Disclaimer: Ni Monster Musume ni ninguno de sus personajes, conceptos o locaciones predeterminados me pertenecen. Lo único mío son el argumento y personajes originales de esta historia, escrita como un simple pasatiempo sin fines de lucro.


Fueros

Un giro maestro hacia la izquierda permitió al Mini Cooper Cabriolet encajar justo en uno de los estacionamientos más cómodos del patio anterior, bajo la sombra de frondosos árboles que lo protegerían de los últimos calores del verano. Nada más apagar el motor, Eddie Maxon se quitó su cinturón de seguridad antes de hacer lo propio con el de su amada Pachylene, quien le agradeció con un beso largo y profundo en plenos labios.

-El Hostal Mikawaya luce tal y como lo recordaba -dijo la arpía tras descender del vehículo y estirar sus alas-. Y el aire puro del campo es un bálsamo, tal como hace un año, para nuestros inquietos espíritus.

-Nunca mejor dicho, dulzura de mi vida -el canadiense cerró el maletero una vez sacó las maletas-. Ojalá podamos encontrar una habitación libre, especialmente porque venimos sin aviso y no es precisamente temporada baja.

-Hay que ser optimistas, amor. Si el viaje en vehículo hasta acá fue una delicia, nada indica que nuestra misión en estos amplios faldeos vaya a apartarse de eso.

La rapaz le sonrió con ternura, contagiándolo de su eterno optimismo y buena disposición. Eddie nunca se resistía a tales gestos y volvió a besarla, esta vez acompañando su movimiento con un caluroso abrazo. Luego de asegurar que nada se les quedara en el auto y echarle la alarma, caminaron lentamente por el océano de grava hasta la entrada del hostal.

Era 15 de septiembre, un viernes perfecto para empaparse con la esencia del campo. El lunes de aquella semana Maxon habló con Shinya y le pidió un día libre con la (verídica) excusa de ir a sondear lugares para sus futuras nupcias. Su amigo aceptó de inmediato; por contrato todos los empleados de Nakashima tenían derecho en cada año calendario a seis días denominados "administrativos" con goce de sueldo para realizar los trámites que estimaran convenientes. En su uso solo existían dos limitaciones. Una, no podían solicitarse en semanas consecutivas, a menos que se tratara de un asunto de fuerza mayor como hospitalizaciones o decesos de familiares (aquí también se aplicaban tres días libres pagados extra). Dos, los permisos sin usar al final del año no se traspasaban al siguiente.

El agradable aire acondicionado de la recepción dio la bienvenida a humano y arpía. A diferencia de su primera visita a Okutama, ahora notaron algunos huéspedes adicionales moviéndose por ahí, así como algunos empleados acarreando maletas o tomando órdenes de desayuno. Era un grupo que ascendía en total a 18 personas, entre las que se contaban seis liminales, todas de sangre caliente y tan jóvenes como ambos. Pachylene ganó de Eddie con una mirada el derecho a tocar la campanilla del mostrador.

-¡Pero qué enorme sorpresa! -la mismísima señora Mikawa, dueña y señora del hostal, los atendió-. Me acuerdo perfectamente de ustedes, parejita, y no lo digo solo por esa noche que pasaron fuera sin avisarme. ¿Cómo han estado?

-De lo más bien, gracias -retrucó la pelirroja-. ¿Y usted?

-Con bastante más gente, como pueden ver, pero igualmente feliz de seguir con mi negocio a flote -suspiró la otra fémina-. ¿Necesitan una habitación doble?

-Si nos da la misma de la vez anterior nos consideraremos plenamente satisfechos -atajó el canadiense-. Le tenemos un cariño especial.

-Entiendo muy bien por qué, corazón -le guiñó el ojo-. Déjenme revisar el registro... ¡Ah! La habitación número cinco está casualmente libre, aunque deberán esperar un ratito porque están aseándola. Sólo lo mejor para mis estimados clientes, por supuesto.

-La tomamos. ¿En cuánto rato estará lista?

-De aquí a las 9:30 será toda suya. A todo esto, llegaron mucho más temprano, ¿eh? Son recién las ocho.

-No hubo tanta diferencia con el viaje anterior, señora Mikawa -ahora le tocó a Pachylene-. Lo que sí, vinimos en automóvil. ¿La estadía incluye el estacionamiento?

-Por supuesto, querida. Lo mismo aplica a las tres comidas diarias, sea que deseen tomarlas en nuestro comedor o en la intimidad de su cuarto. ¿Cuánto tiempo se van a quedar?

-Sólo tres días y dos noches. El lunes debemos estar de vuelta en Tokio porque Eddie debe ponerse al día con las muchas demandas de su trabajo y yo le ayudaré en todo.

-Ah, ya veo. Están aquí nuevamente para desintoxicarse.

-No aprovechar un oasis de calma a solo 110 kilómetros de la capital, señora Mikawa, sería un crimen atroz -elucubró el chico poéticamente-. Si no le molesta, pagaremos la estadía por adelantado.

-Faltaba más, chico. Cuando se trata de buenos parroquianos como ustedes, todas las atenciones son apropiadas.

La dueña facilitó a Maxon un bolígrafo negro para que firmase el registro y dejase la garantía de 20 mil yenes que les sería devuelta cuando desocuparan la habitación el domingo por la mañana. Una vez procesado el papeleo y el correspondiente pago en el sistema electrónico les hizo entrega de su llave.

-¿Podemos pedirle un favor más, señora Mikawa? -preguntó Eddie.

-Todo lo que ustedes quieran.

-Ahora mismo Pachylene y yo saldremos a atender un asunto importante cerca del pueblo. ¿Sería mucho si alguno de sus botones llevara nuestras cosas a la habitación nada más terminen de limpiarla? -el canadiense sacó dos billetes de mil yenes de su bolsillo-. Esto quedará como propina.

-Considéralo hecho, corazón -ella tocó la campana una vez dejó las maletas en el cuarto de custodia-. ¡Iris!

En el acto apareció una ogro algo más baja que Tionishia, de cabellera verde brillante y piel sorpresivamente blanca. Sus ojos eran morados y llevaba un uniforme muy apropiado para el puesto, caracterizado por una camisa burdeo, corbata de humita blanca, pantalones negros y zapatos ídem.

-¿Llamó usted, señora Mikawa?

-Apenas Iguchi termine con la habitación cinco llevarás estas maletas allá y las dejarás junto a los armarios, además de asegurar que las puertas dando al patio interior estén bien cerradas -le tendió los dos mil yenes-. Nuestros huéspedes cuentan con tu servicio.

-Así se hará, jefa -miró a los prometidos e hizo una profunda reverencia tras guardar a buen recaudo el dinero.

-Esto está arreglado, entonces -sonrió la rapaz-. ¡Vamos, Eddie, que el día es largo y podemos sacarle partido de mil formas distintas!

Despidiéndose cariñosamente de la señora Mikawa, la pelirroja llevó a su novio de vuelta al patio de gravilla antes de tomar algo de altura y dejar que él se colgara, luego de colocarse unos gruesos guantes de tela deportiva, de sus imponentes garras. Emprendieron el vuelo en dirección al Monte Kawanori, el viento golpeando suavemente sus rostros y el sol bañándolos de calor mientras ascendían poco a poco. Contemplaron desde el cielo los serpenteantes cursos del río Tama y su afluente cuyo nombre aún desconocían. Observaron los automóviles, buses y camiones circulando por la carretera de Nippara desde y hacia el pueblo, cuyas casas al estilo tradicional parecían pequeños bloques de Lego en un océano de verde con venas terrosas. Más allá, hacia el salvajismo de lo desconocido, nacían los bosques eternos que recorrieran en compañía de Talirindë, su gran amiga lamia.

