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Capítulo XXXIV- Abrasadora Culpa

Sus pasos marcaban un compás de incertidumbre e inseguridad. La rubia sentía temblar sus músculos, probablemente por el estrés emocional que encadenaba y entorpecía su cuerpo, mientras una extraña vibración molestaba sus tímpanos.

Con aquella expresión seria y cogitabunda que había adoptado apenas había arriba en la lúgubre estación de policías, anduvo entre varios escritorios, ahogados en una revuelta de papeles, carpetas e informes. Abrumada por el constate sonido de teléfonos resonando por toda el área, arrugó su nariz y apretó sus párpados, en un vano intento de disminuir la sofocante presión que tensaba su ser. Los numerosos rin-rin empeoraban su imposible jaqueca.

Rin alcanzó una hilera de sillas localizad al fondo, escondida detrás del perímetro de cubículos, donde se hallaba sentado Len, con su cabeza hundida entre sus pálidas y largas manos, sus orbes indescifrables ocultos del resto de detectives, policías y asistentes. La rubia se acomodó cuidadosamente a su lado y tocó tres veces, con la firme punta de su dedo, su rígido hombro. Len descubrió sus ojos brotados en lágrimas, rojos brillantes, y los posó sobre la compasiva chica. Ella le extendió el envase de cartón que contenía el café amargo que había adquirido en un local frente a la estación. Él le agradeció con una sonrisa cansada y forzosa, y sorbió un trago del acibarado líquido, sintiendo como su lengua y garganta quemaban y ardían por el áspero contacto. Len odiaba el sabor del café y la sensación desagradable y áspera que quedaba en su lengua, pero estaba teniendo una inmensa dificultad en mantener sus conflictivos párpados abiertos, por lo que era inevitable. Llevaban unas cuatro horas en aquella comisaría, encontrando exhaustivos y fatigantes los trámites legales relacionados con la trágica muerte de Tei Sukone, madre de las gemelas Sukone, y la errante tutoría de las ahora niñas huérfanas.

Muerte. Un torbellino ardoroso prendió violentamente su estómago. Len alejó el recipiente con cafeína y suspiró asqueado. Intentó mostrarse más relajado y desaparecer su trágica expresión para no continuar atrayendo los murmullos de los ciudadanos presentes, pero no consiguió ningún éxito. Optó entonces por aparentar indiferencia ante los continuos e indiscretos cuchicheos que oía sobre él. Nadie se reprimía el compartir su sorpresa al ver que Len Kagamine, el carismático artista japonés e hijo del prestigioso empresario nipón Kazushi Asakawa, se hallaba en una estación de policías, todo espantado y nervioso, por razones desconocidas. Este último dato acentuaba el misterio y la sorpresa. Por otro lado, Len, por más que quisiese verse inafectado por su entorno, le era imposible, y su sensible reacción ante los murmullos atraía más la atención. Su cansancio psicológico solo aumentaba con el bajo escándalo que causaban y con los esfuerzos que ponía en su voluntad para ignorarles.

—¿Cómo te sientes?—Cuestionó Rin, frotando su mano cautelosamente sobre la espalda del rubio. Él expiró su pasivo rostro, su máscara de protección, y le enseñó el más consternado semblante que había visto de él. Sus profundos y fascinantes ojos celestes se perdieron en el mar marrón del tibio recipiente humeante que sostenía entre sus manos. Oh, cómo adoraba perderse en ese mar impredecible…

—Estaría mintiendo si dijera que me encuentro bien—confesó suavemente y Rin sintió la necesidad de adjuntarse más a él—. Sigo demasiado conmocionado por lo que sucedió. Aún no puedo asimilarlo por completo. Las imágenes se repiten en cámara lenta. Todo transcurre en milésimas de segundos, y luego aparezco yo, sin hacer nada para evitarlo…

—Len, no hables así, por favor. Esto no fue tu culpa. Tú intentaste detenerle, hacer que entrara en razón, pero ella se negó a escucharte—replicó Rin, preocupada por el remordimiento que carcomía el brillo de alegría de su compañero. Len agitó su melena lentamente, estableciendo su desacuerdo con el consuelo de la chica. Ella quiso llorar al verle tan destrozado.

—No, debí haber insistido aún más. Mis esfuerzos no fueron lo suficientemente buenos para conseguir persuadirle. Debí poner más empeño, de esa manera hubiese podido rescatarle… Tuve la oportunidad de salvarle y lo arruiné todo—reprochó, apesadumbrado. Fue entonces el turno de Rin de negar su cabeza bruscamente, conteniendo vergonzosas lágrimas; alcanzó la mano de Len y la sostuvo con firmeza.

—Len, escúchame. No fue tu culpa. Nada de lo que pasó fue tu culpa. Sukone-san fue libre de decidir y hacer lo que ella quiso. Su determinación era muy fuerte y, por más egoísta que resultasen las consecuencias, nadie podría haberle convencido de otra cosa. No te ahogues en una miseria que no te corresponde. Te necesitamos aquí, en el presente, activo y despierto. Nos concierne saber qué pasará con Leti y Tia—el rubio suspiró con melancolía al oír el nombre de las dos infantas. Saber que habían quedado huérfanas en aquel país extranjero arruinaba aún más su inestable humor—. Los oficiales están investigando el caso y pronto saldrán con nuevos detalles. Por favor, necesito que te enfoques.

