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Capítulo 36 Buscando soluciones

Al día siguiente, mientras los Parásitos se entretenían infructuosamente investigando si podían hacer volar las murallas con sus hechizos, Harry y los demás estuvieron tratando de encontrar una estrategia que les permitiera atacar el campamento sin que las pérdidas fueran excesivas.

- La señorita Ling dijo ayer que podían tener lista la catapulta para hoy –comentó Shadows-. Si el modelo funciona, será fácil copiarlo y creo que unas cuantas piedras pueden ser justo lo que necesitan. No solucionará nada, ya lo sé, pero cuanto más tiempo dediquen a defenderse, menos tiempo tendrán para atacarnos.

-Charlie Weasley me ha hablado de algo… -intervino Hermione con voz dubitativa-. No sé si debemos hacerlo, no me gusta maltratar animales, pero el caso es que en su cabaña tiene una jaula con cuatro runespoors para las clases de Criaturas. Si Krant se acercara al campamento por la noche cubierto con la Capa de Harry y soltara las runespoors por las tiendas…

Harry escuchó el ronquido de risa de Draco.

-Eso me gustaría verlo. Aunque preferiría que nos quedáramos dos ejemplares por si los necesitamos para alguna poción

-A mí tampoco me gusta maltratar animales, pero coincido con Malfoy –dijo Shadows.

Roman White, el BIM; carraspeó para llamar la atención.

-Ya que hablamos de eso, hay que tener en cuenta que los Parásitos podrían utilizar armas químicas contra nosotros, ahora que tienen algo de acceso al ejército. Son como gases venenosos y hay de varios tipos. He hecho una lista con los más habituales y los efectos que causan, que suelen ser la muerte. –Pasó un montón de folios hacia el resto del gabinete de crisis y Harry empezó a leer todos esos extraños nombres con preocupación; algo así ni se le había pasado por la cabeza-. Creo que es vital que todos aprendamos a hacer hechizos burbuja, pero también es importante que los magos de guardia traten de lanzar un Evanesco a cualquier cosa que nos puedan lanzar los Parásitos. Que no toque suelo.

-¿Qué posibilidades hay de que pase algo así? –preguntó Harry, inquieto.

-Aún no lo sabemos. Y no hay razón para pensar que el ejército británico almacena kilos de ántrax en algún almacén. Pero Musket debe saber dónde encontrarlo, si existe, y no les será difícil robarlo con la ayuda de la magia.

Harry suspiró.

-Bien, les diré a mis hombres lo del Evanesco y empezaremos a enseñarle el hechizo burbuja a todo el mundo. Y ahora, ¿alguien tiene más ideas sobre cómo hacerles daño a los Parásitos?

Draco hizo un ruidito.

-Estoy pensando que también hay versiones mágicas de esas armas químicas. Sé que tienen un buen maestro en pociones entre sus filas, así que puede que también intenten atacarnos de esa manera. La parte buena es que nosotros podemos hacer lo mismo. Hay una poción que mata por asfixia. Y con la Poción Pestífera también podríamos hacer bastante daño, aunque preparar los ingredientes llevaría semanas.

-¿La Poción Pestífera? –preguntó Harry con curiosidad.

-Imita los síntomas de la Peste Negra, algo que sufrían mucho los muggles hace algunos siglos. En realidad se cura con un bezoar, pero como actúa bastante rápido y los afectados se vuelven contagiosos, con un poco de suerte podríamos conseguir medio centenar de bajas.

-No es mucho –comentó Julianna Redfeathers.

-No hay ingredientes para preparar una mayor cantidad de poción.

Aunque aquel veneno no fuera el arma definitiva que necesitaban, era una manera de aligerar las filas de los Parásitos, algo que todos deseaban hacer.

-Jefe Potter, me pareció leer en uno de sus informes que había usado el Fuego Infernal en la batalla de Azkaban –dijo Pellegrino.

-Sí, pero sólo soy capaz de controlarlo si es muy pequeño. Si tratara de hacerlo crecer lo bastante como para destruir el campamento de los Parásitos, acabaría arrasando toda la isla de punta a punta.