La atmósfera estaba limpia, colorida y perfecta. Tal como a ambos les gustaba.

-¡Ah, esto sí que es vida! -exclamó la chica monstruo, llenando hasta hartarse sus pulmones del limpio aire rural-. ¿Cómo lo llevas ahí abajo, cariño?

-Estoy de lo más bien -replicó el humano-. La vista es magnífica desde aquí y me siento, si he de decirlo, realmente privilegiado de poder mirar el mundo como tú lo haces.

-Ya era hora de poder saldar esta deuda de larga data, Eddie. Tokio será nuestro hogar y estará lleno de cosas fascinantes, pero si hay algo que no permite es poder surcar los cielos con esta inspiración. ¡Mira la belleza, calma y vida creciendo hasta donde podemos apreciar! Es como si estuviésemos metidos en un crisol de emociones, las mismas que compartir contigo detona en mi interior.

-Me honras con tus palabras, querida. De verdad me honras -la voz de Maxon tenía un toque de marcada emoción-. Si no fuera porque comprometería seriamente nuestra estabilidad aquí arriba, me las arreglaría para llevar a cabo una cabriola circense y darte otro gran beso -pausó-. ¡Anda, acabo de ver la curva con la barrera ahí abajo! Eso significa que no falta mucho para desviarnos hacia el monte.

-Entendido y anotado.

Agitando sus majestuosas alas a plena potencia, Pachylene se inclinó hacia la derecha para virar nada más su vista de rapaz detectó los árboles en arco denotando el inicio del "sendero más complicado del sector", como Tali lo llamara el día anterior a su excursión. Descendieron un poco a fin de estar más cerca de todo, sintiendo cómo poco a poco los aromas de ese auténtico microcosmos compuesto por animales, plantas y un millar de pequeños arroyos y cascadas daba la bienvenida a sus narices con atractivas ofertas. Se permitieron cerrar los ojos por cinco a diez segundos antes de reanudar su conversación.

-Pasando a lo que nos ha traído aquí, querido, incluso ahora me cuesta creer que hayamos fallado tantos tiros -dijo ella.

-Y eso que buenos disparos no nos faltaron durante las últimas semanas -replicó él-. ¿A cuántos lugares habremos llamado para reservar sitio para nuestra boda?

-Al menos quince o veinte y en todos recibimos la misma respuesta -suspiró la extraespecie-. Y así algunos pundits dicen que el matrimonio está en crisis en nuestra sociedad...

Luego de su planificación inicial aquel 15 de agosto, la pareja se puso en campaña de inmediato a fin de asegurar el elemento basal de la ceremonia: un local apto para recibir a sus invitados. Llamaron primero a Cristea, aquel templo católico en la costa de Okinawa, y se quedaron perplejos cuando la dependienta les dijo con no poca resignación que antes del 2020 (!) no tenían plazas libres.

-¿Esperar hasta el 2020? -cuestionó entonces un desconcertado Eddie-. ¿Está realmente segura o me está tomando el pelo?

-No tengo razón alguna para mentirle, señor Maxon, y mucho menos con algo tan significativo como una boda -retrucó la mujer con un profundo suspiro-. Estamos hasta las cejas de trabajo aquí en la iglesia y las reservaciones para el resto del 2018 y todo el 2019 se agotaron hará unos cuatro o cinco meses. Cada día tenemos que rechazar al menos a diez o quince personas que nos han preguntado lo mismo que usted.

-¿Y si alguna de estas parejas se viese forzada a cancelar su reserva por cualquier razón? Supongo que tendrán alguna lista de espera.

-La tenemos, pero incluso ahí hay unas cien entradas antes que la suya, siempre y cuando desee tomarla.

-Creo que no. Es demasiado tiempo -ahora suspiró él-. Gracias de todas formas, señorita.

-De verdad lo lamento, señor. Suerte con otros locales -cortó ella.

Idéntica suerte corrieron con otros templos religiosos dentro de Tokio; algunos incluso no ofrecían nada hasta marzo del 2021. Yuka Tomashino, colega del canadiense, apeló a sus contactos y conocimiento del entorno hotelero para buscar varios salones de buen nivel dentro de la capital. Si bien incluían el servicio completo e incluso la contratación del oficial civil, el precio de 55 mil yenes por persona saltaba hacia lo prohibitivo. Una posterior visita a Annika, quien tenía acciones de la cadena Hilton, tampoco arrojó resultados muy favorables. "Moví un par de fichas y por menos de 40 mil yenes no lo hacen, amigos míos", les explicó entonces la Kobold, dejando caer sus peludas orejas rubias en evidente decepción. Igual agradecieron de corazón su buena voluntad y acordaron continuar en su plan de no endeudarse para poner todo el proceso en marcha.

Una de sus juntas con Zynda para conversar y beber algo de sidra asturiana los puso en la pista de otro buen lugar: los Jardines de Roppongi Hills tenían fama de ser perfectos para la ocasión e incluso se las arreglaban para abstraerse de la reputación cuestionable del resto del distrito, conocido por locales y extranjeros como el "barrio rojo" de la capital, repleto de clubes y bares donde las escorts y los vendedores de licores fuertes se forraban cada noche a costa de clientes nihilistas, desesperados o derechamente ingenuos. Esta vez fue Pachy quien llamó al número que les entregara San Google... y le fue tan mal como a su amado Eddie.

-Déjeme ver si entendí -dijo ella entonces al hombre que le contestó-: ¿tiene disponibilidad para la boda de dos figuras de la farándula que van a traer 550 invitados... y para nosotros no? ¡Si como mucho vamos a tener a 30 personas!

-El número de invitados no es factor, señorita Pachylene. Es solo que en la fecha que me pidieron no tenemos ni un metro cuadrado libre. La ceremonia a la que usted refiere durará dos días completos y de ahí a dejar todo presentable para las diez bodas que vendrán en los siguientes siete días...

-¿No nos puede acomodar, aunque sea? Podemos pagarle algo por adelantado si sirve de algo.

-Créame que yo soy el primero en sentirme mal por rechazar a una pareja, pero de verdad no nos sobra nada. Si me permite mirar mi calendario un momento... -tecleó frenéticamente-, tengo todos los sitios cubiertos hasta noviembre del 2019; la fecha más próxima que les puedo dar es el 6 de diciembre de tal año.

-Ni mi novio ni yo podemos esperar tanto -replicó tajante la rapaz.

-Con perdón, señorita, ¿están ustedes presionados para casarse? Digo, si es así...

-No se pase películas, ¿quiere? Si no puede ayudarme o recomendarme a alguien que esté dispuesto a atendernos adecuadamente, esta conversación carece de sentido. Gracias de todas formas -colgó.

Tal charla terminó dándole jaqueca y lo siguiente que supo fue verse en los brazos del canadiense, ambos sentados en el sillón en medio de un profundo silencio que enfrentaron con los ojos cerrados. El calor emitido por sus cuerpos mantuvo la cadena conectándolos a salvo de las zozobras de la decepción.

-La esperanza es lo último que se pierde, según dicen -habló Maxon una vez ambos regresaron al presente-. Confío plenamente en las arpías de Okutama y, digan lo que nos digan, sabremos que hablan con la verdad.

-Más allá del episodio del año pasado, aún siento una indeleble nota de orgullo por haber sido criada aquí, entre liminales de bien y que aceptan su rol en la sociedad -añadió ella, dejándose caer hacia la izquierda y bajando unos cincuenta metros con cuidado-. ¿Aterrizamos en las cataratas, Eddie, o prefieres que toquemos tierra en la meseta superior?

-La meseta estará bien, mi amor. Recordar ese pasaje secreto que recorrimos sólo con ayuda de esa linterna sorda me da escalofríos, si he de ser sincero.