—Me siento tan responsable por lo que les sucedió—admitió Len tras una pausa incómoda. Rin apretó sus labios y negó de nuevo—. Saber que no hay nadie registrado legalmente que pueda hacerse cargo de Leti y Tia lo empeora todo. No puedo imaginarme qué harán con ellas—murmuró, sus ojos oscurecidos por el pesimismo. Rin suavizó las endurecidas facciones de su rostro cuando vio a Leti y a Tia precipitándose hacia ellos, seguidas minuciosamente por la penetrante atención de un policía robusto, de rostro consumido y austero. Ambos rubios les recibieron con un par de miradas consternadas, abriendo sus brazos e invitando a las más pequeñas a escalar sobre sus seguros regazos. Ninguna tardó en cumplir la silenciosa petición.

—Oneesan, ¿podrías responderme algo?—Inquirió Leti cuando se hubo puesto cómoda sobre las piernas de Rin. Ella acarició su cabellera y murmuró un leve "¿hm?" para certificarle a la niña que le atendía a pesar de que su mirada interesada seguía posada sobre el mortificado Len—. ¿Qué es un orfa…nato?

—¿Un orfanato?—Repitió la rubia, saboreando la pesada palabra en aquel penoso contexto. Leti movió su chiquita cabeza de arriba hacia abajo, asintiendo. Rin dirigió sus intrigados ojos desde la figura vulnerable de Leti hasta el hombre que había conversado con las niñas.

—¿Podríamos hablar un minuto en privado?—Intervino Len, cargando a Tia entre sus brazos mientras se ponía de pie. Una vez que el sujeto de la policía dio su consentimiento, Len regresó la complexión infantil hasta el asiento que había ocupado y se retiró con el señor. Tia volvió su cabeza hasta Rin, pidiéndole ingenuamente que procediera con su explicación.

—Bueno, ¿cómo podría decirlo?—La rubia remojó sus labios y se tornó ansiosa al percibir las inquisitivas miradas que le dedicaban sus acompañantes—. Un orfanato es un sitio donde viven muchos niños, de todas las edades, que tienen a sus padres ausentes por diversas razones.

—¿Qué clase de razones?—Musitaron instantáneamente las gemelas. Rin dejó escapar un sutil respiro y armó una sonrisa algo incómoda y apagada.

—Pues son razones que en la mayoría de las ocasiones se escapan de las manos de sus papás. Por ejemplo, cuando los papás de un pequeño no cuentan con el dinero suficiente para darle comida o para cuidar de su salud, lo entregan a estas personas del orfanato que protegen, educan y velan por el pequeño en su lugar—expuso lentamente. Era sorprendente como aquellas dos absorbían y comprendían las nociones básicas de aquella información sin tantos problemas.

—¿Y son divertidos los orfanatos? ¿Cómo son las personas que viven ahí?—Interrumpió Leti, jugando con los dedos de la mano de Rin—. ¿Acaso son como la señora regordeta que vivía a nuestro lado y se quejaba siempre de que hacíamos mucho ruido cuando jugamos? Porque ella nos daba miedo… Es por eso que cuando mamá nos decía que nos dejaría con ella, Leti comenzaba a llorar mientras Tia asentía con temor.

—Depende de qué orfanato sea, pequeña—dijo por fin Rin. Tia y Leti asintieron y agacharon sus cabezas, enredando las puntas de sus cabellos, y permanecieron calladas. Rin comenzó a angustiarse. Su silencio era inusual y tétrico. ¿Adónde habían ido las dos enérgicas niñas, llenas de vida y sueños?—. ¿Por qué me han hecho esas preguntas? ¿Qué les ha dicho el señor policía?

—Él ha dicho que mamá se ha ido de aquí, muy muy lejos, y que no podrá volver—respondió Tia, con sus ojos cristalizados, sin entender muy bien a qué se referían las palabras del oficial—. El señor policía también dijo que Leti y yo no podíamos ir con ella, porque es un lugar que los niños no deberían visitar—Rin apegó a las pequeñas a su pecho, su cuerpo actuando tal como su madre lo hacía cuando estaba viva, aunque ella no lo podía recordar con claridad—. Si no podemos ir con mamá y ella no puede regresar, ¿significa que nunca más la veremos?

Y Rin sintió cómo traidoras lágrimas goteaban desde el borde de su barbilla hasta la mejilla sonrosada de Leti y la coronilla de Tia. Las niñas subieron sus cabezas y abrazaron a Rin cuando notaron que sollozaba en silencio. Estaban preocupadas por haber dicho algo inapropiado que hubiese herido a Rin. Nadie agregó nada más por unos largos minutos. Cuando Rin consiguió componerse, sintiendo el ambiente apaciguarse, se enderezó y pidió que las otras dos le prestasen atención.

—¿El señor policía mencionó algo sobre un orfanato, verdad?—Interrogó con delicadeza—¿Qué fue exactamente lo que les dijo?—Leti pestañeó y frunció su frente, rebobinando la extraña plática que habían tenido con el oficial en su cabeza.

—Dijo que iríamos a esa casa especial conocida como orfanato, adonde van los niños cuando sus papás hacen el viaje que mamá hizo, y que ahí…—Tia se cortó y sus ojos se volvieron más grandes, como si lo que fuera a decir sonase demasiado irreal—. Él dijo que ahí conseguiríamos nuevos papás. Pe-Pero, ¿cómo es eso posible, oneesan?

—Los niños han quedado sin papás usualmente son acogidos por otras personas que, al tomar el deber de cuidarlos, se convierten en sus nuevos papás—explicó con una voz maternal, acariciando los mechones níveos de la niña. Ella gimoteó—. A eso se le llama "adopción".

