Capítulo 35

Alec no podía crees que tuviera a sus padres justo al frente. Había sospechado que su madre había quedado intranquila desde aquella llamada en al casino, pero nunca creyó que su intranquilidad llegaría hasta el punto de obligarla a tomar un avión ahí mismo y viajar a otro continente. Porque, considerando la hora y el tiempo que tardaba el vuelo, solo tenía sentido que Maryse y Robert se hubieran ido al aeropuerto en el acto.

Y lo peor de todo es que no recordaba con exactitud todo lo que le había dicho a su madre. ¿Y si había soltado algo que no debía?

—¿Están aquí por Alec? —preguntó Isabelle.

—Sí, y también por ustedes— respondió Robert. Simón atravesó la puerta de la entrada cargando más maletas, y el hombre sonrió hacia él— Por cierto, este chico es encantador. El pretendiente más interesante que has tenido, hija—Simón, ruborizado hasta las orejas, ignoró aquel comentario y procedió a subir las escaleras con el equipaje— ¡A nuestra habitación! —habló Robert.

—Sígueme, Simón—dijo Maia, seguramente pensando que el chico de gafas no sabía cuál era la habitación de Maryse y Robert. Ella tomó las maletas que Robert había dejado en el suelo, y luego se dirigió a las escaleras.

—Nunca creí que habría un momento de mi vida en el que mi hijo mayor fuera a emborracharse a un bar por un corazón roto— informó Maryse cruzando sus brazos.

—No estaba borracho…— replicó débilmente el ojiazul. No tenía la valentía para declarar aquello en voz alta, porque estaba sintiendo vergüenza hacia sus padres—Y no era un bar.

—Era un casino— corrigió Jace cooperativamente— Y no era necesario que vinieran, nosotros lo teníamos todo cubierto.

—¿Enserio? —preguntó Maryse escéptica— Veamos si es Alec ya no está trabajando en la empresa ¿De dónde saca el dinero para ir a un casino? — todos dirigieron la mirada hacia el ojiazul, esperando una respuesta.

—Yo tengo dinero ahorrado—respondió incómodamente— He trabajado por años, y en realidad no he gastado en casi nada.

—Su madre y yo obtenemos semanalmente el registro de los movimientos de sus tarjetas bancarias— informó Robert astutamente. Isabelle y Jace dejaron caer sus mandíbulas.

—¿Ustedes qué? —preguntó Jace.

—Jace me ha estado obligando a derrochar el dinero— soltó la pelinegra. El rubio la fulminó con la mirada.

—El punto aquí— intervino Robert, antes de que los hermanos empezaran a discutir— No es si Isabelle ha ordenado cada par de botas que ha salido, o si Jace disfruta comprando relojes que valen más que una casa estándar, y ni siquiera si los dos han comprado un yate que guardan en una bodega alquilada en Praga.

—Aunque eso lo discutiremos después— intervino Maryse.

—El punto es que es raro que Alec haga movimientos con su dinero— continuó el hombre— Hace unos meses los hizo, y luego dedujimos que fue para organizar la boda. Pero aparte de eso, su dinero ha estado intacto—todos volvieron a mirar al ojiazul.

—Tengo dinero en físico— se excusó el chico. Maryse entrecerró los ojos hacia él.

—Conociéndote, no lo dudo. Pero solo por si acaso ¿Puedes asegurarme que solamente has pagado con ese dinero? —Alec pasó saliva. Detestaba la habilidad de sus padres para ver a través de él.

—Puede que haya firmado un préstamo en el casino, y que lo haya conectado con mi cuenta bancaria—Maryse asintió, como si desde un principio supiera aquello.

—¿Has pagado los préstamos?

—No…

—Y tampoco se han cobrado de tu cuenta— agregó Robert en un suspiro— La gente no regala dinero así como así, de algún lado deben estar cobrándose.

