¿Creyeron que me había olvidado de este?... ¡Pues no, perras!
Antes que nada, les debo una sincera disculpa por haberlo dejado así como así… Han pasado muchas cosas, buenas y malas, y por asuntos personajes me he visto obligada a dejar de lado esto. Cuando la empecé a escribir tenía una idea, la cual con el tiempo fue mutando hasta ser lo que es ahora. Estaba tan abrumada, muchas veces pensé en dejarlo, porque escribirla me traía muchos recuerdos de algo que quería olvidar…
Lo que me inspiraba a continuar escribiendo ya no está… Esa musa especial, mi razón por la cual seguir, se ha ido. Por eso les pido paciencia. Si a veces me atraso u otras directamente no publico nada, ya no es tan fácil como lo era.
Todo ha cambiado.
¡A leer!
Capítulo 34: Límites del dolor
Llorando, hecha un pequeño ovillo en el suelo y con algo firmemente sujeto a su pecho.
Así encontró a Song cuando decidió, luego de largos minutos de espera, entrar a verla. Lee no supo qué pensar de tal escena, algo que últimamente le sucedía muy seguido. Pasaban tantas cosas últimamente, demasiado duras, demasiado juntas la una con la otra, impidiéndole pensar claramente. Ya no sabía qué hacer, así que hizo lo mismo que hacía siempre; se acercó a Song y se dejó caer a su lado. La abrazó. La dejó llorar en su pecho. Por el momento, todo lo que podía ofrecerle era consuelo.
Ella o no se dio cuenta de su presencia o simplemente no le importó, porque ni siquiera parecía consciente de quien estaba a su lado. Lloraba, gritaba y clamaba el nombre de su hijo. El dolor en toda su expresión. Lee quiso calmarla, quiso secarle las lágrimas y hubiera sido capaz de lo que sea para callar aquel agónico llanto, pero sabía que no había nada que pudiera hacer.
Quien pierde a un padre, sufre el dolor de la pérdida como algo natural, porque, de hecho, es algo natural. El hijo ya viene al mundo listo para ser quien despida a su padre. Pero el padre jamás estará preparado para decirle adiós a su hijo, jamás estará ni remotamente listo para afrontar aquel dolor.
Sin embargo, cuando el dolor pasa, cuando poco a poco, el llanto se va transformando en un débil y angustioso sollozo… La risa toma lugar de este.
Song ríe.
Una risa rota, amarga… pero feliz.
—Está vivo —Su voz es incrédula, apenas un susurro— Yuan está vivo.
Lee arruga el entrecejo. No entiende nada de lo que está pasando. ¡Por todos los dioses, que alguien le dé un descanso!... Suavemente, toma el rostro de la felina entre sus manos y la separa de su pecho, observando fijamente el brillo ilusionado en los ojos morados de ella.
—¿De qué hablas?
—Yuan está vivo —Ella ríe. Las lágrimas caen por su rostro, pero estás son de felicidad— Mi hijo, Lee… Mi pequeño Yuan… Vive. ¡Mira!
Y antes de poder contestar, Song extiende delante de las narices del tigre la pequeña cajita que hasta hace unos segundos aferraba a su pecho.
Un tanto confundido, Lee toma la cajita y la abre, observando su interior. Son pinturas. Pero no cualquier pinturas. En todas ellas, se puede ver a un pequeño leopardo… Bueno, parece un leopardo, pero en su pelaje no hay manchas negras, sino rayas.
Tan solo basta con ver aquellas pequeñas manchas en su rostro, para saber que se trata del hijo de Song.
Es idéntico. A excepción de los ojos; estos son como los de Jian.
Lee observa cada pintura con un sentimiento… ¿Tierno? ¿Dulce? No tiene idea de cómo definirlo, pero es bueno. Es un cachorro hermoso. En la que identifica como la más reciente de las pinturas, está seguro que no debe tener más de cuatro años. Es de la edad de Lía, piensa.
Deja las pinturas de vuelta en su lugar y voltea a ver a Song.
—Hay… hay que encontrarlo —Murmura, sin siquiera pensarlo antes— Song, tene… tienes que encontrar a tu hijo.
Los ojos de la leopardo aún conservan aquel brillo entusiasta, pero de repente, su semblante es serio y hay algo frío en su iris. Lee puede ver el deseo de venganza en su mirada, el deseo de cobrarse todo lo que le han hecho… Es el sentimiento de la madre que pelea con uñas y dientes por su cachorro.
—Lin tiene que saber dónde está —Su voz es fría, severa. Mira hacia la cajita y sin dudar, toma una de las pinturas más recientes— Y me lo va a decir.