—¿Adopción?—Tia respingó y observó a Rin con miedo—. ¿Eso quiere decir Leti y Tia sí tendrán papás nuevos cuando lleguen a ese lugar?—Su labio inferior tembló ante la espeluznante idea. Rin entreabrió sus labios, con el consuelo impreso en sus ojos, pero ella no le permitió hablar—. ¡No! Yo no quiero a unos extraños como papás nuevos, ¡yo quiero a mamá! Quiero estar con mamá de nuevo…

Lágrimas tiernas se escurrieron por su cara y su nariz comenzó a moquear. Rin buscó un liso y terso pañuelo de mano dentro de su bolso y lo deslizó sobre el rostro húmedo de la niña, con mucho afecto, limpiando los rastros de sal y agua en él. Besó su frente y le pidió cálidamente que se calmase. Leti se hallaba tiesa y ensimismada, probablemente muy trastornada como para que su pequeña mente, muy inocente e inexperta, pudiese comprender totalmente lo que ocurría. La discusión no había quedado asentada aun cuando Len afloró, con un semblante tenebroso, de uno de los despachos monótonos y minúsculos de la estación. Andaba pisándole los talones el oficial, con una sonrisa arrepentida. Rin frunció el ceño y sostuvo las manitas de las niñas.

—Tia, Leti… ¿Podrían acompañar al señor un momento?—Las dos niñas se asieron de los brazos de Rin y evadieron la dulce y suplicante mirada del rubio, repudiando la idea de estar lejos de ellos. Ella lanzó una mirada desesperanzada a Len y éste suspiró, desanimado y hastiado por la atmósfera gris de la comisaría—. Niñas, por favor, serán solos unos pocos minutos. Prometo que volveremos pronto. Tengo que decirle algo muy importante y urgente a Rin, ¿está bien?

—Prometido…—murmuró Leti, apartándose. Las dos pequeñas se irguieron en los altos asientos y vieron partir a Rin y a Len hacia una zona más desolada. El oficial se arrodilló delante de ellas y empezó a hacerles preguntas indirectas sobre su familia.


—¿Qué fue lo que pasó?—Quiso saber ella, estirando sus dedos para presionar el botón del dispensador de agua y así poder llenar su vasito de papel. Len se mantuvo mudo unos segundos, evaluando cuidadosamente sus palabras, antes de contestar:

—Sukone-san no preparó ningún tipo de testamento, Rin. Aunque, considerando todos los problemas que tenía, es normal que hubiese descuidado hacerlo… La mujer estaba peor de lo que creí—confesó él, suspirando al recordar el listado de antecedentes que había leído el policía para él—. Quedó desempleada unas semanas después de la muerte del señor Muneo por su actitud y negligencia. Sus deudas comenzaron a amontonarse: facturas por el alquiler, la luz, el agua, hasta la educación de las niñas se vio perjudicada… Hace poco empezó a tener problemas con el alcohol. Fue arrestada por andar ebria en medio de la calle en dos ocasiones en altas horas de la noche. Tengo entendido que solía dejar a sus hijas bajo el cuidado de su vecina cada vez que salía, pero ella se mudó recientemente. Hace una semana Sukone-san recibió un comunicado sobre una denuncia por descuido parental a menores de edad…

—¿Quién la denunció?—Interrumpió, sorprendida.

—No lo sé; creo que fue alguien de su edificio. El oficial dejó muy claro que no hay ningún familiar o representante que pueda hacerse cargo de ellas. Por lo menos no aquí, en América. Habían estado discutiendo si debían mandarles de vuelta a Japón y que el gobierno japonés controlara el caso, o si debían transferirlas directamente a un orfanato internacional aquí. Hasta ahora, estoy seguro de que optarán por la segunda opción…

—Aún no puedo creer que ellas irán a parar a un orfanato… Será un cambio muy duro e impactante, sumado al hecho de que perdieron a la única figura protectora que tenían de una manera tan trágica y abrupta. Son unas niñas tan hermosas, no soporto verles sufriendo y llorando—Len afirmó, sin mucha emoción. Rin se sirvió un poco más de agua y bebió el refrescante líquido lentamente—. Me gustaría poder asegurarme de que estarán bien…

—Yo también—musitó él. Rin le observó y encontró fantásticas las suaves y más calmadas facciones que adornaban el distraído rostro del rubio. Se encontraba dubitativo, con una expresión difícil de leer, llena de anhelo e incertidumbre. Ella, inconscientemente, alcanzó su mejilla con su mano, que parecía moverse por voluntad propia, y acarició la superficie de su cara. Len despertó de su ensoñación para ser bienvenido por una realidad demasiado fantasiosa. Rin le regalaba una sonrisa tierna y una mirada tranquilizante, como lo había hecho hacía tiempo atrás. Oh, cómo extrañaba aquellos momentos…

Rin, espantándose por la familiaridad y confianza con la que su mano había reaccionado, se apartó y retrocedió unos pasos, estableciendo límites en su espacio personal. Len frunció el ceño y sintió cómo la decepción se esparcía en su interior cuando el tibio contacto desapareció. Ella se aclaró la garganta y esbozó una sonrisa pequeña.

—Deberíamos volver ya—susurró cuidadosamente, lamentándose por sus impulsivos reflejos—, no me gustaría dejar a Leti y a Tia solas por tanto tiempo. Quiero acompañarles hasta el final. ¿El oficial te ha dicho cuáles son sus planes exactamente?

—Permanecerán en custodia por un par de horas más, mientras culminan la primera parte del papeleo, y creo que luego vendrá alguien a llevárselas—mencionó Len. Rin asintió, entendiendo lo que aquello implicaba. Sería la última vez que les verían—. Adelántate tú, Rin. Necesito realizar una llamada. Cuida a Leti y a Tia mientras no estoy, ¿sí?

