(La historia no me pertenece es propiedad de Sarah J. Maas y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi)
Capitulo 33.
Kaltain se pellizco las mejillas al salir del vestidor. Sus criadas le echaron perfume y la joven bebió agua con azúcar antes de apoyar la mano en la puerta. Estaba fumando pipa cuando habían anunciado al duque Perrigton. Se había metido en el vestidor y se había cambiado con la esperanza de librarse del olor. Si el duque averiguaba lo del opio, ella podía echarles la culpa a los terribles dolores de cabeza que había tenido últimamente. Kaltain cruzo el dormitorio para entrar en el vestíbulo y acto seguido en el salón.
El duque parecía listo para la batalla, como siempre.
-Excelencia –dijo Kaltain haciendo una reverencia.
El mundo se le antojaba nebuloso y le pesaba el cuerpo. El duque le beso la mano cuando ella se la ofreció y sintió sus labios mojados contra la piel. Sus miradas se cruzaron cuando el levanto la vista de la mano y una parte del mundo se desvaneció. ¿Hasta donde seria capaz de llegar la joven para asegurarse un puesto al lado de Terry?
-Espero no haberla molestado –dijo el duque soltándose la mano.
De pronto aparecieron las paredes de la sala, y luego el suelo y el techo, y Kaltain tuvo la clara sensación de que estaba atrapada en una caja, una jaula encantadora llena de tapices y cojines.
-Tan solo estaba dormitando, Milord –contesto ella sentado. El duque olfateo el aire; Kaltain se habría sentido inmensamente nerviosa de haber sido por la droga, que le envolvía el cerebro-. ¿A que debo el placer de esta visita inesperada?
-Deseaba interesarme por vos. No te he visto en la cena.
Perrigton se cruzo de brazos…, unos brazos que parecían capaces de aplastarle el cráneo.
-Estaba indispuesta.
La muchacha resistió el impulso de poyar la cabeza, que sentía demasiado pesada, en el sofá.
El noble le dijo algo, pero ella comprendió que sus oídos habían dejado de oír. La piel del duque pareció endurecerse y vidriarse, y sus ojos se convirtieron en unas impasibles esferas de mármol. Hasta su pelo ralo estaba congelado en piedra. La muchacha se quedo boquiabierta al ver la blanca boca de Perrigton seguía moviéndose y dejaba ver una garganta de mármol tallado.
-Lo siento –dijo Kaltain-. No me encuentro bien.
-¿Te traigo agua? –pregunto el duque poniéndose de pie-. ¿O prefiere que me vaya?
-¡No! –repuso ella, casi gritando. El corazón le do un vuelco-. Lo que quiero decir es que… estoy lo bastante bien para disfrutar de su compañía, pero debe disculpar mi despiste.
-Yo no la llamaría despistada, Lady Kaltain –dijo el sentándose de nuevo-. Es una de las mujeres mas inteligentes que conozco. Su alteza me dijo eso mismo ayer.
A Kaltain le crujió la columna al estirarse. Vio la cara de Terry y la corona que descansaba sobre su cabeza.
-¿El príncipe dijo eso… de mi?
El duque le puso una mano sobre la rodilla y la acaricio con el pulgar.
-Por supuesto, luego lo interrumpió Lady Lillian antes de que pudiera decir nada mas.
Kaltain volteo la cabeza.
-y ¿Qué hacia ella con el?
-No lo se. Ojala hubiera sucedido de otro modo.
Debía hacer algo para ponerle fin a aquella situación. La muchacha actuaba rápido…, demasiado rápido para sus estratagemas. Lillian haba hecho caer al príncipe heredero en su trampa y ahora Kalain debía liberarlo. Perrigton podía hacerlo. El podía hacer que Lillian desapareciera y no la encontraran jamás. No… Lillian era una dama, y un hombre tan honorable como Perrigton jamás le haría daño a alguien de noble cuna. ¿O si? Unos esqueletos se pusieron a bailar dando vueltas alrededor de su cabeza. Pero ¿Qué pasaría si el duque pensara que Lillian no era una dama…? Su dolor de cabeza cobro vida con un repentino estallido que la dejo sin aliento.
