CUANDO EL CORAZÓN DECIDE
Izana no puede dormir. Yace con los ojos abiertos, fijos en los pliegues del dosel de brocado de su lecho, pero realmente sin verlos. La luz de la luna se cuela por la ventana y crea líneas de azul en la habitación.
Izana no es alguien a quien las preocupaciones le roben el sueño. Si tiene un problema, lo estudia, lo analiza, lo aborda desde todas las perspectivas posibles y después de valorarlo, le da una solución. Dicha solución podrá resultar mejor o peor, dependiendo de las circunstancias, pero en cualquier caso, será definitiva.
Así que no entiende (bueno, quizás sí…) esta inquietud, esta desazón, que le ronda en el pecho. Es probable que se deba al poder que Shirayuki tiene sobre él. Pero no es tan solo eso… Puede que sea esa pérdida de control —celos— de esta tarde (él, que siempre se ha preciado de ejercer el dominio de sí mismo…), sometido inesperadamente a los impulsos de tal emoción primaria e impetuosa, derrotado por emociones de las que solo se habla en los libros… Sí, o puede que se deba a su inexperiencia en lidiar con los asuntos del corazón, porque nunca antes se había enamorado. No sabía de ataques por sorpresa, de ansias insatisfechas, de sedientos anhelos… No, no había amado nunca antes… No así, en cualquier caso…
Izana cierra los ojos. Nubes de lluvia ocultan la luna y la oscuridad se extiende como un velo magnificando las sombras de la noche. Pero Izana no necesita luz cuando se levanta de la cama, se cubre con una bata de paño grueso y se calza unas zapatillas.
Los guardias que custodian el acceso a sus estancias se cuadran en posición de firmes y ni una ceja se les mueve al verlo de esta guisa. Izana recorre los pasillos, siguiendo este impulso, palpitante, como una angustia acuciante, que le nace de dentro, permitiéndose, por una vez, no luchar contra él.
Sale de palacio y gotas de lluvia, que repiquetean una canción de tristeza, le acompañan a través de los jardines hasta llegar al enrejado que rodea el mausoleo familiar. La cancela chirría bajo su mano, pero la lluvia ahoga su lamento.
Empuja Izana luego la pesada puerta, recia y de madera noble, en la que está tallado el blasón de los Wistalia. El frío lleno de sombras le da la bienvenida. Junto a la puerta, hay un candil con aceite y yesca para prenderlo. La llama, trémula y vacilante al principio, arroja pálida luz sobre las lápidas de mármol, donde yacen (o deberían yacer) todos los Wistalia que han sido en la historia de Clarines. Donde un día yacerá él, y sus hijos, y los hijos de sus hijos… Izana cierra un momento los ojos ante el vértigo de la historia por venir y la pasada…
Sabe bien dónde va… Hacia las dos lápidas más recientes, aquellas que no han perdido aún su lustre, donde deberían yacer Haki y Zen pero no hay más que cenizas.
Haki también ardió. En los fuegos negros, igual que Zen.
Él delinea con los dedos el contorno de las letras grabadas sobre la piedra, y luego apoya su mano abierta sobre el frío de la lápida.
—Sabes que tengo que hacerlo, Haki… —dice en voz alta, aunque solo la luna y la lluvia le escuchan—. ¿Me perdonarás algún día por amarla? —Apoya la frente sobre la piedra y vacía el pecho lentamente—. ¿Me perdonarás por vivir después de ti? —Y cuando el eco de sus palabras se extingue entre los muros del panteón, añade—. ¿Y tú, hermano? ¿Me perdonarás por amarla a ella?
Pero a Izana solo le responde la lluvia…
Más tarde, cuando la aurora de rosados dedos tiñe el cielo, abriéndose paso entre las nubes, Lord Haruka toca suavemente a la puerta del despacho. Cuando entra, la habitación está iluminada tan solo por el fuego de la chimenea, creando sombras caprichosas y ahuyentando el frío del alba. Frente al fuego, el rey. En sus manos, reconoce la carpeta que él mismo preparó, hace ya más de un año, con la lista de las candidatas a reina de Clarines.
Lord Haruka calla, sabiendo bien que está siendo testigo de un momento excepcional y privado. No habla, no pregunta, solo asiste en silencio a la escena ante sus ojos con un punto de ansiosa expectación.
El rey arroja la carpeta al fuego. Observa cómo las llamas la alcanzan, prendiéndose en las esquinas y alimentando el fuego que crece hasta que finalmente la consumen, la devoran, y ya no es más que ceniza sobre las brasas.
Lord Haruka asiente en la oscuridad. El rey ha hecho su elección.
Clarines no tendrá reina.
