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.•.¸¸•´¯'•.¸¸.ஐ CAPITULO 32 ஐ..•.¸¸•´¯'•.¸¸.
Charlie empalideció, cerró los ojos y los volvió a abrir. Aquella horrible sonrisa aún seguía ahí. Incrédulo, vio que Jack ofrecía el brazo a Emily, que lo aceptó al instante y juntos se dispusieron a caminar hacia la casa. Ella lanzó una sonrisa a su escolta.
Charlie creyó que ya no podía soportar más. No reaccionó hasta que aquella pareja contranatural pasó ante él y oyó cómo la muchacha parloteaba imitando de la forma más horrenda el acento sureño.
—Jack, opino que eres todo un caballero.
—Lo intento, señorita Emily. Le aseguro que me gusta mucho su forma de hablar tan cantarina.
—Es usted muy amable —respondió ella y le dedicó uno de sus parpadeos, lo que a Charlie le hizo perder el apetito.
—¿Me permite que le presente a mi guía, el señor Charlie White, de Blue Belle?
Jack abandonó esa sonrisilla de demente para ofrecer su mueca habitual a Charlie.
—Te conozco —dijo en tono acusatorio—. Yo a ti te he disparado un par de veces, ¿verdad, White?
—No, Jack, a mí no.
—Pues creo recordar que sí.
Por la expresión de la mandíbula, parecía que Jack se estaba irritando, pero ella le llamó la atención enseguida.
—Caramba, estoy molida. El señor White y yo hemos montado durante horas, y yo no tengo su fuerza, Jack. Soy demasiado delicada para una actividad tan extenuante.
Jack de nuevo se mostró solícito.
—Claro que es usted delicada. Salta a la vista que está usted muy delgadita. White no debería haber apretado la marcha. Señorita Emily, ¿quiere que le dispare en su nombre?
La pregunta la dejó tan atónita que la respuesta fue un grito muy claro:
—No.
—¿Está segura? No es ninguna molestia.
—Estoy segura, Jack, pero se lo agradezco mucho. Me encontraré mejor en cuanto me siente. Sólo necesito descansar un rato.
—Señorita Emily, yo me encargo de procurarle un cómodo asiento en un minuto. Huele usted muy bien —añadió de forma apresurada.
—Jack, opino que me va a echar a perder con sus halagos.
No fue preciso que ella dijera nada más ni le dedicara más parpadeos. Charlie oyó a Jack prometer que le encendería el fuego para que los pies le entraran en calor, iría a buscarle un refresco para acararse la garganta reseca, y le llevaría la cena para que recobrara las fuerzas.
Charlie quiso pegarle un tiro, con sobrados motivos, pues Jack acababa de deshonrar a todos los hombres de la zona. Aunque pensándolo mejor, pegarle un tiro era demasiado benévolo. Charlie frunció el entrecejo mientras observaba a la pareja doblar la esquina hacia la entrada de la casa. Aunque tenía que ocuparse de los caballos, no pensaba hacerlo hasta saber quiénes eran los otros huéspedes, y asegurarse de que Emily estaba a salvo.
Jack le abrió la puerta a Emily y de acuerdo a su carácter, intentó cerrársela a Charlie en las narices. Fue una travesura infantil de las que le gustaban a Jack, que no dejó de reírse por lo bajo.
John Perkins les esperaba en la entrada. Era un hombre fornido, con papada y barriga enormes, siempre dispuesto a sonreír. Parecía blando, pero era tan duro como los demás montañeses, y en su casa no permitía tonterías. Toda disputa tenía que zanjarse fuera, y a juzgar por la cantidad de tumbas anónimas que había en la ladera, detrás de la casa, se diría que en el pasado ya habían tenido lugar unas cuantas.
John solía recibir a sus huéspedes. Sin embargo, ahora se había quedado mudo al ver a Jack el Tuerto y, atónito, sin poder creer lo que veía, había caído en una especie de letargo.
Al parecer, John tampoco había visto nunca sonreír a Jack Hanrahan.
—Es espeluznante, ¿verdad, John? —comentó Charlie al pasar delante de él en dirección al comedor.
La mujer de John, Millie, soltó un gritito al ver de lejos la sonrisilla de Jack, reacción que a Charlie le pareció adecuada.
El comedor estaba vacío. Aun así, Charlie insistió en que Emily se sentara a su lado en el rincón, de espaldas a la pared. Jack el Tuerto se sentó a horcajadas delante de ellos, pero Charlie siguió inquieto, sin dejar de mirar a su alrededor para asegurarse de que nadie le cogiera por sorpresa.
John, que recuperó el sentido antes que su mujer, se lanzó hacia la mesa escopeta en mano y se detuvo al acercarse a Charlie.
—Me alegro de verte —sentenció mientras lanzaba otra mirada a Hanrahan—. Millie, deja de enredarte el delantal con las manos y ven a conocer a la mujer de Charlie. ¿Ya os habéis casado?
—No, Jack. Yo no me he casado.
En cuanto Millie superó la reacción que le provocó la sonrisa de Jack, centró su atención en Emily. Pareció fascinada con ella, y también nerviosa, y Charlie se dio cuenta de cómo se arregló el pelo y se alisó el delantal.
