CAPÍTULO 36 – EL DESERTOR

-NARRA NICK-

En menudo lío nos encontrábamos: mi madre seguía llamando a la puerta insistentemente, mientras que April y yo nos habíamos quedado petrificados encima de la cama, desnudos y sin saber qué hacer.

-¿Nicholas? –gritó mi madre desde el otro lado de la puerta.

-Rápido, a la ducha –le dije a April, obligándola a levantarse y yendo detrás de ella hacia el baño.

-A tu madre no le va a importar mucho que esté duchada o no –me dijo ella en voz baja. Puse los ojos en blanco.

-No, tonta –le dije, empujándola hacia dentro de la bañera y abriendo el grifo –. No te muevas de aquí.

Le di un beso en los labios y alcancé la primera toalla que encontré para ponérmela alrededor de la cintura, tapando mis vergüenzas. Lo malo era que había cierta cosa que se negaba a pasar desapercibida.

Dejé a April debajo del agua de la ducha y salí del baño cerrando la puerta. Luego, eché un último vistazo alrededor de la habitación para ver si alguna cosa comprometedora quedaba a la vista. Las cosas de mi novia estaban perfectamente guardadas en su maleta, que estaba escondida debajo de la cama. Perfecto.

-Ho-hola, mamá –murmuré, abriendo la puerta a medias, manteniendo mi cuerpo oculto detrás de ella. Ella me miró algo sospechosa.

-Nick, ¿por qué tardabas tanto en abrir? –me preguntó, intentando ver el resto de la habitación.

Le señalé mi pelo mojado previamente en el grifo del baño.

-Estaba dándome una ducha –contesté inocentemente. Ella levantó una ceja, aún sin creérselo demasiado – ¿Qué haces aquí, mamá?

-No me quedé demasiado tranquila dejándote venir solo, aunque Maya estuviera aquí –murmuró. Luego, pareció darse cuenta de algo – ¿y Maya?

-Eh… se ha vuelto a Los Ángeles –contesté. Me di cuenta de que estaba manteniendo una conversación con mi madre en medio del pasillo del hotel –. Mamá, ¿quieres pasar?

-No… acaba de ducharte –murmuró ella – ¿te has dejado el grifo abierto?

Mamá se preocupaba demasiado por el medio ambiente, alarmándose siempre que uno de nosotros se dejaba la luz encendida más tiempo del necesario o no cerraba el grifo cuando se lavaba los dientes.

-Perdona –dije –, es que no dejabas de llamar a la puerta…

-Está bien. ¿Cenamos juntos? –preguntó, a punto de irse. La miré algo perdido.

-¿Qué hora es? –le pregunté. Con April el tiempo se me pasaba volando.

-Las nueve. Te espero en media hora abajo –me dijo, dirigiéndose hacia el ascensor.

Rápidamente, cerré la puerta con llave y volví corriendo al baño, sin importarme que la toalla se me callera a medio camino. Cuando llegué, April seguía totalmente inmóvil debajo del agua, intentando pasar desapercibida.

-No creerías que mi madre iba a entrar aquí a ver a qué temperatura salía el agua, ¿verdad? –le dije desde fuera, conteniéndome la risa. Ella se asomó un poco, aún con algo de miedo reflejado en sus ojos.

-¿Se ha ido? –preguntó en voz baja, mirando alrededor. Asentí con la cabeza, divertido por su expresión. April suspiró aliviada.

-Creía que el mundo se acababa –me dijo, resbalando hacia el fondo de la bañera. Luego, se quedó allí tumbada, sin hacer nada más. Me acerqué riéndome ya libremente.

-Casi –murmuré, sentándome a su lado. Aquella bañera era gigante, por lo menos cabrían 5 personas sin problemas.

-¿No ha sospechado nada? –preguntó April, volviendo a mirarme a los ojos. Negué con la cabeza.

-Absolutamente nada. Se ha preocupado más por el grifo abierto que por otra cosa –le dije. April asintió.

-¿Y qué hace aquí? –insistió April, acercándome una esponja y el jabón para que le enjabonara la espalda.

-Estaba preocupada –contesté, frotando suavemente sobre su piel.

-Pero, ¿por qué ha venido a mi habitación en vez de a la tuya? –preguntó mi novia. Me quedé callado, sin saber qué contestar a eso.

-La verdad, no tengo ni idea –murmuré –, pero tengo que irme a cenar con ella.

