Under the sun by Cheryl Cole
Treinta y tres
Aria
Nervios.
Durante toda su vida había convivido con los nervios. Nervios por sociabilizar, nervios por amor, nervios por cantar, nervios por actuar, nervios de felicidad, nervios de dolor, nervios de decepción, nervios de tristeza, etc… Nervios por doquier, nervios que como siempre se anudaban en su estómago y le regalaban un temblor de piernas mientras su cerebro enlazaba mil palabras en apenas unas décimas de segundo. Nervios que sabía controlar a medias. Los pulmones llenos de aire, los ojos cerrados y un lema que había marcado toda su vida; Tú puedes.
Para contar las veces que Rachel se había repetido así misma aquellas palabras, solo tenía que recordar uno a uno todos los eventos importantes en los que se había visto envuelta. Situaciones en las que ella misma tenía que dar un paso al frente y hacer lo que tenía que hacer.
Tú puedes.
Solo necesitaba pensarlo una sola vez y automáticamente su cuerpo reaccionaba, su mente se ordenaba y salía lo mejor de ella.
Tú puedes.
Solo una vez para auto convencerse de que estaba allí porque era donde debía estar, sin embargo, en aquel momento y en apenas 20 segundos, Rache tuvo que recordar aquel lema de ánimo unas tres, cuatro o incluso cinco veces. Y ninguna de ellas le daba la tranquilidad para creer que estaba bien lo que iba a hacer. Porque no debía estar allí, y lo sabía. Porque estaba haciendo algo que probablemente la metería en problemas, y que podría romper definitivamente su matrimonio con Quinn, aunque ya existiese un papel en los juzgados que así lo confirmaba.
Encontrar la verdad nunca supuso un reto tan devastador para ella, y verse a las puertas de aquel hotel no sirvió de gran ayuda para pensar lo contrario.
Casi tres horas de viaje en coche para llegar hasta allí, a las puertas del Club Quarters en pleno centro de Philadelphia. Casi tres horas en las que solo existían dudas que trataban de ser aplacadas con ese; Tú puedes, y que se habían convertido en nervios cuando sus pies se situaron frente al lujoso hotel.
Había salido de su hogar a las 6:30 de la mañana haciéndole creer a Quinn que la reunión no era más que un mero trámite de su trabajo, y ahora estaba allí, con el teléfono entre sus manos y sujetando el bolso como si de un tesoro se tratase. Tal vez no un tesoro, pero sí la clave de todo aquel enredo. Rachel apartó las enormes gafas de sol de su rostro y tras comprobar por quinta vez la hora, se decidió a entrar.
—Disculpe, ¿Me puede indicar donde está situado el lobby?
—Por supuesto, señora. Solo tiene que acceder hasta el interior tras cruzar ese arco y estará en él—le indicó el servicial y educado botones que le daba la bienvenida al hotel.
—Muchas gracias—respondió esbozando una tensa sonrisa. Tensa porque los dichosos nervios no la dejaban relajarse ni un solo segundo.
Y efectivamente allí estaba. Tras seguir al pie de la letra las indicaciones del chico, una amplia estancia repleta de sofás, lámparas de pie, mesitas y sillas a juego, le daba la bienvenida bajo un techo repleto de cristales azules que permitían ver el cielo de Pensilvania.
Una, dos, tres, diez…No supo cuántas personas se encontraban en aquel instante repartidas por los diferentes sillones mientras debatían, leían, o simplemente parecían hacer algo de tiempo a la vez que contemplaban el cielo a través del techo. Una, dos, tres y ella.
Apenas tuvo que hacer un barrido de la estancia con su mirada para descubrir a su objetivo. Sentada en uno de los sofás que se situaban a la derecha del acceso de aquel majestuoso lobby, aparecía ella, y supo que era ella porque el corazón le dio un salto y la revista del Art Monthly que reposaba sobre la mesa así se lo hacía indicar. Aria, completamente distraída mientras miraba la pantalla de su tablet, no se percató de su presencia en ningún momento. Evidentemente, porque no la esperaba.