La discusión continuó durante un buen rato mientras iban lanzando sugerencias, algunas con bastante potencial y otras impracticables. De vez en cuando alguien se acercaba a darles noticias: unas dos docenas de Parásitos se habían sumado al asedio, desde Azkaban solicitaban un elfo que les ayudara a conseguir provisiones, desde la Jaula aseguraban que la mitad de los presos se había vuelto loco y la otra mitad, creía estarlo, y pedían instrucciones. Harry no había pensado en los presos muggles, que por culpa de la Cuarentena no serían capaces de recordar la magia ni ver a nadie con magia.

-Bueno, desde luego no pueden dejarlos ir –comentó Harry-. Antes o después tendrán que usarlos como rehenes y si los pusieran en libertad, además, se unirían de nuevo a los Parásitos. Tendrán que mantenerlos sedados o algo así.

-¿Sedados cómo? –replicó Hermione, escéptica-. No creo que anden sobrados de pociones.

-Desmaius, lo que sea –replicó Harry, encogiéndose de hombros-. Si la cosa se prolonga y se quedan medio tontos, peor para ellos.

Tampoco tenían otra respuesta que darles a los guardias de la Jaula, así que aquello tendría que bastar, de momento.


Poco después del almuerzo, Mei pensó que la catapulta ya estaba lista para ser estrenada. Había hecho algunas prácticas reduciendo la máquina al tamaño de un juguete y había calculado las trayectorias según el peso del proyectil. No esperaba acertar de lleno con el primer lanzamiento, pero confiaba en acercarse lo suficiente y usarlo para clavar la puntería en las siguientes ocasiones.

Se había acercado bastante gente a ver lo que pasaba, entre ellos, miembros del gabinete de crisis como el padre de Albus, el de Scorpius… También estaba su madre, Whelan y Seren y los chicos. Mei le había pedido a Scorpius que le preparara la munición, pues sus transformaciones eran lo bastante completas como para atravesar las barreras mágicas, y éste había convertido unas cuantas piedrecitas del suelo en una docena de bolas de hierro de medio metro de diámetro, todas del mismo tamaño y peso exacto.

Ella misma hizo levitar la bola de hierro hasta su sitio y luego, tras lanzar un hechizo para medir la velocidad del viento que había aprendido el día anterior –todos los fabricantes de escobas lo conocían y muchos habían sido amigos de su padre-, le dio a la manivela para tensar un poco más la cuerda.

-¿Estás lista? –preguntó su madre.

-Sí.

-Cuando quieras –dijo el jefe Potter.

Y Mei cortó la cuerda. La bola de hierro salió disparada a una velocidad asombrosa, dibujando una parábola en el aire. Unos segundos después, caía con estrépito en el suelo, a apenas un par de metros de la parte externa del campamento de los Parásitos. Hubo algunas exclamaciones de éxito, pero Mei no perdió el tiempo; movió la catapulta medio metro hacia atrás, volvió a cargarla con el proyectil y lo lanzó hacia su objetivo. La bola de hierro cayó a plomo en una de las tiendas.

Los Parásitos ya habían empezado a alarmarse con el primer impacto y Mei sabía que no tardarían en buscar medidas, aunque no imaginara cuáles. Pero ella continuó cargando la catapulta, moviéndola ligeramente de un lado a otro para ir variando de objetivo, porque sabía que en cuanto había caído la primera piedra un grupo de magos de Hogwarts había salido por la puerta de los terrenos del castillo, tratando de poder irse en busca de alimentos.

-¡Cuidado! –exclamó alguien.

Mei buscó la razón de aquella advertencia y vio con alarma que una bola de hierro se dirigía ahora hacia ellos a toda velocidad. Antes de que pudiera asustarse de verdad y quizás salir corriendo, Harry Potter lanzó un hechizo contra la bola y la hizo desaparecer. Después le hizo una seña a ella para que esperara y así lo hicieron. No llegaron más bolas de hierro. Al cabo de medio minuto, el señor Potter le dijo que volviera a hacer un lanzamiento. Mei preparó el proyectil y lo disparó hacia los Parásitos; la bola regresó al momento hacia ellos y el padre de Albus la hizo desaparecer como antes.