De joven, Millie había sido bastante atractiva, y su belleza mitigaba los modales bruscos con que trataba a la gente. La edad le había agudizado y endurecido los rasgos, pero aún conservaba un brillo en los ojos.
—Millie, ya que Charlie es un amigo podríamos cenar con nuestros huéspedes —dijo John—. En cuanto dejes de mirar boquiabierta a la mujer y vayas por la cena.
Millie no se movió, sino que lanzó una mirada a John, que Charlie interpretó como un aviso al marido para que no volviera a burlarse de ella.
—Antes el pelo se me rizaba igual que a ella —dijo Millie a su marido—. Si no hubiera pasado tanto tiempo, aún se me rizaría.
—¿Entonces querrás cortártelo? —preguntó John.
Millie no contestó a su marido, sino que se limitó a seguir examinando a Emily.
—Señor Perkins, ¿espera problemas? —preguntó Emily haciendo como si no se diera cuenta de que su mujer observaba cada uno de sus movimientos.
—Yo siempre espero algún problema —respondió—. Así nunca me cogen por sorpresa.
—John empezó a ir con la escopeta a todas partes cuando se casó con Millie, porque sabía que los hombres se la intentaría robar—dijo Charlie.
—De eso hace mucho —intervino Millie—. Entonces sí que era guapa.
—Ahora eres más guapa —le dijo Charlie—. John sigue llevando la escopeta a todas partes, ¿no?
Millie se sonrojó agradecida y se apresuró a abandonar la sala.
—¿Qué estáis haciendo vosotros dos por aquí? —preguntó John, volviendo a lanzar otra mirada de preocupación a Jack el Tuerto.
—Estoy escoltando a Emily a Golden Crest. Tiene que encontrarse con una persona allí.
A Emily le alivió que no diera más detalles al señor Perkins.
Charlie ya no podía soportar ni un segundo más la infernal sonrisilla de Jack el Tuerto.
—Emily, dile a Jack que deje de sonreír. Me está sacando de quicio.
—A mí su sonrisa me parece encantadora —respondió ella, y se inclinó hacia Jack para darle unos golpecitos en la mano—. Jack, no les hagas caso. Es sólo que está de malas.
—Señorita Emily, ¿quiere que le dispare?
Esta vez no se sorprendió ante la pregunta.
—No, Jack, pero gracias por el ofrecimiento.
Charlie decidió ignorar tanto a Emily como a Jack, se volvió hacia John y comentó:
—Veo que tienes pocos huéspedes.
—No por mucho tiempo —respondió John—. Ben Corrigan nos hizo una breve visita cuando pasó de camino a su casa de River's Bend, y me contó que cinco hombres de la banda de Murphy se dirigían hacia aquí. Piensan hacer noche, pero a la menor insolencia los echo. Son unos alborotadores y unos ladrones de poca monta. —Se volvió y, en voz alta para que su mujer le oyera desde la cocina, dijo—: Millie, será mejor que escondas el dinero del pote de galletas. —Y volviéndose hacia sus huéspedes, añadió—: Charlie, yo de ti vigilaría bien a tu mujer.
Charlie, manifestó estar de acuerdo, asintiendo con la cabeza. No se molestó en corregir el equívoco de John al suponer que Emily era su mujer. De hecho, reconoció para sus adentros que en cierto modo le gustaba cómo sonaba eso.
Al darse cuenta, frunció el ceño. Dentro de poco sería la mujer de O'Toole, recordó, y seguramente ya no volvería a verla nunca más.
—Parece que esta noche no podré dormir mucho —dijo, aceptando la tarea que le esperaba para mantener a salvo a Emily.
—¿Y eso por qué? —preguntó Emily.
Dudó en contarle de lo que eran capaces los hombres de Murphy, pues en tal caso quizás ella tampoco pudiera conciliar el sueño, así que decidió no responderle y cambió de tema.
—¿Qué más te contó Corrigan?
—Dijo que había un sheriff de los EEUU fisgoneando por aquí.
Repentinamente Jack Hanrahan alzó la cabeza y manifestó un gran interés por la conversación.
—¿Para qué? —murmuró—. Aquí no hay ley.
Jack se equivocaba, pero ni John ni Charlie se molestaron en explicárselo.
—El sheriff anda en busca de unos hombres que, por lo que había oído Corrigan, son de la peor calaña. Se dice que han matado a una mujer y a una niña de sólo tres años. Sólo por ello deberían colgarles. Él quiere llevarlos de vuelta a Texas para someterlos a juicio.
—¿Este sheriff del que hablas es de Texas?
—Eso dijo Corrigan.
—¿Te dijo cómo se llamaba?
—No lo recuerdo. ¿A qué viene tanto interés? En tu lugar, yo me mantendría alejado de él. Corrigan me dijo que cuando se lo presentaron, agradeció muchísimo haber estado siempre del lado de la ley. Este hombre le provocó escalofríos, sí, con su fría e intensa mirada de ojos azules. Corrigan me dijo que no deseaba volver a cruzarse con él nunca más. Claro, eso es lo que él dijo.
—Yo busco a uno que dice llamarse Alister Cornwell . Le robó a mi madre, y de una forma u otra voy a hacer que devuelva lo que se llevó. Lo único que Mama Rose recuerda de él es que es alto, con ojos azules y de Texas.
