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Rompiendo principios

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Hermione Granger realmente nunca había creído en los cuentos de hadas. De hecho, a ella nunca le había gustado ninguna clase de historia de amor en absoluto. Las encontraba frívolas e ilógicas. Prefiría leer manuales de texto, pero si alguna vez llegaba a tener ansias de ficción, sería del género de la ciencia ficción o el misterio.

Había oído los clichés incontables veces. El amor era como la magia; el amor arreglaría todos los problemas; el amor era lo que hacía girar al mundo. De los pocos cuentos había leído antes de haber desistido del asunto completamente, sabía que las personas enamoradas se suponía que sólo pensaban el uno del otro, pasaban todo su tiempo juntos, e incluso soñaban con el otro. En aquellos cuentos de hadas que tanto criticaba, los amantes eran el centro del mundo del otro, y mientras se tuvieran mutuamente nada en el mundo podría derrumbarlos.

Hermione Granger se ría con desdén de estos clichés. Incluso a la jóven edad de siete años estaba convencida de que estos no podían ser verdaderos. Sí, creía en el matrimonio y en la familia, y también creía que enamorarse era parte de la vida. Lo que no creía era que el amor era una cosa tan devorante. Ella creyó que cuando se enamorara, pasaría mucho tiempo con el objeto de sus afectos, pero lo principal en su tiempo y en sus pensamientos sería el comenzar de una carrera o el extraer lo que los adolescentes deberían aprender de tales relaciones. Habías decidido desde una muy temprana que cuando ella se enamorara, actuaría lógica y racionalmente, no como una tonta y estúpida princesa de cuentos de hadas.

Ella sostuvo estos principios por muchos años. Se basaban en el sentido lógico, ¿por qué debería no atenerse a ellos? No fue hasta que tuvo trece años que comenzó a cuestionárselos. Esta fue la edad en que comenzó a sentir mariposas en su estómago cuando miraba a cierto amigo pelirrojo. Sentir mariposas de esa forma, ella pensaba, eran exactamente el cliché contra el que ella se había opuesto. Había calculado que sería sólo una fase momentánea, y se propuso ahuyentarlas completamente en cuanto ella pudiera.

Pero ellas no se marchaban. Tarde o temprano la forzaron a etiquetar esos sentimientos como náuseas frecuentes, pero ella sabía que esa no era la verdad. Sin embargo, sintía que tenía que atenerse a sus principios lógicos.

Cuando llegó a los catorce años, se vio forzada a dudar aún más que antes de aquellos principios. Ahora hasta soñaba con él. No todas las noche, gracias al cielo, pero siendo totalmente honesta, sí era la mayoría de ellas. Y además, esos sueños no eran siempre aptos para todo público, pero eran bastante reconfortantes. A menudo Hermione sentía una sensación un tanto descolocante cuando se despertaba de alguno de ellos. Eran encantadores, realmente, pero ella se forzaba a sí misma a despreciarlos porque iban completamente en contra a las afirmaciones que se había impuesto desde hacía tanto tiempo.

No fue hasta que tuvo dieciocho años que Hermione Granger final y totalmente abolió esos tontos principios. Fue cuando besó a aquel mismo pelirrojo con el que había soñado tanto tiempo que comprendió que el amor era más que la lógica que ella había pensado. Quizá no fuera un cuento de hadas, pero algunos clichés era demasiado maravilloso como para negarlos.