Hola, mis queridos lectores. ¡Vaya sorpresa! ¿Qué hago actualizando si aún no es final de mes? Pues tiene una buena respuesta. Como sabréis hubo un mes que no pude actualizar por culpa de mi ajetreada vida real, por lo que poco a poco voy a intentar adelantar el calendario de actualizaciones para suplir la falta de ese capítulo, ¿qué os parece? Puede que tarde, pero voy a intentarlo. De todas formas os debía una actualización rápida, y más después de cómo acabó el capítulo anterior, ¿no os parece? Ya avisé que se acercaba la separación definitiva, pero nadie podía prever que sería así. En fin, dudo mucho que leáis esto, y si lo hacéis ya sabéis, disfrutad del capítulo.

«Percibió cierto acercamiento hacia ella cuando llegaron a los escalones que llevaban a la cubierta superior y se dio cuenta que era lo mismo que había estado siguiendo casi desde que se habían conocido. Ahora lo tenía, le gustaba. Quería mantenerlo.» —La Cruzada Secreta.

Ruptura

Noviembre de 1191 d.C.

Alzó la vista, observando minuciosamente el recorrido que había hecho el sol desde la última vez que lo miró. Éste había ascendido casi un palmo, acercándose cada vez más a su punto álgido. Agachó la cabeza mientras lanzaba un corto suspiro, durante todo ese tiempo había permanecido agazapado a la sombra de una gran aglomeración de palmeras, esperando. Se apoyó contra el tronco de uno de los árboles, pensando en qué debía hacer ahora. Desde que María se había marchado atravesando el oasis él había permanecido ahí, aguardando su regreso, manteniéndose alerta por si la veía aparecer. Sin embargo, eso no había ocurrido.

Sabía que la inglesa tenía que estar furiosa con él, iracunda por haberla frenado de aquella forma; pero, si no lo hubiera hecho, habría muerto. El sarraceno había actuado sin pensar, adelantándose a los hechos que tan fehacientemente sabía que ocurrirían. Si él no hubiese intervenido María habría corrido a auxiliar sin dudar a aquella mujer, enfrentándose sin temor a la turba furiosa que la rodeaba. Habría luchado con valerosamente, consiguiendo, no sin esfuerzo, acabar con gran parte de los hombres que la rodeaban. No obstante, en algún momento de la pelea, habría sido reducida; despojada de su arma y acorralada por la multitud habría acabado sucumbiendo al mismo destino que le iban a dar a su prisionera. Él lo sabía, conocía que era lo que pasaría y por eso había frenado sus pasos.

Aun así, la inglesa no comprendía que se dirigía a una muerte segura. No veía el peligro, no percibía la amenaza que suponía inmiscuirse en aquella ejecución. Él había intentado razonar con ella, hacerle ver que, aunque ambos consiguieran parar la lapidación no significaría que la mujer condenada saliera con vida en cuanto ellos se marcharan. Pero no había querido atender a razones, María nunca escuchaba cuando la ira la cegaba. Apretó los labios, sintiendo un extraño malestar recorrer su cuerpo. Entendía que estuviera enfadada, que se sintiera frustrada por haber sido reducida con tantísima facilidad; sin embargo, lo que más le preocupaba era como ella le había mirado. Sus pétreos ojos azules destilaban desprecio, cargados de un profundo rencor que casi rozaba el odio. Había visto muchos sentimientos atravesar su rostro: alegría, ira, arrepentimiento, nostalgia… Pero aquello, esa emoción concreta, esa sensación de traición que había notado le había sorprendido.

«No vuelvas a tocarme —había dicho con voz taciturna—. Nunca más vuelvas a tocarme».

Aquellas palabras tan lejanas le golpearon con dureza. Habían sido pronunciadas en circunstancias diferentes; pero, de alguna forma, sabía que en aquel momento cobraban un nuevo significado. Desde que ocurrió aquello había procurado, con discreción, no acercarse más de lo debido a la inglesa bajo ninguna circunstancia, a no ser que fuera ella quien lo hiciera primero. Incluso cuando atendió sus heridas había esperado a que ella le concediera un silencioso permiso para revisar los cortes de su mano y antebrazo. El resto del tiempo había respetado su decisión, manteniendo la distancia entre ambos siempre que fuera posible. Pero, en aquel instante, en el momento que había interferido su mente había olvidado aquella súplica, ese ruego sordo que pronunció hacía tanto. En lo único que podía pensar era en su seguridad, en su bienestar, borrando por completo las palabras dichas con anterioridad.

Y, por extraño que pareciera, eso le consternaba. Sabía que cuando ocurría algo relacionado con María tendía a hacer oídos sordos a la razón, anteponiendo sus sentimientos a su minucioso raciocinio. No obstante, siempre era consciente de los actos que cometía, de las palabras que decía y afrontaba con entereza las consecuencias de las decisiones tomadas. Lo último que había deseado era herirla, hacer algo que provocase una situación similar a la que estaba viviendo, pero lo había hecho. Había ignorado sus deseos, siguiendo los suyos propios que le impulsaban a protegerla; no sólo había ido contra su voluntad, había arrastrado por el fango su orgullo, reduciéndola con una facilidad pasmosa. Su necesidad de mantenerla a salvo había aflorado sacando a relucir su impertinente egoísmo, el cual le inducía a alejarla de cualquier escenario que pudiera serle dañino, aun siendo ella quien se adentrara en él. No era quién para decidir su futuro, para decidir qué destino debía tomar. Pero, si existía la posibilidad de que yendo contra lo que ella quería pudiera vivir un día más, lo haría sin dudar y eso le desconcertaba.