—¿Uh? Claro que sí. No te preocupes, puedes confiar en mí—sonrió con una alegría minúscula, intentando animar a aquella persona tan especial para ella que parecía estar resquebrajándose en el interior. Len sonrió.

Lo sé.


8:25 pm.

Rin mordió su cachete cuando divisó la hora en el reloj digital que pendía en lo alto del muro. La comisaría se encontraba más vacía y pacífica que en horarios más tempranos. La angustiada mirada celeste de Rin cayó sobre los dos ángeles que dormían con sus cabezas sobre su regazo. Después de una extensa sesión de interrogaciones, el detective asignado para tratar su caso no había obtenido nada fructuoso de las niñas. Las dos pequeñas nunca habían conocido a sus abuelos y tampoco recordaban sus nombres. No tenían tíos ni primos, y su madre había perdido contacto con todas sus amigas desde que habían llegado a Estados Unidos, hacía dos años atrás. Aquella situación fue hincapié para el irrefutable destino de las dos.

Meiko estaría furiosa. No había nada más que enojara a Meiko como la falta de lealtad a la palabra y la ruptura de promesas. Rin había prometido volver antes de las ocho de la noche y, a menos de que se marchara en ese preciso instante, no alcanzaría el hotel a tiempo para cumplir el plazo de treinta minutos de retraso que Meiko le otorgó como comodín. No obstante, muy a pesar de las consecuencias que generaría, decidió quedarse por el bien de Leti y Tia. Pronto serían enviadas a un hospicio internacional religioso al sur de Nueva York.

Rin se removió en el asiento, preocupada. Había transcurrido más de una hora desde que Len había desaparecido para hacer aquella dichosa llamada. ¿Qué tal si se atrevía a abandonarla ahí? Sería decepcionante e imperdonable.

—¡Rin!—Una voz femenina asaltó sus oídos. Le resultaba conocida, pero no podía unirla con algún rostro en su memoria. La rubia dejó que sus ojos viajaran por los alrededores. Fue entonces que ubicó a Len acercándose rápidamente con una señora de hermosa y sofisticada apariencia delante de él. Ella se detuvo en frente de Rin, totalmente agitada.

—Mamá, no te exaltes demasiado, por favor. Recuerda lo que te dije—reclamó él, gruñendo cuando Shizuka ignoró su advertencia y abrazó con un cariño demasiado desenvuelto a la desorientada Rin, quien encontraba inverosímiles las acciones de la mujer, ya que actuaba como si tuviesen años conociéndose y muchísimo tiempo sin verse. Ding, ding. Ella quedó embriagada por una cálida sensación de cuidado, que pronto puso a engranajes obsoletos a trabajar. La rubia cerró sus ojos y recordó con ligereza su primer encuentro con Shizuka en el acuario y su emergente reunión en las Torres Asakawa. Sonrió tímidamente, aún sin acostumbrarse a su tacto comprensivo y maternal.

—Shizuka-san, ha pasado mucho tiempo. Me da gusto volverle a ver—inclinó su cabeza por respeto y le enseñó una sonrisa educada y amable. La mujer chilló por la placentera sorpresa. Len, por el contrario, permaneció callado y serio, incrédulo por la respuesta inesperada de Rin. No era justo. ¿Por qué podía retomar las memorias de su madre con tanta facilidad pero con él era tan distinto y tan complicado? ¿Era así de grave el daño que le había ocasionado?

—¡Estás tan linda, Rin! Me alegra tanto ver que has crecido muy bien después de todo el tiempo que ha pasado. Estoy muy feliz de tener la oportunidad de hablar contigo una vez más—Rin y Shizuka cambiaron sus expresiones a unas curiosamente preocupadas cuando escucharon a las dos más pequeñas estirándose en sus puestos, mientras protestaban tiernamente con suaves gemidos y murmullos, advirtiendo que pronto despabilarían. A continuación, lejos de cumplir las expectantes especulaciones anteriores, se quedaron quietas, relajaron sus cejas apretadas y continuaron dormitando. Shizuka las admiró por unos segundos más, para luego volverse hacia Len, su rostro cubierto por una careta de seriedad—. ¿Son éstas las niñas sobre las que conversamos? ¿Leti y Tia Sukone?—Su hijo asintió y Shizuka dejó escapar un suspiro corto y ameno, extendiendo sus delicadas manos con el fin de palpar las caballeras blanquecinas de las dos pequeñas—. Deben ser realmente especiales para que me hayas hecho tomar un vuelo privado desde Boston hasta Nueva York, tan bruscamente.

Rin no pudo evitar contener la sonrisa conmovida que se estiró sobre sus labios. Conque eso era lo que tenía tan ocupado y absorbido a Len… Él había acudido al sabio consejo de su madre. Era bueno saber que, después de conocer lo que sucedió por lo poco que recordaba, ellos mantenían una relación estable y cercana.

—Debí haber oído a tu padre y haber permanecido unos días más en la ciudad en lugar de regresar inmediatamente a casa. Lenny, tú sabes que mi apoyo en tus decisiones siempre será incondicional y constante, pero… ¿sabes la gran responsabilidad que implica y acarrea lo que me has pedido, cierto?—El rubio no respondió nada. Rin exteriorizó su confusión ante la prudencia, el celo y la rectitud que la madre de Len había empleado al formular su pregunta. Shizuka sonrió débilmente, analizando el brillo determinado en los ojos de su hijo—. Hablemos sobre esto en privado, Len. Tu padre está por llamar desde Berlín. Veremos qué podemos hacer con respecto a todo este asunto... Rin-chan, ¿cuida mucho de estas lindas pequeñas mientras Lenny y yo vamos a conversar por allá, está bien?

