Todavía siento la arena clavándose en mi piel a través de la dura tela del uniforme; las rodillas hincadas en el suelo, mirándote con una mezcla de impacto y negación y una angustia latente en mis entrañas. Esa sonrisa enfermiza que mostrabas, la enajenación que traslucían tus ojos. El púrpura tornado en unos tonos más oscuros. Todo delataba locura. Su silueta vaporosa se aparecía y desparecía en tu espalda, borrándose igual que si una ráfaga de viento soplara sobre su figura y le costara mantenerse corpórea. El cabello lila se enredaba en tus hombros y sus manos te abrazaban por detrás, acomodándose en un gesto grácil encima de tu pecho. Tus puños estaban apretados en una fiera mueca, única señal de que la cordura trataba de abrirse paso entre tu mente entumecida. Por la periferia de mi visión pude apreciar la satisfacción que destilaba Kureto, mientras apartaba cadáveres a su paso como si fuera simple escoria que no merecía ni mancharle los zapatos.

Me levanto tembloroso, de furia y de miedo. De angustia. El demonio persistía en su intento de hipnotizarte y cada vez que lo conseguía, el pánico me invadía, pensando que, quizá, en esta ocasión fuera la definitiva. El horror y el asco me golpean con furia al percatarme de los cuerpos caídos a tu alrededor. El estómago se me revuelve y creo que voy a vomitar. Habías matado hombres. La sangre de tus compañeros regaba la hoja de tu espada y no estaba seguro de ser capaz de perdonarlo. Por supuesto, no es culpa tuya pues habías sucumbido a un poder que asumías tener controlado pero no era en absoluto cierto. Sin embargo, es tu arma la que los ha ejecutado y es tuya la elección de invocar a Mahiru o aportarle los sentimientos y emociones necesarios para que acudiera a tu rescate. Por lo tanto, esas muertes terminarían siendo de tu propiedad de una forma u otra y eso me mareaba.

Giro enfocando mi atención hacia Kureto. Ese bastardo despreciable y malnacido. No podía acusarle directamente de alentarte a la destrucción, pero sí demostraba con su actitud chulesca que estaba encantado con el resultado. Además, sabía que ambos Hiragi compartían los mismos ideales corruptos y repugnantes, por lo que Mahiru no sufriría mucho bajo sus órdenes. Escupo a mis pies, una pasta de saliva ensangrentada y reconozco el sutil cambio de actitud que se produce en tus facciones. Vuelves a ser tú, de momento, y tus puños tiemblan de frustración al ser consciente en primera persona de lo que acaba de ocurrir. Las expresiones horrorizadas de Mito y Sayuri, a unos metros de nosotros, son muestra suficiente de que esa pesadilla que te atormentará de aquí en adelante, es completamente real. De nuevo te ocultas bajo esa máscara de fría indiferencia pues es tu mejor defensa ante la atrocidad que acabas de cometer. No nos da tiempo a analizar mucho más la situación; otra horda de vampiros se abalanza sobre el reducido grupo de hombres vivo que queda.

Byakkomaru ruge y ambos estamos listos para la acción interminable. A veces me da la impresión de que es una lucha perdida. Ningún bando se rendirá o querrá firmar la paz hasta que el otro esté destruido. Nadie quiere ceder y nos estamos aniquilando entre nosotros. Dime, Guren, ¿quedaremos suficientes para reconstruir el mundo que tanto deseamos?

Mis tigres pululan atacando pechos y desgarrando gargantas y puedo ver la ira bullir en tus acometidas. Estás furioso contigo mismo por ser descuidado y débil, lo sé, perdido tus sentimientos como si fueran míos propios. Aunque llevamos (podría decirse) toda la vida siendo amigos, la relación se ha estrechado desde hace unos meses, el tiempo que llevamos siendo pareja. Eso se ha traducido en mí como padecedor de tus dolores, de tus miedos, inquietudes. Esta noche toca obligarte a llorar sobre mi hombro para sobrellevar la fatalidad de tus actos.

Me gustaría enfadarme contigo, pienso mientras grito mis órdenes. Porque te mereces una reprimenda, igual que un niño pequeño que se ha portado mal. Quiero gritarte y golpearte por ser un iluso y un idiota que se deja guiar por los impulsos de su egoísta demonio latente. Pero sé que soy incapaz cuando me asomo a la ventana de tu alma y recuerdo el tormento que aprisiona tu corazón.

Pasa una hora, dos. Estamos todos agotados pero hemos ganado esta pequeña contienda. Me acerco a ti por detrás y apoyo una mano en tu hombro. Al principio haces amago de apartarme, pero lo meditas mejor y me dejas estar. En un acto impropio de tu personalidad, tiras de mí y me rodeas con los brazos, hundiendo la cabeza en el hueco de mi cuello. Me quedo paralizado durante unos segundos. Todos nos están viendo, no hay privacidad ninguna. Entonces decido que me da igual. Que tú eres más importante que el resto del universo. Acaricio la zona baja de tu espalda. Olemos a sudor y sangre.

-Todo está bien –Miento. Ambos sabemos que no es cierto, pero es lo que queremos escuchar en este instante.

Aprietas el abrazo.

Y quizá por eso te amo.