Siempre había oído que el amor cegaba el sentido común, nublando la mente de tal manera que lo único que importaba era bienestar del ser amado. Cuando Adha fue secuestrada sólo pensaba en recuperarla, ella estaba en todos y cada uno de sus pensamientos; por eso, cuando la encontró, rota y fría en el suelo del templo, creyó que jamás volvería a experimentar tales emociones.

Expresar esos sentimientos estaba prohibido en el seno de la Orden, por eso la mayoría de Asesinos, aunque era obligado tener descendencia, acudían a las mujeres que habitaban en el jardín, cuyo deber era proporcionarles progenie. Pocos de ellos terminaban casándose. Y, de ese sector en particular, eran menos los que anteponían sus obligaciones como padre o marido al servicio de la Hermandad. Umar, antes que padre, había sido Asesino; un modelo a seguir para alguien como él que se había criado sin una figura materna, ya que ésta había muerto al darle a luz. No pertenecía a la Orden, ni se trataba de una de las féminas que frecuentaban el jardín. Lo poco que sabía sobre ella era que había sido una mujer cristiana de Alepo de la que su padre se había prendado y con la que había terminado casándose; aunque, tras su muerte, no había vuelto a hacerlo.

El amor era amargo y traicionero, por eso desde que supo que estaba sucumbiendo a ese sentimiento al estar con la inglesa quiso desterrarlo, porque sabía qué fatales resultados podía traer. Y su situación, el estado en el que se encontraba en ese mismo instante, era el culmen del desastre que sabía que tarde o temprano ocurriría. Siempre se había dicho que María era un alma libre, que lo que más ansiaba era ser independiente y no tener que servirle a nadie más que a sí misma; que, cuando llegaran a Damasco y se separaran, su regalo de despedida sería aquel, ofrecerle la libertad que tanto había anhelado. Sin embargo, en vez de eso, había echado por tierra todas sus intenciones de dejarla actuar bajo su libre albedrío prefiriendo destruir el nexo de confianza que los mantenía unidos para evitar perderla prematuramente. Aquel infame sentimiento de protección que nacía errático de su interior se había antepuesto de nuevo a su sentido común, el que le decía que hacer aquello provocaría una fisura de tal magnitud que no podría ser arreglada. Debería de haber actuado de otra forma, pronunciado otras palabras, intentado, con ahínco, hacerle ver lo errados que eran sus pensamientos antes de que se lanzara como una fiera indómita sobre la enardecida turba. Pero no lo había hecho, sus actos habían sido diferentes a esos y, por ello, la situación había terminado de esa forma.

Por eso estaba él ahí, con la mirada perdida en la espesura del oasis, suplicando silenciosamente que ella apareciera a través de ésta; observándole fijamente con un deje de superioridad y altanería, tan característico en ella como el olor a tierra mojada tras la lluvia. Pero no lo haría, la conocía lo suficiente como para saberlo. No volvería, no le permitiría redimirse de aquel acto que sólo buscaba mantenerla viva al menos hasta que se separasen definitivamente. Lo había sabido desde que la vio marcharse y, aun así, una parte de él se había aferrado a la esperanza de que, si esperaba lo suficiente, podría volver a verla una vez más.

Volvió a lanzar un largo y tedioso suspiro, llevándose la diestra al rostro para eliminar las gotas de sudor que comenzaban a escurrirse por su frente. Tal vez fuera mejor así, quizás esa era la despedida correcta para ambos. Apretó la mandíbula de forma que sus encías chirriaron ligeramente al pensar en ello. Tenerla en mente dolía, pero pasaría, lo sabía. Si aquella iba a ser la última vez que la viera lo aceptaría, asumiría dicha realidad para, después de un tiempo, ir olvidándola poco a poco. Se separó del árbol observando nuevamente la posición del sol, comenzaba a hacerse tarde y permanecer ahí sólo sería una terrible pérdida de tiempo. Empezó a caminar hasta la entrada custodiada por al menos media docena de guardias, analizando cual sería la mejor forma de atravesarla sin llamar la atención. Se detuvo junto a un puesto, fingiendo ser un ávido comprador mientras lanzaba una mirada de soslayo nuevamente hacia el oasis, manteniendo los ojos fijos en el frondoso follaje. Y, tras unos largos minutos de silencio, se giró en dirección a la ciudad sin volver la vista atrás.