-¿Te vas? –preguntó April, girándose para mirarme a los ojos. Asentí quedamente – ¿Y qué hay de nuestros planes de no salir de la habitación para nada? Ya sabes…

Como si quisiera recordarme nuestros planes, recorrió con la yema de sus dedos los bordes de mis pectorales descubiertos, mirándome significativamente.

-Tendremos que dejar los planes para más tarde –murmuré, intentando mantenerme sereno.

Rápidamente, salí de la bañera mientras que ella me miraba con aire disgustado. Me di cuenta de que acababa de ser un poco brusco.

-¿Qué te parece si vienes a cenar con nosotros? –le dije, intentando animarla. April abrió mucho los ojos.

-Supuestamente tu madre no sabe que estoy aquí, ¿recuerdas?

-Bueno, pues ahora lo sabrá –le dije sonriendo. Le tendí la mano para ayudarla a salir de la bañera, y ella cerró el grifo.

-Tendrás que ir a vestirte –me dijo, mirándome arriba abajo significativamente.

-Y tú también –contesté, abrazándola impetuosamente.

Salí de su habitación vestido con mi anterior ropa y salí corriendo hacia la mía. En media hora mi madre y mi novia volverían a estar juntas.

Aunque ya se hubieran visto varias veces, eso de reunirlas siempre me asustaba.

-NARRA LIZ-

Después de comer, Joe me hizo subir a su coche y sin decir nada, condujo durante un buen rato. Me moría de las ganas de saber adónde me llevaba, pero hacía rato que él se había cansado de mis preguntas. Nada, se negaba a abrir la boca.

Sin embargo, al cabo de un rato reconocí el sitio al que nos dirigíamos: el estudio de grabación. No el de la serie ni el de Disney, sino el lugar en el que sus canciones se grababan, listas para asesinarme cada vez que las escuchara a través de mi iPod. Poco me faltó para dar saltitos en mi asiento del copiloto.

-¿Me llevas a tu estudio? –pregunté emocionada. Joe sonrió demasiado sexy e hizo la maniobra para aparcar su coche gigante. Aún me maravillaba que fuera capaz de manejarlo.

-Tú y yo solos, Galleta –me dijo susurrando, apagando el motor y mirándome fijamente.

Acto seguido, dejándome totalmente petrificada y con los pelos de punta, se bajó de su sitio y corrió a abrirme la puerta. El parking estaba completamente desierto.

-¿Es que nadie viene nunca a trabajar? –pregunté, refiriéndome a la poca gente.

-Hoy no hay nadie… –murmuró –en todo el edificio.

Si lo anterior no había sido suficiente, esto me hizo ponerme aún más nerviosa. ¿Joe y yo solos en el estudio de grabación?

Casi en silencio, me cogió de la mano para dirigirme hacia la puerta, que daba a un hall enorme. No estábamos solos del todo: un hombre medio adormilado vigilaba las puertas. En cuanto nos vio, sonrió a Joe y le tendió las llaves sin decir una sola palabra. Luego, me evaluó con la mirada. ¿Estaría enterado de que Joe y yo estábamos juntos?

-¿Traes aquí a todas las chicas? –le pregunté a mi novio cuando ya estábamos en el ascensor. Él se rió ligeramente.

-A todas y a cada una –contestó, jugueteando inconscientemente con el montón de llaves que el hombre le había entregado.

Sin esperármelo, pasó su mano por mi cintura y me atrajo mucho más hacia sí, quedando cadera contra cadera. Bueno, más bien su cadera contra mi cintura. Seguía siendo más alto que yo.

Cuando por fin llegamos al piso adecuado y las puertas se abrieron, dejaron a la vista una gran sala con sillas contra la pared, una especie de mesa de recepción con un ordenador y varios relojes con la hora de diferentes países colgados a lo alto, en fila. Recorrí el sitio con la vista, reconociendo pequeños rincones por algunas fotos que había visto aquí y allá. Sonreí para mí misma.

-¿Y bien? –preguntó Joe, fijándose en mi reacción. Intenté disimular mi expresión.

-Es como si ya hubiera estado aquí –le dije, fijándome en el sofá de piel marrón. Aún me acordaba de aquel live chat, con los tres Jonas sentados allí.

-Ah, claro –murmuró Joe –. El sofá. Creo que sé por qué te gusta tanto…

Como si me leyera el pensamiento, Joe me arrastró hacia allí y me hizo sentarme. Un escalofrío recorrió mi espalda, sospechando lo que iba a hacer.