—Pero Alec no tiene propiedades— intervino Jace—¿De dónde podrían estarse cobrando? —Maryse le dio una mirada, y Jace entendió las silenciosas palabras. Negó con la cabeza— Imposible. La empresa ya no está a su nombre.

—¿Has revisado los informes de contaduría? —preguntó la mujer, y Jace se mordió la lengua. Puede que la oficina del contador quedara en el mismo piso de la propia, pero de todos modos tenía otras cosas que atender, las cuales consideraba más importantes que ir a descifrar papeles repletos de números y gráficos.

—No.

—Ahí está. Vamos todos a la empresa, y averiguaremos lo que sucede— informó la mujer, y se giró para volver a salir. Robert la siguió casi al instante, y después de un par de miradas vacilantes, fueron sus hijos.

Una vez que todos estuvieron dentro de la enorme y lujosa camioneta de Robert y Maryse, se encaminaron. Alec, sentado en medio de Isabelle y Jace, le lanzaba de vez en cuando miradas a sus padres a través del espejo retrovisor. Ellos acababan de llegar de viaje y deberían estar cansados, pero aun así aparentaban tener la fuerza suficiente para solucionar lo que sea que las acciones del ojiazul habían provocado.

—Perdónenme— habló tímidamente. Maryse lo miró por el reflejo.

—Sabía, desde que supe que la boda se había cancelado, que algo como esto podría pasar. Pero no te culpes, y si necesitas culpar a alguien, culpa a Magnus Bane—los hermanos se miraron entre sí, pero ninguno dijo nada.


Isabelle, Alec y Jace esperaban sentados en la oficina de éste último mientras sus padres tenían una reunión con el contador. Los tres fueron testigos de los cuchicheos y las miradas curiosas de todos los empleados cuando entraron detrás de sus padres al área de ejecutivos, y estaban seguros de que ahora toda la empresa ya estaba al tanto de que los señores Lightwood estaban de visita. Aquello de cierta manera los cohibía puesto que, al menos por el tiempo que Maryse y Robert se quedaran, serían vistos no como los jefes, sino como los hijos de los jefes supremos, y era por ellos que hace mucho habían decidido independizarse. De nuevo, la presencia de sus padres los hacía sentir como unos niños.

—Perdónenme— habló Alec, y sus dos hermanos lo miraron— Todo esto es mi culpa. Ustedes cancelaron su viaje para venir a mi boda, luego fueron testigos de todo lo que pasó con Magnus, y ahora nuestros padres vienen para averiguar que he hecho. Y mientras tanto, nunca dejaron de apoyarme. Yo, por el contrario, los he tratado horrible.

—Solo un poco— aceptó Jace.

—Alec, te extrañábamos muchísimo— habló Isabelle— Siempre fuimos los tres, metiéndonos en problemas, o estudiando juntos. Jace y yo nos la pasamos genial en todos esos viajes, pero siempre me hiciste falta. Prefiero que me trates horrible, a no tener relación contigo—Jace limpió una lágrima imaginaria.

—¿Y eso que fue? ¿A qué se debe la inspiración? —Alec tenía la misma pregunta. Isabelle suspiró.

—Tengo miedo de que nuestros padres nos manden a otro país por ser unos ineptos para los negocios—aceptó. Alec se mordió el labio y bajó la mirada. Si aquello ocurría, sería su culpa.

—No creo que lo hagan— comentó Jace— Ese sería el fin de su tranquilo retiro en España. Además, y considerando que hace poco tomamos el control, no lo hemos hecho tan mal—aquello no alivió al ojiazul, porque se supone que él debía ayudar a sus hermanos mientras estos se integraban a la empresa. En su lugar, los dejó por su cuenta mientras él se iba a diario a jugar.

—Pase lo que pase—habló la chica— No quiero perder a ninguno de los dos.

—Puede que me estrese tu obsesión por el portero— admitió Jace— y puede que Alec y yo hayamos tenido algunas diferencias estos últimos meses, pero tampoco quiero perderlos.

