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El amor es...
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Ni un tratado de cien mil páginas sería suficiente para expresar con toda la magnitud pertinente, el significado profundo de ésta palabra. Es algo indescifrable y a la vez muy simple, es tremendamente complejo y al mismo tiempo muy fácil si se le mira con sencillez.
Cuando alguien o algo nos lastima, pareciera que nada volverá a ser como antes. Pensamos que nunca nos recuperaremos, que la vida como la conocemos ya no va a ser igual. También podemos convertirnos negativamente en otra persona, subyugarnos a enemigos como el resentimiento, el dolor, la traición y otros factores que ya se han abordado en ésta historia. Pero sin duda, si hay algo que puede acabar con todos éstos despiadados aliados, es el perdón. Dicen que no hay cosa más dura y valiente que perdonar a quién te hirió, pero sin duda también quién lo ofrece sincera y apasionadamente, merece su reconocimiento. Hace falta mucha humildad, manejar bien las palabras -¿o los sentimientos?-, y enfrentarse a éso que nos hizo equivocarnos y perder lo que nos importaba.
Claro que hacernos responsables de nuestros errores no es una garantía para enmendarlos, mucho menos para recuperar lo que se estropeó. Habrá quién comprenda y deseé una segunda oportunidad, habrá quién diga que rotundamente hay cosas imposibles de perdonar. No creo que sea imposible como tal, pero hay que entender que no todos estamos dispuestos a segundas oportunidades, no todos tomamos las mismas decisiones, y definitivamente, no todos pensamos por igual.
Al final, de igual forma se gana. Si no te perdonan puedes hacerlo tú mismo, y eso ya es bastante.
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"Es perdonar"
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Mina bostezó por enésima vez, pero mantuvo la resistencia en los párpados para no dormirse. Se rehusaba a hacerlo, y aunque todo el mundo le dijera hasta el cansancio que todo estaba muy bien y se fuera un rato a casa, a ella no le importaba. Quería quedarse ahí y esperar a que Yaten despertara, y hasta entonces ya estaría tranquila, aunque no por eso se dormiría. Su preocupación tenía un nivel que nadie comprendería, y tampoco se molestaría en explicárselos para que lo hicieran. Se contentaba con no quejarse y así la dejarían en paz.
Pero a pesar de tener una fuerte voluntad, estaba exhausta. Los ojos se le cerraban a la menor oportunidad y le dolía todo el cuerpo. Fue una mala idea dejar que Taiki le consiguiera un calmante para los nervios porque eso la relajó demasiado, aunque tampoco lo culpaba. Había permanecido histérica por horas, y era lógico que Taiki necesitaba claridad para resolver todo el caótico suceso que los había involucrado.
Se recargó otra vez sobre su mano, porque aunque él no estuviese conscientemente ahí, sentía que necesitaba tocarlo. Era lo único que conseguía mantenerla sobre la tierra, para no ir y cometer un violento crimen a sangre fría, como una parte suya honestamente deseaba hacerlo.
La puerta se abrió con suavidad luego de un par de golpecitos, y Mina levantó la cabeza para mirar a Lita, que apenas entró saludando con discreción.
Ella le sonrió con cansancio, y Lita de inmediato comenzó a regañarla.
—Vine para que me acompañes con Rei a la cafetería, al menos come un sándwich o algo.
—Oh, estoy bien —sacudió ella la cabeza —. No te preocupes.
—Pues te ves fatal —le cambió Lita la jugada, esperando que reaccionase —. Y ya sabes lo que dijo el doctor, él estará bien...
—Lo sé, pero prefiero quedarme aquí —se entercó Mina encogiéndose de hombros.
Lita arqueó las cejas.
—Él querría que comieras —punzó.
Touché. Mina le miró con resentimiento, casi como una niña castigada. Miró un instante a Yaten, suspiró y después se dirigió a su amiga:
—¿Tal vez puedas traerme aquí ése sándwich? —retrucó.
Lita rodó los ojos y murmuró para ella algo como "¡Ah, el amor!" con cierto dramatismo, y salió por donde había venido. Mina sonrió para sí misma también. Lita era una especie de madre para todas ellas, siempre sobre-protectora y cuidadosa para las dificultades que se les presentaran. Era aquella que tras una cortada sacaba de su bolso una bandita, un broche extra para el cabello, un pañuelo tras las lágrimas o un consejo improvisado.
—Lita tiene razón, mapache. Deberías comer y dormir.
Interrumpiendo el dulce sabor de la imagen Lita para remover agrias imágenes, se sobresaltó al oír la voz rota de Yaten. Ella se acercó con ansiedad y le tocó la cara.
—Hey... ¿cómo estás?
—Estupendamente.
—No me mientas —le dijo Mina frunciendo el entrecejo.
—Y tú no subestimes los efectos de la morfina —recomendó.
Mina sonrió con mayor amplitud. Si tenía espacio para las bromas no debía sentirse tan mal, y eso ayudaba a frenar la compulsiva sensación de actuar por cuenta propia, y borrar el historial de resoluciones diplomáticas que había efectuado en horas pasadas. Yaten enfocó con los ojos tras recibir la molesta luz de la habitación, y se acomodó un poquito. Sentía que la cabeza le iba a estallar, pero no era nada comparado con el millón de agujas que se le clavaban en el brazo en todas direcciones. Ni siquiera haber recibido el impacto de la acuchillada dolía como ésto. Ilógico, pero verdadero.
—¿Qué ocurrió con Aranna?
—Deberías descansar por ahora, ya habrá tiempo para hablar.
—Si no estás aquí para decirme lo que pasó, ya puedes irte a la cafetería —espetó Yaten.
Mina le fulminó con la mirada, pero se mantuvo calma porque no era la persona convaleciente después de todo.
—Eres un paciente muy fastidioso ¿lo sabes? —se quejó la rubia.
Como Yaten no hizo más que presionarla más con los ojos, Mina accedió a contarle la verdad, aunque honestamente estaba tan feliz de tenerlo ahí, a salvo, que se animó un poco aunque no fuera un tema que quisiera volver a tratar en toda su vida.
—Um... de acuerdo —recapituló—. Cuando te trajimos a la clínica me negaba a moverme de aquí, pero luego tuve que ir a declarar a la estación policial o los abogados de los Hyori no tardarían en apelar por la denuncia a una simple confusión. Todo estaba demasiado puesto sobre la mesa, el arma era de su padre y no tenía permiso de usarla. No pertenece al colegio y hubo varios chicos del Inter College que no hablaron bien de ella, sólo sus sus padres y algún que otro comprado que modificó la versión. Tu amiga Leila le hizo jaque mate con la confesión del ataque que le hizo hace años, antes de que pudieran armar una coartada. No creo que volvamos a verla.
Yaten asintió, sintiendo como respiraba de nuevo.
—¿Irá a prisión?
Mina se mordió el labio inferior, y apretó un poco más su mano, mientras le hacía cariños con la otra sobre el flequillo.
—No exactamente.
—¿Cómo? —se alteró Yaten —. ¿Qué quieres decir?
Mina respiró profundamente, y empezó a contar su versión. Necesitaba decírselo como ella lo veía, para que la entendiera. Esperaba que así fuera, que no pensara que estaba pasando por alto lo grave de toda ésta situación, donde por poco ambos acaban en la morgue.
—Cuando me echaste al pasillo no supe qué hacer más que tratar de abrir a la fuerza, pero supe que no podría botar el seguro. Entonces me quedé helada, como una estúpida estatua durante no sé cuánto tiempo. Me recuperé cuando mi móvil sonó y pude decirles a Amy y Taiki lo que había ocurrido, no estaban muy lejos de ahí. Escuché ruidos fuertes y pensé que podría colarme por una de las ventanillas de la cocina, y cuando vi lo que había pasado, lo que te había hecho...
Mina cerró los ojos con fuerza para no echarse a llorar de rabia, pero no pudo evitar traslucirla en su voz.
—Quise matarla —reveló.
Yaten le miró, cauteloso, pero antes de que intentara decirle alguna cosa, Mina ya lo había interrumpido y retomó la idea.
—Quise de verdad hacerlo. Pude hacerlo —siguió con los dientes apretados—. Hubo un momento, dentro de toda ésa insoportable pesadilla que pude coger cualquier cosa para lastimarla, y lo habría logrado. Y no me hubiera detenido hasta conseguirlo porque lo sentía en la sangre. En la misma que había conseguido hervir por derramar la tuya.
Un silencio íntimo apareció entonces, y Mina le sonrió entonces con cierta timidez.
—La odio, la odio de verdad. No me apena decírtelo, sé que me vas a entender porque sé que hiciste lo mismo por mí.
Él asintió.
—No te saqué por la puerta para que te metieras por la ventana, pero... —murmuró él —, esperaba que regresaras de todos modos.
—Yaten, no te dejó sacarme porque la hubieras convencido —le dijo Mina con severidad.
—Lo sé, tal vez necesite nuevas clases de actuación.
—No es eso. Ella sabía que lo harías... sabía que irías a buscarme y estaba esperando el momento apropiado ¿no te das cuenta? Siempre estábamos juntos y no hubiera logrado hacerlo de otro modo.
—Tal vez estoy muy drogado, pero no te estoy siguiendo, Mina.
—Nunca fui el objetivo, y a la vez sí —dijo ella —. Ella nunca quiso matarme, pero sí quería vengarse de mí. Y ¿qué mejor forma que hacerme pasar por el sufrimiento de perderte a ti? Si nos mataba a los dos no ganaba nada.
Yaten palideció más de lo que ya estaba, y dijo con un hilo de voz:
—Eso suena muy, muy retorcido.
—No suena, lo es. Pero es la verdad.
El platinado resopló y miró al techo. Mina le dio la oportunidad de recuperarse y prosiguió.
—Y después de averiguar eso, en un solo segundo, supe que no podría perdonarla. Que quería de verdad hacerle pagar todo, cada cosa que había y pretendía hacerte, y por ende, hacerme a mí. Pero hubo un instante, un segundo en el que cuando lo había decidido sin importarme las consecuencias, que me detuve. Pensé en alguien.
Sus miradas no se despegaron, y la de Mina se suavizó.
—Pensé en Serena.
Yaten pestañeó sin entender.
—¿Serena?
—¿Sabes? Nunca te lo dije, pero Serena, las chicas y yo pasamos por momentos también muy dolorosos en las batallas como sailor scouts. Nos enfrentamos a muchas pérdidas e injusticias. Cada enemigo nos aportó nuestra dosis de sufrimiento físico y mental, y también trajo una experiencia de por medio —relató —. Y de ésos mismos enemigos, muchos quisieron vernos muertas sin remordimientos. Lo intentaron, varias veces. Éramos unas niñas, ¿cómo lidiábamos con eso? No me lo preguntes. Pero lo que sí sé es que en cada uno de esos momentos, Serena siempre intentó convencerlos de arrepentirse. Se defendía, pero jamás asesinó a nadie. Pienso que cada batalla que libramos nunca fue gracias a la venganza o la muerte. Y aunque intentaron hacerle daño, siempre les perdonaba.
—Es diferente, Mina —le dijo Yaten —. Tenías poderes, y era tu deber...
—Y yo tenía muchos cuchillos a mano. Tenía el mismo deber que cuando usaba el traje de marinera, tenía que protegerte a ti.
—Pero...
—¿De verdad hay tanta diferencia?
Yaten calló un momento, y al final dijo de mala gana:
—Supongo que no.
—Y después de que la imagen de mi princesa me llenara por completo el pensamiento, también pensé en mí. Y en lo enferma que estaba. El como veía el Mundo como si estuviera atrapada en una caja pequeña y oscura, las cosas horribles que pensaba. Yo te tuve a ti y a mis amigas para que me salvaran pero ¿a quién tiene ésta chica? ¿no podría yo volver a ser la heroína, en vez de convertirme en la villana?
Yaten no tardó en armar el rompecabezas.
—¿Retiraste los cargos? —resolvió, sonrojándose de impotencia.
—Van a hacer un proceso, por supuesto. Con su historial clínico y lo de Leila, el abogado que consiguió Taiki predice que la enviarán a un hospital psiquiátrico de alta seguridad. Yaten, si eso ocurre, no voy rebatir ésa decisión ni quiero seguir luchando por la justicia de propia mano. Tengo que perdonarla y dejar que la vida se lo cobre.
—¿Por qué? —insistió él —¿Por qué tienes que hacerlo? Mina, hay gente que no merece tu perdón, no todo es...¡auch!
—Deberías dejar de moverte.
—Tú deberías dejar de darme problemas. ¿Qué es esa letanía de Serena y el perdón? ¡No eres el Dalai Lama, o como se llame!
—Es la única forma, mi amor. Sólo así vamos a ser felices ¿no es lo que quieres?
Él se apartó con un gruñido.
—¿Y si con el loquero no la curan y vuelve un día?
—No podemos controlarlo todo. No es tu culpa haber confiado en la persona incorrecta.
—¿Cómo tú con tu amigo Eichi, no? —resaltó a propósito.
Mina se cruzó de brazos obstinadamente.
—No vamos a hablar de eso.
—Yo tampoco quiero hablar del cuento del perdón y las virtudes de Serena, porque no viene al caso —. Mina le miró algo dolida, y trató de componer la cosa —. ¡Es que... !Es que no sé como hacerte entender que...
Que todo ésta situación se le había ido de las manos. Qué obviamente hacía tiempo que ésto había dejado de ser un amorío de patio de colegio, un pasatiempo o una caída controlada para él. Que pese a ello y conocer los riesgos, ya era tarde y no pretendía echarse atrás. Que haría cualquier cosa por ella, abandonar su profesión, obligarla a comer con mañas, dormir en un cuarto lleno de peluches o poner el pie a propósito en la trampa de una loca homicida en su lugar. Pero que menos sabía como explicárselo a ella sin que le diese miedo o lo tomara como un obsesivo. Porque hasta alguien tan osado como Mina habría salido corriendo ante semejante confesión.
—Que estás asustado —concluyó Mina. Él no quiso mirarla. El dolor le retumbaba en las sienes y la morfina o lo que sea que llevaba en las venas ya estaba pasándose del efecto, y tenía ganas de decir millones de palabrotas, en especial en momentos poco adecuados como éste, donde ya no quería hablar —. No necesitas explicármelo, lo entiendo.
