CastillosdeArena…
Capítulo XXXVI
Secuelas del destino
Habían pasado casi dos meses desde que me decidí por Edward, y todo entre nosotros había sido bueno, sólo eso, porque no podía sacar a Ethan de mi mente, de la última vez que estuvimos juntos e hicimos el amor, la última vez que lo sentí…
Una tarde cualquiera después de clases lo vi, estaba radiante y hermoso, era un perfecto dios griego. Quise acercarme a él, que estaba junto a un auto en los estacionamientos de la universidad, cuando de repente, y no sé ni de donde salió, la estúpida de Eileen se lanzó a sus brazos, colgándose de su cuello –cuanto deseaba haber sido yo quien lo hiciera– y lo besó, larga y apasionadamente ¡Quedé absolutamente paralizada ante la escena! Ellos dos juntos ¡Qué asco! y ¡Qué rabia tenía! Entonces, me di cuenta de mi error ¿Qué estaba haciendo? Seguramente Ethan no querría saber nada de mí, pero yo como una tonta hipnotizada pretendía acercarme a ese hombre de ensueño de cualquier mujer. Cuando finalmente se separaron, Ethan le abrió la puerta –estaba perdida, debían estar juntos–, entonces el miro hacia mí y creo que no me había visto y recién se había percatado de mi presencia, nuestras miradas se cruzaron, pero el no hizo nada, sólo me observó unos instantes y luego desvió la vista hacia ella. Yo di media vuelta y me marché a mi habitación. Sentía el corazón reprimido y el pecho apretado ¡Aún lo amaba! Y esta escena era demasiado…
En medio de una pesadilla caminé devuelta a mi cuarto y sentía un tenso y duro nudo posado en mi garganta, pero no debía llorar, no correspondía, yo lo había abandonado y yo no merecía su atención, debería conformarme con su indiferencia, era lo más normal. Abrí afligida la puerta de mi habitación y cerré de un portazo y cuando me encontré sola en esa habitación, algo oscura, me puse a llorar y las lágrimas salían sin tregua una tras otra. Sentí mi cuerpo frío y luego sentí mis piernas débiles, pero eso no era todo, ahora tenía nauseas, y unas arcadas involuntarias me obligaron a correr al baño, alcanzando a poner la mano y luego, devolví todo: el almuerzo, el desayuno y lo que había comido el día anterior. Me sentí fatigada, creo que era a raíz de la emoción. Cuando ya me sentí mejor, mojé mi pelo y mi rostro y me fui a recostar sobre la cama, aún con lágrimas en los ojos. Sin darme cuenta y con la horrorosa escena en mi retina, me dormí.
Cuando desperté Edward estaba a mi lado, más pálido de lo normal.
–¿Cómo estás Bella? –besó mi frente y acarició uno de los mechones de mi cabello.
–Bien, gracias –respondí media confundida.
Noté que limpiaba mi pelo con un pañuelo.
–¿Qué te pasó que te sentiste mal? –sus ojos de miel se veían intensamente preocupados.
–No sé, quizás algo me cayó mal –respondí media somnolienta, hasta que me di cuenta que lo que limpiaba Edward tan minuciosamente era ¡Mi vómito! ¡Qué vergüenza!
–Edward, permiso –lo hice a un lado para limpiarme en el baño.
–Mi amor, no importa, ya casi termino –su voz era dulce y comprensiva.
–No por favor ¡Qué bochorno! –insistí.
–Esto es lo de menos, a mí preocupa qué te hizo sentir de ese modo… –su mirada era inquisidora.
–No sé –mentí y él lo sabía.
–Bueno, si en algún momento me quieres decir la verdad, te escucho –me sonrió, pero no le llegó a los ojos.
–De verdad, ya pasó Edward… –sonreí para tranquilizarlo.
–Bella, mis papás quieren que vayamos hoy en la noche, porque están de aniversario –parecía muy entusiasmado.
–¡Uy! No sé si sea el mejor momento, aún no me siento del todo bien –nuevamente sentía como si explotaría, por lo que tuve que correr al baño. Edward me siguió, pero alcancé a cerrar la puerta, no era una escena que quisiera que mi novio viera.
–¿Estás bien? –su voz traspasó la puerta y su tono era de absoluta angustia.
–Sí, estoy mejor --le respondí aún recuperándome.
Me miré al espejo y tenía unas ojeras que me llegaban a las rodillas, estaba más pálida que de costumbre y tenía los ojos hinchados ¡Qué mal me veía! Me parecía al exorcista ¡Qué horror! Cuidadosamente examiné mi cabello para asegurarme que no quedaran "residuos" en él y luego salí.
–Bella, me tienes preocupado, ven –puso su fría mano en mi frente y continuó– no tienes fiebre ¿Qué cosa extraña?
–Estoy bien –insistí.
–Mmmm, no lo creo. Me gustaría que fuéramos hoy igual, así Carlisle te examina…
–¡Nooooo! ¿Cómo voy a ir a su fiesta de aniversario para que me examine? No gracias Edward, me sentiré mejor.
–Bella, por favor, hazlo por mí –acarició mi rostro.
–Es que… –reclamé.
–¿Por favor? –me cautivó con su mirada.
–Está bien, déjame ver qué me pongo –aunque me sentía pésimo busqué o intenté buscar algo adecuado para ponerme.