Asintió la chica alada, quien remontó el vuelo para colocarse justo frente al agua precipitándose bajo ellos. La vista de la espuma rebotando en los lechos de musgo y rocas era sobrecogedora, tocando hasta la última fibra de sus almas. No pudo evitar sonreír cuando recordó ese momento en que su querido Eddie metió la mano en la gélida corriente y halló el anillo que abría la puerta secreta. Allí sintió que estaba, junto a sus grandes amigos, metida en una aventura gráfica clásica, anticipando los misterios o amenazas más allá de la luz natural.

-Prepárate, mi amor, porque ahora sí vamos a descolgarnos del cielo -avisó Pachy.

-Me soltaré a una altura prudente -devolvió Eddie-. Mis rodillas ya no son tan débiles como antes.

Dando vueltas como un avión buscando el mejor ángulo para entrar a la pista, Pachylene se dejó llevar por la fuerza de gravedad y extendió sus alas cual planeador, reduciendo su velocidad conforme calculaba la distancia justa entre el inicio del recodo donde se arrojara tras saber su verdadera naturaleza y la muralla de piedra al otro extremo. Agitó sus extremidades superiores con fuerza, aplicando el freno natural al máximo pero sin osar separar sus piernas para mantener a Eddie a salvo de una caída dolorosa.

Al quedar bajo la barrera psicológica de los cuatro metros de altura, el canadiense contó hasta tres en silencio y se descolgó, cayendo con las piernas flectadas y luego lanzándose hacia adelante en una vuelta de carnero digna de al menos un 9.5 en cualquier torneo de gimnasia. Otra persona menos ágil se habría lastimado seriamente las piernas mediante semejante maniobra, pero Edward Corbett Maxon aún conservaba el equilibrio y la potencia física obtenidos tras tantos años de jugar hockey sobre hielo y reforzados con sus continuas visitas a la pista de Annika para patinar junto a su adorada arpía.

Sonrió el muchacho al incorporarse y notar que Pachy volvió a conectarse con tierra firme unos quince pies más allá. La maniobra les salió a pedir de boca y ambos lo celebraron, oh sorpresa, con el beso antes prometido más otro largo abrazo.

-Estuviste fantástica -la felicitó él, acariciándole la barbilla con sus manos ahora desnudas-. Ninguna otra rapaz se compara contigo.

-Tú tampoco lo hiciste mal -ella sonrió y después inhaló su esencia-. ¿Sabes? Quizás podríamos tener una segunda carrera como acróbatas de élite. ¿Crees que tengan vacantes en el Cirque du Soleil?

-Con preguntar no perdemos nada, ¿no?

Ambos se permitieron una risita leve y procedieron a examinar la pared cercana. Tal como intuyeron, allí estaba la salida del pasaje secreto, cubierta con una cortina de enredaderas bastante más elaborada, sujeta a la pared mediante los mismos ganchos otrora vistos en la aldea.

-Sin duda esto es más reciente -elucubró él tras tocarlas e incluso olerlas-. Las hechuras son más finas y los cortes, bien rectos, fueron efectuados con una herramienta moderna.

-¿Notaste algo más? -ella extendió una de sus alas hacia la izquierda-. Estas piezas metálicas solo se ven cuando estamos muy cerca del muro, como ahora. Cualquiera que pasase a veinte o treinta pies de aquí ni siquiera sabría de su existencia y creería que la cortina es natural.

-Buen truco para despistar a los depredadores que seguramente aún dan vueltas por aquí -acotó Maxon mientras daban media vuelta y entraban al bosquecillo adjunto-. ¿Te imaginas si nos llegáramos a topar con uno, dulzura?

-Entonces sabrá de qué estamos hechos -retrucó Pachy, sus ojos brillando de valentía-. Y si es una de esas Arachnes peludas, más placer me dará dispensarle un justo castigo.

Tomándose del brazo, caminaron en silencio los quinientos metros separándolos del acceso sur a la comunidad. Grande y agradable fue su sorpresa al encontrar dos centinelas de turno junto a la puerta; una era de cabellera y alas rosas, mientras la otra tenía melena y plumas negro azabache. Coincidentemente eran las mismas que se llevaran el tremendo reto de la matriarca Yakutsenya el año pasado por dejar desatendida tan magna labor.

-¡Hola, chicas! -saludó la pelirroja-. Espero que no hayamos llegado en mala hora.

-¡Pachy! ¡Señor Maxon! -exclamó la pelirrosa, volando hasta ellos y abrazándolos-. ¡Cuánto gusto me da tenerlos nuevamente aquí!

-Es un placer volver a pisar tan sagrado terreno -contestó el humano, reverencia mediante-. ¿Qué tal siguen las cosas por estos rumbos?

-Nos dedicamos a lo nuestro, a vivir en paz y armonía con el medioambiente pero sin cerrar del todo las puertas a la modernidad -ahora habló la pelinegra-. ¿Desean que avise a la señora Yakutsenya de su llegada?

-Si no es mucha molestia...

-En absoluto, señor Maxon. Aquí entre nosotros, nuestras hermanas aún recuerdan con admiración y cariño su gesta del año pasado -se cuadró la centinela-. Iré a avisar a nuestra señora de inmediato.

La pelinegra emprendió vuelo en dos tiempos, dejando a los prometidos en compañía de la pelirrosa, cuyo nombre era Aude.

-Si me permiten la pregunta, ¿pasarán ustedes la noche entre nosotras? -inquirió la otra liminal.

-Oh, no. Solo estamos aquí por un asunto muy puntual, Aude. Apenas lo terminemos emprenderemos el regreso a Okutama.

-No me digan que se marcharán hoy mismo a Tokio...

-Planeamos disfrutar el fin de semana en las cercanías y relajarnos un poco -intervino Eddie-. Después volveremos a la rutina. Ya sabes, Aude, cómo es la vida en la gran ciudad.

-Tanto estrés dando vueltas, tantas caras largas y gritos mal puestos... De solo pensarlo se me revuelve el estómago. ¿Es por eso que siempre muchos citadinos andan con cara de estreñidos? -insinuó con un mínimo de malicia.

-Tal vez sí.

En eso sonó una campana junto a la puerta. La arpía pelirrosa entendió en el acto y voló hasta allá, donde operó una palanca ubicada en la cima de una pequeña torre de vigilancia construida a partes iguales con madera reforzada y piedra. "Eso no estaba aquí cuando vinimos por primera vez", se dijo Pachylene. "A saber qué otras sorpresas aguardan dentro de la aldea".

-Pasen, por favor -Aude apuntó hacia la barrera abierta-. La señora Yakutsenya los recibirá de inmediato.

-¿Puedes deducir todo ello solo por el tañir del metal? -preguntó un asombrado canadiense.

-Solo hay que saber cómo diseccionar las notas, señor -sonrió la vigilante-. ¡Disfruten su estadía!

Esta vez fue la rapaz quien entró primero, agachando la cabeza y juntando sus alas lo más posible. Recorrió el pasadizo de memoria y Eddie imitó hasta el último movimiento realizado por ella para evitar golpearse la cabeza o la nuca con esas duras estalactitas. Recordó entonces el chico que aquel acceso no se usaba con demasiada frecuencia y si algún enemigo de la comunidad llegaba a descubrirlo, la idea era que le costase lo más posible llegar hasta el otro lado. La explanada de la plaza, con un boquete abierto cual auténtica pista de despegue y aterrizaje, estaba vedada a todos los seres incapaces de volar o de escalar esas escarpadas paredes rodeándola.

"Quizás el mayor símil a este risco en la vida real sea la Bahía de Cartagena de Indias, en Colombia", él echó mano a sus conocimientos históricos para tal comparación. "A los españoles les costaba la nada misma defenderla y sus enemigos llegaron a sudar sangre intentando conquistarla, muchas veces sin éxito".