—Mami, mami…
La voz dulce de su pequeña la despierta, pero no se atreva a abrir los ojos. Gira en la amplia cama, sonriendo, dándole la espalda a la cachorra. Cuando escucha a Lía reír, puede adivinar un puchero en sus labios y ella también ríe. La cachorra salta de la cama y Tigresa escucha sus pasitos, como rápidos golpecitos en el suelo, correr hacia el otro lado de la cama. El colchón cede bajo su peso y unas pequeñas manitos estrujan las mejillas de la tigresa.
—¡Mami, despierta! —Reclama la niña.
Tigresa parpadea un par de veces, acostumbrándose a la luz, con una amplia y dichosa sonrisa en sus labios. Lía cuelga del borde de la cama, balanceando sus piecitos en el aire, y le observa con una admiración que sirve para hinchar el pecho de su madre, llenándola de orgullo.
Su pequeña la admira.
—Buenos días —Murmura, con voz ronca y pastosa— ¿Domo durmió mi pequeña princesa?
Estira sus brazos para tomar a la cachorra y la sube a la cama, acunándola contra su costado.
—¡Yo soy una guerrera! —Reprocha Lía, con el entrecejo adorablemente arrugado.
Tigresa no responde. Aún se siente algo adormilada. Gira en la cama, estrechando a la cachorra en sus brazos y hundiendo la nariz en el pelaje de su cabecita, justo entre las orejas. Lía ronronea de gusto y aquel aroma a cachorro relaja a Tigresa casi hasta dormirla.
Lía le habla, pero su voz suena lejana.
Parpadea, en un último intento por mantenerse despierta…
Y de repente ya no está en su cama. No está en su cuarto. Lía no está a su lado. No está en Kenshi… Y la realidad la golpea con fuerza, estrujando su estómago con dureza. Las imágenes se agolpan rápidamente en su mente, acelerando su corazón y creando una profunda opresión justo en medio de su pecho. Se encuentra recostada en un suelo de madera. Lo último que recuerda es un punzante dolor en su cabeza, de hecho, aún puede sentir hinchada esa misma zona y un leve palpitar le confirma un evidente chichón. Intenta moverse, pero sus manos y pies están sujetos por pesadas cadenas, las cuales inútilmente intenta romper, consiguiendo tan solo lastimarse las muñecas y tobillos. ¿Dónde está? Se retuerce en el suelo un poco, buscando enderezarse, sin éxito alguno. Una leve sensación de movimiento, similar a aquel balanceo casi imperceptible de estar en un bote, le hace sentirse mareada por unos segundos y cuando dirige su vista hacia arriba, sus ojos se abren como platos. ¡Un dirigible! Como aquel de los mensajeros. Las náuseas son instantáneas y a duras penas logra contenerlas. No es que tenga una muy buena impresión de esa cosa.
Cierra los ojos, sintiéndose algo débil, y gira para quedar boca arriba. Lía… La imagen de su pequeña, con el rostro lastimado, tan delgada y demacrada, aparece en su mente y nuevamente le hace sentirse mareada. La ira quema en sus venas y la impotencia de verse en tal estado le hace sentirse frustrada. Su único consuelo es saber que, ahora, está en buenas manos. Está con Shuo, con Lee, con Po. Ellos cuidarán de la pequeña y verán que mejore. Sabe que Po no dejará que nada vuelva a lastimarla, que la cuidará en caso de que ella… Un nudo se cierne en su garganta, ahogándola, cuando la imagen de Jian aparece en sus recuerdos.
—Vendrás conmigo —había dicho, con la malicia brillando en sus ojos— Te llevaré a Kenshi y no harás nada para impedirlo, o juro que mataré a la bastarda de tu hija.
Escucha pisadas acercarse e instintivamente gruñe al ver un par de pies detenerse frente a ella.
Jian sonríe, arrogante, y se hinca frente a Tigresa para sujetarle el rostro. La obliga a que lo vea, a que vea en sus ojos lo mucho que le satisface el tenerla así, lo mucho que le gusta saberse victorioso. Porque lo es. Está acorralada. Si se atreve a escapar, cosa que considera difícil con las cadenas, si se atreve siquiera a intentar hacer algo, sabe que será Lía quien sufra las consecuencias. Tigresa puede ser temperamental, pero no hará nada que ponga en peligro a su hija.
Puede ver la ira brillando en el carmín de sus ojos y eso le gusta. Le gusta verla tan furiosa, tan deseosa de abalanzarse a su yugular y a la vez tan frustrada por no poder hacerlo. Escucha el murmullo de las cadenas rozarse entre sí con cada intento de ella por zafarse y su sonrisa se amplía con regocijo.
—Siempre fuiste muy hermosa —Murmura, más para sí mismo que para ella— Siempre tuviste algo especial. Es una lástima que seas tan… terca.