Y con ello, Shizuka condujo a su hijo fuera del pasillo. La rubia estaba resignándose a dejar morir su interés por saber qué razón o qué clase de plan había traído a Shizuka hasta la estación neoyorquina desde Boston cuando bajó su mirada y se topó con los contrastantes ojos abiertos e inquisitivos de Leti y Tia. Sorprendida, les preguntó:

—¿Cuánto tiempo han fingido estar dormidas?

Ellas se arrodillaron sobre las superficies plásticas de los asientos, batallando por no resbalarse y terminar en el suelo, y se inclinaron hacia los oídos agudos de Rin, cada una ocupando uno de sus costados. Simultáneamente, con sus apacibles voces cosquillando sus orejas, respondieron con otro cuestionamiento:

—¿Quién es esa señora y por qué Len oniisan la ha llamado hasta aquí?


Shizuka se cruzó de brazos y largó un prolongado suspiro, deshaciendo el tenso nudo que mantenía su aliento dentro de su garganta. Len no se inmutó. Sus orbes celestes, centelleantes de determinación y entendimiento, penetraron la mirada profunda, astuta e indagadora de su madre. Eran dos ráfagas de aire, una fría y otra caliente, enfrentándose y entrelazándose en un torbellino de voluntades. Shizuka volvió a inhalar, lentamente, antes de aclarar su voz y preguntar:

—¿Es definitivo?—Len le contestó con un efímero asentimiento—. ¿Esas niñas son tan especiales que tu decisión es así de irrevocable?

—Lo son—dijo sin vacilar. Shizuka lanzó sus ojos reflexivos al techo y, a continuación, los hincó en el suelo. Comenzó a golpear con uno de sus dedos su propio codo, mostrando una clase de impaciencia o ansiedad. Len permaneció quieto.

—Lenny, antes de continuar precipitándote en esta descabellada situación, quiero que te detengas unos minutos a recapacitar el peso de tu decisión —el rubio tenía las intenciones de replicar, intentando no sonar desdeñoso o despreciativo por la justificable necedad de su madre, no obstante, antes de que las sílabas consiguiesen resbalarse fuera de su boca, Shizuka le arrebató la palabra:—.Tú tienes toda una vida por delante, cariño. Eres aún demasiado joven; hay un camino lleno de oportunidades y alternativas extendiéndose delante de ti. Si continúas aferrado a esta impulsiva y terca idea, tendrás que abstenerte a las consecuencias que vendrán con ella. Esta responsabilidad no solo comprometerá su futuro, sino el tuyo también. ¿Tienes eso presente, no es así?

—Por supuesto—respondió con simpleza. Shizuka, movida por su propósito de probarle y persuadirle, preparó otro argumento para añadir a sus objeciones. Se encontraba preparada para decírselo cuando él disparó una respuesta que causó conmoción dentro de ella y enmudeció su lengua—. Más que comprometer mi futuro, le dará un nuevo sentido a mi vida… Mientras te esperaba, lo pensé. Lo recapacité y reflexioné. Y, muy a pesar de todas las posibilidades negativas que pude encontrar, quiero hacerlo. Es mi deber, mamá. Con ellas, con su madre y conmigo mismo.

—Me parece que no habrás considerado todos los riesgos, de lo contrario, tu voluntad habría sido otra—murmuró con un recelo cauteloso, empezando a darse por vencida—. No comprendo completamente lo que intentas decirme. ¿A qué te refieres con eso, Lenny?

—Mamá, su madre prácticamente me rogó que las cuidara por ella. Tú no estuviste ahí para ver la desesperación y la agonía que Sukone-san reflejaba en sus ojos durante los últimos minutos antes de que acabara con su vida. Velar por su bienestar es lo único que puedo hacer por Sukone-san, después de haber fallado en rescatarla…

—Lenny, ¿por qué…?

—Además—Len se recompuso y sonrió, aliviando a su madre, quien empezaba a alarmarse por la tristeza que tomó posesión del brillo en el rostro de su hijo—, yo sé cómo se siente perder el cariño de tu madre a una edad tan temprana—musitó casi inaudiblemente, pero Shizuka manejó oírlo a la perfección. Fue su consuelo no percibir alguna pizca de rencor o molestia en su voz. Len estaba sereno y le enseñaba una sonrisa feliz—. Quizás no pueda otorgarles el afecto de una madre, pero sí puedo darles el cuidado y la seguridad de un padre.

—Lenny, me parece admirable tu preocupación y tu interés por su bienestar, pero tienes tan solo dieciocho años—volvió a rebatir su madre—, ¿no preferirías dejar que alguna otra familia, adecuada y estable, les adoptara?

—No sería lo mismo, mamá—Len dejó escapar una pequeña carcajada—. Llámame egoísta o irracional si quieres, pero no pretendo otorgarle esa misión a nadie más. Hace poco escuché a Leti y a Tia llorar por la idea de tener unos extraños como nuevos padres. Pensé que sería lo mejor para ellas, pero… ¿Qué tal si llegasen a separarles en medio de transiciones legales? No sería la primera vez que un caso así sucediera. ¿Qué pasaría si sufrieran algún tipo de malestar en el orfanato o si llegasen a contraer alguna enfermedad? ¿Y si son adoptadas por alguien que abuse de ellas o les maltrate? Son niñas tan especiales, son un par de diamantes en bruto, y no quisiera ver sus inocentes sonrisas arruinadas. No estoy dispuesto a hacerlo. También llegué a considerar qué pasaría si nadie les adopta y…ugh. Prefiero no imaginármelo. Es por ello que deseo ser yo quien les otorgue estabilidad, mamá. Tengo los recursos para hacerlo.