—¿No estarás pensando que el sheriff es el hombre que buscas?
John prosiguió sin dejar que Charlie le contestara:
—Puede que sólo sea una coincidencia. Hay muchos hombres de ojos azules —razonó—. Quizá la banda que busca también es de Texas, y puede que alguno de ellos tenga los ojos azules.
—Mama Rose dijo que Cornwell era muy educado. Cuando hablaron en la estación de tren estaban cerca de nuestro territorio, pero él ya le había dicho que se dirigía hacia el norte.
—No creo que los hombres que busca el sheriff sean muy educados. Sin embargo, si crees que él es el ladrón puede que te estés subiendo al árbol equivocado. A lo mejor hay otros tejanos merodeando por las colinas. Ya sabes cómo les gusta traer sus rebaños a pastar a nuestras tierras.
Charlie negó con la cabeza.
—Ninguno traería su rebaño a esta altura de la montaña. Además, al hombre que yo busco le vieron hace un par de días en River's Bend, ¿y no has dicho que Corrigan venía de allí?
—Sí —respondió John—. De acuerdo, parece que Corrigan se encontró con el hombre que andas buscando. Si ese tejano sigue la ruta del nordeste tendrá que pasar por aquí, y puede que tu también te tropieces con él. Si me permites que te lo pregunte, ¿qué es lo que le robó a tu madre?
—Una brújula que iba a regalar a uno de mis hermanos.
—Una brújula no tiene mucho valor —dijo Jack—. ¿No?
—Sí para mi hermano —contestó Charlie.
—A lo mejor yo se la robo al tejano y me la quedo —aventuró Jack con presunción—. ¿Para qué hermano era la brújula?
—Para Kuki.
—Entonces no importa —decidió Jack con rapidez—. No quiero tener que vérmelas con él.
—Tú mejor que no te las veas con ningún White —dijo John con exasperación manifiesta—. Al menos si quieres llegar aviejo.
Se volvió de nuevo hacia Charlie y negó con la cabeza.
—No es nuevo que un agente del orden viole la ley, pero te aseguro que me pone enfermo. Eso no está nada bien.
—John, es poco probable que sea el hombre que busco. Me cuesta imaginar que un tipo de esos ande jugándose el prestigio por un delito menor. La brújula tenía cierto valor, aunque insignificante comparado con las remesas de oro y billetes que seguro que ha obtenido antes como recompensa.
Emily, que había escuchado la conversación, no pudo dejar de opinar.
—Si el sheriff tiene la brújula de tu madre, estoy segura de que se la devolverá a ella.
Cbarlie no pudo evitar burlarse.
—Eso mismo cree Mama Rose, pero cuando se dé cuenta de que la han engañado se le romperá el corazón. Ese tejano ya ha tenido todo el tiempo del mundo para devolvérsela. Y se la ha quedado. Sin embargo, no estoy seguro de que el sheriff sea Alister Cornwell.
—Te aseguro que me gustaría que Corrigan me hubiera dicho su nombre —intervino John.
Emily, que empezaba a apasionarse por el tema, negó con la cabeza y dijo:
—Si por casualidad hubiera cogido la brújula, seguro que en lo último en lo que pensaría es en devolverla. Recordad que va tras unos criminales.
—¿Si la hubiera cogido por casualidad? Emily, ¿qué clase de argumento es ese? Nadie roba por casualidad.
—Podría ser —argumentó ella—. Estáis haciendo suposiciones a partir de mínimas coincidencias. Seguro que veis que tengo razón.
Él disimuló una sonrisa. Emily rebosaba indignación mientras defendía a un hombre al que nunca había visto. Tenía derecho a sacar sus conclusiones precipitadas, claro, pero él no iba a decir nada porque entonces el debate llegaría a su fin, y como se lo estaba pasando tan bien discutiendo con ella, quería que siguiera.
Le gustaba cómo le brillaban los ojos cada vez que él le decía algo que la ofendía. Además, a la muchacha le resultaba imposible puntualizar una cosa sin mover las manos en el aire, gesto que Charlie encontraba delicioso, a pesar de que en un par de ocasiones tuvo que evitar que le golpeara. También le gustaba el tono serio y entrecortado que adoptaba cuando él le pedía que fuera razonable.
Pensándolo bien, le gustaba todo de ella. Le iba a resultar difícil tener que abandonarla en Golden Crest, y casi imposible entregarla a otro hombre. Se le borró la sonrisa cuando la imaginó en brazos de Clifford O'Toole.
Con gran esfuerzo logró refrenar su ofuscación y volvió a dirigirse a John.
—¿Me preguntabas algo?
John asintió con la cabeza.
—Preguntaba si el tejano le dijo a tu madre que era un agente de la ley.
—No, no le dijo a qué se dedicaba.
—Es extraño, ¿verdad?
Se dio cuenta de que Emily miraba al cielo y decidió pincharla mostrándose de acuerdo con John.
—Sí, sí que es extraño. No puedo sino preguntarme por qué se lo ocultó.
—No sabes si mantuvo en secreto su ocupación a propósito o no—dijo ella en tono alto y visiblemente disgustada—. No estáis siendo nada razonables. Os sugiero que dejéis de pensar en lo peor y tengáis un poco de confianza en ese hombre.