-No sé qué hechizo están usando, pero creo que utilizan el impulso de la catapulta contra nosotros. –Miró a Branstone, una auror que volaba con su escoba unos metros por encima de ellos-. ¿Cómo van las cosas en la puerta?

La auror hizo un gesto de duda la cabeza.

-El elfo lo ha conseguido por los pelos, pero lo de salir nosotros… No.

El padre de Albus pareció maldecir por lo bajo y después hizo aparecer su escoba y salió volando hacia allí. Mei miró a su madre, un poco perdida.

-¿Vuelvo a disparar?

-No, espérate.

¿Iban a anular el ataque? Mei comprendió que era lo más probable cuando atisbó a la gárgola entrando de nuevo al colegio, posándose en uno de los tejados. El señor Malfoy también hizo aparecer su escoba y se elevó unos cuantos metros, mirando hacia la puerta.

-No han podido pasar.

-¿Y los Parásitos? –preguntó su madre.

-No, no, hemos cerrado antes de que pudieran entrar.

Mei hizo un gesto de impotencia con las manos.

-Entonces, ¿ya está? ¿No usamos más la catapulta?

-Bueno, ahora mismo no parece que vaya a solucionarnos nada –dijo el señor Malfoy, descendiendo; aún miraba hacia la puerta con expresión agria-. Pero ya hemos visto que funcionar, funciona. Nos será útil antes o después.


Blaise abandonó la puerta de no muy buen humor. Había estado en el rifirrafe y había visto cómo los Parásitos obligaban a retroceder al grupito liderado por Finnigan. Desde luego, podría haber sido peor; los Parásitos podrían haber matado a alguien o podrían haber atravesado la puerta cuando aún estaba abierta, pero aun así, constatar lo atrapados que estaban era un trago desagradable.

Antes de volver al castillo para contárselo a Arcadia y enterarse también de si había más planes en marcha, Blaise pasó por la tienda de campaña en la que estaban alojada Daphne y sus padres; los Nott estaban en la tienda de al lado, pero en ese momento se encontraban todos juntos.

-Blaise –dijo Daphne, al verlo entrar; parecía haber envejecido veinte años en los últimos días, pero lo mismo podía decirse de casi todo el mundo-. ¿Ha habido suerte?

-No –confesó, sin querer engañarla con palabras suaves-. No mucha.

Daphne apretó los labios con decepción, pero fue el señor Nott el que habló primero.

-¡Tendríamos que haber atacado todos de golpe!

Blaise no se molestó en discutir; lo que proponía el padre de Theo habría conducido a una masacre para ellos, no para los Parásitos, justo lo que Potter y los demás intentaban evitar, al menos de momento. Por otro lado, si no conseguían pronto vencer con maña, no tendrían más remedio que apostarlo todo a la fuerza.

-¿Cómo está Arcadia? –preguntó la abuela de Theo.

-Está mejor desde que pudimos rescatar a su sobrino, pero… bueno, ya se puede imaginar.

Él también estaba angustiado por la situación, por supuesto; después de pasar cuarenta años preocupándose solo por sí mismo, ahora le costaba dormir preguntándose qué pasaría con Arcadia. Era horrible sentirse así, casi como si fuera una debilidad, pero irónicamente a la vez tenía la impresión de que sería capaz de hacer cualquier cosa por mantenerla a salvo. Una impresión engañosa, desgraciadamente. Todo el amor y la determinación del mundo no habían podido proteger a Theo y a Gabriel.


Después de un par de días sin incidentes realmente graves, Minerva decidió que había llegado el momento de reanudar las clases. Primero habló con el gabinete de crisis y luego reunió a sus profesores. Algunos se quedaron sorprendidos al escuchar sus intenciones, pero ella estaba segura de que era lo que tenían que hacer.

