Un insólito Descubrimiento.
El hombre que estaba sentado al escuchar su nombre se levantó del sillón y se aproximó a Charlene. Ella lo miraba con la incredulidad reflejada en los ojos. Él le besó la mano caballerosamente y le ofreció el brazo, el mismo que ella tomó de manera automática, ambos se dirigieron a los sillones para tomar asiento.
- Charlene… - dijo el hombre – se ve mucho más repuesta.
- Frank, no quiero parecer grosera¿pero que hace aquí?
- Mi querida señora Orville.
- ¡Oh! Por favor no me llame así, ahora soy la señora Brown.
- Si, supe que se casó de nuevo – comentó Frank.
- Si así fue…
- Señora Brown… me resulta extraño nombrarla así.
- Frank – dijo Charlene implorando con sus ojos.
- Lo se, he estado tanto tiempo en ese asunto y siempre refiriéndome como representante de la señora Orville.
- No me ha respondido a mi pregunta – apuntó Charlene.
- Veo que mi presencia le ha incomodado. – dijo Frank
- Necesito saber que es lo que tiene que decirme – le dijo con unos ojos un tanto fríos.
- Está bien, creí que le gustaría saber, que he localizado a la mujer.
- ¿Qué? Creí que ya habíamos cerrado ese asunto. – observó Charlene con una extraña expresión en la cara.
- Quizá así lo piense, pero yo no; todo lo que ocurrió en parte fue culpa mía. No podía dejar las cosas como estaban.
- Si, si que podía… - espetó Charlene – He pasado los últimos diez años tratando de encontrar una razón para lo que ocurrió, quiero pensar por los últimos indicios de que ella murió.
- Pero ¿y si no fue así? – dijo Frank – si realmente esta viva, y esa mujer nos puede dar algún informe.
- No, no puedo volver a abrir esa herida.
- ¿Acaso realmente la ha cerrado? No puedo creer que lo haya olvidado, anteriormente me dijo que no había día que no pensara en lo que había ocurrido.
Charlene bajó la cabeza, su labio inferior comenzó a temblar, y se llevó una mano hacía la boca, y unas lágrimas comenzaron resbalar por sus mejillas. Era cierto, todos los días a pesar de su reciente felicidad por encontrar el amor nuevamente, ese pasaje de su vida la atormentaba continuamente.
- Tiene razón Frank – replicó Charlene aún con lágrimas en los ojos – Nunca podría olvidarlo, no importa cuanto me esfuerce.
- Ahora entiende mi proceder, de otra manera no me habría presentado ante usted.
- Frank¿cómo es posible que se haya ocultado durante tanto tiempo?
- Se ha cambiado su nombre en un par de ocasiones – informó el hombre.
- ¿Entonces como puede estar seguro que es ella? – inquirió la dama.
- Tengo mis métodos, hace varias semanas que descubrí donde estaba, y tardé este tiempo en cerciorarme de que era ella. Iba a hablar con ella, pero recordé que quería hablar con ella antes de otra cosa. ¿Aun lo desea de esa manera?
Charlene apretó los labios, y desvió su mirada hacía el resto del salón, el hombre la miró inquisitivamente pero guardó silencio durante esos segundos. Finalmente ella levantó la mirada y asintió con la cabeza.
- ¿Esta segura? – preguntó Frank
- Si, es necesario, tengo que oírlo de sus propios labios, no importa cuanto tiempo haya pasado, esta incertidumbre siempre es lo más doloroso.
- Entonces, si es así, le informó que esta tarde salimos hacía un pueblo que esta a la otra orilla del lago.
- ¿Esta tarde? – exclamó Charlene
- Si, no podemos confiarnos, si ella llega a sospechar de que la hemos descubierto es probable que huya de nuevo.
- Está bien, hablare con mi marido. Nos vemos en unas horas.
El hombre se levantó y Charlene tocó una campanilla y una doncella acompaño al Sr. Johnson hasta la puerta. En cuanto la señora Brown oyó que la puerta se había cerrado, se levantó de su asiento y subió las escaleras, entró a su cuarto, cerró la puerta con llave, se sentó en el suelo cerca de un baúl y sacó una caja grande de madera, la abrió y comenzó a sacar papeles y periódicos viejos de allí, buscó entre ellos y finalmente tomó entre sus manos una foto muy vieja y arrugada, y comenzó a llorar amargamente.
Aun con los ojos brillantes por las lágrimas, recogió el desorden de papeles y los volvió a acomodar en la caja, suspirando de vez en vez, tomó un pañuelo limpió su cara y después se miró al espejo para acomodar los rizos en su lugar.
- ¿Será posible? – dijo para si.
Abrió la puerta y salió de la habitación, con mucha prisa se aproximó al despacho de su marido, y tomó el teléfono que estaba sobre el elegante escritorio.
Mientras tanto en casa de los Andley la tía Abuela había salido de su letargo forzado al cual estaba sometida por instrucciones médicas y había vuelto a gritar a todos en la casa; a pesar de que Candy no lo había aprobado, la fiesta para celebrar su cumpleaños se había vuelto una prioridad para la anciana. Los sirvientes corrían despavoridos de un lado a otro, tratando de no encontrarse con la señora, y Candy por mucho seguía su ejemplo, aunque escabullirse teniendo a Johana tras ella no era tan fácil.