—No estoy asustado.
—Oh, sí que lo estás. Puedo ser una atarantada, pero sé reconocer el miedo cuando ya me estás viendo de ésa forma —reprochó, aunque él no rebatió nada —. Además, te recuerdo que vivo contigo y te conozco bien, sin mencionar lo mucho que estás arrugando la nariz. No puedo asegurarte nada, pero te pido que confíes en mí. Me lo debes.
—¿Por querer ayudarte? —gritó Yaten, logrando captar su atención.
—No estabas ayudando en nada. Rompiste tu promesa, te expusiste sabiendo de lo que Aranna era capaz, y no te importó. ¡No te importó lo que yo podría sufrir si te pasaba algo! ¿¡Cómo demonios me ibas a ayudar así?! ¿¡Crees que me iba a conseguir al primero que se me pusiera enfrente, e iba ser feliz después de eso?!
Yaten se mordió la mejilla, sin poder rebatirle algo así. Quizá era demasiado cínico, pero no había que ser un genio para darse por aludido de que ella aseguraba que sus sentimientos eran mutuos y fuertes. Pero que Mina o quien sea le dijera que no puede vivir sin ti era halagador, pero a él le bastaba con menos.
Pero quizá fue su expresión abatida, sumada al hecho de que jamás había oído una reflexión semejante viniendo de ella. También debió coincidir el post-trauma, o que estaban siendo protagonistas de la conversación más absurda de la Historia cuando eran tremendamente afortunados, y nada de eso lo obviaban porque se estaban comportando como un par de idiotas.
—Siempre te hago llorar... —murmuró.
Mina se limpió la cara con la manga de la camiseta, y se acercó un poco más.
—No, yo siempre te hago enfadar.
Él esbozó una sonrisa torcida, y se disculpó.
—Obviamente no pensé en eso, Mina.
—Y fue una estupidez, por supuesto.
—Pues no fue un acto muy brillante irrumpir mi plan e igual arriesgarnos a los dos. ¿no?
—No iba a dejarte ahí.
—Entonces me entiendes perfecto por qué lo hice y yo a ti, fin de la historia.
Cabizbaja, Mina guardó silencio. Quizá todo estaba dicho, por protegerse el uno al otro nunca terminarían de tener un acuerdo sobre quién era más importante. El amor no compara a las personas, amas a alguien y ya está. No cuestionas los porqués, los motivos o las circunstancias. Va más allá de todo límite y argumentos. Si amas a alguien harás lo que sea por su bienestar, idiota o inteligente.
—Bueno, dado a que los dos estamos vivos, no veo el caso complicar ésto más. ¿No crees? Lo mejor será pedirte una bandeja con comida, te vendrá bien.
—Me vendría mejor un trago.
Mina decidió levantarse, pero al querer avanzar fue halada por un par de dedos, dónde Yaten apenas pudo alcanzarla. Ella esperó confundida, y sin detenerse a meditarlo, él pidió:
—Bésame ¿sí?
Claro que sí. Ella había sentido lo mismo ése día, cuando después de destruir el espejo, su mayor enemigo, odiando todo y a todos, por fin lo tuvo de regreso. Cuando supo que había esperanza, que no importaba lo difícil que fuera atravesar éste huracán, no iba a perderse, porque tenía a alguien de dónde soportarse. Y también creía recordar, lo mucho que necesitó sentirlo físicamente. Hacerlo palpable, para sentirlo también en el corazón.
Y a él le pasaba lo mismo. Necesitaba tocarla para comprobar que seguía aquí, que no iba a desaparecer y que todo miedo al futuro era sólo su imaginación.
Se acercó hasta inclinarse sobre él con cuidado, pero pronto Yaten quiso tenerla más cerca. Selló su ansiedad con el vértigo que le produjo sentir su boca moverse con la de él, reconociéndola con los ojos cerrados, sellando también la herida emocional, y esperando que el resto sólo se transformaran en cicatrices superfluas.
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Los templos estaban atiborrados de jóvenes ilusionados con pedir sus deseos de año nuevo. Había festivales, ferias, estantes y desfiles en cada calle de Japón. Y todo el camino a Seiya le pareció distante e irreal, como si sólo estuviera sentado en alguna butaca del cine y él mirando una película. A pesar de las gafas oscuras, sentía que todo el mundo lo reconocía, aunque debía admitir que ya no era principalmente el tema de los chismes en los programas de farándula, y eso lo apaciguaba un poco.
Yaten le había dicho que sólo bastaba que empezara a correr un nuevo rumor, mucho más picante que el primero, para que se olvidaran de él. Y no pudo defender aquella ironía cuando fue él mismo el que llevaría la bandera de la fama tras la experiencia con Aranna Hyori. Afortunadamente, nada había pasado a mayores, procuraba no esforzarse mucho en los ensayos y se recuperaba de forma sorprendente. Cosa que en él no ocurría aunque ya hubiera pasado un tiempo desde el accidente. Porque quizá no tenía que ver con cuidados médicos, sino con el ánimo. Y eso sólo puede dártelo la gente que quieres...
Y no es que él no tuviese quién se preocupara por él. Al contrario, todos los días recibía mensajes de las chicas o de sus hermanos. Sin embargo, visitar a Yaten en la clínica en su momento le recodó todos sus asuntos pendientes, como si fueran señales, y decidió que era momento de ponerse a trabajar antes de dar "la última función" y comenzar una nueva vida.
De entre la multitud, una muchacha guapísima agitaba su mano saludando, hasta que llegó tratando de recuperar el aire.
—Qué raro, llegué temprano. ¿Tienes mucho tiempo aquí?
—Tengo toda la tarde aquí, pero no por ti.
Mya parpadeó sin entender el acertijo, y Seiya sonrió un poco.
—No es nada, gracias por venir.
—Pues me ha sorprendido, pero fue una agradable sorpresa —reconoció, mientras se alejaban de la gente que paseaba por las aceras.
A pesar de la incomodidad, Seiya se quitó las gafas para mirarla, necesitaba hacer esto apropiadamente. Sin esconderse detrás de ningún cristal o teléfono. Del bolsillo de la chaqueta sacó un papel de tamaño mediano, y se lo entregó.
Mya lo desdobló con curiosidad, era un boleto para su próximo y último concierto.
—¡Vaya!
—Tiene asiento especial —acotó él.
Mya se alegró de reconocer el tono de típico alardeo de ídolo que usaba, muy distinto a como había sido últimamente.
—¿Ésta es tu... forma de disculparte? —indagó Mya, guardándolo en su bolso.
—De despedirme —admitió —. Aunque sé que me porté como un idiota contigo. Sólo intentabas ayudarme, y se habrían evitado tantas cosas de haberte escuchado... En fin, supongo que no tiene caso recapitularlo.
—Bueno, si uno pudiera predecir las desgracias no sé a qué nos dedicaríamos en la vida —dijo Mya —. Sería muy confuso, supongo. Nadie aprendería de ningún error y seríamos máquinas —luego sacudió la cabeza, y lo miró con aprensión —. Espera, ¿dijiste despedirte?
—Me marcho, Mya.
—Oh, verdad que Taiki dijo algo sobre una gira en Europa y...
—Eso le dijo a los medios —corrigió Seiya —. Pero no iré allá, me regreso a Kinomoku.
—¿A-así nada más? —balbuceó ella —. Pero...
—No "así nada más" —refutó Seiya negando con la cabeza —. ¿Cuánto más debe pasar para que decida irme? En serio, ésto no es cosa de hoy, debí hacerlo hace mucho tiempo.
—Pero... ¿Taiki y Yaten están de acuerdo? Es decir, aquí tienes a tu familia...
—Aunque les hayan pasado cosas malas, Taiki y Yaten son felices. Me doy cuenta, el como han planificado su vida y han decidido seguirla con alguien. Tienen un sentido, una intención de quedarse. No es mi caso y es ridículo esperar algo que nunca va a llegar.
Pero Mya sólo le miró con gravedad.
—¿Cómo sabes eso? ¿Acaso Serena te ha dicho que se casará con Darien?
Seiya se sorprendió con su inesperada intervención a la privacidad, pero lo superó rápidamente al ver como lucía. Igual que una de sus fans que insisten en que ninguno de los Three Lights tiene una novia real, como dicen en los clubs, pese a que todos vieran lo contrario.
—No necesita decirlo, los hechos hablan solos.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que no se puso el anillo para no extraviarlo, seguramente —se mofó Seiya —. No importa, de todos modos no quería hablar contigo de éso. Quería decirte con total honestidad que te aprecio, y lamento que las cosas pasaran así.
Mya sonrió un poco y puso una mano en su hombro.
—Sé que no quisiste herirme. Además lo entiendo, puedo ser una verdadera molestia si me lo propongo.
—De hecho, no —rió Seiya, sintiéndose extraño, porque tenía mucho de no reírse, aunque fue bastante superficial —. Estoy convencido, después de darle algunas vueltas al asunto, de que si te hubiera conocido antes, me habría casado contigo. Tal y como Kakyuu quería.
—Bueno... —se sonrojó Mya momentáneamente —. Si hubieras seguido en Kinomoku es lógico que querrías seguir los deseos de la princesa...
—No tiene que ver con la princesa, sino conmigo. Eres una chica que realmente vale la pena, sólo...
Mya esperó, evidentemente nerviosa, pero guardó silencio hasta que Seiya dijo:
—Sólo que cuando te conocí, ya era demasiado tarde.
Se quedaron un rato mirando a los transeúntes pasear acompañados de sus parejas, hijos o amigos, todos con compras o comida en las manos. No era una dinámica incómoda, propio el hecho de Mya ya no sentía cosas amorosas por él y él jamás las había sentido, fuera del bochorno natural que provocaba una mujer como él, en cualquier mortal con la orientación sexual apropiada.
—¿Por qué me diste el boleto? —preguntó Mya, al cabo de un rato —. Podrías sólo despedirte o comprarme un pastel si buscabas una compensación, unas flores quizá. Amarillas, para no confundir las cosas... —bromeó.
—Dijiste que te gustaba mi voz ¿no? —dijo Seiya, y Mya asintió fervientemente —. Será la última vez que me oirás cantar, así que pensé que te gustaría presenciarlo.
—Oh.
Seiya se estiró perezosamente, sintiéndose mucho mejor. Se levantó y antes de ponerse las gafas, le dijo guiñándole un ojo:
—Voy a darlo todo en ése concierto, porque depende de muchas cosas. Así que no faltes, ni tampoco lo desperdicies.
—Nada va a hacerte cambiar de opinión, ¿verdad? —intentó Mya, con la seriedad que correspondía —. En lo de irte, quiero decir.
—Antes... puede, ahora ya no.
Mya miró su bolsita, como si ésta pudiera darle alguna recomendación sobre el significado de las palabras de Seiya. Frente a ella desvió su atención una niña de coletas, que corría de aquí para allá, escapando de uno de sus hermanitos mayores.
—Entonces no pierdas cuidado, que no lo desperdiciaré.
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—¡Perdón por la tardanza!
Tomando aire, Serena se detuvo justo frente a la entrada del templo Hikawa. El resto de las chicas ya estaba ahí, incluso Mina, lo cual significaba un retraso monumental, aún para sus estándares.
Aquél domingo estaba soleado, a pesar del frío que continuaba pegando duro en la ciudad. Las fechas festivas no eran un impedimento para salir, pasear y divertirse, y después de la cena de Nochebuena el grupo de las cinco amigas prometió frecuentarse más seguido. Al entrar al colegio a clases formales, sus pensamientos tendrían que estar ocupados por las admisiones a la universidad, y la diversión pasaría a segundo plano. Así que ambas dejaron de lado todo aquello que pudiese atravesárseles en el camino (incluyendo los problemas) y ése día acordaron pasar un día juntas, para ir al festival y orar por la buena fortuna del año nuevo.
Serena sonrió al ver a sus amigas muy bien abrigadas y con ropa casual. Se había librado de las insistencias de su mamá por vestirla del típico kimono, y aunque a ella siempre le había emocionado la tradición de su país, hacía un frío que calaba los huesos y honestamente éste año no se sentía con mucho entusiasmo.
—Hablando del rey de Roma —anunció Mina a las demás —. Al fin podremos comer, estamos famélicas por tu culpa, Sere...
—Lo siento —se disculpó ella, sacando un poquito la lengua —. No pude salir hasta ordenar mi habitación.
Todas miraron a Mina con una sonrisa radiante, y ella se ruborizó.
—¿Qué, qué me están viendo? Yo no soy la que ha llegado tarde...
Ninguna quiso mencionar el gusto que les daba oírla hablar con naturalidad sobre un almuerzo, precisamente para no incomodarla más, pero resultaba tan evidente la mejora sobre su amiga, que no pudieron esconder su felicidad. Despistada, Mina ni se percató, así que las cinco comenzaron a pasear por los tenderetes de comida y juegos, disfrutando de la tarde.
Su primer objetivo fueron, por supuesto, los puestos de comida. Y Serena calmó el apetito que cualquier persona tardaría días en acumular, en minutos. Las chicas como siempre, anonadadas, se preguntaron dónde podía caber tanta comida en su extraño y pequeño organismo.
—¿Más albóndigas de pulpo? —le ofreció Amy apenada, porque Serena le miraba el platito para llevar como un cachorrito abandonado.
—¡Pero son tuyas!
—No finjas, Serena —le dijo Rei con una mueca —. Si sigues con hambre no sé como no has comprado un poco más...
—Es que tengo que empezar a ahorrar para la matrícula —dijo ella encogiéndose de hombros —. No pensé en lo costoso que era entrar a la uni, hasta que revisé los folletos...
Mina y Lita, que estaban entretenidas con un tenderete de collares, giraron sus cabezas en dirección a ellas.
—¿Eso quiere decir que ya te has decidido por algo?
—A-algo así... —Serena bajó la cabeza, algo colorada —. Aunque no sé si...