-Joe… no sé si… no sé a qué te refieres –murmuré, deseando que pasara por alto la idea.

Él se limitó a sonreír pícaramente, para luego hacer lo que me temía: lanzarse sobre mí, enroscando sus musculosos brazos a mi alrededor. Igual que aquella vez que abrazó a Nick en el live chat. Me quedé de piedra, y lejos de intentar imitar a su hermano, apartándolo, dejé que Joe hiciera lo que quisiera conmigo. Pero Joe tuvo que apartarse justo en el mejor momento.

-No respiras –murmuró él, alejándose rápidamente.

En efecto, no respiraba. Pero, ¿y qué me importaba a mí no respirar si él estaba abrazándome? Sin decir una palabra, lo enganché por su camiseta y lo volví a acercar hacia mí, para que me siguiera abrazando. Joe soltó unas carcajadas, pero me obedeció.

-Creo que deberíamos seguir el tour –susurró Joe cerca de mi oído.

A pesar de mis tentaciones por actuar como una niña de cinco años y negarme a despegarme de él, suspiré sonoramente y me aparté poco a poco. Joe me miraba sonriente, con los ojos brillantes. Otra vez esa mirada… empezaba a preocuparme.

-¿Estás bien? –le pregunté, acariciándole con mis manos la nuca, permitiéndome el lujo de juguetear con su pelo. Joe asintió.

-Cada momento que paso contigo me doy cuenta de lo mucho que te quiero –me dijo de repente. Tal cual, como si me estuviera hablando del tiempo.

¿No entendía que cada vez que decía algo así mi corazón se paraba durante un milisegundo?

-Vaya, pues si que te está costando –respondí, intentando hacerme la graciosa. Él sonrió mucho más, sujetándome la cara con delicadeza y acercándose a darme un beso, haciendo que nuestras narices se rozaran.

Luego, a pesar de mis esfuerzos para enroscarme a su cuello y obligarle a quedarse donde estaba, se levantó del sofá y me tendió la mano. Me acordé de mi película favorita de Disney, Aladdin, cuando él le tiende la mano a la princesa y le dice:

-¿Confías en mí?

Un segundo, ¿acababa de imaginármelo?

-¿Qué? –pregunté, confundida. Volvía a juntar la realidad con la ficción.

-¿Confías en mí? –insistió Joe. No, no me lo había imaginado. Joe acababa de decir una de mis frases favoritas de la película de Disney que más me mataba.

-Eh, sí –murmuré, cogiéndole de la mano y levantándome. Me quedé mirándole aún medio ida. ¿Acaso leía mis pensamientos o algo así? Joe pareció darse cuenta de mi estado de shock y se echó a reír.

-¿Qué pasa? –dijo, en tono culpable – Aladdin también es una mis películas favoritas. No he podido evitar decirlo.

-No, no… si no pasa nada –balbuceé, sin saber muy bien qué hacer. ¿Podía simplemente desnudarle allí mismo y montar sobre él salvajemente?

Vale, quizá no.

Tras calmarme un poco, Joe me dirigió hacia una pequeña sala que yo ya conocía (obviamente): los CDS de Platino y de Oro relucían en sus marquitos en la pared; micrófonos, cables y altavoces campaban a sus anchas; cuatro o cinco guitarras descansaban perfectamente alineadas a unos pasos de distancia; un pequeño sofá y varias puertas. El verdadero estudio de grabación.

-Aquí es donde grabamos las canciones –me informó Joe –. Las guitarras tan perfectas es por culpa del trastorno obsesivo compulsivo de Nicholas.

Sonreí al darme cuenta de que eso ya me lo había imaginado. Daba algo de miedo pensar que casi lo sabía todo de ellos (o lo intuía). Decidí hacer la pregunta que llevaba siglos queriendo hacer:

-¿Habéis empezado a grabar ya el nuevo álbum?

Joe me miró como si tuviera un secreto que guardar. Luego, se alejó unos pasos de mí.

-Puede –contestó, en tono retador.

-Si me has traído aquí será por algo, ¿no? –insistí, acercándome casi a tientas. Joe se encogió de hombros –. Tengo armas y no dudaré en usarlas si hace falta para que me lo digas.

Él siguió callado. ¿Así que se negaba a contestarme? Sintiéndome más segura que nunca, me quedé a dos pasos de distancia de él, que estaba con la espalda contra la pared. Partida casi ganada.