Aclaró su voz y no lo dudó, a pesar de los remordimientos de consciencia que ya empezaban a acusarla.
—Hola…¿Aria Lennon?—musitó acercándose al sofá donde permanecía de espaldas a ella.
Aria no dudó en atender a la llamada y rápidamente se giró hacia ella para mostrar un primer gesto lleno de sorpresa que Rachel no esperaba.
—¿Eres tú, verdad?—insistió Rachel y al fin recibió respuesta.
—Eh…Sí, soy yo—respondió aun sorprendida.
—Hola, disculpa que te interrumpa, mi nombre es Rachel Berry—se presentó ofreciéndole la mano, gesto que Aria aceptó al tiempo que se levantaba del sofá.
—Eh…Sí, lo sé.
—¿Lo sabes?
—Pues sí, es complicado no saber quién eres si te gustan los musicales—respondió desconcertada.
—Oh, vaya…Bueno…—Tragó saliva tras ser consciente de como la mirada de aquella chica parecía atravesarla. –Eh, sé que estarás preguntándote por qué motivo me he acercado a ti.
—Lo estoy—musitó.
—Ok. Lo cierto es que me gustaría hablar contigo, si no tienes inconveniente.
—¿Hablar conmigo?
—Sí. No serán más de cinco minutos y es realmente importante.
— Bueno, lo cierto es que yo estaría encantada, pero tengo una reunión en menos de…Bah, en realidad ya tendría que estar con mi cita de hoy—añadió tras comprobar la hora en la tablet. Evidentemente, Rachel había esperado a que el reloj marcase las 10 en punto de la mañana.
—¿Harvey Kinkell?—dejó caer y la sorpresa aumentó en Aria.
—Sí, he quedado con ese hombre, ¿Cómo lo sabes?
—Pues porque es mi representante—respondió sin dejar de mirarla—Bueno, en realidad mi representante se llama Glen Carlin, pero él le dijo que se llamaba Harvey Kinkell para evitar que supiera quien es.
—¿Cómo?
—Siento muchísimo haberle tenido que mentir—ignoró la cuestión de la chica que parecía más confusa conforme pasaban los segundos—Necesitaba hablar contigo a solas, cara a cara y sin que supieras que era yo quien venía a verte. Por eso mi representante se hizo pasar por un marchante de arte que está a punto de editar una revista.
—No me jodas—balbuceó visiblemente molesta—¿Es una jodida broma?
—No, y por eso le estoy pidiendo disculpas. No es mi manera de actuar, pero en ésta ocasión no me ha quedado más remedio que hacerlo así. ¿Puedo sentarme? Es muy importante lo que necesito hablar contigo.
No parecía saber que responder. Aria compaginaba miradas completamente incrédulas hacia Rachel, para segundos más tarde hacerlo a su alrededor, buscando tal vez algo que le hiciera comprender qué estaba sucediendo.
—¿De verdad que no es una cámara oculta?—masculló y Rachel negó instintivamente.—Ok, supongo…Supongo que sí, que puedes sentarte.
—Gracias. Entiendo que estés realmente confusa y que todo te resulte extraño, pero créeme, no he hecho casi 200 kilómetros a solas en coche solo para gastarte una broma, te lo aseguro.
—¿Has venido en coche solo para verme?
—Así es, vivo en Nueva York.
—Ya, ya lo sé, pero nunca imaginé que una actriz de Broadway como tú viajase en coche a solas para encontrarse con alguien que ni siquiera la espera. Creía que erais más de taxis o trenes para las distancias cortas y medias.
—No soy una diva—masculló un tanto ofendida, aunque lo que realmente le molestaba era tener que enfrentarse a ella.
Su nombre le resultaba familiar, pero jamás había visto su rostro hasta que descubrió la fotografía de ella junto a Quinn en su revista. Evidentemente, el atractivo físico de Aria no le pasó desapercibido en aquel instante, pero no contaba con la sorpresa mayúscula que había recibido al verla en persona. No. Aria no era como esas famosas que en las fotografías salen perfectas y en vivo y en directo, dejan muchísimo que desear. Aria era muchísimo más hermosa en persona de lo que esperaba, y eso no le gustaba en absoluto. Y no le gustaba porque los celos no iban a tardar en jugarle una mala pasada.