Si fuera interesante para ellas. Si pudieran entenderla. Si le dirían si era algo que no le daría de comer ni para ella sola, o si sencillamente era un garrafal error decidirse por una profesión que más que colaborar con algo prestigioso e importante (como lo haría supuesta la futura gobernante de Tokio) sencillamente era algo que le llenaría el corazón. Y Serena pensó que lo necesitaría tanto, llenar un montón de espacios vacíos cuando la graduación se terminara, y cada una continuara el camino por su lado...
—Cuéntales —le dijo Rei con impaciencia.
Rei era la única que lo sabía. Serena se lo había confesado poco después de su charla con Darien, misma que fructificó en un montón de esperanzas. Parecía irreal que la misma persona que una vez había parecido el responsable de desvanecer su futuro, ahora le había dado la vertiente de levantarse y empezar otra vez. Porque no sólo charlaron sobre Rini o sus amores perdidos, sino sobre sus sueños y sus planes. Y no creó jamás que Darien pudiera ver eso en ella, al menos no antes que la Serena misma.
Porque si se ponía a reflexionar con realismo, no era particularmente buena para algo. No tenía el don de las habilidades culinarias, artísticas ni deportivas. Tampoco era buena con los números, considerando el montón de veces que había sufrido en los exámenes de de cálculo. ¡Ni hablar de las relaciones humanas! Era muy buena haciendo amigos, pero conservarlos o tratarlos como negocio era otro asunto. No le veía sentido a la logística empresarial ni tampoco era muy responsable para pensar en crear una estratosférica fortuna...
Entonces ¿qué iba a hacer de su vida?
Independientemente de su sueño revivido por el romance, no podría vivir del amor toda la vida ¿cierto? Además, debía ser consciente de que si las cosas no salían como ella las planeaba, tendría que enfocarse en seguir adelante. Y una carrera era el inicio para hacerlo.
Cuando Serena, muy afligida, le hizo saber a Darien que no tenía talento para nada y seguro se moriría de hambre, él se había reído. Le apretó la nariz y luego le dijo:
—¡Ni nadie es bueno para todo, ni nadie sirve para nada!
Eso la había hecho pensar como loca, como una buena loca, claro. Un par de sitios en internet, una breve asesoría de una conocida de su mamá, le hizo considerar que posiblemente no desbordaba talentos ni virtudes inimaginables, pero definitivamente sabía lo que le llenaba su ilusión. Por algo Luna la había elegido para la misión que cambió su existencia, por algo había reencarnado en Serena Tsukino y por algo continuaba con ése deseo, aún sin haberse dado cuenta de ello.
Lita logró conseguir una mesa libre en un restaurancito casero, que estaba muy apartado de las festividades. Una vez que se acomodaron, Serena sacó el folleto que guardaba en su bolso, tan gastado de haberlo leído y releído muchas noches atrás.
Mina fue la primera en arrebatárselo, llena de intriga. Las otras juntaron sus cabezas, aunque a ninguna le pareció extraño o inapropiado, no era algo que ninguna se hubiera planteado en el pasado. Después de todo, sus futuros estaban muy claros: Mina aplicaría para una academia profesional de música, Lita se dedicaría a su cafetería, Amy ingresaría a la universidad de medicina y Rei heredaría el negocio familiar, a la vezque pretendía dedicarse a los negocios.
—Sere... —llamó Amy entonces —. Es fantástico.
—¿Lo ves? —coincidió Rei, dirigiéndose a Serena, que agitaba una mano al frente como si espantara un mosquito.
—Nunca imaginé que te dedicaras a la asistencia social, pero después de conocer tu corazón de pollo, tampoco es tan extraño —concluyó Mina con gracia.
—¡Todavía no sé qué área tomar! —exclamó Serena muy contenta —. Hay fundaciones ecologistas, organizaciones para jóvenes, niños... es sorprendente. No creí... es decir, no sabía que podía vivir de ésto.
—Podrías tener tu propia fundación un día —le animó Lita.
—¡Ay, Lita! ¡Poco a poco! Primero debo conseguir el dinero para aplicar —comentó tímidamente —. Deberías ver la cara que puso mi papá cuando miró los costos. No tengo idea de qué voy a hacer, pero al menos me alegra haber encontrado mi verdadera vocación.
Las chicas guardaron un silencio incómodo, que no cuadraba para nada con la nueva buena, pero fue la misma Serena la que se les adelantó para calmarlas.
—Ya sé que pensaron que lo única noticia sobre mi sería una fiesta de compromiso, pero ésto es lo que quiero ahora.
Todas intercambiaron miradas nostálgicas, y Mina puso una mano sobre la de la princesa, conciliadora.
—Sabes que no tiene por qué ser así.
—Oh, sí... créeme, pero debo estar preparada para cualquier cosa —dijo Serena levantando la cara —. Seiya es bueno, pero podría sencillamente ésta vez no perdonarme.
—No lo creo, no lo acepto. ¡Es decir, yo no lo aceptaría! —se quejó Mina apasionadamente.
—Bueno diosa del amor, la vida real nos ha enseñado que la gente cambia, y eso ahora también lo cambia todo —dijo Rei entonces.
—Si ellos se aman, ¿qué más podría cambiar?
—Tú serías capaz de hacerle vudú a alguien, pero no esperes eso de Serena... —se mofó Rei.
Mina le arqueó una ceja, muy ofendida.
—Esperaría que tuviese fe en él—discutió.
—¿Basada en qué?
—Oigan chicas, me están poniendo más nerviosa de lo que ya estoy —dijo Serena con una sonrisa torcida —. No hay razón para adelantarme... pensaré en qué decirle apropiadamente, ya no hay más qué esconder. Lo haré con todas mis fuerzas y confío en que ésta vez no tendrá dudas. Pero no hay razón para torturarme ahora, no es como si tuviera los días contados ¿cierto?
Las demás le dieron la razón, por obvios motivos. Obvios motivos que todas desconocían, que pese a que la princesa estuviese muy centrada y positiva, se equivocaba también.
—Me alegra tanto que nos reuniéramos —el comentario de Amy trató de ser optimista, para desviar los intentos fallidos de Mina para que Serena arreglara arrebatadamente su situación, y la de Rei, que la apagaba como el soplo de una velita. —. Tienen que prometer que seguiremos haciéndolo, aunque vivamos en la universidad, o tengamos otros compromisos.
—Deberíamos ir al cine, o contarnos historias de terror en casa de Rei —dijo Serena chasqueando los dedos —. ¡Como en los viejos tiempos!
—Suena genial —opinó Lita —. Puedo llevar bocadillos nuevos.
—¿Qué tal el siguiente sábado? —propuso Serena, cuyo plan las había entusiasmado de pronto.
Los rostros felices se esfumaron, y Serena frunció el entrecejo, sin entender qué pasaba por sus mentes.
—¿Dije algo malo?
—No, claro que no —respondió Rei con una sonrisa forzada, para calmar las aguas —. Sólo que... —tras una pausa algo prolongada, dijo: — ya sabes, el sábado es el concierto.
—Oh...
«Oh» era muy correcto. Pero más sincero hubiera sido agachar la cabeza y dejar que la tristeza fluyera, o tal vez más inmaduro pero reconfortante, sería abrirse con sus amigas y contarles lo mucho que lamentaba no poder en verdad estar ahí. Después del accidente y la ruptura, ninguno de los hermanos de Seiya se atrevieron a meter mano donde no debían ni querían, y le dejaron a Seiya el poder de decidir si tenía la intención de invitar a Serena... o no. Obviamente había elegido la segunda por sus propios motivos, y a nadie le apetecía recordárselo a ella. Pero el tema salió a colación por sí misma, y ni hablar, las demás no podían mentirle ni fingir que no estarían ahí, cuando dos de ellas eran novias de los propios integrantes.
Como resorte, Serena sonrió en el acto.
—¡Qué caras largas! Vayan y disfrútenlo, no pasa nada.
—Tal vez pueda pedirle a Taiki que...
—No Amy, está bien —interrumpió la rubia para apaciguarla —. Es de último minuto.
—Pero no creo que tenga problema en éso —insistió —. Anda, no será lo mismo sin ti.
Todas cooperaron con asentimientos de cabeza y murmullos, pero Serena sonrió otra vez con gentileza, y declinó la invitación.
—Estaré bien, no se preocupen.
El grupo sabía con certeza que cada vez que Serena decía éso, era porque había que preocuparse de verdad. Pero también era la persona menos propensa que conocían a contar sus problemas si les afectaban a los demás, así que ninguna quiso pelear con ella ni tampoco hacerla una mártir. Porque si bien Seiya había sido bastante duro al retirarle aquella invitación que le extendió con amorosa devoción durante meses atrás, sabían que, en parte, también era su responsabilidad.
Fue Rei quién aplaudió para llamar su atención y dejar por zanjado el asunto.
—¿Y si nos vamos ya? Será una larga búsqueda y no queremos que se nos venga la noche sin encontrar nada...
El anuncio no era otra cosa que un maratón por las tiendas comerciales para mirar los vestidos de gala. Diciembre se había pasado cual rayo, y una vez que las clases empezaran en enero, tendrían escasos dos meses para graduarse. Junto con el nacimiento de los cerezos, cuyas ramas ahora estaban desnudas, las chicas también pasarían a otra etapa. Dejando atrás los días de instituto, los clubes, las clases regulares y los recuerdos de la adolescencia. Después de la ceremonia y la entrega de diplomas, se llevaría a cabo un baile de primavera, que tradicionalmente en Japón se anuncia con la llegada de ésta, y el fin del curso escolar.
Por supuesto que había unas más entusiasmadas con la idea que otras, como Amy, que ponerse algo llamativo o formal no era precisamente su máximo. Aún así a todas se les iluminó el rostro al admirar los divinos escaparates y los vestidos puestos en los maniquís de muestra. Ante la aliviadora calefacción, todas se liberaron de los abrigos tan pronto como pudieron.
—En la tercera planta hay una de las tiendas más monas que he visto —dijo Lita.
Alguien debió contextualizar lo que era "mono", porque a Serena le pareció algo solamente digno de la idílica realeza. Todo era brillante, pulcro y te dejaba ciego ante tanta belleza de telas y adornos. Lita era una chica que se esmeraba en la decoración y la feminidad, pero definitivamente Serena nunca pensó en ponerse algo así, al menos no al tener presente el recordatorio de su billetera semi-vacía. Porque vamos, todas tenían ahorros y ésas cosas, pero pretender gastar una cantidad desorbitada en unos zapatos que se pondría una vez en su vida era otra cosa.
Todas emitieron sonidos de ensoñación al mirar una pieza preciosa con tirantes entrecruzados, en color rosa pálido.
Y miraron a Serena automáticamente.
—Éste es para ti —sentenció Mina. Al extender las enaguas con los dedos, la tela se abrió como un sedoso abanico.
Serena sonrió con nervios, poniendo ambas manos al frente.
—Estooo... yo creo que te va más a ti.
—Qué va, es demasiado cursi para mi gusto —alardeó Mina negando con la cabeza —. Si fuese más escotado o en un color más intenso, quizá...
—Ten cuidado de no causar ningún accidente, Aino —le dijo Lita riendo —. Serena, considéralo. Uno no se gradúa del instituto todos los días...
—¡Y con el trabajo que me costó que pasaras estadística! —se lamentó Amy, cabizbaja.
Serena sintió una culpabilidad inevitable y pesada, e hizo una rabieta, pataleando al piso.
—¡Vale, lo pensaré! Pero que no les extrañe que tengan que mantenerme un mes entero si lo compro...
—No si te reconcilias a tiempo con tu súper estrella —canturreó Mina sutilmente, detrás de un abrigo de imitación.
—Sabes que nunca estuve con él por eso —le atajó Serena con gravedad —. Yo siempre lo quise por cómo es conmigo. Y aunque me lo ofreciera, no lo aceptaría.
—¡Ah sí, pues qué mejor! —exclamó Mina, quitándole importancia al asunto, y después se dirigió a Amy con un par de dedos; que ya miraba las tiendas de libros con ansiedad —. Ven acá, señorita Mizuno. Eres la siguiente.
Rei le sugirió un sencillo traje de corte sirena en color aguamarina, así que cerrando las cortinas, Mina se quedó afuera esperando su turno y mirando lo demás. Si pudiera se llevaría todos juntos, pero decidió dejar su exhibicionismo de lado ésta vez. Con el pecho inflado de gusto, no se creía lo poco quedaba de aquella criatura acomplejada que pedía ayuda a gritos desde el otro lado del espejo. En su lugar había una chica mucho más fuerte y decidida, que pretendía iniciar con el pie derecho lo que le quedaba del cuatrimestre, de disfrutar cada minúscula parte de los ratos que pasaba con sus amigos, y si no era mucho pedir, la suerte estaría de su lado con ésa audición en la academia musical Langston. Para abril ya estaría recibiendo de los profesores los conocimientos que le permitirían alcanzar uno de sus grandes sueños.
Uno, porque no era el único claro.
—Voy a alcanzarte los zapatos, para ver como te quedan —le dijo Mina a las demás, cuando se giró para buscar una dependienta, se quedó quieta en su sitio al toparse con alguien.
—Mina ¿podemos hablar?
—Claro que no —le dijo a Eichi, que seguramente les había encontrado en el centro comercial, y las había seguido hasta ahí —. Creí haber sido clara la última vez.
La última vez había sido la ocasión del desenlace trágico causado por Aranna Hyori. Taiki le había hablado de su "curiosa" participación cuando estaban buscándola, y desde entonces se había negado siquiera a mirarle la cara, a no ser para gritonearle en la clínica que la dejase en paz para siempre.
—Sé que estás molesta —le dijo él, muy agitado —. Pero escucha, yo intenté decírtelo una vez...
—¡¿Una vez?! —se exaltó ella al instante, abriendo mucho los ojos —. Intentaste decírmelo una vez. ¡Debiste tratar todos los malditos días! ¡Por tu culpa pasó ésto, y por tu culpa casi pierdo lo que más quiero en el mundo! ¿Crees que voy a perdonártelo?
—¿Y por qué no habrías de hacerlo? —le acusó Eichi, extrañamente molesto ahora —. Me he disculpado millones de veces, y perdonaste a Aranna. Sí, tu amigo Taiki me dijo que aceptaste el acuerdo de su abogado. Yo nunca lo hice con la intención de perjudicarte, las cosas se me salieron de las manos.