—Bien, veo que nada de lo que diga podrá hacerte cambiar de opinión—su mamá frunció sus labios y suspiró—. ¿Y qué sucederá con tu carrera, Lenny? Ellas podrían implicar un obstáculo realmente grande para que sigas avanzando. ¿Y qué hay sobre la prensa? Esto será un escándalo nefasto. ¿Crees que podrás controlarlo?

—Sí. Tú sabes, los escándalos son pasajeros, pero sé que las memorias que podría llegar a construir con ellas, no—Shizuka sonrió, conmovida—. Y, con respecto a lo de mi carrera, muchos han estado en una situación más complicada que la mía, siendo padres jóvenes, y han conseguido superarse en la vida. Además, sé que te tengo a ti para apoyarme, ¿cierto?

Cierto—se rindió su madre, dejando caer sus hombros y esbozando una sonrisa amena—. Tú sabes que siempre te apoyaré, Lenny, sin importar qué decidas hacer con tu vida, siempre y cuando estés seguro de lo que estás haciendo es bueno para ti y para los demás. Estoy orgullosa de ti, cariño. Haber tomado la decisión de adoptar a Leti y a Tia me demuestra que puedes asumir responsabilidades con firmeza. Viendo tu determinación, sé que lo harás bien.

—Gracias, mamá—ella abrió sus brazos y sostuvo entre ellos a Len, como si se tratase de un niño—. ¿Hablarás con mi padre, entonces?—Ella afirmó y Len le abrazó con más fuerza.

—Supongo que esas dos pequeñas de ahora en adelante me llamarán abuela…—Shizuka se rio y bufó suavemente—. Bueno, eso sí que es un shock. No tenía planeado oír algo así hasta dentro de unos seis años más como mínimo. Tendré que acostumbrarme…

—Lo harás mamá. Sé que lo harás.

—¿Y tú? ¿Te sientes preparado para oír a alguien llamándote "papá"? —Inquirió, enarcando su ceja.

—Quién sabe—respondió sonriendo.


¿Len piensa hacerse cargo de Leti y Tia? ¡Increíble! Pero, si aún no es mayor de edad, ¿cómo…?—Rin retornó a los asientos, tras haber oído accidentalmente la última parte de la conversación de los Asakawa, dispuesta a seguir vigilando a las dos niñas, quienes habían quedado bajo el cuidado de una oficial.

—¡Oneesan! Mira lo que he dibujado—Leti saltó del escritorio sobre el cual se encontraba sentada y corrió hasta arroparse bajo la mirada de Rin, agitando una hoja de papel blanca rayada con delicadas líneas que formaban una especie de flor. La rubia esbozó una sonrisa.

—¡Qué preciosa es! Ha quedado magnífica, Leti—la albina la extendió aún más y le señaló que era para ella. Rin sonrió—. ¿Es para mí? Muchas gracias, me encanta…¿Y tú, Tia? ¿No has dibujado nada?

—Yo hice un pingüino para oniisan, pero…—Tia mordió sus labios y realizó un mohín—creo que mi pingüino está muy gordo y feo. A oniisan no le gustará.

—Claro que le gustará, es de Len de quien estamos hablando—replicó la chica, tomando el dibujo tan tierno del peculiar animal—. Es hermoso, Tia. A Len le fascinará, puedo asegurártelo.

—¿Qué cosa me fascinará?—Irrumpió Len en la plática, emergiendo con Shizuka, y Rin estuvo a punto de chillar por el susto. Leti y Tia pestañearon un par de veces cuando notaron que el rostro de su hermana mayor perdía color. Rin, sin querer hacer uso de su quebrada y avergonzada voz, le pasó la hoja de Tia y esperó a ver la reacción de los recién llegados.

—Es para ti. Tia lo hizo con mucho cariño—aclaró, tenazmente. Len revisó el esmerado trabajo y sonrió ampliamente, agradeciéndole por su gesto tan sincero e inocente. Leti insistió para que Rin le enseñase su dibujo a Len. Ella, reluctante, cumplió, sin poder esconder la sonrisa tan grande que se esparció por su rostro. Shizuka miró a la joven pareja, que aún no era una en realidad, y negó. Se acercó a la oficial que custodiaba a las niñas y preguntó.

—¿Podemos hablar unos minutos en privado? Necesito su asesoría para abrir un proceso de adopción—murmuró y la oficial, sorprendida, le pidió que le acompañase. Rin y Len permanecieron en silencio por minutos, hasta que ella por fin habló.

—Uhm, ¿crees que pueda irme? Es tarde ya y Meiko-nee debe estar preocupada por mí. Le dije que llegaría hace cincuenta minutos atrás y aún continúo aquí, sin poder comunicarme con ellas.

—¿Crees que podrías quedarte unos diez minutos más?—Suplicó, sintiéndose culpable por su egoísmo. Pero no quería dejarla ir, no tan fácilmente. La rubia enterneció su mirada y la dirigió hasta las dos más pequeñas, que halaban su pantalón con afán—. Te acompañaré a tomar un taxi después de ese tiempo…

—¿Adónde irás, oneesan?—Preguntaron las gemelas al unísono, con sus ojos esperanzados y expectantes—. ¿Nos volveremos a ver pronto, oneesan? ¿Crees que podamos ir a jugar juntas mañana?

