33. La mano a la altura de tus ojos.
Cuando Kurt llegó al apartamento de Sierra aquella tarde, ésta todavía no había vuelto del ensayo. Encontró a Quinn sola, trabajando en su guión, tratando de distraerse de todos los acontecimientos que se habían sucedido en apenas dos días.
Y, lo más raro de todo es que se sentía extrañamente bien. Después de haber pasado toda la noche y la tarde llorando la pérdida de Rachel, una cálida paz se había abrazado a su conciencia, y sorprendentemente, volvió a respirar, se limpió las lágrimas y el mundo, le pareció menos hostil que horas antes.
En aquél momento se hallaba en una encrucijada. Dos caminos se abrían paso ante ella, uno largo y tortuoso y el otro fácil y llevadero. Dos opciones, una decisión que tomar.
La primera era olvidarla. Sí, sería relativamente fácil, podría pasar el rato con Sierra y con Kurt, centrarse en ser admitida en Tish, hacer nuevos amigos, volver a independizarse y comenzar de nuevo una vez más, esperando, cruzando los dedos porque esta vez las cosas le fueran mejor, rezando cada noche para que los astros mantuviesen a Rachel apartada de su camino, para no volver a verla, porque de hacerlo toda su determinación y su esfuerzo psicológico se irían al garete.
La segunda, más difícil pero, en aquellos momentos, mucho más apetecible, era recuperarla. Siempre había oído esas tonterías de que en el amor, lo realmente importante es que si la otra persona no es feliz como está, hay que dejarla ir, hay que permitirle que rehaga su vida. ¿Pero qué estupidez era aquella? ¡El amor es egoísta! Si amas a alguien no tienes que dejarlo marchar para que sea feliz, tienes que conseguir que sea feliz contigo. Y aunque hubiera tratado de hacerse a la idea, ella no quería que Rachel estuviese con otra persona, por muy feliz que pudiese ser.
Mientras barajaba mentalmente sus opciones y trabajaba en una parte especialmente compleja de su guión, recibió la agradable y esperada visita de su mejor amigo.
Kurt Hummel llevaba todo el día pensando cómo lo recibiría Quinn. ¿Estaría hundida en la miseria, deprimida, en pijama, comiendo helado de chocolate y viendo películas de amor? ¿Estaría enfadada, dispuesta a atar una soga a la lámpara de la sala de estar de Sierra y dejarse colgar de ella?
Ni lo uno, ni lo otro.
La rubia le abrió la puerta con una cordial sonrisa que rompió todos los esquemas del muchacho. Decidido a no contrariarla, la saludó con dos besos en las mejillas y aceptó alegremente la taza de té que le ofreció.
- Gracias por venir, Kurt. – Sentados en el salón, ella sorbió su té lentamente, esperando las preguntas y las palabras de ánimo. – Me aburro mucho aquí sola.
- ¿Qué tal vas con tu trabajo de admisión?
- Bueno, ahora mismo bastante bien, porque como no tengo otra cosa que hacer, trabajo todo el día, aunque si me voy a quedar con Sierra tendré que buscarme un empleo… Todavía tengo algo de los ahorros que me traje de Lima, pero no son para siempre.
Notablemente sorprendido por la calma y la madurez con las que la joven estaba encarando la ruptura, asintió admirado.
- Entonces, es cierto… ¿No? – Kurt agachó la cabeza. Había albergado la esperanza en lo más profundo de su corazón de que la visita que recibió la tarde anterior era solo algo provisional, pero según parecía, sus temores se habían hecho realidad. – Te mudas con Sierra.
- Así es. – Respondió la chica.
Había intentado negarse, decirle que buscaría otro piso, que haría algo para salir adelante sin depender de ella, pero Sierra, firme como un roble en su decisión, no se lo había permitido. La joven actriz le había ofrecido la otra habitación del apartamento de la calle 42, alegando que no iba a dejar que se quedase sola, que ya era su amiga y quería que también fuese su compañera de piso, que había sitio de sobra para las dos, que le gustaba tenerla allí con ella. Y por si eso fuera poco, también insistió en ir al loft de Rachel y Kurt a por las cosas de la rubia para evitarle a ésta la incomodidad de tener que encontrar a su ex allí con su nueva pareja. Eso había sido más de lo que Quinn podía desear, pero Sierra y Alex llevaron el coche hasta allí y al cabo de dos horas ya tenía en casa tres cajas de cartón con todas sus pertenencias escrupulosamente organizadas. Respecto al alquiler, Westwick había sido muy tajante: Si tenía problemas económicos, no tenía por qué pagar, era su padre y no ella el que le costeaba la estancia en Nueva York. Pero ahí si que Quinn no había querido ceder. Consintió a regañadientes que su nueva compañera le adelantase el pago del primer mes y después juró por lo más sagrado que no volvería a aceptar su caridad.