Inspiró hondamente intentando acompasar los latidos de su corazón con su respiración. Clavó la espada en la fresca arena de la vereda del río, dejando una honda oquedad en la tierra debido al peso del acero. Alzó la vista observando con detenimiento el estado en el que había quedado el árbol contra el que había descargado su ira. Una amplia concentración de cortes decoraba el centro del tronco, justamente donde debería hallarse el torso de una persona. Había desmenuzado, poco a poco, la fina madera hasta astillarla de tal forma que había dejado una cantidad ingente de pequeños fragmentos desperdigados por el terroso suelo. Podía ver como la savia había ido fluyendo a través de las hendiduras, haciendo la función de bálsamo que ayudaría a cicatrizar las heridas sufridas hasta que pudieran curarse con el tiempo.

Se acercó a la orilla del río, colocándose de cuclillas mientras hundía los nudillos el agua, sintiendo un pequeño escozor debido a las astillas que se habían incrustado en las manos durante el forcejeo. Se las llevó a la cara humedeciéndose el rostro hasta eliminar de él el perenne sudor que parecía haberse adueñado de su cuerpo. Parpadeó, notando cómo las diminutas gotas de agua caían por el cuello, escurriéndose a través de su espalda hasta ser absorbidas por la pernera del pantalón, agradeciendo silenciosamente el frescor de éstas. Volvió a inspirar sintiendo como el cansancio empezaba a hacerse latente en sus extremidades, al igual que un ligero malestar en la herida de la mano; no había llegado a abrirse pero notaba la piel tirante y adolorida por el esfuerzo realizado.

Aún estaba furiosa e indignada. En su mente las imágenes fluctuaban unas con otras, mostrándole determinados momentos, algunos fugaces, otros aletargados; todos y cada uno de ellos arremolinados en la frágil figura de aquella mujer. ¿Cómo podía existir tanta crueldad?

Sabía, por experiencia, que la guerra y el campo de batalla lo eran. Pero, ¿cómo no serlo si durante el transcurso de la guerra reinaba la anarquía? Cuando ambos bandos se enfrentaban ferozmente en una sangrienta contienda sólo había una salida posible para sobrevivir: matar. Defenderse no era una opción, la piedad tampoco. Debías acabar con tu enemigo antes de que éste arremetiera contra ti. No había tiempo para pensar si aquella persona que te miraba con ese odio visceral plasmado en su rostro tenía familia. No pensabas si tenía hijos, esposa, amigos o hermanos que esperaban su regreso; no te planteabas sus motivaciones para luchar en la guerra, ni siquiera si había tenido opción o no a negarse a batallar. Lo único que importaba, lo que verdaderamente importaba, era que él tenía la misma capacidad que tú de acabar el uno con el otro y, el que lo hiciera antes, saldría vencedor. Así funcionaba la guerra.

Pero, ¿aquello? Eso no era una batalla, no se trataba de una lucha que hubiera que ganar, sino de algo completamente distinto e inhumano. La mujer ni siquiera tenía la posibilidad de defenderse, su enemigo no eran las espadas o las flechas de sus oponentes, sino la férrea ética que motivaba acciones tan censurables. Comprendía que el adulterio era un crimen, tanto para cristianos, judíos como sarracenos; sin embargo, el verdadero pecado radicaba en que fuera la mujer la que lo cometiera. ¿Cuántos bastardos tenían los señores fuera de los castillos en los que habitaban? ¿Con cuántas concubinas, aparte de esposas, yacían los nobles sarracenos cuando se aburrían de las que tenían en su alcoba? No podía pensar una cifra exacta, pues desconocía un número tan alto con el que enumerar aquello. Esos actos no eran criticados ni indignos, más bien todo lo contrario. En muchas ocasiones, antes de ligar dos familias, en Inglaterra para asegurarse de la virilidad del marido traían como testigos a las criadas o sirvientas que habían cargado con sus vástagos como prueba. Esas criaturas poco importaban más allá del hecho de que demostraran que podía tener descendientes, pues los únicos que se considerarían herederos serían los del matrimonio que formara con su nueva esposa.

Hundió los nudillos en la húmeda tierra, repasando en su cabeza los hechos acaecidos. Podía haberla salvado, si Altaïr no la hubiera detenido podría haberla salvado. Cerró los ojos, intentando que los chillidos de angustia que se filtraban hasta ellos terminaran en un sepulcral silencio. Enterró con las manos, clavando las uñas en lo profundo del fango intentando canalizar de esa forma los sentimientos con los que lidiaba internamente. Si él no hubiera interferido…

«No todas las mujeres son como tú, María», recordó.

Apretó con fuerza los dientes, rumiando silenciosamente todos y cada uno de los insultos que le venían a la mente.

«Algunas no tienen fuerzas para luchar».

—¿Cómo sabes tú eso? —masculló de forma prudente e insegura, intentando contener el temblor que agitaba su cuerpo—. ¿¡Cómo te atreves a juzgarla y sentenciarla!? —gritó con fuerza.