Esa tarde la tía la había visto cuando trataba de subir a hurtadillas por la escalera de servicio, y de esa manera llegar a su habitación. Muy enojada la tía la había hecho bajar y en ese momento estaba sentada enfrente de ella haciendo una lista de invitados.
- Tía, no podemos llamar a los muchachos, ellos ya han perdido suficientes clases – dijo Candy cuando vio el nombre de Archie en la lista.
- Pero es tu cumpleaños, ellos tienen que estar aquí – observó la tía Elroy
- No, no es tan importante, ya habrá otros cumpleaños a los que podrán asistir – replicó la muchacha
- ¿Qué ocurre aquí? – preguntó Albert quien acababa de entrar a la habitación
- Candy, como siempre esta en contra de lo que digo – mencionó la tía Elroy en forma de reclamo.
Albert miró a Candy y sonrió. Se sentó al lado de ella.
- Explíquenme – dijo Albert
- La tía quiere mandar llamar a los chicos para mi cumpleaños.
- Es necesario, - rebatió la tía - ¿cómo se vería que ni siquiera la familia acuda?
- Tía, ellos están en exámenes, no podemos mandarlos llamar, es irrazonable, no se hará.
- William¿tú también?
- No estoy en contra de usted – le dijo tomando su mano – Tía, invite a los demás, ellos no dudaran en venir. Pero los chicos no pueden ser molestado ni por algo tan importante.
Albert dijo esas últimas palabras con un tono medio sarcástico que afortunadamente la tía Elroy no captó. Y al saberse a salvo de un reto, sonrió ampliamente. Candy quien había estado un poco alejada de Albert en los días siguientes de que le comunicara su deseo de ir a la guerra, aprovechó ese momento y se recargó en su pecho. El muchacho pasó su brazo por los hombros de ella, y se quedaron en esa posición todo el tiempo que duraron preparando la lista de invitados.
Esa tarde, cuando el cielo se tornaba rojo, y la temperatura empezaba a disminuir, Charlene con una chaqueta delgada, al lado de su doncella salieron junto con Frank hacía el pueblo que estaba al otro lado del lago Michigan.
El viaje se alargó varias horas, cuando llegaron al pueblo, las estrellas cuajaban el cielo y el frío aire había arreciado, en todo el pueblo solo había un hostal en el cual se quedaron a pasar la noche, a la Sra. Brown se le veía un tanto afligida pero al mismo tiempo decidida.
En toda la noche Charlene no pudo dormir, solo pensaba en lo que pasaría al día siguiente en su entrevista con la mujer a quien durante tanto tiempo habían buscado. La luz solar lentamente fue llenando el pequeño cuarto del hostal, y Charlene estaba preparada para ir a ver a la mujer.
Era todavía muy temprano cuando Frank y ella salieron aun sin tomar el almuerzo, hacia la casa de la mujer. Caminaron unos cuantos metros cuando llegaron a una casa de aspecto más bien humilde, con un pequeño jardín en la entrada y una sencilla puerta de entrada.
Frank llamó a la puerta y una muchachita de unos doce años abrió la puerta. Los ojos grandes de la pequeña no impidieron que Frank le hablara con un poco de dureza.
- Busco a la señora Platts – dijo seriamente
- ¿A mi madre? – preguntó la chiquilla.
- Si, a ella, esta en casa.
- Si, espere un momento – dijo la pequeña dando un respingo al tiempo que entraba de nuevo a la casa.
Unos minutos después una mujer de unos cuarenta años, de cabellos castaños se aproximó, en cuanto vio a las dos personas que preguntaban por ella, el poco color que tenía en su cara se esfumó por completo.
- ¿Qué quieren? – preguntó tratando de simular que nada pasaba.
- Darlen¿es que ya se ha olvidado de mí? – preguntó Charlene amablemente, aunque sus palabras iban cargadas de resentimiento.
- Mi… nombre no es Darlen – balbuceó la mujer – mi nombre… es Mabel.
- Darlen, no estamos aquí para jugar – interrumpió Frank – puede hacernos pasar a su casa, o si lo prefiere podemos tratarlo aquí, a mi no me molesta que estas personas – dijo señalando a unas cuantas personas que ya habían iniciado sus actividades diarias – se enteren de que es usted una asesina.
Mientras tanto en Chicago, faltaban solo dos días para la fiesta de cumpleaños de Candy, y ella había tenido que levantarse muy temprano para ir de nueva cuenta con Madame Mouchoir para recoger el vestido que la tía Elroy le había mandado hacer.
Y en ese momento esperaba en la trastienda de Madame Mouchoir a que terminaran los ajustes del vestido, cuando vio que Patty acababa de entrar.
- Candy – la saludó alegremente Patty.
- Patty, hace tanto tiempo que no te veía, siempre con tantas ocupaciones.
- Si, los preparativos de la boda me están absorbiendo todo el tiempo – le dijo sin poder contener una sonrisa.
- Entonces todo ya debe de estar listo – dijo Candy sonriendo.
- Si, dentro de un mes y medio seré la señora de Bryant Shaw.
- Patty Shaw… realmente suena bien el nombre – mencionó Candy.
- Si – respondió Patty sin dejar de sonrojarse – he venido a recoger el vestido del ensayo general.