-Aunque es cierto que los alumnos más mayores pueden ser de ayuda, lo único que vamos a conseguir si no reanudamos las clases es que los niños de los primeros cursos acaben metiéndose en líos. ¿Qué otra cosa van a estar haciendo si no? ¿Molestar a sus padres? Tenerlos en clase es una manera de asegurarnos de que no hacen ninguna tontería.

-Pero Minerva, con todos mis respetos, estamos en mitad de un asedio –dijo Vector.

-Me he dado cuenta, querida. Pero ¿en qué mejora la situación si los alumnos están vagando libremente por los terrenos y el castillo? –Tal y como esperaba, Septima no pudo contestarle. Los profesores no estaban objetando porque tuvieran razón, sino porque la situación les daba miedo, les parecía extrema. Y quizás precisamente por eso había que seguir con las clases-. Seamos un poco imaginativos con el programa, ¿de acuerdo? En Defensa pueden y deben aprender el hechizo burbuja que nos recomendaron los de la BIM y creo que habría que hacer un especial hincapié en el Diffindo y el Episkeyo. En Pociones, pongamos a los alumnos a elaborar pociones según su habilidad, a fregar calderos, a preparar ingredientes si es posible. En Herbología, que cuiden de los huertos. En Encantamientos pueden preparar trampas para los Parásitos. Hay muchas cosas que pueden hacer relacionadas con las asignaturas.

Casi todos los profesores parecían estar encontrándole ya el lado positivo al asunto.

-Sí, es mejor tenerlos controlados y entretenidos –dijo Carlota.

-Pero pueden atacarnos en cualquier momento –dijo el profesor de Astronomía.

-No son los alumnos los que tienen que defendernos –replicó Minerva-. Sé que vamos a sufrir interrupciones de vez en cuando, que los alumnos van a estar poco concentrados… Pero abandonar las clases por completo también es una forma de rendirse.

En su opinión, no sólo los alumnos de Hogwarts debían reanudar las clases. Había al menos dos docenas de chicos y chicas que estudiaban en casa, con tutores, y Minerva quería que se incorporaran al curso que les correspondía. Y además estaban los niños menores de once años, incluidos aquellos que habían tenido que llevarse de un mundo muggle que ya no podía percibirlos. Obviamente los profesores de Hogwarts no podían encargarse de ellos, ya estaban hasta arriba de faena, pero había estado preguntando aquí y allá y había conseguido que unos cuantos magos y brujas se ofrecieran a darles clases de inglés, matemáticas, geografía… Las cosas que solían aprender a esa edad ya fuera en sus casas o, en el caso de los sangremuggles, en sus escuelas de primaria.

Pero también quería preparar una cosa más y se fue a buscar a Seren Carmichael. Se la encontró en el césped, cerca de la entrada al castillo; Mei y Yelka estaban con ella.

-Tengo que hablar con usted, señorita Carmichael. Sólo será un momento.

La niña –que en realidad era ya una mujer joven de dieciocho años-, se levantó con expresión curiosa y las dos se alejaron unos metros.

-¿Va todo bien, profesora?

-Dadas las circunstancias… Pero mañana vamos a reanudar las clases y me gustaría saber cómo va la función que han estado preparando este curso.

Seren no ocultó su asombro.

-¿Lo dice en serio?

-Es importante mantener la normalidad en todo lo posible.

La muchacha seguía mirándola como si no estuviera segura de que aquello no fuera una broma.

-No sé, profesora, si es lo que quiere… Pero después de lo que ha pasado, me parece que la gente no va a tener muchas ganas de continuar con la función. Yo desde luego no tengo.

No era difícil entenderla, por supuesto. El golpe había sido durísimo para todos, pero precisamente por eso, algo como la función de los chavales podía ser de una importancia vital.

-Recuerdas la II Guerra Mundial de las clases de Estudios Muggles, ¿verdad?

-¿La de los nezis? –dijo, dubitativa.