—¿Para qué? —preguntó Charlie—. Le robó a mi madre.
—Parece que sí que fue él —afirmó John.
—Aquí cuidamos a nuestras madres —dijo Charlie.
—Eso es cierto —concordó John, e incluso Jack se vio obligado a gruñir para demostrar que era de la misma opinión.
—Nadie que robe a nuestra madre se sale con la suya —concluyó John.
Emily se dio por vencida. No había forma de hacerles ver lo absurdas que resultaban sus palabras.
Los hombres siguieron comentando la situación durante un buen rato, y luego Charlie pidió a John que hiciera compañía a Emily mientras se ocupaba de los caballos.
—No hace falta que lo hagas. Contraté a un nuevo ayudante, el chico de Clemmont Adam, y por la ventana he visto que llevaba tus caballos al establo. El se ocupará de ellos y además os traerá el equipaje.
Emily quiso asearse antes de la cena, y, como Charlie no quería perderla de vista, subió con ella y la hizo esperar mientras él también se aseaba. Cuando volvieron al comedor, Millie ya había servido la comida y se había sentado a un extremo de la mesa.
Había estofado con bollos y mermelada, café para los que quisieran y leche de vaca para los demás.
—A mí me gusta sentarme solo a comer —le dijo Jack a Emily. Bajó la cabeza y la miró fijamente, para añadir—: Después, antes de que anochezca, tengo que llegarme hasta casa de Cooper.
Ella le dedicó una amplia sonrisa.
—Has sido muy paciente, Jack.
Se volvió hacia Charlie y extendió la palma de la mano.
—Creo que me debes cinco dólares.
El se quedó sorprendido de que quisiera que le pagara la apuesta delante de Hanrahan y Perkins. Mientras buscaba en el bolsillo el dinero que le debía, miró de mala manera a Jack por haberle puesto en ridículo. Por la cara de curiosidad de John, Charlie dedujo que iba a preguntar por qué le debía el dinero, y si Emily lo explicaba, Jack se enteraría de que se había dejado engañar por una mujer.
Entonces habría problemas de verdad.
Le entregó el dinero en mano, y estaba a punto de decirle a John que respondería luego cualquier posible pregunta, cuando Emily le sorprendió al darle el dinero a Jack.
—Aquí tienes, y muchas gracias por tu ayuda.
—No ha sido para tanto —murmuró Jack—. ¿Ya puedo dejar de sonreír?
—Sí, claro.
En cuanto recuperó su mueca habitual pareció aliviado. Luego retiró su asiento, se levantó y se llevó el plato y la taza a la mesa al otro extremo del comedor. Al igual que Charlie, el montañero prefería sentarse de espaldas a la pared para poder observar a la gente que entrara sin temor a que le cogieran desprevenido.
Jack se inclinó sobre su plato y empezó a comer el estofado con los dedos, pero Charlie se dio cuenta de que seguía totalmente concentrado en Emily. Estaba tan encandilado con ella que en dos ocasiones no acertó a llevarse la comida a la boca. Aquel hombre tenía modales de cerdo, y como Charlie sabía que no podría cenar si seguía mirándole, se volvió hacia Emily.
—A ver si me aclaro. ¿Le has explicado de qué iba la apuesta?—preguntó tratando de parecer ofendido.
—Sí, se lo he explicado.
—Entonces la conclusión es que creías que sin su ayuda no lo conseguirías.
—Estoy convencida de que lo hubiera conseguido, pero no he querido —contestó ella—. No hubiera estado bien utilizar a Jack para ganar la apuesta. En Boston, los hombres esperan que las mujeres coqueteen con ellos, pero Jack no lo hubiera comprendido. No —insistió—, no hubiera estado bien.
—¿No estás cambiando de parecer?
—No.
—¿De verdad? ¿En qué se diferencia Jack de Clifford O'Toole?
—A él no lo metamos en esto, ¿de acuerdo?
—¿Quién es Clifford O'Toole? —quiso saber John.
—El hombre con el que se supone que Emily se va a casar. Deja de darme patadas —le dijo a ella—. Aún no lo conoce.
—Eso no me parece bien —intervino Millie—. ¿Por qué vas a casarte con un hombre a quien ni siquiera conoces cuando quieres a otro?
—Yo no quiero a otro —dijo Emily.
Millie resopló.
—Para mí está más claro que el agua que estás encandilada con Charlie. ¿Acaso eres ciega, muchacha?
Emily sintió que se sonrojaba.
—Millie, te equivocas. Casi no le conozco, sólo me está escoltando a Golden Crest.
Millie volvió a resoplar. Emily en seguida intentó retomar el tema de la apuesta. Se negó a mirar a Charlie hasta no asegurarse de que él ya no pensaba en los comentarios de Millie.
—He ganado yo con todas las de la ley —sentenció ella.
—Has violado las reglas.
Ella soltó una carcajada forzada.
—No había ninguna regla, ¿recuerdas? Tú lo has querido así, no yo.
—¿Cuál era la apuesta? —preguntó John.