—Yo tampoco quiero hacerlo— dijo Alec sinceramente.

—¿Aunque me meta en tu vida? —preguntó Jace, y Alec lo miró— Debes saber que lo haré las veces que sean necesarias para protegerte de cualquier cosa. Eres mi dulce hermano que nunca piensa en sí mismo, y si yo no busco lo mejor para ti ¿Quién lo hará? — Alec le dio una pequeña sonrisa conmovida.

—Jace, no soy un niño. Soy perfectamente capaz de tomar decisiones por mi cuenta.

—¿Cómo la de irte a un casino a refugiarte en la bebida y en el juego, en lugar de desahogarte con nosotros? — intervino Isabelle— Alec, te quiero, pero a veces puedes llegar a ser muy estúpido. Todos nosotros lo hemos sido, y por eso nos tenemos los unos a los otros. Para ayudarnos cuando estemos siendo estúpidos.

—No nos hagas a un lado— agregó Jace— Gente como Kaelie, Clary, Meliorn, Simón, Jonathan, e incluso como Magnus, van y vienen. Pero al final, los tres siempre seremos hermanos—Alec miró a un lado y al otro, sintiéndose orgulloso de tener a esos dos en su familia. Ahora sentía que si todo se iba a la basura, e incluso de si las cosas con Magnus no funcionaban, no sería una perdida, porque tendría a Jace y a Isabelle de su lado. Ahora se sentía fuerte, a diferencia de cuando intentó apoyarse en Jonathan y en el casino.

—Gracias— habló, y sospechaba que lo que vendría a continuación sería un penoso abrazo, pero afortunadamente no tuvo que descubrirlo porque Robert y Maryse entraron a la oficina cargando unos cuantos papeles en sus manos. Se pusieron de pie.

—¿Y? —preguntó Jace ansioso.

—La empresa está hipotecada— informó Robert. Los tres chicos perdieron el color del rostro.

—¿Qué? —preguntó Alec, seguro de que había escuchado mal.

—Afortunadamente lo descubrimos antes de la próxima entrega, o de lo contrario hubiéramos quedado bloqueados, hubieran llovido las demandas, y el escándalo hubiera sido desastroso— habló Maryse— Solo llevamos dos días en esas condiciones, y el monto de dinero que se debe no es mucho.

—Pero si no lo hubieran descubierto, habrían sido más días— señaló Alec—¿Esto es mi culpa? —sus padres compartieron una mirada, y fue Robert quien respondió.

—Al parecer, cuando les entregaste la empresa a tus hermanos, firmaste para quitar tu nombre como uno de los dueños, pero continuarías siendo accionista, y elegías la empresa como principal codeudor en caso de que necesitaras un préstamo. Como Jace e Isabelle no estuvieron pendientes de la parte económica, y como tú no pagaste la deuda, la empresa fue hipotecada automáticamente.

—Entonces sí es mi culpa— murmuró Alec.

—La abogada de la empresa manipuló el contrato—añadió Maryse— Y agregó la cláusula de "en caso de endeudamiento". Así que no, no es tu culpa. Tú no podrías saber que esto iba a pasar.

—Nosotros nos haremos cargo—Robert dio un pequeño paso al frente—Denunciaremos a la abogada, pagaremos la deuda, y reformularemos el contrato. No se preocupen, esto no tuvo grandes consecuencias. Déjenlo en nuestras manos— luego le dio una mirada a su esposa, y ambos volvieron a salir aún con los papeles en las manos. Jace, Izzy y Alec se miraron antes de soltar un suspiro y dejarse caer sobre los sofás. No los habían tratado como inútiles, pero quizás sí como niños.

—¿Por qué cometo tantos errores? —preguntó Alec, y llevó sus manos a su cabello para enterrar sus dedos en él. Jace le dio una palmada en el hombro.

—Hey, no te atormentes. Ya escuchaste, esto no fue tu intención.