-Nazis. Pero sí, esa. Yo tenía unos cinco años cuando empezó y vivía en el mundo muggle. Por supuesto yo era demasiado pequeña para darme cuenta realmente de las cosas, pero aun así el miedo y la preocupación se palpaban en el ambiente. Y sin embargo, ¿sabes qué es lo que más recuerdo de aquella época? –Seren negó con la cabeza-. Los pequeños espectáculos de variedades a los que me llevaba mi madre de vez en cuando. No eran gran cosa: alguna niña del pueblo tocaba el piano, otros interpretaban alguna escena cómica en la que ridiculizaban a Hitler, alguien declamaba algún monólogo de Shakespeare… Incluso recuerdo marionetas, alguna que otra vez. Esos momentos eran importantes para todos, nos hacían reír, nos conmovían, nos ayudaban a recordar que en la vida existían otras cosas, aparte de la guerra. Creo que estamos en una situación parecida y que una función como la que estabais preparando será buena para la moral.

Seren se quedó pensativa unos segundos.

-Como… ¿el espectáculo debe continuar?

Minerva sonrió.

-Sí, exacto.

-Pero hay actores y músicos profesionales entre los refugiados –señaló Seren-. ¿No lo harán mejor que nosotros?

-Bueno, ellos pueden preparar algo también, ¿por qué no? Pero ahora me gustaría que retomarais los ensayos y que lo tuvierais listo para final de curso, ¿de acuerdo?

Seren asintió.

-De acuerdo, hablaré con los demás, a ver qué podemos hacer.

Minerva sabía que Seren conseguiría convencer al menos a unos cuantos; eso era todo lo que quería.


Albus se había quedado estupefacto cuando se había enterado de que McGonagall pensaba reanudar las clases; incluso se había planteado que la directora se hubiera vuelto realmente loca, porque ¿a quién se le ocurría en esas circunstancias? Y no eran sólo los Parásitos; ni siquiera había superado aún que su familia hubiera quedado reducida a la mitad. Pensar que su madre podía estar agonizando como lo había hecho Scorpius… Y eso si no había muerto ya. ¿A quién le importaban los deberes, los puntos, cuando todo lo que quería era salir por la puerta principal de Hogwarts y convertir el campamento de esos asesinos en un océano de sangre y cuerpos degollados? No había tenido una sola noche de auténtico descanso desde el ataque del Desmaius y si había conseguido dormir un poco había sido sólo porque Scorpius se había estado colando en Gryffindor para hacerle compañía en esas horas de oscuridad.

Su padre no quiso atender a razones y le dijo que debía continuar sus estudios, como los demás. Scorpius, que era mayor de edad, aceptó seguir yendo a clase sólo por él, para hacerle compañía, pues también pensaba que lo que tenían que hacer era concentrar sus esfuerzos contra los Parásitos. Pero cuando descubrieron que las clases, en cierto modo, estaban encaminadas precisamente a ese propósito dejaron de estar tan disgustados. Al menos hacían cosas prácticas, que valían la pena.

De todos modos, por mucho que hubieran vuelto a las clases, la rutina en Hogwarts había cambiado muchísimo. Además de compartir las horas de las comidas con los refugiados, unas comidas mucho más austeras de lo habitual, ya no se respetaba el toque de queda después de cenar. Muchos alumnos ya no dormían en sus dormitorios, sino en las tiendas de campaña, con lo que quedara de sus familias. Y había que admitirlo, les ponían muy pocos deberes que no tuvieran relación con todo lo que estaba pasando.

Prácticamente todos los días había algún momento de alarma cuando los Parásitos intentaban algo. Un día sobrevolaron el castillo por encima de las protecciones y les dispararon desde sus escobas, llegando a matar a un par de personas y a herir a otras dos antes de que todos pudieran reaccionar, lanzarse un Murificatio y contraatacar. Otro día intentaron de nuevo el ataque con aviones, pero tuvieron tan poco éxito como la primera vez. Casi siempre estaban probando hechizos nuevos contra las barreras, experimentos que en ocasiones les costaban la vida y que desde luego nunca hacían mella en las defensas. No era sólo McGonagall la que había usado todo su ingenio para volver Hogwarts inexpugnable, también lo habían hecho expertos como tío Bill y los de la CIM y sangrepuras que conocían hechizos prácticamente olvidados.