Ya del otro lado y con pleno permiso para estirarse, los enamorados se deleitaron gracias al aroma de las flores en jardineras que seguramente Cyra, la arpía peliverde y mucho menos despistada de lo que aparentaba, podaba y regaba con esmero. Ausentes estaban las de pétalos rojos que causaban deshidratación para seguridad de las liminales más pequeñas; en su lugar aparecía un festival de blancos, amarillos, celestes, púrpuras e incluso fucsias eléctricos endémicos de estos bosques. Reposaron diez a quince segundos antes de subir la escalera y emerger en la explanada, topándose con la comunidad en pleno desayunando junto al fuego central.

-¡Miren! -exclamó una de las comensales-. ¡Pachy ha vuelto!

-¡Y trajo a su novio! -añadió otra, poniéndose de pie de inmediato.

-¡¿Por qué no nos avisaron?! -dijo una tercera-. ¡Habríamos preparado algo!

-¡Da lo mismo, mujer! ¡Nuestros héroes están aquí!

-¡Esto hay que celebrarlo!

-¡Háganles un puesto en la mesa y vayan preparando dos porciones extra!

-¿Vamos a tener barra libre?

-¡Puedes apostar a que sí!

-¿Es la barra libre compatible con arroz y vegetales hervidos?

-Con un poco de creatividad se mueven montañas, amiga querida.

-¡Señor Maxon! -dijo una pequeña como de ocho o nueve años-. ¡Siéntese aquí conmigo!

-¡No, conmigo! -añadió otra de unos diez-. ¡Aquí hay mucho más lugar!

-¡Cálmense, amigas mías!

La voz atronadora de Yakutsenya, la arpía de alas y cabello azul tinta y matriarca de la aldea, silenció a todas las demás. Se levantó de la cabecera de la mesa, animando a otras dos extraespecies a ponerse de pie. Una de ellas lucía melena rizada, figura menuda y alas marrones, mientras la otra combinaba ojos ambarinos con el hermoso burdeo de un buen vino en sus extremidades superiores.

Eran la tía Keiro y la señora Ednemia, su madre. Ambas volaron magistralmente en compañía de su superiora hasta el otro extremo, aterrizando sin mover siquiera un gramo de polvo.

-Hija mía -Ednemia derramó lágrimas de alegría al sentirla tan cerca-. ¿De verdad eres tú? Creí que después de lo que pasó entre nosotras...

-No, mamá -Pachylene la abrazó y besó en la frente-. Ha pasado ya un año desde que nos dijimos la verdad y seguir alimentando esos rencores es inútil. Te perdono porque me lo diste todo aún a costa de sacrificar tu propio bienestar. Hoy he venido a mi hogar en una postura de paz y concordia.

-Mi amor...

Ahora sí la sufriente madre se echó a llorar de júbilo, secando sus ojos con sus torpes manos y excusándose un momento para lavarse el rostro en el reservorio cercano. Después fue el turno de Keiro.

-Querida Pachy, mi corazón se hincha de felicidad al tenerte nuevamente entre nosotras -dijo la pelimarrón-. Estás realmente radiante.

-Lo agradezco, tía. Ha pasado mucho tiempo, como ya dijera, y deseaba ver cómo les estaba yendo.

-Ya habrá tiempo para hablar. Mientras tanto tú y Eddie pueden compartir la mesa con nosotras porque se lo han ganado de pleno derecho.

-Infinitas gracias, señora Keiro -Eddie inclinó respetuosamente la cabeza.

-Señorita, corazón -le guiñó el ojo-. Te perdono, sin embargo, porque eres el vivo emblema de las mejores virtudes humanas. Pasen por aquí, por favor.

-Un momento, Keiro -la matriarca paró la cinta-. Ahora es mi turno de entregar mis respetos a nuestros huéspedes de honor.

Yakutsenya fue muy cordial con Pachylene y la dejó irse a sentar de inmediato entre su madre y su tía. Lo más especial lo guardó, eso sí, para Eddie, a quien estrechó entre sus majestuosas alas con cariño digno de una santa.

-Volver a verte es una bendición de los cielos, mi niño grande -murmuró, apoyándose contra su pecho por dos a tres segundos; después se separó-. Detecto en tus ojos un brillo especial, Edward. ¿Cómo te ha tratado la vida?

-Estupendamente, señora -él la miró como si estuviese frente a Caroline, su propia madre-. Gracias por recibirnos, especialmente considerando que llegamos de sorpresa.

-Para ustedes siempre tendremos las puertas abiertas -Yakutsenya lo llevó hasta la mesa y le dejó un sitio a su lado-. ¿Qué tal si ahora comemos y después nos dedicamos a conversar en la comodidad del palacio de gobierno?

-Es un buen plan, matriarca.

Hizo un cambio de luces con Pachy, quien asintió. Ambos sonrieron, felices de sentirse por fin en ese auténtico hogar lejos del hogar.

Cerca de las diez de la mañana la comunidad en pleno levantó la mesa. Para no ser menos, Pachy y Eddie ayudaron a lavar platos, cubiertos y vasos, incluso clasificando la basura en coloridas bolsas plásticas para que las encargadas del reciclaje las llevasen al pueblo en un vuelo corto. "Nosotras vivimos del entorno y a él nos debemos", explicó una de ellas. "Queremos dejar una huella no sólo para nuestra propia generación sino también a las que vendrán."

Maxon las felicitó por su sabia decisión antes de unirse a su novia en la sede gubernamental. No todo fue miel sobre hojuelas porque hubo de rechazar las invitaciones de no pocas pequeñas para ver sus acrobacias aéreas. "Apenas me desocupe estaré con ustedes", prometió él, ingresando a la cámara mayor detrás de Pachy, de Ednemia y de la propia regenta.

-Tráenos cuatro tazas de té, Aktamia -dijo Yakutsenya a su ayuda de cámara-. También asegúrate de que nadie nos moleste hasta nuevo aviso.

-Así se hará, señora -retrucó la otra arpía, saludando a los recién llegados con un pestañeo y un movimiento de alas-. ¿Desea el té endulzado con miel o azúcar?

-Un poco de los dos estará bien; prefiero que nuestros invitados decidan.

La matriarca se instaló en el trono esculpido en piedra y sus visitantes en tres mullidos cojines tejidos en lana. Miró a su concurrencia con una mezcla de curiosidad y anhelo, mas ni el canadiense ni la pelirroja se decidían a hablar.

-¡Venga, muchachos! -la peliazul sacó nuevamente su vozarrón-. Este silencio me pone nerviosa. Saben de sobra que me encanta verlos de nuevo pero lo que ignoro es el motivo de su visita.

-¿Empiezas tú o empiezo yo, cariño? -inquirió Pachylene.

-Prefiero que hables tú primero, mi vida. Después de todo, esta es tu aldea.

-También es tuya, Edward -lo corrigió cariñosamente la arpía líder-. Aquí estamos en plena confianza.

-Insisto, señora.

-Bueno, sí te parece bien a mí también -los ojos de Yakutsenya se posaron por entero en la rapaz.

-Gracias, matriarca -suspiró la aludida-. Muchas cosas han pasado en el año y un poco más que pasamos alejados de estos riscos tan hermosos. Como ya dijera a mi madre cuando nos encontramos, el rencor causado por la verdad sobre mis orígenes ha muerto y me siento orgullosa de decir que soy una nueva arpía. Junto a Eddie, aquí presente, he vivido maravillosas experiencias, recorriendo el espectro de la alegría a la enfermedad, de la incertidumbre al perdón y la certeza más absoluta. Sin ir más lejos, después de nuestra semana en Okutama volvimos brevemente a Tokio para luego ir a los hermosos confines de Okinawa.