—Además, solo llevamos hipotecados dos días— añadió la chica.

—Pudieron ser más— replicó Alec pesimista— Yo pude haber seguido jugando, la deuda pudo haber crecido, la empresa pudo bloquearse por completo. Incluso pudieron haberla cerrado—Jace e Isabelle hicieron una mueca— ¿Por qué me pasa esto a mí? Todo lo que quería era distraerme— soltó un gruñido—Y para terminar de rematar, Magnus está con Woolsey ahora mismo, volando juntos a otro continente.

—Magnus ya no es tan idiota— señaló Jace, y Alec lo miró seriamente. Era cierto que dudaba que el Magnus que había visto volviera a dejarse convencer tan fácilmente, pero no le hacía gracia que el Magnus anterior, y del cual se había enamorado, fuera catalogado como "idiota".

—¿Por qué la abogada haría eso? —meditó Isabelle con la mirada perdida. Alec se giró a verla— Quiero decir, nadie hace algo ilegal solo por gusto, siempre hay una razón. ¿Por qué Seelie Queen quería que la empresa se hipotecara?

—Además ¿Por qué nosotros pediríamos un préstamo? — Jace llevó una mano a su barbilla—Casi que es como si ella supiera que Alec iba a terminar con esa deuda—a Alec también le llamó la atención eso, pero no veía que hubiera una manera de confirmarlo.

—Creo que volveré a casa—informó mientras se ponía de pie— No hay nada que pueda hacer aquí—Isabelle y Jace lo imitaron.

—Nosotros tampoco. Volvamos a casa—dijo el rubio.


Magnus había sospechado que las siete horas de viaje con Woolsey iban a ser un poco incómodas, pero se equivocó. Fueron muy incómodas.

Al principio habían intentado ser personas normales y se había esforzado a empezar una charla trivial sobre el Praetor, pero después cada uno se dio cuenta de que no se le daba bien ser hipócrita y fingir que eran amigos de toda la vida, por lo que Magnus tomó una revista para leerla mientras Woolsey recostó la cabeza e intentó dormirse. Finalmente llegaron a su destino, y ambos se pararon de un salto con la intención de ponerle fin a esa tensionante cercanía.

Ya que no pensaban quedarse mucho tiempo, cada uno tenía una pequeña maleta que cargaban con facilidad a través de las calles de Nueva York. Era curioso el hecho de que lucieran como sofisticados americanos, cuando en realidad los dos tenían orígenes ingleses.

—Muy bien ¿Por donde empezamos? —preguntó Woolsey. Sacó unas gafas oscuras de su maleta y se las colocó, dándole más apariencia de turista.

—Vamos a uno de los casinos que mi padre frecuentaba— respondió el moreno, y ante el asentimiento del periodista, los dos se pusieron en marcha.

El primer casino era enorme y luminoso, quizás demasiado moderno para ser inglés. La paredes parecían ser de cristal, y habían pantallas digitales por todas partes, reproduciendo publicidad sobre descuentos. Estaba repleto de personas, la mayoría usando un traje de etiqueta. Woolsey se sintió como un niño en una dulcería.

Los dos se encaminaron hacia la barra y luego se sentaron como si simplemente fueran clientes. El barman se acercó a ellos limpiando un vaso de vidrio con un paño.

—¿Qué desean, caballeros? —preguntó con su marcado acento inglés y con una calurosa sonrisa. Magnus miró a Woolsey, ya que se supone que era él quien se encargaría de las preguntas.

—Soy Woolsey Scott, periodista americano—informó el rubio, y sacó una tarjeta de su bolsillo. Era una credencial de prensa. El hombre la escaneó, y luego volvió su atención al periodista— Me gustaría hacerle un par de preguntas sobre el dueño de este establecimiento— soltó directo. El hombre cerró la boca, como si estuviera decidido a no decir nada, y luego le dio a una mirada a Magnus. Woolsey entendió su problema y sonrió— Oh, no te preocupes por él. Es mi esposo, y es supremamente celoso así que no me deja salir solo. Tengo que llevarlo a donde quiera que vaya— Magnus lo miró torciendo los labios— Además, es mudo—añadió.