El mayor problema seguía siendo la comida. Albus se enteraba de algunas cosas cuando escuchaba hablar a su padre con sus tíos o con Draco y sabía que la cosa pronto empezaría a ponerse fea. De momento no podía decirse que estuvieran pasando hambre, aunque era triste ver las raciones tan medidas que aparecían en los platos y recordar las enormes fuentes de comida, las montañas de muslos de pollo, de costillas, de pasteles, de fruta. Y todo el mundo había sido advertido de que cualquiera que intentara robar comida sería severamente castigado. Albus no tenía ni idea de cuál podría ser ese castigo y le daba la sensación de que su padre y los demás aún no lo habían decidido tampoco, pero temía que antes o después tendrían que hacerlo.

A veces se acercaban a la zona en la que habían construido los cercos para el ganado. Les había dado tiempo quizás a meter en Hogwarts unas doscientas vacas, pero en sólo un par de semanas su número había bajado sensiblemente. Cerdos y pollos habían seguido la misma suerte, aunque los pavos supervivientes de Malfoy manor aún estaban por allí, igual que los caballos alados.

Tampoco había muchas frutas y verduras frescas, aunque Albus había oído decir que todavía tenían bastantes conservas. Pero no recordaba que disponían de un as en la manga todavía hasta que vio a su hermana en la huerta, junto a la cabaña de tío Charlie; cantaba en voz baja, con los ojos cerrados, y al ritmo de su canción las semillas recién plantadas germinaban y crecían. En cierta manera, era una de las cosas más mágicas que Albus había visto nunca.

-La pena es que aún tengo que ir mata por mata –dijo ella-. Sería genial poder cantarla una vez y hacer crecer todos los cultivos del huerto.

-Sí, y aún sería más genial cantar una canción y cargarnos a todos los Parásitos –replicó James, pasándole el brazo por los hombros-. Lo que estás haciendo es increíble.

Albus asintió para reforzar las palabras de su hermano y ella sonrió un poco; se notaba que estaba contenta de estar ayudando. Además, era algo que sólo Lily podía hacer, pues aunque entre los refugiados había un par de magos capaces de usar las Canciones, dominaban otras estrofas. Sin embargo, Albus sabía que al final ni siquiera el don de su hermana supondría ninguna diferencia. Eran seis mil personas allí atrapadas. Si no encontraban la manera de burlar el asedio, no sobrevivirían.


Harry sabía que en el Bosque Prohibido no había sólo criaturas mágicas; uno podía encontrarse por allí ciervos, conejos, faisanes, perdices… Dejar que los refugiados fueran allí a cazar libremente habría sido una locura, sin embargo; no sólo era peligroso, sino que también se corría el riesgo de toparse con los centauros y cabrearlos, lo último que necesitaban. Sin embargo, sí que organizaron alguna partida de caza sin alejarse demasiado del castillo; difícilmente podían conseguir piezas suficientes para alimentar a todo el mundo, pero un par de faisanes era mejor que nada. Harry siempre formaba parte de esas incursiones, no sólo porque tenía experiencia con los centauros, sino también porque el hecho de llevar algo de comida al colegio le hacía sentirse un poco mejor.

Llevaban ya casi un mes de asedio, ya a mediados de junio, cuando en medio de una de esas partidas de caza se encontraron con un grupo de centauros entre los que se encontraba Dione. Los centauros llevaban consigo un par de ciervos recién cazados y, más sorprendente aún, tres Parásitos maniatados, semidesnudos y con señales de haber recibido unos cuantos golpes.

-Hola, Dione –saludó Harry, contento de verla, pero un poco desconcertado por la situación-. Que la hierba crezca siempre verde bajo tus pies.

-Hola, Harry… Hemos visto que los Parásitos han rodeado Hogwarts. Os hemos traído a estos tres, si los queréis. Estaban por el Bosque, armando demasiado escándalo.