-¿Okinawa? -dijo Ednemia, bien sorprendida por tal destino-. He oído maravillas de tal sitio. ¿Encontraron allá algunas hermanas nuestras?

-No pudimos ver ninguna, mamá, y eso que visitamos un montón de sitios interesantes. Fuimos a los templos y mercados en Naha, recorrimos las paradisiacas playas de la costa oeste e incluso nos animamos a bucear en esas aguas esculpidas por la misma diosa que nos otorgó el don de volar -recitó ella con toque nostálgico-. Recibimos la exquisita atención de la gente local y nos sentimos, por espacio de dos maravillosas semanas, en el corazón del Paraíso.

-Okinawa es un rincón como ningún otro en nuestro planeta -el canadiense tomó turno-. Incluso siendo yo alguien nacido y criado en una gran urbe como Toronto, quedé maravillado al entrar tan de golpe a la esencia misma de la naturaleza. Aquella idílica atmósfera fue el catalizador perfecto para que la intensa amistad uniéndome a Pachy se transformara de forma irreversible en amor eterno.

-¡Edward...! -la matriarca se sonrojó-. ¿Eso quiere decir que...?

La madre de Pachy guardó respetuoso silencio, tan ansiosa por oír la respuesta como su coterránea.

-Sí, señora -Eddie tomó un tono solemne-. La semilla plantada por el incidente vivido ahí fuera, en la plaza donde las antorchas espantaron la oscuridad y la luna brilló en toda su enloquecedora magnitud, germinó bajo la sonrisa de Selene aquella noche en las islas. En estricto rigor he de decir que fue esta maravillosa arpía quien se me declaró primero, tanto aquí como allá. Siendo un agnóstico de manual, sentí la bendición de su diosa llenándome por completo, algo que hasta hoy me llena de alegría.

-Si la lucha con aquella Arachne maniática nos hizo ver que estábamos hechos el uno para el otro, lo de Okinawa fue el punto definitivo para superar la última frontera -añadió Pachy, su voz emocionada y gatillando las mismas emociones en las otras arpías-. Tales memorias vivirán en nosotros por siempre. Tras volver a Tokio continuamos con nuestra vida normal, siempre aprendiendo, siempre escuchando, siempre encontrando instancias para amarnos a pesar de la rutina. Celebramos nuestro cumpleaños conjunto bajo la sombra del rotavirus y el fin de año trajo una pérdida significativa, mas la superamos por nuestros propios méritos y con ayuda de grandes amigos.

Maxon contó a grandes rasgos los aspectos relevantes del Caso Nakashima, una historia marcada por el despecho, la traición y el prestigio a toda costa. Grande fue la sorpresa de Ednemia y Yakutsenya al enterarse que Talirindë, la lamia que viniese de visita con ellos el año pasado, también vivía en Tokio luego de pasar por un enorme trauma y se las arreglaba magníficamente con Shinya, colega y amigo del canadiense.

-¿En serio aprendiste a patinar, querida? -Ednemia tenía una nota de orgullo en su voz-. No sabes cuánto te envidio... El hielo sigue siendo algo problemático para muchas de nosotras, especialmente al volar. Okutama, hasta cierto punto, es un territorio muerto entre diciembre y marzo.

-Sólo hay que saber dónde y cómo apoyar los pies, mamá. Además, aprendí del mejor y lo sigo haciendo -Pachylene se inclinó sobre Eddie y se dejó besar por él-. El hielo, eso sí, tiene otra connotación muy positiva para ambos.

-Esto va a ser bueno -la matriarca se sentía como una niña junto al fuego y bebió algo más de su té-. Puedo sentirlo.

-En julio de este año cumplimos un año de convivencia y la mejor idea para celebrarlo fue ir de vacaciones a Canadá -explicó Eddie-. Pachylene se preparó con todo para el viaje, aprendiendo a hablar inglés con un curso intensivo y sacando a tiempo su pasaporte de liminal. Todo fue miel sobre hojuelas a ambos lados del Océano Pacífico.

-Siempre había querido ver cómo eran los ambientes donde creció mi amado -la pelirroja se puso muy melosa-. Toronto es como Tokio pero la gente es mucho más amable: te saludan, conversan contigo, te dejan pasar sin que lo pidas... Nadie me miró raro por ser una chica monstruo; Canadá es un país sumamente abierto y tolerante, casi el primero del mundo en llegar al postnacionalismo.

-Con esto nos referimos a que no existe ninguna identidad dominante, sea esta étnica o religiosa, capaz de alterar su esencia más pura -acotó el muchacho-. Volver a casa fue, al menos para mí, un paso importantísimo porque... aproveché de presentar a Pachy a mi madre -pasó a describir a Caroline Rhea Maxon en detalle, sin guardarse nada-. Saber que el vínculo entre ambos seguía vivo a pesar de veinte años de separación me llenó de tranquilidad. Mamá es, sin ir más lejos, una santa que me lo dio todo a pesar de nuestras difíciles circunstancias.

-Me da mucho gusto saber, Eddie, que tienes el privilegio de contar con una madre que te quiere sin importar la distancia ni el tiempo -habló Ednemia-. Algunas seguimos tomándonos en serio el asunto de la crianza y eso significa que aún tenemos patria. Las buenas fibras siempre encuentran una forma de conectarse y formar esa cuerda a la que podemos echar mano en nuestras más oscuras horas.

Pachylene sonrió al escucharle y la abrazó con ternura, tal como cuando era niña y estaba aprendiendo a leer.

-Aquí hay muchas más del mismo molde, señora. Se nota en la personalidad y la disposición de todas las habitantes de esta comunidad, incluso de las más pequeñas con todo su futuro por delante.

-Nos halaga escuchar semejante cumplido, Edward -Yakutsenya enjugó sus propias lágrimas-. Hablo a título estrictamente personal al decir lo orgullosa que estoy de ambos por encaminar tan bien su relación. Mis palabras no cayeron en oídos sordos.

-Eso es porque no son necias, matriarca -rió él levemente.

-Hay algo que aún no nos han explicado -intervino la arpía de alas burdeo-. ¿Por qué dijiste, hija, que el hielo tiene una connotación tan positiva para ustedes?

-Bueno, esa es la razón por la cual nos decidimos a venir aquí este viernes -nuevamente se ruborizó la joven alada, quedando casi al mismo tono de su cabello-. Estando en Toronto visitamos la pista de hielo de la universidad donde Eddie estudió y tras gozar de lo lindo patinando... me pidió matrimonio en el círculo central.

Tal cuña fue la justa para que ambos mostrasen los anillos en sus manos izquierdas. Los ojos de Ednemia brillaron y Yakutsenya apenas pudo contener las ganas de arrojar el protocolo por la ventana, abrazarlos y bendecirlos.

-En ese entonces me la jugué por entero -continuó Maxon-. Elegí un lugar de mucha significancia para mí porque el hockey sobre hielo ha sido parte fundamental de mi vida. Me ayudó a pasar mi infancia y adolescencia en una actividad con sentido, incluso ayudándome a hacer amigos de verdad al ingresar a la Escuela de Negocios. Mi corazón saltó de alegría cuando Pachy aceptó y ambos terminamos en el hielo, besándonos como auténticos novatos.

-Para mí fue un sueño hecho realidad -otra vez la rapaz-. Eddie es lo más importante para mí, después de todo. Grité tan fuerte que creo que el eco aún se escucha en los andamios del Varsity Centre.

Ednemia no aguantó más y volvió a estrechar entre sus alas a Pachylene, dimensionando de lleno que su pequeña ya no lo era tanto. "Si volver a verte fue un regalo del cielo, querida, lo que me has contado ahora ha vuelto a darle sentido total a mi vida", expresó entre sus segundos o terceros sollozos de la jornada. "No importa el día, la hora ni el lugar; allí estaré para acompañarte en tu gran ocasión y voy a aplaudir más que nadie".