Lejos de estar nervioso, Joe clavó sus ojos marrones en los míos, haciendo que casi me echara hacia atrás. Una guerra de miradas. Sin embargo, sacó un pequeño mando a distancia de su bolsillo y apretó un botón, haciendo que su voz previamente grabada empezara a sonar por los altavoces de toda la mini sala.

Me quedé parada en mi sitio, escuchando con atención la canción. No, no era ninguna que yo conociera. "Now I see everything I'd ever need, is the girl in front of me, she's much better". La letra era perfecta. Joe empezó a cantarla en voz baja, dando los dos pasos que faltaban para estar casi pegado a mí.

-You, I wanna fly with you. Tear up the sky with you… you're much better –cantó en mi oído. Me di cuenta de lo que eso significaba.

-¿Joe, la canción…? –murmuré. Él asintió, sin dejarme seguir.

-Es sobre ti. Para ti –me dijo, confirmando mis sospechas –. Much Better.

Sentía su respiración sobre mi cara, pero no en el sentido asqueroso, sino en el irresistible. La canción siguió sonando de fondo, mientras que nosotros dos nos quedábamos simplemente allí parados, el uno enfrente del otro pero sin tocarnos. Sin embargo, yo sentía que Joe me abrazaba. Pero no era él, sino su voz, su canción.

Pronto, la canción terminó, dejándonos allí parados en silencio. Joe me hizo una pregunta muda simplemente mirándome a los ojos. Le miré lo más fijamente que pude.

-Es… es perfecta –susurré.

Sin darle tiempo a reaccionar, lo tiré hacia el pequeño sofá que quedaba a nuestro lado, deseando darle las gracias de la manera que se merecía. Mientras tiraba de su camiseta hacia arriba, Joe se rió ligeramente:

-Si llego a saber que la canción tendría este efecto sobre ti, te la habría enseñado antes.

-NARRA APRIL-

Denise esperaba allí abajo, posiblemente con Nicholas ya a su lado. Me había llevado más tiempo de lo que esperaba elegir un vestido, y eso que no me había llevado más que tres. Al final, el rosa ganó.

Intentando caminar con seguridad, me dirigí al restaurante del hotel y pregunté por Jonas. Una camarera bastante simpática me condujo hasta la mesa, que yo ya había visto antes. Nick sonreía, sentado al lado de su madre, que estaba de espaldas a mí. Al parecer, él se dio cuenta también de que acababa de llegar, porque se me quedó mirando unos instantes. Luego, se levantó para recibirme.

-Te estábamos esperando –me dijo, cogiéndome de la mano. Denise me miró sonriente.

-Hola, April –saludó ella. Le devolví la sonrisa, algo intimidada pero cómoda a la vez –. Hacía tiempo que no nos veíamos.

-Es cierto, señora Jonas –dije, mientras que Nick me apartaba la silla para que me sentara a su lado, enfrente de su madre. Luego, se sentó en su sitio.

-¿Cuándo vas a empezar a llamarme Denise? –me dijo ella –. Por cierto, gracias por haber venido con mi hijo. Significa mucho que estés aquí.

Leí el agradecimiento en su expresión, como si de verdad lo sintiera. De pronto, me sentí algo mejor.

-¿Ves, mamá? –intervino Nick –. April me cuida muy bien.

Nicholas me lanzó una miradita algo comprometedora, pero inocente a la vez. Intenté mantenerme serena, apartando de mi mente toda imagen de Nick desnudo en mi cama. Fuera, fuera… desaparece.

-Creía que tendrías que quedarte en Los Ángeles para seguir rodando la película –siguió Denise cuando nos trajeron el primer plato.

-Eh, lo cierto es que debería haberme quedado. Pero tengo mis prioridades… y su hijo es lo primero en mi lista –le contesté, después de tomar un trago de agua. Nick me miró con calidez.

-Me mimáis demasiado –se quejó él. Denise y yo nos reímos ligeramente.

De pronto, la señora Jonas torció el gesto.

-¿Es que te siguen los paparazzi hasta dentro de los restaurantes? –masculló entre dientes, mirando detrás de mí. Al parecer, alguien estaba haciendo fotos de nuestra cena.

Discretamente, Nick le hizo un gesto a un camarero y cuando se acercó a nosotros le avisó sobre el fotógrafo. Sin armar ningún escándalo, pronto lo sacaron de allí, aunque estaba segura de que ya había conseguido sus fotos.

