36. Antídoto (1.402 palabras)


Seiya encontró a Saori ultimando los detalles para el regreso al Santuario. Era algo que debía hacerse de inmediato, porque, de acuerdo con las costumbres de los Caballeros de Piscis, el cuerpo de Afrodita debía ser sepultado directamente en la tierra, entre los rosales de su jardín, en lugar de ser quemado en una pira o encerrado en una cripta.

Era extraño ver a la diosa vestida de riguroso luto, como también era extraño verla pálida y fatigada. Cuando quiso sonreír para animarla, tampoco logró nada que fuera muy alegre, aunque consiguió que hubiera humor en su voz cuando le habló.

-Necesito conversar contigo, sobrina.

-No soy tu sobrina, y si fuera algo, sería tu prima –protestó Saori, sin enojo, más bien con el principio de una sonrisa divertida (aunque cansada) que animó a Seiya.

-¿Cómo es eso?

-El corcel alado Pegaso era hijo de Poseidón. Tú eres el heredero de su alma.

-¿Eso me hace… sobrino de Hades? –preguntó, repentinamente preocupado.

-Solo si ambos estuvieran de acuerdo en considerarlo así. O si volvieras a tu cuerpo original.

-¿Mi…?

-Ya sabes: cuatro patas, morro, alas, cola… tu relincho era bastante agradable (para ser la voz de un equino), pero ya no podrías tocar guitarra, no con esos cascos.

-…Te estás burlando de mí.

-Tal vez, o quizá solo me estoy vengando por lo grosero que has sido conmigo últimamente –Saori sonrió, divertida-. ¿Le dijiste a los demás sobre… el parentesco que hay entre ustedes?

-Sí.

-¿Por qué ninguno ha llegado a exigir mi cabeza todavía?

-Todavía están tratando de asimilarlo. Luego empezarán las preguntas, creo. Shun y Nachi están encantados, los otros son bastante neutrales al respecto. Ahora, el que me preocupa más es Jabu. Parece ser que cuando llegó a la Fundación… nuestro padre le dijo que tú eras su hermana, que te había adoptado para que fueras su heredera y que nunca te faltaría nada siempre y cuando él fuera obediente y te protegiera en todo momento, pero que debía guardar el secreto o te enviaría de vuelta a un orfanato y a él lo echaría a la calle.

Saori se detuvo en seco.

-Pero eso… eso… ¡Jabu es probablemente el único de los cien con el que no tengo ni el más mínimo parentesco, ni siquiera por parte de Urano y Gea! ¡Su alma proviene de otro panteón! ¡Es creación del Desconocido, al que tanto venera Hyoga!

-¿Eh?

-Los Olímpicos no podemos referirnos directamente a aquel en cuyo Nombre fueron derribados nuestros templos. Es… llámalo una muestra de respeto. Y de prudencia. Nos referimos a Él como el "Dios Desconocido".

-Ya veo.

-Y Jabu es una de sus creaciones.

-¿Me vas a decir que su forma original también tenía cuatro patas?

-Era un encanto. Como del tamaño de un pollino. Negro como la noche y, cuando le daba la luz del sol, su pelaje tenía reflejos lila, casi el tono de su armadura.

-Necesitaré lavar mi cerebro con cloro para quitarme esa imagen mental –Seiya sacudió la cabeza-. Escucha, Saori. Necesito que hablemos acerca de Hades.

-¿Qué hay con él? –replicó Saori, fingiendo estar ocupada con su maleta (más bien un cofre de roble con adornos de oro).

-¿Tú causaste la herida en su pecho durante la Gigantomaquia?

Simple y directo. Saori cerró la tapa del cofre.

-No estoy orgullosa de lo que hice entonces. En aquel momento, tomar una parte del poder de cada miembro del panteón era una estrategia perfecta. La mayoría nunca llegó a enterarse: algunos cabellos, una gota de icor, una raspadura en la piel… pero Hades y Poseidón eran un riesgo demasiado grande…

-¿También le robaste a Poseidón?

-Si no te lo mencionó, debe ser que todavía no lo ha notado.

-Er… un dios a la vez, volvamos con Hades, ¿quieres?

-No, pero es justo que te lo diga. Tomé bajo mi protección a un mortal que era amigo suyo, alguien a quien… amaba mucho. Usé de toda mi retórica para convencerlo de que lo que haríamos sería por un bien mayor… Tienes que entender una cosa: en aquel entonces apenas acababa de pasar el problema con Prometeo y mi buen amigo estaba recién encadenado en el Cáucaso por el delito de haber querido ayudar a la humanidad. Sus gritos todavía resonaban cada amanecer y cada anochecer… y ese mortal que te cuento temía tanto como yo la posibilidad de que Zeus intentara otra vez destruir a los humanos. No estábamos tan equivocados, porque todo esto pasó antes de que Deucalión tuviera que construir su arca.