Harry asintió y le hizo una señal a Charlie y a Bill, que estaban con él, para que fueran a por los prisioneros.

-Os lo agradecemos.

Ella asintió también; su semblante, sin embargo, era muy serio.

-El Bosque no puede dar de comer a toda la gente que tenéis ahora mismo en Hogwarts. Os hemos traído un par de ciervos como muestra de buena voluntad, pero estas partidas de caza deben terminar. El Bosque es nuestro territorio y nosotros también necesitamos la comida.

A los centauros les gustaba pensar así, pero eso no significaba que fuera cierto. Sin embargo, discutir abiertamente no solucionaría nada en ese momento; probablemente sólo lo empeoraría. Y en el fondo, los centauros podían hacer algo por ellos mucho más importante y decisivo que dejarles cazar en el bosque.

-La comida dejaría de ser un problema si pudiéramos romper el asedio. ¿Podemos contar con vuestra ayuda?

-Quizás, si nos presentáis un plan sensato y hasta entonces os mantenéis alejados del Bosque. –Hizo una mueca un poco cruel-. De momento ya os hemos librado de algunos; no creas que estos son los únicos que nos hemos encontrado.

-¿Muchos?

-Nosotros nos hemos ocupado de una docena o así, pero hay un par de kelpies que se han comido a alguno que otro y también encontramos hace unos días el cadáver de uno de esos bípedos con señales de numerosas mordeduras de doxys. Muchas mordeduras. Está claro que murió envenenado, pero pensamos que las doxys lo atacaron de manera especialmente virulenta.

Bill se acercó discretamente a Harry para hablarle al oído.

-Pregúntale si cree que podría tratarse de un mago artificial.

Harry lo hizo y Dione, tras intercambiar una mirada con los otros centauros, asintió.

-Sí, es posible. La verdad es que nunca hemos visto a nadie con tantas mordeduras.

Quizás a las doxys y a otras criaturas mágicas les sucedía como a Draco y otros cuantos magos, que no sólo percibían la magia robada sino que además les resultaba casi insoportable; eso podría haber vuelto a las doxys más agresivas de lo normal. Bueno era saberlo, quizás más adelante podían sacarle partido.

Los centauros aceptaron al menos dejarles ir al Bosque a por ingredientes para pociones y finalmente la partida de caza regresó a Hogwarts con sus prisioneros y los dos ciervos. De los tres prisioneros, uno de ellos, de raza negra, estaba claramente roto; los otros dos, uno blanco y otro negro, aguantaban mejor el tipo. Ni Harry ni los otros integrantes de la partida de caza reconocieron a ninguno de los tres, así que debían ser antiguos muggles o extranjeros. El primero sollozaba al caminar, suplicando entre gemidos que le dejaran irse y Bill le amenazó con arrancarle la lengua si no se callaba.

Cuando llegaron al castillo algunos refugiados se acercaron rápidamente a ellos, queriendo saber qué había pasado, pero también tenían noticias que ofrecer y por desgracia no eran muy buenas. Uno de los refugiados, un sangremuggle que había perdido a su mujer y a su hijo a manos de los Parásitos, se había suicidado cortándose las venas. Harry no lo conocía de nada, pero le sentó muy mal, por aquel pobre hombre y también por el resto de refugiados; esa muerte había hecho descender unos ánimos que nunca habían estado muy altos desde que todo aquello había empezado.

La presencia de los tres prisioneros no ayudó a calmar las cosa, más bien todo lo contrario. Muchos pensaban que lo mejor que podían hacer era sonsacarles todo lo que pudieran y matarlos después, a ser posible muy lentamente; nada de malgastar alimentos con ellos. Y la hostilidad se hizo mayor cuando Draco y otros con su misma habilidad confirmaron que sólo uno de ellos era mago de verdad, el que resultó ser senegalés; los otros dos tenían magia robada. Harry sabía que con el interrogatorio no conseguirían gran cosa –los tres tenían los hechizos de costumbre-, pero desde luego no estaba dispuesto a entregárselos a la gente para que fueran linchados.