El hombre le dio otra mirada curiosa a Magnus antes de asentir.

—De acuerdo— dijo, y recostó sus codos sobre la barra, mirando directamente a Woolsey— El dueño es una mujer, y se llama Charlotte Branwell. Tratamos de mantenerlo en secreto porque su esposo es un reconocido conferencista sobre los problemas del alcoholismo en los jóvenes, y Charlotte no quiere entrometerse en su carrera. Pero si necesita hablar con ella, puede subir al tercer piso— Magnus hizo una mueca, ellos no estaban buscando a una mujer. Se acercó a Woolsey, y jaló la manga de su camisa. El rubio lo miró divertido.

—Ya vamos, gatito—luego volvió a enfocar al barman— Como puede ver, mi esposo tiene algo de prisa porque volvamos al hotel. Le agradezco su ayuda, vendré a hablar con Charlotte Branwell apenas pueda— el hombre asintió y les sonrió.

—Fue un placer— Magnus y Woolsey se encaminaron a la salida mientras barman se giraba hacia nuevos clientes, aún con el vaso en sus manos.

El segundo casino era menos sofisticado, pero aun así parecía elegante. Dado que obtuvieron grandes avances con el anterior bartender, decidieron volver a probar suerte en la barra del bar. Esta vez, quien atendía era un jovencito, quizás de la edad de Magnus, con brillantes ojos azules, cabello rubio, y las cejas fruncidas, como si detestara ese empleo. Los dos volvieron a sentarse frente a la barra, y Woolsey llamó al muchacho con una seña de su mano.

—¿Qué desean? —preguntó el chico, y esta vez no hubo sonrisa. Woolsey volvió a sacar su tarjeta.

—Soy Woolsey Scott, periodista americano— la guardó, y miró a Magnus— Y él es…

—Soy su hijo— cortó Magnus, ganándose un gruñido de Woolsey. El moreno le sonrió al bartender— Estudiante de periodismo. Quiero aprender de mi padre sobre el oficio—el joven asintió desinteresado y volvió su atención a Woolsey.

—¿Y que quieren? —preguntó.

—Estoy haciendo un reportaje, y necesito saber quién es el dueño de este establecimiento— Magnus y Woolsey fueron testigos de un estremecimiento de rabia que recorrió al joven.

—Él está arriba— informó— Pueden subir a hablar con él si desean— Magnus soltó un suspiro. Jonathan estaba en américa, por lo que ese casino tampoco le pertenecía. Se giró hacia Woolsey con intención de pedirle que se marcharan de ahí, pero se encontró al periodista mirando astutamente hacia el bartender.

—Tú eres un chico muy hermoso— comentó. El joven lo miró sorprendido— ¿Por qué estás trabajando en un casino cuando deberías vivir como un rey? —el joven bajó la mirada, y para distraerse tomó una copa y empezó a limpiarla. Sin embargo, un ligero rubor cubrió sus mejillas, y Woolsey sonrió al verlo— Si vivieras conmigo, yo no te dejaría trabajar nunca— soltó. Magnus miró incrédulo hacia él, y luego hacia el chico, a quien empezaba a formársele una tímida sonrisa.

—Vives en Estados Unidos ¿No? —preguntó mucho más amable que cuando los había saludado.

—En una suite para ser exactos— respondió Woolsey— Mi esposa murió hace años, y mi querido hijo aquí presente a duras penas y me visita cada año. En realidad, me la paso la mayor parte del tiempo solo, y no sé qué hacer con mi gran fortuna— el chico se mordió el labio.

—Vaya… deberías volver a intentar salir con alguien—comentó, y en opinión de Magnus, parecía estarse ahorrando las ganas de ofrecerse como voluntario. Magnus puso los ojos en blanco.