-Oh.

-En fin, el amigo de Hades aceptó ayudarme convencido de que solo tomaríamos una parte de su poder para prevenir el que Zeus intentara hacerle a cada humano lo mismo que a Prometeo. Nunca imaginamos que le causaríamos tanto daño. Como te dije, no habíamos lastimado a ninguno de los demás, y Hades fue el último. Todo lo que sucedió después… fue a consecuencia de un error de cálculo.

-¿Hay manera de remediarlo?

-Podría hacerse con néctar y ambrosía, pero él se niega a recibirlos porque es Zeus quien controla las raciones y cualquier alimento divino provendría en última instancia de sus manos. Él ya no confía en Zeus por ser mi padre y mantiene su inmortalidad por otros medios, las plantas mágicas que crecen en el Inframundo.

-Oh.

-La otra opción… ven conmigo.

Saori abrió una puerta secreta en la pared de su habitación, cosa que hizo que Seiya enarcara las cejas. Lo guió a través de pasillos secretos hasta una puerta fuertemente cerrada que se abrió, pesada y quejumbrosa, cuando la diosa la tocó con su báculo.

Entraron entonces a una habitación que se parecía mucho a un laboratorio de científico loco sacado directamente de alguna película vieja. Todo ahí estaba cubierto de polvo y telarañas.

-Este solía ser el cuarto de trabajo de Prometeo. Aquí fue donde mezclé todo lo que obtuve de los demás dioses para conseguir que un guerrero mortal fuera capaz de vencerlos a todos…

-¿Por qué tu cuarto está conectado con el laboratorio de alguien más?

-Prometeo era mi maestro y mi mejor amigo.

-Hum. Define "amigo".

-No cuando me lo pides con ese tono. Aquí guardé también el veneno de Gorgona y su antídoto.

Mientras hablaba, Saori fue hasta una mesa en la que reposaban dos frascos, el borde de su falda borró las huellas de pisadas que había en el polvo sin que ninguno de ellos (ocupados como estaban en su conversación) lo advirtiera.

Saori tomó uno de los frascos, hizo aparecer un cuenco de cristal en las manos de Seiya (que estuvo a punto de dejarlo caer por la sorpresa) y llenó tres cuartas partes del cuenco con el líquido, sin que diera la impresión de disminuir lo que había dentro del frasco.

-Bastará con un par de tragos, hay mucho más de lo necesario en el cuenco. Esto neutralizará de inmediato el veneno, hará desaparecer el dolor y reparará los tejidos. Estará tan sano como si jamás hubiéramos derramado el veneno sobre él. Lo único que no puedo hacer es devolverle el trozo de corazón que le falta. Eso forma parte de ti desde aquel entonces.

-¿Así que, literalmente, le robé el corazón? –intentó bromear Seiya, solo para encontrarse con que Saori le devolvía una mirada seria.

-Exactamente lo que has dicho –respondió ella y, luego de luchar consigo misma unos instantes, decidió darle un poco más de información-. En aquel entonces pregunté a las Moiras cuál sería tu destino, porque quería estar segura de que tendríamos éxito antes de iniciar algo tan arriesgado. Ellas me dijeron que llegarías a ser el asesino de dioses y que siempre estarías entre mis enemigos y yo, pero que te perdería ante Hades. Pensé que eso significaba que Hades podría matarte y por eso quise tomar un trozo de su corazón en lugar de unos pocos cabellos, para hacerte más poderoso contra él que contra los otros. Pero cuando empezaste a escribir haikus acerca de sus ojos, me di cuenta de lo mal que interpreté el oráculo. Te perdí desde el instante en que tomaste su corazón, porque para entonces ya habías entregado el tuyo.

Seiya enrojeció.

-Yo no escribí haikus…

-Ojos de Hades.

Dos lagos insondables

¿Cómo es posible? –recitó Saori.

-Er… yo no escribí eso, y el último verso tiene seis sílabas.

-Escribiste eso, en otra vida, hace quinientos años. Nunca dije que fueran haikus bien hechos.


Notas:

Al hablar de Deucalión y su arca, Saori se refiere a la versión griega del diluvio universal, que fue decretado por Zeus para acabar con la maldad de los seres humanos. Sobrevivieron solo Deucalión (hijo de Prometeo) y su esposa Pirra (hija de Epimeteo) porque Prometeo pudo advertirles a tiempo como para que Deucalión construyera un arca.

El haiku es un estilo de poesía japonesa que fue practicada durante mucho tiempo por los samuráis, consiste en poemitas de tres versos (de cinco, siete y cinco sílabas cada uno), generalmente expresan el asombro y la maravilla del poeta ante la naturaleza.