¿Cómo se había atrevido a decir tales palabras? ¿Cómo había tenido la desfachatez de decir aquello de forma tan fría e impersonal? Ella sabía que no todas las mujeres eran como ella, lo sabía perfectamente. Durante toda su vida había deseado no ser como era, parecerse más a lo que sus padres esperaban que fuera y no mostrar su verdadera naturaleza con tanta facilidad. Conocía a la perfección las debilidades de las mujeres, había vivido rodeada de ellas toda su maldita vida. Pero, por ello, también sabía de sus fortalezas. Había contemplado el rostro de la infiel, oído su voz y escuchado sus súplicas; la había visto luchar contra las ataduras para acercarse al pequeño que desconocía que era la última vez que veía a su madre. Ella había forcejeado, anteponiéndose al cansancio, al dolor y a la humillación sólo para acercarse a la criatura que había alumbrado en busca de darle un leve consuelo a aquel desesperado llanto. ¿Acaso Altaïr no lo había visto? ¿Esa no era prueba suficiente?

Aunque su progenitora no hubiera sido el mejor ejemplo de maternidad sí había sido testigo de lo que podía hacer una madre por proteger a sus hijos. Ver como ésta se abalanzaba sobre los diminutos cuerpos de los infantes intentando, sin conseguirlo, cubrirles del aceite hirviendo; soportando el dolor, el calor, la agonía sólo para salvaguardar la vida de los suyos. ¿Cómo podía decirle que algunas mujeres no tenían fuerzas para luchar? ¿Cómo se atrevía tan impertinentemente a afirmar tal aberración a sus oídos? Esa mujer deseaba vivir y ella había sido incapaz de salvarla.

Volvió a sentir como las pulsaciones comenzaban a aumentar, al tiempo que su respiración se transformaba en una serie de aspiraciones incontroladas y convulsivas. Recordar la humillación sufrida hacía que el amargo sentimiento que intentaba disipar de su cabeza volviera alzarse con fuerza. Debería haber hecho algo, cualquier cosa. Pero, en vez de eso, se había apartado, alejándose silenciosamente como una sombra a través de la maleza. Se sentía tan iracunda, tan enfadada que no conseguía encontrar palabras para expresar lo traicionada que se sentía. Había confiado en Altaïr, lo había hecho ciegamente. Tras haber viajado tantas jornadas y compartir tantísimos momentos había, por fin, logrado confiar en él sin miramientos. Sin embargo, al igual que otros antes que él, había desmenuzado, despedazado y enterrado dicho sentimiento con su comportamiento. Por mucho que intentara adornar con vanas excusas su forma de actuar, tildando de equivocados e inconscientes sus impulsos, lo cierto era que la había traicionado.

No comprendía la forma de pensar del sarraceno. Por mucho que intentara encontrar el hilo por el que fluían sus pensamientos siempre terminaba cortándose. Él era un Asesino, alguien que iba directamente contra la forma de actuar de los sistemas por los que se regían tanto sarracenos como cristianos, trabajando en las sombras para proteger Tierra Santa. Según esa manera de ser salvar a aquella mujer de una prematura muerte debía ser algo sencillo, algo simple. Un acto más que dejaba ver que ellos no se regían por las obtusas normas que imponía la ley sobre el resto de ciudadanos. Pero no, su línea de pensamiento fluía por un camino diferente a ese, comprendiendo e incluso asumiendo que dicho castigo era correcto. ¿Cómo alguien podía tener tales utópicos ideales y, no obstante, dejar que trataran así a una persona indefensa? Era impensable.

Alzó la vista, fijándose detenidamente el camino por el que se había adentrado al oasis. No podía volver. Si lo hacía tendría que enfrentarse al Asesino y no lo deseaba. Poco le importaban sus fútiles razones para no inmiscuirse en la ejecución, aquellos eran sus motivos no los de ella. Enzarzarse en una discusión no serviría nada más que para avivar la animadversión que empezaba a sentir por Altaïr, haciendo que se lanzara como un animal salvaje sobre él intentando, de esta forma, sofocar la abrupta ebullición de emociones que recorrían su cuerpo. Frunció el ceño, imaginándose la escena. El sarraceno no se movería, ni siquiera esquivaría los golpes, los aceptaría en consecuencia a sus acciones, como un justo castigo por haberla detenido. Sería su manera muda de aceptar su error, de que aquel suceso podía haberse evitado. Lo supo cuando le miró a los ojos antes de marcharse de allí, mostrando tal resentimiento que, después de mucho tiempo, había vislumbrando un gesto de asombro por parte del Asesino.

Sin embargo, ella no iba a perdonarle. No quería escuchar sus excusas, ni tampoco oírle relatar un planteamiento lógico de la situación en la que se habían visto envueltos para hacerle ver que tan errada hubieran sido sus decisiones. Nada. Sólo deseaba alejarse lo máximo posible de él, desterrar todos los pensamientos dirigidos hacia su persona en el pozo más hondo de su mente. Aquella sería la última vez que pensaría en Altaïr. Y, ante la inminente posibilidad de que jamás volvería a verle, sintió cómo se le revolvía el estómago.


Atravesar los muros de Damasco sin ser visto nunca había resultado una dificultad para él. La gran mayoría de las veces los soldados que recorrían la gruesa muralla exterior se detenían en determinadas zonas, resguardándose a la sombra de algún alminar para evitar una exposición mayor al candente sol. Había aprendido a identificar los comportamientos que denotaban fatiga o deshidratación por parte de ellos, ya que pasaban largos periodos de pie sin descanso antes del cambio de guardia. Debido a ello atravesar sus defensas no era complicado, sólo debía tener paciencia hasta encontrar el momento adecuado para hacerlo.

