CAPITULO 33

El crepitante fuego calentaba la vasta habitación, proyectando grandes y danzantes sombras sobre los muros de piedra. Edward, sentado con sus hombres cerca de la chimenea, miraba cómo Isabella hablaba con la sirvienta gorda. Estaba vestida con un traje de color castaño; el terciopelo se ajustaba a sus esbeltas caderas, escondiendo sus largas piernas; el pelo le caía sobre los hombros, formando aquellos rizos rebeldes que Edward tanto ansiaba tocar.

Sin embargo, el guerrero inglés tenía un motivo de inquietud. Durante los últimos días, había notado la creciente relación, casi amistad, entre Isabella y aquella sirvienta. Al principio no le había preocupado lo más mínimo, pero comenzó a preocuparse cuando un día la vio riéndose con una criada distinta, más joven, y luego la vio hablando muy desenfadadamente con el viejo Ben, el encargado del establo. La sospecha acabó anidando en él, y empezó a invadir sus pensamientos. ¿Qué estaría tramando?, se preguntaba una y otra vez. ¿Por qué parecía haberse hecho amiga de toda la servidumbre?

Habían pasado ya varios días desde que, al regreso de sus correrías por el norte, había encontrado a Isabella a punto de ser flagelada en el patio del castillo, y cada vez que la veía, le sorprendía que su deseo fuera más y más intenso. En ese mismo momento, mientras la miraba, y a pesar de todas sus sospechas, sentía que la pasión le abrasaba de nuevo. ¡Dios, cómo la deseaba! Sentía que el amor inflamaba cada fibra de su cuerpo.

La sirvienta regordeta se alejó e Isabella se volvió hacia él con expresión de cierta preocupación. Edward la vio aproximarse y no pudo evitar que le invadiera una sensación de placer y orgullo al ver el balanceo sensual de sus caderas. Cuando llegó hasta él, esperó unos segundos antes de mirarla con aire inquisitivo. El pequeño rostro rebelde estaba levantado y sus ojos azules brillaban con llamas heladas. Algunos de los hombres que se encontraban cerca de él sonrieron.

Edward dirigió una mirada asesina a uno de ellos. Luego se ocupó de Isabella.

—¿Se te ofrece algo, Ángel?

Ella respondió con palabras cargadas de sorda indignación.

—Me gustaría hablar contigo —le dijo—. A solas —y lanzó una mirada de desprecio a los demás hombres.

—Lo que tengas que decirme me lo puedes decir delante de mis hombres. No tengo secretos con ellos —contestó Edward mientras se llevaba la copa a los labios.

La sorpresa, seguida de la rabia, iluminó aún más la cara de la joven. Después, una extraña calma invadió su cuerpo y habló con inquietante énfasis.

—Entonces, Edward, debo suponer que ya les has contado todo lo relativo a tus conquistas. Sabrán, pues, cómo ensartabas a tus víctimas indefensas con tu poderosa espada.

McCarty casi se atragantó con la cerveza que se estaba tomando.

La cabeza de Edward se irguió hasta encontrar sus ojos burlones.

—Algunas no estaban indefensas, Ángel.

Los hombres se daban codazos unos a otros mientras hacían comentarios en voz baja.

—¡Sólo las vírgenes! —anotó McCarty.

Al oír las carcajadas que suscitó el comentario, Edward vio que las mejillas de Isabella se volvían de un rojo profundo. La muchacha se dio cuenta de su error. Había tratado de hacer un comentario degradante e insultante, pero debió imaginar que aquellos hombres lo interpretarían a su manera. Trató de pensar. Respiró hondo y se acarició el pelo. Parecía a punto de estallar.

Uno a uno, los hombres dejaron de reír y concentraron sus miradas en ella.

Edward la veía allí, tan furiosa, tan bella, y se sentía irremediablemente seducido. Trató de controlar sus sentimientos. ¿Sabía lo que estaba haciendo? ¿Por qué no se había deshecho de aquella mujer, de aquella feroz enemiga de Inglaterra? Pero en cuanto la miró otra vez y vio con qué inocente aspecto se mordía el labio inferior, enrabietada, la sangre volvió a correr por sus venas a golpe de tambor.