La pelirroja simplemente acogió el cariño que su familiar seguramente tuvo guardado por meses, quizás pensando que nunca lo podría dejar salir y temiendo que se descompusiera en esa botella mental guardada dentro de los mismos baúles cuyas telas se quemaron al conocerse la verdad. Eddie y la matriarca Yakutsenya observaron todo con absoluto respeto, guardando silencio hasta que ambas rompieron el contacto.

-Hijo querido -ahora la madre lo acogió a él-, saber que mi niña encontró en ti a un compañero ideal me llena de orgullo. La has cuidado y adorado tal como la gran Schania lo hizo con Tamia, su pequeña e inquisitiva hija. Ojalá la diosa te llene de bendiciones y no cambies nunca.

-Seguiré siendo el mismo de siempre, señora Ednemia -él besó su frente con cariño-. Cuente con ello. Estaremos encantada de recibirla en nuestra boda y lo mismo aplica a usted, matriarca -él se dirigió a la arpía peliazul.

-Aprecio tu generosidad, Edward -ella le dedicó una mirada muy cálida-. ¿Ves cómo eres mi niño grande?

-El desayuno no me dio tiempo a preguntarle -Eddie volvió a sentarse junto a Pachy-. ¿Por qué me llamó así cuando llegamos?

-Por tu actitud, Edward -Yakutsenya abrió sus sentimientos como un libro-. Eres un magnífico ser humano, uno cuya sensibilidad y especial forma de ver el mundo lo convierten en ejemplo a seguir. Citando a Keiro, posees las mejores virtudes de tu especie y eres, por lo tanto, un compañero perfecto para la más especial arpía que hemos tenido el privilegio de conocer como coterránea, hermana y amiga. La experiencia que me han dado los años (y esto lo compartí con Ednemia en charlas posteriores al episodio de la confesión para ayudarle a sanar su propio corazón) mostró que ustedes, mis queridos niños, estaban destinados a terminar juntos. Escuchar de sus labios que están dispuestos a dar el mayor paso de todos me ha hecho feliz, muy feliz.

Ahora fue el turno de la regenta de derramar lágrimas de alegría. Besó a la pelirroja en ambas mejillas y repitió el gesto con Eddie.

-Te admiro, Edward -le susurró Yakutsenya al oído, totalmente vulnerable ante él-. No sabes cuánto te admiro.

-Un millón de gracias, señora -él la abrazó para quitarle la tembladera-. Ahora respire profundo y cálmese. Hemos contado mucho en muy poco tiempo pero aún quedan no pocas cosas en el tintero.

-¿Más todavía? -Ednemia procuró una caja de pañuelos de un rincón y los tendió a su superiora-. Parece que la Navidad llegó por adelantado.

-No sé si tanto -Pachylene puso paños fríos-. Tenemos algunas cosas definidas, como los invitados y algunas ideas para el pastel, pero aún nos falta ver los trajes y especialmente el lugar.

-¿Por qué, hija?

-Porque hemos llamado durante las últimas semanas como a veinte sitios distintos y en ninguno nos quisieron recibir.

-¡¿Qué?! -Yakutsenya sacó su lado más fiero-. ¡¿Pero qué se han creído para rechazarlos a ustedes, que son más buenos que el pan?!

-Matriarca, si nos bajaron el pulgar fue porque tenían todo copado al menos de aquí a un par de años -la pelirroja se explayó brevemente sobre sus desventuras con llamadas telefónicas, correos y similares-. Por ganas no nos hemos quedado e incluso consideramos, ante la ausencia de sitios aquí, casarnos al otro lado del mar.

-¿Y MON no pondrá objeción a ello? -inquirió Ednemia-. Sé por medio del alcalde Shigematsu que muchas cosas han mejorado, pero algo de alcance transpacífico bien podría no estar cubierto por sus normas.

-Es algo que por el momento no nos vemos en obligación de descartar, señora Ednemia -atajó el canadiense-. Eventualmente lo hablaremos con nuestra coordinadora, pero hay algo que deseamos pedirle de todo corazón.

-Si está dentro del alcance de nuestra aldea, considérenlo hecho -sentenció la regenta.

-¿Podemos casarnos aquí? -deslizó Pachy de forma muy respetuosa-. Es nuestra última carta.

Hubo una incómoda pausa extendida por quince a veinte segundos. Entonces la bombástica voz de Yakutsenya llenó hasta el último rincón del palacio.

-¡Eso ni se pregunta, querida! -dijo con tal efusividad que casi volteó de un aletazo la bandeja con el té-. Jamás de la vida voy a permitir que gasten millones de yenes en hoteles o salones cuando aquí podemos organizar algo auténticamente fiel a sus estilos de vida. Considérenlo desde ya un regalo de toda la comunidad por ser tan buenos. ¿Ednemia?

-¿Señora? -replicó la madre.

-Tendremos que organizar una comisión especial para preparar todo, desde la comida hasta el alojamiento de los invitados si es que la ceremonia se lleva a cabo en la tarde o la noche -Yakutsenya sonaba muy entusiasmada, casi más que la propia Ednemia-. Para ello necesitamos que nuestros afortunados prometidos nos den todos los detalles posibles. ¿Dónde está Kuusela cuando se la necesita?

-Hace tres días está con reposo estricto por exceso de trabajo y hoy no bajó a desayunar. Usted misma tuvo que obligarla a quedarse en cama bajo custodia de la pequeña Garatia.

-Con razón no la vimos -murmuró Pachy-. Era cosa de tiempo para que se le derritiera el cerebro de tanto descuidar un mundo para enfocarse en el otro.

-Si les parece bien, yo puedo anotar todo en alguna hoja de papel o pergamino y dejarlo con ustedes -se ofreció Eddie-. Así podrán elucubrar cuanto deseen.

-Gracias, hijo -Ednemia se contagió también del buen humor.

Maxon volvió poco después con una pluma, un tintero y un rollo de pergamino sin usar. Procuró todas estas cosas del estudio de Kuusela y cambió de posición a modo de quedar cerca de una enorme losa que usaría como mesa. Pachy se sentó a su lado y volvieron a repasar el contenido del borrador bien guardado en sus memorias.


Plan del Día D

Tipo de Ceremonia: Religiosa o civil (lo que sea más fácil obtener una vez consultemos a sacerdotes y/o magistrados).

Fecha: De momento nos tinca un fin de semana por precisar en octubre o noviembre del 2018; así escaparemos del calor más intenso del verano. Esto puede cambiar por otros factores, claro.

Hora: Por definir, aunque la ceremonia tendrá tanto valor de día como de noche. Les avisaremos con el debido tiempo.

Aforo: 32 personas máximo, entre familias de ambos y algunos amigos cercanos, más el resto de la comunidad. La nómina final será dada a conocer con la debida anticipación.

Alojamiento: ¿Podrían ser las habitaciones libres en uno de los riscos? En caso contrario, el Hostal Mikawaya, al oeste del pueblo y ubicado junto al río Tama, es una fantástica opción; allá nos conocen bien.

Menú: Un menú que fusione las cocinas típicas de esta zona de Japón con la de Canadá. Las chefs locales tendrán carta blanca para sugerirnos platillos de su propia cosecha.

Pastel de Bodas: Dos diseños en carpeta - rascacielos de la confianza o monumentos naturales; también les avisaremos.

Vestuario: Estilo tradicional para los novios pero sin ser pomposo; formal para los invitados.

Invitaciones: Nos encargaremos nosotros mismos de ellas (tenemos contactos con el mundo del diseño gráfico).


-Creo que esto es todo -Maxon entregó la copia del borrador a las otras arpías-. Si necesitan algo más, díganlo y lo añado.