Lo único que encontré un vestido verde, que me hacía lucir aún peor, ahora me veía verde entera, pero según Edward lucía fabulosa. Tomé mi pelo en medio moño y puse tapa ojeras en mis ojos, porque parecía un verdadero oso panda. Pinté mis labios con brillo, y creo que me veía aún peor, parecía un mono pintado, sin embargo, no tenía opción, Edward me esperaba.
Me ayudó a poner mi abrigo y salimos. Luego se pondría a llover, el cielo estaba absolutamente encapotado y la brisa era algo tibia. Cerré los ojos y la imagen de Ethan se vino a mi mente por unos segundos, el día era muy parecido a cuando me había pedido que fuéramos novios. Mi corazón se comprimió ante el recuerdo, pero miré a Edward para borrarlo de mi mente. Él maravilloso, me sonrió y se vio fabuloso, era un hombre perfecto.
Cuando llegamos a su casa, ya era de noche. Nos bajamos y la niebla era espesa y húmeda. Edward se acercó a mí, pero cuando bajamos, vimos que venía su incondicional "amiga" ¡Margaret! Él la ignoró y ella me dirigió una mirada cargada de odio y de rencor, sin embargo, sonrió con maldad.
–Buenas noches…
De la nada apareció August, más oscuro que nunca. ¡Uf! Me costaba acostumbrarme a ese modo tan particular de aparecer de los vampiros, aunque estaba más habituada, pero no me dejaba de asombrar.
–¿Qué quieres ahora? –respondió Edward con rabia.
–Tan descortés que estás tú últimamente –dijo ella con ironía.
–No tendría porque ser distinto –prosiguió Edward, mientras me sostenía de un brazo.
–¿Por qué no?, en algún momento de la vida fuimos algo más que amigos –sonrió burlesca.
Edward hizo un gesto de desprecio y me miró. La verdad yo no estaba muy pendiente de la escena porque nuevamente las náuseas hacían de las suyas y estaba a punto de vomitar. Ella lo notó, y sentí sobre mí ,tres miradas furtivas.
Vi que Margaret y August se dieron una mirada de complicidad y luego comenzaron a reír con muchas ganas.
–El destino siempre se encargará de recordarte tu pasado Edward –habló Margaret con una gran sonrisa en sus labios.
Edward casi la despedazó con la mirada, pero ella me guiñó un ojo y luego desapareció, al igual que su compañero. Edward me quedó mirando fijamente y noté que estaba visiblemente angustiado.
–No les hagas caso… –me dijo no tan convencido.
–No me importa –corrí hacia el árbol más cercano que encontré y no pude dejar de vomitar, me sentía morir.
Edward estuvo a mi lado esta vez, contra mi voluntad por supuesto. Cuando terminé, él me habló.
–¿Si quieres te llevo en brazos? –me ofreció dulcemente.
–No gracias, en ese caso preferiría que me fueras a dejar… –aún tenía dignidad.
–Por ningún motivo, necesito que Carlisle te vea –me ordenó.
Me abrazó fuertemente, ayudando a sostenerme y entramos a esa maravillosa casa de ricos y famosos. Una vez dentro, la primera que llegó de un salto, fue la linda de Alice, con sus pelos erizados y una gran sonrisa en su rostro.
–¡Qué bueno que están aquí! –me abrazó.
–Alice, Bella no se siente muy bien –le dijo Edward, haciendo alusión a su efusivo abrazo.
–¿No? ¿Qué te pasa Bella? –sus ojos reflejaban preocupación.
–Ya estoy bien, Edward exagera.
Noté que hubo una mirada de complicidad entre ellos, y Edward, prácticamente me arrastró al salón donde estaba el resto. Todos se voltearon a mirar y Esme, cariñosa como siempre, se acercó.
–¿Cómo estás Bella? –me dio un gran abrazo.
–Bi…
–Mal –interrumpió Edward.
–¿Carlisle me puedes ayudar? –le dijo Edward preocupado.
En menos de un pestañeo estaba a mi lado. Sentí que Edward me cargó en sus brazos y me llevaron a un cuarto y me acomodaron en un bergier, porque ellos no tenían camas.
–¿Qué le pasó Edward?
–No para de vomitar, cuando llegué hoy en la tarde la encontré durmiendo y con notorias evidencias de lo que le había pasado –sonrió con ternura y me tomó la mano.
–Bella ¿Comiste o tomaste algo?
–Nada fuera de lo común –respondí con escasas fuerzas.
Carlisle buscó el termómetro y me lo puso. Edward me miraba apenado. Finalmente, el doctor Cullen retiró el aparatito y le echó un vistazo.
–No tiene una gota de fiebre.
Reclinaron el bergier y Carlisle me pidió subir el vestido para revisar mi estómago. Con sus gélidas y suaves manos paternales tocó desde la boca del estómago hasta el ombligo.
–No hay ningún indicio de enfermedad estomacal –pareció extrañado.
Pero luego, tocó a la altura de mis ovarios. Miró a Edward con preocupación.
–Tápate Bella –Alice que apareció de la nada me bajó el vestido y me tapó con un frazada gruesa. Ella parecía en otro mundo, estaba ida…
–Hijo, acompáñame un momento, creo que tenemos que hablar –el doctor tomó a Edward con cariño por el brazo y lo arrastró hacia fuera.
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