- ¡Oh! Apenas puedo creerlo, serás la primera de las tres que te casas.
- Pues si, pero aquí estas tú también comprometida, y Annie también, creo que finalmente todo resulto bien para las tres ¿no crees?
- Si, supongo que así fue – dijo Candy.
- No te oyes muy decidida ¿tienes problemas con Albert?
- No realmente, pero es…
- ¡Vamos Candy! Dime lo que ocurre.
- Es que he pensado seriamente en ir al frente.
- ¡Estás loca! – exclamó Patty con un grito tan agudo que incluso una de las costureras levantó la vista para ver quien había gritado.
- No Patty – susurró Candy un poco apenada.
- ¿Cómo puedes decir eso? – preguntó indignada Patty
- Patty, es que hace tiempo que no vas a la Institución, pero las cosas se han puesto cada vez peor.
- Así que porque las cosas se han puesto peor, pretendes hacerle a Albert, lo que Stear me hizo a mí.
- No Patty, dudo mucho que Stear se haya ido para lastimarte.
- No importa que no lo haya hecho con esa intención, porque realmente me lastimó. Queriendo no ser egoísta se portó así.
- ¡Oh Patty! – refutó Candy – todos están en contra, me han estado haciendo dudar tanto.
- Espero que se te quite esa idea de la cabeza – espetó Patty.
Candy miró a Patty frunciendo el entrecejo, sin embargo ella estaba muy enojada para darse cuenta de que la miraba de distinta manera.
- ¿Qué te dijo Albert?
- El me dijo que podía ir si así lo quería – respondió Candy
- ¿En serio dijo eso? – inquirió Patty con una mueca de asombro en la cara.
- Si¿Por qué te sorprende tanto? – preguntó Candy
- Porque, yo no hubiera aceptado nunca – aseveró Patty.
- Albert siempre ha respetado mis decisiones, a pesar de que él no este de acuerdo.
- ¿Quieres decir que él no esta de acuerdo? – preguntó Patty.
- No, no lo esta, pero respeta mi decisión – dijo Candy con un dejo de tristeza.
- No se que esperabas Candy¿Qué te apoyáramos? Eso no va a pasar, lo único que vas a conseguir con esto es que todos se van a preocupar por ti, nadie va a estar de acuerdo. Y yo menos que nadie, después de lo Stear no podría perder a mi mejor amiga – le dijo dándole un abrazo.
- ¡Oh Patty! – exclamó Candy.
Entre tanto en West Point, la noticia de que Neal sería el hombre líder del regimiento que saldría esa semana, se había regado como la pólvora. Y ante las miradas escépticas y las de admiración Neal cruzaba uno de los patios del colegio.
- Pareces estar muy seguro de ti mismo – comentaba Erick quien caminaba junto a Neal.
- A veces yo mismo me sorprendo – dijo Neal a quien la euforia se había apoderado de sus sentidos.
- ¿Sabes? Ahora no pueden dejar de admitir que eres el mejor de todos – le dijo entre risas Erick.
- No todos – dijo señalando a un muchacho alto que lo fingía no verlo mientras pasaba.
- Ese Harper tiene envidia¿sabías que toda su familia ha pertenecido al ejército?
- ¿Toda su familia? – Preguntó algo extrañado Neal.
- En realidad todos los hombres de su familia, no ha dejado de alardear de la participación que tuvo su abuelo en el ejército de la Unión.
- Si, algo había oído – comentó Neal.
- Supongo que no soporta que tú vayas a ser el hombre de punta.
- Pues es peor para él, porque vamos a estar juntos por mucho tiempo…
- Ojalá Neal – dijo Erick, quien por primera vez dejaba reflejar la ansiedad que en verdad sentía.
Mientras tanto en la diminuta sala de la casa de Mabel Platts, Charlene y Frank estaban sentados en unos sillones desvencijados, Mabel los había hecho pasar después de la amenaza de Frank, había tenido que mandar a las niñas a casa de una vecina para poder conversar sin interrupciones, la mujer se veía un tanto nerviosa.
- Darlen o Mabel, como quiera que sea tu nombre en este momento – dijo muy seriamente Frank – es necesario que nos digas la verdad.
- Queremos saber que ocurrió – imploró Charlene.
- Yo no se nada – dijo la mujer.
- No queremos juegos, no estamos aquí para eso – espetó Frank.
Charlene miró con dureza a Frank desaprobando su tono de voz, y con una mano le indicó que se callara.
- Darlen – dijo amablemente Charlene – no venimos a acusarte de nada, observa afuera, ningún miembro de la policía nos acompaña, no queremos causarte daño, te lo pido de favor, dime que ocurrió.
- Ya les he dicho…
- ¡Por favor! No te lo pide la que fue en alguna ocasión la señora de la casa, sino una madre desolada, te lo pido yo… una madre que no ha podido conciliar el sueño en todos estos años, te lo pide una madre a otra madre.
Las lágrimas en el rostro de Charlene, parecieron ablandar el comportamiento de la mujer que seguía mirándola con recelo.
- Yo no sabía, no sabía lo que pretendían – dijo finalmente Darlen.
- Entonces ¿si los conocías? – inquirió Charlene.
- ¡Oh Señora! – comenzó a sollozar la mujer – fue terrible, ellos me hicieron muchas preguntas y yo no sabía que había hecho mal al responderlas.