Charlie se detuvo para fulminar con la mirada a Emily por haberle dado otra patada antes de responder. Luego explicó la discusión que habían tenido y cómo él quiso demostrar que la equivocada era ella.
—Ha sido una apuesta tonta —dijo Emily—. Pero he ganado yo, Charlie, por culpa tuya. Deberías haber sido más concreto, como el prestamista de una historia que leí y que se titulaba El mercader de Venecia. ¿La has leído?
—Pues sí.
—Yo no recuerdo haberla leído —dijo John—. Claro, no se ni leer, y quizás por ello no recuerdo haberla leído.
—John, yo tampoco la recuerdo —dijo Millie—. Pero me gustaría saber de qué va.
—Es una historia maravillosa —empezó Emily—. Un caballero tomó prestado dinero con la condición de devolverlo dentro de un plazo de tiempo fijado. Además, acordó que en caso de que no pudiera devolver el dinero tendría que darle al prestamista un kilo de su propia carne.
John abrió los ojos como platos.
—Eso mataría a un hombre delgaducho, ¿no?
—Mataría a cualquier hombre —dijo Charlie.
Por el rabillo del ojo, Charlie vio que Jack se levantaba para ocupar una mesa del centro del comedor, como si quisiera estar cerca para oír cada una de las palabras de Emily. Además pretendía que nadie le viera. Charlie precisó de todas sus fuerzas para no echarse a reír a carcajadas, pues, para ser sinceros, ver a ese salvaje caminando de putillas resultaba realmente cómico. Cuando se lo contara a sus hermanos, no se lo creerían.
—No dejes a mi John colgado sin contar el resto de la historia—dijo Millie con su habitual brusquedad—. Tiene que ser un verdadero loco el hombre que haga una promesa tan imprudente, ¿verdad, John?
—Si, Millie, sí que parece una locura. Pero a ver, si el prestamista le diera tiempo suficiente para coger un poco de peso, entonces... creo que después de todo la promesa no sería tan imprudente. ¿Le dio tiempo el prestamista? —preguntó él.
Emily negó con la cabeza y contuvo la risa.
—No, John, no le dio tiempo.
—No debería haber aceptado el compromiso —insistió Millie con la cabeza—. Seguro que no era de por aquí. Un hombre de estos lugares nunca cometería una locura semejante.
—Era un desesperado —explicó Emily—. Y estaba seguro de que tendría el dinero dentro del plazo convenido para devolverlo. Pero no fue así.
—Ya me parecía que pasaría eso. ¿Le cortaron la carne?—preguntó John.
—Murió, ¿verdad? —preguntó Millie al mismo tiempo.
—No, no se la cortaron, y tampoco murió —respondió Emily.
—No cumplió, ¿verdad? A mí no me parece bien —dijo John—.Una promesa es una promesa y tiene que cumplirse. Después de todo, la palabra de un hombre es sagrada. ¿Verdad, Millie?
—Sí, John, aquí lo único que tiene un hombre es su palabra. ¿Cómo se libró del compromiso? —le preguntó a Emily— ¿Se ocultó en algún lugar?
—No —respondió Emily, sonriendo ante el entusiasmo que mostraban los Perkins por la historia.
Charlie también sonreía. Aunque ya había leído la obra de Shakespeare tras la insistencia de Adam, le gustaba escuchar cómo la contaba Emily. Con aquellas vivas expresiones que empleaba, los personajes parecían reales.
Entonces echó un vistazo hacia Jack el Tuerto, y al ver lo que interpretó como una auténtica sonrisa, supo que Emily realmente había ganado la apuesta con todas las de la ley. La prueba estaba en cada una de sus palabras. Hanrahan se había enamorado locamente.
—Si no huyó, ¿entonces qué pasó? —preguntó Millie.
—Qué se negó a dar un kilo de su carne, y que el prestamista se negó a que él no cumpliera su promesa y a concederle más tiempo, por lo que fueron a juicio para que se decidiera el resultado.
John apoyó la mano sobre la superficie de la mesa.
—Siempre la ley.
—Un abogado salvó al hombre, claro —dijo Charlie.
—Que resultó ser una mujer —le recordó Emily—. Se llamaba Portia.
Antes de proseguir, intercambió con Millie una sonrisa cómplice respecto a ese interesante detalle.
—Me gustaría saber qué le pasó en el juicio al hombre que había tomado prestado el dinero —dijo Millie—. ¿Qué dijo el juez?
—Decidió que el pacto era legal e inapelable, y que al prestamista le correspondía el kilo de carne.
—Lo sabía, Millie. ¿No te he dicho que una promesa es una promesa y que se debe cumplir?
—Sí, John, lo has dicho.
—Pero —se apresuró a añadir Emily antes de una nueva interrupción—, también se resolvió que aunque el prestamista podía tomar su kilo de carne, no podía llevarse ni una gota de sangre.
John se frotó la barbilla mientras reflexionaba sobre el veredicto.
—Bueno, pues yo no creo que se pueda coger ni un gramo de carne sin acarrear algo de sangre.
—Es evidente que no se puede —explicó Emily—. Si el prestamista hubiera sido más preciso —dijo mirando significativamente a Charlie—, el resultado podría haber sido distinto; pero no fue preciso, al igual que tú, Charlie, que tampoco lo has sido en nuestra apuesta. He ganado con todas las de la ley.