-No podemos volvernos tan brutales y asesinos como ellos –les dijo a los que estaban pidiendo sus cabezas-. Y además nos pueden ser útiles como rehenes.

No fue demasiado difícil convencerlos de que se olvidaran de los linchamientos, pero a Harry le preocupaba mucho más lo que había pasado con el pobre hombre que se había suicidado. Teddy se sentía muy mal por no haberlo visto venir. Había algunos psicomagos más entre los refugiados, pero eran expertos en daños causados por maldiciones, por abusos de magia negra; Teddy era el único en Hogwarts que estaba especializado en ayudar a gente cuyos problemas no tenían un origen mágico.

-¿Cómo ibas a saberlo? –dijo Harry, que en el fondo también se sentía un poco culpable.

-Es lo que se supone que debo saber –replicó Teddy, disgustado-. Sabía que estaba muy mal, ¿crees que no había hablado con él? Pero… no pensaba que fuera a hacer algo así.

Hermione, que estaba con ellos, le dio unas palmaditas en la mano.

-Tenemos que tener más cuidado, no sea que se produzca una reacción en cadena.

-¿Crees que puede pasar? –preguntó Harry, inquieto.

-A veces sucede. O sea, en el mundo muggle casi nunca hablan de suicidios y es por eso. –Meneó ligeramente la cabeza-. Todos sabemos que la situación es bastante desesperada. Estamos aquí atrapados… y cada vez hay más Parásitos ahí fuera.

Eso era cierto y lo malo no era sólo que eso significaba que tenían más enemigos contra los que luchar; el problema era que cada vez que aparecían Parásitos nuevos todos los de Hogwarts sabían que había sido a costa de la gente que habían secuestrado con el Desmaius. Era como un recordatorio diario de que estaban matando a sus padres, a sus hijos, a sus cónyuges, a sus hermanos. Harry se preguntaba a menudo si todos los Weasley secuestrados habrían muerto ya; también si ya habrían asesinado a Kingsley, a Chloe, a Cavan Broderick, a Marcus Belby, a Hannah…

Resultaba deprimente y doloroso; la escasez creciente de alimentos preocupaba a todo el mundo; los ataques casi diarios de los Parásitos, aunque no muy efectivos, provocaban que todos tuvieran los nervios a flor de piel. Limitarse a resistir no tenía mucho sentido si no iban a llegar refuerzos. Las cosas en Azkaban y la Jaula no estaban mucho mejor, más bien al contrario. Harry tenía la sensación de que los planes que se le pasaban por la cabeza eran cada vez más desesperados.

Y fue entonces cuando una mañana, ya cerca de la hora del almuerzo, un elfo de Hogwarts se apareció ante él retorciéndose nerviosamente las manos.

-¡El señor Harry Potter debe ir al campo de quidditch! ¡Nosotros los elfos estamos notando una magia extraña!

Harry, que estaba con Neville a las afueras de los invernaderos, activó el hechizo-alarma, hizo aparecer su escoba y salió volando hacia allí con la varita en mano. Otros le siguieron, también sobre sus escobas. En el campo, Winkie señalaba con el dedo uno de los vestuarios.

-¡Allí, señor Harry Potter! ¡Viene de allí! ¡Winkie está lista para ayudar y defender Hogwarts!

Mientras los otros magos se desplegaban tras él, ocupando posiciones para desintegrar cualquier cosa que pudiera salir del vestuario, Harry lanzó un hechizo sobre la puerta que le permitiría ver a través de ella sin que desde dentro notaran nada raro.

-No ataquéis –dijo, confundido, levantando una mano-. Estad preparados, pero no lancéis ningún hechizo hasta que yo lo diga.

Harry abrió la puerta. Al otro lado, les esperaban media docena de goblins quitándose la tierra de encima, saliendo de un túnel de buen tamaño.

-Hemos venido a recoger a Yelka –dijo uno de ellos, impertérrito.

Harry miró el túnel, miró a sus amigos, miró a los goblins y sonrió.