—Aranna está mal de la cabeza —siseó Mina, señalándolo con frialdad —. ¿Y qué debería esperar de ti? Al menos ella siempre me insinuó que quería hacerme daño, tú fingiste ser mi amigo. ¡Me juraste que estabas enamorado de mi! ¿Qué clase de monstruo hace eso? ¡Sabía que algo no estaba bien en ti, nunca terminaste de gustarme!
—No fingí en éso, Mina —aclaró él de inmediato —. Mis sentimientos por ti son verdaderos, lo fueron...
—Pues no fueron suficiente para que te sinceraras conmigo —sonrió ella con cierta crueldad —. Si crees que persiguiéndome vas a salvar tu alma podrida, olvídalo. No te lo voy hacer tan fácil.
Eichi resopló, y bajó los brazos.
—Eres dura, Mina. Nunca quise que te pasara nada, ni a Kou tampoco —confesó en voz baja —. Si accedí a hacer tratos con Aranna fue porque lo necesitaba, no medí las consecuencias de mis actos, al igual que ustedes. No somos tan diferentes, si te pones a pensarlo.
Mina frunció el entrecejo, y aunque quería largarse de ahí, no pudo esconder su deseo de saber.
—Explícate.
—Quiero decir que tú también estabas conmovida por lo que Aranna era, tú misma me confesaste una vez que deseabas ser como ella —dijo apresuradamente —. ¿Y no fue Kou quién se acercó y le pidió que salieran formalmente? ¿No crees que llamó su atención de alguna forma? ¿Y por qué yo no podría deslumbrarme? Aranna sabía endulzarme el oído muy bien. Mi padre trabajó en IH durante veinte años, y lo despidieron por una injusticia. Sabes mejor que nadie que los Hyori no son personas justas. Era imposible que me acercara a Otto, así que un día fui a al compañía donde estudiabas, y traté de ganármela para convencerla. ¡Estábamos hasta el cuello de deudas! Si no queríamos perder la casa tendría que dejar el colegio y trabajar, nunca podría tener la carrera deportiva para la que nací, para la que soy realmente bueno. Yo también tengo sueños, Mina, no sólo tú. ¿Qué habrías hecho en mi lugar?
—No habría usado a nadie a mi conveniencia si es a lo que te refieres —alegó Mina obstinadamente, cruzándose de brazos, aunque las palabras de Eichi ciertamente habían cambiado su percepción —. Eso no nos hace similares, ni por mucho.
—¿Estás muy segura? ¿Nunca has hecho nada, de lo que tengas que arrepentirte y pedir perdón después?
Sí.
Sí... muchas veces, con personas distintas.
—No —sonrió.
—Mientes —le reprochó él, sacudiendo la cabeza —. De acuerdo, entiendo que te sientas herida y enfadada, pero no te nubles el juicio. Tú me gustaste porque eres una chica cariñosa y comprensiva, y estoy seguro que Kou también piensa así, y por eso es que está contigo. Aunque la verdad, ahora a ésa Mina no la veo por ninguna parte.
Mina abrió la boca para decirle una palabrota, pero en ése momento apareció Rei de los vestidores, y le impidió hacerlo. Eichi se perdió detrás de un estante de zapatos, dejándola pensativa.
—Qué lenta eres, ¿acaso los mandaste a hacer? —se quejó Rei, y luego parpadeó sorprendida —. Por Dios, ¿Quién era ése muñeco de carne y hueso?
—Nadie que quieras conocer, créeme —dijo Mina son soberbia, entregándole el par de zapatillas que había escogido para su amiga —. Tu Nicholas es buen chico, y las apariencias engañan.
—Las apariencias, sí —masculló Rei con misteriosamente, mirando en la dirección que él había salido —. Pero no percibo una mala esencia en él, creo que podrías estar equivocada. ¡Y oye, Mina! ¡Nicholas no es mi novio!
—Claro, lo que tú digas.
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—No puedo creerlo —dijo Mina arrugando el papel y extendiéndolo a Yaten —. Tenías razón, me dio la recomendación. Pero adivina qué, me invitó de nuevo a entrar al equipo para participar en el torneo, aunque ya no sea jugadora regular.
Yaten tomó el documento y lo leyó con cuidado, porque Mina se lo puso en la cara casi sin poder interpretar las letras.
—Era de esperarse —opinó, y devolvió la hojita a la mano de ella —. A lo mejor se siente culpable por sacarte del club.
Como ya se contó anteriormente, Mina recibió las buenas noticias de aprobación para ingresar en la academia Langston. Una institución de preparación musical independiente en la que ella sólo conseguía admirar desde el exterior, y aunque no era la mejor del país, era una oportunidad increíble para cualquiera que haya soñado dedicarse a ésto. Veía como la gente salía con sus partituras o los veía practicando en los preciosos jardines, y se sentía como en ésas películas de aficionados. Sólo que ésto no era una película, era real.
Pero aunque tenía su parte alucinante, el mundo real también te pedía requisitos, y no había sido nada sencillo conseguirlos. No sólo se había ganado las reprobatorias de varios profesores por su comportamiento del año pasado, si no que había perdido la confianza de la única docente con la que podría lograr una carta de recomendación sincera, la entrenadora del equipo de voleibol.
Pero igual que con otras tantas personas, Mina no había acabado en buenos términos coordiales tras sufrir su enfermedad. Y en el proceso de recuperación de la misma, perdió también ésa confianza descarada que la caracterizaba, incluso para coquetear o pedir sobornos para conseguir lo que quería.
Igual, necesitaba lanzar la moneda al aire si quería alguna buena referencia escolar. Así que aplicó su solicitud y recibió la carta firmada por la entrenadora Kirara, con una notita que le dejó pensando mucho.
—Técnicamente ella no me echó, yo me fui. Y de qué forma... —recordó mordiéndose los labios con vergüenza.
—Quizá alguien intercedió por ti... —dijo Yaten al aire, mientras buscaba una camisa limpia en el armario, sin éxito.
Mina encaró una ceja, y se sentó en el borde de la cama.
—Bueno, si es lo que Kourinaji busca, no voy a disculparlo por eso —alegó Mina testarudamente, y dobló la hoja, para después echarla en el cajón de su mesita de noche.
—Si eso va a parar que te llame todo el maldito tiempo, prefiero que lo hagas.
—¿Qué dijiste? —inquirió ella, casi como si le hubiese hablado en mandarín —. ¿Desde cuándo son amigos ustedes dos?
Yaten se giró sonriendo a la mala.
—No puedo creer que vaya a decir ésto... —rumió él, miró la prenda que tampoco buscaba y luego la aventó sobre la alfombra —. Mira, el tipo es patético y fastidioso, sí. Pero debes admitir que no es de la clase que planea algo como lo que ocurrió, aunque te haya dañado en el proceso.
—No se daña a quien dices querer. Ni directa, ni indirectamente —aleccionó ella.
—¡Ajá! Pues si a ésas vamos, dudo que exista alguien que te quiera más que yo —dijo él objetivo —. Y si no me equivoco, te he dañado tantas veces que ya perdí la cuenta.
Mina se levantó como un resorte.
—¡Pero e-eso...!
—Pero nada, Mina —él no ahondó en detalles, porque tampoco sabía demasiado sobre el tema de la amistad que tenía o no con Eichi —. Todos cometemos tonterías, y no todos tienen el coraje para aceptarlo y pedir perdón de frente. Estoy harto de que te llame y te quedes de malas, tú no eres rencorosa y sé que no te gusta arrastrar fantasmas. Te quedan tres meses de curso, quizá ni vuelvas a verlo. Y qué mejor que les patees el trasero a todos en el torneo de voli. ¿No quieres eso?
Mina se sonrojó, y bajó la cabeza mientras tanteaba sus pies descalzos sobre la alfombra.
—Admito que sería muy divertido.
Debía ser muy reconfortante para Yaten saber que no había más agua que sacar de ése pozo seco, y que Mina sólo le daba al tal Eichi respuestas esquivas, porque estaba muy enfadada y resentida por lo que ambos habían tenido que pasar, en parte, por culpa suya.
Pero si dejaba de lado rivalidades con el tipo que había intentado levantarse a su novia, o por salvar su propio pellejo casi acaba tres metros bajo tierra, debía ser consciente de que si no hubiera sido por su advertencia, él no habría logrado llegar a tiempo donde Mina. Nadie lo sabía, si Aranna habría esperado un poco más, o se hubiera arrebatado y entonces nada habría tenido remedio. Si bien el monigote había sido confianzudo y muy ingenuo, no iba a quitarle ése mérito.
—No te estoy diciendo que hagas como que no pasó nada, entiendo el punto de hacerte la difícil y créeme, se lo merece. Sólo deja de darle vueltas a lo mismo, disculpa sus cagadas o no lo las disculpes, pero ya déjalo pasar. ¿No quedamos en eso?
—Aseas un poco y ya te volviste un mandón.
—Es difícil mantener un humor de la miel cuando no puedo ni encontrarme la cabeza. ¿Por eso siempre traes calcetines diferentes?
Mina se rió.
—Mea culpa. ¿Y si te consigo un par de repisas o un mueble para ti solito? Será un fantástico regalo de cumpleaños.
—No hace falta.
—Yo creo que sí, pues cuando empecemos otra vez con los deberes vas a estar de un insopor...
Pero Yaten se le adelantó.
—No me refiero a eso. No hará falta porque... bueno, no me puedo quedar para siempre ¿correcto?
Mina se inclinó hacia adelante, dejando cualquier otra cosa de lado. Mirándolo fijamente aunque él fingiera ignorar aquel inofensivo comentario, así como el resultado del mismo.
Hasta hace tiempo, Yaten se había mantenido bien oculto del otro lado de la barrera, donde mantenía su actitud indiferente y sus siempre tan bien calculados movimientos, pero las cosas entre ellos eran muy distintas ahora. La convivencia les había dado habilidades para leer hasta el más mínimo detalle turbio entre líneas cotidianas, y a Mina no le gustó para nada éste en particular.
Y no sólo no le gustó, sino que le dio verdadero miedo.
—¿Por qué dices eso? —habló, más inquieta de lo que hubiera querido parecer.
—Es la verdad ¿no? —dijo, sin más.
Mina cerró los puños sobre sus rodillas, obligando en parte a callar todo lo que desfilaba por su cabeza ante semejante contestación. No podía decirle que no era sólo su problema decidir dónde vivir o no ahora, porque no le parecía que debía decidir solo. Pero Yaten era la persona más capacitada que conociera para manipular su estado de ánimo con tres palabras. Era todo un profesional en la materia, por el simple hecho de lo que sentía por él.
Con los latidos acelerados, Mina dijo:
—Puedo usar calcetines iguales, no tienes que irte...
La labor se detuvo y él la miró. Temió que se tratara de algo grave por la sonrisa que se había borrado de sus labios, igual que su burlón tono de voz. Por un momento pensó en corregirse, decirle que su caos hogareño no importaba, e incluso disculparse. Pero sabía que no podía permitirlo en éstas circunstancias, así que dejó un abrigo donde estaba y se sentó a su lado. Su voz apenas resultó audible, no por eso menos rotunda.
—Ésta no es mi casa, Mina.
Bastó un disparo para clavar aquella certeza en el centro de la diana, pero Mina se aferró a la esperanza con uñas y dientes. A lo mejor había entendido mal. Seguro estaba paranoica y lo que ahora parecía presentarse en un camino claramente trazado era sólo impresión suya.
—Ya no estás cómodo, lo entiendo... —susurró ella. Se le atoró algo indescifrable en la garganta, pero trató de hablar con normalidad —. Pero son cosas que podemos resolver. Puedo aprender a no quemarte las tostadas o no dejar que el lavaplatos se desborde cada semana... ¿a que sí?
Pero él sólo negó lentamente la cabeza.
—¿Qué pasará cuando tu madre quiera visitarte o sencillamente, vuelva?
—¡Tiene mucho de no volver!
—Pero lo hará, y fuera de eso... —dijo Yaten clara y pausadamente —. Escucha, no se trata de tus calcetines o tus tostadas. Creo que he sido bastante obvio al demostrarte que iría a la Antártida si estuvieras ahí, pero yo no pertenezco aquí. Quiero vivir en un lugar que me represente, que sea lo que yo soy. ¿Tú no?
Buscó excusas, todas las que pudo y tan pronto como fue capaz, Mina formó una inmensa bola de sinsentidos. Cada una más confusa que la anterior, no pudiendo sino decir lo que ya sabía sin miramientos.
—Yo sólo quiero estar contigo. ¿Por qué las cosas no pueden quedarse como están?
—Porque no tiene sentido.
—Lo tiene, para mí.
Yaten apartó el pelo de su frente, como si de verdad fuera responsable de toda la molestia que sentía. De pronto había pasado de dar una advertencia lógica y natural a sentirse arrepentido y hasta culpable. Repitió la conversación mentalmente e intentó buscar algún sentido perdido, algún punto en el que hubiera malinterpretado sus palabras o de que, en el mejor de los casos, se hubiera imaginado todo.
Sin embargo, su mirada fija en la nada le decía que no.
—Vale... —dijo él, sin decirle abiertamente lo que ya había entendido —. Tendremos que encontrar el punto de la balanza. Si lo que dices es cierto y no te importa dónde estemos, mientras respiremos el mismo jodido aire ¿de acuerdo?
—Algo así... —dedujo Mina, aquello le tomó de imprevisto —. Dime ¿qué es lo que tienes en mente?
Pero Yaten sólo se levantó, le lanzó a la cara una camiseta y replicó:
—¿Y desperdiciar el placer de atormentarte con el misterio? ¡Nunca!