Sin embargo, no era la única forma de entrar en la ciudad. A pesar de la alta vigilancia que se extendía en la entrada, había ciertos grupos cuyo paso estaba permitido, sin requerir registro o pago. Los eruditos eran libres de ir y venir a través de las puertas de Damasco, ya que contaban con la protección de Salah Al'din; siempre iban en grupos por lo que era sencillo camuflarse entre ellos al portar ropajes similares. Se dedicaban al estudio y al rezo, por lo que no interactuaban demasiado unos con otros, preferían el silencio y pasar desapercibidos a las multitudes, de esta forma era fácil hacerse pasar por uno sin que notaran su intromisión.

Miró a su alrededor, observando con parsimonia a la multitud que lo rodeaba. Fuera donde fuese Damasco era una ciudad rebosante de vida, una concurrida urbe movida por el comercio de especias y sedas llegadas del lejano Oriente. A pesar de encontrarse en una zona diezmada por la guerra, Damasco no había sufrido los estragos de ésta, muy al contrario que Acre, la cual casi había sido destruida durante el asedio. La capital del reino estaba muy alejada de los conflictos latentes entre templarios y sarracenos, protegida por el desierto y bien provista de alimento gracias al oasis junto al que se encontraba. Siempre le había gustado aquel lugar al ser la prueba viviente de que incluso las personas con diferentes creencias podían llegar a un entendimiento mutuo si olvidaban dichas nimiedades. En Damasco habitaban tanto sarracenos, cristianos como judíos, todos unidos bajo una misma estela en común: el comercio. Poco importaba qué fe profesases mientras tuvieras el dinero suficiente para comprar los productos ofertados. La convivencia no siempre era pacífica, pero Salah Al'din había sabido mantener el equilibrio entre ellos durante décadas, convirtiendo la ciudad en un crisol de culturas.

Caminó atravesando el pequeño zoco que había cerca de la entrada, al ser una urbe tan inmensa contaba con diferentes emporios dispersos por diferentes zonas. Ahí se vendían desde telas exóticas hasta pequeños objetos de orfebrería, aunque lo que más abundaba eran los alimentos. Había racimos enteros de dátiles colgados de las partes altas de los puestos para evitar que los pequeños pillos se hicieran con la mercancía, varios tipos de frutos decorando los largos expositores y bolsas rellenas de especias, a cada cual más extraña. Cerca de la salida pudo ver trozos de carne, aún frescos, balanceándose en ganchos donde pululaban diminutas moscas que el vendedor intentaba, en vano, espantar con un rudimentario paño ensangrentado; mientras qué, a su vera, una mujer ataviada con hermosas ropas verdosas intentaba negociar con un fornido hombre sobre el precio de unos pequeños dulces almibarados.

Se fijó en los guardias, hablando entre ellos con aire animado mientras la gente iba y venía dentro del zoco. Había esperado un ambiente más agitado; al parecer los disturbios de Jerusalén no se habían extendido hasta Damasco. Atravesó la plaza, escurriéndose por una estrecha callejuela lateral a la calle principal. Imam dirigía una pequeña alfarería, dedicando gran parte del tiempo a grabar estampados y relieves sobre las vasijas. Era un negocio rentable para un hombre soltero, aunque lo bastante disimulado para que sólo un puñado de clientes entrasen en aquel lugar sin ser esperados. Él era muy meticuloso en ese sentido pues temía que su tapadera fuera expuesta con facilidad, al contrario que Jabal que, tras años viviendo en Acre, no creía que pudiera ser descubierto. Su casa se encontraba justamente encima del local, por lo que se entraba por una trampilla en la parte superior, aparte de una ajada puerta al exterior que rara vez usaba.

Los novicios solían pernoctar apiñados en las pequeñas habitaciones del refugio o, a veces, se quedaban en casa de amigos o familiares. Al ser la capital del reino también era donde más población había y, por ende, donde tenían más activos. Bahir era quien poseía la vivienda más amplia de los que habitaban allí, muy cerca de la madraza de Al-Kallasah, trabajando como un humilde comerciante de especias. Llevaba más de una década informando a la hermandad y, aunque podía ser algo cabezota, siempre había cumplido con su deber asumiendo los riesgos expuestos. Pero, desde hacía unos meses, su actividad había disminuido debido al alto estado de embarazo de su esposa, la cual debía de haber salido de cuentas a finales de verano.

Inspeccionó su alrededor con cuidado, aparte de un par de ratas que roían una vieja y mohosa cuerda no había nada más a su alrededor. Normalmente la gente solía evitar aquellos angostos caminos debido a los posibles ataques de maleantes que podían sufrir, por ello era la forma más rápida de atajar hacia zonas altamente pobladas. Comenzó a escalar la pared, afianzando sus piernas en un saliente de madera casi podrido, el cual no aguantaría la totalidad de su peso si no se estuviese sujetando con las manos. Se impulsó, provocando una fractura en el poste, rompiéndose en dos al caer al suelo con un ruido seco que espantó a las alimañas del callejón. Subió hasta la parte alta del local, observando la pequeña abertura que había en el tejado, el cual se encontraba cubierto por una extensa celosía. Al entrar pudo reconocer el familiar aroma a barro cocido, mientras escuchaba el ajetreado movimiento en el interior del local.