Quinn tenía ese don. Tenía esa cualidad de atraer a chicas realmente hermosas, y Aria podría estar perfectamente situada en el top de esas pobres ilusas que un día sintieron ese flechazo con su mujer. Ilusas porque ninguna de ellas tendría nada que hacer más allá de resultar una mera anécdota para ambas. Sin embargo, aquella chica que seguía cuestionándola con la mirada y asegurándose que lo que sucedía no era una broma típica de cualquier reality show, tenía algo que empezaba a causarle verdaderos estragos en su confianza. No solo por su belleza física, sino por cómo se movía, por su voz, por sus gestos, y por supuesto por el sujetador que había aparecido en su hogar y que parecía delatarla sin ser una más.
—Lo siento, no pretendía decir eso—se disculpó dibujando una media sonrisa, gesto que volvía a alertar aún más a Rachel. No solo la sonrisa, sino los dos interminables hoyuelos que tuvieron el acierto de marcarse en sus mejillas, y que no hacían más que aumentar su gran atractivo.—¿En qué puedo ayudarte? Porque imagino que si has venido hasta aquí después de hacerte pasar por ese tal Harvey Kinkell, es porque puedo servirte de ayuda en algo importante, ¿No es cierto?
—Sí, así es.—Tragó saliva.
—¿Y bien?
—Ok. Sé que lo que vas a ver ahora mismo es probable que destruya todas tus expectativas acerca de lo que puedes estar pensando para lo que he venido—comenzó a hablar mientras se decidía a abrir el bolso y meter su mano en el interior—No obstante, te pido por favor que seas honesta conmigo. No vengo a pedirte explicaciones, sino a que me digas si sucedió o no. Nada más. En el momento en el que me lo digas yo me iré y no volverás a verme, te lo prometo.
—No estoy entendiendo nada—musitó Aria tratando de hilar las palabras que a toda velocidad salían de sus labios—¿Qué quieres que te diga?—añadió curiosa y Rachel no lo dudó.
Aun con los nervios apoderándose de ella, sacó la mano del bolso y soltó el dichoso sujetador sobre la mesa que las separaba, logrando que los ojos de Aria se abriesen como platos.
—¿Esto es tuyo?—No hubo respuesta. Aria frunció el ceño completamente descolocada mientras desviaba de nuevo la mirada a su alrededor, para después volver a posarla sobre el sujetador. —¿Es tuyo?—insistió Rachel.
—¿De…de dónde diablos lo has sacado?—reaccionó aun desconcertada, sin perder de vista la prenda.
—Vuelvo a preguntarte, ¿Es tuyo?
La miró, cerró la boca que había tenido abierta desde que la vio sacar la prenda y la tomó entre sus manos para inspeccionarla con algo de detenimiento.
—Eh…Pues no lo sé, creo…Creo que sí. Al menos es muy parecido a uno que yo tenía. ¿De dónde lo has sacado?
—¿Dónde lo viste por última vez?—cuestionó Rachel con la tensión apoderándose de su rostro. Que hubiese reconocido el sujetador no podía implicar nada bueno.
—Pues, si es el mío la última vez que lo vi estaba en España—respondió observando con detenimiento el sujetador—¿Por qué lo tienes tú? ¿Eres amiga de Shane McCutcheon?
—¿Shane? ¿Qué tiene que ver Shane con ese sujetador?—Instigó tratando de templar los nervios y dejar que fuese ella quien se explicase.
—Bueno, es ella quien me lo quitó. En realidad, yo se lo di por un asunto personal, pero ella nunca quiso devolvérmelo.
—¿Asunto personal?—esbozó una sonrisa repleta de sarcasmo.
—Pues sí, un asunto personal que no tengo por qué explicarte a ti, básicamente porque no creo que te importe lo que yo haga o deje de hacer con mi vida—replicó molesta.