- ¿Quiénes eran ellos¿de dónde los conocías? – preguntó con un dejo de desesperación Frank.
- Uno de ellos era pretendiente mío – confesó Darlen – yo tenía ya varios meses entrenándome para ser niñera, mi tía me enseñaba en su casa, sabía que mi tío, su esposo, me había recomendado así que pasaba horas en su casa, allí lo conocí, parecía un buen hombre, yo jamás creí que se le ocurriera hacer semejante atrocidad.
- ¿Estaba él solo? – le preguntó Frank
- Cuando lo conocí siempre estaba solo, entonces fue que entré en casa de la familia Orville, todo parecía mejor de lo que mi tío había dicho, me trataban mejor de lo que me había imaginado…
- ¿Cómo fue que se enteraron del viaje? – quiso saber Frank
- En esos días, él no había dejado de ir todas las noches, me visitaba cuando todos se habían ido a la cama, y ese día…. – la mujer comenzó a sollozar de nuevo.
- Darlen, por favor continua – rogó Charlene
- El me hizo tantas preguntas y yo se las contesté, le informe del viaje que harían y yo no sospeche ni siquiera en ese momento, todo me parecía muy normal, no sabía que pretendía.
- ¿Y que ocurrió esa noche? – sondeó Frank.
- Yo estaba muy nerviosa, los señores habían salido y les habían dado días libres a casi todos los empleados, solo estábamos, el ama de llaves, la cocinera, y yo… - La mujer bajó la mirada como si estuviera recordando algo que se había esforzado por olvidar – oí como abrieron la puerta y como habían golpeado al ama de llaves, ella nunca me había caído muy bien, pero no me alegre por eso, porque sentí mucho miedo luego oí como estaban amenazando con matar a la cocinera… después lo vi llegar al cuarto de la bebé. Me gritó, me dijo que si no le daba a la bebé me mataría… yo comencé a temblar, no quería dejarle a la niña, entonces riendo me dijo que ese era el plan que tenía para conseguir dinero y poder casarnos… que secuestraría a la niña para pedir rescate por ella.
Charlene miraba con estupefacción a la mujer que mientras platicaba todo derramaba de repente alguna lágrima.
- Yo no lo podía creer, yo pensé que estaba loco – tomó aire por un segundo y después continuó – se acercó a mi, y creí que me iba a hacer daño, yo cargaba la bebé en los brazos cuando hice el movimiento brusco para zafarme de él, comenzó a llorar, entonces subió uno de los que iban con él, con una cara de satisfacción dijo que le había prendido fuego a la cocina… en ese momento comencé a oler a quemado y el humo comenzaba a llegar a la parte superior… los dos comenzaron a gritarse el uno al otro diciendo que solo querían secuestrar a la niña que no pensaban hacer nada más, el ama de llaves se había recuperado del golpe y la vi llegar por la espalda de los hombres, con un palo en la mano, los golpeó y me gritó "Corre muchacha, corre con la niña". Lo último que supe fue que tal como iba salí corriendo de la casa, cuando iba a atravesar el portal me di cuenta de que había otros hombres afuera así que tome el camino que llevaba al bosque, corrí tan rápido como pude, y seguí corriendo toda la noche, cuando era de día pude ver la nube de humo que se había producido del incendio, no sabía que había ocurrido, pero me imagine que la casa estaba completamente quemada. Así que no regresé, tenía miedo de que todavía estuvieran allí, lo único que se me ocurrió fue ir a buscar a mi tío, aunque su casa estaba bastante retirada de allí, seguí caminando.
Charlene y Frank seguían imaginándose todas las cosas que habían pasado, casi todo cuadraba con lo que habían encontrado a su regreso.
- Entonces hacia medio día – continuó la mujer – vi el pueblo, estaba cerca cuando escuche decir que la policía me estaba buscando, que me acusaban de haber secuestrado a la niña. Yo entré en pánico, yo no la había secuestrado, estaba poniéndola a salvo, y pensé en ir a decirles la verdad, pero uno de los hombres que comentaban decían que quien había planeado todo era mi prometido, yo me asusté, no iban a creerme, así que decidí seguir de largo hasta llegar al pueblo donde vivía mi tío, camine durante días, casi sin probar bocado y me empezaba a asustar por la niña porque había dejado de llorar y parecía que algo andaba mal, tenía fiebre o algo así, no había comido nada más que un poco de jugo de unas manzanas que nos habían regalado en una granja.
El corazón de Charlene palpitaba vigorosamente, tenía sus manos en puño y escuchaba con atención cada palabra que la mujer decía.
Pronto comenzó a nevar, y vi el lago, sabía que acababa de pasar la frontera, y que me había desviado en el camino, y que la casa de mi tío quedaba muy lejos, yo me sentía cansada, pero pensé que al estar en otro país nadie me reconocería, así que me atreví a entrar a un pueblo, allí me di cuenta de que llevaba cerca de cinco días caminando, y que me acusaban de secuestradora y que no podría volver al país. Así que pensé que sería mejor seguir huyendo. Pero me preocupaba la niña, parecía que la fiebre se le había ido, pero no tenía dinero ni comida, huir para mí estaba bien, pero la niña no tenía que pasar por eso.
- ¿Qué hiciste con ella? – preguntó angustiada Charlene - ¿Dónde esta?