—Discúlpenme, debo hacer una llamada—se acercó a Woolsey, y atrevidamente le sacó el celular del bolsillo— Gracias, padre— dijo sarcásticamente, y se alejó de allí, acercándose a una columna donde nadie pudiera escucharlo para poder hablar tranquilamente con Alec.

Al tercer timbrazo, el ojiazul contestó.

—Hola— su voz sonaba apagada.

—¿Me extrañaste?

—¿Qué tal tus vacaciones con Woolsey? —preguntó Alec cortante. Magnus suspiró.

—Alec…

—Aquí las cosas están mal. Mis padres vinieron, y se están encargando de la empresa y de todos los problemas en los que los metí—Magnus, a pesar de todo, encontró aquello divertido. Sin embargo, no rió.

—¿Tú los metiste en problemas? —preguntó incrédulo.

—Mis deudas en el casino hicieron que hipotecaran la empresa— informó el chico. Magnus frunció el ceño. Jonathan eran quien se había aprovechado de la situación para convencer a Alec de ir al casino, y se supone que el rubio tenía una venganza preparada para Alec, pero ni siquiera Woolsey sabía de qué se trataba. Quizás, Jonathan había planeado dejar a Alec en bancarrota, o peor, atacarlo por la empresa con el fin de herir a Alec donde más le dolía: su familia.

Sea como fuere, el casino donde Alec y Jonathan acostumbraban ir era un punto clave.

—Eso suena terrible— comentó—¿Es muy grande la deuda? —escuchó a Alec suspirar a través de la línea.

—No, afortunadamente. Pero me siento muy mal— Magnus detectó la culpabilidad en la voz del ojiazul, y pensó en que quizás Jonathan no había llegado muy lejos con su plan, pero sí lo suficiente como para que a Alec le afectara— Quisiera…que estuvieras aquí— agregó a media voz. Magnus sonrió, le parecía hermoso el hecho de que Alec pensara en él como una especie de medicina, algo que lo haría sentir mejor. De nuevo tuvo la esperanza de que quizás el ojiazul lo aceptaría, y ambos volverían a estar juntos.

—Tengo cosas importantes que hacer aquí— respondió. El simple hecho de que Alec ya supiera lo mucho que el moreno deseaba que estuvieran juntos, ya era un gran vistazo de sus sentimientos. Era demasiado como para que Magnus se pudiera sentir a salvo.

—Ah.

—Pero como te dije: Cuando vuelva a Estados Unidos, iré a buscarte.

—No me gusta que estés tan lejos con ese hombre—admitió Alec— Y tampoco que no me digas las cosas completas.

—Te lo diré todo, lo prometo. Primero déjame confirmar mis sospechas, luego, quien tenga que pagar, pagará; y finalmente tú y yo volveremos a estar juntos. Tú ya no tendrás responsabilidades en la empresa, y yo ya no seré tan idiota. Todo será perfecto—su voz estaba teñida de un poco de ilusión, y esperó pacientemente por la respuesta de Alec, pero nunca llegó. Hubo silencio en la otra línea— ¿Alec?

—Suerte en lo que tengas que hacer, y por favor, cuídate de Woolsey— soltó el chico, y colgó. Magnus, extrañado y dolido, miró el celular. Su esperanza murió.

Sabiendo que no tenía sentido volver a marcarle, volvió a dirigirse a la barra. Woolsey parecía relajado al hablar mientras el barman tenía una encantadora sonrisa en su rostro y los dos codos sobre la barra, intentando estar tan cerca del periodista como fuera posible.

Woolsey lo vio acercarse y le sonrió.

—Querido hijo, que gusto que ya hayas regresado. Resulta que este hermoso joven, llamado Nathaniel Gray, tiene un jefe bastante mayor que además lo regaña todo el tiempo, y lo que le paga es una miseria considerando lo que él trabaja— lo primero que Magnus pensó fue en que el trabajo del tal Nathaniel no debería ser muy bueno si trataba a los clientes tan duramente como al principio los había tratado a ellos. Pero luego cayó en cuenta de lo que Woolsey realmente le estaba tratando de decir: ese lugar tampoco le pertenecía a Jonathan.