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Con los ojos cerrados y a través de los párpados, Serena disfrutaba del sol que se filtraba por las hojas de los árboles. A pesar de que pintaba ser un día tan frío como los anteriores, aquella tarde por fin parecía haberse colado un poquito de calidez, e incluso la nieve se había derretido por completo. Tenía los brazos cruzados detrás de la cabeza, las piernas una sobre la otra y una sonrisa diminuta en el rostro. A su lado, Luna y Artemis dormían la siesta, en un lugar tan extraño que cualquiera podría haber jurado que estaba loca, o era una vagabunda, o cualquier cosa así. Pero eso a ella no le importaba, siempre se había preguntado qué significaba dormir ahí, como un gato despreocupado. Tal como a Luna o a Artemis lo hacían cuando se aparecía el delicioso sol. Y así, acompañada de un silencio que sólo lo rompían los gorriones que estaban sobre sus cabezas, le daba justo la paz que necesitaba.
Eso sí, no podía darse el lujo de quedarse dormida, o sabía que terminaría limpiando la acera con el cara, si se caía por accidente...
—Qué bonito día —dijo para sí misma, sin más.
—Oye, Serena —se oyó la voz de Luna detrás de ella —. ¿Estás segura de que no acompañarás a las chicas...?
—Segura.
Luna suspiró, e inclinó la cabecita por encima de su cara.
—¿No quieres verlo?
—Sí...
—¿Y por qué no vas?
De pronto, Serena voló dos años atrás en aquella máquina del tiempo: Era una tarde cálida también, con el atardecer en su proximidad y ella estaba muy afligida. Había mucha presión de por medio, de parte de un novio que estaba en otro continente pero ella amaba, de parte de amigas que la entendían pero poco podían hacer, y de sus sobre protectoras guardianas y el futuro acechando con tambalearse si se le ocurría alguna tontería. Alguna tontería como, pese a saber cuáles eran sus sentimientos con seguridad y todo éso, no podía aceptar las cosas como eran. Se negaba a creer que estuviese atada en que no le agradara una persona, aunque ésa persona no fuera la más indicada, aunque en su cabeza supiera lo que debía hacer, su corazón le decía a gritos lo contrario...
Y fue Luna quién, en ése día en su habitación le había animado a levantarse, tomar el autobús e ir al concierto que Three Lights estaría presentando en aquellos momentos, en el parque Megalópolis.
¿Y por qué no vas?
—Ésta vez no, Luna —dijo en voz baja, al tiempo que abría los ojos, para recibir la luz —. Él me dijo muchas veces cuan importante era éste concierto, trabajó mucho por ello. Y sé que estará cantándole a ésa niñita, la que está en el hospital. No quiero que por error me vea en el público. Que se moleste, o se entristezca, y no de lo mejor de sí. No quiero afectarlo en dar su espectáculo, sé que sólo conseguiré disgustarlo.
—¿Y qué tal si es lo contrario?
Serena sacudió la cabeza.
—Prefiero dejarlo así. Ya habrá otra oportunidad...
—¿Estás loca?
Quién habló fue otra persona, que le hizo casi brincar del susto y girar, hasta quedar aplastada a un par de metros del suelo. Consiguió sostenerse casi con las uñas, agazapada igual que un gato, y pestañeó para ver quién había intervenido en su meditación... aunque después de todo sólo estaba haraganeando.
—¡Mya, me pegaste un susto de muerte! —luego enrojeció —. Er... esto... no estaba hablando con mi gato. Pensaba en voz alta, y-ya sabes...
Mya puso ambos brazos en las caderas en forma de jarra, y arqueó una ceja.
—¿De qué estás hablando?
—Bueno, me dijiste loca y me hallaste hablando sola. Tiene sentido, pero...
—Kakyuu me habló de tus guardianes, Serena. No estaba refiriéndome a eso.
Serena abrió más los ojos, y Luna suspiró, aliviada.
—¿Y entonces?
—¿Se puede saber qué estás haciendo aquí?
—Es el último fin de semana de las vacaciones. Cuando el curso empiece no podré...
—¿Por qué no estás en el auditorio? —interrumpió, aún más fuerte, desde su posición.
El semblante de la princesa se endureció, y su vista voló al suelo.
—Oh, pues... porque no estoy invitada.
Mya frunció el ceño.
—¿Estás de broma?
Pero a Serena aquella acotación le molestó, así que se giró con las piernas en su dirección.
—¿Por qué habría de bromear? ¡Sabes perfecto que Seiya y yo ya no estamos juntos! — luego agregó con nostalgia —. ¿Tienes que recordármelo?
Mya no respondió en el acto, se mordió los labios y sacó el aire con desgano.
—Es que pensé... —murmuró, luego sacudió la cabeza —. ¡Eso no importa! ¿A qué esperas para irte? El concierto va a empezar en muy poco, vas a arrepentirte si no vas.
—Mya —le dijo Serena inclinándose un poco más — ¿No has oído lo que he dicho? ¡Seiya no quiere que vaya! Era la idea, por supuesto, pero con lo que pasó eso quedó en segundo plano.
—¿Qué importa lo que él piense? —insistió Mya, sin atreverse a revelar el secreto de Seiya —. Estoy segura que será un show fabuloso, y se esmerará... ¿no quieres verlo, oírlo?
Serena le regaló una sonrisa torcida.
—Claro, pero no puedo.
—¿Por qué no? ¡No pienses en los demás por una vez!
—Oye, no se trata de eso —le dijo Serena, sintiendo incomodidad por las miradas de Luna y Artemis, que la alternaban entre chica y chica, sin decir palabra alguna —. No tengo un boleto. Todo está agotado y aunque quisiera, no podría ir.
Y ésta vez no había ninguna rueda de la fortuna a la cual subirse y colarse de por medio...
Las dos se miraron una vez más. Y Serena comenzó a preguntarse qué pasaba por su mente, porque es como si quisiera transmitirle algo de suma importancia, que no pudiera decirle. También, la manera en la que había insistido casi a punta de palo era bastante sospechoso. Serena no comprendía qué ganaba Mya con que ella fuese o no al dichoso concierto. Sí, era algo que le daba mucha ilusión presenciar, pero tampoco era algo de vida o muerte, como para discutirlo así. Además, nada cambiaría si asistía o no, nada...
Y a pesar de éso, ella se aferraba tanto, como si sólo quisiera ayudarla.
¿Pero ayudarla a qué?
—Mya... ¿qué pasa?
—Tienes que ir —dijo ella sencillamente, y después de hurgar en su bolso un minuto, le tendió el papelito, muy bien doblado —. Anda, ve. No me hagas preguntas.
—¿Eso es...?
—Hazlo antes de que cambie de parecer —le regañó.
Serena lo tomó, y se quedó con la vista puesta en las sencillas letras impresas. Vio también a Luna, que no decía nada. La entrada tenía un lugar asignado especial, lo decía claramente. Y claramente también suponía que Mya no lo había conseguido en una tienda de discos ni tampoco en una estación de radio. Era el tipo de entradas que Seiya le había contado una vez, eran únicamente para familiares, amigos cercanos o la misma farándula. Era claro que él se lo había obsequiado, quizá.
—No puedo aceptarlo.
—¿Qué? —se desesperó la chica —¡Eres insufrible, niña! ¿Por qué no?
Serena infló las mejillas y le dijo con pasión:
—Si Seiya te lo dio es porque quiere que tú vayas. Y lo conozco, estoy segura que te hizo prometerle que irías.
Pero ella sólo retrocedió un par de pasos, y le dijo con severidad:
—Yo sólo le prometí que no lo desperdiciaría, y así es como cumplo mi promesa.
—P-pero...
—No seas gallina, Tsukino —punzó.
—¡No lo soy!
—Tiene razón, Serena —le dijo Luna haciendo que ella girara el rostro hacia la gatita —. Debe haber un motivo por el cual ésta muchacha te insiste tanto.
—Y habla con él —agregó Mya, ahora más tranquila —. No lo dejes pasar.
—Yo... pensaba hacerlo cuando entráramos a clases, a...
—No habrá más clases ¿no entiendes? —espetó contrariada —. Vaya... va a matarme, pero un día me lo agradecerá.
—No entiendo ni una palabra de lo que dices.
—Se va —respondió, sin más —. Three Lights se va a desintegrar apenas acabe el concierto, y él solo se irá a Kinomoku, ésta vez para siempre. No es mi intención que vayas para que no te pierdas las canciones del grupo, si te lo estoy dando es porque probablemente no puedas encontrarlo después.
—¡¿Qué?!
Mya iba a responderle que no tenía por qué mentirle, pero Serena se fue al suelo, cayendo estrepitosamente frente al jardín. Mya cerró los ojos al mirar el desastre, y no sabía si reírse o asustarse, aunque Serena se puso de pie en un salto, con la ropa llena de lodo.
—No es cierto —suplicó, con una mano al pecho —. No puede irse... ¡no puede dejarme!
No podía ser. Era la peor broma de mal gusto que podrían haberle hecho a hacia su persona, la más absurda del planeta. Podía serlo, pero no lo era, de lo contrario, no sentiría que el corazón se le estrujara con saña y tanto dolor, abriendo un montón de heridas que apenas estaban consiguiendo sanar con la esperanza. No era posible que, ésta vez sin ninguna barrera u obligaciones de por medio, de cualquier manera iba a perderlo.
Entre desesperada y enfadada, Serena se puso a maquinar con velocidad. No importaba cuánto lo pensara, sabía que estaba siendo terriblemente egoísta por no querer dejarlo ir aunque ése fuera su deseo, sin confesar las cosas que tenía planeadas decirle en un principio. Pero la sola idea de tener que aflojar los dedos para soltar el delicado y único lazo que la ataba a él le llenaba de pánico, sabiendo a ciencia cierta que ésto no se podría resolver con un boleto de avión.
¿Cómo podría querer lo mejor para Seiya, y al mismo tiempo retenerlo, sabiendo que lo único que podría conseguir es hacerle daño?
—No puede... —repitió, débil.
—¿Qué harías tú en su lugar? —preguntó Mya directamente, sacándola de sus cavilaciones.
Serena suponía que estaba en lo correcto. Que lo que querría una persona a la que han decepcionado y herido, sería huir a cualquier sitio alejado o que simbolizara un descanso. No cualquier lugar, más particularmente aquél que tú puedes llamar hogar y donde se encuentra una persona muy especial para ti, que sabes que te comprenderá y aliviará. Dónde te sentirás resguardado, un lugar dónde sabes que puedes empezar de cero, sin recuerdos dolorosos ni complicaciones...
A pesar de las dudas, del miedo o la confusión, Serena apretó los párpados para reprimir las lágrimas, se obligó a sonreír y entonces abrazó a Mya con fuerza.
—¡Gracias!
Tiesa como estatua, la chica apenas pudo medio rodear sus brazos a ella, cuando la princesa se separó, y así, sin cambiarse de ropa o pensar en nada más, echó a correr para alcanzar su destino.
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—Seiya, en serio, vas a hacer un agujero en el piso —le reclamó Taiki desde su sitio, frente al espejo.
—Lo siento, estoy nervioso.
—Nos alteras a todos, así que para de una vez.
Seiya, que había estado dando vueltas y vueltas como un animal enjaulado por todo el camerino, temblaba de pies a cabeza. No tenía que ver con que se le olvidara la letra de alguna canción, o Yaten fallara el acorde que tanto les había costado sacar en la guitarra del solo, ni mucho menos que fuese a haber un apagón o lloviera inesperadamente en medio del espectáculo. Sabía que una vez que el telón se cerrara ya no había marcha atrás. Sabía que no le había dicho nada a las chicas, que aunque realmente no se conocieran de toda la vida, había llegado a estimar particularmente a cada una de ellas como buenas amigas. Echaría de menos los chillidos de Mina en sus experimentos de química, y los consejos acertados de Amy, las delicias culinarias de Lita y el apoyo de Rei. Extrañaría cada cosa de Japón, desde los cerezos en flor que éste año se perdería sus brotes, los compañeros de equipo y el fútbol, componer música y...
Bueno, para qué seguir con la lista.
Yaten permaneció silencioso desde su lugar, recargado en una pared sin apoyar a Taiki o defender a Seiya. Estaba pensando en qué pasaría, al igual que su hermano, cuando todo ésto se acabara. Sus vidas serían de estudiantes comunes y corrientes, para después buscar sus verdaderas vidas. No es que éstas no contaran, pero Yaten sabía muy bien que tanto él como Taiki no estaban entregados a la música como el pelinegro. Y no entendía, con cada neurona de su cerebro, cómo Seiya abandonaba lo que más le apasionaba y disfrutaba hacer, sólo porque una chica que le rompió el corazón.
¿No podría repararlo, reconstruyéndolo a cada pedazo, haciendo lo que más le gustaba? ¿No podía transmitir o desahogarse en sus líricas, hacer sintonía con los demás descorazonados (que sobraban en el mundo) y sacarle provecho al menos, a sus desgracias? ¿No podía refugiarse en sus amigos, en otro mundo? Porque pareciera que, cuando pasamos por una ruptura o una separación inevitable, nada más importa. Y no es cierto, la vida sigue su curso aún cuando por dentro estemos hechos polvo, nadie te espera ni nadie te comprende mejor que ellos. Porque cuando se está con seres queridos tienes muchas más posibilidades de conocer a alguien nuevo (aunque en ése momento no nos interese), porque también tienes muchas más oportunidades de reírte que estando solo, y porque cuando se ríe no se sufre.
—No entiendes —dijo Seiya, inaugurando su conversación —. No puedo fallar, ésto debe salir perfecto.
—Aunque falles las cosas pueden salir bien. No perfectas, sólo... bien.
—¿Disculpa? —se dirigió Seiya a Yaten, que al fin había hablado —. No me pongas a pensar cosas raras, mi mente está bloqueada ¿recuerdas?
—Yaten quiere pedirte otra vez que te quedes, y no sabe cómo —sonrió Taiki, abrochándose la chaqueta desde su sitio, y el platinado le hizo mala cara —. ¡Ah! ¿No es cierto, acaso me equivoqué?
—Me conmueves, pero es irrevocable mi decisión.
—Qué dramático te has vuelto. Siempre puedes cambiar de decisión —insistió Taiki, porque Yaten estaba entercado en no decirle lo que realmente pensaba. Ya se lo había mencionado en Nochebuena, en casa de Lita, y detestaba rogarle a las personas, aunque eso significara que su hermano no se fuera. y aún cuando fuera el parteaguas para ésa última oportunidad de hacerle entender —. Seiya, nadie te está forzando, respetamos tu forma de pensar. Pero sabemos cómo eres y no nos gustaría que te arrepientas después.