- No lo se – dijo entre sollozos – mi mente no funcionaba bien, yo estaba huyendo, estaba asustada, no podía llevarla conmigo así que la abandoné.
- ¿La abandonaste? – dijo con voz trémula Charlene quien no podía dar crédito a lo que escuchaba.
- ¿Dónde la abandonaste¿Dónde? – inquirió Frank con total desesperación.
- En medio de la nieve, no espere a ver si la recogían, yo me fui la deje allí sin voltear a ver, la abandoné a su suerte… - dijo llorando con más fuerza.
- ¿Darlen en donde la abandonaste? – repitió Frank con angustia.
- Cerca de un edificio que parecía una iglesia – dijo ella, cerca del lago, pero no se con certeza donde fue, yo seguí huyendo, y caminé hasta llegar a la costa, no se cuanto tiempo pasó y después he vuelto a seguir huyendo, luego supe que alguien me seguía y cambie mi nombre, hace poco más de trece años regresé a estos rumbos, pero no me atreví a acercarme al edificio, tenía miedo de saber que ella había muerto por mi culpa.
- ¿Entonces no sabes si murió? – preguntó Charlene.
- Supongo que si, porque la deje abandonada… ¡Soy una terrible persona!, si mi esposo lo llegará a saber me despreciaría. ¡Soy una asesina!, pero no lo quería¡Dios sabe que no era mi intención!
Darlen se quedó callada llorando, Charlene en medio de su desesperación la vio y tomó sus manos.
- No importa ya – le dijo suavemente – nada va a pasarte, puedes dejar de huir, el ama de llaves nos dijo que tú habías salido corriendo por instrucción de ella, pero la policía no nos quiso creer, estaban muy alterados, un primo de mi esposo era comandante de la policía y lo tomó de manera personal, pero yo presentía que mi niña estaba viva, por eso contraté a Frank.
- Pero no oyó lo que hice – le dijo entre lágrimas.
- Si lo escuche, pero también se que estabas muy chica entonces, estabas asustada, y salvaste a mi hija de caer en manos de esos secuestradores, y quizá, Dios salvó a mi hija – comentó Charlene con la esperanza reflejada en su voz.
- ¿No me van a llevar presa? – preguntó asombrada la mujer.
- No, mujer cálmate ya – le dijo Frank – puedes seguir viviendo tu vida.
Mientras tanto en Chicago Candy había regresado a la Mansión Andley junto con Johana cargada con el vestido y otras cosas que la tía Elroy había encargado. Cuando Candy iba entrando a la Mansión, George acababa de salir con la preocupación reflejada en el rostro, Candy lo vio pero siguió de largo.
Al entrar vio la actividad de los sirvientes que iba y venían, mientras que ella subía las escaleras hasta llegar a su recamara. Caminaba por el pasillo cuando vio a Albert con la misma expresión de preocupación que había visto en la cara de George.
- Johana podrías llevar todo esto a mi recamara, en un momento voy para allá – le ordenó Candy cuando vio a Albert.
Después se acercó al muchacho y lo tomó del brazo.
- ¿Ocurre algo? – le preguntó.
- Si, preciosa – le contestó Albert.
- Ven vamos al jardín – le sugirió Candy mientras caminaban hacia el jardín.
- Candy, no puedo decirle esto a Cloe – le dijo con angustia.
- ¿Qué paso? – quiso saber Candy.
- Neal – dijo secamente Albert
- ¿Qué paso con Neal¿Esta él bien? – preguntó Candy con un dejo de aflicción.
- Hasta el momento si – apuntó Albert – pero me han comunicado que le pidió al General Hamilton ir al frente.
- ¿Quién es el General Hamilton? – preguntó Candy
- Es la persona que ayudó a Neal a entrar a West Point, es amigo de la familia, le prometí a Cloe que haría lo que estuviera en mi poder para no permitir que Neal fuera a la guerra, así que le pedí al General que lo impidiera. El al igual que yo pensaba que Neal no debía de estar en el ejército.
- ¿Entonces porque va a la guerra? – preguntó Candy.
- Al parecer Neal descubrió todo y le exigió al General que lo mandara – dijo con tristeza Albert.
- ¡Oh Dios Santo! – exclamó Candy, sintiendo que su presentimiento se estaba haciendo real.
- Candy, no puedo… pero tengo que hacerlo, tengo que dejarlo ir, es su decisión, no puedo impedirlo, ahora pienso que hice mal en pedirle eso al General Hamilton, pero no se que va a decir Cloe.
- Va a tener que aceptarlo, Neal no es un niño, y debemos respetar su decisión.
- Lo dices por ti verdad pequeña – le preguntó.
- ¡Oh Albert! – exclamó Candy – No quise decir eso, yo…
- No digas nada, se que en esa cabecita siguen esos deseos de ayudar – le dijo Albert – pero no quiero pensar en que no vas a estar a mi lado.
- Te amo Albert, lo sabes ¿verdad?
- Si lo se – le dijo él – porque yo también te amo.
Los dos se besaron profundamente dejando a un lado por ese momento, los temores y las preocupaciones.
Mientras tanto en el hostal del pueblo, Charlene esperaba con impaciencia el regreso de Frank, ella apenas y había probado bocado, se sentía nerviosa, angustiada por todo lo que había escuchado esa tarde, y ahora el sol se estaba poniendo de nueva cuenta, la noche no tardaría en caer sobre el pueblo, pero Frank no había regresado todavía.