De repente, Edward se puso de pie y se acercó a ella. Al hacerlo, vio el miedo en sus ojos. La joven trató de marcharse, pero la agarró del brazo y la atrajo hacia sí.

—No hagas demasiados alardes, Ángel —le susurró al oído.

Ella luchó por liberarse, pero Edward la sujetó aún más fuerte. Estaba a punto de abrazarla.

—No sé a qué te refieres. No hay alardes que valgan —le dijo sin aliento y alzó sus ojos hacia él.

De pronto, su lucha cesó y se quedó mirándolo con ojos casi llorosos. Las bocas estaban peligrosamente cerca. Los pechos, los cuerpos enteros, también. Cada uno notaba el aliento del otro.

«Voy a besarla», reconoció, y cerró los ojos a la espera de probar el sabor de aquellos deliciosos labios.

—¡Edward!

Edward volvió en sí y vio a McCarty plantado detrás de él, con gesto de preocupación en el rostro. Poco a poco, la realidad se hizo presente ante Edward con toda su crudeza. No se oía absolutamente nada en el gran salón. Sus hombres estaban sentados en el mismo sitio de antes, pero ahora todos lo miraban. A decir verdad, lo miraban a él, y también, o sobre todo, a Isabella.

Tras contemplar a todos los reunidos volvió su atención a la fuente de sus problemas. Isabella estaba medio abrazada a él, con los ojos ligeramente cerrados, pero así y todo pudo ver en ellos un brillo soñador, amoroso. Se apartó, la agarró del brazo y la condujo hacia la puerta. La larga falda de Isabella se le enredaba en las piernas. Tropezó, y Edward tuvo que ayudarla a recobrar el equilibrio. Ella luchaba por mantener la marcha, dando dos pasos por cada uno de los del Príncipe, lo que la obligaba a levantarse la falda con la mano que tenía libre. Doblaron una esquina y se dirigieron a la habitación de Edward.

—¡Edward! —gritó McCarty detrás de ellos, pero el Príncipe no aminoró su marcha. Más que agarrarla, la atenazaba de forma brutal e inflexible mientras la arrastraba escaleras arriba. Abrió de un golpe la puerta de madera y la lanzó al interior de la habitación. La espalda de Isabella se golpeó contra el borde del cabecero de la cama y cayó al suelo. Se incorporó hasta sentarse en el suelo, confusa, indignada. Vio cómo Edward daba una patada a la puerta para cerrarla.

Se le aproximó.

—La próxima vez que decidas seducirme, Ángel, escoge el lugar con más cuidado.

Ella abrió desmesuradamente los ojos.

La mano del Príncipe se dirigió al cinturón y lo desabrochó. Hacía días —y noches enteras— que la deseaba, que sólo veía sus ojos y su cuerpo, y ahora intentaba poseerla. Estaba fuera de sí. Toda mujer que se atreviera a provocarlo tendría que afrontar la crudeza de su lujuria, especialmente si esa mujer era Isabella de Swan.

—Por favor… —susurró ella.

Edward se detuvo. Ella no se había movido. Sin embargo, la palabra sonó como una campana en su oído y lentamente se abrió paso por todo su cuerpo. ¿Había deseo en su voz, o miedo? Buscó su cara. Edward se preguntó qué estaba haciendo. La escena del primer encuentro íntimo en su tienda resucitó en su mente. «¿Vas a poseerla para satisfacer una necesidad de tu cuerpo?», le dijo una burlona voz interior. ¿O esperarás a que esté lista, a que puedas enseñarle lo que es hacer el amor?

Sentada en el suelo, al borde de la cama, con el vestido desplegado alrededor de ella como los pétalos de una delicada flor, su embrujo femenino lo estaba llevando al borde de la locura. Hizo un esfuerzo supremo para controlarse.

«¡Es una prisionera!», se dijo para apagar el deseo, cada vez más intenso. «¡Una prisionera cuyo rescate aún estoy esperando!».

Decidió mandar al diablo las buenas maneras. La deseaba, y nada más. Dio un paso hacia ella, pero se detuvo. Incluso en la Jauría de los Lobos se respetaba una ley no escrita ni hablada: nunca tomes lo que pertenece a otro hombre. «Cuando su rey se niegue a pagar el rescate será mía. Antes no». Con un suspiro ronco, se alejó de ella.