-Esto dice muchas cosas -Ednemia miró con aprobación a su futuro yerno luego de chequear todo-. Una ceremonia íntima será perfecta para el espacio con el que contamos y permitirá mostrar lo mejor de ambos mundos en armonía. Ya que tendremos familiares y amigos de nuestro flamante héroe deberíamos refinar un poco nuestro inglés y/o francés para empezar. Lo último que deseo es ver todo coartado por una barrera comunicacional insalvable. ¿Tenemos libros de idiomas en la biblioteca, señora?

-Mejor será mantener a Kuusela al margen de esto hasta que sea el momento -dijo la matriarca-. Tal vez, cuando vengan nuevamente los comerciantes del pueblo, podamos obtenerlos a cambio de algunas piezas de alfarería e incorporarlos al currículum estandarizado.

-Eso es nuevo -otra vez el muchacho-. ¿Ahora fabrican vasijas?

-También tazas, jarrones y muchas otras cosas con estas manitos que besan el aire al volar -Yakutsenya mostró las propias-. Ha sido una bonita forma de estirar nuestros propios límites motrices; fue idea de Ednemia incorporarla a la educación de las más jóvenes.

-¿Y cómo se lo tomaron? -preguntó Pachy, recordando recién que su madre seguía teniendo la docencia como norte.

-Con las mayores me costó un pelito extra porque varias ya tenían más o menos definidos sus intereses para el futuro, pero las chiquitas entre cinco y once años han sido las más entusiastas ante la idea. Vaya una a saber si es porque les gusta mancharse para luego irse a bañar al río.

-¿Con qué las elaboran?

-Con barro y arcilla, hija. Son los materiales más fáciles de obtener en esta zona porque, digamos, podemos sacarlos del mismo suelo -elaboró Ednemia-. La gente de Okutama ha sido, como en todo lo demás, muy receptiva al respecto, regalándonos también matrices de moldeo y ayudándonos a fabricar un horno donde cocemos las piezas. Después las enviamos abajo para ser pulidas y decoradas, donde son vendidas a turistas. Un cuarto del dinero es para ellos y el resto queda en nuestra arca comunal, usándolo exclusivamente para adquirir productos de emergencia que no podemos obtener mediante intercambio, como medicinas.

-Me da gusto ver que han planeado hasta el último detalle, mamá -sonrió la hija, satisfecha de ver a quien fuera su hermana mayor por tanto tiempo aún intacta.

-Existen tantas motivaciones como formas de satisfacerlas, o al menos eso decía mi propia madre muchas veces. Señora Ednemia, me gustaría ver algunas muestras de su trabajo, siempre y cuando no sea mucha molestia -dijo Eddie a su futura suegra.

-Deja el "si no es mucha molestia" en el basurero, Edward. Te lo imploro -la arpía líder volvió a ponerlo entre ceja y ceja-. Ya que tú y esta maravillosa muchacha -envolvió a Pachylene con una de sus alas azules- van camino al altar, a ser compañeros para siempre, esta aldea también pasará a ser tu casa.

-Entonces lo justo es que nuestro hogar también sea un refugio seguro para ustedes si la situación lo exige -el humano sonó tan solemne que casi congeló el tiempo-. Ya lo dice el refrán, matriarca: "una mano lava la otra y las dos lavan la cara".

-Gracias, chico.

-No lo agradezca, señora -Pachy entendió al instante el trasfondo de lo que Eddie quería decir-. Si hay algo que este año y un poco más nos ha enseñado es el valor de tender puentes valiosos hacia quienes realmente nos importan, así como no dejarlos caer a pesar del tiempo o la distancia. La señora Caroline fue el primero de ellos y tenemos varios otros con Tali, la gente de MON y de Nakashima, incluso Zynda Satme-Sannika.

La mención de tal nombre hizo arquear sus cejas a las demás arpías.

-¿Quién es ella? -preguntó Yakutsenya-. ¿Es una liminal? Lo digo porque su nombre suena un pelín elaborado para los estándares de nuestro país.

-De hecho lo es -contestó la rapaz con franqueza-. Vive en Tokio al igual que nosotros y es... una Arachne. Antes que digan nada -levantó sus alas para bajar la tensión-, ella es tan maverick como yo. Nos conocimos producto del Caso Nakashima, cuando ella invadió las oficinas de la empresa para robar unos planos por orden de su entonces anfitrión. Luchamos en las alturas y la derroté sin apelación. Al principio deseaba que ella pagara tal como lo harían eventualmente sus superiores y cómplices, con presidio perpetuo sin beneficios o derechamente la pena de muerte por alta traición. Lo que hizo cambiar nuestra actitud hacia ella fue algo pequeño, inocente y sin culpa en todo esto.

-Zynda tiene una hermanita llamada Antonella, tan tejedora como ella y que sufre de osteogénesis imperfecta -Eddie la apoyó.

-Eso me suena -murmuró Ednemia-. ¿Es un problema de los huesos?

-Tal cual, señora. Sin entrar en demasiados detalles, es un trastorno genético con el que nació y causa que los huesos de su parte humana sean muy débiles, por lo que debe cuidarse en extremo para evitar fracturas. Si Zynda llegó a meterse con semejante gente fue por ella, para poder comprarle sus medicinas y ayudarle a llevar a cabo un tratamiento ortopédico constante que le permite, digamos, vivir de forma decente pero con ciertas limitaciones, como no poder realizar ejercicio físico o cargar bultos muy pesados. La osteogénesis imperfecta que padece Antonella no tiene cura; deberá cargar con ella de por vida.

-Por la diosa... -el recelo de Yakutsenya murió ante tales detalles-. ¿Y después qué pasó con ellas?

-Asumiendo la magnitud de los horrores cometidos, Zynda decidió ponerse bajo protección de la agencia, cambiarse de bando y testificar bajo juramento contra sus propios jefes -respondió Pachylene-. Sus declaraciones fueron cruciales para hundir a TALIO, la empresa de seguridad bajo cuya fachada operaba una organización criminal dedicada al tráfico de armas y que ansiaba, como ya les contamos antes, los planos del prototipo elaborado por Nakashima para seguramente venderlos por una camionada de dinero en el mercado negro. Ahora ella y su hermanita viven con una familia decente en Shirokane, no lejos de Ginza. De un tiempo a esta parte nos hicimos muy buenas amigas gracias a varios factores comunes, pero el más notorio es que ella detesta con saña a su propia especie.

-¿Lo dices en serio, querida? -ahora la matriarca quedó descolocada; no esperaba semejante giro.

-Totalmente en serio, matriarca. Zynda siempre se ha asumido diferente a la inmensa mayoría de las liminales y aborrece, en particular, esa absurda necesidad que sienten la mayoría de las Arachnes de ser el centro de atención donde quiera que van. Ella es una firme creyente de hacer las cosas en silencio y con dignidad, pero sin temor de saltar a la palestra cuando es necesario. Creció entre la nieve y el hielo de Abashiri, en el norte de Hokkaido, aprendió a leer y escribir por sí misma y después se hizo cargo de la pequeña Antonella cuando la encontró abandonada al borde de la hipotermia en un campo blanco no lejos de su ciudad natal. Aún con sus escasos medios le dio todo el amor que podía e incluso la asistió personalmente en las primeras etapas de su lucha contra la osteogénesis.

-Decir que Zynda la ama es poco -nuevamente Eddie-. Desde su primer día juntas la pequeña ha sido su horizonte, la razón para levantarse cada día y esforzarse al máximo en todas las facetas de la vida. Nos dijo textualmente que por ella "iría hasta el corazón del infierno y volvería". Es una buena liminal y si Pachy pudo aceptarla como una amiga de confianza, entonces yo también. Tal es nuestra posición al respecto, mis estimadas arpías.