- Lo encontré – gritó desde la puerta del pequeño restaurante del hostal.
- ¿Qué quiere decir? – preguntó la señora Brown.
- Me han dicho sobre un edificio con esa descripción, no queda muy lejos, mañana a primera hora partimos para allá
Charlene se llevó la mano al pecho, tantos años de angustia, tantos años de espera, y ahora estaban más cerca de la verdad de lo que habían estado nunca.
A la mañana siguiente muy temprano aún, en West Point habían despertado a todos los soldados que se embarcarían para Europa.
- Tomen todas sus pertenencias y hagan fila en el patio, tenemos que llegar al puerto antes de mediodía, así que espero que todos hayan avisado en sus casas que se van. – dijo el oficial que estaba delante de varias decenas de muchachos que en su mayoría tenían cara de temor.
Neal miró a su alrededor, la fanfarronería y las palabras ofensivas se habían dejado de escuchar, todo era más real en ese momento, el regimiento lo conformaban muchachos de menos de 25 años, algunos parecían mozalbetes de 15 o 16 años, y las caras atemorizadas de ellos no le infundían nada de valor a Neal, quien en ese momento comenzaba a sentir como las piernas apenas podían sostenerlo.
Por orden del oficial dejaron sus mochilas en el patio y los llevó al comedor donde un esplendido almuerzo los esperaba, sin embargo casi nadie lo disfrutó como deberían ya que un comentario de "parece que será nuestra última comida decente", les hizo pensar que muchos de ellos tal vez no volverían.
Cerca de las diez de la mañana, todos regresaron a tomar sus mochilas y subieron a un camión que los trasladó hasta el puerto donde muchos otros jóvenes de la milicia les acompañarían. No sabían hasta que punto eran diferentes unos de los otros, al menos no allí, sin embargo llegaría el momento en que sabrían donde radicaba esa diferencia.
El barco comenzó a llenarse de los soldados, todos acompañados con sus respectivos regimientos, cerca del medio día los amarres se soltaron y el pequeño vapor que haría las maniobras para que el barco saliera del puerto comenzó su rutina, ante la expectación de cientos de rostros que observaban con interés los movimientos del pequeño barco. En el puerto, otras miles de gentes sollozaban y gritaban alzando sombreros y pañuelos. Un poco más allá del medio día, el barco por fin había zarpado y estaba emprendiendo el camino hacía Europa.
Entre tanto a orillas del Lago Michigan, del automóvil de Frank después de más algunas horas de camino continuaba bordeando el lago para llegar hasta donde le habían señalado que estaría el edificio.
- Sra. Brown ¿Qué piensa de todo lo que dijo la mujer?
- Me pareció bastante sincera – respondió ella con un dejo de tristeza.
- ¿Cree entonces que ella no quería secuestrar a su hija?
- No tenía porque hacerlo, nunca pidió un rescate, yo creo que se asustó demasiado para regresar, tal como ella lo dijo.
- Pero abandonó a la niña… - espetó Frank.
- ¿Qué quería que hiciera? Yo se lo advertí a Bernard , que lo que estaba haciendo podría resultar contraproducente, pero él no me quiso escuchar, y Christophe no sabía que hacer, todo le afectó tanto – dijo Charlene al borde de las lágrimas
- Pero usted siempre fue la más fuerte – agregó Frank.
- Frank ¿eso es lo que cree? – le preguntó Charlene.
- Más que ellos si, ellos perdieron la cabeza, por eso la búsqueda de su hija se complicó tanto – apuntó Frank con sinceridad.
- Ellos hicieron lo que pensaban que era lo correcto – mencionó Charlene aunque en su interior sabía que habían fallado.
- Parece que ya vamos llegando – observó Frank, después de un rato de silencio.
Con las piernas entumidas, Charlene bajó del carro, mirando hacia el edificio frente al cual se había detenido Frank.
- Frank ¿Esta seguro que es aquí? – preguntó
- Si¿Por qué lo pregunta?
- Ese edificio no se parece nada a una Iglesia – señaló Charlene.
Frank miró detenidamente el edificio, realmente no parecía una Iglesia, lo único que sobresalía era una torre con un ventanal, pero el resto del Edificio se veía muy diferente a una Iglesia.
- Pues esta esa torre – dijo él.
- ¿Una torre? – dijo un poco afligida Charlene - ¿nos habrá mentido?
- No lo creo, como usted sugirió, ella estaba muy asustada, pero también recuerde que eso fue hace muchos años es posible que este edificio haya sido remodelado, ve esas estructuras, son relativamente nuevas – dijo Frank mirando inquisitivamente la construcción.
Los dos se acercaron a la puerta y tocaron varias veces.
- ¡Oh Frank miré eso! – dijo Charlene señalando hacia un lado de la puerta.
Entretanto en la Mansión Andley, los músicos que tocarían esa noche ya habían llegado y estaban afinando sus instrumentos, mientras que Candy ayudada por Johana se estaba vistiendo, en su corazón sentía algo de zozobra por saber que Neal iría al frente, le hacía pensar en ella misma, y en que si ella sentía dolor por Neal, lo que sería para Albert verla partir sin saber si regresaría.
