Tormenta y compañías

La tormenta era terrible. No había parado de llover en todo el día. Por esta razón, no había nadie que quisiese aventurarse a salir fuera de sus calientes hogares, ni siquiera para una de las mejores empanadas de Londres

Así que, para matar las horas, en la esquina de Fleet Street se horneaba un gran pastel para la cena. La pequeña de la casa, ilusionada, disfrutaba ayudando a mezclar ingredientes. Adoraba hacer esas cosas con su madre. Le hacía sentirse importante y mayor, una pastelera de verdad como ansiaba ser. La Sra. Lovett se sentía orgullosa de eso.

-¡Ah!

El saco de harina se cayó, esparciendo su contenido sobre la mesa y las dos mujeres.

Primero el silencio. Después, una carcajada infantil a la que no tardó en acompañarle una adulta.

La Sra. Lovett trató de limpiar la harina de sus caras sin mucho resultado.

-¡Mamá! Me estás manchado más –rió tratando de liberarse de los brazos acosadores. Hundió las manos en el montoncito de harina para después plantarlas de lleno en el pecho de su madre- ¡Mis manos! –bromeó parándose a observar sus huellas blancas.

-¡Ey! –sonrió divertida.

-Parecemos fantasmas –dijo dando un saltito de su taburete para bajarse- Voy a darle un susto de muerte a Charles –dijo mientras se perdía rápidamente por el pasillo sin parar de reír.

La Sra. Lovett se quedó mirando el hueco de la puerta después de que se fuera, oyendo a sus hijos juguetear en la habitación de al lado con la llegada de Maggie. Era en esos momentos y detalles insignificantes cuando era realmente feliz. Si no fuera por ellos, su vida no tendría ningún sentido. La hacían olvidarse de sus tristezas y sus temores que inundaban todos sus pensamientos. Lo daría todo por ellos, aunque eran lo único que tenía.

El sonido de un rayo a lo lejos la hizo salir de sus pensamientos.

Lo mejor sería meter ya el pastel en el horno y recoger un poco. Tomó cuidado para no quemarse con el fuego y cerró bien para que no tuvieran lamentables accidentes, como la otra vez.

Lo peor sería barrer toda la harina. Había quedado mucha desperdiciada, lo cual era una pena pues era el último saco que le quedaba para ese mes. Tendría que intentar distraer a Maggie con otra cosa para que no se entristeciera.

-Ya casi está –se animó a sí misma en voz alta- Sólo te quedan esos cacharros y recog…

Su frase se vio cortada. Henry acababa de despertar de su siesta. Demasiado había aguantado ya el pobre.

Dejó todo como estaba y corrió a su habitación para recogerle. Ya terminaría eso más tarde o por la noche. Iba contra sus principios maternos dejarle llorando hasta que a ella terminase lo que fuera que estuviese haciendo. Al fin y al cabo, no era más que un ser indefenso y necesitaba a su madre para todo. Si ella no le hacía caso, ¿quién lo haría? Tenía la suerte de que los demás la ayudaban en pequeñas cosas, pero no pensaba pedirle a ninguno que cuidase de un bebé. Ya tendrían tiempo de preocuparse de los suyos propios.

Recogió al pequeño de la cuna y le meció en sus brazos.

-Ya… No llores… Madre está aquí… -sonrió acariciando sus delicadas mejillas, borrando así las lágrimas- Shhh… Calma…

Sus palabras hicieron un mágico efecto y el llanto cesó, mientras comenzaba otro un poco más lejos.

Corrió a ver que pasaba, aunque estaba casi segura de saber qué.

-¿Qué es lo que ocurre? –preguntó irrumpiendo en la habitación. Antes de que le diese tiempo a hacer una vista superficial, tenía a alguien agarrado a sus piernas.

-¡Madre! –gimió la criatura- Lo han vuelto a hacer, aunque tú le dices que no. Me da miedo.

-¡Mentira! –exclamaron los dos a la vez.

-¡Charles! ¡James! ¿Qué os tengo dicho de asustar a vuestra hermana? No sé que le veis en reíros de su miedo. ¿Es que vosotros no tenéis miedo a nada? –regañó arrodillándose junto a su hija para abrazarla con su brazo libre- Ya está, Maggie. No les hagas caso. Sabes que no es verdad.

-Ella se lo buscó. Vino a asustarnos con la harina esa –gruñó James cruzando los brazos a la defensiva.

-Sólo quería jugar con vosotros, no que la hicierais llorar. Encima de que os ha hecho un pastel especial –acarició su espalda suavemente, consolándola. Maggie se negaba a aflojar los brazos bien sujetos alrededor del cuello de su madre, escondiendo el rostro entre ellos.

-Yo... es que…

-Sí, nosotros….

-No sabíamos…

-No queríamos…. –balbucearon bajando la cabeza avergonzados.

-Está bien. Pedidle perdón ahora mismo y prometerle que no vais a volver a hacer –dijo seriamente.

-Lo sentimos mucho. No vamos a volver a asustarte –dijeron a coro.

Maggie les miró por debajo del brazo, desconfiada, y susurró al oído de la Sra. Lovett:

-¿De verdad?

-Claro. ¿A que sí, chicos?

-Sí.

Se soltó y les dio un gran abrazo a los dos y un beso.

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-¿Va a venir padre a cenar?

Las nubes que encapotaban el cielo habían hecho que la noche llegase prematuramente. Aún no había parado de llover. Nadie había caminado por la calle, nadie había entrado en la barbería. Ni tampoco nadie había bajado de ella. Sweeney Todd no había hecho acto de presencia desde aquella mañana temprano cuando cogió su desayuno y desapareció. Era una práctica que se había convertido muy habitual en él. Ya no pasaba nunca tiempo con su familia. Apenas conocía a su bebé de cuatro meses. A veces se olvidaba del nombre de su única hija. Todos fingían que no les importaba, pero añoraban una figura paternal en la casa. Charles y Benjamin la necesitaban. La Sra. Lovett anhelaba un marido.

-No lo sé, hijo.

Quizás no volviese esa noche a dormir. Pero, como siempre, hicieron como si no importaba.

-¿Madre? –Maggie apareció en el umbral de la puerta de su habitación en plena noche, temblado bajo su camisón y arrastrando su vieja manta detrás de ella. Un rayo alumbró la habitación, y el trueno que le siguió hizo gritar a la pequeña- ¿Puedo dormir aquí esta noche?

La Sra. Lovett ya había apartado las sábanas y palmeaba el colchón que rápidamente fue ocupado. Apretó a su hija contra su pecho y la calmó mientras la tormenta seguía aterrorizando allí arriba en el cielo.

-Hush, love, hush –susurró a su oído mientras sentía el temblor de su llanto.