Él admitió la derrota, añadió que no le guardaba rencor e incluso sugirió que no le importaba que se alegrara tanto.
—¿Quieres que te bese para demostrarte que no estoy loco?
Al ver que la muchacha bajaba la cabeza y hacía un gesto de negación, se dio cuenta de que la había avergonzado, de modo que se le acercó y puso su mano sobre la de ella.
—Tienes mucho en común con Portia —le susurró—. Aunque no creo que ella se ruborizara cuando ganó su apuesta. Pero sí que tienes su misma pasión.
Emily iba a agradecer el cumplido, pero no tuvo tiempo, ya que un fuerte estruendo les interrumpió a todos.
Alguien intentaba derribar la puerta. John se levantó de un salto y corrió hacia la entrada seguido de Charlie.
—Millie, ¿son los hombres del rancho de Murphy? —preguntó Emily.
—Por la forma en que están aporreando mi puerta, diría que sí, son ellos. —Corrió junto a Emily y la tomó por el hombre—.Puedes acabar de cenar en la cocina. Allí estarás más a salvo, y Charlie se asegurará de que las manos de los rancheros se quedan en mi comedor. Aunque no sé cómo voy a subirte por las escaleras; pero dejaré a John que se ocupe de eso. Vamos, muchacha. No hay tiempo que perder. Dios mío, espero que no estén borrachos. No hay nada peor que un borracho —añadió con un escalofrío—. Y si alguno me roba mis objetos de valor, te prometo que yo misma le pegaré un tiro. Oh, espero que no esté borracho.
Millie estaba realmente asustada. Emily no iba a arriesgarse, de modo que cogió su plato de estofado, siguió a Millie hacia la cocina, y luego le ofreció su ayuda para preparar la cena de los rancheros.
—Tú siéntate y come. Yo me ocuparé de eso después de poner unas cuantas galletas en el horno. Cuando hayas acabado, si te apetece puedes fregar esa sartén. Ya lleva bastante tiempo en remojo en el fregadero.
A Emily le alegró tener algo que hacer. Comió con rapidez, luego se arremangó las mangas de la blusa y atacó la sartén con aires de venganza, sonriendo para sí mientras imaginaba la cara que pondría su madre si la viera en este momento. Seguramente le daría un infarto, pensó Emily, pues nunca había permitido a sus hijas hacer ninguna tarea de la casa —para eso estaban las sirvientas—, sin embargo, pasada la sorpresa inicial, Emily no creía que su madre se sintiera decepcionada de ella.
—Millie, ¿tienes a alguien que te ayude con la casa? —preguntó.
—No, pero estoy pensando en contratar a una persona. Mi John ha estado dándome la lata para que frene este ritmo, y últimamente hemos tenido huéspedes con mayor frecuencia. Después de hacer la colada y limpiarlo todo, de cocinar y servir la comida durante todo el día, al caer la noche estoy tan cansada que apenas puedo ponerme el camisón.
—¿Has pensado alguna vez en trasladarte a la ciudad?
—No, yo nunca haría eso. La gente pasa por aquí para ir hacia el norte o el oeste, a no ser que la temporada sea muy seca y se pueda pasar por los barrancos, y aún así siempre tenemos compañía. Estamos lo suficientemente aislados como para sentirnos libres. Creo que yo no podría soportar vecinos en el piso de arriba que se enteraran de toda mi vida. Y a John tampoco le gustaría.
Emily ya había sacado la pesada sartén del agua y empezado a secarla con el trapo que le había dado Millie, cuando vio que había terminado de fregar. Se dio cuenta de que a Millie también le temblaban las manos.
—¿Crees que los hombres de Murphy se ha ido?
—No vamos a tener esa suerte. Son de esa clase de personas que nunca renuncian a nada.
—¿Y exactamente qué clase de personas son?
—Unos borrachos ignorantes, capaces de robar cualquier cosa con tal de sacar un dólar para comprar más alcohol, y lo que no roban, lo destrozan. Emily, los borrachos no se atienen a razones, pero no te inquietes. Tu hombre no dejará que te hagan daño.
—Tampoco permitirá que te hagan daño a ti. Aunque no es mi hombre —dijo.
—Pero quieres que lo sea, ¿verdad?
Su brusquedad hizo sonreír a Emily.
—¿Por qué lo dices? Estoy a punto de casarme con otro —le recordó.
—A mí no me parece bien —murmuró Millie. Cerró la puerta del horno, y se volvió para que Emily viera su expresión huraña—. Muchacha, tú pareces bastante lista. Será mejor que te dejes de orgullos y le digas lo que sientes antes de que sea demasiado tarde.
—Pero, Millie...
—No te servirá de nada discutir conmigo. He visto una corriente eléctrica entre vosotros, y cualquier persona con un dedo de frente sabría de qué se trata. Pídele que te corteje.
Emily negó con la cabeza.
—Aunque quisiera que Charlie me cortejara, no serviría de nada. Me dijo que él es de los que no se casan.
Millie resopló.
—Ningún hombre es de los que se casan hasta que se ha celebrado la boda. Muchacha, no te creas esa tontería. He visto lo cerquita de ti que se ha sentado en la mesa. Por qué tenía que pegarse tanto y apretarse contra ti. También he visto cómo te cogía la mano, pero no he visto que tú apartaras la tuya. No te ha molestado nada, ¿verdad?