- Señorita Candy no se mueva – le dijo Johana quien la peinaba en ese momento.
- Si – contestó escuetamente y trató de mantener la cabeza derecha para que Johana pudiera terminar su peinado.
Alguien tocó a la puerta y Johana se apresuró a abrir la puerta, Albert en un esmoquin blanco estaba parado a un lado de la puerta.
- Pasa Albert, ya estoy lista – le informó, aunque Johana frunció los labios.
- Te ves hermosa – le dijo Albert acercándose a ella.
- Gracias – contestó Candy sonrojándose un poco.
- ¡Feliz Cumpleaños¡Que seas muy dichosa siempre! – le dijo Albert al tiempo que le pasaba un pequeño paquete envuelto en un lindo papel.
- ¡Oh Albert! Siempre me das regalos, no deberías hacerlo.
- Tienes que acostumbrarte – respondió riendo.
Candy desenvolvió el regalo, y abrió el pequeño estuche.
- ¡Oh! – exclamó - ¡Es precioso!
- Deja que te lo ponga – dijo él con una amplia sonrisa en su rostro.
Albert tomó la cadena que estaba dentro del estuche, de la cual colgaba un lindo crucifijo, similar al que Candy poseía y que nunca usaba, el que tenía en una caja junto al broche de los Andley.
- Se que tú tienes uno – comentó Albert mientras le ponía la cadena – pero se que lo guardas por que tiene un recuerdo especial para ti, supuse que te gustaría tener uno que pudieras usar sin peligro a que se te pierda.
- ¿Y que te hace pensar que no tendré miedo de que se pierda? – preguntó mirando como brillaba la cadena a la luz artificial de la habitación.
- Porque si esa se te pierde, te daré otra – le dijo mientras se inclinaba para besarla.
- Albert, no debieras decir eso, cualquiera que te oyera pensara que soy una descuidada.
- Solo lo digo, para que no temas usarlo – le respondió el dándole otro beso.
- Muchas gracias, lo cuidaré mucho, ya verás que no necesitarás darme otro.
Los dos salieron de la habitación y comenzaron a bajar la escalera, algunos invitados ya habían llegado, y los esperaban para que iniciara la fiesta.
Mientras tanto el barco que Neal había abordado ya estaba muy retirado de la costa y lo único que se veía alrededor era el océano, la cubierta se había vaciado porque todos estaban en ese momento en el comedor del barco, solo Neal permanecía allí. Llevaba horas mirando hacía el puerto que había desaparecido había mucho tiempo.
- ¡Aquí estas! – exclamó Erick al ver a Neal apoyado en la barandilla.
- Neal volteó la cabeza para mirarlo, pero no respondió nada.
- ¿Qué te ocurre? – le preguntó Erick.
- Nada – contestó finalmente.
- Te ves muy triste¿vas a extrañar todo?
- No, no todo – dijo Neal – Hoy es su cumpleaños.
- ¿De quien?
- De nadie – dijo Neal intentando sonreír – creo que nadie me va a extrañar allí.
- ¿Cómo dices eso? – inquirió Erick.
- Nada; vamos a comer – dijo Neal mirando por última vez el océano.
Erick, no entendió lo que le ocurría a Neal, pero comprendió que era algo muy privado así que no insistió más y los dos se fueron al comedor donde cerca de un millar de soldados conversaban alegremente.
En ese momento, Frank y Charlene habían entrado al edificio y los habían pasado a una sala de espera, para hablar con alguien que les pudiera dar informes. Charlene no decía nada, pero miraba todo el lugar, un extraño sentimiento le invadía, como si ella hubiera estado allí antes, pero estaba segura de que no había sido así.
Después de esperar cerca de media hora, un mujer que parecía no entender muy bien el idioma los hizo pasar a una amplia oficina, que en contraste con la casucha donde vivía Darlen todo era nuevo, aunque seguía siendo muy austero, los lujos definitivamente no era algo que formara parte del lugar.
- Buenas tardes – saludó la mujer que estaba detrás del escritorio.
Charlene notó que a pesar de lo grande de edad que era la mujer, se le veía una entereza admirable. Detrás de los diminutos espejuelos que formaban los lentes de la mujer unos ojos cálidos se asomaban.
- Buenas tardes – dijo Charlene al tiempo que tomaba asiento en la silla que le había señalado la mujer.
Frank había hecho otro tanto en la silla que estaba al lado de la de Charlene.
Entre tanto en la Mansión Andley la fiesta ya había empezado, los carruajes y los carros desfilaban por la entrada principal de la casa, las mujeres engalanadas con sus mejores vestidos bajaban de los mismos sonriendo y haciendo despliegue de sus encantos. Los hombres orgullosos las llevaban del brazo y se dirigían hacía la parte interior, donde la música sonaba alegremente.
De uno de los carruajes, en un hermosos y a la vez ostentoso vestido bajó una chica que sin sonreír tomaba el brazo que un hombre bajito le ofrecía. Al llegar al pórtico, la luz de las lámparas le dio en la cara. Un muchacho que estaba cerca de ella, él cual iba sin pareja se detuvo para saludarla.
- Elisa – le saludó dándole un beso en su enguantada mano.
- Wade – exclamó Elisa al verlo - ¿Cuándo regresaste?