—Pero ya no tendré que seguir soportándolo— agregó el chico, y miró hacia el periodista— ¿Verdad, Woolsey?

—Claro que no, Nate. Mañana paso por ti, y te llevaré conmigo a Estados Unidos— el barman amplió su sonrisa, y Magnus ni siquiera sabía qué debía decir al respecto.

—Em… padre… tenemos que irnos. Ya sabes, los del tour nos están esperando—Woolsey asintió y se puso de pie. El chico lo miró con cara de querer decirle algo, pero no sabía qué.

—Hasta mañana— dijo Woolsey, y Nathaniel asintió lentamente. Woolsey y Magnus empezaron a dirigirse a la salida, y este último, sólo por curiosidad, giró un poco la cabeza, para encontrarse al barman aun mirándolos a pesar de que varios clientes lo llamaban para su orden.

Una vez que estuvieron en la calle, Woolsey soltó una carcajada.

—La codicia humana es increíble— dijo divertido. Magnus supo entonces que todo lo ocurrido con el barman fue mentira. Le parecía que era muy cruel de parte de Woolsey el haber jugado así con los sentimientos de ese chico, pero no le interesaba juzgar o intervenir, por lo que no dijo nada— En fin, ¿A hora a dónde vamos?

El tercer casino era un cuchitril de mala muerte. Las máquinas estaban viejas y gastadas, borrachos tenían su cabeza recostada sobre la barra, y habían cristales en el suelo, como si hace poco hubiera habido una pelea. Woolsey miró a los lados con asco y luego se dirigió a la barra. Esta vez no se sentó. Unos segundos después, Magnus lo imitó.

El bartender era curiosamente una chica castaña con un revelador uniforme fucsia. No lucía enojada o sonriente, pero sí seria. Miró hacia los recién llegados, y luego se dirigió hacia las botellas.

—¿Qué les sirvo? —preguntó sin mirarlos. Woolsey, viendo que ni siquiera tenía sentido sacar la tarjeta, simplemente habló.

—Mi nombre es Woolsey Scott y soy periodista. Él es…

—¿Magnus? —dijo alguien, y tanto Magnus como Woolsey dirigieron su mirada hacia la barra, donde una de las borrachas los miraban con ojos adormilados. El moreno se congeló momentáneamente, pero luego se obligó a volver al control.

—Lilith— reconoció. La mujer sonrió y levantó la cabeza.

—¿Qué haces en Inglaterra? Creí que a estas alturas ya serías el esposo del chico norteamericano—"También yo" pensó.

—Surgieron algunas cosas—respondió simplemente. Woolsey le dio una mirada, como queriendo preguntarle quien era ella—Woolsey, ella trabajaba con mi padre. Lilith, él es un periodista de Estados Unidos— tampoco le iba a soltar a Woolsey que, de no haber sido por Alec, esa mujer hubiera sido una clienta.

—Oh, así que conoció a tu padre— comentó el periodista, y se enfocó en la mujer— Escuché que murió por una golpiza, eso es terrible ¿No?

—Se lo merecía— respondió ella con sorna, y Magnus reunió fuerza de voluntad para no tirársele encima— Le debía a todo el mundo, hasta a mí. Los chicos de Edom solo cumplieron con su palabra. Le habían advertido, y él siguió igual—los ojos de Woolsey brillarlo.

—Como sea. Vamos, Magnus, el tour nos está esperando— Magnus seguía viendo a la mujer como si pudiera matarla con la mirada, Woolsey lo tomó de la manga de la camisa y lo jaló para arrastrarlo hacia la calle, donde volvió a liberarlo con una sonrisa de autosuficiencia— ¿Conoces algún sitio llamado "Edom"? —Magnus se esforzó el reponerse.