Se adentró con lentitud, procurando no desconcentrar a Imam que estaba usando unas gruesas pinzas de hierro ennegrecidas para girar cuidadosamente una vasija dentro del horno. No entendía mucho de alfarería, pero sabía que esa era la parte crítica donde el endeble y moldeable barro se volvía duro y rígido, por lo que permaneció en silencio hasta que terminó tal delicada tarea. Escuchó al rafiq lanzar un cansado suspiro antes de limpiarse el sudor que le escurría por la frente debido al calor que emanaba el horno antes de darse la vuelta. Cuando lo hizo, el sarraceno pudo ver la sorpresa expandirse por su rostro, teniendo que apoyar sus pies firmemente contra el suelo para no moverse del impacto.

—¡Altaïr! —exclamó—. Vaya, no esperaba verte por aquí. ¿Cuándo has llegado?

—Hace unas horas —respondió. Imam se sacudió las manos y le rodeó, volviendo a su puesto de trabajo habitual—. Espero no haber interrumpido nada importante —pronunció con algo de sarcasmo.

Si algo caracterizaba al rafiq de Damasco era su sorprendente y asombrosa sinceridad. Siempre y cuando, claro estaba, se tratase de alguien de confianza. Era una persona muy habladora, que conseguía mezclarse entre el pueblo con mucha facilidad. Al tener una personalidad afable y espontánea, además de ir ligada a una irrefrenable franqueza, pocos de los que le conocían podían sospechar que en verdad trabajaba para los Asesinos.

—Para nada —dijo—, sólo lamento encontrarme en este lamentable estado. Por culpa de Numair he tenido que trabajar arduamente estos días, la última vez que estuvo aquí se tropezó y destruyó más de dos docenas de mi mercancía —se quejó—. Pero, aparte de eso, todo está bien.

—Bueno, es grato saber que sabes realizar tu oficio en condiciones —afirmó—, pese a cualquier problema que se te presente, claro está.

Imam alzó la vista y torció el gesto, sabiendo perfectamente que se trataba de una burla. La gran mayoría de las veces su trabajo se dedicaba a la decoración de enseres, normalmente con carácter floral o quimérico; nunca había llegado a verle usar el torno o moldear la arcilla con sus propias manos.

—Muy gracioso —masculló—. En fin, dejando al lado mis penosos problemas laborales, ¿qué es lo que trae hasta mi humilde hogar al Maestro? Creí que habías ido a Chipre —comentó—, o al menos eso es lo último que llegó a mis oídos sobre ti.

—Regresé de allí hace un par de semanas. Al parecer los Templarios estuvieron vaciando el Archivo que ocultaban en Limassol para evitar que nosotros lo encontrásemos —resumió—. Tal idea le costó la vida a su líder, Armand Bouchart. No sé quien lo sustituirá, aunque eso no es importante ahora.

—Entiendo —repuso—, tras lo que pasó en Masyaf poca precaución es poca tratándose de esos extraños artilugios de los que he oído hablar. Hiciste bien en ir, aunque fue temerario hacerlo solo. Yo, personalmente, no lo habría hecho así, pero si funcionó quien soy yo para reprochar tus métodos.

«No estuve solo», esa frase era la que había estado a punto de decir, pero se contuvo.

—Sin embargo, no comprendo —continuó—. Si hace semanas que volviste y derrotaste a su líder, ¿qué es lo que haces aquí? ¿No deberías haber ido a Masyaf e informar al Dai?

—Cuando llegué envié una carta a Malik explicándole lo ocurrido —afirmó—. Es cierto que venir a Damasco no estaba previsto en mi mente, pero cuando Jabal me habló de los alzamientos que ha habido en Jerusalén pensé que no estaría de más venir a ver si dichos sucesos también se habían extendido hasta aquí.

—Oh, eso fue la comidilla de la ciudad durante días —expuso casi con jovialidad—. Al menos hasta que Salah Al'din salió de su palacio dispuesto a pasar a cuchillo a cualquiera que intentara emular lo ocurrido en Jerusalén —explicó—. A pesar eso, no te negaré que pasamos un par de días de tensión entre sarracenos y judíos, pero pronto se diluyó. La guerra no le viene bien al comercio, y eso es lo que mueve a la gran mayoría de personas que viven aquí.

El razonamiento del rafiq tenía sentido. Los habitantes de la ciudad no se arriesgarían a provocar una contienda civil para hacerse con las posesiones de otro mercader, no lo necesitaban. La diferencia primordial que existía entre las dos urbes era que en Jerusalén la guerra había azotado con crudeza a gran parte de la población, obligándolos a mendigar y subsistir robando. No obstante, a diferencia de los sarracenos, los judíos habían aprendido a prosperar de la adversidad de otros. Que tal sentimiento como la envidia hubiera desatado aquella masacre era algo que no comprendía, pero conocía por experiencia el carácter destructivo del ser humano cuya codicia no alcanzaba límites.