—Eres un hijo de perra.
—¡Calla!... Aprenderás a comportarte. Yo te enseñaré.
Tigresa se retuerce en las cadenas, su respiración es dura y forzada.
—¿Qué pretendes, Jian? —Inquiere, con voz severa— ¿Qué crees que tú y tu maldito templo van a lograr con todo esto?
—Ellos no me interesan, pero yo… Yo me cobraré por todas —Asegura— Haré que pagues por lo que me hiciste. Dijiste que me querías, Tigresa… Te defendí cuando todos apenas si te tenían como una sucia golfa —Su mano sujeta con fuerza la mandíbula de la felina, lastimándola. Tigresa se niega siquiera a quejarse— ¿Te crees que tienes un mínimo de autoridad?... No, claro que no… el poco respeto que te tienen me lo debes a mí, porque, claro... ¿Quién iba a obedecer a una puta embarazada? ¡¿Eh?!
—¡Cállate! —No lo soporta— ¡Cierra la boca, reverendo imbécil!
Jian ruge. La suelta, como si el mero contacto con ella quemara, tan bruscamente que Tigresa maúlla de dolor cuando su rostro golpea con fuerza en el suelo.
—¿No soporta que le digan la verdad, su alteza? —Se mofa él— ¿Acaso sus hermanos le han pintado algo que no es?
—No… No te metas con ellos…
Su voz suena débil. Se encuentra mareada y aturdida, el golpe palpita dolorosamente en su sien.
—¿Con quiénes? ¿Eh, Tigresa? —Sonríe— ¿Con unos hermanos que te han ignorado toda la vida?... ¿Con Shuo, que te despreció al saberte embarazada? ¿Con Lee, que te dejó de lado por la ramera de Song?
—Tú no sabes nada… No tienes idea de qué hablas.
—¿Ah, no? ¿Acaso te olvidas todo lo que me contaste?... Te recuerdo que yo te vi llorar, Tigresa, cuando Shuo casi te corrió aquel día. ¿O me lo negarás?
Tigresa le sostiene la mirada, fiera, pero sabe que es cierto. No tiene con qué rebatirlo. Se siente humillada y no soporta el peso de aquellos ojos. Derrotada, se deja caer en el suelo, con los ojos cerrados. El golpe duele, se siente mareada y puede oír a Jian reír, satisfecho.
—Por segunda vez; ¿Qué planeas conseguir?
Su voz suena cansada, ronca.
Jian, sonriente, se hinca para quedar a la altura de ella… y suavemente besa su mejilla. Tigresa ni siquiera tiene fuerzas para rehuir a aquel asqueroso contacto.
—A ti… —Le susurra, demasiado cerca de los labios— Kenshi se encuentra bajo el mando del templo de la garra.
La sonrisa de Tigresa es rota, amarga, pero burlona.
—No tienen autoridad —Murmura— El líder en persona les debe ceder el mando.
—¿Y te crees que el inútil de Shuo no lo hará? —Se burla Jian— Tenemos a su noviecita, aquella leona, y te tenemos a ti… si una no funciona, la otra sí.
Pero, para sorpresa del tigre, la risa de Tigresa es altiva y sobradora.
—Idiota —Masculla, divertida— Idiotas todos ustedes.
—¿Cómo dices…?
—Shuo no es el líder.
—Una de las antorchas cayó al suelo e incendió el lugar… —La voz de Po suena lejana, como si ella estuviera sumergida en el agua y él le hablara desde la superficie— Nosotros… hicimos lo que pudimos, Song, pero Lin se asfixió con el humo y… lo lamento…
¿Cuánto dolor puede aguantar una persona?... ¿Cuánto puede soportar antes de derrumbarse?
—No… ella… Ella no puede…
Song siente sus piernas temblar, el dolor en su vientre intensificándose, sus pulmones escosen por la falta de aire. Cae. Porque cuando ya no hay nada que te sostenga, tú simplemente te dejas caer. Eso es lo que ella hace en ese momento, con la mano de Lee sujetando firmemente la suya. Cae y es el brazo del tigre, sujetándole de la cintura, el que evita que se dé un buen golpe en las escaleras de la entrada.
—Llévala a su cuarto —Ordena una voz.
—No debiste decirle —Acusa alguien.
—¿Y qué querías que haga?... Buscaba a su hermana, no podía mentirle…
De repente, todas son voces sin dueño, todo lo que ve son siluetas sin forma, sombras que no reconoce. Cierra los ojos, parpadea, y cuando los abre, alguien le está acomodando en su cama.
Pero ella no quiere estar en su cuarto… No quiere dormir… ¡No quiere descansar!