Emily bajó la vista y dijo:
—No, no me ha molestado. No sé qué me está pasando. Las cartas del señor O'Toole eran muy amables, y cuando me propuso...
—Tonterías —murmuró Millie—. ¿Vas a echar a perder tu vida por unas cuantas cartas?
—Se suponía que todo esto sería muy sencillo —dijo Emily—.Decidí afrontar mi destino, y ahora creo que a lo mejor Charlie tenía razón. Dijo que me apresuré tanto por culpa de mi orgullo herido. Millie, no sí que hacer. Me gusta Charlie, pero te aseguro que no estoy enamorada de él. Al fin y al cabo, sólo le conozco desde hace dos días, y la mayor parte del tiempo nos la hemos pasado discutiendo de esto o aquello.
—El amor puede ser instantáneo —dijo Millie—. Yo, la primera vez que vi a mi hombre supe que iba a pescarle.
Emily no quería "pescar" a nadie. La conversación empezaba a ponerla nerviosa, pues Millie la estaba obligando a pensar en cosas que ella deseaba ignorar. Emily quiso creer que se estaba acobardado, pero enseguida supo que no era verdad. Santo Dios, ¿qué le estaba pasando? Ya no sabía ni lo que pensaba.
—Eres muy afortunada al haber encontrado a John —dijo—. ¿Cómo le conociste? —añadió con la esperanza de que Millie dejara de hablar de sus conflictivos sentimientos respecto de Charlie.
Millie estaba a punto de responderle, cuando de pronto se abrió la puerta de la cocina con tal fuerza que chocó contra la encimera y ambas mujeres dieron un brinco. Entraron como si tal cosa los dos tipos más desaliñados que Emily hubiera visto en su vida. Millie soltó un insulto tan impropio para una dama que la sorprendida Emily se volvió a mirarla.
Sin embargo, de inmediato tuvieron que prestarles atención a ellos.
—Nadie nos ha impedido el paso —dijo uno de ellos, y eructó antes de añadir—, ¿verdad, Carter?
El otro estaba demasiado concentrado en Emily para contestar a su amigo.
—Smiley, mira qué tenemos aquí, justo delante del armario en el que John esconde el alcohol.
Emily deseó fundirse con la pared con todas sus fuerzas. Aquellos hombres apestaban a whisky y, como apenas se tenían en pie mientras la miraban, supo que en cuestión de minutos perderían el conocimiento. Decidió seguirles la corriente hasta que vinieran Charlie y John y los echaran.
Sin dejar de mirarles, agarró con fuerza la sartén. No podría decir cuál de los dos era más feo. Smiley tenía los dientes tan podridos que casi eran negros, por lo que su sonrisa resultaba más repulsiva. Y además, babeaba.
Carter tampoco era una joya. Daba la impresión de tener la cabeza demasiado grande para su cuerpo de retaco, y desprendía tal hedor que Emily sintió náuseas.
Comparado con este par, Jack el Tuerto era una delicia para las mujeres.
La blasfemia de Millie no les había impresionado mucho, pues ninguno se molestó en mirarla siquiera.
—Me apetece probar ese whisky —murmuró Smiley.
—A mí también —afirmó Carter y se lamió los gruesos labios. Luego soltó un chasquido que a Smiley le pareció tan cómico que se puso a reír entre dientes. Pero por si el escándalo que habían armado no fuera ya lo bastante desagradable, las babas que a Smiley le caían por la barbilla le resultaron a Emily imposibles de soportar.
Eran realmente un espanto.
Emily, enfadadísima, y a punto de estallar, se esforzaba por no perder el control. Decidió que lo prudente ahora era ser cauta. Sería una insensatez provocarles, pues aunque nunca había visto a un borracho tan cerca, había oído decir que eran imprevisibles, y Millie acababa de explicarle que era imposible razonar con ellos.
Realmente deseó tener un arma a mano, y entonces reparó que tenía agarrada una. La sartén les causaría el daño suficiente para ahuyentarles, y ella no tendría el menor reparo en utilizarla si alguno intentaba robar la menor tontería.
—Por favor, marchaos. Estáis asustando a Millie.
—No iremos a ninguna parte hasta que estemos bien y listos para irnos —murmuró Carter.
Smiley resopló, confirmando lo dicho.
—Quiero probar ese licor —susurró Carter, aunque lo bastante alto para que las mujeres le oyeran—. Y si para ello tengo que apartar a una mujer, lo haré. Entre el whisky y yo no se interpone nadie.
Carter asintió enérgicamente con la cabeza; pero se debió marear, pues comenzó a balancearse dando tumbos.
—Quiero el dinero del pote de las galletas —le dijo a su compañero, y examinó la estancia antes de añadir—: Millie ya lo ha escondido.
—Supongo que tendremos que ponerlo todo patas arriba hasta encontrarlo.
Carter se rió por lo bajo. Millie se irguió de hombros, aunque seguía tratando de contener el miedo estrujándose el delantal con las manos.
—Fuera de aquí, los dos, o llamaré a John.