-En fin… aún no me has dicho qué ha pasado con Maya, Nicholas –le dijo su madre. Empecé a ponerme nerviosa, y al parecer Nick también.

¿Cómo le explicaba a su madre que su mejor amiga de la infancia, casi su hermana, había intentando fastidiar su relación conmigo?

-Se cansó de Washington enseguida, y como mis planes eran aburridos, ella decidió volverse a Los Ángeles cuanto antes –le dijo Nick, pinchando despreocupadamente su trozo de carne. Intenté centrarme en mi plato, para evitar ser preguntada.

-Vaya, entonces ya habrá llegado, ¿no? –insistió Denise. Nick se encogió de hombros –. Voy a llamar a su madre, a ver si todo va bien.

Nick y yo intercambiamos una mirada aterrorizados, temiéndonos que Maya le hubiera contado algo a su madre. Aunque por otra parte, ¿qué podía contarle, que yo me había presentado de repente y la había echado? Empecé a ponerme nerviosa.

-¿Sí? –hablaba Denise, enfrascada en su conversación telefónica. Para entonces, ya nos traían el postre –. ¿Cómo que no está? Su avión tendría que haber llegado ya, hace más de 3 horas que salió… ¿no?...

Nick empezó a impacientarse. Lo noté porque su pierna se movía más de lo normal, con un bamboleo inquieto. Y además, jugueteaba con sus dedos, nervioso. Por fin, Denise colgó.

-¿Qué pasa? –preguntó Nicholas inmediatamente.

-Su madre dice que no sabe nada de ella. No ha llegado a Los Ángeles, Nicholas –anunció la señora Jonas, visiblemente preocupada.

-Quizá su vuelo se ha retrasado o algo así –murmuró Nick. Asentí ávidamente, segura de que habría sido eso.

-No lo sé… ¿la llamarás luego para ver si está bien? –insistió Denise, mirando a su hijo con una mirada que supe que él no podría negar.

-Sí, claro que sí, mamá –dijo el pequeño. Denise pareció estar más tranquila. Luego, se levantó de la silla.

-Perdonadme, creo que me voy a dormir. Mañana mi vuelo sale muy temprano –nos dijo. Rápidamente, Nick imitó a su madre, para darle un abrazo de despedida.

-¿No la veremos mañana? –pregunté, levantándome también. Ella negó con la cabeza.

-Os dejaré dormir porque sé que tenéis planes –murmuró. Al parecer, se dio cuenta demasiado tarde de que había metido la pata.

-¡Mamá! –se quejó Nick, regañándola –. Te dije que era una sorpresa para April.

-Lo siento, Nicholas… se me ha escapado –se disculpó su madre. Pero quizá no lo sentía tanto porque antes de irse, me guiñó un ojo en plan cómplice.

-Espero que nos veamos pronto –le dije, yendo a darle un abrazo. Ella sonrió.

-Claro que sí, cariño –luego, me susurró al oído –: gracias por preocuparte por él.

Cuando Denise salió del restaurante, Nick y yo volvimos a sentarnos, dispuestos a acabarnos el postre. La idea de Maya vagabundeando por ahí aún rondaba mi cabeza, pero, ¿merecía que me preocupara por ella? Deseché la idea, intentando convencerme a mí misma de que su vuelo se habría retrasado.

-¿Está bueno tu helado de fresa? –le pregunté a mi novio, manteniendo mi cabeza en el mundo real. Al parecer, él tampoco estaba demasiado centrado.

-Eh, sí –murmuró vagamente. Me di cuenta de que ni siquiera lo había probado.

-Nicholas, estará bien –le dije, intentando reconfortarle.

Odiaba que Maya fuera a arruinarme el resto del día con Nicholas. Ya lo había conseguido casi antes de irse, así que ahora que no estaba me negaba a que siguiera interfiriendo en mi camino. ¿Acaso no nos merecíamos un tiempo a solas?

-Ya… -asintió Nick.

El resto de la cena fue de lo más extraña: Nick siguió sin decir nada, simplemente mirando su helado y jugueteando con su cuchara hasta que se deshizo. Luego, decidió que ya había tenido suficiente y, tras pagar la cuenta, se levantó de la silla y me pidió que le siguiera.

El camino hasta el ascensor fue en total silencio, pero una vez allí arriba y completamente solos, decidió atacar:

-Ahora te toca a ti venir a mi habitación –me dijo, con tono y aspecto normal otra vez. Bueno, no muy normal, porque había usado esa mirada seductora que sabía que me mataba.