—No obstante —comentó Imam—, aunque dichos altercados no se han extendido a Damasco, eso no significa que todo esté en calma por la ciudad.

Altaïr frunció el ceño consiguiendo que el rafiq mostrase una sardónica sonrisa de satisfacción. Él sabía a la perfección lo poco que le gustaban las ambigüedades al Asesino, por lo que hacía eso especialmente para obligarle a preguntar y salir de su ignorancia. Pocos se atreverían a actuar de aquella forma delante del Maestro, pero Imam nunca se había caracterizado por su sensatez.

—¿Qué es lo que ocurre? —preguntó, haciendo que la sonrisa del hombre se ampliase.

—¿Recuerdas a los fanáticos seguidores de Jubair? —inquirió—. Todos creímos que su muerte había sido suficiente llamada de atención para que dejaran de predicar contra el conocimiento y la sabiduría que aportan los libros; sin embargo, no ha sido así. Unos pocos de sus sectarios aún prevalecen y aprovechan la ausencia de Salah Al'din para pregonar por las calles. —Pasó la mano por uno de los resquicios de una vieja vasija haciendo que esta soltase una arenisca de color ocre—. Pensé que mandar a investigar a algún novicio, pero no me pareció importante. Sin un líder que los unan sólo son meros charlatanes.

—Los charlatanes dejan de serlo cuando muchas personas les escuchan —respondió con seriedad.

Pudo ver como Imam alzaba la vista, sopesando con cuidado sus palabras.

—Tienes razón, pero la gente aún recuerda las piras de Jubair con demasiada intensidad. No se desharán de sus libros con tanta facilidad como entonces si sucediera esta vez —aclaró—. A pesar de ello puede llegar a generarse una situación preocupante, ¿quieres que envíe a alguien a investigar? Quizás Khalil, está harto de patrullar el zoco.

—Iré yo —se ofreció—. Puedes enviar a Khalil a la madraza, si los seguidores de Jubair siguen sus pasos se reunirán ahí al atardecer. Yo me encargaré del resto.

Imam parpadeó, al parecer sorprendido por el inusual ofrecimiento del Maestro. Sus días de novicio habían terminado, por lo que hacer tales incursiones no era propio de alguien de su rango, a ello debían dedicarse los más inexpertos. Pero, en este caso, Altaïr prefería estar ocupado. Encerrarse en el interior del refugio sólo serviría para que su mente volviera a los acontecimientos que habían ocurrido aquella misma mañana, cosa que quería evitar bajo cualquier circunstancia. El rafiq sacó un pequeño mapa de uno de los polvorientos libros de contabilidad que se encontraban en el expositor, extendiéndolo con cuidado sobre la mesa.

—Si vas a buscar a los predicadores deberías empezar por esta zona —dijo señalando a la esquina este de la ciudad—, cerca del hospital y del zoco es donde más veces los he visto. Y aquí —puntuó—, en los jardines junto al río. No suelen acercarse a la ciudadela por temor a encararse con los soldados; la muerte de Jubair enseñó a Salah Al'din a que no se debe jugar con el conocimiento del pueblo, sus hombres tampoco lo han olvidado.

—Gracias, Imam —respondió—. Esperemos que sólo se traten de charlatanes.

—Ojalá.


Caminó con lentitud a través de las espesas palmas. Había preferido dar un rodeo por el oasis antes de volver a la entrada principal de Damasco, de esta forma evitaría encontrarse con el Asesino si es que había tenido la absurda idea de seguirla. Sin embargo, cuando llegó no había ni rastro de Altaïr, tampoco de la furiosa multitud a la que había estado a punto de atacar. El ambiente era tranquilo y distendido, si ella misma no hubiera estado presente habría dudado de que ahí hubiese ocurrido un hecho tan bárbaro como una lapidación. Pudo ver como había más afluencia de gente en los puestos, hablando a voces entre ellos, peleando para conseguir el precio más justo ante la mercancía ofertada.

María sintió nuevamente un suave dolor en las tripas. Apretó los labios con fuerza, lo cierto era que no había comido nada desde la noche anterior y su cuerpo parecía hacerle señales de que tenía que volver a hacerlo pronto. La idea principal era volver al establo y coger el conejo que mantenía oculto tras una gruesa tela para evitar que las moscas se cebaran con ella; sin embargo, no podía sobrevivir sólo con aquel efímero manjar. Del pan que había comprado en Acre sólo le quedaba una pequeña cuña igual de dura que una roca, tendría que humedecerla con agua si quería comérsela. Tanto el queso como la carne seca se le habían terminado; lo único que aún conservaba era un pequeño puñado de al-lauz que no se había comido la noche anterior ya que le había provocado una tremenda sed.

Observó con curiosidad los tenderetes, los cuales aparte de ofertar productos de todas clases también vendían comida, aunque no demasiados. Al ser la zona de extramuros territorio de nómadas y mercaderes ambulantes, la mercancía con la que trabajaban era más elitista. Joyas, telas, especias y bisutería de todo tipo era lo que vendían la mayoría de los puestos. Sólo un par de éstos anunciaban alimento, uno pequeñito que tenía una selecta cantidad de verduras y frutas, algunas con mejor aspecto que otras; mientras que, a su lado, un grueso hombre se jactaba de vender la mejor carne de cordero de la zona, criado enteramente en pleno oasis. Sabía que los sarracenos tenían prohibido comer cerdo, al considerarlo una especie de animal impuro, por eso la carne de bovino y vacuno era tan preciada. Se acercó a uno de los puestos, clavando sus golosos ojos en los anaranjados dátiles que colgaban sobre su cabeza.