En resumidas cuentas, Quinn ya tenía preparada su vuelta a la vida.
- Bueno, supongo que no puedo obligarte a que te quedes después de… en fin, de lo que ha pasado, pero ya sabes que si alguna vez quieres pasarte, siempre será tu casa ¿De acuerdo?
- Por supuesto, Kurt. – Fabray completó sus palabras con una suave caricia en la mano. Se tragó las ganas que tenía de preguntarle por Rachel, consciente de que en cualquier momento sería él el que sacaría el tema.
- Y… ¿Cómo estás? – El chico evitó mirarla directamente a los ojos.
- Genial. Lo voy superando poco a poco. Sierra me ayuda mucho. Ayer me llevó a almorzar y estuvimos paseando. Trata de distraerme pero, cuando llego aquí y vuelvo a encontrarme sola… - No necesitó acabar el enunciado, un profundo suspiro lo hizo por ella. No debía llorar. Tenía que controlarse. – La sigo queriendo, Kurt. Después de lo que me ha hecho, después de cómo se ha portado, yo sigo amándola como si no existiese otra persona en el mundo para mí ¿Sabes? Es desquiciante…
Soltó una irónica risita que no dejó de sorprender a Kurt por lo bien que se lo estaba tomando. No había ninguna duda de que la Quinn Fabray que le había gritado a Rachel hasta la locura por "haberle destrozado la vida" se había convertido en una mujer madura que, drásticamente, había aprendido el verdadero significado de lo importante. Ya iban dos veces, Rachel había tirado la piedra y escondido la mano dos veces, y en lugar de querer cobrarse venganza, allí estaba Quinn, enamorada hasta el tuétano, sin querer reclamar el corazón que le había entregado, que había pisoteado sin miramientos.
- Quinn, yo estoy completamente convencido de que ella te quiere. – Kurt, revelador, dio un trago a su taza de té. La aludida cabeceó, resoplando. - ¡Te quiere! ¡Sé que te quiere! No ha parado de preguntarme por ti, quiere saber cómo estás, si estás bien… Está muy preocupada. Sé que puede parecer falso por su parte pero…
- Si me quisiera, Kurt, no me habría dejado con tanta facilidad.
Y, aunque se había jurado a sí mismo que no lo haría, que demostraría a Rachel que a él aún le quedaban principios que respetar en el contrato no escrito de su amistad, sintió la imperiosa necesidad de decírselo a Quinn. Tenía que saber por qué la había dejado. Por quien. Tenía derecho a saber que, mientras, ella estaba allí, encerrada, sin querer poner un pie en la calle por el miedo a encontrársela, Rachel iba de la mano del director de su obra paseándose por los sitios más bohemios de la ciudad, vestida con sus mejores galas y su más brillante sonrisa.
- Creo que eso podría tener una explicación. – Murmuró Kurt, sin poder, a pesar de todo, evitar sentirse mal por lo que estaba a punto de hacerle a Rachel. A la zorra de Rachel. - ¿No sabes con quién está ahora?
Quinn negó con la cabeza. Había intentado averiguarlo, pero poco después había pasado a serle indiferente. Fuera quien fuese, no podía culparle por haberse enamorado de Rachel. A ella le había pasado lo mismo.
- Creo que Sierra sabe algo, no sé, me mira con tanta compasión…
- Está con su profesor, Quinn. Con un profesor de la NYADA. El director del Fantasma de la Ópera.