—No, pero podemos tomar un taxi.

Edom resultó ser un casino aparentemente elegante. Magnus miró al lugar frunciendo el ceño, lo odiaba, ese sitio era el culpable de que su padre estuviera muerto. Él y Woolsey esquivaron cuerpos de jugadores para dirigirse a la barra, donde una mujer pelirroja parecía estar haciendo un tremendo esfuerzo en atender a todos los clientes. Woolsey, importándole poco si ella estaría estresada, alzó la voz.

—¡Hey! ¡Soy periodista y tengo que hacerle un par de preguntas! —los clientes la miraron extraño, como si en lugar de un periodista, fuera un policía quien la estuviera llamando. La mujer frunció el ceño y llegó caminó hasta él.

—¿Qué quiere? —Magnus entrecerró los ojos, ese no era acento británico.

Me llamo Armando— ahora Magnus abrió los ojos hacia Woolsey y su perfecto castellano— ¿Puede entender si le hablo en español, o prefiere que intente con inglés? —la mujer lo miró confundida.

—Em… no hablo español, lo siento.

—Bueno, yo me defiendo un poco con el inglés— respondió Woolsey, eliminando cualquier acento británico. En realidad, parecía un estadounidense que hasta ahora estaba aprendiendo a hablar el idioma, lento y torpe, pronunciando cada palabra más de lo que era natural— Estoy escribiendo un… ¿Reportaje? —la mujer asintió— Y para ello necesito hablar con el dueño de este casino ¿Podría informarme dónde está?

—Lo siento, él no está en el país— respondió ella.

—Oh, entiendo— Woolsey empezó a escarbar en su maleta— Es que me habían dicho… ¿Dónde está?... ¡La encontré! — Magnus observó a Woolsey abrir una libreta, cuya hoja estaba en blanco— Me habían dicho que el dueño, Charles Swan, regresaría hoy de viaje— la mujer frunció el ceño.

—¿Charles?

—Sí. Un hombre de unos cincuenta años— la pelirroja negó con la cabeza.

—Lo siento, pero creo que le informaron mal. El dueño de este establecimiento es joven—Woolsey abrió los ojos preocupado.

—¡No puede ser! Ya había empezado a escribir… en fin, es mejor corregir tarde que nunca. ¿Cómo se llama el dueño? —Magnus dirigió su mirada hacia la mujer, quien se removió incómoda.

—Yo… creo que mejor debería esperar a que él vuelva— Woolsey cerró su libreta luciendo decepcionado— Entiendo, gracias por su ayuda. Adiós. —ambos se retiraron, y la mujer continuó en su trabajo.

Una vez en la calle, Woolsey sonrió mientras se quitaba las gafas.

—Lo tenemos. Este casino es de Jonathan.

—¿Por qué estás tan seguro?

—Esa mujer no era británica. Tiene acento estadounidense, y un increíble parecido con Seelie Queen—Magnus continuó confundido, y Woolsey tuvo que aclararse— ¿La abogada de los Lightwood? —el moreno abrió los ojos, haciendo que el periodista rodara los suyos— ¿Qué Alec no te la presentó?

—No.

—Bueno, no importa. Juraría que es ella. Y creo que por mis gafas no me reconoció—Magnus también quería señalar que tampoco lo reconoció por la buena actuación, pero no quería halagar a Woolsey— El dueño es joven, no está en el país, ella se puso nerviosa cuando pregunté por él… puedo jurarte que este casino es de Jonathan. Si hay algo de lo que puedo jactarme, es de mi intuición periodística—Magnus se giró a ver el casino, aquella fachada que seguramente su padre había visto muchas veces.

—Si eso es verdad, significa que Jonathan sí fue el responsable de la muerte de mi padre— murmuró, a lo que Woolsey asintió, pero en lugar de triste, se le veía con una gran sonrisa.

—Exacto. Tenemos nuestra historia.