Dos o tres minutos de silencio se posaron sobre el salón, apenas interrumpidos por el agua circulando en el caudal hacia las cataratas. Ednemia y Yakutsenya intercambiaron un par de miradas y luego asintieron, pero fue la matriarca quien se decidió a hablar primero.

-Es un alivio que nos hayan explicado todo lo relativo a estas Arachnes -suspiró la peliazul-. Sabrán ustedes que la historia con esta especie nunca ha sido la mejor y nos hemos mantenido irreductibles ante sus continuas amenazas. Sin embargo, saber que entre ellas hay seres buenos como estas hermanas llena mi corazón de alivio. ¿Planean invitarlas a su boda, mis niños?

-Ese es el plan, señora -retrucó la pelirroja-. Ambas han figurado en nuestra lista de invitados desde el principio, pero ya sabe que siempre algunos se caen a última hora.

-Vendrán, de ello estoy segura -intercaló la madre, también tranquilizada por el relato-. A título personal digo que me encantaría conocerlas, así como al resto de quienes vendrán, y hablar con ellas de muchos temas. Tener una mezcla de culturas, profesiones y visiones de mundo no puede sino ser una enorme ventaja para nuestra villa. ¡La de cosas que podríamos aprender!

-Ya habló de nuevo la maestra que hay en ti -Yakutsenya le hizo una ínfima burla.

-Es inevitable, matriarca. La enseñanza es como la medicina: no tiene horarios y siempre presenta desafíos impredecibles -replicó la arpía burdeo seriamente-. Cuando a ustedes les parezca bien pondré estos hechos en conocimiento de mi clase; seguro sobrarán voluntarias para preparar todo, desde acrobacias aéreas hasta canto.

-¿Canto? -preguntó Eddie-. ¿Tienen un coro en la villa?

-Hace más o menos seis meses llegaron un par de arpías corredoras a vivir aquí -dijo la docente-. Una de ellas trabaja conmigo en las clases y se ha ganado el aprecio de mis alumnas por su extraordinaria voz. La otra actúa como mensajera gracias a su excelente orientación y memoria, yendo y viniendo entre el risco y Okutama. Es la mayor usuaria del pasaje secreto que comienza al pie de las cataratas.

-¿Y cómo lo hace con la oscuridad?

-No va sola. Aktamia la acompaña de vez en cuando y le ayuda a operar la anilla tras la caída de agua, así como usar una linterna que lleva al cuello al entrar o salir del corredor; en días de clima más complicado la carga hasta el camino y después la sigue desde el aire hasta el pueblo -elaboró la líder-. Tenemos todas nuestras bases cubiertas, como pueden ver.

Los cuatro pactaron tácitamente que ese era el mejor momento para poner fin a la charla. Pachylene y Eddie estaban contentos por una misión exitosa, mientras Ednemia y Yakutsenya se sentían honradas de estar en el mismo centro de un evento que ciertamente merecería constar en las crónicas locales. Se pusieron de pie y, apoyándose en el otro, estiraron sus piernas para espantar el hormigueo causado por casi cuatro horas de charla sentados a lo indio americano.

-Mamá, matriarca, nos han quitado un enorme peso de encima -Pachy abrazó a sus símiles con todo el cariño del mundo-. Den por seguro que les avisaremos de cualquier cambio o idea que tengamos respecto a la boda por el medio que prefieran.

-No fue nada, mi niña grande -la madre compartía el júbilo pulsante emanando de su hija-. Ya sabes que por ti o por tu prometido haría lo que fuera. Este sólo será el inicio de un hermoso ciclo para todos.

-También debo reconocer tu ingenio, mi amor -ahora la pelirroja besó a Eddie en los labios-, por sugerir hace exactamente un mes que Okutama podría ser una buena opción. Volver aquí y revisar todo desde una nueva perspectiva me permitió probar aquella felicidad... que creía olvidada.

-Escucharte decir eso, dulzura, es dulce música para mis oídos -el canadiense le devolvió el gesto con una caricia en su barbilla-. Ya experimentamos la dulzura de volver por los fueros al pisar suelo canadiense y ahora, con esta maravillosa visita a parajes sin duda benditos por tu diosa, hemos cerrado un importante círculo.

-¿Saben lo tiernos que se ven ahora mismo? -Yakutsenya tocó los hombros de ambos con sus alas-. Sin creerme oráculo ni nada parecido, soy de la firme opinión que nada podría arruinar este día tras quedar al corriente de tantas buenas noticias. ¿Qué tal si se quedan a almorzar con nosotras?

-Es una oferta que no podríamos rechazar, incluso si dijéramos "no" -rió la rapaz, contagiando rápidamente al resto.

A la una en punto ardía el fuego comunal al medio de la plaza. Con la mesa puesta y los invitados de honor en sus puestos, la villa entera disfrutó de un delicioso pastel de carne molida con arroz al azafrán de textura muy similar a la de un buen risotto. Eddie no abandonó la aldea hasta disfrutar del improvisado espectáculo volante organizado por las chicas monstruo más jóvenes. Mientras él admiraba cómo se movían en el aire, Pachy rodeó su espalda con una de sus alas de forma tan tierna como posesiva. Si su primera vuelta al risco pulverizó las cadenas de su miedo, la segunda terminó reforzando aún más su propia esencia como arpía.

Sonrieron los prometidos de lo lindo al emprender el vuelo y observar desde los cielos a la población en pleno agitando sus propias alas para desearles un buen retorno a Tokio.

-¿Querida? -preguntó él a mitad de camino.

-¿Sí, mi amor?

-¿Te parecería que nos metiéramos en las termas cuando lleguemos de vuelta al hotel?

-¿Hasta la hora de cenar? -deslizó ella con tono seductor.

-Podríamos volver si la señora Mikawa nos deja y no hay demasiada gente alrededor.

La pelirroja lanzó una risa cristalina. Quizás debería tomar en serio eso de intentar besar a Eddie Maxon en pleno aire... o estando ambos con sus trajes de nacimiento en aquellas aguas benditas.


Nota del Autor: ¡Feliz Navidad, amigos! Espero que hayan disfrutado a concho las fiestas con sus familias, amigos y pareja (si la tienen, claro). Valaika y yo ciertamente lo hicimos y hallamos, luego de tanta comilona, la inspiración perfecta para el último episodio del 2018, donde el argumento desarrollado inicialmente en Planes se extendió de formas dimensionadas en plenitud al terminar de teclear. La lluvia de ideas termina pasando al plano secundario para dejar el escenario a manifestaciones emocionales mucho más profundas y que dejan palpables huellas en los personajes involucrados. Contrastar a Pachy y Eddie con sus recuerdos de otrora es la mejor forma de ver cuánto han crecido en el año y fracción transcurrido desde los hechos narrados en Rojo y Azul. Seguro pensarán que debería haber incluido también a Keiro, la tía de nuestra rapaz pelirroja, pero un tema sensible como la reconciliación comienza primero por la familia más directa y también por la autoridad; de ahí el rol que juega la matriarca Yakutsenya en esta charla. Seguro Ednemia, siendo tan buena arpía, pondrá al corriente a su mejor amiga en dos tiempos y todo quedará arreglado. Hablar en Román Paladino, como ya sabrán, siempre es el mejor remedio para cerrar cualquier herida. Recuerden que el rencor sólo vive en nuestro interior mientras lo dejemos.

Ojalá esta entrega, escrita de un tirón en cuatro largas horas medidas con cronómetro de precisión, les haya alegrado el día y los anime a comentar/seguir/favoritear este loco proyecto. ¡Que pasen un gran fin de año con esas personas que quieren y nos leemos a la vuelta del calendario! O como se dice en japonés, "la vida siempre tiene razones para ser pletórica - es cuestión de voluntad".