daño a un poni. Trate de relajarse, y pensar bien en lo que está haciendo.

-Lo he pensado muchas más veces de las que tú crees. Y mi única conclusión es que debo destruir este árbol, a como dé lugar. Sólo así… salvaré su alma…

La expresión del poni cambió repentinamente. Fue un momento un poco extraño, extraño pero breve, ya que él volvió a tomar la determinación de cortar el árbol. La poni de crines rojas no podía permitir que lo hiciera, a pesar de que algo muy en lo profundo de ella le advertía que eso no era lo correcto. Se interpuso en el camino del hacha y el tronco, decidida y temerosa.

-¡Quítate, no sabes lo que estás haciendo! – le gritó él, casi desesperado.

-Tendrá que pasar sobre mí si quiere cortar este árbol.

El filo del hacha reflejaba la luz del sol y enceguecía a la amiga de la flora, por eso ella no pudo ver la expresión resignada y angustiada del corcel. Resignado porque al parecer no lograría su cometido, sin cargarse la culpa de herir a alguien. Angustiado porque él sí conocía la verdadera naturaleza del árbol que la ingenua joven pretendía defender, y porque sabía el destino que le depararía si no la sacaba de allí. No podía culparla por su terquedad en evitar que acabara con la existencia de esa mala semilla. Así que dio un suspiro, y bajó su arma.

-Puedes quedarte todo lo que quieras aquí. Pero no te garantizo que puedas hacer buenas migas con ese demonio vegetal… - dijo el poni terrestre, y se marchó.

Pronto Tree Hugger quedó sola, con la naturaleza respirando a su alrededor. Se detuvo a apreciar un poco más el paisaje verde y solitario. El suelo daba una impresión de muerte, lo cual extrañaba a la poni. Le parecía desconcertante por el majestuoso árbol que había detrás suyo. Se volteó una vez más, para dar un abrazo a su reciente protegido.

-Ya estás a salvo, amigo…

-¡Muchas gracias, amiga!

Cual fue la sorpresa de Tree Hugger cuando de repente el árbol le agradeció, que ella sin querer lo soltó bruscamente. Miró hacia ambos lados, para cerciorarse de que no había nadie, y volvió la mirada al mismo, quien volvió a hablarle.

-¡Soy yo, no temas, no te haré nada! Como si pudiera… je je

-¿Estás… tú… hablando? – balbuceó la poni naturalista. Sabía de plantas capaces de emitir sonidos, semejantes a un habla, y de unas flores muy, muy raras y delicadas que crecían en una cueva detrás de una cascada, al abrigo del sol, las cuales repetían lo que uno les susurraba. Pero un organismo vegetal capaz de hacer uso del lenguaje tan abiertamente como cualquier poni, eso sí que era curioso e inesperado.

Nuevamente, una fibra de su energía vital se tensó, como si advirtiera un peligro desconocido. Pero Tree Hugger no podía concebir que hubiera alguna clase de "peligro" en un árbol parlante. ¿Sería que quizá el poni del hacha quería cortarlo por miedo a eso mismo, por su incomprensión ante tal fenómeno?

-Y… ¿cómo es que puedes hablar?

-Ése es un misterio que yo tal vez debería saber pero no sé – respondió el árbol, con una masculina voz jocosa aunque agradable, como la de un joven potro. Sin embargo, había algo en su discurrir verbal y en su entonación que no parecía muy uniforme, como si en cada frase fuera cambiando las características de su voz. – Pero antes que nada, quisiera preguntarte tu nombre.

-Me llamo Tree Hugger, mucho gusto, ¿y tú?

-¿Tree Hugger, eh? Ya me parecía que tu abrazo tenía algo de especial… Yo me llamo Marcusamedae.

"Marcusamedae…" pensó la potranca terrestre. El árbol, a primera vista, parecía una compañía confiable y amigable, como para sentarse a su sombra y charlar toda la tarde. Tree Hugger consideró que tenía una oportunidad única: era algo que había soñado en algún momento a pesar de lo imposible que sonaba.

Además, tras un rato de charla, Marcusamedae respondió varias dudas de la poni naturalista, y demostró ser un grato compañero, tal era así que cuando ella se dispuso a irse, aquél le rogó que se quedase un tiempo más…

Cuando anocheció, Hugger, bastante cansada por los eventos del día, decidió quedarse a dormir bajo la protección de Marcusamedae. Pero ese merecido descanso nunca se dio cuando el agresor del hacha regresó, esta vez con un recipiente de contenido dudoso con una mecha en su boca.

-¿Otra vez… usted? – dijo la poni de crin rojiza. A la luz de la luna, se veía distinta, como si le hubieran drenado su vitalidad.

Si no fuera por el salto que ella dio, con sus últimas fuerzas, para embestir al corcel y evitar su ataque, las raíces de Marcusamedae hubieran logrado retenerla.

-¡Amiga, aléjate de él! ¡Ven hacia mí, que yo te protegeré esta vez! – gritó el árbol, pero era muy evidente el drástico cambio en su voz: sonaba más amenazadora y terrible.

-¡Éste es tu fin, hiedra asquerosa, no volverás a robarte ni un alma más! – replicó el colérico poni terrestre, librándose de su debilitada atacante.

-¿Robar… almas? ¿Qué está… diciendo? – balbuceó Tree Hugger, confundida.

-Abre tus ojos niña, ¿no te has dado cuenta? Éste árbol, tan bonito como lo ves, es un vil ser que se roba las almas de los ponis incautos, y cuando cae la noche, sus raíces se encargan del cuerpo… toda esta desolación que ves alrededor es culpa suya, porque se apodera de la vida de otros para prolongar la suya… Es un árbol que no quiere morir.

-¡Mentiras! – las ramas y raíces se agitaban, dando cuenta de la cólera del aludido. La repentina transmutación hizo que por primera vez, Tree Hugger tuviera miedo de él.

Entretanto el semental no perdió tiempo y encendió la mecha del recipiente para lanzarlo con fuerza a las raíces de Marcusamedae. El fuego resultante, mezclado con el contenido del frasco, se alzó y comenzó a consumirlo rápidamente.

El grito aterrado de la potranca fue ofuscado por los propios gritos de Marcusamedae, que se ramificaron en distintos estertores a medida que su carcasa era devorada por las llamas sin piedad. Todas las flores y los capullos reventaron cual burbujas, de ellas venían todas esas voces nuevas, y de ellas emergieron luces que pronto ascendieron hacia el nocturno cielo, para perderse entre las estrellas. De adentro del tronco quemado además emergió un ente amorfo y oscuro, cuyo último grito se perdió al mismo tiempo que se desvanecía por completo.

Los dos ponis presenciaron el desopilante espectáculo, anonadados. Una de las luces fue hacia ellos y tomó la forma de una potrilla, a la que el corcel terrestre saludó lagrimeando, y permaneció así mientras ella subía hacia la luna.

Todo sucedió tan velozmente que Tree Hugger no había podido procesarlo. Pero ni bien tuvo unos minutos para pensar en frío, lo comprendió todo. Miró hacia su salvador, que aún lloraba, y puso un casco en su hombro.

-Por eso querías cortarlo… porque se había llevado a tu hija.