—¿Por retirarme y tener dignidad con quién no me corresponde? —escupió.
A Yaten casi le dieron cosquillas en los labios, y sin poderlo evitar, habló:
—Crees que le quitas a Serena una ventaja para tomarla tú, pero no es así —y luego, levantó más la voz, captando también la atención absoluta de los dos —. Cuando no te quieran lo sabrás, aunque no te lo digan. Lo sentirás en serio y muy profundo, porque la indiferencia es algo que nunca pasa desapercibida.
Seiya parpadeó, muy sorprendido.
—De acuerdo, pero... —dijo casi en susurros —. Siento que ya no estamos hablando de mí.
Él sacudió la cabeza.
—Olvídalo, sabes de qué hablo. Serena es estúpida, pero honestamente no creo que te haya traicionado a propósito como tú crees. ¡Es incapaz de dañar a una mosca con saña!
—Yo también lo creo —segundó Taiki con tranquilidad.
—¿Ah sí, y por qué no me lo ha dicho?
—Las razones pueden variar, pero la primera que se me ocurre es porque le echas a patadas en donde sea y a cada momento, hermano.
Seiya se mordió la boca con impotencia, y se salió por la tangente.
—Creí que me apoyaban en ésto —y se alteró inmediatamente —. ¿Por qué quieren meterme de nuevo a la jaula de los leones? Con hacerme el ciego no va a cambiar nada, ¿qué caso tiene?
—Solo tratamos de compartirte nuestras vivencias —siguió el mayor —. Lo que le hice a Amy no cualquiera lo habría disculpado, pero sabe lo que siento por ella. Amy eligió preservar lo nuestro, pese a que tenía el derecho de odiarme por toda la eternidad y conservar la dignidad de la que tanto lloriqueas.
—Digo lo mismo —admitió Yaten encogiéndose de hombros —. A mí me han pasado muchas grandes, y creo que la diferencia es que si sabes lo que sientes y lo que quieres, debes pagar un precio para obtenerlo. Llámese orgullo, dignidad o lo que sea.
—Sí, pues a veces uno también necesita recibir la confianza para seguir dándola, Yaten —rebatió Seiya, ahora molesto —. Y en base a eso, fundamentas la jodida decisión de elegir si alejarte, o intentarlo un poco más.
Alguien golpeteó la puerta tres veces, alertándolos que en menos de diez minutos, debían estar dispuestos en el escenario. Los tres miraron la puerta unos segundos, y se quedaron en silencio otra vez. Nadie querría iniciar el evento con ésas malas vibras, pero sencillamente ni Yaten ni Taiki habían podido evitar pasar aquel último esfuerzo, porque ambos sabían que Seiya hablaba únicamente detrás del dolor, como hacía un tiempo. Se le notaba más fuerte y recuperado, pero bueno, uno no borra cicatrices de un día a otro. Cuestan, arden, y duelen otra vez. Y hay momentos de debilidad o de obstinación cómo éste, que aunque la gente trate de ver las cosas como tú no las ves, que te enseñen a mirar con otros ojos para ayudarte, tú sólo te protejas de lo que hasta ahora sólo te ha acorralado.
—Lo siento —dijo Seiya abiertamente ante los dos —. Sé que quieren que sea feliz como ustedes. También Mya habló conmigo, aunque me hice el loco. Así son las cosas: Serena nunca me ha terminado de alcanzar, sólo me ha pedido una y otra vez que la espere. Necesito a alguien que no tenga que perderme para darse cuenta que yo soy el indicado. ¿Me entienden? Y la verdad... ya me cansé de ésta historia ¡es interminable!
—Un mal capítulo no es el fin de la historia, Seiya —se atrevió Taiki a filosofar.
—Si quieren darme un consejo, díganme cómo le hago para que ésto sea inolvidable, o cómo consigo cantar con todas mis fuerzas, o para ayudar a Sakura. Aunque ya no sé que tan buena idea sea, porque...
Y sacó el aire para decir de mala gana:
—Porque Serena me lo recomendó.
Yaten rodó los ojos con hastío.
—¿Lo ves? A nadie compras con ése cuento de que ya no te importa y tal.
—¡No es ningún cuento!
La puerta sonó nuevamente.
—¡Three Lights, cinco minutos!
Taiki se levantó, y se acercó para poner una de sus manos sobre el hombro de Seiya:
—Tú sabes a quién recurrir en éstos momentos. A mí me ayudó el pensar todo el tiempo en la princesa, cuando la pasé realmente mal.
Ambos miraron a Yaten, como si esperaran que él autentificara aquella magia misteriosa, y aunque le costó decirlo, lo aceptó también.
—Sí... algo así me pasó a mí.
Impregnado de una agridulce nostalgia, Seiya les sonrió con ganas.
—¿Y a qué estamos esperando?
Flashes fluorescentes de por medio, fuegos y la aduladora presentación. Tras subir a la plataforma, Seiya se aferró al micrófono como si la vida se le fuera en ello, y subió a un ritmo tan lento que empieza a desesperar y sentir todo el cuerpo de gelatina. Luego, la potente luz de los focos iluminó poco a poco sus figuras, que están en el centro del escenario. El corazón le latía fuerte, y a cada latido, el estómago le daba una sacudida a la par por la emoción, del miedo, y la adrenalina. Entonces, cuando su rostro quedó alto y grande a la vista en una pantalla colosal, el público explota en gritos y vítores, aullando sus nombres...
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Menos de cinco yenes y no hubiera logrado completar el importe del taxi. Serena azotó la puerta del vehículo para disculparse innecesariamente después, y corrió lo más fuerte que le dieron sus acalambradas piernas, pese a tropezarse varias veces en el trayecto hacia el auditorio. Fuera todo estaba desierto, pero ya escuchaba a las fanáticas emplear frases de admiración y piropos, así como fragmentos de canciones que ella ya conocía.
Tardó en todo. Tardó en encontrar vehículo, en llegar, en encontrar el pasillo y el lugar que le asignaron. Afortunadamente, no se topó con ninguna de las amigas de Mya, que quizá podrían estarla esperando y asesinarla si en su lugar, llegaba Serena Tsukino. Y desafortunadamente, tampoco encontró a ninguna de sus amigas, que podían estar varias filas adelante, a derecha o izquierda, a saber.
Pero nada de eso importaba. Apenas tuvo tiempo de tomar algo de aire y tranquilizar sus pulmones, porque en eso el concierto comenzó, liberando la aparición de los tres cantantes que tan acaloradamente eran recibidos por la multitud.
Era como haber retrocedido dos años en el tiempo: apenas podía creer en la cantidad de experiencias que había tenido, buenas, malas y extraordinarias también. Las vueltas de tuerca que había dado su vida y la de sus amigas eran sorprendentes, arriba y abajo. Como un espiral indescifrable, que por supuesto nadie sabía hasta dónde terminaría. A lo mejor no se acababa nunca, y eso estaba bien, porque significaba que estaba viva, aún con todos los errores...
The best thing 'bout tonight's that we're not fighting
Could it be that we have been this way before?
I know you don't think that I am trying
I know you're wearing thin down to the core
But hold your breath
Because tonight will be the night
That I will fall for you over again
Don't make me change my mind..
La voz de Seiya le obligó a centrar todos sus sentidos en él.
Or I won't live to see another day
I swear it's true
Because a girl like you is impossible to find
You're impossible to find
La canción, pese a ser algo triste, la conocía. Hablaba de una pareja que se quería con pasión insana, pero con el tiempo, algo se había perdido en el camino. Tras muchas decepciones, uno de ellos se había cansado de intentarlo, de pegar lo roto, de seguir. Otro no, porque seguía enganchado a la esperanza con manía, con la filosofía de que nada valía la pena, si no era seguir un poco más. Porque creía que no hay mejor razón, que seguir tratando con quien crees imposible de encontrar. Ya sea en ésta vida, o en la otra.
De éso se trata. De hacer lo que te plazca sin temor a críticas o reprimendas. De encontrar a alguien que te entienda sin que le digas lo que piensas cada minuto, soportar tus estupideces cuando metas la pata sin juzgar. De colocarte en un rompezabezas perfecto, en el que su mano encaja con la tuya, su sonrisa con la de él, sus ojos o su voz al unísono.
Y quizá se debiera a lo romántico del concierto, pero ella sabía que había esperanza. Siempre la había conseguido, pese a lo mucho que la saboteara en ocasiones. Subestimándose al creer ser sólo la más bruta de las cinco, la más irresponsable, la más patosa.
Tal vez. Pero estaba segura que ninguna otra, por muy rica, elegante, hermosa o inteligente que pudiera llegar a ser, nadie iba a amarlo como ella. Lo reconocía en cada una de sus venas, donde corría la sangre que hacía su corazón bombear a mil cuando lo tenía cerca.
This is not what I intended
I always swore to you I'd never fall apart
You always thought that I was stronger
I may have failed, but I have loved you from the start
So breathe in so deep
Breathe me in, I'm yours to keep
And hold on to your words 'cause talk is cheap
And remember me tonight when you're asleep
Con un nudo en el pecho, y viéndolo respirar literalmente cada nota y cada palabra como si su vida dependiera de ello, con una voz que hasta el más envidioso podría catalogar como buena, no podía estar más agradecida por estar ahí. Aunque ésa persona no lo sepa, desde tu puesto de observador, Serena guardó ésa imagen en lo más profundo de su retina y cerró los ojos, olvidando el auditorio por completo.
Or I won't live to see another day
I swear it's true
Because a girl like you is impossible to find
You're impossible to find...
Bloqueó cualquier otro sonido, dejando la excepción de su voz y la música transportándola a ése lugar donde sólo estaba su abrazo sosteniéndola. Así consecutivamente, y canción tras canción, el tiempo perdió total y absoluto sentido; hasta que se oyeron las últimas cuerdas y la avalancha de aplausos la hicieron volver a la realidad.
Una en la que el concierto se había terminado.
Los chicos se despedían, agradecían el apoyo...
Los reflectores se apagaron, y su corazón se volvió loco.
Había postergado el impacto sin darse cuenta, porque estaba disfrutando como nunca su música. Había empleado todos sus signos auditivos en disfrutarlo, porque no necesitaba más. No le interesaban los efectos ópticos o los videos en las pantallas gigantes, sólo él. Lo que salía de su interior era todo cuanto importaba. Mala suerte, porque estaba tan acostumbrada a distraerse con cualquier cosa, que no se percató de en qué momento el tiempo se le había venido encima y recordó la verdadera razón de por qué Mya le había cedido su entrada: Seiya se iba a marchar en definitiva, no sabía si ahora o cuándo, pero ciertamente las posibilidades de volver a verlo estaban por debajo de lo esperado, quizá ésta fuera la última vez.
Empujó a un par de chicas sin querer para salir de las filas, completamente desubicada. ¿Hacia dónde debía ir? ¿la dejarían accesar? ¿Y si no, qué? ¿se volvería a casa como la idiota que era, y si mañana ya era muy tarde?
Lo llamó un par de veces, y como se esperaba, no hubo respuesta. No hubo respuesta de ninguno de los que compartiera el apellido, así que llamó a sus amigas. No escuchó ni una palabra de lo que Mina le dijo entre el escándalo, así que envió un par de mensajes donde Lita se adelantó a responder antes que todas que el paradero de los famosos podía ser una especie de conferencia post-evento, junto con una sesión de fotos que no sabían cuánto iba a durar.
Qué tonta. No podía esperar que porque fueran conocidos suyos pasarían la puerta del camerino cambiándose la ropa e invitándolas a tomar un café en el negocio de la esquina. Tenían obligaciones que cumplir, y no tenía idea si podría tener el mínimo alcance tan siquiera para llamar su atención.
Miró un pasillo estrecho custodiado por dos agentes de seguridad, y sacudió la cabeza.
—Debo estar loca...
Se dio un minuto para pensar en todas las posibilidades: Siempre había librado puertas y situaciones de extremo peligro mediante sus transformaciones, cosa imposible de poder realizar ahora. También por su aniñado peinado, se podía valer de pretextos de pre-adolescente como decir que había perdido a su madre en la multitud u olvidado algún juguete, situación que tampoco ya venía a colación, por culpa de su nuevo corte de cabello. Tras pensar para qué era más buena que nadie de todo humano que conociera, se repitió otra vez que estaba o muy loca, o muy enamorada. Igual parecían sinónimos, así que echó a andar, y tropezó con todas las fuerzas y el valor que reunió.
En seguida los hombres le alcanzaron.
—¡Por Dios, señorita! ¿Se encuentra bien?
—No... no sé —esbozó un gesto delicado y frágil —. Duele bastante...
Y vaya que dolía, así que la tarea de fingir se dio a medias. Serena cerró los ojos con mucho pesar y se miró la rodilla ensangrentada una vez que le ayudaron a sentarse en una banquita.
—¿Puede caminar? Se ha dado un buen golpe, bonita —sí podía, pero prefirió dejarse caer una vez más, simulando que la herida representaba más de lo que debía.
—¡Aaaay!
—Creo que necesitará alguna atención. Venga, le llevo a la enfermería —ofreció.
—No, no... me están esperando mis amigas, van a preocuparse y no tengo como llamarlas. ¿Podría ir a buscarlas? Ellas me llevarán a casa.
—¿Pero cómo voy a encontrarlas en éste gentío? Hay cientos de personas. ¿No tiene el número telefónico de alguna?
—No, no me los sé —se lamentó —. Siguen por allá, estoy segura. Yo salí porque necesitaba una bebida. ¡Mire, aquí tengo mi boleto!
Ambos custodios se miraron mutuamente, y aunque dudaron, no fue suficiente para una boca convenientemente hinchada y un par de ojos suplicantes y llorosos.
—De acuerdo, espere aquí.
Serena sonrió con discreción viendo como se alejaba, pero todavía le faltaba uno.
—¡AAAY!
El sujeto se aproximó hacia ella nuevamente, sin saber qué hacer.
—¿Duele mucho?
—Mucho, pero estoy bien. Si tan sólo no tuviera tanta sed...