—Querías hablarme a solas —dijo después.

Silencio.

Edward caminó hasta la ventana y se quedó mirando el atardecer. Al escuchar unos gritos miró hacia su izquierda. Más allá del muro, justo antes de la arboleda, estaba el campo de entrenamiento, donde a esa hora varios hombres practicaban con la espada. ¿Qué pensarían de él si supieran que su única debilidad era su mayor enemigo, si supieran que una sola mirada de aquellos ojos del color del zafiro podía obligar a su señor a arrodillarse? Edward tamborileó con los dedos sobre el alféizar.

«Maldita sea. En el gran salón debí de parecer un loco. Si no hubiera sido por la advertencia de McCarty, cuando me dio aquella voz, hubiera sucumbido a sus encantos y me habría arrojado a sus pies para jurarle devoción eterna».

—Yo… yo quiero saber por qué tus campesinos pasan hambre —dijo al fin la suave voz de Isabella a sus espaldas.

—Son débiles —declaró Edward simplemente, sin atreverse a mirarla.

—¡Pero trabajan todo el día! Por favor, Edward, déjame entrar a la cocina. Tengo ciertas ideas —dijo Isabella.

Edward hizo una pausa larga y luego preguntó:

—¿Qué ideas?

—Puedo organizar la preparación de un plato barato y nutritivo.

—¿Y por qué querrías alimentar a mi gente, al fin y al cabo, tus enemigos? —preguntó Edward sin apartar la vista del campo de entrenamiento, y siempre tratando de ignorar la llamada de la pasión sensual.

—Por los niños —replicó Isabella angustiada.

Edward se volvió hacia ella. La joven estaba ahora en pie, al lado de la cama, con las manos cruzadas sobre el estómago. Niños. Sí, niños como Anthony. Pero su hijo había sido fuerte.

—Se están muriendo de hambre —añadió ella.

¿Podía ella estar tratando de ayudar a los niños porque se sentía culpable por la muerte de Anthony? No. Edward se apartó de la ventana y se movió hacia ella.

—No te engañes a ti misma. Son mi gente. Ninguno dudará en clavarte un puñal en la espalda si piensan que ello me es grato.

—¿De verdad?

Edward miró una vez más sus profundos ojos azules. ¡Era perfecta! ¡Dios, tan perfecta! Tanto deseo tenía de tocarla que sintió que sus manos temblaban. Tuvo que darle la espalda y apretar los puños. Estaba a punto de sucumbir.

—Te necesitamos para conseguir un buen dinero con el rescate.

No hubo ningún sonido, no hubo ningún movimiento.

Después de un momento, él miró hacia atrás, buscándola. Tenía la cabeza agachada y su larga y ondulante cabellera le caía sobre los hombros como una maravillosa cortina. Con aire ausente, repasaba con el dedo los contornos de un lobo grabado en una columna del dosel de la cama.

El Príncipe se acercó a ella hasta que se quedaron hombro con hombro. Todo en ella le volvía loco. Por ejemplo, el olor a lilas que impregnaban el aire que la rodeaba. Cuando Isabella levantó la vista hacia él, pudo ver que fruncía ligeramente el ceño y sintió un repentino impulso de besarla, lo que lo enfureció. Se puso rígido. Todos los músculos de su cuerpo lucharon contra el deseo. Apartó los ojos de ella.

—No puedes entrar a la cocina —dijo, y dio dos pasos hacia la puerta antes de que la ira se reflejase en la cara de ella.

—Esos niños no tienen por qué pagar tu odio hacia mí —contestó, pero Edward no se detuvo. Abandonó el cuarto y cerró la puerta detrás de él. Se sintió aliviado al verse solo, lejos de aquellos ojos tan irresistibles, lejos de aquel cuerpo tan seductor.

Edward rechinó los dientes. La respuesta a la petición de rescate debería llegar en menos de una semana. Podía esperar. Al fin y al cabo, no eran más que siete días. Había pasado muchas veces mucho más de siete días en el agonizante aburrimiento de la corte. Había pasado muchísimo más tiempo que ése marchando con su ejército bajo lluvias torrenciales, en circunstancias penosas. Había pasado más de siete días sin quitarse la armadura, apretando el sitio del castillo Moore. Edward suspiró.