-Eh… vale –me limité a contestar, nerviosa pero preocupada a la vez –. Pero primero tengo que pasarme por mi habitación.

Nick asintió, pulsando el botón de mi piso. Cuando las puertas se cerraron y el ascensor empezó a subir, se acercó peligrosamente hacia mí, dejándome con la espalda apoyada contra la pared.

-No hace falta que cojas el pijama –me susurró, rozándome el cuello con la nariz. El corazón se me iba a salir de un momento a otro.

-Está bien –balbuceé.

-Ya sabes que me gusta que duermas sin nada –murmuró, justo cuando las puertas se abrían. Habíamos llegado a mi piso.

Acelerada, salí de allí dentro antes de causar un escándalo público. Las puertas volvieron a cerrarse mientras que Nick no me quitaba ojo desde dentro.

Casi flotando en una nube, corrí hacia la puerta de mi habitación y entré rápidamente. Eché un vistazo alrededor, pensando en qué debía llevarme: ¿pijama? Eh, Nick había dejado bien claro ese punto. Cepillo de dientes, móvil… algo de ropa para el día siguiente (¿qué dirían si me vieran salir con la misma ropa de la noche anterior?)

Sin embargo, ella volvió a aparecer en mi mente en medio de todo el alboroto: Maya. ¿Por qué se empeñaba en pulular por mi cabeza? Lo sabía, pensaba volverme loca.

Frustrada, me senté en el borde de la cama con el móvil en la mano. No, simplemente la idea de hacerlo me repugnaba. ¿Llamarla? ¿Después de todo lo que había hecho? ¡Ni loca!

Tres minutos después me encontré a mí misma buscando su número en mi agenda. Y apretando la tecla de llamada. Y esperando a que contestara.

Sin éxito. Comunicaba.

Pues nada, si a la señorita le apetece seguir jugando al escondite, que lo haga sola. Yo tenía cosas más importantes que hacer con el señor Presidente.

Dando un salto, volví al espejo del baño para darme un último repaso: ¿pelo? Correcto. ¿Dientes? Correcto. ¿Aliento? Correcto. ¿Vestido? Decente.

De nuevo centrada en mi propósito, recogí todas mis cosas y salí de la habitación casi tarareando en voz baja. Por suerte para mí, la mayoría de los huéspedes dormían ya, o no estaban dando vueltas por el pasillo, porque si alguien me hubiera visto habría pensado que estaba loca. ¿Quizá lo estaba?

El ascensor estaba ocupado, así que tuve que subir por las escaleras para no hacer esperar más a Nicholas. Recordé el número que me había dicho, y después de tomar aire profundamente, llamé a la puerta.

Nada.

¿Quizá estaba en el baño y no me había oído? Volví a llamar.

Nada.

Preocupada, moví la manivela, intentando abrir la puerta. Y sí, se abrió sin necesidad de llave.

-Ah, así que quieres que vaya detrás de ti, ¿eh? –pregunté, intuyendo más o menos su juego. La habitación estaba a oscuras, así que avancé con paso lento, intentando estar preparada para cuando él me atacara.

Una sensación extraña se anidó en mi estómago, como una bola de billar o algo así. Era pesada, provocándome un malestar bastante raro. Intentando ignorarlo, seguí entrando más y más en la habitación, pero nada pasaba.

-¿Nick? –susurré, mirando a todas partes a oscuras.

De pronto, comprendí que no había nadie más en esa habitación.

Debatiéndome entre encender la luz y darme cuenta de que Nicholas no estaba o quedarme tal cual estaba allí, sin moverme… decidí seguir adelante. A tientas, busqué el interruptor de la luz y lo que más me temía se hizo realidad: no estaba.

En su lugar, una nota perfectamente escrita encima de la cama.

"Sé que no vas a perdonarme nunca por esto, pero tenía que ir a buscar a Maya. Sólo yo sé dónde se ha ido y sólo yo puedo hacerla volver. Espero que lo entiendas. Te quiero –Nick"

Así que eso era… se había ido a buscarla. Pero, ¿tenía que montar el numerito de te espero en mi habitación, no tardes?

Fantástico.


Ridículamente corto y dramático... vale, voy a esconderme debajo de una roca.
Aún así, espero que os haya gustado! Gracias por los reviews :)

-Vicky.