-Yo tuve la misma reacción –dijo ella frotándose la sien-. Cuesta creer que alguien con tan mala fama como Lady Lillian haya conquistado al príncipe –quizá los dolores de cabeza cesaran cuando lograra estar al lado de Terry-. Tal vez estaría bien que alguien hablara con su alteza.
-¿Mala fama?
-Alguien me dijo que su pasado no es tan… puro como debería ser.
-¿Qué has oído? –pregunto Perrigton.
Kaltain se puso a juguetear con una joya que colgaba de su pulsera.
-No me dieron detalles, pero algunos de los nobles no la consideran una compañía digna para nadie de la corte. Me gustaría saber mas cosas sobre Lady Lillian. ¿A usted no? Como súbditos leales de la corona, nuestra obligación es proteger a nuestro príncipe de tales fuerzas.
-Y tanto que si –contesto en voz baja.
Algo salvaje y extraño gruño en su interior, destrozo el dolor que le atenazaba la cabeza, y los pensamientos de adormideras y jaulas se desvanecieron.
Tenia que hacer lo que fuera necesario para salvar la corona… y su futuro.
Candy levanto la vista de un antiguo libro sobre las marcas del Wyrd en cuanto oyó la puerta se abría con un crujido y las bisagras gritaban lo bastante alto para despertar a los muertos. El corazón le dio un vuelco e intento aparentar indiferencia. Peo no fue Terry Granchester quien entro, ni tampoco una criatura feroz.
La puerta se abrió del todo y Annie, ataviada con una maravilla de vestido bordado en oro, apareció ante ella. No miro a Candy, ni tampoco se movió, sino que se quedo plantada en el umbral. Tenia la mirada fija en el suelo y por las mejillas le caían lagrimones de kohl.
-¿Annie? –pregunto Candy levantándose-. ¿Qué ha pasado con la obra de teatro?
Annie levanto los hombros solo para dejarlos caer de nuevo. Lentamente, levanto la vista y mostro sus ojos enrojecidos.
-No… no sabia adonde ir –dijo en eyllwe.
A Candy le costaba respirar.
-¿Qué ha pasado? –pregunto.
Entonces Candy reparo en el trozo de papel que Annie llevaba en las temblorosas manos.
-Los han masacrado –susurro Annie con los ojos como platos. Negó con la cabeza, como si estuviera negando sus propias palabras.
-¿A quienes?
Anni dejo escapar un sollozo ahogado y una parte de Candy se vino abajo al intuir todo el dolor que encerraba aquel sonido.
-Una legión del ejército de Adarlan capturo a quinientos rebeldes de Eyllwe que estaban escondidos en la linde del bosque de Oakwald con los Pantanos de Piedra –las lagrimas resbalaron de las mejillas de Annie y cayeron en su vestido blanco. Arrugo el trozo de papel que llevaba en la mano-. Mi padre dice que iban a enviarlos a Calaculla como prisioneros de guerra, pero que algunos de los rebeldes intentaron escapar durante el viaje y… -Annie respiro hondo para intentar pronunciar aquellas palabras-. Y los soldados los mataron a todos como castigo, incluidos los niños.
A Candy se le revolvió el estomago. Quinientas personas… masacradas.
La asesina reparo en los guardias personales de Annie plantados en el umbral; tenían los ojos brillantes. ¿Cuántos de los rebeldes habían sido conocidos suyos… a los que Annie habría ayudado y protegido?
-¿De que sirve ser princesa de Eyllwe si no puedo ayudar a mi pueblo? –dijo Annie-. ¿Cómo puedo considerarme su princesa cuando pasan estas cosas?
-Lo siento mucho –susurro Candy.
Como si esas palabras hubieran roto el hechizo que había mantenido inmóvil a la princesa, Annie se echo en los brazos de la asesina. Sus joyas de oro se le clavaron el la piel. Annie no podía parar de llorar. Incapaz de decir nada, Candy se limito a abrazarla… todo el tiempo que fue necesario para aliviar su dolor.
Continuara…