El otro policía, de aspecto regordete y maduro, se rascó la cabeza sin poderlo creer.
—Yo... lo lamento, pero no puedo dejar este acceso.
—Debe llevar a un sitio importante, si lo protege un personal tan capacitado —le sonrió Serena angelicalmente, mientras pestañeaba. El hombre se puso muy colorado, y escondió la cara sobre la gorra.
—B-bueno, es que lleva a la sala de los... —y se dio un golpecito — ¡Olvide lo que dije, por favor!
—¿Quiso decir que lleva a alguna parte donde está ahora el grupo? —inquirió con ansiedad.
—¡No! Bueno, y-yo... —tartamudeando, el señor trató de componerlo con torpeza—. No diga nada, por favor. Éstas niñas son como ratones rabiosos sobre un queso, dónde alguien escuche algo por error...
—No se preocupe, a mí no me gusta Three Lights —se encogió ella de hombros y luego levantó el mentón con desdén —. Vine porque me regalaron el boleto y en este momento no hay nada que me apetezca ver en el cine. ¿No cree usted que son algo pedantes, y demasiado exitosos con tan corta carrera musical? Quiero decir, hace dos años no eran nadie y ahora llenan auditorios...
—Sí, eso es cierto —contestó tal como Serena esperaba, igual que cualquier hombre —. Ni siquiera mi hija pudo conseguir una entrada, aunque estuvo pegada a ése teléfono como desquiciada...
—Mi boleto venía con una pulsera del club de fans de obsequio. Désela a su hija —y se la extendió.
—Eh... —respondió medio confundido, aunque sí la tomó —. Qué amable es, gracias.
Serena miró su reloj de pulsera otra vez. Estaba perdiendo el tiempo, pero era necesario. No creyó convencerlo de buenas a primeras sin ésta labor previa.
—Estoy aliviada de haberme alejado de ahí. Si no fuera por la sed, como ya dije. El susto de la caída debió ser. ¡Perdóneme, cuántas molestias le estoy causando!
Atareado, agradecido o simplemente dominado por la testosterona, finalmente el tipo cedió con una sonrisa:
—Le traeré un refresco de aquella máquina, pero hágame un favor, si alguien se cuela gríteme desde ahí. Y... ¡no se le vaya a ocurrir pasar! —advirtió con tono más firme.
Pero ya era tarde para echarse hacia atrás.
—¿Pero no me ve como estoy? —preguntó Serena, ofendida —. ¿Cómo espera que levante un dedo?
Él asintió con inseguridad y se marchó a pasos rápidos hacia la maquina refresquera. Serena le lanzó una última sonrisa congraciada cuando sus miradas se cruzaron por última vez, al depositar las moneditas. Como estaba distraído en qué sabor elegir, se levantó como resorte y echó a correr hacia dentro, antes de que se le ocurriese siquiera voltear a preguntarle cuál era su bebida favorita.
Tras la carrera endemoniada apenas podía respirar, así que lo segundos poco desperdiciados para recobrar el aliento se hicieron innecesarios, porque creyó oír la risa de Taiki al lado de alguna puerta lustrosa que viraba en una esquina. Los invirtió también en reunir la valentía necesaria, aunque su cabeza estaba tan aturullada de sentimientos entremezclados que jamás se le permitió trazar un plan, pero era lo mejor. De haber tenido la oportunidad de pensarlo demasiado, quizá hasta se habría arrepentido. Por eso una vez aquí, ya no había cabida para escapar.
Entonces, tarde o temprano se vería obligada a decirle todo lo que debía, para darle a él su derecho a elegir.
Pero cuando la puerta se abrió, no encontró lo que buscaba.
—¿Serena? —obvió Taiki, todavía con la copa de champaña en mano, y el hombro de Amy en la otra —. ¿Cómo...?
Igual que el rostro de todos los demás, parecía bastante sorprendido. Pero ella sólo voló los ojos a todas partes del lujoso camerino privado, sin encontrarlo.
—¿Dónde está Seiya?
—¿Lo estás buscando? —devolvió.
Para ser bastante listo, le desesperó aún más lo evidente. Como si la pregunta, los sofocos o su historial de miles de irrupciones en el mismo sitio desde que ensayaban no fuera suficiente.
—¿Qué te ha ocurrido? —se inquietó de inmediato Amy, soltando a su novio y mirándola de arriba abajo.
—Nada ¿por qué?
—Porque parece que te arrolló un autobús —acotó Yaten.
—¡Ah, sí! Es que me caí. Dos veces, de hecho... —se miró sin querer —. Era necesario, para poder entrar aquí, tenía que verlo.
—¿Eh?
—Deberías relajarte un momento, amiga —le dijo Mina tomando su mano —. Pareces algo asustada y...
Pero Serena le apartó con un empujón un poco brusco, y siguió hacia Taiki.
—Por favor dime donde está. Tengo que hablar con él.
Él vaciló, y le dijo con amabilidad:
—No está aquí.
—¿Entonces dónde?
—Bueno, la verdad no sabría decírtelo...
—¡Sí lo sabes! ¡No se iría a Kinomoku sin decírselo a ustedes! —gritó angustiada, cerrando las manos en puños.
Tanto Amy como Mina intercambiaron miradas cautelosas. Fue la primera quién se dirigió al castaño, arqueando una ceja.
—¿Kinomoku?
—Mya me lo dijo —soltó Serena —. No tiene caso que me lo ocultes.
Taiki suspiró, y Yaten permaneció callado.
—¿Por qué no me lo dijiste? —Amy tomó del brazo a Taiki, para que la viera directamente.
—No era mi decisión —respondió con dureza—. Ni mi secreto.
—Pero es mi amiga ¡sabías que tenían cosas que resolver!
—No es nuestro problema.
—Yo creo que en cierta forma, sí —discutió Amy, defensiva.
Mina no le imitó, pero pasó su desconcierto en toda regla hacia Yaten, que sólo se encogió de hombros.
—A mí ni me mires.
—Oigan, no quiero que se peleen por mi culpa —intervino Serena entonces hacia sus amigos—. Sólo dime dónde lo encuentro y espero llegar a tiempo.
Taiki enfocó los ojos en algún punto de la pared, como si se esforzara en recordar.
—Éstos días no pudimos sacarle mucha información —dijo, y luego citó— sólo nos habló de que se iría, y textual "que después de cantar se marcharía por donde había venido."
Atónita, Serena preguntó:
—¿Sin despedirse de ustedes?
—Lo hicimos en el escenario —dijo entonces Yaten, y pese a las diferencias, algo en su voz y en sus ojos, hizo que Serena supiera que no estaba mintiendo —. Es un sentimental, pero tiene sus propios modos. Creo que no quería que lo detuviéramos, o algo así.
Taiki le confirmó asintiendo con cierta pena.
—Lo lamento, Serena. No te puedo ayudar.
—¿No habrá ido para el departamento?
—Ayer sacó sus cosas de ahí —le dijo Yaten —. No tendría razón para volver a un cuarto vacío.
—¿Cuál es la forma de ir a Kinomoku? —preguntó Amy, como siempre, resolviendo las cosas a la forma razonable y práctica —. ¿El método, algún portal o...?
—No, bueno... la princesa nos trajo hasta aquí con sus poderes. Dijo que cuando lo deseáramos seríamos capaces de hacerlo.
Tanto a Mina como a Amy se les partió el corazón ver a Serena así, quien se recargó en uno de los muros, hecha un desastre y también se notaba destrozada por dentro.
—Tiene que significar algo lo que les dijo —habló Amy de nuevo —. ¿Dónde podría decidir estar ahora?
—No es un crucigrama, linda —respondió Taiki parpadeando, desconcertado —. Pudo ser cualquier cosa. Seiya habla por hablar a veces, no estaba dejando pistas para que alguien lo rastreara.
—Tal vez no, pero quizá sin querer lo hizo. Créeme, si Amy lo intuye es porque algo hay ahí —le dijo Mina —. Sólo hay que encontrarle el fondo.
"Que después de cantar se marcharía por donde había venido."
Serena repitió la frase una y otra vez en su mente, sin hallarle sentido alguno. Entonces, pensó que no lograría absolutamente nada ahí parada, por mucho que cuatro cabezas pensaran mejor que una. Lo que necesitaba era moverse otra vez, aunque estaba exhausta y la rodilla comenzó a molestarle.
Afuera, no quedaban más que algunos grupos aislados de fanáticas que presumían sus suvenires y se tomaban fotos. Serena rechazó de sus amigos que la llevaran a casa, también se negó a cualquier plática sobre el tema. En este momento quería estar sola, aunque esa opción era merecedora de oscuros pensamientos y otra vez volver a la desesperanza y ¿a quién le gusta eso?
Se dejó caer en uno de los escalones, las carrera, la caída y el estrés le acababan de sacar factura, así que sólo apoyó la cabeza entre las rodillas. Había tenido demasiada suerte al haber sido ayudada por Mya, al haber llegado a tiempo al concierto cuando todo auguraba lo contrario y encima la fortuna de haberse podido infiltrar a un lugar que parecía imposible de alcanzar. ¿Todo para qué? ¿Y qué debería hacer ahora?
Apretó los ojos para retener cualquier indicio de impotencia, y no tuvo tiempo de quebrarse, porque alguien se había arrodillado a su lado, levantándole el mentón.
—¿Qué te pasa, princesa?
No era quien ella anhelaba ver, pero igual apreció su presencia como años atrás. Como la niña que quería volver a ser y no sabe a qué más aferrarse si no es un poco de apoyo.
Tras un breve abrazo, Darien le hizo verlo directamente a los ojos y le dijo:
—Mya me dijo lo que pasó. ¿no se puede hacer nada?
Le dijo que no en un movimiento de cabeza, y agregó además:
—Taiki me dio a entender que ya se fue a su hogar, y en caso de que siga aquí, no sé dónde encontrarlo.
—¿Qué quieres decir con éso de que te dio a entender? ¿No te lo dijo específicamente? —consultó.
Serena tragó saliva para aclararse la garganta y le explicó lo poco que sabía:
—Seiya le contó que "se iría por donde habría venido", pero no tengo idea de qué quiere decir ni cómo interpretarlo, más que ya no hay remedio. Está bien, yo sabía que podía pasar ésto, Darien. No es culpa de nadie, a no ser que cuente la mía...
Darien se levantó y repartió miradas cortas por todos lados, como si estuviera buscando algo, aunque en realidad sólo pensaba en alguna alternativa. Serena iba a decirle que ni se preocupara otra vez, y mejor le invitase un helado, pero jamás contó con algo que la descolocó por completo:
—¿Tal vez el comentario era más literal de lo que pensaste?
—¿Cómo dices?
—Parece una acertijo obvio, de los típicos. Como lo que llaman "comenzar desde el inicio". Aunque es sólo una corazonada, por supuesto. No estoy seguro.
Serena bajó los ojos y luego sacudió la cabeza, confusa hasta la médula. No era justo que Darien le diera ánimos de aquella forma, cuando seguramente Seiya lo dijo sin pensar. Aunque lo conocía bien, y él le daba tanta importancia a los significados: cómo cuando metaforizaba con la luna y con ella, con las estrellas y el universo girando alrededor. Cuando hablaba de todas ésas cosas mágicas, desde el día que lo conoció. Bueno, aunque ya lo había visto antes, sus rostros cruzándose en la mitad de...
"Que después de cantar se marcharía por donde había venido."
Abrió mucho los ojos, y también se levantó.
—¡Darien! —exclamó—. ¿Puedes llevarme al aeropuerto?
—Claro, pero...
Serena miró detrás de él, y bajó los hombros, derrotada.
—Lo lamento, siempre he pensado que eres el príncipe que me ha sacado de las dificultades, pero no es como si llevaras un corcel a todos lados.
—No, no tengo ningún corcel —le dijo Darien muy serio, aunque después le sonrió —. Pero ¿te sirve una motocicleta?
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Resulta difícil explicar cómo simples personas pueden hacerte sentir bien con volver a existir, aún más, lo contrariamente miserable que te pueden hacer sentir con su ausencia. Amar es una historia antigua, antiquísima, es convertirte en alguien afortunado o desgraciado. Ser el blanco perfecto, rendirse o no darse por vencido, aún sin fuerzas seguir intentando. Es caminar por un incendio y al mismo tiempo, dejar que las llamas te abrasen con placer. Es un enigma que nadie ha logrado resolver.
El amor, es también una pregunta que obtendrá la misma respuesta en cualquier rincón del mundo. ¿Por qué a mí? Siempre encontrarás la manera de justificarte o de defenderte, aunque no a todos nos pasa de la misma manera. Muchos lo niegan, lo aceptan, lo evaden o luchan contra él, hasta que es inevitable o irreversible. Pero sobre todas las cosas, el amor, más que un sentimiento, es una decisión.
Por eso, cuando estaba por caer la noche, Seiya dejó de estar tranquilo. Se puso como en guardia, incluso molesto, aún cuando se sentía complacido por los resultados del concierto y sus hermanos le pidieron quedarse, o al menos venir de vez en cuando... estaba seguro que las chicas también lo echarían de menos. Todos ellos.
Pero no había desistido de marcharse. Anhelaba admirar los paisajes de su planeta, sentir el bálsamo que supondría para él tocarle la mano a su princesa, que le transfiriera su compasión y su cariño. Necesitaba volver a ver los colores rojizos de su cielo, y el olor a especies de su viento. Después de todo, Kinomoku era su hogar.
No éste sitio. Japón había perdido todo sentido, toda interpretación poética cuando su musa murió con él. Ahora que había caído la noche y el cielo estaba azulado y oscurecido, era la luna lo que lo amenazaba, a la distancia. Una majestuosidad que tenía enfrente, casi hablándole...
Lo irónico, fue que la luna sí le habló.
—No puedes hacer ésto...
—¿Bombón? —se giró, reconociéndola.
Serena sonrió de inmediato. Llamarla Bombón sólo podía significar una cosa: que no estaban tan distantes, al menos no como para que ése apodo cariñoso aún pudiera salir de sus labios. Seiya frunció aún más sus negras cejas, porque Serena no decía nada, estaba tratando de recuperar el aliento.