Para qué engañarse. Iba a ser la semana más larga de su vida…

La luz del fuego proyectaba sombras temblorosas sobre las paredes de la habitación. Sue estaba en un asiento delante del pequeño hogar, con las regordetas piernas estiradas. Tenía un poco subida la falda de lana, para calentarse los rechonchos dedos de los pies.

—¡Dios! —dijo Kit al dejarse caer en el asiento vacío que había al lado de Sue—. Estoy helada como el trasero de una rata —añadió mientras se subía también la falda para calentarse los pies—. Me encantaría maldecir a esa tal Charlotte. Es ella la que nos mantiene a nosotros los pobres fuera del salón y lejos de la chimenea. Hasta los perros están más calientes.

—Habla en voz baja. Si nos encuentran, nos costará trabajo explicar por qué estamos aquí —susurró Sue.

Finalmente, Kit se recostó en el asiento y se quedó contemplando las llamas.

—Te apuesto lo que quieras a que si el Ángel fuera la señora de este castillo, las cosas serían diferentes.

—Sin duda —asintió Sue—. Ella tiene buen corazón.

—¿Quién iba a pensar que tomaríamos este camino? No es que esperase odiarla, pero esto… En fin, la verdad es que ella sigue haciendo cosas buenas. ¿Te enteraste de que le dio su carne a Jimmy?

Sue asintió. Una perezosa sonrisa se dibujó en su cara.

—Las cosas serían diferentes —continuó Kit—. Incluso el señor sonreiría de vez en cuando.

—Y estaríamos bien alimentadas.

—Y tendríamos un lugar caliente para dormir, sin necesidad de escabullirnos a la cocina. ¡Ah, esa maldita bruja de Charlotte…!

—Tienes razón —dijo Sue—. Pero mientras el Príncipe no vea todas las cosas buenas que la señora Isabella puede hacer, tendremos que aguantar a la presumida Charlotte.

Kit gruñó.

—¿Crees que alguna vez entrará en razón?

Sue se encogió de hombros.

—Y pensar que alguna vez creímos todas las cosas malas que decían de ella —agregó Kit sacudiendo la cabeza, y con ella todos sus sucios mechones rojos—. Todavía no puedo creer que McCarty quisiera azotarla.

La cara de Sue se puso pálida.

—Si alguna vez descubro quién le dio esa maldita daga… —siguió diciendo Kit mientras miraba el fuego.

—Fui yo —la interrumpió Sue, con su pesado cuerpo ahora absolutamente quieto y con los hombros caídos, llena de tristeza.

Kit volvió la cabeza hacia Sue.

—¿Qué has dicho?

—Que fui yo. Por eso hice cuanto pude para detenerlos —y los ojos de Sue se llenaron de lágrimas ante aquel recuerdo—. La muchacha se hubiera dejado azotar antes de revelar mi nombre.

—Oh, Sue, ¿y por qué lo hiciste?

—No quería que hiciera daño a nadie con la daga, ni que se escapara. Pero ya sabes que el pan es muy duro y que ella estaba enferma y débil, sólo quería ayudarla a partirlo —añadió Sue—. ¿Sabes lo que me hubieran hecho si se enteran?

Los ojos de Kit se abrieron.

—¡Las mazmorras!

Sue asintió.

—No debes decir nada.

—No lo haré —contestó Kit con solemnidad.

—Júralo —exigió Sue, inclinándose para estudiar su cara.

—Te lo juro por la tumba de mi madre, que en paz descanse.

Sue se recostó pesadamente en el asiento y se llevó una mano al pecho.

—Habértelo contado me alivia. Pensé que iba a explotar si seguía guardando el secreto, pero ahora, al menos, ya puedo conversar contigo.

Se quedaron mirando las llamas que bailaban delante de sus ojos. Ambas se sentían contentas y aliviadas. El calor del hogar ayudaba a endulzar su ánimo.

—Que Dios se apiade de mí —murmuró Sue en el silencio de la noche—. Le debo la vida al Ángel de la Muerte.

Un destello se iluminó en las sombras que había detrás de ellas antes de desaparecer en la oscuridad. La figura desapareció sigilosamente con una inquietante sonrisa.