—Me temo que sí me importa lo que haces con tu vida, porque ese sujetador ha terminado en mi hogar. Y mi mujer, mi propia mujer, me ha mentido respecto a él. Así que como comprenderás, es algo que me importa.
—¿Tu mujer? ¿Eres la mujer de Shane McCutcheon?—balbuceó completamente confusa.
—No, por suerte no lo soy—respondió.
—Entonces, ¿Qué diablos me estás contando? ¿Qué tiene que ver Shane y mi sujetador contigo? Que yo sepa no…Un momento—alzó la mirada hacia Rachel y ésta se removió incomoda en el sofá.—¿Tú eres Rachel?
—Pensé que en el mismo momento en el que me he presentado, me habías oído, e incluso reconocido—respondió de nuevo con una oleada repleta de sarcasmo.
—No, no. Claro que sé que eres Rachel Berry, me refiero a si tú eres Rachel…La mujer de Quinn Fabray.—Añadió esperando una respuesta que Rachel no atinaba a darle.
—Eh…Sí.
—Oh dios mío—susurró dejando que su boca se abriese a mas no poder—Estúpida rubia, me dijo que su mujer era una artista, pero no me dijo que eras una estrella de Broadway—Explicó dibujando una sorprendente sonrisa. Sorprendente porque ahora era Rachel quien no daba crédito a lo que escuchaba. De hecho, ella no tenía constancia de que Quinn la hubiese mencionado, y si lo había hecho, peor aún—No me lo puedo creer.
—Yo tampoco—añadió Rachel con la tensión reflejándose en su rostro—Mi mujer te ha hablado de mí y aun así esto estaba con ella—señaló de nuevo hacia el sujetador.—No le veo la gracia.
—¿Cómo? ¿Se lo llevó Quinn?—preguntó desconcertando aún más a la morena.—¿Por qué no me dijo nada?
—¿Cómo que por qué no te dijo nada? ¿Me ves cara de idiota?—replicó alzando la voz, tanto que en apenas unos segundos varios turistas que permanecían en el lobby se giraron hacia ella—¿Qué diablos te pasa?—susurró más comedida.—Estás hablando de mí mujer, ¿Me oyes? ¡Mí mujer!
—Sí, ya sé que es tu mujer, y que éste sujetador es mío. Y no sé por qué diablos lo tenía ella, cuando yo se lo dí a Shane. No entiendo qué pretendes con…Oh, espera…
—Vaya, parece que dentro de esa cabeza hay algo más que masa inservible.
—Hey, no voy a permitir que me insultes, ¿Me oyes?
—¿Qué pretendes que haga después de lo que estás haciendo? Te estás riendo de mí porque te he traído una prueba que te delata.
—¿Una prueba que me delata?—la interrumpió—Espera porque esto se pone divertido—masculló con sarcasmo— ¿Qué estás insinuando?
—¿No te parece evidente?—cuestionó contagiándose del sarcasmo—¿Qué harías tú si llega a tu hogar una prenda de otra persona y tu mujer se excusa con una absurda mentira? ¿Qué es un fetiche? ¿Qué es un amuleto de la suerte? ¿O tal vez que es la prueba de una noche de sexo con una desconocida?
—¿Noche de sexo? ¿Pero de qué hablas?—volvía a interrumpirla—Mira, no tengo ni idea de lo que está pasando aquí, y tampoco entiendo por qué vienes con esa actitud. Este sujetador lo tenía Shane por un estúpido juego, si se lo llevó Quinn, no es mi problema. ¿Qué pretendías que hiciera?¿Que pidiese a los guardias de aduana que la registrasen antes de abandonar el país?
—¿Qué pasó aquella noche? ¿Qué hiciste con mi mujer en Sevilla? Vamos, confiésalo—explotó perdiendo la paciencia— Necesito que me digas la verdad y todo se habrá acabado. Yo me largaré y no volverás a saber nada de mí. Pero ten el valor de confesarme lo que sucedió aquella noche.