Carter sacó la navaja que llevaba colgada en el cinturón y se la enseñó agitándola en el aire. El muy estúpido estaba tan bebido que a Emily le sorprendió que pudiera sujetar el arma.
—Cierra el pico, o esta navaja acabará en tu estómago —dijo entre dientes.
Millie se quedó blanca como el papel. Verla tan asustada enervó aún más a Emily. ¿Cómo se atrevían a entrar en casa de aquella buena mujer y amenazarla?
Emily suspiró profundamente. Lo que hubiera dado por tener la escopeta de John en aquel momento. Dispararía a esos dos que asustaban a la pobre Millie. Aunque no los mataría; se limitaría a herirlos para que caminar les resultara doloroso durante una buena temporada.
—Apartemos de nuestro camino a esta monada de vaquilla tan linda —propuso Smiley a su amigo.
Emily cerró los ojos un instante. Pero en cuanto oyó que a Millie le costaba respirar, pasó del enfado a la furia.
—¿Cómo me has llamado? —preguntó forzando la voz.
Mientras esperaba que él le repitiera el insulto, comenzó a lanzarle miradas torvas.
—Monada de vaquilla —dijo Smiley.
Ella se irguió cuanto pudo y miró con fijeza a los hombres. La cautela ya no servía.
—¿Millie? No acabo de tenerlo claro. ¿A ti cuál de los dos te parece más feo? ¿El de los dientes negros o el cabezón?
Millie profirió otro grito ahogado; parecía que los ojos se le iban a salir de las órbitas.
—Muchacha, ¿es que quieres que se vuelvan locos?
Smiley avanzó un paso hacia Emily.
—Es la mujer de Charlie White —dijo Millie gritando—. Si le ponéis un dedo encima, os matará.
—No vamos a discutir con White —murmuró Smiley—. No se enterará de lo sucedido hasta que sea demasiado tarde. Está ocupado con los otros en la entrada de la casa, y antes de que llegue ya nos habremos ido con el whisky y el dinero. ¿Verdad, Carter?
—Cuando queremos galopamos muy rápido —alardeó su amigo—. Lleva de una vez a la preciosa vaquilla al comedor. Yo voy enseguida.
Millie avanzó hacia la mesa despacio con la esperanza de meterse debajo y protegerse de la navaja de Carter, mientras llamaba a voz en grito a su marido. Por el rabillo del ojo, vio que Emily no intentaba apartarse del hombre que estaba delante de ella.
—Corre —gritó Millie.
Emily negó con la cabeza.
—No hasta que te ayude a sacar la basura.
Aquel comentario detuvo en seco a Smiley. Trastabilló y se tambaleó hacia atrás; luego se volvió hacia Carter.
—¿Está hablando de nosotros?
—¿Pero qué pasa contigo? —murmuró Millie.
—Estoy enfadada. No me gusta que me llamen vaca, no me gusta que me amenacen, y aborrezco que te asusten —respondió Emily sin apartar la mirada de los borrachos—. Millie os ha pedido que os vayáis. Por favor, hacedlo.
Smiley se burló, dejó caer los brazos a los costados e intentó abalanzarse sobre ella, pero, como estaba tan borracho, se golpeó dos veces contra la encimera y en lugar de acercarse a la muchacha se quedó más lejos.
—Ponte detrás de mí —chilló Millie.
En aquel momento Emily estaba demasiada ocupada como para explicarle que no pensaba mostrar semejante cobardía. Ganar tiempo, después de todo, era lo más importante. Nerviosa, esperó a que Smiley se hallara a un metro delante de ella, entonces alzó de pronto el brazo y le golpeó con la sartén en la cabeza.
Smiley se balanceaba hacia atrás gritando como un gallo herido, mientras no cesaba de babear, hasta que por fin cayó desplomado al suelo.
Carter se quedó tan sorprendido por el ataque que soltó la navaja.
—Lo has dejado atontado —gritó.
—No —le corrigió Emily con el tono que consideró adecuado—. Ya estaba atontado. Yo lo he dejado sin sentido.
El corazón le latía de forma frenética, y la mano le tembló cuando se recogió la falda, pasó por encima del hombre que yacía tumbado y siguió hacia su compañero. Tenía que llegar a él antes de que éste se acordara de que había dejado caer la navaja. De lo contrario Millie y ella tendrían problemas de verdad.
Carter no estaba tan borracho como ella creía. Rápido como una bala, se agachó, cogió la navaja y se puso a gruñirle como un perro rabioso.
De inmediato Emily retrocedió un paso. Millie intentó ayudarla, lanzando a Carter cuanto tenía a mano. Éste esquivó la taza y el plato, pero la tetera de cobre le golpeó en el hombre.
Se puso a aullar de dolor sin apartar la mirada de sus dos adversarias. Emily pensó que estaba decidiendo a quién agarrar primero. Cuando Millie despertó la atención del borracho al llamar a su marido a voz en grito una y otra vez, Emily aprovechó el momento y le golpeó con la sartén en el codo. Asustadísima, se puso a gritar porque al intentar golpearle para que se le cayera la navaja, había fallado.
Carter también gritó lleno de furia, y por la expresión de sus ojos la muchacha supo que ahora sus intensiones eran mortales.
CONTINUARA