- Ayer en la tarde – le contestó el muchacho quien estaba visiblemente bronceado – Egipto es una maravilla.
- ¿No tuviste problemas en el viaje? – preguntó Elisa como si a su lado no estuviera Peter esperando a que lo presentara.
- Un poco… - dijo riendo – pero nada que no se pueda aguantar, a veces la gente hace más ruido de lo que realmente es.
Peter carraspeó sonoramente, y la sonrisa que había esbozado Elisa desapareció inmediatamente. La cara de hastío que había tenido hasta antes de encontrarse con Wade volvió a aparecer.
- Wade Fielding – dijo amablemente dándole la mano a Peter aunque era evidente que no le agradaba el hombre.
- El es Peter Dalton – se apresuró a decir Elisa, para evitar que Peter abriera la boca y comenzara a hablar incoherencias.
- Un placer – dijo mirando despectivamente Wade, se acercó al oído de Elisa y le susurró algo que solo Elisa escuchó.
Elisa sonrió nerviosamente, y Wade se separó de ella, posteriormente se alejó y se fue a reunir con unos amigos. Cuando estuvo lejos de ellos, Peter miró ásperamente a Elisa.
- ¿Qué te dijo? Estaba hablando de mi ¿verdad? – comenzó a preguntar Peter quien empezaba a notar que lo trataban muy diferente a Elisa.
- Nada Peter, no me dijo nada – espetó de malhumor Elisa.
- No estoy tonto¿sabes? – le recriminó Peter.
Elisa solo levantó la mirada y soltó un leve sonido de impaciencia.
- Si vas a estar con esto toda la noche, será mejor que no entremos – señaló Elisa quien estaba harta de Peter.
- No, cariñito, no te enojes – dijo haciendo voz mimada.
Elisa estaba a punto de gritar que no la llamara cariñito, cuando atrás de ella escucho claramente la voz de su madre que acaba de llegar.
- Sr. Dalton¡que elegante se ve hoy! – dijo de forma lisonjera la señora Leegan.
- Madame – dijo con tan mala pronunciación Peter, que le dio escalofríos a Elisa.
Sin embargo la señora Leegan pasó por alto el detalle y se tomó del brazo que Peter le ofrecía, así los tres entraron a la Mansión. Donde fueron recibidos por la tía Elroy quien estaba cerca de la puerta.
En ese mismo momento, en la oficina a donde habían entrado Charlene y Frank, acababan de relatar lo que Darlen les había proporcionado de información. Una monja había entrado también a la Oficina y se había sentado en una silla cercana y estaba al pendiente de cada palabra.
- ¿Dice entonces que eso fue hace unos dieciocho años? – le preguntó dubitativamente la anciana
- Si, aunque sería un poco más, serían casi diecinueve – aclaró Charlene.
- Sabemos que fue hace mucho tiempo, pero esperábamos que pudieran darnos alguna información.
- Esto es un orfanato muy grande Sr. Johnson – dijo Charlene – no creo que recuerden a cada niño que dejan a sus puertas.
- Sra. Brown, aunque en este momento este sea un edificio capaz de albergar a más de cien niños, durante muchísimo tiempo apenas y podíamos tener a doce niños aquí. No debería dudar de nuestra memoria. Tanto la Hermana María como yo, recordamos a cada niño que ha atravesado por esta institución, que si no es la más lujosa o grande, hemos tratado de darles una educación para aquellos que no serán adoptados y preparar a aquellos a quienes si lo son.
- ¿Si la recuerda? – preguntó Charlene esperanzada - ¿ustedes la recogieron?
- Como le repito – dijo calmadamente la anciana – recordamos a todos, pero ha habido algunos casos que nos han dejado una marca, indudablemente su hija lo ha hecho.
- ¡Oh Dios Mío! – exclamó Charlene quien parecía estar a punto de desmayarse - ¡Esta viva¡Oh Frank, mi hija esta viva!
La monja se levantó y al tiempo que iba por un vaso de agua miró a la mujer que estaba sentada detrás del escritorio, sin embargo la anciana se había levantado ligeramente de su asiento al ver a Charlene a quien la respiración estaba empezando a faltarle. La hermana le dio a beber el agua. Y tuvieron que esperar unos segundos hasta que la dama comenzó a respirar con regularidad.
- Señora Brown, así es – dijo la anciana cuando Charlene pudo incorporarse nuevamente – en efecto su hija vive, durante mucho tiempo nos preguntamos quienes serían sus padres, o porque ni siquiera habían dejado una nota, solo habían dejado una muñeca con un nombre bordado.
- ¡La muñeca que le hizo la abuela! – exclamó Charlene.
- Ella, es una niña muy especial, a todos los que ha conocido ha dejado una marca indeleble, es como una hija para nosotras.
- ¿Y donde esta ella en este momento? – preguntó con ansiedad la señora Brown.
- Ella fue adoptada – informó la mujer – por una familia muy adinerada. No se que pasaría si ella lo supiera, siempre actúa de forma espontánea, sin embargo…
- Yo solo quiero verla, quiero saber que esta bien… ¡por favor dígame quien es la familia que la adoptó!
- Es Candy… - habló finalmente la monja que había estado en calidad de espectador – estamos hablando de Candy ¿verdad?
En ese momento en la mansión Andley en la pista de baile, Candy se deslizaba en los brazos de Albert.