—¿Pero de qué diablos me hablas?—espetó rompiendo de nuevo el monologo de Rachel—No entiendo a qué viene todo éste cuestionario, pero no pasó nada…Y si lo que estás insinuando es que me he acostado con Quinn, pues siento desilusionarte—replicó con sarcasmo—Pero ¡No!. No me he acostado con nadie excepto con quien debo hacerlo, que no es otra persona más que mi pareja. ¿Te queda claro?
No. No le quedaba nada claro, porque no lograba asimilar que todas sus dudas debían quedar resueltas con aquella respuesta. Aria acababa de confesarle que no había tenido nada con Quinn, pero había tantas cuestiones, tantas dudas golpeando su mente que le era imposible aceptarlo así, sin más.
—Oh dios mío, esto es surrealista—susurró la chica y Rachel reaccionó al fin con algo más de coherencia.
—¿Qué pasó aquella noche?—insistió—Te pido por favor que me lo cuentes. Que me cuentes por qué mi mujer no recuerda absolutamente nada y está muerta de miedo al creer que me mintió.
—¿Cómo que no recuerda nada?
—Ni mi mujer, ni una amiga que iba con ellas recuerdan nada de lo que sucedió aquella noche, y todo hace indicar que hubo algo más entre ellas, y yo pensaba que también contigo. Ese sujetador llegó en la maleta de mi amiga y se lo trasladó a mi mujer para deshacerse de él. Ella no recuerda nada, por eso estoy yo aquí. Porque tenía la esperanza de que…
—No lo entiendo. Ella misma me habló la mañana siguiente de lo que había sucedido—respondió desconcertando aún más a Rachel.
—¿Qué? No, no eso es imposible—balbuceó tratando de convencerse, de creer que Quinn no le había mentido al jurarle que no recordaba nada.—Ella, ella no me mentiría de esa forma. Ella no recuerda nada, no, no puede haberme mentido así.
—Yo le hablé de todo y ella no me dijo que no lo supiera. Al contrario, asintió a todo confirmándomelo, aunque…Ahora que lo dices, ella no mencionó nada, solo me miraba y asentía hasta que quiso cambiar de tema—Explicó recordando el encuentro.—¿Me estaba mintiendo?—la miró confusa— ¿No recordaba nada y me hizo creer que sí?
—Ella jamás me mentiría en algo así. Es verdad que no recuerda nada—susurró perdiendo la mirada sobre el sujetador—Y yo me he venido hasta aquí sin decirle nada.
—Un momento ¿Quinn no sabe que estás aquí?—la interrumpió
—No, y si se entera es probable que todo acabe entre nosotras. Aunque lo cierto es que todo está roto ya—añadió sin olvidar el plan.—Acabamos de divorciarnos, pero yo necesito saber la verdad.
—¿Os habéis divorciado?—musitó cambiando radicalmente el gesto.
—Sí. Pero no es de eso a lo que he venido a hablar contigo. Repito, necesito que me cuentes lo que sucedió, por favor.—La voz de Rachel sonó a súplica.
—Es que no sé qué quieres que te cuente—replicó—No, no pasó nada aquella noche más que bebimos más de la cuenta y ya está.
—Pero…
—Mira—la interrumpió con serenidad—Me encontré con tu mujer, bueno con Quinn, en la exposición de Shane McCutcheon. Ella aceptó mi propuesta para entrevistarla y así lo planeamos, pero había más personas interesadas y tuvimos que aplazarla hasta que nos fuimos al club del hotel donde estábamos alojadas. De hecho, casi todos los invitados estaban allí alojados. En el club, Quinn me dio la oportunidad de poder entrevistarla y fue muy educada conmigo. Respondió a todo, me dio su opinión acerca de la exposición y hablamos mucho de arte, y de las fotos de Shane. Hasta que llegó la chica ésta, la cantante…Ashley Davies—añadió sin dejar de mirar a Rachel, que en silencio escuchaba atentamente la historia—Y lo hizo con una botella de Absenta y varios vasos. De pronto, y te aseguro que no sé cómo llegó a suceder, todo el mundo estaba bebiendo eso, menos yo y Quinn, bueno Quinn empezó poco a poco, y creo que fue la que menos bebió de todos los que allí estábamos, pero por el motivo que sea no le sentó demasiado bien. Lo siguiente que recuerdo es apostarme una prenda con Shane McCutcheon a que era capaz de tomarme un vaso de ese asqueroso licor sin respirar, y como ves…Perdí—Señaló hacia el sujetador.