Varias cosas pasaron por la mente de la rubia en cuanto escuchó las palabras de Kurt. La primera fue confusión, ¡Rachel estaba saliendo con un hombre! ¡Pero si era lesbiana! La atracción por mujeres no era algo que le pasase sólo con Fabray. Aunque era un fenómeno que ocurría muy pocas veces, de vez en cuando Rachel comentaba a Quinn las sensaciones que le producían los físicos de ciertas chicas que veían por la calle, "¡Fíjate! ¿Has visto que ojos tenía?" o "Ese trasero está para morderlo", claro, siempre dentro del margen aceptable para su novia, que se limitaba a reír, divertida, y a dar el visto bueno a sus cumplidos.
La segunda fue sorpresa. No sólo estaba saliendo con un hombre, sino que además era su profesor. ¿Pero en qué estaba pensando? ¿Es que no se había dado cuenta de que si alguien se enteraba podían echarla de la academia? Rachel siempre ponía sus sueños por delante de todo, ¿Por qué aquella vez no lo había hecho?
O…
¿Sí lo había hecho?
¿Cabía la posibilidad de que Rachel la hubiese dejado por aquél hombre porque había visto en él una oportunidad de hacer avanzar su carrera hacia la cima?
Si eso era así…
¿Cabía la posibilidad de que Rachel no estuviese enamorada de él?
Felicidad, contrariedad, sorpresa…
¡Maldita sea, ahora estaba hecha un lío! ¿Luchar por ella, sabiendo que la había vendido por un prestigio como artista que no se merecía y un puñado de besos carentes de significado? ¿Olvidarla, siendo consciente de que Rachel nunca sería feliz con su profesor, teniendo en cuenta que podía perder todo lo que quería y lo que había conseguido en su viaje al pedestal más elevado del mundo del teatro?
- Cuéntamelo todo, ahora mismo. – Exigió la rubia, cogiéndolo por las solapas de la camisa. Por un momento, a su rostro volvió la expresión de la Quinn Felina, la que acechaba, la que se agazapaba para esperar el momento perfecto para abalanzarse sobre su víctima.
Kurt le contó con detalles lo que había visto cuando llegara al loft el día del apocalipsis Fabray-Berry. La cara de Quinn pasaba de la sorpresa a la furia, de la furia a la tristeza, de la tristeza, a una extraña mueca de confusión.
- Así que… sexo. – Resumió la chica, hundiendo el rostro en sus manos. La leve esperanza que había surgido al escuchar la primera declaración de Kurt sobre los escarceos de su ex novia parecía haberse esfumado como una voluta de vapor. – Han tenido sexo.
- Yo… No lo sé, Quinn. Yo sólo te cuento lo que ví, porque si fuese por Rachel, ni siquiera me habría enterado de con quien está saliendo. – Viendo que con su relato lo único que había conseguido era que de los preciosos ojos verdes de la chica empezasen de nuevo a manar lágrimas de sufrimiento, la abrazó con fuerza, dejando que se consolase sobre su jersey, sacando fuerzas de flaqueza para no ponerse él también a llorar. – No pienses las cosas antes de tiempo, cariño. Rehaz tu vida, pasa de ella y algún día volverá. Sé que volverá. Pero hazte un favor y no te arrastres, no se lo merece. Si no supiera que estás enamorada, te diría que la olvidases, que salieras y encontraras una chica que te quisiera bien y pudiese dártelo todo como tú se lo diste a Rachel, pero…
- Es inútil, Kurt. – Sollozó, desesperada. Cada vez que oía mencionar su nombre, era como si todas las caricias que había recibido de sus manos, todos los besos que sus labios le habían dado, todo el amor que la Chica de Broadway le había demostrado, volviesen de repente. Y dolía. Recordarla dolía. – No puedo…
Kurt la obligó a separarse de él. Le limpió las lágrimas con las mangas y le acarició el pelo con dulzura.
- Es hora de volver, Quinn. De volver y patearle el culo a ese maldito fantasma.
- Gracias por todo, Kurt. – La chica se abandonó de nuevo al calor de su amigo. – Tienes razón. No puedo dejar que se la lleve.
Hola! Siento mucho haber tardado tantísimo en actualizar, y siento no haber contestado a vuestros reviews, si me apuráis contestaré esta noche o mañana si puedo. Ahora mismo estoy de exámenes así que, como sabéis, me es muy difícil actualizar, pero bueno, lo intento, sólo me queda agradeceros vuestra paciencia y vuestros comentarios :) Un beso muy grande y espero que os haya gustado el capítulo!