—No, Song… acuéstate…—Insiste Lee.
—No.
No… No… No quiero…
Pero está demasiado débil. No debía de haber salido de la cama aún, no debía de haber ido a aquel lugar, no en ese momento. Los ojos se le cierran y la cabeza le pesa. Algo húmedo mancha sus pantalones… sangre. Está sangrando y por acto reflejo, junta las piernas, escondiéndolo. Eso no significa nada bueno.
Lee camina por el cuarto, pero ella solo distingue una silueta moviéndose de un lado a otro. Su cuerpo, abandonado, no distingue entre el frío que en ese momento le hace temblar y el calor que le brinca la gruesa manta que el tigre acaba de tender sobre ella.
Se hinca en el suelo, junto a la cama, y coloca una mano sobre la frente de la chica… Tiene demasiada fiebre. No es hasta entonces, que no se percata de la mancha roja en el cobertor.
—Era mi hermana… —Susurra— Era una perra y tal vez merecía morir, pero era mi hermana…
—Estás delirando… —Dice, más para sí mismo que para él—Demonios, Song, tranquila… iré por un médico.
Sin embargo, apenas se levanta, la caliente, sudada y temblorosa mano de ella le sujeta de la muñeca.
—No… —Pide— Quédate aquí.
—Song, tuviste un aborto, estás sangrando y no das más de fiebre… tengo que ir por un médico.
—Si tengo que morir, Lee, lo haré de todos modos… Quédate conmigo, por favor.
Su voz es baja, apagada.
Toda ella está sudada, tiembla de frío, a pesar de que la manda es bastante gruesa. Apenas si puede mantener los ojos abiertos y su cuerpo se siente pesado. Poco a poco, la inconsciencia la está llevando… Y Lee sabe que, si la deja así, ella morirá.
—No.
Y sin más, se suelta de su agarre, saliendo prácticamente corriendo del lugar. No, ella no morirá, no ahora.
Song queda sola en la cama. Las lágrimas cayendo por los costados de su rostro, sus ojos demasiado débiles como para estar abiertos. Se siente mareada. Llora en silencio. Llora por el hijo que le arrebataron, llora por el hijo que perdió, llora porque su hermana, por más daño que le haya hecho, pudo haberle dado una última felicidad. Encontrar a Yuan hubiera compensado todo el dolor, todo el sufrimiento acumulado por años. Lin era la única que podría habérselo dicho y ahora ya no estaba.
Llora porque su vida se está acabando. Algo ha pasado, lo sabe, algo está mal dentro de ella. Morirá, no puede evitar pensarlo, y de hecho no está triste por eso. Lo acepta, está lista. Porque ya no le queda más por vivir. Lee… ¿Qué pasa con Lee? Lo ama, más que a nada, lo ama más de lo que amó a ninguna otra persona, incluso más de lo que alguna vez amó a Po. Pero ella no es para él, nunca podría hacerlo feliz.
La puerta rechina al abrirse. Parpadea y aunque todo se ve borroso, está segura que aquella pequeña silueta que se acerca es Lía. Sonríe, débil y divertida, cerrando nuevamente los ojos.
—¿Estás enferma? —Pregunta la inocente voz de la niña, parada junto a la cama.
—No, pequeña
Sigue sin quererla, jamás podría querer a esa niña, pero eso no quiere decir que la odie. Tiembla, es incapaz de arroparse a sí misma, es incapaz siquiera de moverse. Es entonces, cuando siente las manitos de Lía sujetar el cobertor y arroparla. Le gustaría decir gracias, pero no encuentra su propia voz. Tiene demasiado sueño.
—Hay mucha sangre —La voz de Lía suena baja, asustada— Pero tranquila, mi tío Lee traerá a un médico.
—¿Lía?
—Mande.
La pequeña ríe y Song le imita, contagiada por la inocente alegría de la niña.
A pesar de todo, es increíble como la inocencia puede mantener al niño feliz… Lía es feliz, tal vez esté preocupada, pero es feliz porque sabe que todo se arreglará. Así lo cree.
—Yo sé dónde está tu mamá —Murmura— Y también sé muchas cosas más que tus tíos deben saber.
La pequeña le mira, seria, sus manitos tensas en puños.
—¿Dónde está mi mamá?
—En Kenshi… Jian le hará mucho daño si no se van ahora mismo a buscarla.
—Pero…
—Escúchame con atención, Lía —Pide. Es todo lo que puede hacer— Tu papá y tus tíos tienen que hacer exactamente lo que te voy a decir, pero para eso, debes prestarme mucha atención… ¿Entendido?
Y Lía asiente… Porque todo lo que quiere, es volver a abrazar a su mamá.
Continuará…