—¿Una apuesta?
—Sí. Estaban jugando a tomarse vasos repletos de Absenta, y si no podías hacerlo tenías que entregar una prenda. No sé, el alcohol empezó a hacer estragos y yo terminé entregándole mi sujetador a la fotógrafa, porque evidentemente no me iba a quitar la blusa que llevaba o los pantalones.
—Una apuesta…—Repitió completamente incrédula.
—Traté de recuperarlo, pero esa chica…Ashley, hizo que tanto Shane como Quinn siguieran bebiendo y ya no pude hacer nada. Es más, las acompañé hasta sus habitaciones con la intención de hacerme con él de nuevo, pero Shane se negaba a dármelo.
—¿Las acompañaste a las habitaciones?
—Sí—respondió con algo de resignación—Tu mujer estaba realmente mal, y nada más llegar a la habitación comenzó a desnudarse y cayó muerta sobre la cama. Te juro que jamás había visto alguien dormir de esa forma. Juraría que ni siquiera le dio tiempo a apoyar la cabeza sobre la almohada cuando ya estaba dormida. Y luego esa chica, Davies, estaba también completamente muerta. Creo, creo recordarla tumbarse a los pies de la cama y ya no volví a escucharla más, ni a la vi moverse, mentira...Sí se movía, y lo hacía porque estaba luchando contra las sabanas de la cama y no podía taparse. Era realmente cómica—sonrió tímidamente—. Y por otro lado estaba Shane, que se había metido en el baño con mi sujetador, y decía que no saldría si yo no entraba a recuperarlo. Por supuesto no lo hice, porque sabía que podríamos terminar discutiendo o algo peor. Así que decidí marcharme y darme por vencida. Era muy tarde y al día siguiente tenía que viajar a Australia.
—¿Y no sabes qué sucedió después?
—Pues no. Yo regresé a mi habitación. Supongo que ellas terminarían dormidas y repartidas por la habitación, porque no creo que pudiesen hacer mucho más en el estado en el que se encontraban.
—Oh…dios—dejó escapar notando como una sensación de vacío se apoderaba de ella. Una sensación que estaba segura le había provocado incluso una bajada de presión, y que podía asociar al peso que acababa de quitarse de su consciencia.
—¿Qué está pasando? ¿Creías que me había acostado con tu mujer?—Cuestionó y la vergüenza no tardó en apoderarse de Rachel.
—No, no he querido pensarlo pero…Es una larga historia—trató de no alargar más aquella tortura que ya parecía tener fin. Y que era un final perfecto para ella, aunque aún tenía una última pregunta que hacerle.
—Esto es surrealista—masculló Aria llevándose las manos a la cara.
—¿Crees…Crees que en el estado n el que ellas estaban podrían haber alargado la fiesta aquella noche?—cuestionó ignorando su última aportación.
—Pues…No lo sé, pero sí lo hicieron, podría jurar que era producto de algún tipo de hechizo—bromeó—¿Sabes lo que es una borrachera de Absenta?
—No, ni quiero…
—Mejor, porque te aseguro que lo único que sientes son ganas de vomitar, y eso que yo apenas bebí y supongo que por eso recuerdo todo perfectamente—apuntilló provocando que el silencio se adueñara de ambas, pero no de la estancia.
El ir y venir de los que allí se reunían y las continuas conversaciones, les regalaban una extraña banda sonora que podía confundirse con sus pensamientos.