Iba a preguntarle al afable mercader, que la miraba con una sonrisa de complicidad al atisbar su interés, el precio de dicho producto cuando un grito sordo captó su atención. Durante un instante creía que iba a presenciar nuevamente un espectáculo como el de esta mañana; pero, en vez de eso, vio, en medio del tránsito, una niña de unos diez años agarrando con fuerza una tinaja mientras tres jóvenes mayores que ella la sujetaban con fuerza. Miró de soslayo al hombre, que parecía indiferente al destino de la muchacha, más interesado en las monedas que podría ganar tras una fructífera transacción con la inglesa.

Se giró, permaneciendo atenta al la escena de la que muchos eran testigos pero nadie pretendía intervenir. Sólo era un hecho más en la vida de los demás que se volvía cotidiano y perecedero en la memoria del resto de transeúntes. La pequeña volvió a gritar, agarrándose fuertemente a la vasija mientras que los jóvenes se lo intentaban arrebatar.

—¡Suelta eso, no te pertenece! —bramó uno de ellos.

—¡No, no, no! ¡Lo he comprado! —chilló la niña—. ¡Baba me dijo que se lo llevara! ¡Es nuestro, es nuestro!

La chica se revolvió con violencia, tropezando con uno de los muchachos hasta caer sentada sobre la arena aferrándose ferozmente al objeto que portaba. Su tez era oscura, pero sus ojos de color verde aguamarina destacaban en contraste con su piel. Tenía el cabello enmarañado y su ropa doblada y sucia tras la caída. Parecía que iba a llorar en cualquier momento ante los nerviosos delincuentes que estaban a punto de perder la paciencia ante la cabezonería de la infante.

—Quita de ahí, Salal —dijo el que parecía ser el cabecilla—. Esto lo solucionará.

El joven se adelantó, con una socarrona mueca que denotaba confianza y, en cierta medida, crueldad; parecía estar disfrutando con el sufrimiento de la niña. Dio un paso abalanzándose sobre ella, incrustando sus dedos en el brazo hasta el punto de que ella lanzó un lastimero gemido mientras alzaba la diestra para golpearla directamente en el rostro. Sin embargo, en vez de impactar ahí, lo que ocurrió fue algo muy distinto. Una piedra, de tamaño considerable, chocó contra la mano del muchacho, haciendo que éste soltase a la pequeña mientras lanzaba un agudo alarido tocándose cuidadosamente la zona donde había dado la roca. Sus compañeros giraron sus cabezas en la dirección de donde provenía el proyectil, vislumbrando a la inglesa con el rostro serio lanzando al aire otro guijarro de tamaño similar, cogiéndolo al vuelo sin demasiado esfuerzo.

—¿Acaso vuestros padres no os han enseñado que no debéis meteros con alguien más pequeño que vosotros? —preguntó socarronamente—. Porque si no tenéis padres que os lo digan, os lo diré yo —siseó—. Apartaos de esa niña. Ahora.

Continuará…

¡Y aquí acaba el capítulo de este mes! María, como no, metiéndose nuevamente en una reyerta, esta mujer no aprende de sus experiencias pasadas. Como os dije, a partir de este punto cada uno tomará su propio camino, conocerán a diferentes personas e intentarán centrarse en su futuro y no en el pasado, ¿lo conseguirán? Por cierto, me gustaría mucho que me dijérais qué os ha parecido el personaje de Imam, al ser un personaje del juego y el libro he intentado regirme estrictamente por ello e intentar crearle una personalidad similar a la que he visto. Si tenéis alguna sugerencia o veis algo que no case con él por favor, decídmelo de inmediato, sabéis que no tolero el OoC.

¡Muchísimas gracias, mis queridos lectores por todas las visitas y comentarios que me dejáis! La historia casi ha alcanzado las 14,000 visitas, ¿os lo podéis creer? Mi yo de hace tres años no lo habría creído. ¡Gracias a HunterSnake y a Ritchie. Deirdre por agregar la historia a favoritas y seguirla! Espero ansiosa los comentarios que podáis tener acerca de este capítulo, no temáis que no muerdo.

Patty Sparda, ¡gracias por tu comentario! Vaya, espero que estés bien del corazón, no me gustaría perder a una lectora de un infarto. Tiene mucho mérito leerse ambos fic en tan poco tiempo, mis felicidades. Me alegra que te gustasen ambos, espero que este capítulo también te haya gustado y te espero en la próxima actualización.

Nuevamente agradecer a todas aquellas personas que me leen desde los confines del mundo, sobre todo de: España, México, Argentina, Venezuela, Perú, China, Chile, El Salvador, Brasil, Francia, Guatemala, Canadá y Estados Unidos. ¡Un besazo a todos y nos vemos en la próxima actualización!