—¿Eh?—Rin tragó con dificultad. Partirían pasado mañana a Los Ángeles y Rin estaba más que segura de que Meiko no le quitaría un ojo de encima en su último día en Nueva York. Ya había sacrificado la mitad de un día de turismo con sus amigas y había recurrido a súplicas arrodilladas para conseguir el permiso para separarse del grupo—. No creo que pueda, pequeñas—dijo, entristecida—. Verán, oneesan dejará Nueva York el martes y mañana necesita preparase para su partida.

—Oh…—las expresiones apagadas de las gemelas y de Len amedrentaron su corazón, lo hicieron contraerse y retorcerse por la pena. Pero no se podía hacer nada. Ella tenía que irse, inevitablemente, tarde o temprano. Por otro lado, las gemelas estaban ahora bajo custodia del Estado y no tenían permitido andar libremente por ahí. Por ende, aquella precipitada salida era más que inaccesible. Len haló su codo y le regaló una sonrisa miserable.

—Disculpen—apareció una mujer alta, de largos cabellos anaranjados y cara pecosa, examinando al par de jóvenes y a las dos niñas que corrieron a protegerse detrás de ellos cuando ella se adentró en la estación y las localizó con su sospechosa mirada—. Mi nombre Misha Orange. Soy una trabajadora social que ha venido en representación de la casa hogar Ángel Guardián. Yo, um…—sus comprensivos ojos naranjas cayeron sobre el par de criaturas que se refugiaban detrás de Rin y Len. Ellos sonrieron, apenados—. ¿Podrían decirme dónde puedo encontrar al detective Hawkins? Él fue quien conversó conmigo.

—Si está buscando a Hawkins, sígame, por favor—Shizuka y el oficial habían regresado, y ahora la mujer llamada Misha se retiraba con él por el mismo pasillo por el que madre de Len había vuelto. Shizuka acomodó el anillo en su dedo anular y suspiró con cansancio.

—Cuando culminen su conversación, tendremos que marcharnos y Tia y Leti se irán con ella—comentó rápidamente, en un susurro, para que las aludidas no oyeran. Rin les apartó y les distrajo con los peluches que habían comprado en el museo—. He hablado con el oficial, Len. Tengo varios contactos que podrían ayudarnos a acelerar el proceso, pero creo que tardaremos cerca de un año en conseguir la custodia completa de las dos. Será complicado y quizás fastidioso, mas no imposible. Hablé con tu padre y hemos acordado que empezaremos los trámites apenas regrese de Berlín. ¿Estás bien con eso?

—Preferiría iniciarlos lo más pronto posible, pero supongo que sí—su madre se quedó observando a Rin, quien, arrodillada a pocos metros de ellos, agitaba los muñecos de las niñas como si fueran sus títeres, imitando sus voces y haciendo reír a las más pequeñas con sus ocurrencias. Una sonrisa pícara adornó su rostro. Acarició el brazo de su hijo y, lentamente, cuestionó:

—Entonces, ¿hay alguna candidata potencial para ser la madre sustituta de Leti y Tia?—Len se sobresaltó y se alejó de ella, como si hubiese recibido una carga de electricidad con aquella caricia. Su madre aumentó la tenacidad en su expresión.

—¿Para qué preguntas si ya sabes la repuesta?—Murmuró, malhumorado. Shizuka rio, atrayendo la atención de las gemelas y de Rin. Ella se unió a las carcajadas al admirar el rostro ennegrecido del rubio, pero pronto un alboroto le distrajo y arruinó su humor. Se puso de pie bruscamente y mordió sus labios cuando, a lo lejos, divisó la figura de Meiko, seguida por unas alarmadas Gumi y Miku, adentrándose a la estación con un policía alto y turbado. Parecía que la castaña estaba dándole datos al sujeto. Antes de que pudiese saludarles, Miku le señaló y gritó:

—¡OH DIOS, MEIKO! AHÍ ESTÁ. ¡ESTÁ ASALVO!—Gumi y Miku corrieron, encendidas por el alivio y la dicha, empujando a cualquier cosa o persona que se interpusiese en su camino, y taclearon a Rin contra un asiento, asfixiándole. Leti y Tia, espantadas por el abrupto ataque, comenzaron a golpear sus peluches con toda su fuerza contra las dos intrusas que ahogaban a su hermana mayor. Len y Shizuka aguantaron sus risas.

—¡No funciona! ¡Oniisan! ¡Van a matar a Rin-chan!—Acusó Leti, lloriqueando mientras se lanzaba a los brazos del Asakawa. Él se había hincado y las había recibido en un caluroso abrazo. Gumi decidió, por fin, separarse de la rubia. Se encontró con una impactante escena, viendo al otro hincado con dos niñas colgando de su cuello.

—¿Quiénes son ésas? ¿Fans? ¿No son muy pequeñas? —Susurró en el oído de Rin. Ésta se irguió y Miku y Gumi decidieron separarse de ella. Rin aspiró con dificultad.

—¡Por Dios! ¿Qué fue eso? ¿Era necesario que intentasen asesinarme? ¡Creí que me ahogaría con mi propia saliva o algo por el estilo!

—¡Rin Kasane!—Meiko apareció y golpeó la parte trasera de su cabeza con el movimiento de una elegante cachetada. Ella gimió—. ¡¿Cómo se te ocurre reprocharles cuando eres tú la que está errada aquí?! ¡Nos tuviste esperándote por una hora entera! ¡Creí que algo malo te había pasado, Dios mío! ¡¿Qué rayos te impidió comunicarte con nosotras?!