No hubo un gran discurso elaborado, sólo fue un grito ahogado de su corazón, que dijo:
—No vas a dejarme —fue toda su explicación, ahogada y retadora —, porque yo no voy a permitirlo.
En aquél momento, la única razón por la que él siguió mudo fue su asombro absoluto, hasta que más tarde, se convirtió en un estallido de ira que que sosegó mirando hacia afuera, dándole la espalda. Debajo, las luces de la ciudad eran un colorido de puntos.
Quería reprocharle a Serena por qué había tenido que interferir una vez más, siendo que él ya estaba tan convencido, tan seguro de su decisión.
Serena aguardó un poco. Esperaba ser echada como todas las veces anteriores, todas sus palabras de rechazo ya se las sabía de memoria, así que no le importaba si la lastimaba más. Eso no la hería, lo que le iba a destruir es permitir que el amor de su vida se fuera. Perder el amor era perderlo todo. No iba a dejar que eso ocurriera.
—Seiya —le dijo acercándose. Él retrocedió un poco, hasta toparse con el barandal de la ventana —. Escúchame. No vas a irte, lo sé. Hablemos por favor.
—No hay nada qué hablar —repuso él de modo glacial —. No sé quién te dijo donde estaba, pero no voy a permitir que me enredes en tus juegos, no más.
Serena se desesperó. Lo veía tan decidido, que sintió terror. ¿Y si desparecía en cualquier momento y la dejaba con la palabra en la boca? ¿Sería eso verdad, que ya no sentía nada por ella, salvo desprecio? ¿Indiferencia?
—No sé que más esperas que haga —le dijo Serena, haciendo malabares para controlar su respiración y mantenerse al borde del llanto —. ¿Suplicarte que te quedes? Sabes que lo haría feliz, pero también sé que no sería suficiente. Aún así, lo acepto, Seiya. Sí, me harías la mujer más desgraciada del mundo en cuanto te vayas de aquí. ¿Decirte que te quiero? Te lo he dicho muchas veces también y éso no parece tener el mínimo efecto en ti. ¡Todo lo sabes! No sé por qué te quieres convencer de lo contrario. No sé si estás tan herido que no ves la realidad, o eres demasiado estúpido para no creerme.
Seiya le miró, deliberadamente ofendido.
—¿Perdón? —se alteró Seiya, sin poderlo controlar —. ¿Ahora soy yo el que tiene la culpa? Claro que he sido muy estúpido, pero no por ésto, si no por haber confiado en ti en primer lugar. No tienes derecho a reclamarme, nada, ¡Nada, Serena!
Ella rodó los ojos. Genial, volvía a ser Serena.
—Tengo todo el derecho porque vas a dejar ir la felicidad, sólo por ser un cabezota. A mí me pasó lo mismo, pero recapacité. ¿No es lo más tonto que podría hacer alguien? Mira, no vine a hacerme la mártir y decirte que mereces algo mejor que yo y me haré a un lado. No más, de hecho, me siento muy capaz de luchar y ser mejor para ti, y no hay nadie mejor que yo para ti. Estoy segura.
Seiya se tocó la frente, contrariado. Todas éstas semanas en aislamiento se había convencido de su partida, y no creía que Serena lo fuera a buscar. ¿Por qué lo hacía? Ya no quería drama, ni decepciones, ni dudas. Quería una puñetera vida tranquila con una muchacha fácil de entender, que lo llenara de calma y nada más. Aún si eso le resultara aburrido a su alma rebelde, lo prefería. Ya no quería volver a sufrir.
Y claro, en estos momentos la presencia de ésa rubia no ayudaba para nada.
Serena volvió a acercarse, y se le quedó mirando. Él no supo cómo reaccionar, porque en un parpadeo, ella ya lo había abrazado con fuerza, encerrándolo entre sus brazos, haciéndole perder un tajo más de voluntad.
Bueno, más de un tajo.
Correspondió el gesto, pero quizá demasiado fuerte. No era un abrazo consolador, ni tierno. Era un abrazo de dolor, de anhelo y desesperación. Hubiera querido retenerla así para siempre, aunque le hiciera daño. Quería desintegrarle todos los huesos y guardárselos en el bolsillo, por muy pertubador que sonara, quería evitar perderla nuevamente. Era una idea irracional. Siempre había sido así.
Serena no lucho por deshacer el abrazo, aunque Seiya le estaba haciendo un poco de daño. Aguantó. Porque lo merecía, y porque le tocaba aguantar también.
Incalculado tiempo después, Seiya pareció darse cuenta de lo que hacía. No tenía por qué retener a Serena, él que se iba era él. No cambiaría nada, aunque a simple vista pareciera muy romántico que hubiera ido a buscarlo hasta ahí, aunque le creyera, no cambiaría nada. No arriesgaría la presencia de aquella niña que no tenía la culpa de nada. Tenía que nacer, tenía que tener padres. No era capaz de destruir un hogar.
Además, Serena ya lo había defraudado una vez. Si podía arrepentirse una vez, podía arrepentirse una segunda, una tercera... no iba a poder vivir así.
Como si le hubiera leído el pensamiento, Serena habló:
—Lo sé, sé que todo es muy complicado y que te has cansado de intentarlo. Pero no creo que te hayas rendido, Seiya. O no estarías aquí, te habrías marchado hace horas...yo creo que en el fondo, esperabas que esto ocurriera.
Seiya se mordió el labio inferior, pero no lo admitió.
—Sólo me retrasé porque fui a ver a Sakura. La niña del hospital.
—¿Despertó?
Él simplemente asintió. Serena sonrió.
—Te dije que funcionaría.
—Quién sabe, tal vez sólo fue una afortunada coincidencia —rebatió Seiya, entre dientes. No quería darle la razón.
Pero Serena no calló ante éso:
—Claro, la vida está llena de coincidencias. Por ejemplo, yo tal vez no tendría nada qué hacer aquí. Si he pasado días intentando buscarte y te he pedido que vuelvas conmigo mil veces, pero nunca me has dejado hablar, hasta ahora. ¿Coincidencia? Tal vez también, que sin saber dónde te encontrabas, haya podido llegar justo a tiempo sólo con mi intuición... mucha coincidencia. ¿Tú quieres creer eso? ¿Que todo esto es una simple coincidencia? Yo no.
—¿Qué quieres creer entonces?
—¡En lo que he creído desde el principio! —espetó ella con fervor —. Ya no soy la misma niña que añoraba un encuentro especial mientras miraba las estrellas. Ya no me aferro a una idea que va más allá de lo que tengo a mano. Pero si hay algo que nunca he tenido dudas, es que siempre las cosas ocurren por una razón. Por algo ocurrió todo ésto y por algo estamos aquí. ¿No te das cuenta? Las cosas fáciles se pierden fácil... y lo nuestro ha sido todo menos fácil. ¡Por eso creo que no debemos perderlo!
Seiya emitió un suspiro quejumbroso.
—Suena a una combinación muy confusa, algo así como un punto entre cielo e infierno —habló al oído, debajo suyo.
—Ambos son realistas, y en ambos te quiero.
Seiya sacudió la cabeza. Serena era un torbellino que siempre se metía en su mente, revolviéndolo todo. Haciéndolo todo un caos. ¿Por qué? ¿Llevaba ella razón? ¿Inconscientemente estaba buscando una razón para quedarse? ¿Porque sabía que Taiki y Yaten también lo harían?
—No sé... no sé si puedo confiar en ti.
—No puedes saberlo —le dijo Serena con convicción —. No hay garantías para nada. ¿Cómo sé yo que no te toparás con una linda chica en otro aeropuerto, y te enamorarás, me dejarás y quedaré yo sola? No puedo, pero eso no me quita que quiera intentarlo al menos.
—Yo jamás haría eso.
—Seiya, todos somos humanos —insitió ella, suave pero sin retirar su seriedad —. No quiero que te quedes porque te lo jure, porque no puedo saber ni qué pasará mañana. Quiero que te quedes porque hoy por hoy, yo estoy enamorada de ti. Te elijo a ti. ¿No lo ves?
—Eso ya lo has dicho antes. No quiero pasar mi vida con alguien que va a cuestionarse siempre si tomó o no la decisión correcta —refutó con ansiedad.
—No lo haré. Darien es... —trató de encontrar las palabras adecuadas, sin mentir —, a él lo quiero, no te voy a mentir. A pesar de lo que me hizo, lo perdoné. Pero lo estimo como un amigo muy valioso. No lo amo, creo que nunca lo amé. Por eso sé que no podría elegirlo nunca.
Aquella respuesta lo descoloco por completo.
—¿Y él lo sabe... que me quieres es decir, como pareja?
—Él sabe que te quiero... no como pareja, si no incondicionalmente —sonrió franca —. También me ayudó a entender cosas de nuestro pasado, y que eran a las que nos aferrábamos. Ya no debes preocuparte por nada de éso. Sé que Rini estará bien, y que ella querría que sus padres fueran felices, aunque no estuvieran juntos.
Y bueno, ese era el mayor descubrimiento del día. Seiya miró al suelo. Estaba conmovido, emocionado, dudoso, temeroso, iracundo y feliz al mismo tiempo. Tenía tantas emociones arrejuntadas en el cuerpo que sentía que iba a explotar, como una olla de presión. ¿Podría creer en eso? ¿Podría quedarse? ¿Valía la pena...?
El amor valía la pena...
—De acuerdo —concedió él, y Serena sintió que le quitaban una tonelada de peso de los hombros. El aire volvió a entrar a sus pulmones con normalidad y el suelo dejó de moverse —. Pero debemos... hablar, resolver ésto. No será como un enchufe de encendido y apagado, ¿entiendes?
—Lo entiendo —dijo ella, sin poder evitar dejar de sonreír. ¿Qué más daba las pruebas que Seiya le pusiera? ¡Se iba a quedar!
Hasta entonces, parecía que él reparó en su aspecto. El pelo algo enredado, la ropa desaseada y manchada un poco de sangre seca en la pierna izquierda. Decir que parecía que hubiese recorrido la mitad del mundo parecía muy poco. Y también la necesidad de expresarle cuánto le preocupaba parecía también poco conveniente, porque seguramente lo leía en sus ojos.
—¿Qué te pasó? —desvió sin poderlo evitar.
Ella se miró a sí misma.
—Tuve algunas complicaciones en el camino, pero no importa —dijo ella encogiéndose de hombros —. Debo decir que eres difícil de encontrar. Así, como dice la canción.
—¿Estuviste ahí? —preguntó impactado.
—¡Pues claro!
Seiya suspiró, y se animó a hablar.
—Bombón... ¿por qué hasta ahora? ¿por qué necesitabas saber que no volverías a verme para que aceptaras que debemos estar juntos? —preguntó defensivo.
Serena soltó una carcajada amarga.
—¡Son solo circunstancias, Seiya! Tú siempre has sido tú, y por eso siempre he estado enamorada de ti. Lo que nos separó no fueron mis sentimientos, nunca lo fueron.
—¿Lo que soy?
—Sigues siendo lo mismo que hizo que me enamorara de ti. Mi confidente, mi consejero secreto que conoce mis sueños, mis miedos más profundos. Mi protector, que con sólo abrazarme me hace saber que todo va a ir bien, y siempre encuentra las palabras exactas para que me sienta mejor. Mi compañero, que sé que nunca estará cansado para conversar o para divertirse conmigo. Mi sol, mi estrella que me va a hacer encenderme, no quemarme. Mi cimplemento que llena mis vacíos, que se entrega... ése hombre que me hace sentir la chica más afortunada del universo, que me hizo volver a creer en el amor. Y si eso no es amor entonces no sé que demonios sea. ¿Tú sientes eso, Seiya? Y si lo sientes, como estoy segura que es así, estamos perdiendo el tiempo porque podrías besarme ya, y acabar con ésta maldita tortura. Te echo tanto de menos... ¿podrías, por favor hacerlo?
Y sus palabras sonaron como una plegaria apasionada.
Seiya no pudo esperar más. Daba igual que estuviera enojado, resentido o con el corazón hecho cachitos. Cada pedazo roto le pertenecía a ella, y siempre sería así. Sin importar el tiempo, las circunstancias ni dónde estuviese parado. Y en el fondo de él, sabía que nunca iba a ser feliz con otra. Eso sería una mentira. Una de mal gusto y nadie la iba a creer... ¿por qué la creería él?
Así que por ahora, al menos por ahora, quiso que desapareciera el miedo, la duda y también la distancia entre los dos.
De un tirón la tomó de la cintura, y luego la atrajo hacia su boca, chocándola con la de él, reclamándola con ansias. La mano libre la llevó hacia su pelo, y enredó los dedos en su cabello, mientras Serena le respondía con fuerza, con la respiración entrecortada, presionando su cuerpo contra el suyo, aprisionándole. Con más electricidad en ése besos que en las luces que estaban bajo sus pies...
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Notas:
¡Hola a todas! Me da gusto saludarlas nuevamente con la actualización. Espero que a aquellas seguidoras les haya gustado. Creo que es más que evidente hacia donde se dirigen las cosas con los personajes, aunque pareciera que hay detalles pendientes, son nimiedades, los últimos retoques del verdadero final. Cada círculo parece cerrarse con definitiva, espero que les hayan agradado los cambios en personajes que teníamos tachados muy de malosos, como Mya o como Darien. Sobre éste último, de verdad quería que fuera él quien ayudara a Serena a encontrar a Seiya. Como en los viejos tiempos, donde la rosa atravesaba el aire y le salvaba de algún villano, sucedió algo parecido en ésta situación. ¿Fue casualidad que Seiya regresara por la niña y así se encontró a Serena? ¿Kakyuu los ayudó? ¿Simplemente el destino? Ustedes juzguen a su consideración.
¡Oh, la canción! Es de un grupo que recién descubrí, y la canción literalmente la escuché y pensé de inmediato que sería algo qué Seiya sin duda cantaría. "Fall for you" de Secondhand Serenate, les dejo el dato por si quieren escucharla por ahí. :)
Un abrazote para todas, espero me hagan saber con un suculento review qué les pareció y...
¡NOS VEMOS EN EL FINAL!
Kay