Aria no dejo de observarla en ningún momento, mientras Rachel, ajena al escrutinio de la chica perdía su mirada en un punto de la mesa que tenía frente a ella. Sin mirar nada, sin ver nada ni escuchar nada. Solo su mente y la enorme y placentera satisfacción de saber que su mujer, porque seguía siéndolo a pesar de lo que decía aquel papel que ya habían firmado, no había cometido error alguno más que el de dejarse llevar por las ganas de diversión de Ashley y Shane y dormir como una bendita durante toda la noche.
—Me habló mucho de ti—balbuceó Aria rompiendo el silencio y provocando su reacción.—No entiendo cómo es que os habéis separado. Llegué a pensar que no había visto a una persona más enamorada que ella en toda mi vida. Es más, gracias a ella y como hablaba de ti pude entender lo que me sucedía a mí en mi vida personal.
Rachel no decía nada. Se limitaba a mirarla esbozando una extraña mueca de lamento a la vez que trataba de contener los suspiros que poco a poco iban escapándose de sus labios.
—¿Te apetece un café?—musitó Aria regalándole una enorme sonrisa llena de complicidad—Creo que tú y yo tenemos mucho de lo que hablar.
—Pensé que querrías echarme a patadas de aquí—susurró con apenas un lamento.
—Has viajado hasta aquí para verme demostrándome que eres humana, como el resto del mundo. Que tiene sus dudas y hace lo que sea por encontrar la verdad. No creo que merezcas que te eche a patadas. Además, es la primera vez que tengo la oportunidad de hablar con una diva de Broadway, no con un excéntrico artista cubista o una aburrida directora de galería—Bromeó con media sonrisa y Rachel bajó de nuevo la mirada hacia la mesa.—Ni lo pienses, el sujetador no vuelve a alejarse de mí—añadió tras ser consciente de como la morena se centraba en él.
—Sinceramente, no quiero volver a verlo en mi vida.
—Mejor…Por cierto, no termino de comprender como has llegado a la conclusión de que es mío, si dices que Quinn no recuerda absolutamente nada. ¿Eres adivina?
—Detective, soy buena investigando—replicó con serenidad.
—¿Me explicas como lo has hecho? Estoy interesada en saberlo.
—Es una larga historia.
—Ya te he dicho que si te apetece un café—insistió sin perder la complicidad—Tengo toda la mañana disponible. Hasta las 4 no me dejaran entrar en la convección de los Beatles que he venido a visitar.
—¿Los Beatles?—murmuró Rachel confusa—¿Por qué me resulta tan familiar tu nombre? ¿Nos hemos visto en alguna ocasión?—cuestionó tratando de eliminar aquella extraña sensación que tenía cada vez que escuchaba su nombre.
—Tengo un libreto del Mago de Oz firmado por ti. Mi pareja tuvo la oportunidad de verte actuar en Kansas hace algunos meses, y le firmaste el libreto dedicándomelo. Tal vez recuerdes mi nombre de ese pequeño detalle.
—Oh dios…—volvió a lamentarse y de nuevo el silencio se instaló entre ellas. Aunque esta vez era uno lleno de tranquilidad, sin los nervios o la tensión merodeando en cada mirada, cada palabra o gesto que se regalaban.
Nunca creyó encontrarse en esa situación, pero el destino parecía encargarse de ponerlo todo a sus pies para que pudiese avanzar en el duro camino que trataba de recorrer por aquel entonces. Nunca se llegó a imaginar que Aria, aquella bellísima columnista que a punto había estado de acabar con su vida al destrozar su corazón había aparecido en su vida hacía apenas unos meses, cuando plasmó su nombre en un libreto en forma de dedicatoria, segundos antes de regresar a su vida y celebrar el cumpleaños de su hija y su mujer. Porque tal vez no recordaba quien fue aquella persona que le pidió el autógrafo, y tampoco el haber escrito su nombre, pero si recordaba el día que abandonó Kansas por algunas horas, solo para recorrer medio país y estar junto a su familia cuando más la necesitaban.
—¿Beben café las divas de Broadway que conducen sus propios coches?—cuestionó Aria provocando por fin una tímida sonrisa en la morena, y Rachel no tardó en responder.
—Las divas no lo sé,—musitó alzando la mirada hacia ella—pero yo sí.
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