—Meiko-nee, baja la voz, estamos llamando la atención—pidió con cuidado. Meiko desvió su mirada fulminante e intentó calmar su impetuoso temperamento—. Sé que sobrepasé la hora en la que se suponía debía volver, pero ocurrieron muchas cosas. Ah… Vengan acá—Rin les indicó, a través de gestos que se acercaran. Ellas saltaron y la abrazaron protectoramente, alertas por si aquellas mujeres intentaran herir de nuevo a su hermana—. Ellas son Leti y Tia. Niñas, ellas son mis amigas Meiko-nee, Miku-chan y Gumi-chan. No tienen que preocuparse; no me harán daño. Solo estaban jugando.

—¿Jugando? Pe-Pero…Oneesan, esa señora de cabellera marrón te pegó. Esa clase juego es temible. Ella nos da miedo, oneesan—respondió Leti, acomodándose sobre su pecho. Len sonrió.

—No te preocupes, Leti. Todo el mundo le tiene miedo a su salvajismo—Meiko atinó un mordaz golpe a la cabeza de Len, haciéndole gruñir por el dolor. Tia y Leti volvieron a respingar.

—¡Es una bestia!

—¡Meiko! Tsk. Estás asustando a mis niñas, ¿podrías controlarte?—La castaña entreabrió sus labios, pasmada, y se volvió a Gumi y a Miku. Éstas se veían tan desorientadas como ella. Shizuka, quien había permanecido de pie e inmune al alboroto, se animó a intervenir.

—Ahí viene la trabajadora social—advirtió—. Es hora de decir adiós, Len.


—Gracias de nuevo por pagar el taxi—dijo Meiko por tercera vez, fuera de la comisaría, de pie junto a la puerta de la cabina de pasajeros. Meiko y Gumi estaban apurruñadas dentro de ésta, esperando a que las otras dos acabasen con sus despedidas.

Len negó suavemente, restándole importancia al gesto. De hecho, había sido su madre quien había insistido en que lo hiciera, como el caballero que era, y él, dado que Rin estaba involucrada en el paquete de pasajeros, no dudó en acometerlo.

Meiko se introdujo en el vehículo y obligó a las otras dos a que se arrimaran aún más. Ellas chillaron cuando el espacio entre ellas se encogía. Gumi quedó acorralada contra la fría ventana, siendo el objeto de diversión del taxista. Rin apareció detrás de Len, con una sonrisa apagada, abrazándose a sí misma. Len le había ofrecido su chaqueta, pero ella la había rechazado numerosas veces.

—Hoy fue un día memorable—confesó con timidez. Len asintió e intentó recordar alguna otra oportunidad donde hubiesen salido solos al público, como pareja, además de su cita casi fallida al acuario. No recordando alguna, sonrió.

—Nuestras citas siempre son memorables—Rin le miró detenidamente.

—¿Cómo puedes decir eso? Solo hemos tenido dos encuentros a solas que puedan ser considerados citas—aseguró con certeza y el rubio quedó sorprendido. La rubia frunció su ceño y mordió su lengua. ¿Dos? ¿Cómo podía estar segura de ello?—Eh, bueno, solo lo digo…eh, porque, bue-bueno, es lo que recuerdo—tartamudeó.

—Estás en lo correcto—mencionó y ambos cayeron en un incómodo silencio. Rin, sintiendo que el tiempo se acababa y si no actuaba rápido todo se arruinaría, cambió el camino de su conversación.

—Estoy impresionada, sabes. Me parece admirable la decisión que tomaste con respecto a Letia y a Tia. No cualquiera hubiese decidido en adoptarles—él le dirigió una mirada asombrada—. Sí, quizás oí un poco de tu conversación con Shizuka-san. Lo lamento.

—No te preocupes…

—En fin, espero que todos los trámites salgan bien y puedas cuidarles bien. Aunque, es difícil entenderlo porque tan solo tienes dieciochos años y…

—Su tutela estará en manos de mis padres legalmente, pero yo tendré el permiso de cuidarles como si fueran mis propias hijas. Mis padres están muy ocupados de todas formas como para hacerse cargo de ellas—Rin afirmó y él le sonrió—. ¿A qué hora saldrá su vuelo mañana?

—A las seis de la tarde. Estaremos en el aeropuerto cerca de las tres…—agregó, implicando con su tono de voz que le gustaría verle antes de irse a California. Len se quedó pensativo.

—¿Crees que puedas escaparte al mediodía de tus amigas? Prometo regresarte antes de las tres. Es que me gustaría que te despidieras de Leti y Tia antes de marcharte.

—¿Me llevarás a verles en el orfanato?—Dijo, sorprendida.

—Sí. ¿Te apetecería?

—Claro que sí—Rin asintió de nuevo y extendió su mano hacia él, sonriendo—. ¿Es una cita entonces?

—Tenemos una cita, Rin—el taxista hizo sonar la corneta del auto, sacándolos de su mundo pequeño, y Len le dejó ir. Ella agitó su mano cuando se subió en la cabina.

Len lanzó una última mirada a las luces traseras del taxi antes de volverse al auto donde su madre aguardaba por él.

¿Será mañana la última vez que le vuelva a ver?

Continuará…


Ok. Se supone que debería estar durmiendo ya, pero quería publicar este capítulo.

Es un regalo para ustedes porque alcanzamos los 400 reviews.

¡GRACIAS A TODAS! No saben lo mucho que significa para mí saber que aún cuento con su apoyo.

¡MUCHÍSIMAS GRACIAS!

Por favor, continúen siendo tan pacientes y atentas, que serán bien premiadas por ello.

Les quiero un montón, ¡gracias por todo!

Espero que disfruten la lectura y me dejen sus opiniones en un review.

¡No cuesta nada de nadita!

¡Cuídense y tengan una semana fantástica!

(o lo que queda de ella).

¡Besos y abrazos virtuales!

Chu~ Chu~ *

Con cariño, Jess.